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Quiero expresarte -empezó Leonardo, adelantándose y tomando con sus manos la que le tendía el doctor Martín-, mi pesar por no haberte recibido antes. Pero tú sabes que hemos atravesado circunstancias muy difíciles, que han requerido toda mi…
Martín sonrió. No había querido quitarse el abrigo, en la antesala, a pesar de los ruegos de Gómez, el nuevo oficial. Y ahora era el propio Leonardo quien le ayudaba a librarse de él, con más ostentación que eficacia.
– No tiene importancia -dijo Martín-. Gracias, no debes molestarte.
– Sí que la tiene. -Leonardo hizo aspavientos de profundo desagrado, casi de impaciencia-. Tú eres uno de mis mejores amigos, lo sabes bien. Una amistad vieja, probada… Un hombre no debe hacer jamás esperar a un amigo. Tú sabes, sin embargo, que estas dos semanas últimas han sido… ¡Quiera el Cielo que no se repita un agobio semejante! Pero siéntate, te lo ruego.
Se miraron. Luego, Martín dejó que su vista recorriera el despacho presidencial, como si esperara encontrar cambios, o como si las cosas que antes estaban tuvieran ahora un perfil nuevo y distinto.
– No he tocado nada -dijo Leonardo, tratando de perseguir el hilo de los pensamientos del otro.
Pero la alfombra sí era nueva. La anterior estaba bastante gastada. Ahora, al verla, se percataba el médico de por qué sus fuertes botas no producían sonoridad ninguna. Se dijo que aquella alfombra gruesa y mullida respondía perfectamente al carácter de Leonardo. Leonardo siempre se había sabido mover sin ruido.
– Salvo la alfombra -sonrió Leonardo. Pero Martín no parecía tener nada que decir-. ¿Has venido para felicitarme?
Martín le miró de frente.
– Sí -dijo, con gravedad-. Supongo que sí.
– ¡Todo ha sido tan repentino, tan impensado!
"Impensado", se dijo Martín.
– Has triunfado -dijo, sencillamente-. Desde muy pequeño te gustaba…
Leonardo rió gratamente. Aquel profesor a quien la clase entera odiaba había sentido siempre una abierta predilección por Leonardo. Un día le dijo, públicamente, que tenía aspiraciones y que sabría situarse en la vida. Pero lo dijo de una manera tan despreciativa hacia el resto de los niños, que la clase entera le odió aún más e hizo extensivo aquel odio al pequeño Leonardo. Pero habían pasado muchos años. Las mortificaciones de la niñez eran ahora, para él, un recuerdo placentero y sabroso.
– No es exacto que haya triunfado -fingió defenderse Leonardo-. Han sido las circunstancias. Es penoso que un atentado haya tenido que…
Bajó la vista, y de sus labios se borró la sonrisa. Parecía ahora gravemente preocupado, desagradado más bien. Sus ojos, como por casualidad, se detuvieron en las embarradas botas de su amigo.
– Pero es un triunfo -insistió Martín, mirándole de frente. Leonardo había temido siempre la infinita fuerza que se advertía en los ojos del médico. Leonardo no tenía aquella clase de fuerza-. Cualquier Ministro hubiera podido ser designado. Pero has sido tú.
– Era -dijo Leonardo, con cuidado-, el Ministro más cercano a la Presidencia.
– Sí -asintió Martín-. Y ahora, eres tú el Presidente.
Leonardo empezó a sentir una vaga incomodidad. No sabía con exactitud cuál era su procedencia. Se extrañó. Martín parecía triste, pero no acusador. Bien era cierto que siempre había parecido un hombre triste. Pero la escasa vitalidad que su amigo demostraba ahora le desasosegaba intensamente.
– Todo ha sucedido de una manera muy sorprendente y muy rápida -dijo Leonardo, tratando de zanjar las vaguedades en que se desenvolvía aquella conversación.
Pero Martín dijo, inexplicablemente:
– A mí no me ha sorprendido nada.
– ¿Qué quieres decir, amigo mío?
– Yo sabía que se pensaba atentar contra la vida del Presidente.
Leonardo parpadeó.
– ¿Lo sabías?
– Sí. Todo el mundo lo sabía.
– Por favor, por favor. Siempre hay rumores. Creo que hablamos de ello en otra ocasión.
– Eran más que rumores; lo sucedido lo ha demostrado. Yo estaba enterado de la existencia de un grupo clandestino y conocía a alguno de sus miembros.
– ¿También a Avelino Angulo?
Martín bajó la cabeza.
– Lo conocí demasiado tarde -dijo, con pesar-. Cuando le conocí, le acababan de quitar una pistola de su mano, y estaba completamente blanco, como un papel. Tenía fiebre y nos miraba a todos como si… Es difícil de explicar. Como si se hubiera liberado de algo que le atormentaba.
– Sí, he oído decir que fuiste de los primeros en llegar.
– Yo me dirigí a él -recordó Martín-. A su lado, estaba el Presidente, tendido. Sé que algunos me censuraron que no fuera a atenderle, pero yo sabía que estaba muerto. Le había bastado con un solo disparo… He estado meditando sobre la cantidad de sufrimientos que habrán sido precisos para que hiciera aquel disparo.
– Hablas de él como si fuera… no sé. Un héroe, tal vez.
– No me pareció un hombre corriente. Era tu secretario, ¿verdad?
Leonardo estuvo a punto de taparse los ojos, con un ademán desolado y nervioso.
– Sí -dijo-. Es terrible. Por suerte, no ha transcendido.
– No ha trascendido ¿a quién?
– Al pueblo, naturalmente. ¿Quién hubiera podido ni tan siquiera sospechar que él, Avelino Angulo…? Era un hombre competente. Yo tenía una idea completamente distinta de…
– Él luchaba por Salvano. ¿Lo sabías? Perdona que yo…
– Por Dios, no te preocupe nada… Hablamos como amigos. Sí, lo sabía.
Martín bajó los ojos y contempló los complicados dibujos de la nueva alfombra.
– ¿Por qué -preguntó, como si una duda le mortificara- la gente no se olvida de Salvano?
Leonardo hizo un gesto nervioso. Empezó a pensar que todo tenía un límite. Dijo, cuidadosamente:
– Salvano, querido Martín, es ya un mito en un determinado sector de este pueblo. Se le ha despersonalizado, se le ha elevado a la categoría de… Por suerte, en un solo sector. Pero Salvano no podrá volver jamás. Tuvo su oportunidad.
– Gobernó durante tres meses…
– Bien: su oportunidad duró tres meses.
Pero su tono era seco, y Martín se creyó obligado a decir:
– Te desagrada esta conversación, y lo comprendo…
– No, no -mintió Leonardo-, Tú sí puedes hablarme de ello. Te conozco muy bien: no saldrías satisfecho de este despacho si te hubieras mordido algo…
Y rió, de una manera innecesariamente fuerte. Pero se sentía tranquilo. Recordaba que, ya desde niño, Martín tenía algo misterioso y especial que hacía a los demás apetecer su amistad. Y más que su amistad, su aprobación.
– Salvano no volverá -dijo Leonardo, con lentitud, como si hablara de un hecho consumado en el que no hubiera tenido él la más mínima participación-. Supongo que hasta él mismo lo sabe. Decían que era un hombre bueno… No lo sé. Pienso que la bondad es una de las muchas virtudes que puede tener un gobernante.
Hizo una pausa y añadió:
– Tal vez no sea la más importante.
Callaron. Resultaba grato que, después de tantos días de lluvia, un rayo de sol atravesara ahora los cristales y viniera a caer, precisamente, sobre la alfombra misma. La temporada de las lluvias había hecho una pausa. Mañana, tal vez aquella misma noche, las lluvias torrenciales volverían a desatarse. Martín se preguntaba si Avelino Angulo, desde su celda, vería aquel rayo de sol.
– ¿Tú le conociste? -preguntó Leonardo.
– ¿A Salvano? Sí.
– ¿Qué opinabas de él?
– Era un hombre bueno, tú lo has dicho. Tenía una mirada generosa, casi infantil…
– Un hombre bueno… ¿y qué más?
– No lo sé. Le conocí muy poco. Una vez vino a la cárcel y…
– Sí, lo recuerdo.
"Y dijo -pensó Martín-, refiriéndose a la ausencia de letrinas: "Esto es una vergüenza"."
– Vive en los Estados Unidos -puntualizó Leonardo, desapasionadamente-, muy pobremente. Eso le gusta mucho al pueblo; ha contribuido a configurarle como un dios. La gente no hubiera deseado su retorno si ahora jugara en los casinos y se hiciera rodear de un equipo de secretarios y servidores. La prensa americana publica fotografías suyas en las que aparece paseando por algún camino vecinal, acompañado de sus perros. Siempre acompañado de ellos… A la gente le gusta que los gobernantes tengan perros. Es algo así como una garantía sobre sus buenos sentimientos…
– Pero yo no he venido a hablarte de Salvano -dijo Martín, y por su mirada pudo apreciar Leonardo que era sincero-, sino de otra persona.
Leonardo sonrió dolorosamente.
– Pensé -dijo-, que querías felicitarme.
– Perdona. -Martín sonrió, con tristeza-. Y así es, no lo dudes. Sólo que me preocupa un hombre.
– Sí -asintió Leonardo. Su rostro expresaba una mezcla de desilusión y pesar-. Has venido a hablarme de Avelino Angulo.
– Sí.
– ¿Te preocupa mucho?
– Sí, mucho.
– ¿Por qué?
– No lo sé… Resulta difícil de explicar.
– ¿Tal vez por las mismas razones por las que te preocupaba Carvajo?
Martín bajó la cabeza. La cita no había sido oportuna, y el mismo Leonardo se dio cuenta de ello. Carvajo ya había muerto, y ahora estaba enterrado.
– Lo siento, Martín -dijo Leonardo-. A Avelino Angulo no le podemos ayudar. Ni tú ni yo.
– ¿Ha sido juzgado?
– Naturalmente. Por un Tribunal Militar, como es de rigor.
– Un sumarísimo, ¿verdad? Y pena de muerte.
Leonardo suspiró. El rayo de sol se hizo más fuerte, más brillante, y descubrió miles de motas de polvo que flotaban dentro de él. Dijo:
– No admitía duda. Eres un sentimental, Martín.
– Sí. -Martín trataba de sonreír-. ¿Cuándo le ejecutarán?
– No lo sé. Te juro que no lo sé.
Martín se mordió los labios.
– Es un asunto desagradable para mí, Martín. Debes comprenderlo.
– Sí, lo comprendo.
Se levantó. "Tiene mala cara -se dijo Leonardo-, y ha envejecido". Luego fue hasta él y apoyó su mano en la espalda del médico.
– Necesito tu amistad -dijo-. No lo olvides.
– Sí -asintió Martín-. No lo olvidaré.
– Siempre la he necesitado, en realidad -murmuró Leonardo, como quien se refiere a una pequeña culpa que confiesa secretamente-. Siempre hemos sido amigos.
Leonardo se dio cuenta de que volvía a ser el de antes, de que la pequeña nube de inquietud que le trajera aquella conversación había ya pasado. Pero ¿había sido una nube, en realidad? No sabía de dónde, pero presentía que llegaba hasta él una grata sensación de victoria. De victoria sobre Martín. Aunque tal vez fuera una sensación errónea. Tal vez fuera él mismo quien había sido derrotado. O, incluso, no había que pensar en ningún combate secreto entre ambos. En todo caso, estaba contento.
– No vaciles nunca -dijo, apretando la espalda de Martín-, en acudir a mí cuando quieras. Me gustaría que algún día necesitaras algo, para que yo pudiera ayudarte.
– Sí -dijo Martín-. Sí.
Pero hablaba como si se le escapara el sentido de las palabras, como si aquella arruga de tristeza que cruzaba ahora su rostro no le dejara razonar. Leonardo se sintió defraudado.
– ¿De verdad lo harías? -preguntó, acompañándole hasta la puerta-. ¿De verdad acudirías a mí?
Martín pareció despertar.
– Acudir… -repitió-. ¿Para pedirte algo, quieres decir?
Leonardo se sintió lleno de una inexplicable y súbita vergüenza.
– Oh -dijo, tratando de sonreír. Nuevamente había olvidado lo distintos que ambos eran-. Estoy a tu disposición… Deseo que seamos siempre excelentes amigos.
Martín asintió, y él también trató de sonreír.