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I. La madre

“No pasa día sin que me acuerde de madre”, escribe Rosas desde el exilio en Southampton en 1868. Habían trascurrido veinte años de la muerte de Agustina López y la memoria de esta mujer singular no se había desvanecido en el recuerdo del hijo mayor, que en su intensa vida política había acumulado tantísimas historias y acontecimientos relevantes que se presentarían una y otra vez como fantasmas del pasado en la inacción forzosa del destierro.

Pero el historiador puede hacerse esta pregunta: ¿qué hubiera sido del recuerdo de Agustina López de Osornio (1769-1845) de no haber sido la madre de Juan Manuel de Rosas, el gobernante más poderoso de la Confederación Argentina a mediados del siglo XIX, el “magnánimo Rosas” para sus fíeles federales, “el odioso tirano” para la oposición liberal? Seguramente sólo tendríamos de esta señora una mención al pasar en los libros que nos hablan del Buenos Aires antiguo, un discreto homenaje a su belleza, su alcurnia y sus caudales. Pero poco más que eso.

La circunstancia de que Agustina fuera la madre de Rosas hace que su biografía participe del indiscutible atractivo que la personalidad del dictador porteño ha ejercido y ejerce sobre la historiografía argentina. Ella nos sirve a manera de hilo conductor para internarnos en el laberinto de la sociedad de Buenos Aires en épocas que van de la colonia a la independencia y de allí al período de las guerras civiles. Dicha historia nos muestra indirectamente que, al cortarse los lazos que unían al Río de la Plata con la metrópoli, los clanes familiares ocuparon el sitio que dejaba libre el monarca y sus altos funcionarios y que dentro del nuevo esquema de poder había un espacio importante para las mujeres. Ese lugar derivaba, además, del que tuvieron las mujeres españolas de linaje en las sociedades provenientes de la Conquista. Por todo esto, Agustina López ha merecido muchas páginas de historia, desde la noticia cronológica que insertó la Gaceta Mercantil de Buenos Aires con motivo de su fallecimiento (1845), a los capítulos que le dedicó su nieto, Lucio V. Mansilla, en las distintas obras en que se ocupó de su tío, Juan Manuel, y a la versión novelada de estos mismos hechos que nos ofrece Eduardo Gutiérrez. Misia Agustina escapa milagrosamente incólume de las invectivas de José Rivera Indarte que en las Tablas de sangre dice de ella: “señora respetable de costumbres patriarcales” y se complace en subrayar las diferencias que tenía con su hijo más que en atribuirle las culpas genéticas que en la formación del futuro dictador argentino le endilga José María Ramos Mejía en dos ensayos notables: Las neurosis de los hombres célebres y Rosas y su tiempo. <emphasis><strong>[1]</strong></emphasis>

Detengámonos en este último autor, el médico y sociólogo Ramos Mejía, vástago de una familia destacada dentro de los sectores más unitarios de la provincia porteña. Ramos considera a misia Agustina responsable de la herencia genética de Juan Manuel. Su neurosis, patente en numerosas anécdotas que circulaban por el Buenos Aires finisecular -y que Mansilla reconoce en sus libros [2]- se agudizaría en el varón primogénito trocándose en aberraciones de la conducta. Dentro de las mujeres de la familia -dice- la madre de Rosas “fue el tipo de más color y acentuación; la más viva expresión de esa fuerza dominadora en sus formas femeniles y domésticas, ya que por su muerte no pudo serlo en otras más trascendentes. No sólo manda, eso sería poco, sino que tiraniza, lógica con su abolengo de violencia y caprichoso imperio”. [3]

Agustina desempeñaba un papel en su hogar que supera al que tradicionalmente correspondía a la madre en la educación de los hijos. Ella asumía el rol del padre autoritario de la legislación española, mientras su marido, León Ortiz de Rozas, permanecía en un plano secundario. Pero no era el suyo un caso excepcional en la historia de las familias coloniales, como lo corrobora la biografía de otro gran argentino de ese tiempo, Domingo Faustino Sarmiento, hijo también de una mujer fuerte que llevaba las riendas de la casa.

Juan Manuel, el mayor de los hijos varones de los Ortiz de Rozas, aprendería de esa madre imperiosa a valorar la herencia hispánica: el orden y la sumisión impuestos a cualquier costo, el ideal de la armonía social, la defensa a ultranza de los intereses patrimoniales (los particulares primero, los del Estado después), el respeto debido por las clases viles a las clases superiores y las obligaciones de patronazgo y protección de los más fuertes hacia los más débiles.

Todo esto dentro de un esquema tan riguroso como inmodificable. Ese antiguo orden empezaría a tambalear cuando la Revolución de Mayo desató un proceso anárquico en el que estuvieron a punto de naufragar los valores de la sociedad colonial, asentados en el curso de tres siglos en suelo americano. Juan Manuel asumió entonces la defensa del orden tradicional que había conocido y respetado a través del ejemplo de su madre, esa Agustina amada y temida a un tiempo, la mujer fuerte a la que debió enfrentar en su adolescencia, y cuyo recuerdo, embellecido por el paso de los años, lo acompañaría hasta la muerte.

Pero importa aquí rescatar al personaje mismo, a aquella Agustina Teresa López Rubio, nacida el 28 de agosto de 1769 en Buenos Aires, hija del matrimonio formado por don Clemente López de Osornio, militar y hacendado de mucho prestigio, y de doña Manuela Rubio y Díaz, su segunda esposa, ambos pertenecientes al grupo de familias más encumbrado de la ciudad que aún no había alcanzado la jerarquía de cabeza del virreinato.

Clemente López (1726-1783), nacido en Buenos Aires, había alcanzado el grado de sargento mayor luchando contra los indios; comandante general de la campaña, y jefe de la expedición contra los guaraníes en 1767, se destacó como poblador de campos de frontera y llegó a ser cabeza del gremio de los hacendados de los que fue durante muchos años representante ante las autoridades coloniales. En sitio expuesto a los malones, pobló la estancia del Rincón del Salado, ubicada en lugar estratégico, entre ese río y el Océano Atlántico. Fue allí donde lo sorprendió el ataque de los indios pampas: el veterano militar luchó vigorosamente junto a su hijo Andrés, sus peones y sus esclavos, pero fue lanceado y degollado por los atacantes en episodio que ha sido calificado como una suerte de vendetta contra quien no había tenido piedad para el vencido en la guerra que salvajes y cristianos sostenían por el control del suelo y de sus riquezas. [4]

Su viuda, Manuela Rubio, cuyo nombre haría célebre su biznieta, la señora de Terrero, quedó como albacea de la sucesión y tutora de los hijos menores de la pareja, Agustina Teresa, Silverio y Petrona Josefa.

Del primer matrimonio de don Clemente había una hija, Catalina, porque Andrés, el varón, había muerto junto a su padre. Los arreglos que hizo la viuda para disponer de dinero metálico mediante la venta del ganado vacuno, tanto orejano como herrado, que se hallaba del otro lado del Salado y que corría peligro de perderse debido a los robos que eran el mal endémico en la frontera, disgustaron a Catalina, que puso pleito a la sucesión. Pero la viuda no tuvo tiempo para ocuparse de estas cuestiones porque en 1785 fallecía, dejando como albaceas y tutores de sus tres hijos menores a don Cecilio Sánchez de Velazco -el padre de Mariquita Sánchez- y a don Felipe Arguibel, abuelo de Encarnación Ezcurra.

Sánchez de Velazco, que era uno de los hombres más acaudalados de la ciudad, se tomó muy a pecho su tutoría y se empeñó en responder a los pedidos de los capataces que manejaban el establecimiento del Rincón y solicitaban vestuarios para los seis esclavos del establecimiento. Era preciso pagar los gastos de la administración: yerba para los peones, sal para aquerenciar la hacienda chúcara, estacas para levantar corrales, dinero para los conchabos de los peones que trabajaban en la doma y en la yerra. En cuanto a los huérfanos, también debían ser atendidos, pero bien pronto Agustina, la mayor, demostraría su capacidad para ocuparse del gobierno doméstico: a los 16 años de edad estaba en condiciones de manejar el dinero que le daba el tutor para los gastos de la casa, la ropa de sus hermanos y del servicio, las compras de alimentos. De este modo, a medida que crecían sus responsabilidades, ella se acostumbraba a hacer su voluntad y al mismo tiempo a recibir el reconocimiento de su medio: “la sociedad le dio un distinguido lugar entre las señoritas de más virtud y distinción y mérito”, afirma su nota necrológica publicada en La Gaceta Mercantil en 1845. [5]

La muchacha tenía una fortuna regular y era muy bonita, a tal punto que la crónica mundana la coloca a la cabeza de tres generaciones de beldades argentinas. “Fue -afirma O. Battolla- la más bella dama de principios de siglo, belleza que heredaron todos sus hijos.” Pero el drama vivido en la estancia del Salado, su orfandad, ensombrecía la juventud de Agustina: “Tan linda, tan linda y vestida de fraile”, exclamó el virrey Pedro Melo de Portugal cuando la muchacha le fue presentada vistiendo, en señal de luto, el hábito de la cofradía de La Merced, prenda similar a la que había amortajado a su madre. [6] Vestir hábito, y enterrarse con él, eran signos de piedad muy apreciados por esa sociedad barroca, que tenía siempre presentes la expiación de los pecados y la muerte.

En cuanto al tipo de Agustina, su nieto, Lucio V. Mansilla, señaló que, sin ser alta, realzaba su estatura el modo como erguía el cuello, forma peculiar que heredarían su hija Agustinita y su nieta, Manuela Rosas. No han llegado hasta nosotros retratos de Agustina en su juventud; existe un buen dibujo a lápiz que hizo de ella Carlos Enrique Pellegrini cuando ya era anciana. La muestra vestida con un abrigo de guarda floreada, pensativa, reconcentrada en sí misma, pero hay mucha vivacidad en ese rostro enérgico, de fuerte nariz. A juzgar por este retrato, Juan Manuel no era muy parecido a su madre; tenía más en común con don León, que era rubio como él, pero de semblante plácido y labios gruesos y sensuales mientras el hijo tenía la mirada fuerte y la boca fina y apretada. [7]

Cuando había cumplido veinte años, Agustina fue pedida en matrimonio por León Ortiz de Rozas, teniente de infantería del regimiento fijo de la ciudad. En cuanto a blasones, este joven oficial, que había nacido en Buenos Aires en 1760 y era hijo único de Domingo Ortiz de Rozas y Rodillo y de Catalina de la Cuadra, podía equipararse con su futura esposa. El linaje provenía de militares y de funcionarios de la Península, y un tío, también llamado Domingo, había sido agraciado con el título de Conde de Poblaciones por los servicios hechos a la Corona en Chile y en Buenos Aires. Pero la familia vivía modestamente, escribe Ibarguren, en casa pobre, sin servidumbre ni agregados, en la calle nueva cerca del río y próxima a la ranchería de los esclavos de La Merced. [8]

“Cuando contraje matrimonio -dirá Agustina en su testamento- mi esposo sólo llevó a él su sueldo militar y decencia personal, y yo llevé como diez mil pesos plata metálica, poco más o menos, herencia de mis dichos padres que recibió mi esposo”. [9] Sin dinero, pero con sangre sin mezclas, buena presencia y disposición para amar a su esposa, León era dueño de una corta pero importante experiencia en su vida de soldado que posiblemente deslumbró a Agustinita, que recordaba las hazañas de su padre, el militar estanciero, en tierra de indios.

El joven oficial del Fijo de Buenos Aires se había alistado en la expedición comandada por el piloto Juan de la Piedra que partió en 1785 a consolidar la fundación del Carmen de Patagones sobre el Río Negro. Luego de muchas vicisitudes, estas fuerzas se internaron en dirección a la Sierra de la Ventana con el propósito de limpiar de tolderías la región. Pero los indios, exacerbados por la violencia que De la Piedra había ejercido contra ellos, cayeron sobre los cristianos, los derrotaron, mataron a muchos y guardaron a otros, entre ellos a Ortiz de Rozas, en calidad de prisioneros. Luego entablaron negociaciones con las autoridades del virreinato que culminaron con un tratado de paz de resultas del cual los rehenes volvieron a Buenos Aires. [10]

León regresó cargado con la experiencia del cautiverio; había dejado amigos en las tolderías y su conocimiento del desierto y de sus habitantes sería de utilidad para su hijo Juan Manuel cuando, primero como estanciero, y luego como gobernante, se preocupara por los problemas de la frontera. Por su buena actuación, Ortiz de Rozas fue ascendido a teniente en el año 1789, el mismo en que pidió autorización para casarse con la hija de López de Osornio. A partir de su boda, su situación mejoró: en lo militar, obtuvo un cargo cómodo y bien rentado: administrador de las llamadas estancias del Rey, que proveían de caballadas al ejército. En lo familiar, empezó a disfrutar de la alta posición que ocupaba su joven esposa en la sociedad local. [11]

Dueña de muchas influencias y relaciones en Buenos Aires, Agustina, por gusto y por vocación, sería el verdadero jefe del hogar de los Ortiz de Rozas. La pareja resultó muy armoniosa, pues sus virtudes y defectos se compensaban admirablemente: ella prefería la acción y amaba el campo con la misma pasión que sus ancestros López de Osornio. Cuando partían a las estancias que formaban parte de su herencia se encargaba de tratar con los capataces, parar rodeo y demás tareas propias del hacendado. El marido en cambio, a medida que pasaban los años, se desligaba de las responsabilidades; prefería quedarse en casa, jugando a las cartas, haciendo versos sencillos o conversando con sus amistades. Era bondadoso y pacífico, “pero en el hogar, en la familia, en la administración de los cuantiosos bienes de la comunidad, no tenía ni voz ni mando”, asegura su nieto, Lucio V. Mansilla. [12]

La pareja tuvo su primer hogar en la casa de los López de Osornio, y éste es un indicio más de la suerte de matriarcado que existía en Buenos Aires. Allí vinieron al mundo los primeros hijos: “Juan Manuel de Rosas nació en el solar que habitaba su abuelo materno, don Clemente López, situado en la calle de Santa Lucía (así llamada desde 1774), luego Mansilla (1807), después Cuyo (1822) y posteriormente Sarmiento (1911)” -escribe Fermín Chávez- en la acera que mira al norte, esto es, de los números pares, a mitad de cuadra entre las actuales calles de San Martín y Florida (espacio actualmente ocupado por el Banco de Avellaneda). Era un caserón con dos cuartos de alquiler a la calle -como era habitual en las viviendas de la gente acomodada-, puerta grande con zaguán, una sala con aposento al norte, otras habitaciones, corredor grande, cocina, dos cuartos para criados, otro de coser, el común (letrina) y pozo de balde; terreno, en suma, de 35 2/3 varas de frente por 70 de fondo, cercado por una pared de adobes cocidos. [13] Estaba situado en el barrio de La Merced que ocupaban las familias de la clase decente de la ciudad aunque fuera el de Santo Domingo el favorito de la mejor sociedad.

Signo de la buena posición económica de los Ortiz de Rozas era la posesión de coche, distinción especial a la que sólo accedían unas pocas familias en la época del virreinato, treinta a lo sumo, estima Battolla en La sociedad de antaño. Entonces se usaban mulas para tirar de esos pesados armatostes, explica, porque alguna ley suntuaria prohibía el uso de caballos en los coches particulares y sólo los autorizaba en los del virrey: “La primera familia que los ató después a su carruaje fue la de Ortiz de Rozas, ejemplo que no tardó en ser imitado por los más pudientes”. [14] Ella era así la avanzada del reemplazo de la autoridad colonial por las grandes casas locales.

Año a año un nuevo hijo se incorporaba al hogar. Primero fue una niña, Gregoria; después un varón, Juan Manuel (1793); luego vendrían Andrea, Prudencio (1800); Gervasio (1801); María Dominga (Mariquita), Manuela, Mercedes (1810), Agustina (1816) y Juana. Veinte partos tuvo en total Agustina López de los que diez hijos llegaron a la edad adulta, otros murieron al nacer y otros más en la infancia. La buena relación afectiva y sexual del matrimonio Ortiz de Rozas poníase de manifiesto cada año, dando lugar a un ritual casi invariable: la pareja que pasaba parte de la primavera y del verano en el campo, en el otoño, cuando se aproximaba la fecha del parto, volvía a la ciudad. Las actividades de la robusta doña Agustina no se veían entorpecidas por estos nacimientos constantes ni por la crianza que implicaban.

“Nuestros abuelos fabricaban unos hijos de padre y señor mío, no hay más que ver qué nenes hicieron la Independencia, la guerra civil”, escribe Mansilla y se pregunta: “¿Sería que vivían frugalmente, que no tragaban ni bebían como nosotros, tantas sustancias adulteradas; que se acostaban y se levantaban más temprano que nosotros; que si tenían sus quebraderos de cabeza (eran hombres); no eran tan libertinos como nosotros; y, finalmente, sería que el tributo matrimonial no era para ellos contribución extraordinaria, no entendiendo de dos camas, de dormitorios separados y otros usos modernos de esos a los que Balzac se refiere en la Physidlogie du mariage?.

En otro de sus libros, el mismo autor agrega más datos acerca de la vida de sus abuelos: el matrimonio dormía en habitaciones separadas, explica; criando ella casi siempre, no quería que su marido fuera turbado en su sueño. [15] De este modo, la señora protegía a su esposo y conservaba plena libertad de acción en sus dominios. En cuanto a la crianza de los hijos, merece destacarse el hecho de que no recurriera al servicio de la nodriza, el ama de leche que formó parte principal en el servicio doméstico de las familias criollas y que era indígena, negra o mestiza.

Precisamente a esa primera relación con el carácter impuro de la tierra americana han atribuido algunos ensayistas -al estilo de Juan Agustín García, en La ciudad indiana- la endeblez y los vicios de la alta clase criolla. Pues bien, estos rasgos no los tuvieron los Rosas: Juan Manuel mamó leche sin tachas de esclavos ni de siervos. Pero además Mansilla nos pone al tanto de otro hecho curioso: “todos los Rozas tomaron leche del seno de una Lavalle, fecundísima como su amiga predilecta Agustina, y todos los Lavalle, leche del seno de ésta”. Este ejemplo muestra hasta qué punto eran estrechos los lazos entre las familias principales de la ciudad colonial y cuántas tragedias se desencadenaron a partir de 1810 envolviendo en una guerra a muerte a quienes, como los Rozas y los Lavalle, habían sido amigos íntimos. Ni uno ni otro se odiaron jamás, asegura, lo que prueba que “la sangre era caliente pero no maligna. Distinguimos así entre sangre de origen español y la que después ha dado el producto criollo mestizo”. En la interpretación racista del autor de Una excursión a los indios ranqueles, un linaje verdaderamente principal no debía tener la más mínima sospecha de poseer las mezclas que caracterizaban a las clases supuestamente inferiores de la sociedad. [16]

Y sólo la madre podía trasmitir esa pureza prístina porque ella era en las familias espurias el elemento contaminante por excelencia desde que el primer español pisó tierra americana. De ahí el sitio elevado que ocupaban en la sociedad las matronas que reunían tales condiciones, más aún cuando a sus virtudes domésticas se agregaban bienes materiales, daban muestras de estar plenamente convencidas de su superioridad social y tenían ánimo para cumplir con los deberes que se les demandaban.

Entre estos deberes se contaban, en primer término, los que exigía la Iglesia: fidelidad matrimonial, fecundidad, cuidado en la educación de la prole, asistencia a las funciones religiosas y gestos caritativos hacia la clientela de la familia. Agustina López cumpliría puntualmente tales requisitos y esto contribuiría a hacerla tan orgullosa y segura de sí. Sentíase respaldada por su intachable conducta y sabía que esto no era lo corriente en un medio en que, al amparo de la nueva riqueza y de los contactos con el exterior que había permitido la habilitación del puerto de Buenos Aires (1778), proliferaban en la juventud porteña de la alta clase de los comerciantes las uniones irregulares y el ansia por divertirse. [17]

Las disputas del matrimonio giraban a veces en torno a los respectivos ancestros; naturalmente, Agustina estimaba que su alcurnia era la más ilustre, aunque esto no fuera así: “Y tú quién eres -solía decirle a su marido-. Un aventurero ennoblecido por otro que tal (se refería a don Gonzalo de Córdoba, del cual fue soldado el primer Ortiz, diremos), mientras que yo desciendo de los duques de Normandía; y mira, Rozas, si me apuras mucho, he de probarte que soy pariente de María Santísima”. [18]

Alguna vez el pacífico don León, ducho en el arte de mantenerse al margen de la querella hogareña, procuró darse su lugar del modo y la forma como podía entenderlo su cónyuge. La anécdota ocurrió durante una de esas largas temporadas en la estancia del Salado que se iniciaban puntualmente el 1º de noviembre, cuando Agustina se presentaba en el escritorio del marido y le decía: “Dame el brazo”, salían, subían a la galera que demoraba tres o cuatro días en llevarlos a la estancia donde León volvía a encerrarse en el escritorio, o tomaba el fresco en la galería, mientras su mujer se ocupaba de administrar el establecimiento.

Pero en esta oportunidad, relata Mansilla, León invitó a su esposa imprevistamente a visitar la huerta. Llegados a un poyo de granito se detiene y pregunta: “¿No es cierto Agustinita que yo te quiero mucho?”. Doña Agustina, que como todos nuestros abuelos hacía el amor como si fuera un pontificado a horas fijas, viendo aquellos modos inusitados, en verano, bajo los árboles, repuso apartándose: “Rozas, ¿por qué me faltas al respeto de esa manera?”. “No es eso. No”, responde. Y sacando de la faltriquera unas cuerdas, le dijo: “¿Ves esto? Pues es para probarte que el hombre es el hombre, que si te dejo gobernar no es por debilidad sino por el inmenso amor que te tengo, porque te creo fiel”; y dicho y hecho, la trincó y le aplicó suavemente unos cuantos chaguarazos, más simulados que fuertes, en cierta parte. [19]

El castigo físico aunque casi simbólico, como forma de imponer la autoridad mediante el dolor y la humillación, aparece con frecuencia en la historia de los Rozas. Mansilla recuerda que su madre lo castigaba con fuerza, mientras su padre, el general, no lo hacía jamás. En cuanto a Juan Manuel, se complacía en propinar palizas, medio en broma, medio en serio, a Nicanora, la preferida entre sus hijos naturales cuando vivía en Palermo y era gobernador. Porque el castigo frecuente, en la casa o en la escuela, se utilizaba sistemáticamente en el Buenos Aires virreinal, y sólo empezó a ser cuestionado en la época de la Independencia, aunque se mantuvo en las familias más tradicionales. [20]

La preocupación dominante del matrimonio Ortiz de Rozas era educar bien a su prole y procurarse los medios para mantener y mejorar el puesto que ocupaban en la sociedad. Esta preocupación era entonces estrictamente económica y para nada política y no sería modificada por los importantes acontecimientos que tuvieron lugar en la capital del virreinato de 1806 en adelante.

Mucho se ha discutido si Juan Manuel de Rosas, siendo adolescente, participó o no en las invasiones inglesas defendiendo a la ciudad. Su presencia en el cuerpo de Migueletes -donde servía su tío, Silverio López de Osornio- formado por hijos de los estancieros porteños, y sus afirmaciones, formuladas en cartas desde el exilio a la señora Josefa Gómez, sugieren que sí lo hizo, al menos, en la primera invasión. [21] Pero en 1807, poco antes de que la segunda desembarcara en Buenos Aires, se ausentó de la ciudad para dirigirse a la campaña junto a su familia.

Explica el historiador Ernesto Celesia que en 1806 León Ortiz de Rozas estaba todavía a cargo de la estancia del Rey que debía proveer de carne y cueros al ejército. Esta había sido una actividad cómoda hasta que la aventura militar de Béresford y Popham puso en peligro la seguridad del virreinato del Río de la Plata y al mismo tiempo, a prueba la voluntad de servicio de don León. Sobre el comportamiento de este militar, escribía el virrey Rafael de Sobremonte a Santiago de Liniers diciendo que “Ortiz de Rozas fue moroso e indolente en su encargo, que manteniéndose en su estancia, a pesar de los avisos que le hice dar para la venida de ella, la retardó, y tenía bien averiguado la preferencia que da a sus intereses en estancia propia como del abandono en que se trataba este artículo. Hace muchos años que está ausente de su regimiento con esta comisión (conseguir caballadas para el ejército) y en la retirada del virrey (Sobremonte) fue el primero que se ausentó sin licencia abandonando su encargo y tuvo la indecencia de juramentarse (presentarse a prestar juramento de fidelidad a SMB Jorge III, tal como se exigió a los funcionarios coloniales)”. [22]

Debido a su conducta, León Ortiz de Rozas sería exonerado del cargo -renunció a su empleo para dedicarse a la vida privada, prefiere decir el historiador Bilbao, casado con una nieta de don León-, pero lo cierto es que la dedicación preferencial de la pareja a sus intereses económicos estaba rindiendo buenos beneficios. En efecto, hacia 1810 la ganadería competía con el comercio en materia de rendimientos y ganancias. El cuero de los ganados rioplatenses y la carne con la nueva industria del tasajo se habían convertido en un negocio excelente gracias a la apertura de los puertos de Montevideo y Buenos Aires al comercio con las naciones neutrales. Un aporte sustancial de misia Agustina a su matrimonio habían sido las estancias fundadas por su padre en la línea del Salado: Esto le daba derecho para reclamar la posesión definitiva del sitio después de haberlo “limpiado de indios y de alimañas”. Así lo hizo León Ortiz de Rozas presentándose en febrero de 1811 a reclamar la compra de esos terrenos que la familia ocupaba desde la década de 1760. Poco tiempo después obtenía la propiedad definitiva, achicada respecto de la extensión original de la histórica estancia que se conoce aún como “El Rincón de López”.

Cuando estos sucesos tenían lugar, ya se había producido la Revolución de Mayo. Pero los Rozas se habían mantenido indiferentes a los acontecimientos que conmovieron a sus contemporáneos. Su presencia no se registra en el Cabildo Abierto del 22 de mayo ni en la explosión patriótica que atravesó la sociedad de la época dividiendo a los godos o realistas de los revolucionarios.

“Los padres de Juan Manuel eran esencialmente realistas y participaban de las costumbres e ideas trasmitidas por la España ” afirma Bilbao. “ La Revolución de la Independencia les fue extraña y más bien la miraban con aversión que con amor.” [23] Rosas, en desacuerdo con esta afirmación, sostendría que “ninguno de mis padres, ni yo, ni alguno de mis hermanos y hermanas, hemos sido contrarios a la causa de la Independencia Americana ”. Pondría como ejemplo de esa adhesión su participación en el rechazo de las dos invasiones británicas y las comisiones oficiales que desempeñó en 1819 cuando se preparaba una invasión española. [24] Pero en 1869, cuando el ex dictador hacía esa rectificación, la Revolución de Mayo era un hecho incuestionable. Resulta muy posible que en los días culminantes del año 10, cuando se dividieron las aguas dentro de la sociedad argentina, los Ortiz de Rozas hayan optado por un discreto segundo plano aprovechando sus largas estadías en la campaña. De habérselos tachado de godos, no hubieran obtenido la propiedad de los campos del Salado en 1811, en plena euforia revolucionaria. Pero de haber participado plenamente en la Revolución, su presencia no hubiera pasado inadvertida.

Sobre el éxito de los negocios familiares escribe Bilbao: “Don León consiguió en poco tiempo hacerse de entradas suficientes para dejar la campaña, estableciendo un saladero, beneficiando los cueros, el sebo y la lana, expendiendo tropas de mulas para el Perú y haciendo cosechas abundantes de granos”. Su regreso a la capital ocurrió en el mismo año en que pudo legalizar las tierras del Salado dejando la administración de ésa y otras estancias a cargo del hijo mayor, Juan Manuel. [25]

Porque más allá del rendimiento económico de los campos, seguía siendo la ciudad la residencia favorita de las familias criollas pudientes. Por más que levantaran en esas soledades “casa cómoda”, era preferible transitar por las sucias calles de Buenos Aires, barrosas o polvorientas según la estación, y arriesgarse a cruzar los terceros cuando las lluvias los convertían en un torrente, antes que quedar en el aislamiento y la soledad de la campaña bonaerense. Paulatinamente los Ortiz de Rozas seguirían el ejemplo de otros ricos hacendados de la época que trocaron sus campos por casas de renta cuyos alquileres eran fáciles de cobrar y por lo tanto resultaban inversiones controlables. Muy diferente era lidiar con los gauchos díscolos, los capataces ladinos, los esclavos indóciles, los indios al acecho, en fin, todas las dificultades de la campaña que la Revolución no había hecho sino agravar. Pero mientras la pareja mayor se desentendía de esas cuestiones, el encanto de la vida rural empezaba a atrapar a los hijos varones que con el tiempo serían a su vez grandes estancieros.

Entre tanto era preciso llevar una vida social activa a fin de que las niñas de la casa pudieran casarse dentro de su clase. Los festejos tenían lugar en la tertulia familiar en la que las muchachas tocaban la guitarra para deleite de los mozos, mientras la gente de más edad se entretenía con los juegos de mesa. Los lunes era el día de recibo de Agustina, pero la casa de los Rozas siempre estaba colmada de amigos y relaciones y hasta de huéspedes que pasaban largas temporadas en ella. A la señora le gustaba compensar así la falta de hoteles -sólo había una que otra fonda en Buenos Aires- y llegó a enfurecerse con un andaluz que vivió cinco años bajo su techo porque se iba de regreso a España: “Mi señora doña Agustina, repetía, queja de mí no pueden ustedes tener, que a nadie hice esperar, siendo siempre el primero a las horas de comer”. [26]

La comida era efectivamente un rito abierto a parientes y amigos. Mesa sin adornos, salvo flores de vez en cuando, pulcritud en el mantel y en las fuentes y cubiertos de plata maciza; la dueña de casa se jactaba de que se sirvieran “pocos platos, pero sanos y el que quiera que repita”. Desdeñaba las innovaciones a la europea, como las que ensayaba María Sánchez de Thompson, la hija de su antiguo tutor: “Déjame, hija, de comer en casa de Marica, que allí todo se vuelve tapas lustrosas y cuatro papas a la inglesa, siendo lo único abundante la amabilidad. La quiero mucho: pero más quiero el estómago de los Rozas”. [27]

El gusto por los usos tradicionales se expresaba en el interior doméstico por esa abundancia sin sofisticación y por la negativa cerrada a aceptar modelos extranjeros que deslumbraban, en cambio, a las mujeres de temperamento romántico como era Mariquita. Incluso años después, cuando ya se estaban imponiendo los muebles ingleses o norteamericanos, los Rozas seguían aferrados a su mobiliario sólido, a la antigua usanza; comparados con ellos el juego de dormitorio de Mercedes Rozas de Rivera parecía una rareza: era estilo imperio y adornado con águilas doradas. [28]

Los Ortiz de Rozas tenían una larga lista de relaciones entre las familias más distinguidas de la ciudad. Agustina estaba más o menos emparentada con gente de fortuna que en la mayoría de los casos formaba parte de esos linajes venidos de España hacia 1760 que fundaron casas de comercio importantes y pronto iniciaron la ocupación de la pampa rioplatense, tal como hicieron los García de Zúñiga, Anchorena, Arana, Llavallol, Aguirre, Trápani, etc. Los Sáenz Valiente y los Pueyrredón eran íntimos de la madre de Rosas. Entre los contertulios de don León figuraba la crema del Buenos Aires político y social: Necochea, Guido, Alvear, Olaguer Feliú, Balcarce, Saavedra, Pinedo, López, Maza, Soler, Iriarte y Viamonte, entre otros. [29]

Con estas y otras familias la pareja casó a sus vástagos. Gregoria, la mayor, contrajo enlace con Felipe Ezcurra Arguibel (1782-1874), nieto de Felipe Arguibel, el albacea de la sucesión López de Osornio y durante largos años funcionario público. Juan Manuel eligió a su esposa Encarnación en la misma familia Ezcurra. Andrea se casó con Francisco Saguí (1794-1847) que había sido condiscípulo de Rosas en el Colegio de Francisco Argerich, y era hijo de un comerciante español y de una criolla (había contribuido al éxito de la Revolución de Mayo y era amigo de Bernardino Rivadavia, lo que le dio un perfil diferente al de su familia política).

Estos tres enlaces tuvieron lugar entre 1813 y 1814. Algunos años más tarde, Prudencio se uniría a Catalina Almada, “de una familia burguesa”, escribe Mansilla, quien se casaría a su vez, años más tarde, con una hija de este matrimonio. María Dominga (Mariquita) desposó a Tristán Nuño Baldez, que era fabricante y hacendado, dueño de una calera en Ensenada, de una chacra modelo en Lomas de Zamora, de una estanzuela en Samborombón y con casa confortable en la ciudad. Todas estas bodas se habían concretado con gente de la sociedad tradicional, pero con otros enlaces se advierte que ni siquiera los Ortiz de Rozas permanecerían al margen de la apertura que experimentó la sociedad estamental de los tiempos coloniales luego de 1810.

En efecto, el matrimonio de Manuela con Enrique Bond, médico norteamericano que trabajaba en Buenos Aires en la década de 1820, fue un signo de los nuevos tiempos en que los extranjeros podían residir en el país y hasta nacionalizarse en contraste con las trabas que la legislación española oponía a su ingreso a las colonias. Estos casamientos entre personas de cultura distinta y hasta de religión diferente eran en la época de Rivadavia relativamente frecuentes. “El único inconveniente de entrar en esta sociedad (la criolla) es que podría decirse que se casa uno con toda la familia, pues es costumbre vivir en la misma casa”, observaba Un inglés que vivió varios años en Buenos Aires y descubrió las costumbres y los prejuicios de los porteños. [30]

Agustinita, la bellísima hija de los Ortiz de Rozas, nacida en 1816, cuando ya la pareja tenía nietos, fue pedida en matrimonio a los 15 años de edad por el general Lucio Mansilla (1790-1871). Separado y viudo de su primera esposa, era abuelo cuando nacieron los hijos de su segunda cónyuge. No descendía de la rama legítima de los Mansilla, pero había seguido la carrera de honores de la Revolución, del sitio de Montevideo a la campaña de los Andes, de allí a la guerra civil en Entre Ríos, donde fue gobernador, y a la campaña con el Brasil; implicado en un negocio de tierras públicas, era rico cuando se casó con Agustina.

En cuanto a Mercedes, otra de las hijas menores, que era la intelectual de la familia porque desde muy joven escribía versos y novelas de amor, su boda en 1834 con Miguel Rivera (1792-1867) fue una suerte de mésalliance: el novio era hijo del platero y grabador Juan de Dios Rivera, altoperuano venido a Buenos Aires luego del fracaso de la rebelión de Tupac Amaru con quien estaba emparentado. Miguel, que era por consiguiente un mestizo, estudió medicina y viajó a Europa para especializarse en cirugía junto al célebre Dupuytrén; llegó a ser cirujano mayor del ejército y profesor de patología médica en la Universidad. [31]

Dos de los Ortiz de Rozas quedaron solteros: Gervasio, personaje muy original, que fue especialmente apreciado por los círculos sociales adversos al Restaurador, tuvo una larga y al parecer fructífera relación amorosa con una dama casada, que integraba el grupo de íntimos de misia Agustina [32]; y Juana, la benjamina, que padecía de “una enfermedad habitual, a todos los de mi familia” según reconoció la madre en el testamento: vivía, a mediados de la década de 1830, con su hermana Andrea en casa de los Saguí y no podía administrar sus bienes. [33]

No sabemos si Agustina López aprobó o desaprobó los casamientos de sus hijos, pues sólo se recuerda habitualmente su oposición al de Juan Manuel con Encarnación; E. Gutiérrez sostiene que también rechazó las pretensiones de Juan Manuel Baya, conocido corredor de la Bolsa porteña, que se había enamorado de Manuela. La madre prefería a Bond, que era más rico y ciertamente muy bello y que terminó por casarse con la niña.

Porque la autoridad de “madre” y “padre” no podía cuestionarse. El que desobedecía debía irse, como haría Juan Manuel, según se verá más adelante. Las órdenes maternas incluían los actos de caridad: Agustina obligaba a sus hijas a participar de sus buenas acciones: los viernes hacía atar el coche grande, guiado por Francisco, el cochero mulato al que tanto apreciaba, y partía a los suburbios a distribuir limosna entre los menesterosos “y traerse a casa, donde había una sala hospital, alguna enferma de lo más asquerosa, que colocaba en el coche al lado mismo de una de sus hijas, la que estaba de turno, y a la cual incumbía el cuidado de la desgraciada hasta el momento en que sanaba o el cielo disponía otra cosa”. [34]

Así criaron los Rozas hijos respetuosos y conformes. Desde su punto de vista habían obtenido resultados excelentes: “Quiero parecerme a mi madre hasta en sus defectos”, proclamaba, cuando la señora vieja había muerto, su hija Agustina. Y ante una observación relativa al carácter de la dama, agregaba terminante: “Pues hasta en sus vicios”. [35]

Pero ni el riguroso orden establecido en el hogar, ni las sanciones que afectaban a los hijos díscolos, pudieron someter al hijo mayor, Juan Manuel, quien desde muy joven enfrentaría en repetidas oportunidades a su madre, como si la necesidad de buscar su propio perfil, su identidad, lo llevara inexorablemente a disgustar hasta la ruptura a la mujer que le había dado, además de la vida, las normas y las pautas de conducta que seguiría para siempre.

Los historiadores que se han ocupado de la vida de Juan Manuel de Rosas relatan ciertas anécdotas de su juventud que hablan de sus rebeldías de adolescente y culminan con la modificación del apellido paterno, Ortiz de Rozas, simplificado en el de Rosas que le dio celebridad en la historia nacional. Político intuitivo, Juan Manuel no necesitó recurrir a los costosos estudios de imagen, que hoy se estilan, para saber que el acortamiento del nombre era desde el vamos un hallazgo para quien en algún momento de sus años jóvenes se propuso sobresalir por encima de sus compatriotas.

Eduardo Gutiérrez en una biografía folletinesca de la vida de Juan Manuel de Rosas, para la que echó mano a su imaginación y su talento de narrador pero también recabó datos entre personas del antiguo Buenos Aires que habían conocido a los Ortiz de Rozas, describe a una Agustina joven embelesada con su hijo Juan Manuel, haciendo en su honor una fiesta de bautismo inolvidable en la que numerosos invitados, luego de admirar al recién nacido, bebieron chocolate y devoraron arroz con leche y pasteles de liebre. El chiquilín Juan Manuel fue desde entonces el ídolo de aquella casa, afirma; sus padres cifraron en él todas sus esperanzas y esos mimos desarrollaron sus instintos. En una oportunidad en que había hecho una travesura mayor, la madre lo encerró en una habitación: el niño, encolerizado, desenladrilló todo el piso del cuarto y empezó a tirar los ladrillos contra la puerta con gran alarma del vecindario hasta que lo sacaron de su encierro.

Don León comprendió entonces que era preciso educar a este hijo voluntarioso, y su esposa, a regañadientes, y sometiéndose por una vez a la autoridad del marido, admitió que lo enviasen a la escuela de don Francisco Argerich en calidad de pupilo. Allí aprendió a leer, escribir y contar, primera y única etapa de la educación formal de este vástago de familia rica que debía estudiar sólo lo indispensable a fin de iniciarse en los negocios corrientes de la ciudad. [36] Cuando concluyó esos someros estudios, Juan Manuel fue colocado en una tienda para que aprendiese el oficio, etapa casi obligatoria en la juventud porteña y que demandaba aprender no sólo los rudimentos del oficio, sino también a tener paciencia y humildad en el trato con los patrones. El muchacho, que había saboreado en la escuela el goce de acaudillar a los demás alumnos, no tardó mucho en disgustar al tendero. Este se quejó a doña Agustina, la cual vanamente intentó que su altivo primogénito se hincara para pedir perdón al agraviado. “Ahí estarás a pan y agua hasta que me obedezcas”, amenazó la señora al encerrarlo en un cuarto.

Pero Juan Manuel decidió escaparse de la casa paterna: “Dejo todo lo que es mío”, escribió en el mensaje de despedida, luego se desnudó “y casi como Adán salió a la calle a casa de sus primos, los Anchorena, a vestirse y conchabarse”. Este fue su primer acto de rebelión contra toda autoridad que no fuera la suya, concluye Mansilla al relatar este episodio de resultas del que el futuro dictador empezó a firmar Rosas en lugar de Ortiz de Rozas. [37]

El fracaso de Agustina en imponer su voluntad implicaría, en la anécdota recogida por la familia, la liberación del adolescente, su ingreso a una juventud independiente, al trabajo, a la administración de estancias, en resumen, el punto de partida de su larga vida pública. Pero este relato, como suele ocurrir con las historias familiares, no coincide con otras versiones, según las cuales la disputa con la madre ocurrió luego de su casamiento con Encarnación Ezcurra, que también había dado lugar a discusiones -tema de otro capítulo- y que no impidieron la realización del enlace.

Escribe Bilbao que la boda “avivó las desconfianzas que doña Agustina tenía ya en su hijo Juan Manuel, respecto a mala administración de las estancias (que ya estaba encargado de administrar). La señora creía que el hijo defraudaba los intereses que le habían confiado sus padres, sea poniéndoles la marca de su propiedad a las pariciones de las haciendas, sea mandando animales a los saladeros, sea de otros modos. De aquí provenían cuestiones odiosas en las que don León defendía al hijo y en las que el hijo amenazaba con la ruina de la familia el día que él se separase de la administración”.

Tales situaciones son frecuentes en las familias donde un miembro se ocupa de los intereses del grupo, pero lo habitual en esos casos es que sea la madre la que defiende la gestión del hijo, y no a la inversa como ocurría aquí. “Una de estas discusiones -prosigue Bilbao- habida entre don León y doña Agustina, fue oída por Juan Manuel desde una habitación inmediata, en la cual la madre instaba porque se quitase la administración al hijo, dando razones desdorosas para el crédito de éste. Don Juan Manuel entregó en el acto el cargo que tenía y fue dado a su hermano Prudencio; y en seguida se quitó el poncho y la chaqueta que le había regalado su madre, los dejó tras la puerta de la pieza de la señora y abandonó el hogar paterno para no volver más a él.” Don León buscó al hijo para que regresara, pero Juan Manuel aseguró que “no quería vivir en la casa donde se había dudado de su honra”; de allí partió a la Banda Oriental, donde intentó infructuosamente arrendar campos, volvió a Buenos Aires y asociado con Luis Dorrego inició el trabajo en los saladeros que haría su fortuna. [38]

Hay una tercera versión de este conflicto que se debe a la pluma -y a la imaginación- de Gutiérrez y que coincide con Bilbao en que el cese como administrador de las estancias familiares fue posterior a la boda de Juan Manuel. Menciona entre las razones de la disputa el despido de dos viejos capataces que habían servido a Clemente López: ellos vinieron a quejarse a doña Agustina que los quería con veneración por tratarse de dos servidores de su padre y que insistió para que se los repusiese. Por su parte León se negaba a desautorizar al hijo. La intriga doméstica siguió su curso mientras Juan Manuel estaba en el campo, entregado al trabajo y a los placeres, pues -según Gutiérrez- sabía halagar a los paisanos y a los caciques amigos y hasta a las mozas que le agradaban ofreciendo fiestas campestres en las que era el mejor bailarín y regalando cabezas de ganado a sus compadres cristianos o salvajes.

Los capataces despedidos pusieron en conocimiento de la patrona lo que estaba ocurriendo. Doña Agustina, que “era agarrada”, no podía escuchar la relación de aquel despilfarro sin sentir una desesperación creciente; repetía insistentemente a su esposo si estaba dispuesto a dejar que “ese calavera” los arruinase. “No seas tan vehemente, hija mía, esperemos”, era la respuesta del marido.

Precisamente en medio de una de esas discusiones, Rosas, que había bajado a la ciudad alertado por Encarnación, su esposa, sorprendió a sus padres. Que su señora madre pusiera en duda su honor le resultó inadmisible. Entonces, teatralmente, despojándose de los regalos más queridos, la camiseta que le había bordado Agustina y el rebenque que le diera don León, abandonó la casa paterna, marchó a los campos de Atalaya y del Rincón, a despedirse del personal, volvió a la ciudad, se alojó en lo de Ezcurra y mandó a buscar a su mujer y a su hijo. En vano el padre intentaría una reconciliación por intermedio de la nuera. La decisión del hijo era irreversible. En cuanto a doña Agustina “cuyo carácter fuerte y altivo conoce el lector, no le mandó decir ni media palabra”. [39]

A partir de ese hecho el hogar de Juan Manuel se fijó en lo de Ezcurra, su familia política. Ese sería su apoyo y su refugio en los años en que lucharía por hacer una fortuna personal y luego por la conquista del poder. Mientras sus suegros y sus cuñados lo secundaban, sus parientes de sangre quedaban al margen de este proyecto.

Pero Rosas, siempre cuidadoso de su historia oficial, negaría de plano cualquier pelea o desacuerdo con sus padres. Luego de leer el libro de Bilbao -para el que su hermana Mercedes le había recabado información- afirma: “No es cierto que mi madre sospechase de mi conducta. Por el contrario, su confianza era sin límites. Tengo su trenza de pelo, que me envió con una carta agradecida”. Cuando los padres quisieron obligarlo a recibir tierras y ganado en justa compensación de sus servicios, “contestaba suplicándoles me permitieran el placer de servir a mis padres, y ayudarles sin interés, cuanto me fuera posible. (…) Entregué las estancias a mis padres, cuando mi hermano Prudencio estuvo, por su edad y conducta, en estado capaz de administrarlas. (…) Lo que tengo lo debo puramente al trabajo de mi industria, y al crédito de mi honradez”. [40]

Esto fue escrito en 1869 en carta a Josefa Gómez, cuando Rosas estaba empeñado en mejorar su imagen pública, tan despiadadamente castigada por la historiografía posterior a Caseros. Ya era viejo y recordaba con nostalgia su infancia y su juventud. Idealizaba la relación con la madre, que le había regalado su trenza, un símbolo de amor si se da voluntariamente o de agravio: cortarle la trenza a una china era insulto grave.

Pero otros testimonios corroboran la tesis de que hubo un distanciamiento serio entre Juan Manuel y sus padres y que éste se prolongó hasta 1819. Que con ese motivo Rosas buscó respaldo no sólo en su familia política, sino en amigos fieles como Luis Dorrego y Juan Nepomuceno Terrero y tuvo de consejero al astuto e inteligente doctor Manuel Vicente Maza (1790-1839) que “tomó por él paternal cariño, haciendo por él cuanto podría haber hecho un padre bueno y sensible; ora disculpándole sus errores juveniles, ora defendiéndolo como abogado y amigo en una causa que sus padres le habían promovido, ya enseñándole cuanto pudiera serle de utilidad, ya dirigiendo sus pasos y moderando su ambición”, escribe Antonio Zinny en Historia de los gobernadores. [41]

Es precisamente Maza quien en 1819 se dirige a Rosas felicitándolo porque había sobrevivido a algún peligro y sugiere: “Entre tanto tu amigo te ruega escribas una cartita a tus padres; lo merecen; han mostrado que te aman; y en ello nada pierdes”. Estas palabras indican que todavía continuaban tensas las relaciones entre los Ortiz de Rozas y su hijo que ya en 1819 se destacaba como uno de los más inteligentes y activos hacendados bonaerenses y había presentado al gobierno su punto de vista para impedir que la anarquía se apoderara del medio rural. Probablemente esa enemistad se mantenía más con la madre que con el padre, pues don León había colaborado en 1817 en la campaña llevada a cabo por hacendados, entre los que estaban Juan Manuel y sus socios, a fin de que no se cerraran los saladeros. [42]

Rosas demoró unos meses antes de enviar la carta de reconciliación. Lo hizo con motivo del cumpleaños de doña Agustina, el 28 de agosto. Decía: “Mi amada madre. De regreso del campo donde hace mucho tiempo me tenían mis quehaceres, he sentido la necesidad que todo hijo virtuoso tiene que es el ver a los autores de sus días. Mucho tiempo hace que no llevo a mis labios la mano de la que me dio el ser y esto amarga mi vida.

”Espero que Su Merced, echando un velo sobre el pasado, me permitirá que pase a pedirle la bendición. Irán conmigo mi fiel esposa y mis caros hijos, también mis padres políticos y toda la familia, y volverán a unirse dos casas que jamás han estado desunidas.

”Espera ansioso la contestación, éste, su amante hijo, que le pide su bendición”. [43]

La carta que ponía en evidencia, precisamente, el distanciamiento ocurrido y que abarcaba a los Ezcurra, que eran asimismo padres políticos de la hija mayor de los Ortiz de Rozas, mereció una respuesta tajante de misia Agustina:

“Mi ingrato hijo Juan Manuel. He recibido tu carta con fecha 28 de agosto; este día tan celebrado en mi casa por mi marido, mis hijos y mis yernos, y sólo tú, mi hijo mayor, eres el que falta, el porqué, tú lo sabrás, tus padres lo ignoran.

”Me dices que eres virtuoso, dígote no lo eres. Un hijo virtuoso no se pasa tanto tiempo sin ver a los autores de sus días, sabiendo que su alejamiento ha hecho nacer en el corazón de su madre el luto y el dolor.

”Me dices que un velo cubra lo pasado y que te permita venir con tu fiel esposa, tus caros hijos, tus padres políticos y toda tu familia, y que vuelvan a unirse dos casas que jamás han estado desunidas.

”Te digo en contestación a estas palabras, que los brazos de tu madre estarán abiertos para estrecharte en ellos, tanto a ti, como a tu esposa, hijos y familia.

”Al concluir ésta te bendice tu amante madre”. [44]

Estas cartas intercambiadas entre madre e hijo confirman opiniones de Mariquita Sánchez, en Recuerdos de la vida virreinal, acerca de las relaciones familiares del período colonial. Desde que los niños empezaban a crecer, los padres comenzaban a ocultar su cariño y solicitaban a los maestros y patrones que los trataran con rigor. Pero ni lo ceremonioso de las costumbres, ni los intereses contrapuestos ni las disputas más o menos recientes podían atenuar la relación apasionadamente fuerte entre esta madre y su hijo, autoritarios los dos, imbuidos de su propia perfección también ambos, y que, en duelo verbal, intercambiaban estos argumentos, para ver quién tenía razón en el entuerto.

A Bilbao, que publicó estas cartas en Tradiciones y recuerdos de Buenos Aires, se debe una descripción de la visita oficial de Juan Manuel y los suyos a la casa paterna, verdadera reconciliación entre dos clanes: salió a recibirlos don León, mientras doña Agustina aguardaba, imponente, de pie en la sala. Juan Manuel y Encarnación con todo respeto y la cabeza baja dicen: “muy buenos días tenga Su Merced, mi madre”; ella les tiende la mano, se la besan y luego se abrazan. Brilla alguna lágrima y la escena se remata con un almuerzo espléndido y obsequio de regalos: buenos quillangos y ponchos pampas traídos por el hijo pródigo desde los campos del sur, próximos a las tolderías. Según Bilbao, después de esta reconciliación, cuyos detalles debió conocer por Mercedes, su suegra, jamás nube alguna turbó las relaciones familiares y Juan Manuel, en todas las grandes ocasiones de su vida pública, nunca dejó de pasar por la casa paterna a pedir la bendición de acuerdo al antiguo uso que los Ortiz de Rozas se preciaban de respetar. [45]

Pero en esa familia en la que las posiciones no podían conciliarse, debieron ocurrir otros episodios enojosos. Por lo pronto, Agustina nunca aceptó de buen grado la actuación política del hijo, aunque eso no sería obstáculo para que lo defendiera ante los demás, principalmente si eran sus opositores. En ese sentido, resulta ilustrativa esta anécdota: ocurrió cuando Lavalle había dado un golpe de Estado contra el gobernador Dorrego (1828) y Rosas había marchado a la campaña para encabezar la resistencia. El gobierno ordenó a la policía que requisara las mulas y caballos del vecindario. Doña Agustina se negó a obedecer diciendo que si bien ella no tenía opinión, ni se metía en política, sabía que las bestias se usarían para combatir a su hijo y por lo tanto no las facilitaría. Drástica, como en todos sus actos, ante la insistencia de la policía dio la orden de degollar a los caballos y mulas que estaban en la caballeriza, en los fondos de la casa. “Mire, amigo -dijo al comisario- ahora mande usted sacar eso. Yo pagaré multa por tener esas inmundicias en mi casa; yo no lo haré.” [46]

Pero esta solidaridad visceral no significaba que misia Agustina callase sus opiniones, más aún, seguía sin compartir las ambiciones políticas de su hijo, el Restaurador. Desconfiaba de la política y seguramente lamentaba que la guerra de facciones enfrentara en términos sangrientos a las familias decentes de la ciudad que otrora rivalizaban sólo en términos de ubicaciones en las funciones públicas, de alcurnia y limpieza de sangre o de intereses económicos.

Una carta enviada por don León a Juan Manuel en 1832, cuando éste finalizaba su primer gobierno y había sido reelecto para otro período más, pero sin facultades extraordinarias, pone de manifiesto ese disgusto: “es necesario que vayas a ver a tu madre -escribe- y procures por los medios que mejor te parezcan desimpresionarla de los efectos que han causado en su imaginación y que son trascendentales a la descompostura de su máquina, desde que tuvo noticia de tu reelección al gobierno, así que sus suspiros continuados me traspasan el alma”. [47]

Para conmover a Juan Manuel, la orgullosa matrona utilizaba su mala salud, como cualquier frágil mujer. Pero en esta oportunidad el gobernador puedo complacer a sus padres: sin el uso de las facultades extraordinarias prefería alejarse del ejecutivo provincial y dejar el cargo en manos de su amigo, el general Balcarce. La campaña al desierto, que preparaba cuidadosamente, le daría el prestigio suficiente para volver al poder a continuar su tarea de ordenamiento de la sociedad.

En otra carta dirigida a su madre y que no lleva fecha dice:

“He leído madre mía la estimada de usted. La he leído y aun leyéndola, respetaba en ese acto los consejos variados. La sensibilidad empañaba mis ojos; el corazón anunciaba el placer, y la naturaleza se complacía en la esperanza venturosa. El delito lo constituye la voluntad de delinquir y sabe el cielo que la mía jamás lo amó.

”Un solo instante no he dejado de querer a mis padres. Esta soledad desde donde escribo es testigo de las emociones que contristaban mi alma y de las amarguras que animaban sus mejores deseos considerándose víctima desgraciada por la fatalidad de un destino injusto.

”Voy a la ocasión a marchar por segunda vez a campaña. Si en ella soy feliz o sobrevivo, he de aprovechar un instante para pedir la bendición a mis amantes padres, y abrazarlos tiernamente. Para esto y ante todo desea la vida Juan Manuel Ortiz de Rozas”. [48]

Esta carta, de vago eco rousseauniano, la firmaba Rosas con su apellido completo. Siempre cuidadoso de los detalles buscaba complacer a su madre mientras seguía imperturbable su destino político.

Agustina debió dejar de lado los recelos y contemplar con entusiasmo el ascenso meteórico del hijo en el período 1833/1835 en que el Restaurador preparó con la ayuda de su mujer y de sus más íntimos su regreso al gobierno. “Tu madre está loca de contenta con los recados que le has mandado en mi carta y en la del señor Arana; a todos se lo anda contando”, le escribe Encarnación oficiando de intermediaria entre su esposo y su suegra. [49] Por su parte, Vicente Maza, que había sido encargado por Rosas de pequeñas cortesías ante sus padres y estaba atento al comportamiento político de la familia del Restaurador, le contaba a fines de 1833, cuando el general Viamonte se había hecho cargo del gobierno: “Tu madre está en el día contra Viamonte, Guido y García, no sé por qué”. En esta oportunidad, misia Agustina, lo mismo que su nuera, desconfiaba de los políticos tibios, conciliadores. [50]

La actividad política de Juan Manuel daba lugar a días de gloria, por ejemplo, cuando las tropas del ejército restaurador, que habían triunfado en los sucesos de octubre del 33, antes de retirarse de Buenos Aires, desfilaron frente a la casa de los Ortiz de Rozas para saludar a la madre de su Restaurador idolatrado. [51] Y cuando en 1835 se celebró un banquete patriótico para conmemorar que Rosas iniciaba su segundo gobierno, doña Agustina, junto a su nuera Encarnación y algunas de sus hijas, fue ovacionada por la concurrencia.

Pero no todo era fácil. Puede imaginarse que la ansiedad que la guerra de pasquines que en ese mismo período azotó con sus denuncias y su maledicencia a la sociedad porteña, embanderada con los federales netos, o con los cismáticos, afectaría a misia Agustina, cuyas propias hijas eran víctimas de dicha guerra. Más tarde, cuando Juan Manuel se convirtió en el todopoderoso gobernador, ella experimentaría de manera directa la intransigencia del hijo.

“Y hubo una vez -relata Mansilla- en que riñó por mucho tiempo con su hijo por negarse éste a poner en libertad a un perseguido del que ella decía: ‘Ese señor (Almeida) no es unitario ni federal, no es nada, es un buen sujeto; y así es como Juan Manuel se hace de enemigos, porque no oye sino a los adulones’. El entredicho duró hasta que el dictador fue a pedir perdón a su madre de rodillas, anunciándole que el hombre en cuestión había recuperado su libertad.” [52]

Por entonces la anciana se encontraba tullida y permanecía en la cama sin dejar por eso de ocuparse de todo, como lo había hecho siempre, y de manejar los asuntos domésticos de la familia, de los parientes, de las relaciones, de sus intereses, de la compra y venta de las casas, de reedificarlas, del préstamo de dinero -algo habitual en las señoras de la sociedad porteña-, de hacer obras de caridad además de amparar, de tanto en tanto, a los perseguidos por sus opiniones políticas.

Los Ortiz de Rozas habitaban en esos años la casa de la calle Reconquista -hoy Defensa- frente al paredón del convento de San Francisco, al llegar a Moreno, en pleno barrio de Santo Domingo, el más aristocrático de la ciudad. “Casa histórica, con altos a la calle, independientes y altos interiores, y tres patios, teatro de escenas que acentuaban el carácter de mi abuela.” Casa con canceles, que era una pieza larga, entre el primer y el segundo patio, con tamaño suficiente para que allí durmiera mamá Cachonga, Encarnación, la huérfana preferida de doña Agustina. Con caballeriza en la parte trasera donde se guardaba el coche, símbolo del bienestar económico de la familia. [53]

Por las tardes, en el patio principal de la mansión, se reunían los nietos y los biznietos de la señora vieja; jugaban y correteaban por los espaciosos corredores, pero al toque de oración todos iban a la cama de la abuela, que estaba postrada, y le pedían la bendición con los brazos cruzados. Ella sacaba entonces de una bolsa de terciopelo dos reales de cobre y se los regalaba a cada nieto. Los muchachos salían silenciosamente de la casa pues les estaba prohibido hacer ruido a esa hora. [54]

La señora sentía predilección por sus nietos Bond, que habían quedado huérfanos de padre en 1831 y más tarde también perderían a Manuela, la madre, los dos víctimas de la tuberculosis. Carolina, Enriqueta y Franklin Bond fueron expresamente favorecidos en el testamento redactado por Agustina en 1836 cuando los síntomas de su enfermedad se habían agravado. Era el suyo un testamento arbitrario, en el que se ponía de manifiesto la voluntad de proteger a los miembros más débiles de la familia. A Andrea y su esposo Saguí, les incumbía la responsabilidad de velar por los intereses de Juana, la hermana disminuida, que vivía con ellos. Además de mejorar a los Bond, Agustina dejaba un legado especial a su entenada, Encarnación Delgado (que ya estaba casada con un tendero correntino y era quien había criado a Carolina Bond); liberaba al esclavo pardo Francisco, el cochero que tan bien sabía atracar sobre el cordón de la vereda lo que probaba sus dotes de conductor; sumas pequeñas recibían una serie de protegidas -Victoria Uriarte, Cayetana Almada, Dolores Salas, Justa Cano, Anita Uriarte, Juana Lores-. [55] En cuanto a los hijos, la voluntad de misia Agustina resultaba tan arbitraria que el escribano que era amigo suyo le advirtió:

“Agustinita, eso que dispones no está bien”.

Ella respondió:

“¡Que lo prohíbe la ley! ¡Ja! ¡ja! ¡ja! ¿Que yo no puedo hacer con lo mío, con lo que hemos ganado honradamente con mi marido, lo que se me antoja? Escribí no más, Montaña”. Y a medida que dictaba su voluntad, afirmaba la señora: “Sé que lo que dispongo en los artículos tales y cuales es contrario a lo que mandan las leyes tales y cuales (…) Pero también sé que he criado hijos obedientes y subordinados que sabrán cumplir mi voluntad después de mis días: lo ordeno”. [56]

Y ocurrió como ella había previsto pues al morir Agustina López, se abrió el testamento, y Gregoria, la hija mayor, envió a preguntar la opinión de Juan Manuel. Este, sin leerlo, dijo: “que se cumpla la voluntad de madre”.

El testamento contenía una mención especial para don León, ese marido modelo que había traído poco dinero al matrimonio, pero mucho afecto: Agustina decía estar muy satisfecha de la obediencia, amor y respeto que le tenían todos sus hijos, pero les suplicaba que después de su fallecimiento siguieran tributándole los mismos respetos a su padre y no lo incomodasen en lo más mínimo. La protección de la señora hacia su cónyuge continuaría así desde el otro mundo. Pero no hubo oportunidad para esto: León Ortiz de Rozas murió antes que su mujer, en julio de 1839. Bilbao cuenta sus últimos momentos: Agustina, enferma en otra habitación, había encargado a Juan Manuel que preparara a su padre para recibir los sacramentos, última responsabilidad del cristiano. El anciano patriarca prefirió eludir este deber religioso y su negativa es un símbolo más de los cambios ocurridos en la sociedad después de la Revolución. Seguía incólume, sí, el amor por la mujer que lo había acompañado durante casi cincuenta años. Dijo entonces:

“Sólo siento que tu pobre madre, mi amada Agustina, esté postrada en el lecho y no pueda venir a que por última vez le apriete la mano y le dé las gracias por los 49 años que me ha hecho feliz. Te pido hijo que pases al cuarto de tu madre y le repitas esas palabras”. Pocos días después de esta escena, fallecía don León. [57]

En agosto de 1839 el gobernador escribía a Agustina con motivo del primer cumpleaños que pasaba en su nueva condición de viuda. Le aseguraba que no cesaría jamás de acompañarla en su pena y le recomendaba las lágrimas como el mejor bálsamo contra el dolor. Ese Rosas más humanizado, distante de los gestos teatrales y de los giros literarios de las otras cartas que hemos citado, acababa de enviudar también (Encarnación murió en octubre de 1838), y atravesaba uno de los períodos más dramáticos de su gobierno: en efecto, el 27 de junio del 39 el doctor Maza, presidente de la Legislatura de Buenos Aires, había sido asesinado en su despacho mientras su hijo Ramón era fusilado por traidor. Rosas perdía así el apoyo de quien fuera su padre sustituto, en los años difíciles en que se apartó de su familia. Y para agravar las cosas, el enfrentamiento político dentro del propio partido federal afectaba a sus íntimos y a sus parientes cercanos.

Debieron ser estos tiempos de zozobra para la anciana Agustina López. Su hija Andrea y su yerno Saguí, no gozaban de la confianza política de Juan Manuel: cuando la asamblea de comerciantes designó por unanimidad a Saguí para integrar el Tribunal de Comercio, Rosas forzó a efectuar otro nombramiento por tratarse, dijo, de un enemigo de la Federación. Rosas tampoco confiaba en su otro cuñado, el médico Rivera: en 1836 lo dejó cesante en su cátedra de la Universidad. Pero más grave era la situación de Gervasio, el menor de los varones de la familia: estuvo comprometido con la rebelión de los Libres del Sur que estalló en octubre del 39 en los partidos de Dolores y Monsalvo en combinación con la escuadra francesa que sitiaba el Río de la Plata.

La rivalidad entre Juan Manuel y Gervasio venía de lejos y posiblemente había en ella rastros de celos por el afecto materno: Gervasio gozaba de plena confianza de su madre, que lo nombró su albacea (Juan Manuel diría que él no recibió esa responsabilidad porque estaba demasiado ocupado en asuntos políticos, y su madre no había querido cargarlo más aún). Pero lo cierto es que Gervasio tenía claro que si pudo eludir sin mayores peligros el riesgo de ser opositor a su hermano el dictador había sido gracias a la protección materna. El mismo narraba que en cierta oportunidad Rosas le envió los despachos de coronel de milicias, pero que los rechazó con un pretexto de salud. “Lo que quería era tenerme bajo sus órdenes como subalterno -diría-. No teniéndome, siendo sólo lo que éramos, hermanos, de miedo de madre no se habría atrevido a hacerme nada, sabiendo como sabía que yo no estaba del todo conforme con sus procederes.” [58]

Otro grave episodio afectó en 1840 a los hermanos de Rosas: en septiembre fue embargada por el gobierno la hermosa chacra que Tristán Baldez poseía en Lomas de Zamora. Se acusó al propietario, que era cuñado del Restaurador, de tener trato con los unitarios. Como Tristán era viejo y casi no podía montar a caballo, su esposa, Mariquita, se dirigió al campamento donde estaba el gobernador pero no logró hablar con él. Le escribió entonces para pedir que revisara la injusta medida:

“No puedo a lo menos dejar de decirte que ni mi marido ni yo te podemos haber ofendido pues todos saben que mi marido con sus achaques estaba reducido a salir muy poco de casa, sin más relaciones que la familia de mi compadre Félix (?) que está a cinco cuadras de nuestra casa y también está embargado. Si ésta es la causa, te confieso que no podíamos nosotros tenerlo por unitario a un hombre que lo mismo que mi marido contribuía con lo que podía para cualquier función que se hacía en honor tuyo (…) Nos vemos sin la chacra, el único recurso que nos ha quedado para vivir y con tanto rigor que ni un cordero, ni aun la leche para mis hijos permiten que se traiga, abandonada a un solo hombre y nosotros puestos en ésta sin recurso alguno y en estado de mendigar el sustento si no nos favoreciera nuestra buena madre la que nos auxilia en este lastimoso conflicto. Tu hermana que te ama”. [59]

Puede imaginarse el revuelo que provocó este hecho en la familia Ortiz de Rozas, donde mamá Mariquita, como se la apodaba cariñosamente, era una institución debido a su bondad y a su disposición permanente a atiborrar con dulces y platos exquisitos a sus numerosos sobrinos, entre ellos los Mansilla, que en su casa soportaban las dietas que les imponían sus padres. Baldez, que había sido un rico comerciante, muy lector e instruido, estaba ahora arruinado, pero su chacra lo proveía de corderitos, quesos sabrosos y fruta. Rosas sabía castigar en donde más dolía a los díscolos; sólo cedió ante la presión de misia Agustina y no sin reprender a su cuñado por tratar a “federales a medias, más peligrosos que los unitarios” y ratificar que “era contrario a la soberanía, el honor y la dignidad de la patria relacionarse, servir, hospedar o abrigar salvajes unitarios”.

De este modo, entre los sinsabores que provocaba la agudización de los conflictos políticos, que no perdonaban siquiera a la familia del gobernador, trascurrieron los últimos años de Agustina López. Cuando se aproximaba su fin, la señora tuvo un rasgo último: marcar la diferencia rotunda que separaría a su entierro de las exequias de su nuera, Encarnación, honrada como si fuera un capitán general, llorada por el gobierno en pleno y por las masas federales como la Heroína de la Federación, y cuya muerte enlutó obligatoriamente a toda la provincia fuera cual fuese su simpatía política.

Doña Agustina fue terminante en cuanto al destino de sus restos: mandó que se la enterrase en el cementerio público, en el cajón más ínfimo que se encontrase y que sería conducido al templo de San Francisco por sus deudos y por los hermanos de San Benito, la cofradía a la que pertenecía a la vieja usanza colonial. Luego de la misa de cuerpo presente, para la que no habría convite, el cuerpo sería conducido en modesto carruaje, para ser sepultado en el depósito de los pobres. Con este gesto supremo de humildad, o de orgullo, como lo entendería la psicología actual, concluía la última voluntad de la madre de Rosas.

Murió en la mañana del 12 de diciembre de 1845, en su casona de la calle Reconquista. Las autoridades del Estado, que con gusto hubieran preparado ceremonias fastuosas, se sometieron a lo dispuesto en el testamento. El ministro Arana concurrió al entierro por la parte oficial, y el canónigo Miguel García por la eclesiástica. De modo que el grueso del cortejo lo formaron los varones de la familia -las mujeres en esos tiempos no iban al cementerio-. A caballo o en coche estuvieron presentes los hijos, Juan Manuel, Prudencio y Gervasio; los yernos, Ezcurra, Saguí, Rivera y Baldez; los nietos Juan Ortiz de Rozas, Carlos María de Ezcurra, Felipe María de Ezcurra, León Ortiz de Rozas, Lucio Mansilla (hijo), Tristán Baldez (hijo), Alejandro Baldez y Franklin Bond y Rozas. [60]

Concluía así la vida de una de esas mujeres fuertes, la roca sólida sobre la que había podido construirse la sociedad colonial, la madre de Rosas, el dictador.

Juan Manuel no la olvidaría. Hizo rezar misas por su alma y ya en el exilio evocaba sus consejos. Lamentaba “no haberla podido acompañar tanto como eran mis constantes deseos, porque las ocupaciones públicas me lo impedían. Lloraba ella sin consuelo cuando las consideraba, diciéndome siempre, ‘ya recibirás por premio, la más cruel ingratitud’”. [61]

Esta sabia reflexión materna, que no había atendido en los tiempos de la plenitud de la vida, cobraba un sentido diferente en las horas muertas del exilio, cuando el dictador derrocado se interrogaba una y otra vez acerca de las causas de su fracaso y las atribuía invariablemente a las ingratitudes de los hombres. Porque, lo mismo que su madre, no admitía considerar sus posibles errores ni dejarse invadir por la duda. Ya que, en definitiva, siempre había perseguido en su larga vida pública hacer efectivos en la díscola provincia porteña y en la Confederación las consignas y los valores mamados con la leche materna, esa sustancia pura y sin mezclas que le había dado su primer vigor.


  1. <a l:href="#_ftnref1">[1]</a> La Gaceta Mercantil, Buenos Aires, 17 de diciembre de 1845; Lucio V. Mansilla, Rozas.; ensayo histórico psicológico, Buenos Aires, La Cultura Argentina, 1925, dedica el primer capítulo de la obra a la personalidad de doña Agustina, cuya vehemencia y autoritarismo destaca; en otro de sus libros, Mis memorias, Buenos Aires, Eudeba, 1966, intercala numerosas anécdotas y demás datos sobre la abuela, a la que compara con su madre, Agustinita, la esposa del general Mansilla. Es de interés el retrato de la madre del Restaurador que ofrece Eduardo Gutiérrez, novelista y cronista de la sociedad de su tiempo, en Don Juan Manuel de Rosas. Dramas del terror, Buenos Aires, Imprenta de La Patria Argentina, 1882; consultó para escribirlo a muchos contemporáneos de los Rosas y dio importancia a las mujeres en la historia de esa familia; José Rivera Indarte, Tablas de sangre. Rosas y sus opositores, Buenos Aires, Jackson, s/f/ tomo II, p. 42; José María Ramos Mejía, Las neurosis de los hombres célebres en la historia argentina, Buenos Aires, Sudamericana; Rosas y su tiempo, del mismo autor, se ocupa largamente de la neurosis de la madre de Rosas.

  2. <a l:href="#_ftnref2">[2]</a> Lucio V. Mansilla, Entre-Nos. Causeries de los jueves, Buenos Aires, Jackson, s/f/p. 26 afirma que Gervasio, su tío y padrino, era un poco maniático, viniéndole ese atavismo de la rama López de Osornio.

  3. <a l:href="#_ftnref2">[3]</a> Ramos Mejía, Rosas y su tiempo, vol. 1, pp. 121 y ss.

  4. <a l:href="#_ftnref4">[4]</a> La biografía de Clemente López de Osornio en el Diccionario biográfico colonial argentino, de Enrique Udaondo. Buenos Aires, Huarpes, CMXLV; una semblanza de este militar estanciero en Carlos Ibarguren, Juan Manuel de Rosas; su vida, su drama, su tiempo, Buenos Aires, Theoría, 1983, p. 8; información sobre la estancia del Rincón de López en Yuyú Guzmán, El país de las estancias. Tandil, 1983, p. 20; la idea de la vendetta la expone Eduardo A. Crivelli Montero, “El malón como guerra. El objetivo de las invasiones de 1780 y 1783 a la frontera de Buenos Aires”. (En: Todo es Historia, enero de 1990.)

  5. <a l:href="#_ftnref5">[5]</a> Archivo General de la Nación (AGN), Tribunales. Legajo Nº 6726, Sucesión de Clemente López de Osornio; contiene el testamento de Manuela Rubio Díaz y las cuentas de gastos del albacea Sánchez de Velazco de 1797 a 1792 además del pleito entablado por Catalina López a la sucesión.

  6. <a l:href="#_ftnref6">[6]</a> Octavio C. Battolla, La sociedad de antaño, Buenos Aires, Moloney, 1907, p. 268; este autor trascribe textualmente y sin citarlo párrafos del Rosas, de Gutiérrez.

  7. <a l:href="#_ftnref7">[7]</a> C. H. Pellegrini; su obra, su vida, su tiempo; prólogo de Alejo B. González Garaño; notas biográficas de Elena Sansinena de Elizalde; epílogo de Carlos Ibarguren, Buenos Aires, Amigos del Arte, 1946, ha reproducido los retratos de León Ortiz de Rozas y de su esposa; la observación de Mansilla sobre la manera de erguir el cuello que tenía su abuela, en Mis memorias, Buenos Aires, Eudeba, 1966, p. 42.

  8. <a l:href="#_ftnref8">[8]</a> Ibarguren, Juan Manuel de Rosas, p. 9.

  9. <a l:href="#_ftnref9">[9]</a> Testamento de Agustina López de Osornio de Ortiz de Rozas. AGN Sucesiones, Legajo Nº 7280.

  10. <a l:href="#_ftnref10">[10]</a> Ibarguren, Juan Manuel de Rosas, p. 10.

  11. <a l:href="#_ftnref11">[11]</a> Véase, para el caso de la sociedad porteña, la opinión de R. de Lafuente Machain, Buenos Aires en el siglo XVII, Buenos Aires, Emecé, 1944, p. 113: gracias a la mujer, “la familia, con apellido renovado, continúa ocupando el mismo nivel que tuvo la madre dentro del grupo local. El padre, sin arraigo ni tradición en la ciudad, adopta las relaciones y parentela de su mujer, y hasta la ley se pone a su favor, pues le permite ejercer los derechos a que ella puede aspirar cuando se trata de una descendiente de conquistador o primer poblador”.

  12. <a l:href="#_ftnref12">[12]</a> Mansilla, Rozas, p. 32.

  13. <a l:href="#_ftnref13">[13]</a> Fermín Chávez, Dónde nació Rosas.

  14. <a l:href="#_ftnref14">[14]</a> Battolla, op. cit., p. 53.

  15. <a l:href="#_ftnref15">[15]</a> Mansilla, Mis memorias, “nuestros abuelos fabricaban…”; p. 37, explica que el matrimonio dormía en camas separadas.

  16. <a l:href="#_ftnref16">[16]</a> Ibídem, p. 34.

  17. <a l:href="#_ftnref17">[17]</a> Un documento de la época, las “Memorias” (inéditas) de Ignacio Núñez, de las que Juan Isidro Quesada publicó algunos fragmentos en la revista Todo es Historia, noviembre de 1990, revela intimidades de esta sociedad de fines del período virreinal: era bastante menos pacata de lo que supone la imagen estática que se tiene generalmente sobre la vida en la época colonial.

  18. <a l:href="#_ftnref18">[18]</a> Mansilla, Rozas, p. 32.

  19. <a l:href="#_ftnref19">[19]</a> Ibídem, p. 37.

  20. <a l:href="#_ftnref20">[20]</a> María Sáenz Quesada, “Mariquita Sánchez: testimonio de inteligencia femenina”. (En: Mujeres y escritura, Buenos Aires, Puro Cuento, 1989, p. 44.)

  21. <a l:href="#_ftnref21">[21]</a> Adolfo Saldías, Historia de la Confederación Argentina. Rosas y sus campañas, Buenos Aires, Editorial Americana, 1945, p. 13, acepta la versión de que Rosas peleó tanto en la primera invasión inglesa en agosto de 1806 como en la segunda, julio de 1807 y que fue elogiado por Liniers y por Álzaga, héroes máximos de estas dos jornadas.

  22. <a l:href="#_ftnref22">[22]</a> Ernesto H. Celesia, Rosas: aportes para su historia, Buenos Aires, Goncourt, 1969, tomo 1, pp. 21 y ss; p. 43, reproduce el documento en que consta que Juan Manuel de Rosas se ausentó del servicio el 1º de julio de 1807; p. 38 se refiere a la participación de Rosas en los acontecimientos y supone que pudo haber actuado en la Reconquista aunque no ha aparecido la carta que supuestamente Liniers envió a sus padres, pese a la importancia histórica del documento.

  23. <a l:href="#_ftnref23">[23]</a> Bilbao, Historia de Rosas, p. 116.

  24. <a l:href="#_ftnref23">[24]</a> Juan Manuel de Rosas, Cartas del exilio. Selección, prólogo y notas de José Raed, Buenos Aires, Rodolfo Alonso, 1974, p. 117.

  25. <a l:href="#_ftnref25">[25]</a> Bilbao, Historia de Rosas, p. 117.

  26. <a l:href="#_ftnref26">[26]</a> Mansilla, Mis memorias, p. 101.

  27. <a l:href="#_ftnref27">[27]</a> Mansilla, Rozas, p. 33.

  28. <a l:href="#_ftnref28">[28]</a> Id., Mis memorias, p. 30.

  29. <a l:href="#_ftnref29">[29]</a> Id., Rozas, pp. 38/39.

  30. <a l:href="#_ftnref30">[30]</a> Un inglés. Cinco años en Buenos Aires, Buenos Aires, Solar, 1942, p. 64, menciona al médico Bond.

  31. <a l:href="#_ftnref31">[31]</a> Las biografías de Saguí, Rivera y Mansilla, en el Diccionario biográfico de O. V. Cutolo. La observación sobre la rama ilegítima de los Mansilla en Mansilla, Lucio V., Mis memorias, p. 48.

  32. <a l:href="#_ftnref32">[32]</a> Doña Juana Ituarte Pueyrredón de Sáenz Valiente. Su esposo, Casto, era hijo de Juana Pueyrredón, la íntima amiga de Agustina López. Gervasio, al morir sin descendencia, al menos sin hijos reconocidos, dejó su estancia del Rincón de López a este matrimonio. Agradezco a Juan Isidro Quesada las copias de las cartas intercambiadas por mujeres de esta familia entre sí y con Gervasio Rozas y León Ortiz de Rozas entre 1830 y 1850. Ellas muestran una gran amistad y hay alusiones frecuentes a misia Agustina, que incluso en 1843 figura visitando a su hijo Juan Manuel.

  33. <a l:href="#_ftnref32">[33]</a> Véase el testamento de Agustina López, AGN, Legajo 7280.

  34. <a l:href="#_ftnref34">[34]</a> Mansilla, Rozas, p. 36.

  35. <a l:href="#_ftnref35">[35]</a> Id., Mis memorias.

  36. <a l:href="#_ftnref36">[36]</a> Gutiérrez, op. cit., pp. 15 y ss.

  37. <a l:href="#_ftnref37">[37]</a> Mansilla, Rozas, p. 48.

  38. <a l:href="#_ftnref38">[38]</a> Bilbao, Historia de Rosas, p. 117.

  39. <a l:href="#_ftnref39">[39]</a> Gutiérrez, op. cit., p. 63.

  40. <a l:href="#_ftnref40">[40]</a> Rosas, Cartas del exilio, pp. 117/118.

  41. <a l:href="#_ftnref41">[41]</a> Antonio Zinny, Historia de los gobernadores de las provincias argentinas, Buenos Aires, Vaccaro, 1920, p. 139. Zinny hace esta afirmación al trazar la semblanza de Maza, pero no aporta otras precisiones.

  42. <a l:href="#_ftnref42">[42]</a> Carta de Manuel Vicente Maza a Rosas, del 23 de marzo de 1819. AGN Sala 7-3-3-1. Archivo Saldías/Farini; reproducida por Celesia, Rosas, tomo 1, p. 47 y comentada como prueba del distanciamiento de Rosas con sus padres.

  43. <a l:href="#_ftnref43">[43]</a> Bilbao, Tradiciones y recuerdos, p. 497.

  44. <a l:href="#_ftnref44">[44]</a> Ibídem, p. 498.

  45. <a l:href="#_ftnref45">[45]</a> Ibídem, p. 499.

  46. <a l:href="#_ftnref46">[46]</a> Mansilla, Rozas, p. 36.

  47. <a l:href="#_ftnref47">[47]</a> Papeles de Rosas. Publicados con una introducción y notas de Adolfo Saldías, La Plata, 1904, tomo 1, p. 80.

  48. <a l:href="#_ftnref48">[48]</a> Ibídem., p. 81.

  49. <a l:href="#_ftnref49">[49]</a> M. Conde Montero, Doña Encarnación Ezcurra de Rosas. Separata de la Revista de Ciencias Políticas, año XIV, tomo XXVII, nº 149, p. 9.

  50. <a l:href="#_ftnref49">[50]</a> Celesia, op., cit, tomo 2, p. 398.

  51. <a l:href="#_ftnref51">[51]</a> Ibídem, p. 189.

  52. <a l:href="#_ftnref52">[52]</a> Mansilla, Rozas, p. 40.

  53. <a l:href="#_ftnref53">[53]</a> Id., Mis memorias, p. 34.

  54. <a l:href="#_ftnref54">[54]</a> Battolla, op. cit., p. 23.

  55. <a l:href="#_ftnref55">[55]</a> AGN, Tribunales, Sucesiones, Legajo 7280, testamento de León Ortiz de Rozas y de Agustina López de Osornio en el que se declaran los bienes habidos por el matrimonio: fincas, fondos públicos, billetes de lotería, moneda contante y dos cajas de oro. Lo más valioso es la casa donde falleció la señora, Reconquista n9 77, valuada en 287.634 pesos, pero hay quince casas más, cuya valuación va de los 126.060 pesos de la de la calle Potosí, a los 3.420 pesos en que se estima la de Estados Unidos 258. Los bienes gananciales de la pareja Ortiz de Rozas sumaban 1.088.033 pesos. En cuanto a los muebles y ajuar de la casa principal, se dividieron en seis lotes para las mujeres de la familia. Gervasio tuvo a su cargo esta sucesión en calidad de albacea. El principal problema fue la tutoría de Franklin Bond, responsabilidad a la que Gervasio renunció y finalmente pasó al general Mansilla. Se ve que el muchacho era ingobernable.

  56. <a l:href="#_ftnref56">[56]</a> Mansilla, Rozas, p. 41.

  57. <a l:href="#_ftnref57">[57]</a> Bilbao, Tradiciones y recuerdos, p. 502.

  58. <a l:href="#_ftnref58">[58]</a> Mansilla, Rozas, p. 139.

  59. <a l:href="#_ftnref59">[59]</a> Carta de Mariquita Rosas a Juan Manuel de Rosas, del 28 de setiembre de 1840. Borrador manuscrito, con la leyenda “¡Viva la Federación!”, pero sin el aditamento “Mueran los salvajes unitarios”. Hay otras cartas, entre ellas las de Tristán Baldez a su cuñado el gobernador y la orden del juez de paz de Quilmes por la que se levantó el embargo que estaba acompañada por una carta de Rosas a su madre lo que muestra que fue esta señora la que respaldó la protesta de sus hijos. AGN, Museo Histórico Nacional. Legajo 21, documentos nos 2332 y 2321.Mansilla hace una larga evocación del matrimonio Baldez Rosas en Entre-Nos. Causeries de los jueves, Buenos Aires, Jackson, s/f p. 187.

  60. <a l:href="#_ftnref60">[60]</a> La Gaceta Mercantil, Buenos Aires, 17 de diciembre de 1845.

  61. <a l:href="#_ftnref61">[61]</a> Rosas, Cartas del exilio, p. 102. Carta del 20 de junio de 1868 a Josefa Gómez.