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El Presidente contempló, con cierta curiosidad, los andares breves y temblorosos del doctor Carvajo. Le resultó imposible no imaginarse que se encontraba ante un buey o una vaca. El parecido era casi afrentoso. Y luego estaban aquellas bolsas fláccidas, bajo unos ojos llenos de mansedumbre… El doctor se situó en el centro del despacho, hizo una reverencia innecesariamente grande, y rompió a hablar. El Presidente le miraba fijamente, casi absorbentemente. A un lado, muy cerca de la puerta, Avelino Angulo era una sombra quieta y expectante. Una luz azulada entraba por los amplios ventanales, caía sobre la mullida alfombra, se esparcía por todos los rincones. La voz de Carvajo, por supuesto, no era firme. Su parlamento estaba lleno de tópicos, de lugares comunes, de vulgaridades… Era, posiblemente, un discurso ensayado infinidad de veces ante un espejo de lavabo.
– ¡Un momento! -dijo el Presidente, repentinamente. Tuvo la satisfacción de ver cómo el otro frenaba en seco-. ¿Ha dicho usted "sentencia de muerte"?
Carvajo, sobrecogido, asintió.
– Sí, Excelencia.
– ¿Y quién le ha hablado a usted de una sentencia de muerte, vamos a ver?
Hubo una pausa. Los labios de Carvajo se agitaron un poco y fueron inmediatamente humedecidos. Era evidente que se percataba de lo mal que todo empezaba para él, y que no se hacía ya ilusiones de que aquélla resultara una entrevista como la que Margarita había imaginado.
– Realmente, carezco de seguridades sobre ese rumor -murmuró-. Un rumor, Excelencia: esa es la palabra.
El Presidente movió la cabeza, con una desaprobación ostensible.
– Hace usted mal en escuchar rumores.
– Sí, Excelencia.
– ¿Conoce usted la legislación de este país?
– Ah, la legislación. Un poco, Excelencia.
– ¿Autoriza la ley la ejecución de un menor de edad?
– No, señor. Es decir, creo que no.
– No la autoriza. Entonces ¿a qué viene todo esto?
Carvajo abrió los brazos, como si él mismo pidiera ayuda, como si él mismo deseara saber ardientemente a qué venía todo aquello. Sabía que el asma le empezaría pronto a molestar, y que entonces su respiración sería sibilante…
– Sí, señor -fue todo lo que pudo decir.
– Es obvio -anunció el Presidente-, que se cumplen las leyes. Existe una legislación especial de Tribunales de Menores…
Ahora, el Presidente hablaba con tonos monocordes y breves pausas. Carvajo estaba próximo al mareo. Pensaba: "Lo recordaré todo, todo. Por la noche, podré contárselo a Margarita…" Sorprendió, en el monólogo del Presidente, la palabra "anarquismo". Respiraba con dificultad. Sentía que el asma se enseñoreaba de su cuerpo entero. Era una suerte que no se le pidieran contestaciones, que no se le hiciera hablar. Empezó a adquirir la vaga sensación de que el Presidente había empleado muchas veces las palabras que ahora estaba pronunciando, y que aquel uso constante les había privado totalmente de sentido. Carvajo abrió la boca, aprovechando una pausa.
– Sin embargo -se sorprendió diciendo-, mi hermano Alijo no es un anarquista.
Se produjeron unos instantes llenos de violencia. Angulo cambió de postura, Carvajo tosió, espantado de sus propias palabras, y el Presidente tuvo una fuerte tentación de darse a la ira.
– ¿Qué entiende usted por anarquista? -preguntó.
Carvajo se encogió. No trató de responder.
– Los estudiantes -continuó el Presidente-, alteran constantemente, desde hace varios meses, el orden público. No tienen programa ninguno: lo hacen sin razón, sin justificación de ninguna clase… Al principio, se contentaban con interrumpir la circulación, con repartir octavillas…
Angulo miraba al Presidente. Pero aquello no era cierto. "Sí" que los estudiantes tenían un programa bien definido: el regreso de Salvano. Aquello lo sabía muy bien Carvajo, lo sabía todo el mundo…
– Más tarde -y los tonos de voz del Presidente se hicieron casi fúnebres-, acudieron al uso de explosivos. Han hecho estallar cargas en las principales iglesias de la ciudad…
Carvajo asintió, mostrando su conformidad, una odiosa conformidad sin reservas. Angulo tuvo miedo de que el Presidente volviera la cabeza y advirtiera la incredulidad en su mirada. Una sola carga hizo explosión en una iglesia, y nadie supo jamás quién pudo hacer aquello. Se dijo que hasta resultaba probable que los propios hombres del B.A.S… Angulo sabía que su partido no había ordenado aquella acción. Pero ahora Carvajo levantaba la mano, como advirtiendo que deseaba hablar. El Presidente le miró con las cejas arqueadas.
– Son petardos, Excelencia -dijo-. No creo que puedan…
El Presidente le contempló con evidente menosprecio. Resultaba increíble que aquel hombre tembloroso, con aspecto de buey, hiciera tan mal las cosas.
– ¿Fue un petardo, también, el que mató a uno de nuestros inspectores? ¿Fue un petardo lo que arrojó su hermano?
Angulo se mordió los labios. ¡Inspector! Ahora, desde que había muerto, era un inspector… Cuando se produjo el suceso, el policía no era más que un agente. Tal vez confiriéndole un grado superior se trataba de empeorar las cosas para el estudiante.
– No sé detalles, Excelencia -dijo Carvajo.
– Yo puedo dárselos. Su hermano es un fanático. ¿Sabía que, como estudiante, era una nulidad? Pero tenía que destacar en algo, claro… Ha organizado, con unos compañeros, una organización fuera de la ley, clandestina…
No era cierto, se dijo Angulo. El Sindicato de los Estudiantes estaba permitido. Eso debía saberlo su hermano. Pero el doctor Carvajo seguía callado.
– Por supuesto -siguió el Presidente-, usted ignorará qué fines persiguen en dicha asociación. Pero nosotros los conocemos.
Buscó en un cajón de su mesa y sacó un expediente. Leyó, con tonos casi airados:
– "Sexto: fomentar el descontento en los medios universitarios, haciendo patente, en todo momento, que nuestro malestar…"
Se interrumpió. Sus ojos azules se clavaron en el doctor.
– Da asco -dijo-. A mí, me da asco. Esto es un plan destructivo, odioso. Sencillamente destructivo… No proponen nada, no luchan por nada. Tan sólo desean cambiar…
Sí, meditó Angulo, deseaban cambiar. Deseaban la vuelta de Salvano, la vuelta del hombre por el que todos luchaban. Tal vez, se dijo, el error de Salvano fuera no haber expuesto un plan pomposo. Un plan grandilocuente siempre resultaba muy político.
– Si lo que ellos desearan fuera lícito -siguió el Presidente-, utilizarían sus enlaces y delegados. Pueden hacerlo. Ellos tienen acceso a los medios gubernamentales, hasta, incluso, al mismo Presidente…
"Porque no pueden-pensó Angulo-. Porque no está permitido. Porque una Comisión Gubernamental decide, sin apelación posible, si los motivos de los enlaces son o no legítimos. Y la Presidencia jamás se entera de las aspiraciones de los estudiantes. A menos que sean cosas triviales y tontas, cosas sin peligrosidad, sin fondo…"
– ¿Por qué, pues, no utilizan a sus delegados? -inquirió, casi gritando, el Presidente. Carvajo abrió la boca y sus labios temblaron-. ¿Por qué no?
– No lo sé, Excelencia…
Carvajo anhelaba ya salir de allí cuanto antes, escapar. Un nuevo temor había nacido ahora en su mente: ¿y si aquella audiencia le perjudicara en su profesión de médico? ¿Y si previnieran al Colegio y le señalaran como…? Pero no, seguramente no era posible. Un pensamiento atroz le estremeció: "Aquí, en este mismo despacho, puede terminar mi carrera". Ahora veía con claridad que no debía haber escuchado a Margarita, que jamás debió haber dado aquel paso. ¿Que era una última tentativa? Pues bien, ya estaba hecha. Él ya no podía hacer más. Había revuelto amistades, había pedido el indulto en una instancia, había visitado al mismo Presidente de la República… Él había terminado. Pero sabía que nada sería bastante para Margarita. Podía ya, desde ahora, irse preparando a escuchar su voz, con tonos de recitar letanías: "Es tu único hermano, es tu único hermano. Y además, ya sabes que él ha estado…"
Carvajo carraspeó. Jesús, si casi se le había olvidado. Dijo, con voz suave:
– Es que… hay algo más.
El Presidente levantó la mirada, esperando.
– Mi hermano -aclaró el doctor-, es un enfermo.
Hubo un silencio. El Presidente preguntó:
– Enfermo ¿de qué?
– Cuando era más joven, contrajo tuberculosis. Podría traerle certificados, partes facultativos, boletos de alta en el Hospital… Estuvo internado casi un año…
Se interrumpió. El Presidente parecía preguntar con la mirada qué diablos tenía aquello que ver con la cuestión que debatían.
– Siempre hemos sido muy distintos, los dos -continuó Carvajo. ¿Tal vez su voz era ahora menos débil?-. Desde pequeño ha sido enfermizo y desgraciado. Siendo niño, le operaron de un tumor blanco, en la cabeza… Luego vino lo de la tuberculosis: un año de vida perdido en una cama. Enumerar esto parece una fantasía, algo para mover a compasión… Pero es que es cierto. La familia de su novia pretendió cortar las relaciones, le echaron en cara su enfermedad… Esto parece una tontería, pero él estaba enamorado, pensaba casarse con la chica.
Se calló. El asma convertía sus palabras en voces sibilantes y desagradables. Seguro que Margarita le felicitaba, seguro que le decía: "Has hecho muy bien en contárselo todo, muy bien". Ligeramente envalentonado por el silencio con que le escuchaban, añadió:
– Con todo esto quiero decir… -pero encontró dificultades de expresión. Le parecía que las palabras que le venían a la cabeza no explicaban bien su idea-. No sé… Es como si la felicidad entre él y yo estuviera mal repartida.
¿No era aquello, acaso, lo que había oído toda la vida de labios de su madre? Algo así como si le achacaran a él haber robado la felicidad de Alijo.
– Yo soy un hombre feliz -dijo Carvajo. El Presidente arrugó ligeramente el ceño. Era como si le costase reconocer la felicidad en aquel hombre gordinflón con cara de buey, como si no le agradara la clase de felicidad que podría tener-. Creo que lo puedo afirmar así. Y pienso que sería demasiado que él…
Hizo un vago ademán con sus manos húmedas. El Presidente preguntó:
– ¿Qué es lo que sería demasiado?
– Que él muriera ahora por esto.
– "Esto" -contestó con prontitud el Presidente-, es un hombre muerto por la explosión de una carga de plástico. ¿Sabía usted que su hermano ha confesado ser el autor de este acto de terrorismo?
Carvajo negó con la cabeza.
– Ha confesado -siguió el Presidente-. Y no piense mal: no se le ha tocado un pelo, tan siquiera. Ha dicho la verdad sin que se le apremiara demasiado, lo que no deja de ser encomiable.
– Sí, señor -asintió Carvajo.
Y las bolsas de sus ojos danzaron bruscamente, a izquierda y derecha. Estaba seguro de haber hecho demasiado, demasiado: todo lo que podía, y seguramente aun más.
– Un hombre ha muerto -siguió el Presidente, con voz monótona. Sus ojos azules estaban ahora apagados, carecían de brillo. Aun así, parecían tratar de sacar el máximo partido del hombre que habían matado con el plástico-. Y usted me dice que el castigo del culpable sería demasiado…
– La muerte -insinuó el doctor, temeroso de incurrir en falta-, es algo terrible para un chiquillo.
El Presidente suspiró.
– La muerte es terrible para cualquiera -dijo-. Tal vez sea menos terrible para un chiquillo, como usted dice… Ellos tienen más valor.
Angulo espió los ojos del Presidente. Trató de ver en ellos un propósito firme de ejecutar al estudiante o, por lo menos, una indiferencia absoluta ante la ejecución. Pero no vio nada, salvo cansancio. Siempre que observaba la mirada de aquellos ojos azules su juicio era el mismo: en ellos no se observaba otra cosa que no fuera un absoluto e irremediable cansancio. Un cansancio sin aliciente, sin salvación de ninguna clase.
Carvajo abrió los brazos. Su ademán hubiera podido entenderse muy bien como una tácita renuncia al recurso, como una compleja y rebuscada resignación ante lo inevitable. "Así sea", parecía querer expresar. Y era obvio que no deseaba seguir suplicando. Su única aspiración parecía ser abandonar cuanto antes aquel despacho.