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II. La esposa

El 16 de marzo de 1813 Juan Manuel Ortiz de Rozas, soltero, de veinte años de edad, aparroquiado en el curato de Monserrat, con residencia en el pueblo de Magdalena, contrajo enlace con Encarnación de Ezcurra Arguibel, también soltera, de casi dieciocho años, residente en el curato de la Catedral. En prueba de su consentimiento, firmaron el acta los padres de la contrayente, Juan José de Ezcurra y Teodora Arguibel. Bendijo la unión el presbítero José María Terrero, luego de leídas las proclamas en las tres ocasiones que estipula el ritual eclesiástico y sin que resultara impedimento alguno. Las bendiciones solemnes de la Iglesia se dejaron para más tarde. Era Cuaresma, tiempo de penitencia, no de regocijo, pero la boda se había apresurado debido al riesgo que corría el honor de la novia, presuntamente embarazada, y apremiada por lo tanto de aclarar su situación. [62]

La anécdota fue narrada por Bilbao y dice que Juan Manuel, que estaba en el campo administrando los bienes de la familia, y venía de tanto en tanto a la ciudad, se apasionó de la señorita Encarnación Ezcurra, hermana de Felipe que noviaba con Gregoria, la mayor de los Rozas. La poca edad del novio era un obstáculo para que los padres consintiesen el enlace, y para vencerlo los enamorados recurrieron a un ardid: doña Encarnación escribió una carta a su novio en que le exigía se apresurase a pedir su mano dando a entender que esa urgencia nacía de las relaciones privadas a que los había llevado su amor. La carta la dejó Juan Manuel sobre la cama de su dormitorio; fue vista y leída por doña Agustina, que de inmediato se comunicó con Teodora Arguibel, madre de la muchacha, y entre ambas acordaron casar a los amantes para evitar el escándalo. [63]

Así entraba en la historia, dando prueba de decisión y audacia, Encarnación Ezcurra (1795-1838), mujer que no ha merecido aún un estudio biográfico completo y a la que sólo se reconoce participación e influencia en la Revolución de los Restauradores (1833), en la que fue sin duda protagonista principal. Personalidad política femenina entre las más notables del siglo, poco sabemos de ella misma, de su intimidad; incluso en su actuación pública hay demasiados años oscuros de los que no nos ha llegado información. Pero los pocos documentos disponibles, sobre todo su correspondencia de 1833/34, permiten reconocerla como una mujer sobresaliente.

En cuanto a la historia del subterfugio, o tal vez el hecho cierto de sus relaciones prematrimoniales con Juan Manuel, merece compararse con la actitud de otra porteña del grupo social dominante: Mariquita Sánchez de Velazco, que en 1801 se negó a casarse con el novio que le habían elegido (un primo venido de España, mayor que ella y rico, pero que no era de su agrado), pleiteó contra sus padres y luego de cuatro años de engorrosos trámites obtuvo la licencia del virrey para contraer enlace con Martín Thompson, su enamorado. [64] Ella abría de este modo nuevos rumbos para la mujer rioplatense en materia de elección de su futuro, mientras que Encarnación, dispuesta también a hacer su voluntad, recurría a una artimaña clásica y de bien probada eficacia para acelerar la boda, pero que no marcaba cambios en las costumbres de la época. Dos caracteres, dos estilos, dos trayectorias pueden observarse en la historia de ambas mujeres, legalista una, pragmática la otra, fuertes las dos.

Curiosamente la vida de la pareja formada por Juan Manuel y Encarnación, de franca vocación pública, se inicia como la de dos jóvenes que están al margen de los sucesos que encendían a la juventud de su tiempo, cuya vanguardia asistía en marzo de 1813 a las reuniones del café de Malcos, escuchaba con fervor los discursos de Bernardo de Monteagudo, o guerreaba junto a Belgrano en la campaña del Perú. En la Asamblea Constituyente acababan de dictarse los decretos sobre extinción de la mita, la encomienda y el yanaconazgo que ponían punto final a las instituciones de la colonia y, en los mismos días en que se bendijo la boda, se trataba el caso del obispo de Salta, acusado de contrarrevolucionario, con estos criterios novedosos: “Todas las personas son iguales ante la ley, y si en el juicio del reverendo obispo se debiera atender su dignidad, sólo debería ser para aumentar el castigo que merezca”. [65]

Pero esta política revolucionaria rupturista era ajena a las preocupaciones de los novios que habían hecho bendecir su unión contra la voluntad de los padres de Juan Manuel, mejor dicho, de la madre, que tal vez por mero capricho se oponía al enlace.

Porque, ¿qué madre está conforme con la mujer que elige el hijo preferido? Agustina no era una excepción a esa regla; ella quería para Juan Manuel lo mejor y no estimaba a Encarnación como la joven más bella, más rica y más distinguida de la ciudad. [66]

Sin embargo y pese a tales reservas, su joven nuera pertenecía a las familias de la clase decente porteña. Era la quinta hija del matrimonio formado por Juan Ignacio de Ezcurra (1750-1827), oriundo de Pamplona y venido al país hacia 1770 cuando Buenos Aires empezaba su despegue político y económico de fines del siglo XVIII, y Teodora de Arguibel y López de Cossio, hija de un rico comerciante, Felipe de Arguibel, nacido en San Juan de Luz (Francia), avecindado en Buenos Aires y dueño de una importante fortuna de la que formaban parte el caserón de la calle Moreno y Bolívar (llamado de los Ezcurra), el terreno cercano al Fuerte donde hoy se levanta el Banco de la Nación y la estancia del Pino (Cañuelas). La madre de Teodora pertenecía a un linaje muy antiguo del Río de la Plata. [67]

Juan Ignacio de Ezcurra desempeñó los cargos honoríficos que estaban disponibles para los hidalgos recién venidos y bien casados dentro de la ciudad: ministro familiar del Santo Oficio de la Inquisición y miembro del Real Consulado, llegó a ser alcalde de segundo voto en 1804, pero su ocupación primordial era la de comerciante. Cuando en mayo de 1810 concurrió al cabildo abierto convocado para decidir la suerte del virrey Cisneros, se pronunció por los españolistas que no encontraban razones valederas para subrogar la autoridad del virrey. Se alineó por lo tanto con los godos y contra la opinión de los patriotas. [68]

Teodora, su esposa, fue casi tan prolífica como Agustina López, su consuegra. Fueron sus hijos Felipe (1782-1874); María Josefa (1785-1856); Margarita Josefa (1789-?); José María (1791-1861); María Encarnación (1795-1838); María Dolores (1797-?); Juana Paula (?-1889) y María de la O (1804-1892). Las familias de Ortiz de Rozas y de Ezcurra eran amigas y los padres de Encarnación veían con agrado los amores de su hija, lo mismo que los de Felipe con Gregoria Rozas. Por entonces la única casada de los hermanos Ezcurra era María Josefa, que a los 18 años contrajo enlace con un primo llegado de España, Juan Esteban de Ezcurra, también oriundo de Navarra, que venía con algunos capitales a ejercer el comercio en América. “Así, siendo del mismo apellido no se la llamaba sino de Ezcurra, sin duplicarlo como ahora se acostumbra”, explica su sobrino nieto, Marcos de Ezcurra, en una noticia biográfica sobre esta señora.

“Ella vivió con su esposo muchos años, sin haber tenido hijos, en cambio hizo él una gran fortuna, ocupado en sus negocios de sedas, paños y otros géneros que enviaba al interior, a Bolivia y al Paraguay, donde tuvo casa y posesiones. Pero al fin, al afirmarse la Independencia, no estando conforme con el nuevo orden de cosas, regresó a España, donde llevó sus capitales y con ellos se estableció con casa de comercio en Cádiz siendo corresponsales suyos en Buenos Aires los señores Iturriaga. Allí murió después de algunos años; dejó en testamento heredera única a su esposa en señal de su estimación a pesar de no tener hijos.” [69]

Hasta aquí el relato de la vida de la mayor de las Ezcurra hecho por su sobrino nieto, quien omite la actuación de María Josefa en los sucesos de octubre de 1833 y sólo reconoce que desempeñó una maternal tutela o superintendencia sobre Manuelita Rosas cuando ésta perdió a su madre en 1838. Pero otra versión que circula entre historiadores que conocen la intimidad de la sociedad criolla afirma que esta mujer, separada del marido y con veintisiete años de edad, se enamoró de Manuel Belgrano y lo siguió a Tucumán cuando éste fue nombrado en la jefatura del Ejército del Norte en 1812. El idilio habría sido breve, y la amante regresó embarazada a tener un hijo. Este sería el origen del coronel Pedro Rosas y Belgrano, nacido en Santa Fe en julio de 1813, hijo natural (o adulterino) del creador de la bandera y “una porteña de encumbrada estirpe”. El niño era “rubio y blanco como su padre”, informa Rafael Darío Capdevila en su biografía del coronel, en la que prefiere omitir el nombre de la madre de Pedro. [70]

Esto acontecía en los mismos meses en que Juan Manuel se casó con Encarnación y quizá fuera una de las causas por las que misia Agustina se oponía a los amores de su hijo. Pero los recién casados adoptarían al niño, que pasó sus primeros años en lo de Ezcurra, como propio. Rosas incluso le permitió usar su apellido (algo que ni siquiera autorizó a sus propios hijos naturales, como se verá en otro capítulo) y le dio rango comparable casi al de los hijos legítimos de la pareja que siempre lo trataron de hermano, mientras María Josefa, la auténtica madre, optaba por considerarlo “su sobrino”. [71]

De este modo se formaban las grandes familias de la sociedad criolla, sobre la base de solidaridades muy profundas, de servicios y de ayuda mutua que marcaban para siempre a sus miembros, pero sin olvidar cuestiones sustanciales, como la de quiénes tendrían acceso o no a heredar el patrimonio. Esto explica, por ejemplo, la estrecha relación entre María Josefa y su cuñado, el futuro gobernador, que le había dado protección en los tiempos difíciles de su juventud, cuando era pobre y estaba enamorada. Tal esquema familiar permite inferir por qué Rosas autorizó al que no era hijo suyo a usar su apellido mientras sus verdaderos hijos quedaban privados de ese derecho. [72]

Volviendo a marzo de 1813 cuando se casaron Juan Manuel y Encarnación, con cierta premura para evitar el escándalo, la pareja tuvo que separarse a los pocos días de la ceremonia: el esposo marchó al campo a seguir con sus tareas de administración, mientras la recién casada permanecía en casa de sus suegros donde al año siguiente nacería su primer hijo, llamado Juan, lo mismo que su padre. Así, dentro de esa tradición de la familia extensa, pasó su primer año de casada, conviviendo con su suegra. La relación debió ser difícil porque ambas eran voluntariosas y pretendían el afecto exclusivo del mismo hombre: Juan Manuel.

Precisamente una fuente contemporánea atribuye la disputa de Rosas con sus padres a los roces entre las dos mujeres: “Su madre no sospechó de su honradez -dice-. Lo que hubo fue esto: apercibida la esposa de Rosas de que su suegra se quejaba de su habitación en la casa, lo comunicó a Rosas, quien mandó traer una carreta en el acto y dejó así la casa paterna para trasladarse a la de los padres de su mujer”. [73]

No eran tiempos fáciles para la joven pareja. Una vez separado de la administración de los bienes familiares, por las razones que fuese, Juan Manuel debía labrarse su propia fortuna. De algún modo ése era el desafío implícito cuando Agustina se disgustó con él. Esto significaba un nuevo hogar, nuevos vínculos de familia, amigos y socios que reemplazaran a los parientes de sangre. Todo lo llevó a cabo Juan Manuel en forma exitosa, sea asociándose con Juan Nepomuceno Terrero y Luis Dorrego para fundar el saladero de Las Higueritas (1815), entrando así en la actividad más novedosa y más rentable de la década, sea ocupándose de la administración de sus ricos primos, los comerciantes Anchorena, que empezaban a orientar sus actividades hacia la ocupación de campos en la frontera sur de Buenos Aires. Gracias a su intensa actividad, los negocios en los que Rosas participaba prosperaron y en 1817 la firma que compartía con Terrero y Dorrego compró a Julián del Molino Torres la estancia de Los Cerrillos, sobre la costa del Salado y en jurisdicción de la Guardia del Monte.

No hay -que se sepa- testimonios directos de la vida de Encarnación en esos años. Pero a esta etapa pertenecen los nacimientos de sus hijos, Juan (1814), después una niña, María de la Encarnación (1816), bautizada de urgencia y amadrinada por una negra esclava de la familia, que falleció poco después, y en 1817 Manuela Robustiana. No se registran otros partos. Encarnación resultaba así mucho menos prolífica que su madre y que su suegra, tal vez como consecuencia de las prolongadas ausencias del marido o de su propia naturaleza.

Encarnación había ido sin dote al matrimonio. Al menos Rosas pondría un énfasis en recalcar esa circunstancia similar a la de su madre, Agustina, cuando se refería a su casamiento con don León: “Salí entonces a trabajar por mi cuenta, sin más capital que mi crédito e industria. Encarnación estaba en el mismo caso; nada tenía, ni sus Padres: ni recibió jamás herencia alguna”. (Bilbao le había atribuido una herencia, equivocadamente). Rosas guardaba, estando en el exilio, un documento autógrafo de su mujer en el que reconocía: “Nada introduje al matrimonio, porque nada tenía, ni he tenido herencia después. Todo, pues, cuanto me corresponda por la ley, después de mi muerte, será entregado a mi esposo Juan Manuel, a cuyo trabajo constante y honrado son debidas nuestras propiedades”. [74]

Eduardo Gutiérrez es el único entre los biógrafos del Restaurador que reconoce que Rosas dio dinero a los Ezcurra para mantener a su mujer y a su hijo. [75] Con el tiempo y a medida que progresaban sus negocios y decaían los de su suegro, Juan Ignacio, se fue convirtiendo en el sostén económico de su familia política a tal punto que terminó por comprar la gran casa de los Ezcurra desde la cual gobernaría a la provincia hasta que convirtió a Palermo en su residencia favorita.

Los pormenores de este traspaso los da a conocer la propia Teodora Arguibel en un documento de 1838: “Conste que yo, Teodora Arguibel de Ezcurra, he vendido a mi hijo político, Juan Manuel de Rosas, la casa que habito, de mi propiedad, calle del Restaurador Rosas, lindando a su frente al norte con el edificio del Estado que sirve de Biblioteca (…); la cual he vendido en 74.110 pesos moneda corriente en que fue tasada en enero de 1833, a cuenta de cuya cantidad tengo recibido del mencionado mi hijo político 34.429 pesos que suman varias partidas que en diferentes monedas anticipó a mi marido y después de su fallecimiento a mí la vendedora, para pagar créditos y deudas, que debía mi referido esposo y yo”. Rosas entregaba además de la suma que se menciona, 43.680 pesos más y doña Teodora estimaba que su yerno le condonaba “por pura generosidad otra cantidad con exceso mayor que la que me ha entregado y que procede de alimentos y subsistencia que ha prodigado a mi familia por muchos años, de cuyas partidas no se ha llevado cuenta”. [76]

Rosas era, cuando su suegra redactó este documento, el todopoderoso gobernador de Buenos Aires, pero su familia política recordaría siempre estos servicios, incluso cuando se hallaba proscripto en Inglaterra. Todavía en la década de 1870, sus cuñadas, Margarita y Juanita de Ezcurra, colaboraban puntualmente enviándole el dinero con el que se habían comprometido ante Josefa Gómez para aliviar las penurias del exiliado, y otra de las hermanas, Petrona, casada con Urquiola, le escribía en estos términos: “Yo no he olvidado ni olvidaré jamás los inmensos servicios que a mí y a toda mi familia nos ha hecho usted” y le ratificaba su voluntad de enviarle 50 libras anuales por intermedio de misia Pepita. [77]

Dentro de este clan generoso y solidario trascurrieron los años juveniles del matrimonio de Juan Manuel y Encarnación. Si nos atenemos a los retratos de la mujer de Rosas que han llegado hasta nosotros, podría decirse que ella tenía un tipo físico vasco muy acentuado: tez blanca, facciones aguzadas, pelo castaño y ojos oscuros en los que se cifraba su principal atractivo, junto con su talento. Vestía sencillamente pero de acuerdo a su rango, nos informa Marcos Ezcurra, el cual agrega que había sido formada por doña Teodora en la lectura de obras pías, que su inteligencia era grande y cultivada y que llevaba la conducta de una madre virtuosa que la hacía acreedora al respeto de todos. [78]

En su biografía de Manuelita, Carlos Ibarguren ha hecho una pintura memorable del matrimonio Rosas: “El hogar paterno de Manuelita fue una mezcla extraña de cariño sin ternura y de unión sin delicadeza (…). Doña Encarnación era el otro ‘yo’ de su Juan Manuel, con quien no tenía, a pesar de su fervoroso compañerismo, esa intimidad ilimitada de las almas que se aman. Ella fue el cancerbero que vigila, lucha y se enfurece para arrancar y defender la presa necesaria a la acción de su marido. Tenía las cualidades que faltaban a su compañero: era ardorosa, entusiasta, franca, iba derecho al objetivo que perseguía, sabía ‘dar la cara’ en cualquier empresa que acometía, a diferencia de Rosas, cuyas características eran el procedimiento solapado, el disimulo, la frialdad y el cálculo minucioso.” [79]

“Doña Encarnación -prosigue- no supo verter la dulzura inefable que entibia el regazo materno, ni adormecer a su hija con ternura al arrullo de una suave canción de cuna.” Es decir, ella no respondía a la imagen tradicional de la mujer, dulce madre y amable esposa, que valoraba con exclusividad la sociedad del 900 en que se educó Ibarguren. Sobre la relación de pareja de sus tíos dice Lucio V. Mansilla: “A nadie quizás amó tanto Rozas como a su mujer, ni nadie creyó tanto en él como ella; de modo que llegó a ser su brazo derecho, con esa impunidad, habilidad, perspicacia y doble vista que es peculiar de la organización femenil”. [80]

Encarnación pertenecía al tipo de mujeres que vuelcan el afecto más en el marido que en los hijos. No son muchas, pero las hay. Por otra parte, esto no significaba un abandono, pues los Rosas y sus hijos vivían en una gran casa donde había abuelos, tíos y tías, primos, esclavas y esclavillos y sirvientes fieles, además de agregados, y de hijos adoptivos. Entre esa parentela numerosa era fácil de encontrar el afecto que la madre retaceaba, según se advierte en media docena de cartas de Manuelita cuando era todavía una niña, y en la que no hay mención alguna a sus padres; sí en cambio a sus tíos y primos. Paralelamente, en la correspondencia entre Juan Manuel y su esposa que puede consultarse en los archivos, unas veinte cartas en total, las referencias a la vida familiar son mínimas y no se menciona a ninguno de los hijos por su nombre.

Estas ausencias, que no son lo común en los epistolarios de la época, aun entre políticos, muestran a Encarnación como el tipo femenino interesado exclusivamente en el vínculo con el hombre del que está enamorada; no quiere que nada lo separe de él, ni siquiera los hijos y mucho menos los amigos. Por eso firma todas sus cartas como “amiga y compañera”. Esa forma de relación afectó sin duda a los hijos: Manuelita pudo superar la falta de ternura materna conquistando el cariño de otros miembros de la familia y luego el de su padre, pero Juan, el varón, testigo silencioso de las hazañas de su padre, madre y hermana, personalidad insegura y retraída, permaneció casi al margen de la historia familiar. Rosas lo educó con dureza para que se hiciera hombre de campo: “Déjelo, compadre, que se quede con los soldados y almuerce en la cocina de los peones. Es bueno que se vaya acostumbrando al trato y a la vida de los pobres”, le dijo Rosas al dueño de casa en oportunidad en que visitó con su hijo la estancia de la familia del general Gelly. [81] Sin una madre que dulcificara este trato, y con un padre fuerte y exitoso, el primogénito de la familia resultó anulado por completo.

Más que en mimar a sus hijos, Encarnación estaba interesada en incrementar el patrimonio de los suyos y en demostrar a su bello y obsesivo esposo que ella era capaz de ayudarlo a consolidar su fortuna y hasta de suplantarlo en la parte administrativa de ser necesario. Aludiendo a estos talentos maternos diría Manuelita años más tarde: “Pobre Mamita si abriera sus ojos y viera a su esposo querido en la miseria, despojado con tanta infamia de los bienes que ella misma y por su virtuosa humildad y economía le ayudó a ganar y a sus hijos sufriendo la privación”. [82]

El apoyo que dio a su marido en los primeros pasos de su vida pública fue reconocido por el propio Juan Manuel en la carta de despedida que dirigió a sus padres luego de los sucesos del 5 de octubre de 1820 en los que contribuyó con sus tropas de milicianos del Monte a restablecer el orden en la ciudad conculcado por el motín del coronel Pagola. Decía Rosas que debía alejarse llevando impresos en su corazón a su virtuosa compañera, tiernos hijos y amantes padres y que le faltaba valor para un adiós personal. Por eso encomendaba a “su primer amigo”, Juan Nepomuceno Terrero, la misión de saludarlos en su nombre: “Nuestros hijos lo son de Terrero, es mi único amigo después de mi adorada Encarnación”. [83]

Ya estaban establecidas las prioridades afectivas en esa etapa temprana de la vida política de Juan Manuel. En cuanto a su esposa, se hallaba sin duda satisfecha del rápido ascenso y del prestigio creciente de que gozaba su pareja. Ella defendería hasta el final de su vida el sitio de privilegio que tenía asignado en el corazón del marido: “Quiero ser tu primera colaboradora. Quiero servirte mejor que tus mejores amigos”, expresa en 1833 en el momento culminante en la lucha en que está empeñado Rosas para recuperar plenamente el poder.

Decía en su nota necrológica La Gaceta Mercantil (1838) que la Heroína del Siglo, apodo con que se la había distinguido oficialmente, “en esa época pavorosa en que su ilustre marido se lanzó a empresas inmortales”, tuvo actuación, aunque no precisa cuál: “Ella animó al débil, robusteció al fuerte, arrostró peligros, consagró sacrificios; y fue la digna compañera del joven ciudadano que en los escabrosos campos de la gloria recibía lozanos laureles y era saludado Libertador por el pueblo”. [84]

Eran los días en que la sociedad más conservadora de Buenos Aires, aterrada ante los estragos provocados por la anarquía, la disolución del gobierno central, la sublevación de las provincias encabezadas por sus caudillos y el desgobierno dentro de la propia capital, recurrió a las milicias rurales para restablecer el orden. Allí ganó Rosas sus primeros laureles con el Quinto Regimiento de milicianos del Monte, los Colorados, que haciendo gala de disciplina impecable aseguraron que el general Martín Rodríguez recuperara el poder.

El hijo de misia Agustina logró en esas jornadas su ascenso a coronel de caballería y al mismo tiempo demostró su capacidad para que volvieran a reinar en la capital los valores tradicionales y jerárquicos menospreciados por los revoltosos. Cumplía así con la educación recibida, pero su madre no lo comprendió, y se enojó con él, pues para ella todo se reducía al cuidado de la fortuna familiar. Encarnación en cambio era más moderna y advertía la necesidad de postergar el cuidado exclusivo de las estancias y emprender una carrera política que le valdría a Rosas el reconocimiento de sus conciudadanos y, asimismo, plenos poderes en el manejo de las tierras de la frontera, el bien económico más codiciado de la época.

Luego del episodio de Pagola, Rosas convocó a los hacendados de la provincia para reunir 25.000 cabezas de ganado que se entregarían a la provincia de Santa Fe como forma de compensar los daños causados por la guerra que Buenos Aires había llevado contra ella. Pero pronto se disgustó con la política del gobernador Rodríguez, especialmente en el manejo de la cuestión indígena, abandonó el servicio y en febrero de 1821 estaba de vuelta en Los Cerrillos que entretanto había sido saqueada por los malones.

Pero el esfuerzo de Juan Manuel había valido la pena: como recompensa a sus servicios, el joven Cincinato, como lo apodaba la prensa porteña, recibió muchas leguas de campo en la provincia de Buenos Aires y en la de Santa Fe. Ya era socio de los Anchorena, con los que se había iniciado en los secretos de la buena administración, y sus negocios particulares continuaron con renovado impulso: en abril de 1822 la sociedad que integraba con Terrero y Dorrego compró la estancia del Pino, en el pago de La Matanza que había sido hasta 1805 propiedad del abuelo de su esposa, el comerciante bearnés Felipe de Arguibel, y luego había pasado a manos de los Saraza y del Pino. Era una hermosa propiedad, cercana a Buenos Aires, con buenos pastos y aguadas y que se convirtió en el lugar de veraneo favorito de los Rosas que la guardaron para sí cuando se disolvió la sociedad. [85]

“Esa era la posesión favorita de mi madre, donde ella iba a cambiar de aire todos los años antes que tatita tuviera la desgracia de presidir Buenos Aires, y por consiguiente tengo recuerdos inolvidables de los felices momentos que pasé allí en mis primeros años”, escribe Manuelita a una amiga en 1865 invadida por la nostalgia de la campaña bonaerense. [86]

De esas estadías en el campo queda la única mención a la intimidad sexual del matrimonio Rosas: relata Mansilla en sus Memorias que su tía lo llevó cuando apenas tenía cuatro años (hacia 1835, por lo tanto), a la estancia del Pino: “En una cama muy ancha entre ella y mi tío Juan Manuel dormía yo el sueño de la inocencia. Una noche sentí que me sacaban del medio”. [87] Encarnación parece así bien dispuesta al amor, aunque fuera junto a este pequeño e indiscreto testigo; su suegra en cambio, cumplía con el ritual matrimonial dentro de cánones más rígidos.

El primer hito en la vida política de Juan Manuel de Rosas fue el año 1820; el segundo, el de 1827/28 cuando volvió al favor oficial y fue designado por el gobernador Dorrego comandante general de la campaña, cargo clave desde el cual manejaba la cuestión de las tierras de la frontera y podía beneficiar largamente a sus parientes y amigos. Ni en una ni en otra ocasión se sintió cómodo con el gobierno. Pensaba que las cosas no se hacían según su criterio y que no se le prestaba la consideración que merecía. Pero al ser Dorrego destituido por una rebelión militar, Rosas se puso al frente de la resistencia, buscó apoyo entre los caudillos amigos del interior, como el gobernador de Santa Fe, Estanislao López, y dio los pasos necesarios para derrotar a los decembristas que habían fusilado a Dorrego (1828). El prestigio que se había ganado en la campaña, sumado a la confianza que le tenían sectores poderosos de la capital, lo llevó rápidamente al poder: en diciembre de 1829 fue elegido gobernador por la Legislatura de Buenos Aires que le otorgó facultades extraordinarias, indispensables, suponíase, para restablecer el orden.

Cuando en la década de 1920 los historiadores polemizaban en torno al tema de Rosas, algunos se preguntaron sobre la injerencia de Encarnación en este período crucial. Todos estaban acordes en reconocerle un lugar primerísimo en la revolución de los Restauradores, ocurrida en 1833, pero, ¿qué había hecho ella hasta entonces? Los historiadores se dividieron.

Algunos rechazaron de plano los aspectos más urticantes, para un punto de vista architradicional, de la actividad política de la mujer de Rosas. Monseñor Ezcurra llegó a negar la autenticidad de las cartas de Encarnación que se guardan en el Museo Mitre; incluso negó que la familia de Rosas pasara temporadas en la estancia de Los Cerrillos, mucho más colorida y salvaje que la del Pino (luego rebautizada San Martín). Carlos Ibarguren sostuvo, en cambio, que las cartas eran auténticas y las usó con inteligencia para hacer la biografía de Juan Manuel y la de Manuelita. [88]

Pero quien aportó pruebas concretas anteriores a 1833 fue Carlos Correa Luna: sostuvo la opinión de que la mujer de Rosas había tomado parte activa en la política antes de que los acontecimientos del 33 revelaran sus condiciones extraordinarias para la movilización de las masas. “Por cierto, dice, si la enérgica señora -‘compañera y amiga’, mucho más que simple consorte del héroe de la Federación – pudiera oírlos (a los historiadores que negaban su actuación) nada igualaría en elementos pintorescos a la escena en que los obligaría a retractarse”.

“Basta en efecto un mínimo conocimiento de la vida criolla para comprender que si en lo privado, desde 1814 (sic) año en que se celebró el matrimonio, fue irreprochable la unidad de la inmortal pareja, aún más grande, más apasionada y ardiente debió mostrase en lo público la identificación de la esposa con los ideales políticos de su incomparable marido.” “¿Quién no ve a la férrea y orgullosa mujer consagrada con furia desde el primer instante, a la tarea de mantener encendida la llama del entusiasmo federal en el corazón de los correligionarios? Así su frenética exaltación de 1833 por conservar intacta la autoridad del Restaurador, es la misma de 1820 cuando contribuye con sus votos a la derrota de los amotinados del 1º de octubre, la misma de 1828 cuando propaga el horror a los despiadados verdugos de Dorrego, y la misma de 1829, de 1830, de 1831 y de 1832, cuando por fin, encumbrado el caudillo a la suprema grandeza, debe, sin embargo, seguir su formidable pugna con los ‘parricidas’, cismáticos, y demás endiablados opositores a la gloriosa causa de la Federación que él representa y dirige.”

En apoyo de su tesis, Correa Luna publica una carta de Encarnación a Rosas, en julio de 1831, que dice: “Los unitarios se han vuelto a erguir con la demasiada condescendencia que hay con ellos; están insolentes. Dios quiera que no tengamos pronto que sentir por una caridad tan mal entendida; permíteme esta franqueza”.

Luego de solicitar de este modo mayor dureza en el gobierno, lo pone al tanto de ciertos problemas doméstico/políticos: “No hay otra cosa sino que te vienes pronto, porque me ha parecido tiempo de decirte si habrá un medio de que no venga a casa esa soldadesca infernal que te sirve como de escolta. Todos están abusando de la buena hospitalidad de nuestra casa. Han cometido toda clase de crímenes sucios y escandalosos. Mi conciencia y el saber tu moral, lo que proteges las buenas costumbres, y últimamente mi deber me deciden a esto como madre de familia. Yo no creo un momento esto te parezca mal, mas aunque así fuera, yo no he hecho más que llenar mi deber, y me es bastante. A otra cosa: Juan Manuel, hasta la evidencia se sabe, en Buenos Aires, que don Vicente Lagosta, don Francisco Dechan, y el capataz de Irigoyen, don Manuel Tejeda, son los ladrones de tu fortuna y la de infinitos vecinos del partido. Con el mayor escándalo roban y es intolerable. Los cueros se traen a la ciudad por Santa Catalina. Hay personas que lo certifican: y se introducen también las barricas vacías de harina para los saladeros, trayéndolos frescos. Este, pues, Lagosta, es un malvado, descrédito de la autoridad. Si quieres te diré (como si no fuera bastante) lo que sé de él. Te he hablado demasiado. Así lo hago con vos y con documentos lo probará tu amiga y compañera. Encarnación Ezcurra”. [89]

Así ponía la señora de Rosas límites a su marido. En primer lugar, en cuanto a la suerte de escolta que lo acompañaba en su casa (la mansión de los Ezcurra se había ampliado mediante la compra de casas vecinas). Elementos indeseables, adulones, violentos, puede imaginarse hasta qué punto incomodarían a la familia del gobernador, y por una vez al menos, Encarnación se coloca en el rol de madre de hijos adolescentes, Juan, de 16 años, y Manuela, de 14, que pueden ser perjudicados por estos malos ejemplos y pésimas compañías. Esa tendencia a rodearse de un círculo de confianza, típica de los hombres que están en el poder, mereció también el repudio de la madre de Rosas. Las dos mujeres más próximas al Restaurador conocían sus debilidades y lo prevenían justificadamente.

Encarnación demuestra en esta carta conocer a fondo la personalidad de su marido, quisquilloso y desconfiado y por eso al criticarle a sus colaboradores, tales como Lagosta, que era representante de Rosas para la compra de hacienda y otros negocios menores, lo hace con precisión y reservándose las pruebas. [90]

Pero además el cuadro que ofrece este documento es inesperado: tres años de gobierno absoluto han convertido a Juan Manuel, el celoso administrador de tantos establecimientos rurales, en un hacendado que tolera los mayores desórdenes en su círculo íntimo y hasta se deja robar hacienda, la peor de las debilidades en el criterio de un estanciero prudente. Pero este cuadro salido de la pluma de Encarnación, que si bien era sostén incondicional de su marido no era ciega ni tonta, deja flotando una duda. ¿No habrá sido siempre Rosas propenso a rodearse de amistades rústicas que bajo disfraces campechanos se aprovechaban del rico hacendado? Este parece un rasgo propio del gran señor rural, convertido en dueño de vidas y haciendas, con acceso fácil a cantidades de tierras y de ganados y que prefiere ganar amigos de este modo aun a costa de sus intereses particulares y de la tranquilidad de su familia.

No se conoce la respuesta de Rosas a la firme misiva de su esposa aunque es posible conjeturar que, a partir de ese y otros planteos domésticos, Encarnación lograra imponer su autoridad en el hogar, en forma tal de poder seleccionar los que eran sus amigos de confianza, al menos en su casa de la ciudad y en sus residencias campestres favoritas. No hay protestas similares en la correspondencia de 1833/34, lo que hace suponer que Encarnación estaría más conforme, o que supo discriminar entre los amigos políticos con los que podía mostrarse permisiva, y los corresponsables del manejo de sus bienes, que merecían otras exigencias. Por otra parte, el problema del círculo del Restaurador se agravaría a su muerte, cuando en Palermo faltó la persona de autoridad capaz de poner límites a esa necesidad, tan clásica de los políticos, de rodearse de adictos de dudosa catadura que siempre padeció Rosas.

En cuanto a la incidencia de lo estrictamente privado en las preocupaciones de la pareja, merece citarse una breve carta de mayo de 1831, enviada por Encarnación a “su querido compañero” y que dice: “Recién he recibido tu estimada del 24 pasado y te envío los mil y quinientos de caballería y quinientos de infantería, toda la milicia activa.

”Todos estamos bien: Madre y Pepa siguen en el campo. Bond concluyó sus días el dos del corriente.

”Memorias de todos los de casa y adiós de tu afectísima compañera y amiga”. [91]

Las referencias son escuetas y precisas: han marchado las milicias, doña Teodora y María Josefa están en la estancia y Enrique Bond ha muerto dejando viuda a la hermana de Rosas, Manuela, y huérfanos a los tres hijos de la pareja, pero este duelo familiar no merece comentario alguno.

A fines de 1832 Rosas se aleja del gobierno descontento porque la Legislatura, que lo ha reelegido, no le renueva el uso de las facultades extraordinarias. Dispuesto a ganar nuevos laureles lejos de Buenos Aires, marcha al desierto en el otoño de 1833. Planea, además del avance sobre la frontera, una operación política original que pondría de manifiesto el especial manejo de la psicología de las masas de que hacía gala la fracción del partido federal que encabezaba Rosas. En este manejo, dos mujeres, Encarnación y María Josefa Ezcurra, desempeñarían un rol principalísimo.

Tulio Halperin, en Revolución y guerra, observa que fue en la década de 1820 cuando en Buenos Aires pudieron advertirse dos realidades: una, que “la disolución del estado central devuelve un inmenso poder a las grandes familias que han sabido atravesar la tormenta revolucionaria salvando el patrimonio de tierras y clientes acumulado en los tiempos coloniales”; la otra, que en las alternativas de la política urbana se destacan quienes, como lo ejemplificó Gregorio Tagle, el defensor de la tradición católica y enemigo acérrimo de Rivadavia, demostraron capacidad para formarse una clientela personal, “gentes del pueblo, con los que conserva relaciones por medio de sus agentes, del barbero y del peluquero, de sus comadres que son numerosas y le permiten recoger noticias para facilitar sus intrigas”. [92] Los hombres de talento político, como Rosas, supieron advertir estos matices. Juan Manuel que sabía esperar y era ducho en el arte de conquistar a la gente humilde sobre la base de un ajustado equilibrio de rigor y de favores, recurrió muy especialmente a la colaboración de las mujeres de su familia para tejer la urdimbre de su poderío en el sector urbano y también en los pagos de la campaña.

Ramos Mejía, uno de los historiadores del 900 que mejor han comprendido los vericuetos de la historia social, dice a este respecto que “todas las mujeres de la familia de Rosas lo sirvieron con entusiasmo que trasciende al orgullo de raza, y algunas con fanatismo. Excepción hecha de las dos más salvajonas -a las que no menciona pero, suponemos, eran Andrea y Mariquita, o tal vez Gregoria- a todas puso fríamente a contribución. A unas les pidió su incomparable belleza para usar honesta y respetuosamente su influencia; a otras, su energía, sus relaciones, la constancia de su empecinamiento dócil a la presión de las necesidades políticas; muchas otras cosas a otras mujeres que vinculara de niño a su destino”.

Está claro que la belleza incomparable es la de Agustinita, la esposa del general Mansilla, presencia infaltable en las tertulias de Rosas; mujer sin preocupaciones políticas, según la muestra su hijo, Lucio V., pero muy adicta al hermano mayor, al que denominaba tatita, y pedía la bendición, tanto era el respeto que le tenía profundizado por la diferencia de edad que había entre ambos. Con Mercedes, la novelista, autora de María de Montiel y de otros títulos, Rosas era más compinche, tenían la misma afición por las bromas pesadas que se prodigaban mutuamente y ella se reconocía como federal fervorosa, lo que le valdría las pullas de José Mármol en Amalia donde la hace recitar sus poesías en las grandes fiestas oficiales. Pero ellas no eran las verdaderas mujeres políticas de la familia.

Sí lo eran en cambio Josefa y Encarnación, lo mismo que otras madres y esposas de destacados hombres públicos de la época.

“En ese tiempo, y también en otros más remotos, cuando este país no tenía aún verdadera personalidad política, casi todas las mujeres de nuestros hombres públicos participaban con sus consejos y su instintiva acción de la vida pública del marido. La pasión colectiva arrastraba a todas en la vorágine”, escribe Ramos Mejía. “Doña Bernarda Rocamora, doña María Buchardo y doña Trinidad Mantilla, esposas respectivamente de los generales, Marcos, Antonio y Juan Ramón Balcarce, fueron mujeres de ese temple. Las tres influyeron en el valiente espíritu de los guerreros que en diversas circunstancias tuvieron en sus manos el destino de la patria; y las tres, imperiosas y dramáticas, aunque sin salir fuera del radio de su amable hogar para buscar como doña Encarnación la luz pública del escenario.” [93]

He aquí, en las palabras de Ramos, por qué el estilo de Encarnación provocaba tanto rechazo entre sus contemporáneos y también entre los historiadores que se ocuparon del tema: ella pretendía salir del ámbito doméstico para hacer política en la sociedad criolla. Eran los tiempos en que la tertulia familiar convocaba a los varones y mujeres de distintas edades en un mismo grupo y en que tales reuniones podían ampliarse a amigos y conocidos, incluso a los viajeros extranjeros que tantas páginas han escrito sobre ellas. En el 900, cuando escribía Ramos Mejía, los clubes exclusivos de hombres y los incipientes partidos políticos habían alejado a las mujeres de la clase pudiente de la cosa pública. Sólo las militantes socialistas o anarquistas se atrevían a ocuparse de temas que antaño apasionaban a las matronas criollas al estilo de la Medea Berrotarán satirizada por Lucio V. López en La gran aldea.

Pero la labor política de las hermanas Ezcurra fue debidamente reconocida por un contemporáneo de ellas. José Mármol, enemigo acérrimo de Rosas que hace sin duda un retrato grotesco de María Josefa, a la que, con cierto cinismo, enfrenta con Eduardo Belgrano, apellidado igual que el antiguo amante de la dama, pero más allá de estos mensajes entre líneas, destaca que “estas dos hermanas son verdaderos personajes políticos de nuestra historia, de los que no es posible prescindir, porque ellas mismas no han querido que se prescinda, y porque además las acciones que hacen relación con los sucesos públicos no tienen sexo (…). Los años 33 y 35 no pueden ser explicados en nuestra historia sin el auxilio de la esposa de Juan Manuel, que sin ser malo su corazón, tenía, sin embargo, una grande actividad y valor de espíritu para la intriga política; y los años 39, 40 y 41 no se entenderían bien si faltase en la escena histórica la acción de María Josefa Ezcurra”.

Mármol, que era un feminista intuitivo y sabía indagar en el alma de las mujeres, sostiene que ambas hermanas actuaban por pasión, sin cálculos mezquinos, y prefiere atribuir dichos cálculos a Juan Manuel, el varón que comandaba el clan familiar. [94] Por su parte, Mansilla es categórico al apreciar los servicios de Encarnación a la causa federal: “Sin ella quizá (Rosas) no vuelve al poder”, dice, pero calla toda información referente a María Josefa con la que no lo unía, ciertamente, ningún parentesco. [95]

En cuanto a los historiadores de la corriente del revisionismo rosista, como Julio Irazusta, reducen el papel de Encarnación al de “uno de los mejores elementos de la política del caudillo” y considera errónea la interpretación de Ramos Mejía que pretende demostrar, a través de las cartas escritas en 1833, “que en la pareja política, la virago que era su mujer resultaba más varonil que su marido”. [96]

Decía Ramos: “Allá por el año 1833 hubo un momento en que toda la política argentina estuvo en sus manos”. [97] ¿Toda la política del país en manos de una frágil mujer? La afirmación resulta asombrosa, casi un escándalo. Pero veamos los testimonios de ese año crítico en que las facciones se enfrentaron por el poder: de un lado, los federales netos o apostólicos que reconocían a Rosas como a su jefe supremo; del otro los federales doctrinarios o cismáticos, contrarios a las facultades extraordinarias del gobernador, es decir, a la dictadura legal, y que respaldaban al gobernador Juan Ramón Balcarce que desde diciembre de 1832 había reemplazado a Rosas en la primera magistratura provincial.

Los clanes familiares echarían leña al conflicto político; cada bando disponía de mujeres aguerridas; pero el de los Rosas y Ezcurra llevaría la delantera, y mientras Juan Manuel cumplía las etapas de su campaña al sur, Encarnación manejaba con soltura los hilos de la política. No era la primera oportunidad en que ella quedaba al frente de los negocios de la familia, pero esta vez la ausencia del marido sería más prolongada y más graves los asuntos que tuvo que resolver sola y sin su consejo.

El 23 de marzo Rosas inicia su marcha al desierto. Todavía son buenas sus relaciones con Balcarce, según lo prueban los favores que el gobernador le pide, a solicitud de su esposa, Trinidad. Pero en abril la relación entre los elementos rosistas y el gobierno se deteriora con motivo de las elecciones para renovar la Legislatura de Buenos Aires en las que triunfa la lista federal cismática, apoyada por Balcarce y los generales Martínez y Olazábal. Los comicios complementarios de junio llevan la disputa al rojo vivo. Es ésa la ocasión en la que los cismáticos se ganan el mote de lomos negros, porque presentan su lista orlada de negro para competir con el color punzó de los federales netos, sus adversarios.

A partir de esa fecha, y hasta mediados del año siguiente, la lucha por el poder entre las dos facciones que aspiran a dominar el gobierno de Buenos Aires será ardua, despiadada, sin cuartel. En ella Encarnación Ezcurra tomará francamente el liderazgo. Ausente su esposo ella reunía las cualidades necesarias para las horas de riesgo, porque los federales “de categoría” o “de casaca” del círculo rosista -Anchorena, Guido, Arana, García de Zúñiga y hasta Prudencio Rosas y el general Mansilla- no tenían la simpatía de las masas que acaudillaban los comisarios de la ciudad y los jueces de paz de la campaña que sí estaban en excelentes términos con la mujer de Rosas.

La estrategia rosista había entendido bien que no podía reducirse al círculo o a la capilla, había que contar con apoyo popular y ésta era una premisa surgida después de la Revolución de Mayo. Los federales doctrinarios, opuestos al autoritarismo como sistema y más legalistas, no tenían una concepción tan sutil de la acción política. Planteada la cuestión en estos términos, una táctica hábil, liderada por mujeres de la clase pudiente, podía alcanzar resultados importantes.

Encarnación actuaría en las altas regiones de la política, explica Ramos Mejía, mientras María Josefa lo haría en los bajos fondos de las clases más humildes pero dóciles y por eso mismo sometidas al soborno generoso y a la amenaza. [98] En tiempos en que el Estado no cumplía un rol benefactor y en que la Iglesia, muy afectada por la Revolución de Mayo y la reforma rivadaviana, tampoco podía desempeñar su papel tradicional, sólo las grandes familias estaban en condiciones de ejercer el patronazgo de los pobres y naturalmente exigían como contrapartida de sus servicios el apoyo incondicional a su proyecto de poder.

La mujer de Rosas tenía 38 años de edad cuando tuvo la gran oportunidad de sobresalir en la lucha política. Su hermana Pepa, 48. Los hijos, como se ha visto, no le daban preocupaciones. Por otra parte, a ella no le interesaba la sociedad ociosa de que disfrutaban las mujeres de su clase ni las tertulias insípidas de que hablaron los viajeros; tampoco las manifestaciones de cultura, ni los libros de buenos autores europeos que deleitaban a las señoras románticas que se habían enrolado en el bando unitario. Prefería admitir en su círculo a los hombres de catadura dudosa, siempre que sirvieran a los intereses de Rosas. Su influencia se extendía a los pagos donde la pareja tenía sus estancias; tenía una relación estrecha con el juez de paz de San Miguel del Monte, Vicente González, figura clave en el control de la provincia para la causa apostólica y su acción abarcaba a los caudillos del interior como Quiroga, López y los Reynafé. Todos la conocían, la respetaban, la amaban o le temían.

“Los comisarios Chateyro, Parra, Cuitiño y Matías Robles constituían el grupo de tertulianos más asiduos, y los comandantes Martín Hidalgo, Benavente, Alarcón, Castillo y otros iban y venían con órdenes y consignas de todas partes. El general Pinedo, que era fiel ejecutor, veíase a diario con doña Encarnación, y al observarlo, hablando con ella, hubiérase dicho que escuchaba las órdenes del mismo Restaurador, a tal punto era marcial y respetuosa su apostura.” [99]

Tomás de Iriarte, el militar que en sus Memorias ha dejado un cuadro irreverente de la sociedad de la época, y que integraba la facción de los cismáticos, dice de ella: “Mujer vulgar, sin educación ni costumbres, se puso en contacto con los hombres oscuros y degradados, con ofertas y promesas de grandes recompensas que les dispensaría Juan Manuel, reunió considerable número de prosélitos del más bajo jaez, pero de armas tomar: no desdeñó a los carniceros ni a los hombres más corrompidos e inmorales perseguidos por sus crímenes en épocas. (…) Tomando el nombre de Juan Manuel hizo varias adquisiciones de hombres con quienes contábamos y que las promesas de la mujer de Rosas decidieron a una infame defección”.

Se trataba, pues, según confiesa entre líneas el mismo Iriarte, de una competencia por ganarse a los mismos hombres con procedimientos similares. En cuanto a la diferencia entre Encarnación y Trinidad Mantilla, la esposa de Balcarce, la destaca el mismo autor al narrar que en una oportunidad en que escuchaba las agresiones que soportaba el gobernador en su propio despacho recibió esta invitación de la esposa: “Balcarce está solo, esos hombres lo insultan, vayan ustedes a defender al gobernador, a su amigo”. [100]

Encarnación no necesitaba proteger de ese modo a su marido. En cambio estaba en condiciones de dar aviso a sus compadres preparándolos para los sucesos que se avecinaban: “La acción de una Logia encabezada por el ministro de guerra Enrique Martínez y el general Olazábal de acuerdo con el actual gobernador tratan de dar por tierra con el referido mi esposo (…) para cuyo efecto han tenido la perversidad de unirse a los unitarios más exaltados haciendo venir con el mismo objeto muchos de ellos de Montevideo. Espero que no se deje sorprender pues aquí estamos ya alerta para cualquier cosa y usted debe hacer lo mismo precaviéndose de las órdenes que pueda recibir de estos hombres mal agradecidos. Expresiones de toda la familia para la de usted, disponiendo del afecto de su servidora y muy amiga que espera le comunique la menor novedad que ocurra por ese punto”. [101] Esta carta fue dirigida a González, el Carancho del Monte.

Encarnación tiene opinión formada acerca de por qué se perdieron las elecciones de abril: “Fueron ganadas por nuestros enemigos sin oposición, pues nada se trabajó para que no lo lograran. Esto los volvió altaneros y jactanciosos -le escribe a su marido a fines de junio- y públicamente hablaban de la caída de Rosas. Pero en los comicios últimos las cosas se revirtieron pues los paisanos empezaron a entender que era contra la federación y contra vos, se movieron y empezaron a trabajar, dándoles una lección práctica que ellos no se venden a los malvados”.

Con prosa ágil, plagada de errores de ortografía, relata a continuación las alternativas de la jornada electoral del 16 de junio: como en la parroquia de la Merced decían los cismáticos que estaban ganando, “no te puedo ponderar el furor de los nuestros, todos se querían ir afuera a reunirse allí para imponerse, no hubo más agitación cuando se hicieron en tiempo de Lavalle”, opina, refiriéndose a otras elecciones reñidas y sangrientas, las del año 1828, en que cada facción recurrió a los militares amigos para obtener el triunfo.

Continúa narrando que en esta oportunidad los federales netos estaban enardecidos y sólo se los contuvo diciéndoles que Rosas no aprobaría más violencia; pero hubo algún episodio de sangre: el sargento Bernardino Cabrera, estando en la parroquia de la “Conseción” (sic), vio que el oficial de justicia Fernández (cismático rabioso) daba una bofetada al comisario Parra (apostólico ferviente) y como represalia “sacó su espada y le hizo un arañito”. [102]

La prensa liberal calificó el “arañito” de herida grave, compensó a Fernández con mil pesos y Cabrera fue a parar a un pontón con una barra de grillos. Todavía meses después se seguía informando sobre el estado de salud de Fernández. [103]

Encarnación incluía en esta carta expresiones muy sinceras, tal era su estilo, que hacen a la relación con el marido: “Todos me encargan te diga andes con precaución a este respecto. Esto se está poniendo malísimo, la debilidad de los nuestros y la osadía de los otros todo lo desquician. Dime algo, soy tu mejor amiga, los paisanos me quieren, tengo bastante resolución para ayudarte. Qué gloria sería para mí si algún día pudieras decir: más me sirvió mi mujer que mis amigos; yo no tengo miedo, creo que todas las cosas emanan de Dios y que estamos obligados, todas las clases, a trabajar por el bien general. En esta casa se agolpan los nuestros, yo no puedo menos que recibirlos, no teniendo ninguna instrucción tuya, por lo que ataca el Iris (periódico cismático) mi casa con palabras descomedidas”.

Era sin duda la mejor amiga del Restaurador, pero éste mantenía su reserva y utilizaba con ella los mismos silencios con que manejaba a sus demás partidarios. Encarnación, con veinte años de casada, se empeña en mantener los espacios ganados en el favor de su esposo a fuerza de servicios inteligentes y de lealtad, pero más allá de estos coqueteos, como bien ha señalado Correa Luna al dar a conocer esta carta, “Hay algo innegable: este matrimonio ejemplar pensaba con un solo cerebro, un cerebro político”, y ésta era un arma formidable. [104]

En esta lucha los lomos negros pretendían mantener la ficción de que Juan Manuel era ajeno a lo que tramaban sus partidarios. [105] Pero buena parte de los ataques de la prensa cismática se dirigían a la familia de Rosas; acusaban a Juan Manuel de nepotismo porque durante su gobierno (1829/1832) había colocado a sus hermanos y a sus cuñados en cargos claves de la administración y denunciaban a la casa de los Ezcurra por su activismo federal neto: “Sabemos por conducto fidedigno, que de cierta casa de esta ciudad, que aún aspira a la dirección exclusiva de los negocios, se dirigen cartas a varios puntos de la campaña con el objeto de alarmar a algunos comandantes de milicias contra el gobierno legalmente constituido (…) Esta misma casa ha sido tachada en la guerra de la Independencia de goda y antipatriota, y en ella se protegía públicamente a los españoles despreciando a todos los patriotas, pero hoy, como por encanto, se ha vuelto a pretender ser la más liberal y afecta a los principios republicanos, aspirando a dar el tono a la política del país”. [106]

Estaba vivo aún en Buenos Aires el recuerdo de la gran división ideológica que produjo la Revolución de Mayo. Pero El Defensor de los Derechos del Pueblo, que ha publicado esta denuncia, avanza más aún y a principios de agosto ataca ya directamente a la mujer de Rosas a la que tacha de “chupandina” (borracha) y denuncia que el coche de Encarnación ha atropellado a un desgraciado a la salida del teatro enviándolo al hospital y, lo que es más grave, “que una señora que pertenece a una casa que poco ha jugaba un gran rol en la política ha dicho que desde el señor gobernador hasta el último de los liberales están destinados a arrastrar una cadena de orden de los patronos de esa misma casa”. En otras páginas se relatan todos los actos de ultraconservadurismo que marcaron a la primera administración de Rosas que van desde la autorización para vender esclavos recién traídos a la provincia, contrariando el espíritu de la legislación vigente, hasta el envío por la fuerza de mujeres comunes a la frontera con el pretexto de que son prostitutas. [107]

Encarnación, atenta a esta guerra de denuncias, ofrece 300 pesos por los originales de los comunicados con denuncias sobre el mal manejo de la tierra pública en tiempos de Rosas, contra Prudencio Rosas por el presunto robo de caballos en Córdoba “contra María Josefa, mi hermana, y otro contra esta casa que dice es la patrona de los godos”. [108]

Pone al corriente a su marido de que se ha declarado una suerte de guerra entre las mujeres de los líderes políticos de la ciudad: “la mujer de Balcarce, el gobernador, anda de casa en casa hablando tempestades contra mí, lo mejor que dice es que he vivido en la disipación y los vicios, que vos me mirás con la mayor indiferencia, que por eso te he importado poco y nunca has tratado de contenerme; te elogia a vos, cuanto me degrada a mí, éste es el sistema porque a ellos les duele por sus intereses el perderte y porque nadie da la cara del modo que yo, pero nada se me da de sus maquinaciones, tengo bastante energía para contrarrestarlos, sólo me faltan tus órdenes en ciertas cosas, las que las suple mi razón y la opinión de tus amigos a quienes oigo y gradúo según lo que valen pues la mayoría de casaca tienen miedo y me hacen sólo el chúmbale”. [109]

Encarnación revela aquí madurez para soportar los agravios y una comprensión impecable del carácter y de los riesgos de la lucha facciosa en la que es preciso saber dar y también recibir mandobles. Mientras su rival, la Mantilla, esposa de Balcarce, es la más fuerte dentro de la pareja, y hace variar las opiniones del marido según sus impulsos, la mujer de Rosas se revela tan fuerte como él, lo que no es poco, y en esta oportunidad es ella la más expuesta a los peligros. Teme, sí, por la vida de Juan Manuel, al cual le advierte en esos días la posibilidad de un atentado, a cargo de un mulato, muy unitario, que ha ido al ejército del sur, llevando de regalo un barril de aceitunas: “no las comas hasta que otro no las coma primero, no sea gancho”. [110]

Hay otras mujeres destacadas en el grupo federal: además de Pepa Ezcurra, está la mujer de Garretón, “que vale un perú para trabajar contra los cismáticos”, y la señora de Manuel Corvalán y toda su familia; Rosas, por su parte, elogia a la viuda del “benemérito paisano finado Martínez (…) Esa mujer ahí donde la ves, que parece no quiebra un plato, es una gaceta y muy buena picana para trabajar en la causa de los restauradores”; recomienda mucho también atraerse al clero.

Era preciso que estas señoras se empeñaran sin pausa para que los paisanos que acudían a ellas, en busca de protección y ayuda, no quedaran defraudados. Les hacían muchos favores y hasta atenciones de tipo personal. En lo de Ezcurra se protegía su salud, se les permitía jugar al billar y hasta se les prestaba el coche de la dueña de casa para que pasearan a sus comadres: de este modo los buenos federales participaban de las comodidades de la clase alta, inasequibles para los pobres.

Rosas alienta a su mujer en estos términos: “No repares en visitarlos, servirlos y gastar con ellos cuanto puedas. Lo mismo que con las pobres tías y pardas honradas, mujeres y madres de los que nos son y han sido fieles. No repares en visitarlas y llevarlas a tus paseos de campo aprovechando tu coche que para (eso) es y no para estarlo mirando”. [111] Además de estas tareas, Encarnación tenía otras menos amables: hacer fijar pasquines injuriosos contra los enemigos, contratar a quien les diera una buena paliza, preparar atentados contra las viviendas de los opositores, enviar listas de los amigos y de los enemigos de la causa a todos los pueblos de la provincia. En esto tampoco trepidaba como lo demuestra algún pasquín que se agrega a las cartas que intercambian los Rosas. Está dirigido contra Gregorio Tagle que en agosto había asumido como ministro de gobierno y se había empeñado en intentar una conciliación. Dentro del bando apostólico, Guido, Mansilla, Tomás Anchorena y García de Zúñiga parecían dispuestos a aceptar ese giro, pero Encarnación se oponía a toda transacción y ante la propuesta de Tagle de tener una conferencia con ella expresó: “Más la deseo yo para calentarle las orejas porque ya es tiempo de dejarnos de pasteles”. En cuanto al pasquín, decía así:

Señor don Gregorio TagleEl tiempo se acerca yaen que todos sus delitoscon su sangre va a pagar.Prepárese, pues, con tiempo,ya se puede confesarmire que dentro de pocoel violón le van a tocar.La noche que lo agarremosSaliendo de “visitar”la rubiecita su amiga;fijo lo hemos de matar.Alerta, señor ministro,que nada le valdrá,Su astucia ni sus intrigasEs malvado y morirá. [112]

El terrorismo estaba pues a la orden del día. También la propaganda mediante impresos y retratos, que era muy bien utilizada por la facción federal neta: “Encarnación y María Josefa deben hacer que las madres de los libertos les escriban del mismo modo y que les manden impresos. A esta clase de gente les gustan los versos, y también les ha de agradar el Restaurador con el retrato. Sería muy conveniente que se hiciese muy parecido sin pararse en el costo”, escribe Rosas a Felipe Arana desde su campamento en el Río Colorado el 28 de agosto y agrega “debe decírseles a las dichas madres que al regreso de la campaña les voy a dar de baja a todos ellos, para que vayan a atenderlas en su trabajo, bajo la seguridad que esto así lo he de hacer cuando se los quite el gobierno, pues que cuando él quiera oponerse ya ha de estar hecho”.

Tales promesas se compaginaban mal con la idea de guardián del orden que Rosas procuraba dar a su imagen pública; pero en esos momentos estaba más empeñado en socavar al gobierno y utilizaba en su afán su conocimiento de las preocupaciones básicas y de los anhelos profundos de las mujeres de condición humilde. Percibía la importancia de su rol en la economía familiar y su interés por conseguir protección y trabajo. Tampoco escapaba a su percepción la presencia en Buenos Aires de un nuevo actor social, el liberto, que gracias a los decretos de la Asamblea del año XIII debía ser emancipado al alcanzar la mayoría de edad convirtiéndose así en un posible factor más del triunfo de los rosistas si se sabía atender a sus intereses.

Pero el Restaurador se mostraba asimismo atento a las opiniones de las mujeres de estratos sociales más elevados y recomendaba a Arana hacer observar a la señora del coronel Rodríguez, que estaba junto a él en el Colorado, lo mismo que a las de los demás jefes “pues ya se sabe que las opiniones de las mujeres son generalmente las de los maridos”. [113]

Entretanto Encarnación prosigue infatigable su tarea de acción política. Escribe a todos; ningún posible amigo escapa a su solicitud, a su cortesía sencillista, tolerante, que conoce el arte sutil de poner la distancia necesaria sin que se advierta. Tiene motivos de satisfacción, pues su marido ha llevado a buen término su expedición al desierto, mientras se ha fortalecido en la provincia la causa de los apostólicos: “Las masas están cada día más bien dispuestas -le escribe- y lo estarían mejor si tu círculo no fuera tan cagado, pues hay quien tiene más miedo que vergüenza, pero yo les hago frente a todos y lo mismo peleo con los cismáticos que con los apostólicos débiles, pues los que me gustan son de hacha y tiza”. [114]

Mientras cunde la apatía general, sólo ella ha conservado “el calor necesario entre las masas”, reconoce Prudencio Rosas, su cuñado. Y otro federal neto, el diputado Mariano Lozano, corresponsal de Juan Manuel, le dice que Encarnación, “vale por mil mujeres” y que por su resolución y tesón hará el trabajo más grande para las próximas elecciones. [115]

La mujer de Rosas le escribe en esos días a Facundo Quiroga, que la ha designado su apoderada en Buenos Aires: “Nada molesto es para mí ocuparme de lo que usted considerase útil. Yo soy la favorecida en merecer la confianza con que usted ha distinguido a la esposa de su mejor amigo”. Ella se encargará de cobrarle las dos letras por varios miles de pesos en onzas de oro, pero al mismo tiempo, manda copia de cada carta que le envía a Quiroga a su marido. También se dirige a Francisco Reynafé, hermano del gobernador de Córdoba, preparándolo, lo mismo que a Quiroga, para los acontecimientos que se aproximan: “Soy la esposa del general Rosas y nada más me cabe agregar sino el voto de gratitud que me obliga a tributar a usted el reconocimiento debido”. [116]

Los acontecimientos se precipitan involucrando cada vez más a las grandes familias políticas de la ciudad. El 2 de octubre la prensa cismática publica un aviso en el que se solicitan materiales sobre la vida privada de los Anchorena, Zúñiga, Maza, Guido, Mansilla, Arana, doña Encarnación Ezcurra, doña Pilar Spano (de Guido), doña Agustina Rosas, doña Mercedes (Puelma) de Maza y de cualquier otra persona del “círculo indecente de los apostólicos”. [117] Dichos materiales son para Los cueritos al sol, publicación de nombre pintoresco que próximamente saldrá a luz.

Encarnación escribe ese mismo día a su esposo: “Esta pobre ciudad no es ya sino un laberinto, todas las reputaciones son el juguete de estos facinerosos, por los adjuntos papeles verás cómo anda la reputación de tu mujer y mejores amigos; mas a mí nada me intimida, yo me sabré hacer superior a la perfidia de estos malvados y ellos pagarán bien caro sus crímenes (…) Todo, todo se lo lleva el diablo, ya no hay paciencia para sufrir a estos malvados, y estamos esperando cuando se maten a puñaladas los hombres por las calles (…) Dios nos dé paz y tranquilidad”, concluye imprevistamente la aguerrida señora. [118]

En esas vísperas revolucionarias, no todas las mujeres admitían riesgo para su reputación con ánimo comparable al de doña Encarnación. Ante la amenazante publicación de Los cueritos, Andrea Rosas de Saguí, la hermana de Juan Manuel que tenía mejor relación con los liberales, acudió a casa de don Tomás de Iriarte acompañada por una tía del general, que era persona de su amistad. Venía a pedirle que usara toda su influencia entre los cismáticos para evitar un grave mal que tenía consternada a toda su familia: el temor de que al día siguiente se publicara una nota sobre la vida de Mercedes Rosas, una de las hermanas menores del Restaurador que aún permanecía soltera. “Esta señorita -afirma Iriarte- no tenía en efecto la mejor reputación en cuanto a castidad, hechos muy públicos y escandalosos la habían del todo desacreditado”. Pero conmovido por el pedido de doña Andrea, Iriarte le aseguró que intercedería ante el general Olazábal, que manejaba los ataques de la prensa, para detener tan lamentable publicación. La señora de Saguí, por su parte, se comprometía a realizar una gestión similar ante su cuñado, el general Mansilla, que cumplía las mismas funciones que Olazábal dentro del bando apostólico. Y de este modo cesaron por algún tiempo los excesos de la prensa porteña para reiniciarse poco más tarde. [119]

Por fin se llega al 11 de octubre en que un pretexto, el juicio de prensa contra el periódico El Restaurador de las Leyes, sirve para movilizar a las masas federales de los suburbios hacia el centro de la ciudad. La plebe reunida frente a la casa de justicia pretende ejercer el derecho de peticionar a las autoridades para defender a Rosas. Luego, mientras el gobierno de Balcarce, desconcertado, no sabe qué actitud seguir, grupos armados de federales apostólicos se hacen fuertes en Barracas, al sur de la capital, a la espera de adhesiones. Las tropas del ejército provincial se van desgranando en favor de los rebeldes. [120]

Rosas, a la distancia, procuraba no mezclarse en estos sucesos mientras fuera posible a fin de mantener su imagen de hombre de orden respetuoso del gobierno. Correspondía entonces a Encarnación reemplazarlo en el sitio de peligro y ella, gozosamente, llevaría el peso de la conducción política en medio de la crisis.

Su casa era el verdadero cuartel general de los revolucionarios, mejor dicho, su centro de informaciones, porque los Colorados rebeldes continuaban en los suburbios, sitiando a la capital y obstaculizando el abasto (procedimiento ya utilizado en el curso de 1828 para demostrar el poder de la campaña sobre la ciudad). Según lo había previsto Encarnación, los federales “de casaca”, temerosos, buscaron refugio en lo de diplomáticos amigos. Así lo hicieron Anchorena, Arana y Guido; Juan Nepomuceno Terrero, en cambio, prefirió mantenerse en su casa. En cuanto a Encarnación, gestionó ante Washington de Mendeville, el cónsul de Francia que estaba casado con Mariquita Sánchez, amiga de la familia pero opositora política, algún tipo de protección: “cuando el clima se agravó -explicó el cónsul al ministro de relaciones exteriores de Francia- muchas personas, entre ellas Madame Rosas, me hicieron solicitar si podían, en caso de acontecimiento, hacer depositar en mi casa lo que tenían de más precioso y venir a buscar asilo”. [121]

Sin duda el gobernador Balcarce no podía disimular su indignación contra la mujer de Rosas y le hizo decir que sólo por respeto a Juan Manuel no tomaba medidas contra ella. La respuesta jactanciosa de Encarnación fue que de miedo “lo iba a hacer compadre” y siguió impertérrita su labor, el dictado incesante de cartas reservadas y reservadísimas, que enviaba con el auxilio de dos secretarios de confianza, y en las que daba y requería información además de insuflar ánimo a sus colaboradores: “Cuidado, no tenga que enojarme porque usted flaquee, ya he echado para afuera muchos gordos, pero los maceta no hay quien los mueva”. Sus cartas concluían con vivas a la patria, a la federación y a sus valientes defensores, los montaraces. La ortografía, defectuosa como siempre, mantiene el estilo coloquial, chispeante, adaptado perfectamente a la necesidad de entenderse con hombres rústicos. [122]

Aquellos fieles amigos de doña Encarnación merecerían del científico Charles Darwin, que en los días del sitio anduvo por los alrededores de Buenos Aires, el calificativo de “despreciables granujas”; pero a ella, miembro destacado de la alta clase porteña, no le desagradaba ninguno de los defensores de los derechos “sagrados” de la causa federal.

En el curso de estas semanas de tanto riesgo, sin comunicación con su marido, pero segura del camino que debía seguir, creció la autoestima de la mujer de Rosas: “Sin embargo de ser de distinta letra las contestaciones a sus apreciables cartas de 19 y 22 del corriente -le dice a González- no le extrañe, pues en medio de mis preocupaciones me he valido de dos amigos que me han brindado sus plumas para servirme de secretarios. De suerte que estoy tan familiarizada ya con esta clase de ocupación y correspondencia, que me hallo capaz de dirigir todas las oficinas del fuerte. Ya le he escrito a Juan Manuel que si se descuida conmigo, a él mismo le he de hacer una revolución, tales son los recursos y opinión que he merecido de mis amigos”. [123]

Curioso párrafo éste en el que Encarnación revela el descubrimiento de su propia capacidad y también la fuerza interior que saca de dicho descubrimiento. Sabe manejarse con orden y, según su criterio, tiene amigos fieles que la siguen hasta la muerte y hasta se siente capaz de dirigir todas las oficinas del fuerte, en otras palabras de gobernar a la provincia. Ya no le teme al descuido o al desamor de Juan Manuel. Pero, ¿no ha ido demasiado lejos? Sin duda ha desestimado los límites que la sociedad impone a la acción política de las mujeres de su clase y paulatinamente la dama que ha escrito ese orgulloso párrafo encontrará que no puede avanzar más. Que ese desprecio sincero por los poderosos consejeros de su marido, y que tanta predilección por los pobres de la plebe adicta, no son del agrado de los federales “de categoría” y que a partir de los gloriosos días de octubre en que mereció ser apodada “ la Heroína de la Federación ”, sus posibilidades de acción serán rigurosamente limitadas.

“Tu esposa es la Heroína del Siglo: disposición, valor, tesón y energía desplegada en todos los casos y en todas ocasiones: su ejemplo era bastante para electrizar y decidirse, mas si entonces tuvo una marcha expuesta, de hoy en adelante debe ser más circunspecta, esto es, menos franca y familiar. A mi ver sería conveniente que saliera de la ciudad por algún tiempo. Esto le traería los bienes de evadir compromisos y de hacer paréntesis a las relaciones que si en unas circunstancias convenía cultivar, variadas éstas es preciso no perderlas pero sí alejarlas.” [124]

Estos consejos prudentes de Manuel V. Maza, uno de los que se había escondido en la hora de peligro, fueron dados a Rosas el 11 de noviembre; el día 3 la Sala de Representantes había exonerado a Balcarce y elegido gobernador al general Juan José Viamonte, un moderado, designado, según una versión, por influencia de Guido y que, para Encarnación, “no es nuestro amigo, ni jamás podrá serlo; así es que a mi ver sólo hemos ganado en quitar una porción de malvados para poner otros menos malos”. [125]

Pero de todos modos las señoras de la facción apostólica continuaban con su actividad política: Encarnación, acompañada por Pascuala Beláustegui de Arana y otras damas conspicuas, fue al campamento de la Convalecencia, donde pernoctaba el ejército restaurador, y distribuyó proclamas entre los soldados. Eran días de júbilo para los Colorados, de festejos populares, bailes y borracheras. Mientras, los jefes de los liberales partían silenciosamente al exilio en previsión de las represalias que tomarían los vencedores.

La mujer de Rosas había forzado la emigración de los cismáticos. Gente de su confianza había baleado las ventanas de los Olazábal y un atentado similar se produjo contra lo de Iriarte. El propio gobernador Viamonte tuvo que decirle al general Martínez que no respondía de su vida si se obstinaba en no salir del país. Pero en esa oportunidad Iriarte fue recompensado por los servicios prestados al honor de los Rosas: doña Andrea avisó del ataque a lo de Iriarte a su hermano Gervasio y éste se ofreció a colocar guardias en la vivienda del general para que no corriera peligro. [126]

Atareada con tantos festejos y tantas represalias, doña Encarnación había dejado de escribir a su cónyuge. Por intermedio de Arana le enviaba recados diciendo que en toda la familia no había novedad, pero de hecho se hallaba dolorida por el silencio prolongado de Juan Manuel. El Carancho González lo puso al tanto de ese disgusto: “Doña Encarnación está muy enojada con usted porque hace tiempo no le escribe usted -le dice en carta del 23 de noviembre- y yo temo que se enoje también conmigo; es preciso que usted le escriba porque usted está a salvo, está lejos y tiene fuerza reunida”. De algún modo, el fiel Carancho advertía que quien corría el riesgo era la esposa de Rosas mientras éste se mantenía a buen resguardo en el sur. [127]

Por fin a fines de noviembre Juan Manuel rompe su silencio con una larga y noticiosa carta, pródiga en indicaciones muy precisas sobre la forma de mantener y acrecentar el capital político logrado en las jornadas de octubre. Está satisfecho con la confianza que ha depositado en ella Quiroga, y con el hermoso caballo que le ha enviado, el mejor presente que podía hacérsele a Rosas. Envía recados, comenta otras noticias y le explica: “Tú sabes las cosas mías, que a veces estoy preguntando qué quiere decir esto o lo otro, no porque lo ignore, sino por diferentes razones que me ocurren y dichas por broma”. La aprueba incluso en sus acciones más violentas, y la estimula: “Hubieras hecho muy bien haberle hecho arrimar a Luna una buena paliza cuando andaba como un descomulgado y mis amigos lo toleraban ¡Cómo ha de ser!”, exclama. [128]

Encarnación acusa recibo de esta carta quejándose del prolongado silencio de su marido, pero aceptando al mismo tiempo las duras reglas que éste le impone: “Sin duda me ha sido fuerte no tener carta tuya desde fecha 30 y 9 de octubre hasta la del 26 de noviembre, y aunque tenía en mi alma un disgusto insufrible, te aseguro que me ha complacido en parte para que conozcan muchos zonzos políticos lo que vales y la nada que son ellos; ya que estás escaso de noticias te hablaré algo, y no sería extraño que con preferencia a todos te hable con exactitud”, le dice.

“Juan Manuel -le aconseja, posesiva- a mi ver nunca mejor que ahora te debes retraer cuanto sea posible de los magnates que no hacen otra cosa que explotarte para vivir ellos con más comodidad, y sólo te muestran amistad porque te creen como en realidad eres un don preciso. Déjalos que marchen solos hasta que palpen su nulidad que no tardará muchos días.” Ella se ha distanciado ya de ese reducido círculo: “Todos los de categoría no tenían más paño de lágrimas que yo, y todo el día me molían; por aquí ya no aportan después del triunfo, no me importa nada, yo para nada, nada los necesito; y por sistema no me he querido valer de ellos para nada, sin dejar por eso de servir en cuanto puedo a los pobres”.

“El pueblo está tranquilo como que todo lo han hecho los pobres, que no tienen aspiraciones; el gobernador me ha visitado dos veces, no se lo agradezco, pues como mi nombre ha sonado por decidida contra los furiosos, me tiene miedo, y porque debe estar seguro no me he de callar cuando no se porte bien, es decir cuando haga la desgracia de mi patria y de los hombres de bien.”

Encarnación se siente defensora de una causa sagrada que le exige llegar hasta el fin sin claudicaciones. El objetivo es claro: recuperar todo el poder para Rosas. Lo demás es secundario. En ese empeño, se vanagloria de haber forzado la emigración de los jefes liberales y pasa revista uno por uno a los personajes del mundillo político de Buenos Aires: discrepa con Prudencio Rosas, porque apoya a Viamonte; Braulio Costa, el comerciante y político de larga actuación pública, es “un bribón”; Luis Dorrego y su familia, antaño socios y amigos de los Rosas, “son cismáticos perros, pero me ha oído este ingrato, y si alguna vez recuerda mis expresiones, estoy segura tendrá un mal rato”; la viuda de Manuel Dorrego, que había obsequiado a Rosas el sable de su esposo, el gobernador fusilado por los unitarios, es ahora otra cismática “aunque en esta prostituida no me extraña”. [129]

Al agravarse la lucha facciosa en la capital, se producían nuevas rupturas entre familias que habían cultivado una amistad estrecha, como los Dorrego y los Rosas. Por otra parte, algunas mujeres del círculo rosista acusaban en su salud física y mental las secuelas del enfrentamiento: “A Mercedes la he tenido muy en peligro -le escribe Maza a Juan Manuel-; en los ratos en que rompía en fuertes delirios, todo era reducido a las heridas que ella y yo y todos nosotros hemos recibido de las prensas sostenidas por los que descendieron. Está fuera de peligro aunque no muy buena”. [130]

Tal vez Mercedes intuía en sus delirios la tragedia que le esperaba seis años más tarde y que le costaría la vida de su hijo Ramón y de su marido. En cuanto a Encarnación, ni la politización, ni el riesgo de la acción que había comandado parecían afectarla: “te aseguro que aunque estoy flaca nunca he estado más sana”, le dice a Rosas. Piensa irse a la estancia San Martín a descansar unos días de las inquietudes sufridas. Aprovecha los primeros días del verano para recobrar fuerzas y en enero, cuando la causa federal cobra una nueva victoria con la legalización hecha por la Sala del alzamiento popular del 11 de octubre, ya está de regreso en Buenos Aires, activa e intrigante como siempre. Aspira a profundizar su amistad con Quiroga que ha fijado su residencia en la ciudad en diciembre del 33 y es requerido por los dos bandos en que se divide la política y mimado por los hombres de negocios que lo saben dueño de una fortuna considerable.

Quiroga visita la casa de los Ezcurra, pero se niega cortésmente a permanecer como huésped. Encarnación informa a su marido: “Le hice presente tus deseos y los míos porque viviera en casa, que ésta era cómoda, que vos antes de irte se la habías acomodado con esa intención, y sólo contestó dándome las gracias. Viendo que por aquí no sacaría partido, le dije que siquiera la ropa de él y sus niños me la mandara para cuidársela, y me dijo que no era preciso, porque una criada antigua estaba encargada de eso desde el otro viaje; en fin, le dije que mi coche era cómodo, que lo tenía como suyo, tal vez que le aprovecharía este ejercicio; a todo da las gracias, y lo único que me ha dicho, es que sabe que somos sus amigos y que será a nosotros a quienes ocupará cuando necesite algo”.

En realidad era el acaudalado Braulio Costa quien le había tomado la delantera a las Ezcurra en materia de hospitalidad: “con grosería se lo sacó de casa cuando llegó, cuando María Josefa ya le había mostrado toda la casa y le había dicho que podía venir con todos sus ordenanzas”. En lo de Costa se jugaba fuerte todas las noches; un pequeño círculo de personajes de la alta clase urbana, entre los que figuraba Prudencio Rosas, participaba de estas veladas: “Ha llegado a tanto la perversidad de estos hombres, que le han estado jugando con unos dados falsos hasta que Quiroga los pilló y han tenido una historia terrible”, decía Encarnación.

Su carta a Rosas concluía con una detallada información acerca de los caballos de tiro del carruaje que habían salido mal enseñados y por lo tanto fueron enviados a la estancia San Martín. La cuestión se solucionó alquilando otros, de lo más hermoso que había en Buenos Aires. Incluía también unos encargos domésticos relativos a la provisión de sirvientas para sus hermanas y cuñadas: “Muchos empeños tengo por chinitas de las cantinas, entre ellas Manuela Rosas, Petrona y Marica de Ezcurra, aquí hay algunas, Ramírez le ha mandado una a su mujer muy buena y bonita”. [131]

Si en enero (1834) los ánimos estaban apaciguados, en mayo la lucha facciosa había retomado todo su vigor. La mujer de Rosas confiesa sin remordimiento alguno haber sido la instigadora del atentado en casa del canónigo Vidal, de tendencia cismática, que costó la vida a un inocente: “Tuvieron muy buen efecto los balazos y alboroto que hice hacer el 29 del pasado (abril) como te dije en la mía del 28, pues a eso se ha debido que se vaya a su tierra el facineroso canónigo Vidal”.

El problema principal que la preocupa ahora, lo mismo que al círculo íntimo del Restaurador, es la posición oficial que éste debe asumir: en efecto, lo que hoy llamaríamos un doble mensaje, no puede sostenerse más: Rosas pretendía mantenerse aún lejos del centro de los sucesos y a distancia del gobernador Viamonte, al que ostensiblemente había quitado apoyo, pero al mismo tiempo corría peligro su imagen de guardián del orden, ya afectada por haber dado público respaldo a los revolucionarios de octubre. El general Guido le había advertido de esta contradicción que era preferible salvar apoyando a Viamonte, o reconociendo su voluntad de volver al poder. Es ahora Encarnación la que abandona su estilo chabacano y pintoresco para decirle estas palabras solemnes:

“Tu posición hoy es terrible; si tomas injerencia en la política es malo, si no sucumbe el país por las infinitas aspiraciones que hay y los poquísimos capaces de dar dirección a la nave del gobierno. Por ahora nada más te digo, sino que mires lo que haces”. [132]

Mientras el consejo de Guido tiende a la conciliación, el de la mujer de Rosas apunta a colocar a su esposo en la postura de salvador del país. Respalda así el íntimo deseo de Rosas de volver a gobernar con plenos poderes. Y esto es precisamente lo que ocurre. A partir de junio del 34 se produce la renuncia de Viamonte y su reemplazo por Maza. Rosas, que ha vuelto del desierto para ser colmado de honores oficiales -y premiado con la donación de la isla de Choele-Choel-, debe aguardar unos meses más: en febrero el asesinato del general Quiroga prepara el clima necesario para que la Legislatura lo elija gobernador con plenas facultades. Un plebiscito ratificará su liderazgo y, desde marzo de 1835 hasta febrero de 1852, Rosas será el dueño incuestionado del poder en la provincia y la figura hegemónica dentro de la Confederación Argentina.

Los Rosas habían visto así colmadas sus aspiraciones públicas, que eran también el proyecto de vida de esta pareja singular. Sin embargo, a partir de esta segunda llegada al poder de Juan Manuel, su mujer queda nuevamente en la oscuridad relativa de los documentos. Conviene pues echar una mirada sobre su vida privada.

El 9 de mayo de 1834 había escrito Encarnación que deseaba saber si su Juan Manuel quería que le hiciera una visita en el Azul, o donde quisiera, “pues si no me he puesto en viaje ha sido por no saber si sería de tu aprobación, pues para ello no tengo obstáculo y lo deseo mucho”. “Si me concedes vaya -agrega en la posdata-, da orden a don Vicente para que me mande la galera que dejó Pedro en Monte.” [133]

Doña Encarnación se siente segura de su amor y de su deseo de estar junto al marido, pero no parece tener la misma certeza sobre los sentimientos de él. ¿Teme disgustar con su presencia a su bello, autoritario y displicente esposo? Parece probable que en la pareja fuera ella la que más quería, la que más extrañaba; no se sentía dueña del afecto de Juan Manuel y, en ese sentido, se diferenciaba de su suegra, misia Agustina, que reinaba sin rivales en el ánimo de don León. Si bien no hay rastros de celos en la correspondencia del matrimonio, en la que priman los asuntos políticos, debe tenerse en cuenta que ésta es sólo una pequeña parte del total de cartas intercambiadas en 25 años de casados en los que sus ocupaciones mantenían a Rosas alejado de su hogar por períodos prolongados. Es difícil imaginar que Rosas no tuviera alguna mujer cerca en sus campamentos o en sus estancias al discreto estilo que adoptó en su viudez. Por otra parte, él tuvo buen cuidado de quemar parcialmente su documentación cuando se hallaba en Inglaterra; [134] por eso la historiografía queda siempre a la espera de nuevas pruebas sobre la relación de esta pareja.

Los contemporáneos también se interesaron por tales asuntos: supone Iriarte que fue a través de la acción política como Encarnación quiso ganar espacio afectivo, pero que la Heroína “nada adelantó en el corazón de su esposo, que la miró siempre, y la trató también, como a cosa de poco valor, y de la que no hacía ningún aprecio. Hasta se asegura que le puso después muchas veces las manos: la aborrecía y miraba con hastío”, agrega, rencoroso, al referirse a la mujer que había sido alma y directriz de los sublevados de octubre.

¿Son estas suposiciones el mero producto de la maledicencia de la aldea porteña, o contienen elementos de verdad? Pegar a la esposa como ejercicio de la autoridad doméstica no era algo mal visto en la familia Rosas; don León ejerció ese derecho simbólicamente con doña Agustina, y se lo recomendó a su yerno, el general Mansilla, por si “Agustinita necesitaba”. [135]

Sobre la cuestión del sometimiento de Encarnación a su cónyuge, opina una amiga de la familia, Mariquita Sánchez de Mendeville. La esposa del cónsul general de Francia en la Confederación, se cartea con Rosas a propósito de un incidente en la acreditación del nuevo cónsul que debía reemplazar a Mendeville en 1835. Juan Manuel plantea la duda de si le ha escrito una americana o una francesa y ella responde muy suelta:

“No quiero dejarte la duda de si te ha escrito una francesa o una americana. Te diré que desde que estoy unida a un francés, he servido a mi país con más celo y entusiasmo y lo haré siempre del mismo modo a no ser que se ponga en oposición de la Francia, pues en tal caso seré francesa, porque mi marido es francés y está al servicio de esa nación. Tú que pones en el cepo a Encarnación, debes aprobarme, tanto más cuanto no sólo sigo tu doctrina, sino las reglas del honor y del deber. ¿Qué harías si Encarnación se te hiciera unitaria? Yo sé lo que harías”. [136]

¿Aludía Mariquita a un hecho concreto y reciente en el que por una diferencia de criterios la mujer de Rosas hubiera sido castigada por su marido? ¿Hubo quizás alguna clase de fractura ideológica en la pareja una vez obtenida la plenitud del poder? Lucio V. Mansilla, tan locuaz en lo que hace a la historia de sus abuelos maternos, se muestra parco al hablar de sus célebres tíos. Lo resuelve en pocas palabras diciendo que “a nadie quizás amó tanto Rosas como a su mujer, ni nadie creyó tanto en él como ella”, y advierte que no debe maravillar que haya sido calumniada, pues era la mujer de Rosas y eso bastaba. [137]

Lo cierto es que a partir de 1835 resulta difícil encontrar rastros de la vida pública de Encarnación, tal vez por razones políticas o más probablemente porque su salud empezaba a flaquear. Pero antes de que la enfermedad haga desaparecer definitivamente a la esposa del gobernador de la escena pública, debemos al encargado de Negocios de Francia, el marqués Vins de Peysac, un retrato moral y físico del personaje. El documento, una carta de Vins al ministro de Relaciones Exteriores de su país trasunta la simpatía que el diplomático siente por Rosas, y su rivalidad con los Mendeville. Dice así:

“Madame Rosas es una mujer de cerca de 40 años, más pequeña que grande, y no parece de una salud robusta, pero ella se anima al hablar, y es fácil ver que tiene alma y energía cuando las circunstancias lo exigen. Yo no diré como un ministro del Rey que ha visitado Buenos Aires y ha escrito la historia bajo el dictado de Madame Mendeville, mujer de un espíritu superior en verdad, pero que embellece muy fácilmente todo lo que dice para entretener a los que la escuchan, yo no diré que Madame Rosas lleva un par de pistolas a la cintura junto con un puñal, pero diré que si su marido y su patria estuvieran en peligro, esta mujer sería capaz del mayor arrojo y de los mayores esfuerzos que sólo el coraje sabe inspirar. He aquí lo que pude percibir de su carácter en los pocos instantes en que tuve el honor de verla: me pareció, por otra parte, que ella tiene mucho espíritu natural y las maneras de la buena sociedad, de la que su casa era otrora el centro”. [138]

La carta concluye con algunas consideraciones sobre la familia Arguibel, cuyo origen francés destaca; explica, además, que los asuntos políticos del gobierno de Buenos Aires, para ser bien analizados, precisan de estos datos acerca de los linajes y los grandes clanes sociales.

Los informes diplomáticos, dentro de los cuales se incluye este documento, describen el clima de sometimiento al poder público que se instala en la ciudad. Cuando el cuerpo del ex gobernador Balcarce, fallecido en el exilio, es traído al cementerio de Buenos Aires, sólo unos pocos parientes y los cónsules francés y norteamericano acompañan el cortejo. La gente tiene miedo, aunque se trate de una de las primeras familias del país y de las que más han contribuido a la causa de la Emancipación. Cuando se fusiló a decenas de indígenas en el cuartel, en represalia por una sublevación de tribus hasta entonces amigas, la sangre corrió pero los periódicos nada dijeron.

Entre tanto se eclipsaba la mujer de Rosas. Tal vez consumida por su entrega apasionada al marido y a la lucha política, su salud había empeorado. Mantenía como siempre su clientela y sus recomendados. Pero era su hija, la simpática Manuela, la que figuraba en las crónicas mundanas, por ejemplo, en la fiesta que ofreció el encargado de Negocios de Francia en honor del rey Luis Felipe (1836), o en el asado que organizó el coronel Martín Santa Coloma en su quinta suburbana en octubre de ese mismo año para conmemorar una fecha federal. La Niña acudía acompañada por sus tías, la inseparable María Josefa, y también Agustina, la hermosa señora de Mansilla. [139] Empezaba ya a prevalecer el círculo femenino de Palermo, más frívolo y fiestero, menos politizado y más dócil de lo que era Encarnación.

Una de las últimas menciones de la actividad pública de esta señora se encuentra en la Historia de los gobernadores de A. Zinny. Dice que en 1837 el general Juan Thomond O'Brien, irlandés de nacimiento que había peleado en la guerra de la Independencia y luego pasado al servicio del presidente de la Confederación Perú-Boliviana, general Santa Cruz, llegó a Buenos Aires con una misión diplomática que luego fracasó debido a que ya había estallado la guerra con la Confederación Argentina. Rosas lo puso preso por precaución y estaba dispuesto a fusilarlo. El doctor Maza, no pudiéndolo hacer desistir de este propósito, apeló a Encarnación, la cual fue a arrodillarse a los pies del gobernador intercediendo por el preso. A esto debió O'Brien la demora que sirvió para salvarlo. [140]

La escena resulta sugestiva: la imagen postrera de la mujer de Rosas pidiendo clemencia para un condenado a muerte se acerca más a la acción legendaria de Manuelita como intercesora de gracias que a la inteligente colaboradora de don Juan Manuel en la hora de mayor peligro. Tal vez ya no le cabía otro rol junto al muy poderoso gobernador que el de ángel de la caridad que tan bien cumpliría su hija.

A principios de 1838, mientras se construía la residencia de Palermo y se formaban jardines en esos terrenos anegadizos, Encarnación vio agravarse su estado de salud. “Dios se la llevó en octubre de 1838 de una enfermedad interna que padecía, a uno de cuyos ataques sucumbió de pronto, en medio de la consternación de su familia que no lo esperaba”, escribe monseñor Ezcurra. [141]

Ramos Mejía dice acerca del grave mal que aquejó a la mujer de Rosas “que por la natural evolución de su enfermedad lentamente devastadora tenía deformaciones de energúmeno en su enjuta silueta. Atada a la parálisis por desnutrición, que la clavaba en la vieja poltrona en que en otro tiempo pontificaba, aquel Prometeo femenino había perdido ya el fuego que servía de alimento al ímpetu de las pasiones federales”. [142]

En su larga y penosa enfermedad, Encarnación sería atendida por una huérfana, de nombre Eugenia Castro, que estaba bajo la tutela de su marido. Ella sería la eficaz enfermera de la señora que recibía también cuidados y asistencia de su numerosa familia. En la madrugada del 20 de octubre de 1838 fallecía la esposa del gobernador. Su estado se había agravado repentinamente y no hubo tiempo de llamar al confesor. Tenía 43 años y hacía 25 que se había casado con Juan Manuel de Rosas.

Los hombres públicos y las mujeres de gran figuración no tienen, es sabido, derecho a la vida privada. Sus acciones, incluida su muerte, son desmenuzadas por amigos y enemigos y utilizadas por unos y otros en su provecho. La muerte de Encarnación daría lugar a nuevas y encarnizadas polémicas.

“Mi querida Encarnación y tu amiga fina ya no existe -escribió el viudo al general Ángel Pacheco-. Dios Nuestro Señor se ha dignado elevarla al eterno descanso (…) En mis brazos recibió su alma el Creador. Durante su cruel, penosa enfermedad y ni aun en sus últimos instantes no se lo oyó ni un solo ¡ay! ni quejarse de sus amargas dolencias. Su cadáver parecía santificado a los ojos de todos. Está ya rogando al Señor por ti, por todos nosotros, por sus compatriotas y por la felicidad de su patria.” [143]

En estas y otras cartas Rosas dio pruebas de su dolor, pero los enemigos de su gobierno hicieron correr la voz de que él se había opuesto a que la moribunda recibiera los sacramentos por temor a que revelara alguno de sus crímenes ante los oídos del sacerdote. Es más, llegó a decirse que, para cumplir formalmente con el trámite, Rosas hizo llamar a un clérigo, se colocó detrás del cadáver y respondió a las oraciones simulando que aún estaba con vida. Rufino de Elizalde atribuyó a Pedro de Angelis haber contado esta historia de horror a unos amigos.

En 1886, cuando la mayoría de los protagonistas de estos hechos había muerto, Máximo Terrero y su esposa pidieron a Juanita de Ezcurra, hermana menor de Encarnación, un testimonio de lo sucedido. “Me aterra oír semejante impostura”, hizo escribir Juanita que era entonces muy anciana. “Lo que en realidad pasaba lo vuelvo a decir. Encarnación sufría de un mal incurable, lo que ella como todos sus allegados conocíamos. Su alma fuerte y sus principios religiosos la hacían no descuidar los deberes que impone la Iglesia que practicaba de propia voluntad, así que nunca nos preocupó esta parte esencial de su enfermedad.

”La velábamos hacía semanas, yo de cabecera, y me acompañaba alguna amiga que, como el servicio, andaba siempre a la mano. La noche del fallecimiento era mi compañera Mariquita Sánchez. Pasada medianoche manifestó sufrimiento, y pidió una vasija por sentir náuseas, se la alcanzamos, hubo algún arrojo, se recostó pero nos alarmó su inmovilidad por lo que envié por Juan Manuel que trabajaba en su despacho. Llegó sin tardanzas seguido, al conocer la causa, de varios de los empleados allegados y entre ellos recuerdo especialmente a Antonino Reyes y Pedro Rodríguez, aún vivos, que lo probarán.

”¡Desgraciadamente venían tarde! Aquella alma virtuosa y justa había dejado el cuerpo. A la vez que se pidió a la Iglesia, inmediata al Colegio, auxilio, acudiendo los RRPP jesuitas Majesté, Verdugo y, no recuerdo algún otro más, pero sólo pudieron atestiguar la muerte. Afirmo pues que no existe tal simulacro de confesión como se pretende.” [144]

El fallecimiento de la Heroína de la Federación dio pie a una verdadera apoteosis, un entierro nunca visto, ni siquiera en tiempos de los virreyes. Encarnación Ezcurra mereció los funerales más solemnes hechos a mujer alguna en su siglo.

“Fue una buena madre, fiel esposa, ardiente y federal patriota”, decía la inscripción colocada sobre el catafalco, obra del arquitecto Senillosa, que se alzaba en el templo de San Francisco, la orden religiosa que la esposa del Restaurador había protegido siempre. En lo de Ezcurra, donde se veló el cadáver, las habitaciones estaban enlutadas y los patios cubiertos por toldos suntuosos con negros decorados. Los arreglos se debían en este caso al arquitecto Sartorio.

Rosas prefirió mantenerse al margen de las ceremonias fúnebres pues ya empezaba a gustar de poner distancia y misterio con la multitud; lo reemplazó el ministro Arana y acudieron los más altos funcionarios civiles y eclesiásticos, entre ellos el obispo Escalada, el presidente del Uruguay, Manuel Oribe, los encargados de negocios de Chile y Brasil, los comandantes de los buques norteamericanos anclados en la rada, el ex gobernador de Salta, Uriburu, los generales Guido, Pacheco y Soler, el almirante Brown, marinos ingleses y 4.000 soldados que rindieron honores al paso del cortejo que marchó de la casa mortuoria a la Iglesia de San Francisco. [145]

La muerte de la esposa del gobernador se convertía en un pretexto ideal para forzar la uniformidad de las conciencias ya intentada en 1835 cuando se hizo obligatorio el uso de la divisa punzó y se persiguió a quienes tenían la osadía de no usarla. Ahora se exigiría el luto federal, consistente en un pañuelo o corbata negros, faja con moño negro en el brazo izquierdo y otra faja de dos dedos de ancho en el sombrero junto a la cinta colorada que era de rigor. Este era el luto especialísimo que inventaron los ciudadanos federales, amigos fervorosos de doña Encarnación, los que lloraron más sinceramente su desaparición, y los otros, los que siempre se acercan al calor oficial e impulsan las expresiones de obsecuencia hacia el régimen de turno.

Desde las páginas de La Gaceta Mercantil, Pedro de Angelis escribió el elogio de doña Encarnación, la señora ilustre “a quien colocó la Providencia en la condición de sexo delicado y le infundió virtud valerosa para elevarse a la altura del heroísmo e imprimir a su vida útil todo el entusiasmo del patriotismo y de la beneficencia; el elegido de su corazón -continuaba la nota- fue un joven en quien el talento, las virtudes y el patriotismo elevaban a la altura de la heroicidad y de un glorioso porvenir, el ilustre Americano, que hoy radiante de gloria inmortal y de virtudes eminentes preside los destinos de la Confederación Argentina ”, etcétera, etcétera. [146]

Los ritos fúnebres solemnes se repitieron al cumplirse un mes del fallecimiento de la señora con ceremonias en las parroquias de la ciudad y en los pueblos de la provincia. Los funcionarios que no podían asistir a estos homenajes debían excusarse y sus explicaciones eran publicadas por la prensa.

Rosas se dejaba ver poco en esos días de luto reciente. El diplomático inglés Henry de Mandeville, que se había hecho muy amigo de la familia, fue a visitarlo y se enteró de que “estaba en cama, no tanto debido a una enfermedad, como al gran dolor por la pérdida de su esposa”. Pero los excesos del duelo oficial comenzaron a preocupar a los consejeros más allegados a Juan Manuel. En ese sentido, Tomás de Anchorena escribió a su primo el gobernador, inquieto por la posible influencia del Carancho González en el cariz que tomaban las honras fúnebres y temeroso también de que el pintoresco personaje se hubiera convertido en parte del círculo favorito del Restaurador.

Rosas tranquilizó a Anchorena respecto de la ninguna influencia de González en sus decisiones y de paso reveló sus sentimientos y su pesar de viudo: “Debía pensar en el luto que me correspondía en el sombrero. Pensé que no debía quitarme el cintillo federal que me había colocado de acuerdo con mi adorada Encarnación, al mismo tiempo que ella se ponía la divisa punzó al lado izquierdo de la cabeza (emblema político que se hizo obligatorio a todas las mujeres). Creí que si me la quitaba le haría un desaire y que no le habría de gustar. Creí que oía su voz que me decía basta con el luto dejando el cintillo abajo, y que tampoco le gustaría que me quitara el chaleco colorado. Dirás que estoy azonzado: así será, mas, como todos los hombres no hemos sido cortados por la misma tijera, yo me consuelo con mi desgracia eterna, con lo que otros aumentan sus penas y alejan de sí para confortar su espíritu. ¿Y qué quieren algunos hombres remediar a lo que Dios dispone?”, se preguntaba el viudo cuya carta concluía con una afirmación de dolor: “Yo pienso de distinto modo respecto a fallecimiento. Quizá muera yo mismo de desesperado”. [147]

Ramos Mejía sospechó de la sinceridad de tales expresiones. Dice que había mucho de comedia en este duelo y que allá, en lo recóndito de su alma, el gobernador experimentaría algún íntimo bienestar al sentirse libre de ella “por naturales acontecimientos y misteriosos designios del Todopoderoso. ¿Libre de aquel actuante e imperativo carácter que llegó algunas veces hasta a darle órdenes? La señora parecía demasiado metida para ser cómoda. (…) Aquel acceso de dolor exteriorizado en forma tan desmedida y rumbosa, llega a nosotros como el eco de un grito comprimido de libertad, que escapa involuntariamente haciendo sonar fúnebres cascabeles”. [148]

Es posible que Rosas en la plenitud de su poder no necesitara de una consejera autoritaria, que lo conocía íntimamente en sus debilidades y carecía de pelos en la lengua para cantar verdades a menudo desagradables. ¿Pudo ella prevenir los trágicos sucesos que se avecinaban tales como el plan urdido por los unitarios de Montevideo para recuperar su hegemonía? Supone Marcos Ezcurra que sí: “Dícese que por su consejo evitáronse muchos males públicos, y que si hubiera vivido se habrían orillado mejor los sucesos de la Dictadura en 1839 y 1840. No sabemos si habría podido tanto (la política no depende de uno sino de muchos factores), pero sí creemos que su influencia habría pesado en el ánimo de su marido y aconsejándolo sabiamente, habría tal vez mitigado los rigores de aquel poder excesivo. Es que Rosas no admitió influencia de mujer alguna después de ella. Manuelita no fue nunca elemento de consejo, sino de ruego bondadoso y súplica y brillo en las fiestas”. [149]

Junto con la vida de su hermana Encarnación, se fue eclipsando la influencia de María Josefa. Ella tomó en un principio la tarea de acompañar a su sobrina Manuelita, pero paulatinamente esa cercanía se atenuó. La señora de Ezcurra que había heredado una fortuna de su difunto marido, fallecido en Cádiz, invirtió el dinero en fincas urbanas y rurales. Vivía entonces en su casa de la calle Potosí, donde Mármol la describiría en las páginas de Amalia. Era siempre intermediaria de los intereses de gente modesta y encumbrada (en 1841, por ejemplo, es designada albacea de la ex convicta inglesa Clara Taylor, junto con el canónigo Felipe de Elortondo); enviaba esquelas a su “querida sobrinita” pidiéndole tal o cual gracia y en 1848, en ocasión del caso de Camila O'Gorman y el cura Gutiérrez, opinó con mucha prudencia recomendando a su “querido hermano Juan Manuel” se recluyera a la prófuga en la Casa de Ejercicios y atribuyendo la responsabilidad de lo ocurrido a quien la había inducido por el mal camino y al gran descuido de su familia al permitirle esas relaciones. Sobre esta última etapa del vínculo con Rosas dice monseñor Ezcurra: “Nos consta que su cuñada, si bien era adicta a su política, se empeñó con él por personas que reclamaron su favor, pero con poco éxito, por lo cual solía decirle que ya no la atendía por haberse vuelto unitaria”. [150]

Por supuesto Rosas, en la plenitud del poder, no soportaba la mínima muestra de desacuerdo con su política. Pero cuando estaba en el exilio, lamentaría con amargura que María Josefa, a la que tanto había ayudado cuando era pobre, según decía, no se hubiera acordado de él en su testamento y prefiriera dejar su fortuna a otras personas de su familia puesto que había muerto sin descendencia reconocida. [151]

Tampoco olvidaba el proscripto de Southampton a su esposa muerta tantos años atrás. Este recuerdo aparece con singular vigor en 1870, cuando Urquiza es asesinado en el Palacio San José, y Rosas le escribe a la viuda, Dolores Costa, para confortarla: “Cuando también he tenido la angustia fatal de perder a mi buena compañera Encarnación, conozco el largo tiempo que necesita usted para encontrar algún calmante a su amargura; tanto más cuanto ha pasado por el tormento cruel de presenciar el desgraciado fin del suyo, tan querido. El consuelo es el resultado del tiempo y de la concurrencia de la filosofía y de la religión por el trabajo y el llanto continuado concedido por Dios a las personas mayores”. [152]

Eran frases simples, sinceras, distintas del tono teatral que Rosas adoptaba en los tiempos de su poderío. La derrota lo había humanizado y encontraba ahora el tono adecuado para recordar a esa compañera incomparable, tan diferente de la mayoría de sus congéneres de la alta clase porteña, la mujer que compartió la elevada idea que él tenía de sí mismo cuando salía recién de la adolescencia y estaba aún bajo el control de una madre dominante que quería para su hijo predilecto un destino a la antigua usanza colonial. Para Encarnación, esto no era suficiente: quería que su Juan Manuel fuera el más rico así como era el más bello, pero también el más honrado, el más temido y el más poderoso. Ella resultó un elemento clave en la lucha por el poder disputada entre las grandes familias rioplatenses luego de la Independencia. Murió cuando ese proyecto de todo el poder para Rosas se había plasmado en una dictadura a su medida y, según muchos, acorde con las necesidades de la Argentina de ese tiempo.

Esa Encarnación única e irrepetible tiene en su biografía un rasgo póstumo que sale asimismo de lo común: cuando 80 años después de su muerte, su cadáver fue trasladado a la bóveda familiar de los Ortiz de Rozas en el Cementerio de la Recoleta -donde en 1989 se le reunirían los restos de su esposo- el cuerpo apareció incorrupto, casi como el día en que lo enterraron, relata monseñor Ezcurra; el rostro podía retratarse con las facciones perfectas, blanco, con un blanco de cera amarillosa; los cabellos castaños brillantes cayendo en dos bandas onduladas desde la amplia y alta frente; los ojos cerrados pero con expresión de vivos; la boca entreabierta rezando una plegaria y los vestidos intactos, el hábito blanco de los Dominicos, al cuello el escapulario de la Hermandad de los Dolores, las medias de lana blanca y los zapatos negros flamantes. Completaban el extraño cuadro las flores que le habían puesto en su entierro; restos de rosas, jazmines del país y reseda que florecen en primavera en los jardines porteños. [153]

Este curioso hecho hace suponer a Ezcurra que se trataba de un designio divino. Era una singularidad más de la bravía esposa de Juan Manuel, exponente de la mujer política de la clase dirigente criolla de principios del siglo pasado; tenaz, implacable y segura de sí, salvo -y en esto demostraba su inteligencia- en cuanto a la seguridad del cariño de su idolatrado esposo, ese amor difícil que había elegido a los 17 años de edad y que la había conducido a un destino extraordinario.


  1. <a l:href="#_ftnref62">[62]</a> AGN Sala 7-22-1-10. Colección Celesia.

  2. <a l:href="#_ftnref63">[63]</a> Bilbao, Historia de Rosas, p. 117.

  3. <a l:href="#_ftnref64">[64]</a> Cartas de Mariquita Sánchez, Buenos Aires, Peuser, 1952. Compilación, prólogo y notas de Clara Vilaseca, p. 8.

  4. <a l:href="#_ftnref65">[65]</a> Carlos M. Urien, Soberana Asamblea General Constituyente de 1813, Buenos Aires, Maucci, 1913, p. 140, cita las palabras del diputado por Corrientes, Carlos María de Alvear en respuesta al pedido del obispo de Salta de que se levantara su arresto.

  5. <a l:href="#_ftnref66">[66]</a> Gutiérrez, op. cit., p. 51.

  6. <a l:href="#_ftnref67">[67]</a> Véase la genealogía de los Ezcurra en Carlos Calvo, Nobiliario del antiguo Virreinato del Río de la Plata, Buenos Aires, La Facultad, 1938, tomo 3, pp. 261 y ss.; la propiedad de Arguibel sobre el terreno cercano al Fuerte, en A. Taullard, Nuestro antiguo Buenos Aires, Buenos Aires, Peuser, 1927, p. 156.

  7. <a l:href="#_ftnref68">[68]</a> Sobre el voto de Juan Ignacio de Ezcurra en el Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810, véase Hombres de Mayo, Revista del Instituto Argentino de Ciencias Genealógicas, Buenos Aires, 1961, pp. 151 y ss.; biografía firmada por A. Ezcurra Medrano.

  8. <a l:href="#_ftnref69">[69]</a> Marcos de Ezcurra, "Doña María Josefa de Ezcurra (biografía y fábula)". (En: Revista de Derecho, Historia y Letras, Buenos Aires, 1915, año XVII, tomo 51, p. 50.)

  9. <a l:href="#_ftnref70">[70]</a> Agradezco esta información sobre el origen de Pedro Rosas y Belgrano al profesor Enrique Mayochi; la biografía del coronel Rosas y Belgrano, donde se omite el nombre de la porteña de encumbrada estirpe que fue la madre del hijo del prócer, es de Rafael Darío Capdevila, Pedro Rosas y Belgrano; el hijo del General, Tapalqué, Ediciones Patria, 1972.

  10. <a l:href="#_ftnref71">[71]</a> El libro de Capdevila incluye cartas de Rosas y Belgrano a Manuelita y a Juan Rosas; en la correspondencia de María Josefa Ezcurra con Antonino Reyes del 12 de julio y del 24 de agosto de 1851, la señora menciona a su sobrino, Pedro Rosas y Belgrano que "le ha encargado un negocio para lo cual necesita doce mil pesos m/n y espera que Reyes se sirva remitírselos. La carta de María Josefa servirá de recibo". AGN Sala 7-3-3-12.

  11. <a l:href="#_ftnref72">[72]</a> Ezcurra, "Doña María Josefa de Ezcurra". Ella se enriqueció al heredar al marido residente en Cádiz.

  12. <a l:href="#_ftnref73">[73]</a> Carta de Manuel R. García a Adolfo Saldías del 15 de octubre de 1881 en la que rectifica la información sobre las sospechas que tuvo Agustina de la administración de su hijo. "Puedo asegurar a usted queme constan estos hechos", dice. Prefacio del libro Rozas y sus campañas, de A. Saldías, op. cit., p. IX.

  13. <a l:href="#_ftnref74">[74]</a> Sobre los hijos de Juan Manuel y Encarnación, véase Carlos Ibarguren, Manuelita Rosas, p. 6; la afirmación de Rosas de que nada había llevado Encarnación al matrimonio, en Juan Manuel de Rosas, Cartas del exilio, p. 120.

  14. <a l:href="#_ftnref75">[75]</a> Gutiérrez, op. cit., p. 63.

  15. <a l:href="#_ftnref76">[76]</a> Archivo y Museo de Luján, copia del documento otorgado por Teodora de Arguibel de Ezcurra a Marcos Leonardo de Agrelo para insertar en el registro de su cargo como escritura pública el 24 de febrero de 1838; aclara que como dueña legítima de la casa puede por sí sola celebrar venta, pero prefiere hacerlo con el consentimiento de los hijos que firman: Felipe Ignacio, José María, María Josefa, Margarita Josefa; María Encarnación, Juana Paula, Petrona y María de la O.

  16. <a l:href="#_ftnref77">[77]</a> Archivo y Museo de Luján, carta de Petrona E. de Urquiola a Rosas, Culuculú, 3 de junio de 1867. Véase también la carta que le envió Rosas, en la que le pide tenga en cuenta "los servicios que hice a la familia cuando todos vivíamos juntos y después y que atento a estas consideraciones sería triste para usted y para mí no verlos figurando con algo en la relación de personas que me auxilian"; la contribución de Margarita y Juanita de Ezcurra es reconocida por Rosas en sus ya citadas Cartas del exilio, pp. 145, 153, 162 y 174.

  17. <a l:href="#_ftnref78">[78]</a> Marcos Ezcurra, Canónigo, "Encarnación Ezcurra de Rosas". (En: Ensayos y Rumbos. Revista de la Asociación Lacordaire, Buenos Aires, número 5, año XVII.) Agradezco al señor José María Massini Ezcurra el préstamo de un ejemplar de esta breve biografía.

  18. <a l:href="#_ftnref79">[79]</a> Ibarguren, Manuelita Rosas, p. 10.

  19. <a l:href="#_ftnref80">[80]</a> Mansilla, Rozas, p. 57.

  20. <a l:href="#_ftnref81">[81]</a> Citado por John Lynch, Rosas, Buenos Aires, Emecé, 1984, p. 109.

  21. <a l:href="#_ftnref82">[82]</a> AGN Sala 7-22-2-3. Colección Celesia. Correspondencia de Manuela Rosas a Josefa Gómez. 1852-1872. Copias dactilografiadas. Carta del 8 de abril de 1865.

  22. <a l:href="#_ftnref83">[83]</a> AGN Sala 7-3-3-1. Archivo Adolfo Saldías. Juan Farini, carta de Rosas a sus padres, desde el Campamento de Galíndez, del 22 de octubre de 1820. Parcialmente reproducida por Ibarguren en Juan Manuel de Rosas, p. 66.

  23. <a l:href="#_ftnref84">[84]</a> La Gaceta Mercantil, Buenos Aires, 22 de octubre de 1838.

  24. <a l:href="#_ftnref85">[85]</a> Fermín Chávez, Iconografía de Rosas y de la Federación, Buenos Aires, Oriente, 1970, p. 191.

  25. <a l:href="#_ftnref86">[86]</a> Carta de Manuela Rosas a Josefa Gómez del 8 de abril de 1865, AGN Sala 7-22-2-3.

  26. <a l:href="#_ftnref87">[87]</a> Mansilla, Mis memorias, p. 69.

  27. <a l:href="#_ftnref88">[88]</a> La polémica entre Ibarguren y Ezcurra, en el diario La Razón, Buenos Aires, el 9 de agosto de 1932, bajo el título: "Del tiempo pasado".

  28. <a l:href="#_ftnref89">[89]</a> Carlos Correa Luna (en el suplemento dominical del diario La Prensa, Buenos Aires, 7 de octubre de 1932), "Rosas, las facultades extraordinarias y el peligro decembrista en 1831. Carta inédita de doña Encarnación Ezcurra del 11 de julio de 1831".

  29. <a l:href="#_ftnref90">[90]</a> Rosas lo menciona en la carta que dirige a Juan José de Anchorena desde La Quinua, el 11 de octubre de 1828. AGN Sala 7-3-3-1.

  30. <a l:href="#_ftnref91">[91]</a> Citada por E. F. Sánchez Zinny, Manuelita de Rosas y Ezcurra, Buenos Aires, 1942.

  31. <a l:href="#_ftnref92">[92]</a> Tulio Halperin Donghi, Revolución y guerra; formación de una élite dirigente en la Argentina criolla, Buenos Aires, Siglo XXI, 1972, p. 411, consecuencias de la disolución del poder central en 1820; p. 368, la clientela personal de Gregorio Tagle.

  32. <a l:href="#_ftnref93">[93]</a> Ramos Mejía, Rosas y su tiempo, tomo III, pp. 140 y ss.

  33. <a l:href="#_ftnref94">[94]</a> José Mármol, Amalia, cap. XI: "El ángel o el diablo".

  34. <a l:href="#_ftnref94">[95]</a> Mansilla, Rozas, p. 57.

  35. <a l:href="#_ftnref96">[96]</a> Julio Irazusta, "José María Ramos Mejía y el Rosas y su tiempo"; segunda parte. (En: Historiografía Rioplatense. Instituto Bibliográfico Antonio Zinny. Buenos Aires, 1982, p. 49.)

  36. <a l:href="#_ftnref97">[97]</a> Ramos Mejía, Rosas y su tiempo, tomo III, p. 156.

  37. <a l:href="#_ftnref98">[98]</a> Ibídem, p. 143.

  38. <a l:href="#_ftnref99">[99]</a> Ibídem, p. 160.

  39. <a l:href="#_ftnref100">[100]</a> Tomás de Iriarte, Memorias. Luchas de unitarios, federales y mazorqueras en el Río de la Plata, Buenos Aires, Sociedad Impresora Americana, 1947, pp. 22/24.

  40. <a l:href="#_ftnref101">[101]</a> Carta de Encarnación Ezcurra a Vicente González, del 20 de junio de 1833. En el archivo del señor Juan Isidro Quesada.

  41. <a l:href="#_ftnref102">[102]</a> Carlos Correa Luna publicó este documento en "Las elecciones de 1833 y el testimonio de los comicios. Carta inédita de don Juan Manuel de Rosas y de doña Encarnación Ezcurra", La Prensa, 1º de enero de 1934.

  42. <a l:href="#_ftnref103">[103]</a> Véanse los periódicos El Iris y El Defensor de los Derechos del Pueblo, junio a setiembre de 1833, colección existente en la Sala de Reservados de la Biblioteca Nacional.

  43. <a l:href="#_ftnref104">[104]</a> Correa Luna, "Las elecciones de 1833 y el testimonio de los comicios".

  44. <a l:href="#_ftnref105">[105]</a> El Iris, Buenos Aires, 28 de junio de 1833.

  45. <a l:href="#_ftnref105">[106]</a> El Defensor de los Derechos del Pueblo, Buenos Aires, números del 6 y del 14 de agosto de 1833. El periódico, cuyo nombre era por sí mismo una definición jacobina, exceptuaría a Gervasio Rozas de las críticas formuladas a los otros varones de la familia.

  46. <a l:href="#_ftnref107">[107]</a> Ibídem, números del 13 y 23 de setiembre de 1833. El 27 de setiembre, el periódico narra una escena burlesca, ocurrida entre "una señora que vive muy cerca de la Sala de Representantes y es muy aficionada al traguete, y un comisario federal". Contesta desde el diario apostólico El Restaurador, el señor de Angelis, protestando contra el agravio contra la mujer de Rosas. "Hay en los contornos de la sala otra señora", responden los cismáticos, se trataría entonces de María Josefa, apodada frecuentemente "la mulata Toribia". El hábito de apostrofar con motes racistas el enemigo político era de rigor.

  47. <a l:href="#_ftnref108">[108]</a> De Encarnación a Juan Manuel, 1° de setiembre de 1833. Original en el Museo Mitre, reproducida por M. Conde Montero, Doña Encarnación Ezcurra de Rosas. Correspondencia inédita. Separata de la Revista Argentina de Ciencias Políticas, año XIV, tomo XXVII, n° 149.

  48. <a l:href="#_ftnref109">[109]</a> Ibídem.

  49. <a l:href="#_ftnref110">[110]</a> Saldías, Papeles de Rosas, tomo II, p. 87.

  50. <a l:href="#_ftnref111">[111]</a> Carta de Juan Manuel a Encarnación del 23 de noviembre de 1833, en Conde Montero, op. cit.; la viuda de Martínez, en carta citada por Ibarguren, Rosas, p. 179; esta misma señora, cuyo marido se llamaba Adrián Martínez, reclamaba en mayo de 1833 ante Juan Nepomuceno Terrero el pago de una deuda que le debe el Estado."Por haberse ido María Josefa, a quien -escribe Terrero a Rosas-, le dejaste el poder para cobrar", AGN, Colección Mario César Gras. Carta de Juan N. a Juan Manuel del 30 de mayo de 1833. Que las Ezcurra tuvieran poderes o fueran albaceas de los federales más activos y de sus mujeres aparece con frecuencia en los documentos de la época.

  51. <a l:href="#_ftnref112">[112]</a> Celesia, op. cit., tomo I, p. 385.

  52. <a l:href="#_ftnref113">[113]</a> Ibídem. Carta de Rosas a Felipe Arana, Río Colorado, 28 de agosto de 1833, tomo I, pp. 523 y ss.

  53. <a l:href="#_ftnref114">[114]</a> De Encarnación a Juan Manuel, carta del 14 de setiembre de 1833, reproducida en Conde Montero, op. cit.

  54. <a l:href="#_ftnref115">[115]</a> La carta de Prudencio Rozas a Juan Manuel, citada por Celesia, op. cit, tomo I, p. 388; la de Mariano Lozano, ibídem, p. 398.

  55. <a l:href="#_ftnref116">[116]</a> Carta de Encarnación al general Quiroga del 16 de setiembre de 1833; id. a Francisco Reynafé, del 27 de setiembre de 1833, AGN, Sala 7-22-1-11. Colección Celesia.

  56. <a l:href="#_ftnref117">[117]</a> El Defensor de los Derechos del Pueblo, 2 de octubre de 1833.

  57. <a l:href="#_ftnref118">[118]</a> Carta de Encarnación a Rosas, del 2 de octubre de 1833; reproducida en Conde Montero, op. cit.

  58. <a l:href="#_ftnref119">[119]</a> Iriarte, op. cit., p. 53.

  59. <a l:href="#_ftnref120">[120]</a> Para un relato de la Revolución, véase "Encarnación y los Restauradores", por María Sáenz Quesada. (En: Todo es Historia, Buenos Aires, febrero de 1970.) También Enrique M. Barba. "Formación de la tiranía", en Historia de la Nación Argentina, Academia Nacional de la Historia, Buenos Aires, Imprenta de la Universidad, 1950, volumen XVII, Rosas y su época, p. 99.

  60. <a l:href="#_ftnref121">[121]</a> Carta del cónsul W. de Mendeville al ministro de Relaciones Exteriores de Francia; copia del original, en francés, en AGN, Sala 7. Biblioteca Nacional, legajo 673, Archives du Ministères des Affaires Etrangères. Correspondance des agents diplomatiques français a l'étranger. 1830/1836.

  61. <a l:href="#_ftnref122">[122]</a> Cartas de Encarnación a Vicente González del 17 y del 22 de octubre de 1833, AGN Sala 10-22-1-11.

  62. <a l:href="#_ftnref123">[123]</a> Ibídem.

  63. <a l:href="#_ftnref124">[124]</a> Carta de M. V. Maza a Rosas del 11 de noviembre de 1833, reproducida por Celesia, op. cit., tomo 1, p. 561.

  64. <a l:href="#_ftnref125">[125]</a> Carta de Encarnación a Rosas, del 4 de diciembre de 1833, reproducida por Ramos Mejía en Rosas y su tiempo, tomo 3, p. 150.

  65. <a l:href="#_ftnref126">[126]</a> Iriarte, op. cit., p. 53. Dice Iriarte que no aceptó el ofrecimiento para evitarles una incomodidad y ulteriores compromisos.

  66. <a l:href="#_ftnref127">[127]</a> Carta de Vicente González a Rosas, del 23 de noviembre de 1833, en AGN Sala 7-22-1-11.

  67. <a l:href="#_ftnref128">[128]</a> Carta de Rosas a Encarnación, del 23 de noviembre de 1833, reproducida por Conde Montero, op. cit.

  68. <a l:href="#_ftnref129">[129]</a> Carta de Encarnación a Rosas, del 4 de diciembre de 1833, reproducida por Ramos Mejía, en Rosas y su tiempo, tomo 3, pp. 150 y ss.

  69. <a l:href="#_ftnref130">[130]</a> Carta de M. V. Maza a Rosas, del 23 de noviembre de 1833, reproducida por Celesia, op. cit., tomo 1, p. 565.

  70. <a l:href="#_ftnref131">[131]</a> Carta de Encarnación a Rosas, del 9 de enero de 1834, en AGN Sala 7, Colección Mario César Gras, documento nº 195, parcialmente reproducida por Carlos Ibarguren, Rosas, p. 176.

  71. <a l:href="#_ftnref132">[132]</a> Cartas de Encarnación a Rosas del 9 y del 14 de mayo de 1834, reproducidas en Conde Montero, op. cit. Ibarguren hace referencia al atentado a Vidal, en Rosas, p. 193.

  72. <a l:href="#_ftnref133">[133]</a> Carta de Encarnación a Rosas del 9 de mayo de 1834 reproducida por Conde Montero, op. cit.

  73. <a l:href="#_ftnref134">[134]</a> Carta de Rosas a Manuelita, del 16 de diciembre de 1863, AGN, Museo Histórico Nacional, legajo 31.

  74. <a l:href="#_ftnref135">[135]</a> Mansilla, Rozas, p. 38.

  75. <a l:href="#_ftnref136">[136]</a> Cartas de Mariquita Sánchez, op. cit., p. 14.

  76. <a l:href="#_ftnref137">[137]</a> Mansilla, Rozas, p. 57.

  77. <a l:href="#_ftnref138">[138]</a> Carta del marqués Vins de Peysac al ministro de Relaciones Exteriores de Francia, del 2 de agosto de 1835, en AGN, Biblioteca Nacional, legajo 673, p. 256; nota de Rosas al marqués Vins de Peysac, con motivo de la fiesta en Honor del rey de Francia, del 29 de abril de 1836.

  78. <a l:href="#_ftnref139">[139]</a> Zinny, Antonio, op. cit., p. 132.

  79. <a l:href="#_ftnref140">[140]</a> Zinny, Antonio, op. cit., p. 132.

  80. <a l:href="#_ftnref141">[141]</a> Marcos Ezcurra, Encarnación Ezcurra de Rosas, op. cit.

  81. <a l:href="#_ftnref142">[142]</a> Ramos Mejía, Rosas y su tiempo, tomo 3, p. 145.

  82. <a l:href="#_ftnref143">[143]</a> Carta de Rosas al general Pacheco, citada por Cayetano Bruno, Historia de la Iglesia en la Argentina, Buenos Aires, Don Bosco, 1975, vol. 9, p. 258.

  83. <a l:href="#_ftnref144">[144]</a> Carta de Juana Ezcurra a Máximo Terrero, del 21 de enero de 1886; como está imposibilitada de escribir, dicta el testimonio y lo hace firmar por testigos, en AGN Sala 7-3-3-14. Colección Farini.

  84. <a l:href="#_ftnref145">[145]</a> La Gaceta Mercantil, números de octubre, noviembre y diciembre de 1838, passim.

  85. <a l:href="#_ftnref146">[146]</a> Ibídem, 20 de noviembre de 1838, biografía oficial de Encarnación Ezcurra de Rosas; sobre las honras fúnebres véase también la obra de A. Zinny, Historia de los gobernadores, p. 136.

  86. <a l:href="#_ftnref147">[147]</a> La frase de Mandeville, citada por Jorge Larroca, "Recuerdo biográfico de la ilustre Heroína Argentina doña Encarnación Ezcurra de Rosas". (En: Historiografía Rioplatense, 1982, op. cit. p. 270; la carta de Anchorena a Rosas y la de Rosas a Anchorena, esta última del 25 de diciembre de 1838, en AGN, Sala 7- 22-1-10. Colección Celesia.

  87. <a l:href="#_ftnref148">[148]</a> Ramos Mejía, Rosas y su tiempo, tomo 3, p. 169.

  88. <a l:href="#_ftnref149">[149]</a> Marcos de Ezcurra, "Doña Encarnación Ezcurra", op. cit.

  89. <a l:href="#_ftnref150">[150]</a> Véase la noticia biográfica de María Josefa Ezcurra, por Marcos Ezcurra; sobre la relación entre María Josefa y Mary Clarke o "Clara, la inglesa", Juan María Méndez Avellaneda, "El motín de la Lady Shore ". (En: Todo es Historia, julio de 1989, p. 26.) Su intervención en el caso de Camila O'Gorman, en Jimena Sáenz, "Love Story 1848: el caso de Camila O'Gorman". (En: Todo es Historia, julio de 1971, p. 74.)

  90. <a l:href="#_ftnref151">[151]</a> Rosas, Cartas del exilio, p. 74.

  91. <a l:href="#_ftnref152">[152]</a> Mario César Gras, Rosas y Urquiza: sus relaciones después de Caseros, Buenos Aires, 1948, p. 380.

  92. <a l:href="#_ftnref153">[153]</a> Marcos de Ezcurra, "Doña Encarnación Ezcurra".