39188.fb2 Muerte Por Fusilamiento - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 6

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CINCO

EL Ministro no murió -dijo Antoine. Sabatina estaba muy quieta, a su lado, dejándose asir por debajo de los brazos, y todavía no había dicho ni una palabra de aquel asunto. Él no sabía si estaba o no sorprendida. La cama era demasiado pequeña y constantemente chocaban con las rodillas y los codos-. Tú no sabes cómo late el corazón de un hombre que está poniendo una bomba. No lo sabes.

– Pero -dijo Sabatina-, a mí no me habías dicho nada de todo eso, cuando ocurrió. Una vez me prometiste contarme todas las cosas que te sucedieran.

– Ni tan siquiera tuvo un rasguño -prosiguió Antoine-. Pero oyó la explosión. Y cuando supo que iba destinada a él, se quedó blanco. Eso me dijeron: blanco, hasta tener que sentarse.

– ¿Por qué me lo cuentas ahora?

– No lo sé. Esta noche tenía ganas de decírtelo.

– El Ministro ¿tenía que morir?

– Ah, sí. Claro que tenía que morir.

– ¿Por qué? Todos "tienen" que morir, según vuestro Partido.

– Tú no podrías entenderlo. Retiró los créditos agrícolas, suspendió las ayudas…

Sabatina quedó en silencio. No entendía una palabra de créditos agrícolas.

– Hubieran podido cogerte -dijo, más tarde.

– Sí -asintió él-. Todavía pueden hacerlo.

Sabatina empezó a pensar en lo que haría ella, si se quedaba sola. No estaba muy segura de poder serle fiel durante mucho tiempo. Le asustaba quedarse sola.

– Si me arrestaran ¿qué harías tú?

– Te esperaría-contestó, sin vacilar.

– No lo harías -dijo Antoine. La miró, en la oscuridad. Todo lo que sabía de la muchacha, en aquellos momentos, era que tenía un cuerpo delgado y suave. Y que el cuerpo era moreno. Nada más. Era una de esas mujeres de las que uno está solamente seguro de lo que palpa o ve, pero nunca de lo que piensan-. No estás enamorada de mí.

– Vivo contigo.

– Sí -asintió él-. Vives conmigo.

A él ya no le quedaba deseo, se dijo. Pero sabía que necesitaba seguir viviendo con la muchacha. Lo más grave era que su deseo debía de estar definitivamente muerto. El asunto de la bomba le había destrozado los nervios. Al principio, ninguno de los dos vio con claridad lo que había sucedido. Antoine quiso cubrirla. La abrazó, varios días después de la explosión, y durante cinco o seis veces trató inútilmente de hacerlo…

– No sé lo que me pasa -había dicho. Sudaba.

– Estás demasiado nervioso. Otras veces ya te ha ocurrido igual…

– No sé lo que me pasa hoy -repitió.

– Te estás cansando. Más vale que…

– Pero yo quiero hacerlo.

– ¿No ves que no puedes?

– No sé lo que me está pasando esta noche…

Tuvo incluso dolores, y aquello le hizo desistir. Resultaba feo que ella le dijera que no lo podía hacer. Feo y penoso.

Días más tarde, el fracaso se había repetido. Y Antoine sentía dentro de sí que aquello era ya definitivo. Pero no deseaba dejar ver que eran el terror y los nervios destrozados la causa de todo. Siempre podía desviar la culpa hacia Sabatina, aunque no resultara convincente. Y decía:

– Debe ser por la enfermedad.

Sabatina suspiraba. Antoine hablaba demasiadas veces de aquella enfermedad.

– ¿Qué enfermedad? -preguntaba, aburridamente, deseando ya que no la tocara y pudiera dormir.

– Tú sabes muy bien a qué me refiero.

– No es la enfermedad -decía ella-. Es la bebida. Siempre que bebes tanto te pasa lo mismo.

Sin embargo, Sabatina sabía que lo de la enfermedad era cierto. Hacía ya casi un año que, al lavarse, Antoine se había descubierto una deformación pequeña. Era como una especie de bulbo blanco.

– Mira -dijo, llamándola. Nunca había pudor entre ellos. Al principio, Antoine trató de conservarlo, pero el desnudo deseo de Sabatina, al manifestarse, le excitaba infinitamente más. Y terminó por perder las más elementales formas-. ¿Qué me pasa aquí?

Ella no dijo nada, y Antoine se asustó. Sabía que la muchacha tenía cien veces más experiencia que él en todas las cosas de…

– ¿Tú sabes lo que puede ser? -preguntó.

– No lo sé-mintió ella.

– Iré a un médico. Podría ser algo…

No fue hasta que pasaron dos o tres meses. El bulbo creció, y salieron otros nuevos, más pequeños y duros. Comenzó a sentir pinchazos en aquella zona. Luego, todo fue confuso y desagradable. El médico no vaciló: era ya tarde para hacer nada. Solamente se podía tratar de frenar el proceso, de estancarlo, pero nunca de… Era demasiado tarde. Y evidentemente, había sido por contagio. Por otra parte, las curas habrían de ser diarias, y eran muy dolorosas…

Antoine habló con Sabatina, y ella dijo la verdad. Estaba enferma, casi desde pequeña. Era una sucia verdad, que empezaba en los tiempos en que ella tenía trece años y dormía en la misma cama de sus hermanos…

Desde entonces, Antoine empezó a golpearla. Sin motivo, sin justificación. Sabatina se defendía con fuerza. Los dos luchaban, y luego Antoine se quedaba más tranquilo. Era como si su deseo se fuera transformando.

Después de lo de la bomba, perdió las esperanzas de evitar la degradación. La degradación misma empezó a manifestarse como una fuente nueva de excitaciones. Agotaba su imaginación en…

A veces, a la noche, ocurrían cosas confusas. Otras, era ella misma quien trataba de frenarle. No por ningún escrúpulo, desde luego, sino por simple repugnancia. La imaginación de Antoine le llevaba demasiado lejos.

– No -decía ella.

– ¿Por qué no?

– Eso, no. No me gusta.

Antoine adquirió lentamente la convicción de que su propio fin había empezado. No quiso asistir a las curas. Eran demasiado dolorosas. El médico se encogió de hombros.

– Usted sabrá lo que hace -dijo-. Pero le advierto que todo va a ser ahora muy rápido, si desiste.

– Ya he desistido -contestó Antoine.

Por la noche, se lo contó a Sabatina.

– Me afectará a la cabeza -explicó, como si lo irremediable del caso restara importancia a éste.

– ¿Quién te lo ha dicho?

– El médico.

– ¿Está completamente seguro?

– Sí. A la cabeza. Y es cuestión de meses…

Sabatina se había quedado en silencio. Pensaba: "Tal vez haya empezado ya a… Tal vez me haga daño por eso".

Y, ahora, parecía como si lo del plástico fuera el comienzo de un final más rápido, más violento.

– No te lo he contado antes -dijo Antoine, aquella noche-, porque tenía miedo de que me abandonaras.

Ella no dijo nada.

– Pero tú no puedes dejarme -añadió él-. Tú me has contagiado.

– Quizá no haya sido yo -dijo Sabatina, suavemente-. Tú has estado antes con otras mujeres. Y con indias. Casi todas las indias están enfermas. Todo el mundo lo sabe.

El deseo había muerto en él. No importaba la causa,

Porque podía haber habido varias: la bebida, la enfermedad, la bomba. Seguramente era la bomba. El atentado le había destrozado totalmente.

Antoine sabía que existían días en que la muchacha estaba realmente excitada. Entonces, él tenía miedo de quedarse solo. No podía hacer nada para aplacar la excitación de ella. Pero también sabía que, en otros momentos, ella se quedaba quieta, ausente de sensaciones físicas, como una niña pequeña. Entonces, todo transcurría suavemente, sin temores ni luchas, sin nada fuerte o desagradable. Antoine hablaba de volver a Europa. Ella preguntaba:

– ¿Cómo es Europa?

– Distinta -decía Antoine.

– Distinta ¿de qué?

– Distinta de todo. De América, especialmente.

– Pero ¿dónde está la diferencia?

– Oh, allí hay otras estrellas.

– Las estrellas… Eso no importa mucho. Las estrellas no tienen ninguna importancia.

– Sí, sí que la tienen. Yo miro aquí al cielo y no conozco estas estrellas. Importan una barbaridad. Luego, está lo del atardecer. Allí, en Bruselas, el sol se pone con mucha lentitud. "Crepúsculo". ¿Tú has oído alguna vez la palabra "crepúsculo"?

– No, nunca.

– Los olores. En marzo, las cosas empiezan a oler.

– ¿Qué cosas?

– Oh, todas las cosas. Las personas, las calles… Hasta las tintas de los periódicos tienen un olor diferente al de otras veces. Y aquí no huele nada. Esta tierra no huele jamás a nada.

Aquella noche en que Antoine le reveló lo del Ministro, ella empezó a pensar y a preocuparse.

– ¿Estás seguro de que no vendrán? -preguntó.

Antoine estaba ya casi dormido.

– ¿Quiénes no vendrán?

– Ellos, los del B. A. S. Llegan de noche, casi siempre.

– ¿Cómo lo sabes?

– Les oí, una noche, hace mucho tiempo. Entonces, no vivíamos juntos. Les gusta hacerlo todo callando y por la noche.

Desde aquel mismo instante, empezó para ellos un torturante examen de cada ruido que la casa producía. La escalera era vieja y crujía con facilidad, por cualquier cosa. Otras veces, eran los mismos vecinos, que subían a sus casas de madrugada, los que rompían el silencio. Era penoso escuchar. La casa producía muchos ruidos.

A las tres de la madrugada, Antoine despertó bruscamente.

– ¿Qué ha sido eso? -preguntó.

– No he oído nada -dijo ella, con cansancio. Le fastidiaba que la hubieran despertado. A veces le costaba una barbaridad recuperar el sueño.

– Sí, sí, han sido unos pasos.

– Será el vecino del tercero. Suele regresar de madrugada.

– Pero eran unos pasos sigilosos…

– Bien, tal vez regrese sigilosamente.

– ¿Estás segura de que es él?

Ella no respondió. Los temores de Antoine la fatigaban, y además tenía sueño. Luego se oyó el sonido de una puerta que se cerraba, sin sigilo alguno, y todos los ruidos de la casa volvieron a apagarse.

Antoine sintió pronto en su cuello la respiración acompasada de Sabatina. Se encontró pensando en Avelino Angulo, de pronto, y en la expresión tan indefinida que tenía cuando entró en "La Papaya". Era bien claro que la muchacha estaba dormida. Se levantó de la cama. Pensó que le hubiera gustado suponer que pronto volvería a Europa. Le resultaba extraño el orden que pueden adquirir los valores cuando se reside en un país hostil. Su enfermedad apenas le preocupaba, a pesar de todo lo que sabía sobre ella. Y, sin embargo, era posible que aquellas sensaciones que empezaba a experimentar en la cabeza fueran ya el comienzo de todo lo que el médico le anunciara. La calle estaba desierta. Se dijo que, en Bruselas, a aquella misma hora, era muy posible que un gato hubiera maullado, o que un perro recorriera la calzada, con pasos rápidos y decididos. Pero tampoco allí había perros ni gatos. Ni estrellas, que era aún peor. Se negaba a familiarizarse con aquellas constelaciones frías que tenía sobre su cabeza.

Luego, sintió frío y volvió a la cama. Deseó dormirse pronto para no tener la necesidad de seguir pensando.