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Avelino Angulo tenía fiebre. Caminaba lentamente por el corredor del Ministerio, completamente desierto, y sentía que las sienes le gritaban, que tenía las mejillas ardiendo. ¿Por qué no se había afeitado, precisamente, aquella mañana? ¿Por qué al calentar el agua y suavizar la cuchilla había tenido náuseas y la sensación vertiginosa de que el afeitado no le iba a servir de gran cosa? Había dejado caer el recipiente del agua contra el suelo, y el ruido de la hojalata sobre la baldosa despertó a Julia.
– ¿Qué ha pasado?-preguntó.
Él había contemplado su rostro enjabonado y luego se había pasado una toalla por las mejillas.
– Nada. La palangana de…
– ¿Se ha roto?
– No, no se ha roto.
¿Cómo demonios se iba a romper si era de…?
Ahora, a las siete de la mañana, los corredores estaban desiertos. Incluso algunos ordenanzas no habían llegado todavía. Los pocos empleados que empezaban su trabajo le habían mirado con cierta extrañeza. Solamente el portero, parapetado tras su garita, había comentado:
– Hoy ha madrugado usted mucho…
Y luego, casi para sí, mientras pasaba una hoja del diario de la mañana, había añadido:
– ¡Con el día que hace…!
Porque llovía de una manera desesperada, furiosa. Llovía desde que, antes de que asomara la primera luz, despertara Angulo. Julia, por algún procedimiento instintivo, había adivinado que ya no dormía.
– ¿Te das cuenta? -había comentado. Ella tenía la virtud de expresarse con una voz clara y fresca a cualquier hora de la noche-. Estamos ya en plena estación de lluvias…
– Sí -había dicho él. Y pensaba que era horrible no poder concederse nuevas prórrogas, nuevos retrasos. También era horrible aquella sensación en el estómago de…-. ¿Hay bicarbonato en casa?
– ¿Qué te pasa? Sí, claro que hay.
– No sé… Tengo acidez.
– Son los nervios -decidió ella-. Te preocupas demasiado por todo. Hace casi tres días que no me hablas.
– ¿Dónde está?
– En el botiquín, naturalmente. Siempre has sido hermético conmigo…
Hermético… Tomó una cucharada grande, y luego eructó, casi con fruición. Dudó entre volver o no a la cama. Comprendió que le resultaría imposible volver a dormir de nuevo, que ella le hablaría, le haría mil preguntas, porque también ella estaba dotada de una locuacidad extraordinaria, a la hora en que él solamente era capaz de proferir gruñidos. Empezó a vestirse con lentitud, con gesto hosco, defendiéndose a duras penas del interrogatorio de Julia. "¿Por qué te levantas tan temprano? Harías mejor en…".
No, la palangana no se había roto. Vestido ya, Angulo miró la forma recogida que presentaba el cuerpo de su mujer: una cosa caliente y familiar, hecha de materia y sonido, y hasta de un tenue espíritu. Le asaltó una idea: tal vez no la volviera a ver. Tuvo un rapto chiquito de emoción, un indefinido deseo de recuperar aquel cuerpo, de buscar de nuevo su sitio en la cama y mandarlo todo a paseo. Pero el futuro inmediato que le aguardaba se le configuraba ya como un deber, como un deber muy especial, pero firmemente ineludible. Era extraño… Y comprendía que ni tan siquiera podría besarla, porque el hecho se saldría de lo corriente, y todo lo que no era corriente exigía una explicación.
La portera había sido la primera en sorprenderse. "¿Se ha levantado hoy más temprano o es que…?" Pero no, no, la portera no se había retrasado. Era él quien madrugaba. "¿Se ha fijado en qué manera de llover…?" Bajo su paraguas, sorteando los charcos, Angulo había sentido el baile desordenado de aquella cosa negra que llevaba en el bolsillo. "Su manejo -le había dicho, la víspera, un vendedor afeminado y suntuoso- es sumamente sencillo." Pero se movía, saltaba, y tuvo la impresión de que los escasos transeúntes de aquella hora miraban su bolsillo, lo observaban de una manera peculiar.
Llegó a su despacho. Por supuesto, era el primero en entrar. Dejó el paraguas, se quitó el abrigo, enrolló la bufanda. ¿Por qué no se había tomado la molestia de esconderse? En el Ministerio había muchas puertas traseras. Alguien golpeó la puerta, y el ordenanza del ala izquierda asomó la cabeza.
– Buenos días, señor Angulo -dijo-. Me ha dicho el portero que había usted llegado. Si desea algo, estoy en…
El portero, uno. El ordenanza que se le ofrecía para demostrarle que había llegado puntualmente, dos. Angulo movió la cabeza.
– No, muchas gracias.
¿Y ahora? Ahora, a esperar. O tal vez a mirar el gran despacho contiguo, a estudiar cómo… Sintió frío. Por supuesto que tenía fiebre. ¿Y si en el momento preciso tuviera miedo? Cuando se está imaginando una cosa durante días y días, la realidad siempre sorprende y se muestra distinta a como había sido imaginada.
Angulo se dispuso a esperar. Dieron lentamente las siete y media de la mañana.
Jaramillo bostezó. Se volvió de costado, sentimental, con deseos de arrullar. La cama crujió de una manera increíble.
– Mi pequeña -gorgoteó. Alicia incorporó su humanidad y trató de estirarse como lo había visto hacer a los niños pequeños. Ella deseaba mostrarse sumamente femenina y vagamente enfadada-. ¿Estás despierta? Han dado las siete y media.
– ¡Oh! -murmuró ella-. ¡Qué sueño tengo! Te advierto que estoy bastante disgustada contigo…
– No, no -dijo Jaramillo, conciliador. Demonios, ahora se acordaba. ¿Qué le había pasado la víspera que no…?-. Claro que no.
– Pero… yo sí quería.
– Esta noche ¿eh? Esta noche, sí. Te lo prometo.
– Pero yo quería ayer.
Bien, era la falta de práctica. No había que pensar en otra cosa. Él estaba lleno de vitalidad. Y además, se cuidaba: no bebía, hacía gimnasia cada mañana…
– ¿También -preguntó ella suavemente-, te pasaban estas cosas con Laura?
– Te lo suplico -.Aquello no tenía gracia, era inoportuno. Y mintió-: Por supuesto que no.
– Entonces, es que yo te gusto menos…
– ¡Qué idea!
– Sin embargo, con Laura no…
¡Si Laura levantara la cabeza…! Jaramillo tuvo, de golpe, el recuerdo desagradable de conversaciones inenarrables con su mujer, de sonrisas despectivas, de ironías alusivas incluso en presencia de otras personas.
También Alicia recordaba cosas de los viejos tiempos en que su hermana vivía y le hacía confidencias. "No es que sea precisamente un volcán, Alicia, pero…"
– Vamos, vamos -decía Jaramillo, deseoso de borrar el mal recuerdo de la víspera-. Verás como hoy…
"No es un volcán – pensó Alicia, ligeramente defraudada-. ¡Qué pena!"
– Lo lamento -dijo la portera, moviendo la cabeza-. ¿Cómo ha dicho que se llamaba?
– Angulo -repitió el doctor Martín-. Avelino Angulo.
– No, no. Tal vez, en la casa de enfrente… ¿Y le han asegurado que vivía en esta casa?
– Me llamo Antoine -dijo Antoine.
La niña le miraba.
– Nunca has oído un nombre parecido, ¿verdad?
Ella negó con la cabeza.
– Ya lo sabía -siguió Antoine. Se pasó una mano por la mejilla y tuvo la impresión de que continuaba enflaqueciendo-. Pero ¿por qué te has despertado tan temprano? Son las ocho de la mañana. Te vas a enfriar así, con tan poca ropa. Debías de volver a…
El indio se incorporó, malhumorado.
– Por favor -gimió-. ¿Qué pasa ahí?
– Quiere comer -explicó Antoine.
– ¿Lo ha dicho ella? -preguntó el indio.
– No. -Antoine miró a la niña-. Pero no hace otra cosa que mirar este paquete…
– ¿Qué hay en el paquete?
– Comida. Chorizo.
– Pues dele un poco, y duérmanse, por favor. Estoy muerto. Anoche bebimos demasiado…
– Toma un poco -dijo Antoine a la niña, acercando el envoltorio-. Es chorizo.
Pero ella negó con la cabeza.
– ¿No quieres?
– No.
Antoíne suspiró. Él también tenía sueño.
– ¿Qué querías, entonces?
– Nada -dijo la niña.
– Anda, pues acuéstate. Hoy hace un tiempo infernal…
Un periódico de los Estados Unidos había publicado la noticia. En la primera página se veía, en una fotografía borrosa, al estudiante rodeado de compañeros. Un círculo blanco señalaba su posición en el grupo. A la derecha, en una fotografía independiente, aparecía una muchacha rubia, muy seria, con una mirada casi hostil, que sostenía una raqueta de tenis. Los titulares decían: "La novia del estudiante ejecutado".
El día anterior, Avelino Angulo había recibido aquella página por correo. En el remite del sobre se leía una sola palabra: "Donald".
Dieron las ocho de la mañana y ni por un sólo instante amainaba la caída furiosa de la lluvia. ¿Era posible que aún tardara mucho? Había días en que, a las ocho de la mañana en punto… Pero aquélla no parecía ser una de aquellas mañanas. El Ministerio había cobrado vida, paulatinamente. Se oían ruidos, pasos, conversaciones. Una muchacha -una empleada, seguramente- rió estrepitosamente en el corredor. "Figúrate qué idea", dijo, y volvió a reír.
Entró un ordenanza, fumando un cigarrillo.
– La correspondencia -dijo, mostrando unos sobres-. En mi vida he visto llover de esta manra.
– Sí -asintió Angulo.
Se asomó a la ventana. El ordenanza le había mirado con cierta extrañeza, porque estaba sentado, con las piernas cruzadas, sin un solo papel sobre la mesa, sin hacer absolutamente nada. "Ya no puede tardar -pensó-. Es preciso tener los nervios bien templados." Y se dijo que de todas formas, la palangana no se había roto, no se hubiera podido romper, puesto que era de hojalata.
– ¡Dios mío! -pensó-. Debía haber tomado alguna inyección. Estoy demasiado nervioso.
– Tú estás segura, ¿verdad? -dijo, con aprensión-. Estás segura de que no tenías nada que ver con eso.
– ¿Qué quieres decir? -preguntó Sabatina. Acababan de dar las ocho de la mañana. Llovía furiosamente-. ¿Nada que ver…?
– Con la enfermedad, digo.
– Ah, no. Desde luego que no.
– Tú no se la pudiste contagiar…
– No, no. ¿Tienes miedo?
– ¿Miedo? ¿Miedo? ¿Por qué iba a tener yo…?
– Si quieres, puedo hacer que me reconozcan.
– Tonterías. ¿Por qué iba yo a querer? Me basta con tu palabra.
Callaron. Hacía mucho tiempo que estaban despiertos. Él sabía que le gustaba Sabatina, aunque le había gustado sin mucha iniciativa por su parte, pero aquello daba igual. Ahora se preguntaba en qué terminaría todo aquello. Aquella situación adquiría, no sabía por qué, un aspecto interino, pasajero. Y a él le gustaban las cosas estables. Pero, por otra parte, resultaba idiota complicarse la vida con…
– Lo malo -dijo-, es lo del piso.
– ¿Te refieres a este piso?
– Sí. No es nuestro.
– Ah, no importa. Nos quedaremos aquí.
– ¿Siempre?
– Sí, ¿por qué no?
– Él volverá. Y le asiste el derecho de…
– No, te aseguro que no. ¿Para qué iba a volver?
– En alguna parte ha de dormir.
Sabatina meditó.
– Sí -convino-. Pero ya se arreglará de alguna forma.
Era horrible oír llover de aquella manera. Habían tenido mala suerte. Aquella mañana, él tenía permiso. Hubieran podido… Pero era inútil, con aquel tiempo. El enfermero notó que empezaba a deprimirse. Siempre le ocurría igual, en la época de las lluvias. Le volvieron a asaltar nuevos temores.
– ¿Solías lavarte, después de…?
– Por favor -y ella cerró los ojos-. Tú tienes mucho miedo.
– No, no. Te aseguro que no. Pero, dime: ¿solías…?
– A veces, sí, y a veces, no.
Él tragó saliva.
– Ya -dijo-. Deberías de…
– ¿Qué se consigue con lavarse? ¿Quién se levanta de la cama, cuando hace frío y el agua está helada, para…?
– Comprendo, claro. Pero suele ser conveniente…
– Pues no me lavaba.
– Sí. No tienes que enfadarte por eso.
Y el enfermero trató de reír de una manera abierta y confiada. Pero pensaba: "Jesús, si pesco una sífilis, Jesús. Mañana mismo me haré en el Hospital un análisis de…".
– Aproximadamente, una hora -respondió Julia-. Mi marido ha salido hoy más pronto que de costumbre.
– Sí -asintió el doctor Martín. Estaba empapado. El paraguas no había sido suficiente para protegerle de aquel aguacero-. ¿Estará ya en el Ministerio?
– Supongo que sí. Ha debido ir allí directamente.
– Me ha costado una barbaridad encontrar esta casa -sonrió el médico. Tenía miedo, no sabía por qué. Pero si lograba hablar con Angulo, todo se salvaría. Avelino Angulo no le conocía, pero presentía que sabría escucharle. Presentía, sin saber la razón, que era muy diferente de Jaramillo-. Me dieron equivocada la dirección…
– Sí -dijo Julia-. De todas formas, puede usted telefonearle desde aquí. Me dijo usted que era urgente.
– No, no. -¿Qué podría decirle por teléfono?-. Se lo agradezco, pero prefiero hablarle personalmente.
Julia observó cómo descendía las escaleras. Cuando cerró la puerta y regresó a la cocina, se iba diciendo que era un hombre atractivo, pero que parecía estar prematuramente envejecido. También pensó que jamás sabría quién era y a qué había venido. Hacía mucho tiempo que su marido se mostraba muy reservado con ella.
– Pero lo curioso del caso -observó Antoine, pensativo-, es que no logro entristecerme. Siempre creí que Europa era lo primero, pero que si Europa se me venía abajo, me quedaba todavía ella…
– Las mujeres -dijo el indio, tratando de mostrarse profundo-, son bastante extrañas. ¿Dónde se ha ido la niña?
– Ella no es extraña -dijo Antoine-, sino sencilla. Simple, más bien. Es curioso: vivíamos los dos pensando que, si yo regresaba a Bruselas, ella se moriría de tristeza… Resulta confortador vivir pensando que alguien se puede morir de tristeza por uno.
– La gente no se muere ya por esas cosas, me parece.
– ¿Me da un poco más de café? A Europa ya no regresaré jamás.
– Esa enfermedad de que me ha hablado -y el indio le sirvió más café-, ¿cómo se llama?
– No lo recuerdo -respondió Antoine, evasivo-. Un nombre complicado.
– No será contagiosa, me imagino.
– Ah, no. Por supuesto que no,
– Eso me decía yo. ¿Y está seguro de que no se curará?
– Completamente seguro.
– Mala cosa. ¿Y tiene dolores?
– Sí, claro que tengo dolores. -A través de la lluvia, llegó el sonido lento y lejano de la Catedral. Las nueve de la mañana-. Dolores en el pecho…
– Tuberculosis.
– No, no es tuberculosis.
El indio se encogió de hombros. Las Caucas despertaba lentamente a la vida. Otras mañanas, los niños corrían entre las casuchas, persiguiéndose. Pero entonces llovía demasiado. Se oían lloros y voces destempladas, en el interior de las viviendas. Un hombre con voz agria maldecía monótonamente de la lluvia.
– ¿Dónde se ha ido la niña? -volvió a preguntar el indio.
La puerta del despacho se había abierto. Avelino Angulo levantó la cabeza y prestó atención. Sentía frío y fiebre, y una sensación dolorosa que parecía correrle por el cuerpo. No podía haberse equivocado: la puerta del despacho contiguo se acababa de abrir. Ahora, unos pasos blandos recorrían la alfombra, se oía el leve ruido que producía la cartera al caer sobre la mesa, volvían a regresar los pasos… El dolor se le concretó en la garganta: un dolor agudo, como si le fueran atravesando el cuello con un estilete muy delgado y muy largo. Y el sudor frío se convertía en gotas. Extendió las manos ante sí: temblaban. Las gotas le recorrían el cuello, le quemaban, se le metían camisa adentro. Por supuesto que no lo haría; era una barbaridad, una salvajada. ¡Y pensar que había estado a punto de arruinar su vida entera, de mancharse! ¡Y pensar que había estado a punto de dejarse condenar a morir por fusilamiento! Pero ya no lo haría, ahora era bien seguro. Nunca se le juzgaría, nunca se le situaría frente a un pelotón de fusileros. ¡Qué error, Señor, qué error! Y todo por una idea, por una alocada idea propia de un fanático. Pero él no era un fanático, sino un hombre pacífico. Daba clases en el Liceo. Julia parecía feliz. Aquel país era rico, y resurgiría por sí solo, sin violencias, sin sangre. El Presidente era un hombre anciano: ya no podría vivir mucho. Ni el propio Salvano deseaba su muerte. ¡Qué estupidez había estado a punto de…! Por otra parte, la palangana no se había roto. Realmente, no se había podido romper, puesto que era de hojalata. Pues bien: a la mañana siguiente la utilizaría, se daría un buen afeitado. Además, era muy posible que el Presidente hubiera tenido perros, en su juventud. O pájaros, tal vez. ¿Cómo no iba a tenerlos? Pero avanzó unos pasos, oyó el galope espantoso de su corazón, y sintió que una sensación de frío y otra de calor alternaban rápidamente en sus sienes, como si las sensaciones participaran en un juego misterioso y tonto. Qué fácil era renunciar, qué fácil. Todo le favorecía: nadie le había ordenado que lo hiciera, que matara al Presidente. ¡Qué suerte había tenido al darse cuenta de la estupidez que había estado a punto de cometer! Pero ahora estaba salvado, lo sabía muy bien. La paz le llegaría de un momento a otro. Pero ¿cómo era posible que no la sintiera ya dentro de sí? ¿Por qué le temblaban aún las manos? Ya no había razón, pues sus manos estaban desautorizadas. Era, sin duda, cuestión de reflejos. Al poner la mano sobre el pomo de la puerta recordó, de pronto que siendo pequeño dejó morir a la única paloma que les quedaba, y que su padre, mirándole de frente y con los ojos grises, le había dicho: "Eres una calamidad". Y cuando, quince años después, él había intentado contar a Julia la sensación que entonces había experimentado, había notado con horror y violencia que en la garganta se le formaba el mismo nudo doloroso que se le formó entonces. ¡Cuidado que aquello era tonto! Pero la puerta ya estaba abierta.
El Presidente dijo:
– ¿Qué quiere usted? Yo no le he llamado.
Siempre supo, desde el comienzo de los siglos, que aquel día llovería sin cesar. Una vez, yendo de niño a la escuela, el maestro les presentó a un monje benedictino que trató en vano, durante tres días, de que aprendieran salmos.
– ¿Qué son salmos? -había preguntado Avelino.
– Canciones viejas -le contestó otro niño.
El benedictino era optimista, y la emprendió con un salmo que decía: "El Señor es mi pastor. Nada me podrá faltar".
Aquella tarde, Avelino llegó a casa al anochecer, como de costumbre. Venía completamente empapado por la lluvia. Y le dijo a su madre:
– El Señor es mi pastor.
Pero ella le contestó:
– No digas tonterías y cámbiate de ropa.
Por supuesto que Avelino lloró una enormidad, con la nueva ropa seca, echado inútilmente sobre su cama mientras contemplaba la desolada caída de la lluvia y oía, cada quince minutos, que su padre decía a su madre:
– Ya estamos en la estación de las lluvias.
Y el benedictino acabó cansándose de lo torpes y duros de oído que eran aquellos niños y se marchó. Y la paloma se le había muerto por pura casualidad.
El Presidente repitió:
– Yo no le he llamado.
Y en su voz seguía notándose un leve matiz irritado. Sus ojos eran de un azul denso y puro.
Avelino Angulo sintió una sensación negra y fría en su mano derecha, y sintió, también, que todos los dedos le estaban sudando. "Jesús -pensó-. ¡Qué manera de sudar!"