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Cuando Fernando dio por finalizada su narración, Nacho tenía un ligero, pero persistente, dolor de cabeza, y se excusó con el hombre alegando que en la habitación había poca cobertura y debía hacer unas llamadas con su teléfono móvil.
– Saldré un momento al jardín -dijo, y se puso en pie. Estaba entumecido, y notaba las articulaciones de los brazos tiesas y solidificadas como nudos en la madera de su cuerpo.
Fernando sacó su propio teléfono y lo contempló con mirada inquisitiva.
– Pues yo tengo una, dos, tres rayitas. Puedes llamar desde el mío, si quieres -alegó. Aquel hombre era un charlatán laborioso.
– Si no te importa, prefiero hacerlas desde el mío. -Nacho se mantuvo firme. Normalmente le costaba llevarle la contraria a la gente. No le gustaba discutir, y resultaba más cómodo dejarse llevar por los demás, permitir que el resto del mundo amenizara su agenda. Pero había veces…
– Está bien, nos vemos dentro de un rato -concedió Fernando, poniéndose de pie lentamente y sacando un cigarrillo-. Otra cosa que no le perdonaré jamás al difunto es que me incitara a la bebida y al tabaco. Yo no fumaba hasta que lo conocí. Siempre fui un deportista. El tabaco es un vicio asqueroso, no por lo del cáncer, sino porque amarillea los dientes. -Se colocó el cigarro entre los labios al estilo de un viejo cowboy-. Creo que nos llevarán a todos en un minibús hasta el restaurante. O lo más cerca posible del mismo, porque en Toledo hay callejuelas por las que no cabe ni el viento, y menos un cacharro de la Mercedes atestado de versículos libres, como el nuestro. Viene un chofer del ministerio con cara de anunciar que la fiesta se acabó. No sé qué pasa, pero en este país todo el mundo parece cabreado la mayor parte del tiempo. En Estados Unidos, país de grandes defectos pero también de enormes bondades, en cambio…
Nacho lo interrumpió abriendo la puerta e indicándole con un gesto que saliera al pasillo.
– Vale, luego te veo, meteorólogo.
Bajó hasta la cocina y salió al jardín. Observó los colores del cielo, la floricultura de las nubes, y contuvo la respiración un instante en señal de reconocimiento ante el espectáculo. Soltó el aire lentamente y se dio cuenta de que anochecía, el viejo formulismo del sol, la prueba irremediable de su existencia.
No se divisaba a nadie por el jardín, y se dirigió andando con pasos cortos hacia el escenario del crimen.
Por lo que Fernando le había referido, había mucha gente a la que no le habría importado empuñar el arma homicida para acabar con la vida de Fabio Arjona, incluido el propio Fernando. Se preguntó por qué el hombre era tan sincero confesándolo con claridad, con esa alegre sinceridad, ante un desconocido, pues Nacho no dejaba de ser un extraño recién llegado para todos los habitantes del cigarral, que parecían conocerse desde hacía tiempo, la mayoría; tenían historias en común, secretos compartidos, laceraciones correspondidas entre unos y otros. ¿Sería que, como había confesado, pretendía contribuir al esclarecimiento del delito? ¿O se trataba de que su pecho ardía de rabia y necesitaba vaciarla sobre el mundo para aliviar su carga? Tenía que tomar nota de todo lo que le había contado, en cualquier caso, y enviárselo a la tía Pau y a Rodrigo para que fueran haciéndose una composición aproximada de la figura del difunto Fabio y de quienes lo habían conocido.
Miró la zona acordonada por la policía. Estaba rodeada por unos arbustos variegados, de diferentes colores, que empezaban a perder su bella propiedad cromática y amenazaban con volverse completamente verdes. Nacho especuló para sí que el jardinero no era muy fino, pues no se había ocupado de cortar las ramas malas antes de que echaran a perder el resto de las plantas. En la tierra, bajo una miniatura de banco de hierro, recargado de volutas torneadas, se veían un par de zonas oscuras que hollaban tenazmente el suelo. Manchas de sangre del muerto, imaginó. Había marcas de pisadas alrededor, pero eran tantas que costaba distinguirlas. Supuso que la policía ya habría hecho el trabajo de investigación correspondiente, si es que había logrado sacar algo en claro de aquel revoltijo de señales. Unos rosales que rodeaban el lugar daban muestras más que evidentes de amparar entre sus hojas una pequeña colonia de moscas blancas. Se dijo que aquel panorama horrorizaría a su tía Pau, más que por el crimen, por el descuido del jardinero.
Suspiró y sacó el teléfono del bolsillo de sus vaqueros. Aprovecharía para llamar a la tía Pau. Así, si Fernando lo estaba espiando desde alguna ventana, vería que cumplía su promesa de hacer unas llamadas. Mientras abría el teléfono se reprendió a sí mismo por ser tan complaciente, por hacer invariablemente lo que los demás esperaban de él, por esforzarse tanto en no defraudar a gente que bien podría importarle un pimiento. Supuso que aquella flaqueza de su carácter se debía a la tía Pau, que le había insistido durante su infancia en que tenía que actuar siempre como si alguien lo estuviera mirando. Pensó que su tía había sido una influencia escandalosamente importante en su vida, y supuso que ello se debía a su padecimiento del «síndrome del huérfano», como él mismo lo llamaba. Una vez, en uno de los pocos recitales de poesía a los que había sido invitado, conoció a un escritor, que además se llamaba como él, Ignacio, Ignacio Gómez de Pisón, con el que congenió inmediatamente porque intuyó que también padecía el dichoso síndrome. Pisón era huérfano de padre (Nacho, de padre y madre), y había acudido al acto acompañando a una amiga poeta que también recitaba. Ya no recordaba el nombre de la chica, sólo que era rubia, joven y desaliñada, y que todos sus movimientos tenían un atractivo poder sinuoso, quizás de tipo sexual. Su aspecto era un regalo en un mundo desolado donde generalmente prima la fealdad, y se veía a la legua que con Pisón no tenía planes. Debería haber prestado más atención a la chica, pero se concentró en su empatía con Pisón porque caló enseguida esa orfandad desnuda y valiente en sus ojos, como dos fuentes claras en las que se podrían arrojar monedas.
Marcó el número de la tía Pau y ella respondió al tercer timbrazo.
– ¿Qué hay de nuevo, viejo? -preguntó la mujer.
– El jardín de la casa tiene un rincón que está hecho un desastre. Te horrorizaría -respondió él-. Y eso que tiene muchas posibilidades. Es una belleza desperdiciada. Sólo un par de arbustos de Potentilla fruticosa se salvan de la dejadez generalizada. También algún que otro ciprés, ahora que lo pienso. Volvió la cabeza hacia el contorno de los árboles que se recortaban frente al río que entonces emprendía la tarea de arrastrar las sombras del anochecer mezclándolas con el agua-. Y no encuentro a nadie por aquí que apreciara al difunto Fabio Arjona.
Bordeó la zona acordonada hasta un parterre hecho con traviesas de ferrocarril que alojaba una mustia Aucuba japonica que compartía espacio con varios acebos que salían de la gravilla esparcida por el suelo. Eran como dos personas mal emparejadas, a pesar de que sus físicos contrastaban tanto que, de alguna manera, hacían juego.
– El foro del club está que berrea, Nacho. Hablan de conspiraciones, de venganzas, de sicarios… No veas qué panorama. Me gustaría estar ahí contigo.
«Sí, la que faltaba», pensó él.
– Nadie lo apreciaba demasiado, por lo que voy entendiendo. ¿Has leído lo que te he enviado? Quiero mandarte otras notas más tarde. He mantenido una larga charla con uno de sus colegas. Lo conocía desde los años sesenta, y lo detestaba a muerte.
– ¿Te das cuenta de que podrías estar compartiendo techo con un asesino? -Nacho notó la excitación de su tía al otro lado de la línea, que seguramente iba recta hasta el cielo, atravesaba un satélite de telecomunicaciones y luego volvía a caer en picado, unos kilómetros más allá de donde él estaba ahora. En telefonía, la distancia más corta no siempre era la línea recta.
– Es posible -conjeturó el sobrino-. Ahora tengo que colgar, me gustaría asearme un poco antes de salir a cenar. Nos llevan a un restaurante dentro de un rato.
Se encaminó hacia la puerta de la cocina, pero lo pensó mejor y fue a echarle un vistazo a su coche. Estaba aparcado entre otros cuatro, y a simple vista continuaba tal y como él lo había dejado al llegar. Se asomó a los cristales y oteó el interior. Estaba concentrado observando unos periódicos atrasados que se acumulaban bajo el asiento trasero cuando oyó un carraspeo a su espalda. Se volvió de inmediato, con la necia sensación de haber sido sorprendido espiando a unos novios que se abrazaran en el interior del utilitario.
– Ah, hola, Nacho. -Era Cecilia Fábregas, que lo observaba con una pizca de divertido interés. Él se preguntó si llevaría mucho rato observándolo. Probablemente, si era así, habría llegado a la estrafalaria pero lógica conclusión de que era imbécil.
– Buenas, Cecilia, esto… Vaya, hola.
– Te he visto paseando por el jardín. A mí también me encantan los jardines. Como vivo en Madrid, llevaba tiempo echando de menos un poco de verdor, de modo que hace un año me compré una casa en Annecy, en la ribera este, con vistas al lago. No sé si conoces Annecy. -Nacho negó lentamente con la cabeza, como si le costara reconocer algo así-. En Francia, en la Alta Saboya. Me dije: qué caramba, tienes el dinero, ¿por qué no empiezas a gastarlo en algo que te produzca placer?
Se rió de una manera que a Nacho se le antojó extravagante aunque cálida, soltando una especie de grititos delicados semejantes a tosecillas.
– Eso está bien -fue todo lo que se le ocurrió comentar.
– No tardé en darme cuenta de que la casa es demasiado grande para mí sola y mi suegro, que somos los habitantes más asiduos. Mi hija ya hace su vida y… En fin. También está la muchacha de servicio, claro. Pero es que tiene once habitaciones, la casa. ¡Once! ¿Te imaginas? Es preciosa, aunque enorme. -Echaron a andar juntos hacia la terraza bordeada de cipreses desde la que podía verse el río, ajustando sus pasos en la misma dirección sin haberse puesto previamente de acuerdo, alejándose del improvisado aparcamiento, y también de la escena del asesinato-. Quizás debería decir mi ex suegro, pero… bueno, en realidad es como mi padre, a estas alturas.
– Ah, bien…
– Es un lugar perfecto, desde el que puede avistarse el lago en toda su extensión, plateado por la luna en las largas noches de primavera, como esta que ya se anuncia. -Cecilia se recogió el chal de seda sobre el pecho; quizás sintió un escalofrío al mirar el agua del río, tendida y calma-. Te gustaría, estoy segura. Estás invitado cuando quieras. Sobra sitio -añadió, y volvió a reír alegremente.
– Muchas gracias, es un honor que me haces.
– He leído tus poemas -confesó Cecilia-. Al principio me sorprendieron. Quiero decir… que utilizas el lenguaje casi de la misma manera que yo.
– ¿De qué manera?
– Bueno, los dos somos científicos.
– ¿Ah, sí? No lo sabía. Pensaba que esta casa estaba plagada de sesudos filólogos que conjugaban hasta las vocales, a palo seco. -Aunque, pensándolo bien, Nacho recordaba haber leído algo al respecto en Internet.
– Ya ves que no. Ja, ja…
– Me alegra mucho saberlo. Yo no he leído todos tus libros, aunque sí algunos poemas aquí y allí…
– Quieres decir que has encontrado textos míos en Internet. Confiesa… -Sus labios estaban un poco amoratados; no llevaba carmín. Nacho se cuestionó si la mujer habría pasado mucho frío últimamente. Tal vez había estado expuesta a la intemperie allí, en su casa de Francia-. Los jóvenes os enteráis de todo por Internet, se empieza a perder esa bella costumbre de la bibliofilia.
– Oh, no, no es por eso. -Nacho se justificó como pudo-. Y no soy tan joven, ¿eh? Es que no puedo comprar todos los libros que me gustaría. Mi sueldo no da para mucho. Aún vivo con mi tía. Podríamos decir que ni siquiera me he independizado, a los cuarenta años cumplidos. De modo que… estoy ahorrando para comprarme una casa algún día. -Sentía un arrebato confesional, del que más tarde se arrepentiría, como le ocurría siempre que hablaba más de la cuenta. Pero qué carajo…-. Lo que ocurre es que tampoco me gusta la idea de dejar a mi tía sola. Su casa es grande. Estamos bien juntos. Es la mejor compañía que he podido conseguir sin tener que pagar. -Esta vez fue él quien rió su propia gracia.
– A mí me pasa lo mismo con mi suegro: estamos bien juntos.
– Pues entonces ya me entiendes.
Se hizo un silencio entre ellos mientras miraban el discurrir suave del río y las luces que comenzaban a brillar en la ciudad, que se encendía poco a poco con las frágiles estrellas amarillentas y artificiales del alumbrado público.
Cecilia interrumpió la calma del momento murmurando algo. Pensando en voz alta, especuló Nacho.
– Los ríos le han dado tanto al mundo… -dijo ella. La frase sonaba algo afectada, pero Nacho supuso que ése, precisamente, era el tipo de enunciado que uno esperaba oírle decir a un poeta.
– Sí, así es.
– Tenemos que volver, creo que salimos a cenar dentro de pocos minutos.
– Cierto. -Nacho miró hacia las ventanas de la cocina, tras las que se apreciaba actividad.
– Me gustaría hablar contigo después de la cena -dijo Cecilia, e hizo una pausa, «escénica», pensó Nacho-… sobre Fabio Arjona. Supongo que su asesinato te interesa, de modo que querrás saber cosas sobre él. Yo puedo contarte mi experiencia. Quizás te sirva para dibujar su figura; así podrás ir haciéndote una idea de los motivos por los que lo han matado. Porque el asesinato siempre tiene un motivo, y en este caso… -lo agarró del brazo con dulzura; Nacho sintió sus dedos fríos al tacto-, te aseguro que yo no carezco de ellos, si tengo que ser sincera.
– ¿Cómo?
– De motivos para haber matado a Fabio Arjona.
El meteorólogo se sorprendió. ¿Es que nadie tenía que decir nada cordial sobre la víctima? ¿Se contarían también entre ellos sus traumas con Fabio Arjona, sus lamentos, sus viejas tirrias y animosidades? ¿Hablarían entre sí como lo hacían con él, o lo habían elegido porque era nuevo, aficionado a atrapar delincuentes, porque a sus oídos todo era una novedad, porque no conocía a la víctima, porque no le debía nada, porque quizás todos pensaban que le resultaría interesante escuchar lo que para ellos ya eran gastadas anécdotas vividas al abrigo de la desgracia que Arjona, al parecer, había derrochado generosamente sobre sus vidas? ¿A qué venía esa necesidad que casi todo el mundo evidenciaba en el cigarral de expresarle sus motivos para odiar a Fabio? ¿Se estaban justificando? ¿Se estarían acusando, inconscientemente, porque tenían mala conciencia? Y, si tenían mala conciencia, ¿a qué era debido?
– Cuando tú quieras. Por supuesto -no le quedó más remedio que contestar así, resignado. La hipocresía, o sea, la buena educación que la tía Pau defendía a capa y espada porque creía que era el pilar de la civilización, un día le habría de salir cara. Por lo pronto, le robaría horas de sueño.
– Cuando volvamos a la casa, después de cenar. No lo olvides -repitió Cecilia.
De repente dio media vuelta y echó a correr hacia la mansión, sin despedirse.
Cuando salieron en el minibús, había varios periodistas apostados en la puerta, que se lanzaron hacia el vehículo disparando flashes y preguntas que nadie alcanzaba a oír a través de los gruesos cristales tintados del Mercedes. Doña Agustina estaba sentada, muy tiesa, frotándose las manos sin parar, al lado del conductor, que, tal y como Fernando había dicho, parecía un impasible replicante. «Una extensión del GPS -se dijo Nacho-, tecnología punta; el menda es tan expresivo como un circuito integrado.»
Se habían acomodado igual que escolares que emprenden una excursión al zoo. Nacho se regocijó pensando que quizás también habría canciones y alboroto («para ser conductor de primera, acelera, aceleraaa…»), y movimientos nerviosos del cuello del chofer en dirección al espejo retrovisor. Pero se temía que no era probable.
Tenía la sensación de que, de haber habido plazas suficientes en el ómnibus, la mayoría se habrían sentado solos. Bueno, quizás Richard Vico y Rocío habrían compartido dos asientos juntos. Y Fernando Sierra se hubiera pegado a sus muslos como un calzoncillo de licra, dándole la murga con su vida universitaria norteamericana y lo malo que era Fabio Arjona ya en el año 68. Pero los demás… Pascual Coloma se sentaría muy erguido en la primera fila, mirando fijamente el cogote del cochero («sólo habla con los siervos -le había comentado Fernando respecto a Pascual-, subalternos, vasallos y feudatarios, la canalla en general, que le hacen sentirse más alto; y más estirado de lo que es, que se dice pronto. Y sólo se digna hacerlo para repartir instrucciones»).
Pero Fernando se había descuidado a la hora de subir al autobús, y cuando miró en derredor se dio cuenta de que Nacho ya tenía compañía: compartía asiento con Cristina Oller.
Sí: la ex.
Cris-ti-na O-ller.
Intercambiaron unas frases de cortesía (ay, la maldita gentileza; algún día Nacho moriría de un ataque de amabilidad). Le empachó el perfume de la mujer, que se le antojó más propio del ambientador de un lavabo de caballeros. Pero, en conjunto, Cristina le resultó agradable y propicia a la confidencia. «Si le tiro un poco de la lengua, seguro que ésta también se explaya sobre el difunto», anotó mentalmente Nacho. Aunque poco tardaría en comprobar que ni siquiera iba a ser necesario convencerla, porque ella ya estaba mas que decidida a contar su parte.
A Fernando no le quedó más remedio que sentarse junto a Miño Castelo, que examinaba el techo aburrido, con cara de no haber contemplado nada más insulso en su vida.
– Siéntate a mi lado, buen hombre -oyó Nacho que decía Miño, dirigiéndose a Fernando-. Sí, aquí, a mi vera, rapaciño. Pero si ya nos hemos saludado; el otro día, ¿te acuerdas?, así que no me des la mano, que soy un hombre muy ardiente…
Fernando le dirigió una mirada torva y se acomodó a su lado con cara de estreñimiento.
– Dentro de quince minutos llegaremos al restaurante. Esta ciudad es pequeña, como bien sabéis todos los que la conocéis, que imagino sois la mayoría -resolló doña Agustina por la megafonía. Porque aquella miniatura de medio de transporte tenía megafonía. Alguien había previsto que los pasajeros no siempre guardarían un respetuoso silencio ante el guía, cuya plaza ocupaba ahora la anfitriona del encuentro. Pero ése no era el caso, porque, excepto por las salutaciones de Miño, no se oía mas que el sonsonete del motor y el zumbido insistente del aire acondicionado, demasiado caliente-. Nos colaremos en el restaurante por una entrada que conoce poca gente, para despistar a los plumillas que había en la puerta del cigarral y que a lo mejor tienen ganas de seguirnos. -Un suspiro de inquietud cascabeleó en estéreo-. Comeremos bien, espero que todos disfrutemos de la cena. Y… nada más por el momento, queridos amigos.
Se oyó un chasquido que sonó como un portazo cuando doña Agustina apagó el micro.
Pascual Coloma, codo con codo con Mauricio Blanc, recordaba a la estatua de un viejo patricio romano. Su pelo blanco, a la luz tibia del coche, parecía formado con montoncitos de migas apelotonadas cuidadosamente.
Cecilia Fábregas iba al lado de Rilke Sánchez. Y Jacinta Picón y Torres Sagarra se habían sentado juntas.
Llegaron pronto al restaurante, a pesar de las calles de trazado endiablado y de las dificultades para el tráfico rodado que ofrecía una ciudad imperial, eclesiástica, administrativa y antigua como Toledo.
Afortunadamente, en el restaurante habían colocado unas tarjetas con el nombre de cada comensal, que indicaban con explícita perspicuidad dónde debía sentarse cada uno. Eso le ahorraba a Nacho la engorrosa tarea de buscar asiento por su cuenta. Siempre tenía la impresión de que no iba a ser bien recibido en compañía de extraños.
El establecimiento se llamaba El Cardenal, nombre de lo más apropiado para un lugar que debía haber tenido, en tiempos, más curia rondando las esquinas de sus calles que el propio Vaticano. Estaba encajonado en la muralla, cerca de la puerta de Alfonso VI, y el servicio recibió al grupo con grandes algazaras de bienvenida. Sobre todo a don Pascual Coloma, al que conocían incluso las camareras de veinte años (seguro que ocultaban piercings en el ombligo bajo el discreto uniforme, sonrió Nacho imaginándolas desnudas). Los emplazaron en el jardín, rodeados de flores y verdes setos, donde estarían solos en un «ambiente discreto, romántico y de buen gusto», como recalcó doña Agustina a la menor oportunidad. El comendador de la casa le agradeció el piropo inclinándose varias veces ante la señora, igual que un pajarillo que bebiera agua de un charco callejero.
– Tomarán asados en horno de leña, de caza o de carne tradicional. Ensaladas de hierbas aromáticas y reducción de vinagres de hinojo, de la casa -explicó un encorbatado señor con grandes entradas en el pelo-. Si hay algún vegetariano entre nuestros ilustres huéspedes, podemos darle satisfacción igualmente.
– A mí me encanta que me den satisfacción -ronroneó Miño, sentado al lado izquierdo de Nacho. A la derecha le había tocado, cómo no, Fernando-. Pienso venir a menudo por aquí…
Les sirvieron unos entrantes y todos se lanzaron sobre los platos con distintos grados de avidez.
Nacho atrapó un trozo de jamón de Jabugo, arrancó la veta de tocino y dejó el jamón en el borde de su plato, tal que si fuera un desecho.
– ¿No te comes el jamón? -lo sondeó Fernando.
Nacho se encogió de hombros.
– Querido meteorólogo, coges las espinas y dejas las rosas…, así nunca llegarás a ser candidato al Premio Nobel…
– Ni siquiera me has dado tiempo a comérmelo -refunfuñó Nacho mientras reparaba en Fernando, que mascaba a dos carrillos el cacho de jamón que le había birlado del plato sin pedir permiso.
– No me gusta la gente tiquismiquis con la comida. Eso suele ser síntoma de problemas graves en su metabolismo espiritual. Yo he comido de todo en esta vida: arañas, alacranes, serpientes… No digo que me gustaran, pero no hice ascos. Mi karma está sano, mira lo que te digo. -Fernando se rebañó la barbilla con su servilleta hasta que casi le sacó brillo-. ¿Y bien?, ¿quién de vosotros ha asesinado al pobre, pobrecito Fabio Arjona? -exclamó con un alegre gorjeo, y se incorporó en la silla con ademán de ir a ponerse en pie.
Pascual Coloma le arrojó una mirada hosca, dura como la piedra de un tirachinas, pero se abstuvo de hacer comentario alguno.
Se oyeron unas risitas por la mesa. El camarero, que servía en ese momento el vino, levantó una ceja hasta el punto que estuvo a pique de salírsele de la cara.
– Mira que eres bruto, querido Fernando -lo reprendió Torres Sagarra.
– La sartén le dijo al cazo: «Retírate, que me tiznas»… -El aludido atipló la voz, volviendo la cara hacia el brazo de Nacho, que creyó percibir un ligero aroma a whisky mezclado con su colonia. Seguro que había empinado un poquito el codo antes de salir.
– Bueno, está claro que alguien ha sido -se atrevió a comentar Pedro Charrón.
Pedro era un hombre alto y carniseco, pasada ya la mediana edad, con ojos de aspecto enfermizo, oscuros y marchitos, de esos que dan la sensación de ser incapaces de producir lágrimas ni siquiera para lubricar el globo ocular. Tenía un humor intempestivo, que estallaba igual que un balón relleno de aceite hirviendo cuando nadie lo esperaba, recargándolo todo de risotadas cavernosas y roncas sin motivo aparente. Vestía de manera improvisa (casi siempre llevaba los calcetines desparejados, y algunos aseguraban que lo habían visto acudir a una recepción con el Rey luciendo un zapato de cada color). Vivía en un pueblo de cuarenta habitantes, solo, donde cuidaba de su huerto y sus gallinas. Gastaba menos que un mechero, según Fernando, aunque estaba podrido de dinero. Unos años atrás había publicado su único libro de ensayos, titulado El universo para un poeta, que se había convertido inmediatamente en un bestseller. Nadie pudo explicarse nunca el éxito de aquel libro, tan desviado del aegrum vulgus, un libro que era cualquier cosa menos asequible a las mentes simples, cuando parecía que todos estaban de acuerdo en que lo masivo carece de excelencia, de areté (ésta estaba reservada, claro, para quienes se permitían opinar así), que la exquisitez de las cosas se pierde al convertirse en productos al alcance de una mayoría, a la que se le atribuye siempre una necesidad ramplona de alimentar su ingenuidad y su candidez embrutecida.
– Ya lo creo que ha sido alguien. Alguno de nosotros. Me incluyo a mí mismo, y a don Pascual Coloma; con perdón, reverencia -volvió a hablar Fernando, esta vez sin la boca llena, y haciendo una burlona genuflexión con la intención de que pasara por un sombrerazo de pleitesía al futuro Premio Nobel.
– No, no, no… -refunfuñó Mauricio Blanc-. No digas tonterías, querido amigo. Nosotros somos gente leída, ilustrada. No somos asesinos.
– ¿Acaso no existen los criminales refinados? ¿Es que la cultura es un obstáculo para la violencia, una vacuna contra la maldad?
– Lo que está claro es que la incultura no lo es -apostilló Rocío Conrado, sentada al lado de Richard Vico-. Es más fácil que alguien que no está civilizado se dedique a matar que el hecho de que lo haga una persona que tiene conocimientos y un espíritu distinguido.
– ¡Ya estamos con eso! -Miño Castelo sacudió la cabeza-. Creemos que por haber leído muchos libros, y haber escrito otros pocos, nos hemos elevado por encima de la media, que estamos muy por arriba de los necios, de la gente vulgar. ¡Esto apesta a elitismo! ¿Qué hay del buen salvaje? ¿Es que ya no nos acordamos de la inocencia de los bárbaros? Tú no eres mejor que Carlos, el inmigrante que nos hace las camas todos los días. Y Ulises no era mejor que su porquero.
– Lo que he querido decir… -trató de corregirse Rocío.
Nacho pensó que estaba bellísima, con aquellos ojos que parecían dos trozos de cielo embotellado tras sus iris, y el vestido negro, ligero y suave, que dejaba a la vista un escote blanquísimo y tentador.
– Eres muy reaccionaria, niña, para ser tan jovencita -añadió Miño.
– No soy una niña.
– Comparada conmigo, sí.
– Vete p'al carajo, como dicen en Cuba, Miño. Con todos tus afluentes -respondió airada Rocío, aludiendo mordazmente al nombre de su compañero.
– En la Bodeguita del Medio, ah, en La Habana… -explicó Rilke Sánchez con tono circunspecto y doctoral-, hay un cartelito colgado que dice que cada uno «cargue con su pesao». -Abrió la boca y enseñó unos dientes blanquísimos, como un perro tratando de atrapar una pelota-. Todos tenemos uno. Un pesao, quiero decir. Y no estoy hablando de nadie en concreto, óiganme. Digo, me explico. Por si acaso, ah. Es sólo que me pareció que venía a cuento.
Nacho vio cómo Richard le ponía la mano en el codo a Rocío, tratando de calmarla.
– Sin insultar, guapa -se mosqueó Miño.
– Eres tú quien ha empezado a insultarme a mí. Me has llamado elitista, e infantil. Como sigas hablando así, atraerás a las moscas.
– Tranquilidad, por favor, no discutamos… -Doña Agustina levantó la mano desde una de las cabeceras de la mesa (la otra la ocupaba Pascual Coloma)-. Bastantes problemas tenemos para andar contendiendo entre nosotros.
– Lee a san Agustín, a Schelling, a Kant, a Rousseau y al marqués de Sade antes de hablar -continuó Miño. Sus ojos empezaban a enrojecer, y tenía un rastro de saliva mezclado con vino tinto bordeándole el labio superior.
– ¿Me estás llamando inculta, acaso? -Rocío se revolvió en dirección a Miño.
– Sí, ya que sacas el tema. Que yo sepa, ni siquiera acabaste el bachillerato. No sé a qué viene ahora dártelas de culta y de espíritu distinguido. ¡Por favor…!
– ¡Qué acusica! -Rocío hizo un aspaviento socarrón-. Sal de escena, querido. Ahora me toca a mí soltar mi soliloquio de obviedades…
– Venerada Rocío, joven genio del mercantilismo editorial, ¿has consultado a tu exorcista de cabecera últimamente? -la provocó Miño-. No te vendría mal visitarlo cuanto antes.
– ¡Qué gracioso! Me alegra ver que has llegado a tu edad con todas tus facultades intactas: la mala leche y el astigmatismo.
– Perdona, pero no puedo seguir hablando contigo porque no me he traído mi desfibrilador personal. Veo que lo de tus facultades era sólo una impresión errónea. ¡Eso me pasa por juzgar a la gente por su mal aspecto, sin fijarme en que la belleza está en el interior, como suele decirse! -Rocío torció el gesto-. Por tu bien, espero que sea cierto eso de que la belleza está en el interior porque, lo que es por fuera, no se te ve por ninguna parte.
– Rocío, cómo te va la marcha… -sonrió Torres Sagarra, con los mofletes hinchados de comida.
– ¡Vale, ya está bien! -Richard Vico asomó desde detrás de su flequillo. Se lo veía incómodo y embarazado-. Dejadlo ya.
– Sí, vamos a dejarlo -concedió Rocío con las mejillas ruborosas-. Tratar de hablar con este tío es como intentar curar el sida con aromaterapia. -Se volvió hacia Richard y le sujetó el brazo con ternura-. Perdona, no he querido…
– Da igual -respondió Richard, sacudiendo la cabeza-. Déjalo, ¿quieres?
– Todos estamos muy nerviosos -concedió Mauricio Blanc-. Sería mejor que siguiésemos comiendo, sin hablar.
– Esta mocosa se cree que tiene unas lettres de cachet del mismísimo Dios que la facultan para disponer a su antojo de la voluntad de los demás -cuchicheó Miño en dirección a Nacho, que se hizo el sordo-. Si vende muchos libros de esas tonterías que escribe sobre niñas brujas y vampiros con problemas hormonales, en Alemania o en China, a mí me importa un bledo. Eso no la convierte en alguien tan notable como ella cree.
– El mal… El mal pertenece a la libertad moral del ser humano -dijo Pascual Coloma, sorprendentemente. Eran las primeras palabras que Nacho le oía pronunciar, además de las cuatro frases de cortesía que intercambiaba como saludo, o para dirigirse al servicio, y a punto estuvo de sufrir una conmoción al oírlo.
– Desde luego, desde luego -asintieron Rilke Sánchez y Pedro Charrón. Les faltó añadir «amén», pero se contuvieron.
Fernando había enmudecido de repente, concentrado en su plato de comida, y bien podría haber pasado por un deprimido personaje de Gérard Lauzier.
Nacho hinchó el pecho y se dijo que había llegado la hora de cambiar de tema. Pero no se le ocurría ninguno apropiado.
Rocío mantenía la cabeza gacha y los dientes apretados, a la manera de un soldado preparado para morir, o para matar. A Nacho le gustaba. Era pendenciera como un perro chico, lo que también significaba que carecía de autocontrol, pero es que no se puede tener todo en esta vida.
Richard había encendido un cigarrillo y ahuyentaba el humo, que se espesaba a su alrededor como un halo, con una mano descarnada. Cristina Oller no probaba bocado. Miraba a hurtadillas a sus compañeros de mesa y parecía estar pensando.
– Nacho, ¿tienes una dirección de correo electrónico? -le preguntó al fin la mujer-. Quiero pedirte unos poemas para una revista con la que colaboro.
Nacho, impresionado por su consideración, se la anotó diligentemente en una hoja que Cristina le tendió por encima de la mesa junto con una pluma Montblanc de color vino tinto, y le devolvió el papelito cuando hubo acabado.
– Todos estaremos de acuerdo en que la muerte de Fabio ha sido una desgraciada pérdida -dijo Mauricio, sacudiendo la cabeza. Nacho creyó ver una nubecilla de caspa volando hasta sus hombros protegidos por una sobria chaqueta azul marino.
– Sí, una gran pérdida. Sobre todo para él -asintió Jacinta Picón.
Jacinta Picón tenía treinta y siete años y una belleza peculiar. Nacho había leído en un periódico una entrevista que le habían hecho hacía algunos años y en la que hablaba sin pudor de su vida privada. Decía: «Cuando abandoné a mi marido, el pobre se quedó arruinado, enfermo, psicótico y deprimido. Me gusta hacer con los hombres lo mismo que con los pisos de alquiler: dejarlos como estaban antes de que yo llegara.» Se confesaba poeta pero, en su vida privada, manifestaba sin ambages que era más realista que un registrador de la propiedad. De hecho, puesto que casi nadie puede vivir de la poesía, ella se había ganado la vida durante mucho tiempo como ayudante de un notario en Benidorm. Hacía unos años, ante la sorpresa de muchos, se convirtió en una estrella mediática. Tenía un programa de libros en la tele que era bastante divertido, para lo que solían ser esos espacios, y que no iba nada mal de audiencia, a pesar de la inconveniente hora de emisión (en plena madrugada). Era una «modesta celebridad», como ella misma se había definido en alguna ocasión riendo a mandíbula batiente.
Nacho la miró, hechizado por su aplomo y su bonita figura, sobre todo de cintura para arriba. Creyó que Jacinta le guiñaba un ojo y sonrió tan satisfecho como apabullado.
Cuando terminaron de cenar, la mayoría de ellos estaba de un humor luctuoso. De vuelta en el cigarral, no quedaban periodistas en la puerta, ya era demasiado tarde incluso para ellos, de modo que pudieron entrar sin problemas. Cada uno se dirigió a su habitación, poniéndose previamente de acuerdo con sus compañeros de planta para usar por turnos el baño.
Nacho recordó que Cecilia Fábregas quería hablar con él y contuvo un bostezo. Se dio cuenta de que empezaba a disfrutar con las intrigas de sus compañeros. No eran tan divinos como él había supuesto, sino humanos. Demasiado humanos. Igual que él.
Se despidió con un atento «buenas noches» de quienes lo rodeaban y se dirigió a su dormitorio con el pulso excitado, como quien se encamina al corazón secreto de una mansión embrujada.