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Al sentarse frente al Subsecretario, el doctor Martín dijo:
– La verdad; nunca había visto tantas nubes como ahora.
– ¡Querido Martín! -Leonardo se situó en su sillón con cierta fruición, como si la conversación que les esperaba la hubiera estado aguardando durante semanas enteras-. ¿Qué clase de nubes, exactamente?
– Oh… Nubes. -Martín puso un gesto de preocupación. Llovía copiosamente, sin intervalos, sin remedio alguno-. Pero es claro que no me refiero a la lluvia…
– Me gusta que me hayas visitado. -Leonardo se frotó las manos-. Desde que ocupo este cargo, cuantas veces has venido se ha tratado de cuestiones de la prisión. Sé que eso era necesario, pero estaba celoso.
– ¿Qué es lo que ocurre, exactamente? -preguntó Martín. Lo que le disgustaba del Subsecretario era, precisamente, su prodigiosa facilidad para la evasión en el diálogo.
– ¿Lo que ocurre? ¿Dónde, Martín?
– Aquí, en el Gobierno… En el país. No sé: es algo impreciso.
Leonardo hizo un amplio movimiento. Sus manos parecían querer expresar una cierta perplejidad combinada con su mejor deseo de comprender.
– Ocurrir… No me parece que ocurra nada especialmente particular. ¿Por qué lo preguntas?
– Hay malestar, Leonardo. Creía que lo sabías, que lo presentías… Y, en realidad, lo sigo creyendo. Pero tal vez tu papel sea…
– No, mi amigo. -La postura del Subsecretario era clarísima. Sus manos expresaban que, con un amigo de la talla de Martín, no cabía adaptarse a posturas oficiales, a papeles preconcebidos-. Te aseguro que quiero entenderte.
– Hay malestar en el país -repitió Martín. Y, al decir aquello, los rasgos de su cara parecieron envejecer aún más-. Incluso en el Gobierno, tal vez. Ocurre, a veces, que uno no puede precisar bien las cosas, pero sabe que existen, las olfatea, las presiente…
– Eso es una gran verdad. Suele ocurrir como dices.
– Pues bien: yo olfateo. Cuando un régimen está cansado… Perdona.
– No, por favor. Te suplico que continúes.
– Quería decirte algo así: cuando un régimen está cansado, o debilitado (o tal vez desconcertado), se diría que emite… No sé. Un olor especial. El pueblo percibe ese olor.
Leonardo se miró los sobresalientes nudillos de sus manos.
– Y tú piensas que ahora huele.
– Sí. Pero tal vez me equivoque.
– ¿Has venido a averiguarlo?
– En cierto sentido, sí.
– ¿Es por lo del chico, por lo del estudiante?
– Un chiquillo no creo que sea bastante… Pero es una gota más dentro del vaso.
– Y el vaso ¿está muy lleno? -Leonardo sonreía.
– Me parece que sabes bastante más que yo sobre…
– Está bastante lleno, en efecto.
– Y ¿por qué? -preguntó Martín.
– Es difícil… El Presidente no es el mismo. Todos lo dicen, no te desvelo ningún secreto de Estado. La política desgasta.
– Pero cuando un hombre está cansado -apuntó Martín-, se le sustituye, se le puede sustituir. El individuo no debe contagiar al sistema, creo yo…
Se detuvo. Le parecía muy delicado lo que pensaba añadir. Pero continuó, sin embargo:
– … a menos que la persona sea el sistema mismo.
– Sí -dijo Leonardo, rápidamente. Pero aquello no quería decir nada. No era asentimiento, sino un simple vocablo para impedir que las palabras del otro provocaran una pausa-. Sí.
A pesar de todo, la pausa se produjo. Fue el Subsecretario quien la rompió, con voz suave, con tonos que llamaban a la intimidad.
– ¿Te preocupa el muchacho?
– Sí. Es un niño. No se le puede ejecutar.
– Un niño que ha puesto una bomba…
– Existen Tribunales Tutelares de Menores… ¿Se les ha trasladado el caso?
– No.
– ¿Ni ellos lo han pedido?
– Tampoco.
– ¿Por qué no lo han hecho?
– No se han atrevido, supongo. Se trata de un delito político.
– No es delito, Leonardo. Según las leyes de nuestro país, un individuo que no ha alcanzado la edad penal no puede delinquir…
– Hay un muerto por medio, lo sabes. Un Inspector del…
– ¡Inspector! Cuando murió, era agente del orden público.
– Es cierto, es cierto… El título de Inspector se le confirió de una manera póstuma; ha sido un error de la Prensa, eso es todo. Pero sigue siendo un hombre muerto.
– ¿Vais a ejecutarlo, entonces?
– ¿"Vais…"? -El Subsecretario movió las manos. Las manos expresaban ahora cierta repulsión por el término que el otro había empleado-. Tú no ignoras que mis atribuciones…
– Pero se le ejecutará, ¿no es cierto?
– Me temo que sí.
Martín suspiró con fuerza.
– Será injusto -dijo-. Y aún peor: será una muestra de miedo, no de fuerza. Un régimen que se siente seguro no necesita acudir a eso.
– Tal vez -y el Subsecretario expulsó el aire como si lo que fuera a decir le causara pena-, no sea ya éste un régimen seguro.
– El Presidente ¿no se da cuenta de que, negándose a dar entrada a la jurisdicción militar, realizaría un acto de fuerza?
– El Presidente no ha dicho aún su última palabra.
– Pero tú lo sabes… -Martín se levantó, dio unos pasos rápidos y desazonados por el despacho. Leonardo, cuando eran condiscípulos, tenía siempre los pantalones zurcidos y una mirada huidiza y atemorizada. Todos los chicos de la clase sabían muy bien que le espantaba que le preguntaran la lección, y no por otra cosa sino por los zurcidos, que eran plenamente visibles en lo alto del encerado-. Es difícil revocar una sentencia. Si él tiene miedo, entenderá que revocarla es una muestra de debilidad… Cuando una persona está atemorizada, la razón estorba. Se obra atropellada, desordenadamente…
– Él no tiene miedo, creo yo. Tal vez esté fatigado, algo gastado… Pero no tiene miedo. Siempre ha sido como es ahora…
– Sí… Bermejo, Díaz, Restrepo. En eso tienes razón.
El Subsecretario se había quedado pensativo. Martín le miró de frente. Y le preguntó:
– ¿Sabes que se habla de un atentado?
Leonardo sonrió.
– No he conocido, en tres años, un solo día que no me trajera la palabra atentado… Hay mucho terrorismo en América.
– Pero esta vez no se habla de terrorismo, sino de una organización.
– Ya: Salvano en el poder, ¿Verdad?
– Exactamente,
– Puedo darte la misma respuestas: cuando un régimen sustituye a otro, el anterior da boqueadas en forma de rumores. Y esos nuevo dicen siempre que se apoderarán de nuevo del Poder. Tal vez con ello se trate tan sólo de salvar el prestigio, o de justificar grandes rentas en el extranjero.
– Salvano -murmuró Martín, pensativamente- era un hombre bueno. El pueblo le quiere.
– De una manera romántica, sí… El pueblo quiere casi todo lo que no tiene. Y el pueblo tiene también pésima memoria. Se olvidará fácilmente de Salvano.
– Yo fue nombrado médico del presidente cuando gobernaba Salvano -dijo Martín, con los ojos casi entornados-. Tú lo recordarás… No conocía al presidente, pero una vez vino a visitar la cárcel. Recuerdo que, al estrecharme la mano, sentí algo así como frío… A veces, la personalidad transmite su fuerza o debilidad por un simple contacto. Eso lo sabemos los médicos. Me pareció un hombre noble, un hombre bueno… Quizá me deje influir un poco porque sus labios tuvieran cierto gesto de sufrimiento. O por su ojos. Resulta extraño lo mansos y azules que me resultaron sus ojos… Recuerdo que visitó las celdas comunes, las de castigo, y que se le ocultó la bodega. Creo que al Presidente actual se le enseñará la bodega sin temor…
– ¿La bodega es donde…?
– Sí. Vio todo lo demás, y luego hizo una simple pregunta: “¿Dónde están los servicios sanitarios de los presos?” Y todos callaron, buscando alguna explicación que dar. Entonces, él volvió a hablar, en tonos impacientes: “me refiero a los retretes, caballeros”. Eso dijo.
Guardó silencio. Leonardo se miraba de nuevo los nudillos. Tenía las cejas casi unidas, parecía ensimismado. Recordaba aquel muchacho de buena familia que alternaba con él en la escuela. Martín, de niño, era delgado y de cierto porte aristocrático. Se decía de su familia que era muy rica, que procedían de un título europeo, que gozaba de grandes influencias… Leonardo había tratado de odiarle, pero siempre se sintió vencido por aquella extraña humanidad del que luego sería médico. No pudo odiarle, además, porque Martín jamás le despreció, como los otros… Jamás pareció advertir que él llevara los pantalones llenos de rotos y parches.
– El Director del Presidio -siguió Martín, con voz apagada- dijo que aún no estaban los retretes terminados… Y lo de "aún" fue peor, te lo aseguro. Dijo también que las celdas se limpiaban con regularidad, que… Pero Salvano no le escuchó. Se limitó a decir: "Esto es una vergüenza". Y, al día siguiente, el Director fue sustituido…
Suspiró. Leonardo no decía nada.
– Pero vino el Presidente actual… y el Director fue repuesto. El simple hecho de ser destituido por Salvano le abría ahora las puertas del cargo.
Martín se levantó. Parecía más cansado que al principio, como si algo que se hubiera desarrollado en aquella conversación le hubiera agotado. También parecía querer decir su gesto que nada de lo que se hablara o dijera entonces podría servir ya de gran cosa.
– Creo -dijo, sonriendo con cierta tristeza-, que me he pasado de la raya. He abusado, sin duda, de nuestra vieja amistad… Pero no creas que mi intención era…
– ¡Por favor! -y las manos de Leonardo volvieron a actuar. Las manos y la expresión de su rostro reflejaban una compacta mezcla de pesadumbre, de ardientes deseos de realizar cosas, de placer por la entrevista sostenida-. Creo que tu franqueza es la cualidad que más me gusta en ti…
– Perdóname, en todo caso. Es hora ya de que me vaya, de que te deje trabajar…
– Mi querido amigo -y Leonardo abandonó el sillón, dispuesto a acompañar al otro hasta el confín mismo del corredor-. Mi querido amigo…