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El hombre se había extraviado. Primero le dijeron que lo que buscaba se hallaba en la planta segunda de los Ministerios. Allí, un ordenanza movió la cabeza en sentido negativo y lo envió de nuevo al piso de abajo. Era allí, le dijo, al fondo del corredor, tras una puerta de cristales. Pero estaba ya al fondo del corredor, y allí no había ninguna puerta de cristales. Se detuvo, indeciso, y examinó con aprensión a las personas que pasaban por su lado. Todas caminaban afanosamente. Se encogió de hombros. Él había estado pocas veces en los Ministerios, y aquel ambiente le resultaba desconocido. Pensó en detener a alguien, pero era tímido, y le fastidiaba tener que molestar a los demás. Allí todo el mundo andaba demasiado aprisa. Sin duda, se hubieran vuelto hacia él con cierta irritación para decirle: "No sé, no sé; pregunte a un ordenanza". Pero allí no había ordenanzas.
Es decir, sí que había uno. Le vio pasar con un expediente bajo el brazo y con aire de realizar importantes funciones. Se acercó a él. El ordenanza miró con cierta insolencia su abultado vientre y sus temblorosos carrillos.
– Perdone -dijo él, levantando una mano para ayudarse con el gesto-. Tal vez usted…
– Un momento. -Y el ordenanza empezó a trotar tras un joven delgado, le alcanzó y le entregó el expediente. Luego regresó sin prisa, con aire de quien está sumamente fatigado por el trabajo que recae sobre sus hombros-. ¿Qué desea?
– Soy el doctor Carvajo -explicó el hombre, con muchos ademanes-. Me dijeron que en este corredor… Se trata de la Subsecretaría General.
– Pero, ¿qué quiere, exactamente?
– Verá…-Era torpe de expresión, y mucho más cuando se ponía nervioso-. Busco la Subsecretaría General de los Ministerios.
– Se lo ruego. -El ordenanza, groseramente, consultó su reloj, dando muestras de impaciencia-. ¿A quién desea ver?
– No lo sé… Al Secretario, tal vez.
– ¿Para qué? -El ordenanza no tenía ninguna prisa. Le gustaba tratar mal a los que, como aquel hombre gordinflón y bien cuidado, mostraban tanto azoramiento-. ¿Tiene alguna cita, exactamente?
– Ah, cita… Soy Carvajo, el hermano del estudiante que… Usted habrá oído, habrá leído…
– ¿Del estudiante detenido?
– Sí.
El ordenanza lo examinó con curiosidad. Había visto, en los diarios de aquella misma mañana, varias fotos del chico. No se parecía nada a aquel hombre. El muchacho, en las instantáneas, mostraba un rostro delgado, labios finos, mirada ascética.
– Desearía ver a alguien. No sé… Me imagino que sería difícil ver al Subsecretario.
– Ni lo sueñe -respondió el ordenanza, despreciativo.
– Me lo imaginaba. Pero a su secretario, tal vez…
– Será muy difícil.
El hombre le miró con ojos mansos. Tenía unas bolsas fláccidas, debajo de los ojos, que temblaban cada vez que hablaba. ¿Recordaba, tal vez, a un buey pequeño y grueso?
– Si lo intentara…-sugirió.
El ordenanza se tomó tiempo. Hizo chasquear los labios, como si todo aquel asunto le distrajera enormemente de quehaceres fundamentales.
– Venga conmigo -dijo luego, condescendiente y resignado.
Se dio la satisfacción de caminar aprisa, para sentir tras de sí el trote ridículo, la respiración asmática del hombre. Al llegar junto a otro ordenanza, que leía un periódico sobre una mesita, hizo detenerse a su acompañante y fue solo a parlamentar. Carvajo observó el coloquio. El segundo ordenanza era delgado y tenía en sus labios un gesto permanente de amargura. Parecía profundamente agotado.
– Venga, por favor -llamó de pronto el ordenanza que le había acompañado, sin molestarse en volver la cabeza totalmente-. Este señor le atenderá.
El doctor Carvajo se precipitó a la mesita.
– Perdone -dijo-. Soy el hermano de…
– Sí, me lo han explicado. ¿Qué quiere?
– Tal vez si pudiera ver al secretario…
– El secretario está muy ocupado. ¿Para qué quiere verle?
– Bueno… -El doctor se irguió un poco. Demonios, si no era más que un ordenanza. Aquello era ya demasiado. Él no tenía por qué…-. Eso se lo explicaría a él.
El ordenanza le miró con rabia.
– No podrá verle -se vengó-. Está muy ocupado.
– Si usted le dijera…
– Tengo instrucciones -dijo el ordenanza, disfrutando-, de no molestarle. Haga una instancia.
– ¿Cómo?
– Una instancia. Póngale timbres, y me la entrega.
Los carrillos del doctor temblaron. Sabía, cielos, que todo aquello resultaría endemoniadamente difícil. Se lo había dicho a su mujer. Pero Margarita no había querido escucharle. Y lo peor era que no podía volver así, con las manos vacías.
– ¿No podría pedir al secretario que me recibiera?
– Podría, pero no lo haré. Tengo instrucciones.
El doctor jadeó un poco. Tenía asma. Los malos ratos le sentaban lamentablemente mal.
– ¿Qué digo en esa instancia? -preguntó, derrotado.
– Oh, lo que guste. Y póngale timbres.
Cuando el doctor se dirigía a la salida, unos minutos después, el ruido de sus pasos parecía repetir la palabra que le martilleaba en la cabeza: "Idiota, idiota", pensaba. Y se refería a su hermano. En el fondo tenía miedo del recibimiento que le dispensaría Margarita, su mujer.