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III. La hija

Manuela Robustiana de Rosas y Ezcurra, luego señora de Terrero (1817-1898), es algo más que la hija del dictador Juan Manuel de Rosas; la memoria colectiva del país la ha elevado a la categoría de mito; ella es el ángel de bondad, el hada bienhechora que, en una época difícil, cumple el rol femenino por excelencia: la misericordia, la compasión, el apoyo sin límites a la figura del varón de la familia. Este mito angelical tiene su campo de acción privilegiado en la quinta de Palermo, hoy convertida en paseo público, donde aún se conserva un retoño del árbol bajo el cual pedía perdón a su padre para los condenados. Cuenta además con un espléndido retrato, obra del artista Prilidiano Pueyrredón, que la representa con el gesto cordial de la anfitriona en un salón de la época federal, vestida de rojo punzó, pálida, morena, sonriente dentro de su relativa belleza, tipo acabado de la criolla del siglo pasado, en suma.

Manuelita Rosas, como la conoce la historia, fue la mujer argentina más célebre de su tiempo, no sólo en la Confederación, sino en los países que mantenían relaciones con el gobierno de Buenos Aires. A mitad de camino entre la leyenda y la historia, la simpática hija del Restaurador ha despertado pocas polémicas entre los historiadores, sean éstos partidarios u opositores de su dictatorial padre. Esto es porque sintetiza de algún modo la esencia de las virtudes femeninas tradicionales, de la hija abnegada, esposa y madre ejemplar, incapaz de generar ideas propias y sostén fiel de las que sustentan los varones del clan. Ella resulta así la antítesis de la concepción de la mujer en el feminismo actual, que privilegia el proyecto de vida personal más que la sumisa adopción de valores y proyectos ajenos.

Se acepta pues a Manuelita porque carece de los rasgos ríspidos de su madre, que trasgredió con su audacia y su violencia los límites que la sociedad imponía a la participación de las mujeres en la política. Resulta asimismo más amable que su abuela, la vehemente misia Agustina, que ostensiblemente siempre quería salirse con la suya. Manuelita en cambio es el eterno femenino presente en la vida del Restaurador, sobrellevando con ánimo ecuánime los riesgos de un período de odios profundos y de venganzas interminables y aplicando su inteligencia al difícil arte de sobrevivir, en lo que resulta una auténtica maestra.

Sobre la hija del dictador se ha escrito mucho, desde que José Mármol y Miguel Cané compitieron amablemente en Montevideo (1850) por ganarse el ánimo de Manuela mediante la redacción de unos rasgos biográficos de buena factura literaria en el que deslindaban la responsabilidad del dictador de la de su hija. Documentos públicos, memorias, comentarios periodísticos y un gran número de cartas escritas por la propia Manuelita forman un conjunto valioso de fuentes del que no pueden excluirse los relatos verídicos y los imaginarios que revelan los sentimientos contradictorios que ella supo despertar. [154] Porque, ¿cuántos soñaron con Manuelita en su época? ¿Quién puede dudar del atractivo erótico que ella supo ejercer sobre la política y la diplomacia de su tiempo?

Princesa de una corte sin reino, transitó por la historia indiferente a las especulaciones que se tejieron alrededor suyo desde su primera juventud cuando llevó el cetro de la sociedad porteña; logró mantener su dignidad imperturbable en el exilio voluntario que le exigía su devoción filial que asumió sin quejas y también, fuerza es reconocerlo, sin la menor crítica. Sólo a veces la hija de Rosas, convertida ya en señora de Terrero, desliza alguna reflexión personal, como cuando se regocija porque sólo ha tenido hijos varones “pues como tengo la experiencia de lo que tenemos que sufrir en este mundo las mujeres, la incertidumbre de la suerte futura de mi hija me haría estar en constante ansiedad”. [155]

Sin embargo cuando nació Manuelita nada parecía augurarle un destino fulgurante. Vino al mundo el 24 de mayo de 1817 en el hogar formado por Juan Manuel Ortiz de Rozas y Encarnación Ezcurra y Arguibel. Esta pareja de hacendados tenía ya un hijo varón, Juan (1814) y el año anterior había tenido la desgracia de perder a una niña recién nacida. Tal vez por voluntad de la madre, empeñada en agradar al esposo, los dos hijos sobrevivientes fueron bautizados con sus nombres: Juan y Manuela.

La niña tenía tres años cuando su padre se proyectó políticamente en octubre de 1820 al frente de las milicias gauchas que había adiestrado en el pago de San Miguel de la Guardia del Monte. Ella no guardaba un recuerdo preciso sino una vaga y confusa impresión de esos días angustiosos de octubre. Rosas, al despedirse de su familia con motivo de partir otra vez en campaña, recordaría con cierto énfasis que le era habitual, su condición de hijo, esposo y padre, pero no hay más menciones a su paternidad en los documentos privados pertenecientes a la etapa juvenil de la vida de Juan Manuel de Rosas.

“Doña Encarnación -dice Ibarguren- no supo verter la dulzura inefable que entibia el regazo materno (…) Pero la niña, como esos manantiales insospechados que brotan en campos yertos, vino trayendo en el fondo de su ser una fuente límpida y profunda.” [156] En el capítulo anterior de este libro se ha hecho referencia al desapego de Encarnación en relación con sus hijos. Era el tipo de mujer más adicta al marido que a la prole, pero al mismo tiempo, gracias a la protección que ofrece la familia extensa con múltiples parientes que ofician de padres y madres sustitutos, los niños de Rosas no carecieron de afecto aunque el padre estuviera siempre ausente en el campo y la madre empeñada en tareas políticas o en el cuidado de los intereses económicos de la familia. Por eso no puede sorprender que en la media docena de esquelas y cartitas escritas por Manuela a sus amigas, cuando tenía entre 14 y 17 años de edad, no haya referencias a sus progenitores y se mencione en cambio a tíos, primos y amigos. Es el suyo el universo de una niña que sale de la infancia y encuentra entretenimientos múltiples y pocas obligaciones, en suma, la hija de familia rica y de un padre prestigioso, que es nada menos que el gobernador de la provincia. Las amigas la rodean y disputan su amistad; tiene ya en ciernes el pequeño séquito de relaciones que la acompañará permanentemente en Buenos Aires y sus penas se reducen al alejamiento temporario de una amiga querida y a poco más que eso. Varias cartas escritas por la hija de los Rosas a su prima Dolores Fuentes Arguibel muestran las inquietudes y el mundillo personal de estas adolescentes: comprar peinetones de carey, último grito de la moda rioplatense, en la tienda de don Manuel Masculino, prestarse chales y vestidos, pasear por la alameda acompañadas de amigos y festejantes, ir a fiestas y celebraciones y, por supuesto, los celos y las rivalidades infaltables entre amigas que todavía no han centrado sus intereses más definitivamente en el sexo opuesto.

En esquela a Dolorcitas dice Manuela: “Mi querida amiga: te contesto ahora a tu exquisita de esta mañana en la cual me pedías algunas cosas que tenías aquí y me decías que, si iba mañana al funeral de Bolívar, te mandara decir; yo quién sabe se iré, pero mi tía Pepa ha de ir sin falta y así es que podés venir con ella, si no vas conmigo vas con mi tía Pepa que ya te digo sin falta ha de ir. No te podés figurar cómo está Mercedes Arana (hija de Felipe Arana) de cargosa porque vaya con ella a la fusión (sic). Soy tuya eternamente. M. Rosas. No te rías ni dejes de venir, Dios te guarde”.

Otra de esas cartitas dice: “Dolorcitas, ¿qué habrás juzgado tú de mí? Sin duda que no voy porque no te quiero: pero no, no es por eso sino porque he tenido mucho que hacer y ha sido imposible cumplir con mi palabra. Mercedes me dice que esta noche van a un baile, ve si necesitas algo, te advierto que si vas con vestido blanco, te pegará muy bien un chal que tengo chiquito punzó. Manda con confianza pues bien sabes tú que no tiene nada reservado para ti tu amiga hasta la tumba. Ma. de Rosas. Si mandas por algo, manda temprano pues me parece que yo he de salir a una visita; tengo muchas ganas de verte”.

En nota fechada el 20 de setiembre de 1834 en la estancia San Martín, Manuelita, que tiene ya 17 años, lamenta la ausencia de “Mi Dolores”: “¡¡¡Qué inhumanos son mis tíos, que me han arrancado una amiga que es como si fuera mi esposa!!!”. [157]

Sánchez Zinny y Arturo Capdevila se han complacido enumerando los errores de ortografía y de sintaxis de que hacen gala estas misivas que acusarían la incultura de la hija de Rosas. Pero lamentablemente el caso de Manuelita no era una excepción entre sus contemporáneas cuya educación se limitaba a los rudimentos de leer, escribir y contar; estudiaban en escuelas privadas atendidas por señoras o en la incipiente escuela pública para niñas a cargo de la Sociedad de Beneficencia. En cuanto a las expresiones en que la adolescente manifiesta libremente su carácter afectuoso y a sus exageraciones, dice al respecto un publicista inglés que vivió en la década de 1820 en Buenos Aires:

“Las cartas entre mujeres son muy efusivas, tuve oportunidad de leer una que decía así: ‘Adiós mi idolatrada y adorada amiga mía. ¿Recibe el corazón de tu devota, constante, fiel, etc., etc.?’ Pese a este fervor nunca me he enterado de que tuviera lugar una de esas vinculaciones amorosas que tan trágicamente terminan entre nosotros”, observa Mr. Love, quien agrega en otro párrafo que si bien las criollas no son muy cultas, “poseen una indescriptible suavidad de modales libre de afectación, que da confianza a los extranjeros tímidos y causa placer a todos los que tienen la felicidad de tratarlas pues rara vez se dirigen a una persona sin la sonrisa en los labios”. [158] Estas palabras, aunque no hayan sido dirigidas a la hija de Rosas, se aplican a la perfección al particular encanto de Manuelita que era de rigor entre las mujeres de la sociedad criolla y que sería proyectado, por razones de su extraordinaria historia, a las altas esferas de la política y de la diplomacia. En cuanto a la cultura de la Niña de Palermo, como se la apodó en sus épocas de mayor esplendor, mejoró con el tiempo: su estilo y su caligrafía llegaron a ser impecables.

La vida de Manuelita se diferenciaba de la de otras adolescentes de su clase por su condición de hija del gobernador, y como éste estaba empeñado en ganarse la simpatía de los pobres, la Niña, acompañada por amigas también pertenecientes a familias federales, por sus tíos y en muchas oportunidades por sus padres, asistía a los candombes, fiestas populares de las colectividades negras de Buenos Aires, nucleadas de acuerdo con sus lugares de origen: congos, angolas, mozambiques, banguelas, cubolos, etc. Hacia 1830 las sociedades vivían un momento de relativo esplendor; a ellas acudían tanto los esclavos que aún quedaban en la ciudad como los libertos, entre los que, según se vio en el capítulo anterior, Juan Manuel y Encarnación reclutaban numerosos adeptos. De ahí el cuidado que ponía la pareja en no defraudar las invitaciones de los reyes y reinas de color.

Un cuadro del pintor Boneo, que está en el Museo Histórico Nacional, muestra al matrimonio Rosas, acompañado por su hija, presenciando la fiesta de la nación Congo Auganga, en su local social de la calle Santiago del Estero, casi esquina Independencia. El rey negro está ubicado junto a la pareja Rosas; el Restaurador y su esposa sentados y Manuelita, muy niña, ubicada delante de sus padres; Encarnación luce uno de esos curiosos sombreros de copa que se usaban en los años treinta. Los morenos tocan en grandes candombes llamados “masacayas” mientras una pareja baila la “semba”, danza característica de esta nación, explica A. Taullard en Nuestro antiguo Buenos Aires. [159]

“Cuando era muchacha me gustaba mucho ver a las negras vestidas de colorado bailar el candombe, y con Martina Lezica, hermana mayor de Enriqueta Lezica de Dorrego, pedíamos licencia para que nos llevara una negra de aquellas que ya no hay, que decían a sus señoras: ‘su merced’.” Una matrona esclava era vicepresidenta de esta sociedad que tenía casa propia en la quinta de las Albahacas, propiedad de los Pereyra Lucena. El salón, con alfombra de bayeta colorada, tenía tres sillones punzó: uno para el rey, otro para la reina y el tercero permanecía vacío hasta la llegada de Manuelita. Ella venía acompañada por dos de sus íntimas (de un período algo posterior al del cuadro de Boneo) Juanita Sosa y Dolores Marcet. Su llegada se anunciaba con el toque de tamboril y todos entonaban la canción oficial, Loor eterno al magnánimo Rosas, infaltable en las funciones públicas durante los últimos años de la dictadura a los que seguramente se refiere este testimonio. A las seis de la tarde, todo había terminado. [160]

Muchos de los ritos que cumplió Manuela mientras vivió en el país ya estaban establecidos desde su infancia, como este de presenciar las funciones de los negros; otros se fueron incorporando a medida que lo requería el sistema político de la Federación. Pronto se iría habituando también a ser testigo silencioso de episodios de violencia, como los que su madre promovió en 1833/34. Mármol supone que esta situación, que la diferenciaba de las jóvenes de su época, le hizo daño y evoca los años 1835 y 1837 cuando llegaban a la casona de Rosas decenas de buenos federales, gente grosera y feroz, mientras la muchacha se veía privada de la sociedad refinada de las familias unitarias. Pero el autor de Amalia no advierte que el trato con esa gente no impedía a Manuela rodearse de la juventud de su edad, hijos de las más ricas familias de la sociedad porteña que eran casi todos federales rosistas. Los unitarios que formaban asimismo parte del patriciado local, se hallaban, salvo excepciones, un escalón más abajo en materia de fortuna.

Así, rodeada por amigas y parientes, las Fuentes Arguibel, los Costa Arguibel, los Rozas y los Ezcurra, las hijas de Felipe Arana; Ramoncito, el hijo de Manuel V. Maza; Máximo, el hijo de Juan Nepomuceno Terrero, y por Antonino Reyes, que tal vez fuera su novio de la primera juventud, [161] transcurrieron para Manuela tiempos felices y despreocupados. Fue a partir de 1835 cuando la Niña empezó a convivir de manera permanente con su padre que hasta entonces había residido con frecuencia fuera del hogar por necesidades políticas o por su trabajo de hacendado y administrador de campos. Es probable que dicha convivencia modificara favorablemente la relación entre ambos: Manuela sedujo a su autoritario padre con las demostraciones de afecto y la preocupación constante por su estado de ánimo y de salud visibles en sus cartas y en las crónicas de la época. Todavía doña Encarnación llevaba las riendas del hogar, pero el nombre de Manuela – la Niña, como la llamaba su padre- aparece en las notas mundanas: asiste, por ejemplo, al festejo del día de Santa Clara, en lo de doña Clara Taylor, la ex convicta del Lady Shore, convertida ahora en respetable matrona. Están presentes en la fiesta en la que se baila el minuet, además de la hija del gobernador, su tía, doña María Josefa Ezcurra, el reverendo José A. Piczazarri, músico al igual que su sobrino, Juan P. Esnaola, que es otro de los invitados, el comandante Maza y muchas más personas de calidad. [162] La Niña ya es instrumento de intriga política, pues cuando en 1836 muere misteriosamente el encargado de Negocios de Francia, marqués Vins de Peysac, y se rumorea que lo han envenenado, el cónsul Roger se decide a ordenar una autopsia porque lo han informado que la hija del general Rosas ha preguntado ante un auditorio numeroso: “¿Pero es bien cierto que no se lo ha envenenado?”. [163]

La muerte de Encarnación, en octubre de 1838, cuando Manuela había cumplido veinte años, cambiaría el papel que la joven desempeñaba en la familia y en el gobierno de su padre. En efecto, mientras su hermano Juan quedaba en la sombra, pues casi ni se lo menciona en las cartas de pésame que se envían al gobernador, la Niña reviste de inmediato una suma de responsabilidades insólitas si se tiene en cuenta su ninguna preparación para cumplir un rol público. Tal vez debido a su docilidad y a sus silencios ella superará muy pronto, en lo que se refiere a figuración, el papel que tenía su madre en los últimos años. Esa muchacha, que ni siquiera había sido mencionada por su nombre en las cartas que intercambiaban sus padres cinco años atrás, empieza a figurar de manera constante en la correspondencia de los diplomáticos, en las crónicas periodísticas del país y del exterior, en los documentos oficiales y en los relatos de viajeros. Este proceso verdaderamente singular en la historia argentina se verificó desde 1838 hasta 1852. Cesó abruptamente con la batalla de Caseros cuando la legendaria Manuelita estaba en su máximo esplendor.

¿Cuánto lloró a su madre Manuelita? En su correspondencia del exilio, hay pocas menciones a “mamita”; recuerda, sí, cuánto le gustaban los veraneos en la estancia San Martín y su preocupación por incrementar el patrimonio familiar. En carta dirigida a Josefa Gómez desde Londres en 1854 expresa: “Ya se aproxima el 20 del presente en cuyo día recuerdo a usted doblemente. ¡Qué buena era usted para mí y cuánto respetaba mis sentimientos filiales!”. La fecha, 20 de octubre, era la del fallecimiento de doña Encarnación. [164]

Al asumir la Niña el primer rol femenino corrían tiempos difíciles en la Confederación. Desde 1838 Francia había decretado el bloqueo del puerto de Buenos Aires, y en octubre, el mes en que murió la mujer de Rosas, los franceses, con el auxilio de los proscriptos argentinos de Montevideo, habían ocupado la isla de Martín García que domina la desembocadura de los ríos Uruguay y Paraná. Se iniciaba así una compleja ofensiva contra la dictadura de Rosas de la que formó parte en 1839 la conspiración de los Libres del Sur, hacendados del sur de la provincia porteña, y la conjura de la que participaba Ramón Maza, uno de los íntimos de la familia del Restaurador. De ahí que Rosas necesitara de la presencia de su hija para fortalecer su política, que exigía, frente a la suma de estas alianzas de la oposición, un frente interno sólido, unificado bajo determinadas consignas y hasta colores. Un esquema de poder, en suma, que precisaba de una primera figura femenina como eje central.

El 29 de octubre del 38, nueve días después de la muerte de su madre, Manuela escribe al gobernador de Santa Fe, Juan Pablo López, que “encargada de la correspondencia de mamita a consecuencia de su fallecimiento, me es honroso contraerme a la contestación de su muy apreciable de fecha 20 del presente. Ella habrá, sin duda, sentido mayor satisfacción por su contenido, pues que a la presencia de Dios Nuestro Señor, ya no lo ignora. Allí la tiene usted en el descanso eterno a donde el Señor la ha elevado colocándola entre sus escogidas. Desde allí está rogándole por la salud, acierto y felicidad de usted, y por todos nosotros”.

“En medio del intenso cruel dolor que nos traspasa, hemos tenido la satisfacción de saber el buen término de los asuntos que agitaban a su benemérita provincia, habiendo usted sido elevado a la Primera Magistratura de ella, en donde le deseamos todo acierto, acompañado de la mejor salud y venturas.” Firmaba la carta “su atenta, apasionada servidora y confederala, Manuela Rosas”. [165]

La Niña se presentaba oficialmente como continuadora de las tareas que ocupaban a su madre; la relación con el gobernador de Santa Fe que acababa de asumir el gobierno de esa provincia, luego de vencer a sus enemigos con el apoyo de Rosas, era vital para el gobierno de Buenos Aires. Pero la carta, tan diferente de las que escribía la Manuelita adolescente y despreocupada, tiene el sello inconfundible de su padre que se la ha dictado cuidadosamente en el lenguaje oficial que le es característico.

En esos mismos días la hija de Rosas se encarga de tratar con el publicista Pedro de Angelis la edición de un volumen impreso que contenga todo lo publicado sobre la muerte de Encarnación. La hace, explica, “porque mi tatita se halla indispuesto en su ánimo y en la imposibilidad de dedicarse a los negocios públicos”. La obra incluiría un retrato de la señora y una litografía de su sepulcro; el trabajo, similar al que se hizo para honrar a Manuel Dorrego pretendía dejar a la posteridad un recuerdo del aprecio “que merecieron a este pueblo las virtudes de mi adorada madre”.

Cuarenta años más tarde, la señora de Terrero, consultada por su esposo, no recordaba haber escrito esa carta. “Por el estilo, dices bien, parece dictada por tatita”, reconoce, “así como en conciencia no recuerdo haber escrito o firmado tal carta, así lo declararé en la que dirigiré por separado como deseas”. Por esa fecha el matrimonio Terrero estaba empeñado en reivindicar la figura de don Juan Manuel, levantando cualquier crítica que pudiera hacerse a su gobierno; el culto de doña Encarnación formaba parte de los abusos que se achacaban a este régimen. [166]

Pero la Niña no sólo copiaba borradores y salvaba, con su presencia, la actitud de Rosas tendiente a retraerse de las apariciones públicas; ella ocupaba ya el lugar de privilegio en el afecto paterno: “Acordándome de ti a quien conozco que amo más que a mi vida”, Rosas le envía el borrador de la proclama en que invita a los federales a finalizar el luto por Encarnación y a continuar usando el cintillo punzó. [167]

La tierna relación entre padre e hija ha sido descripta por un testigo de los primeros tiempos de la viudez de Rosas. En general Gregorio Aráoz de Lamadrid, jefe militar de la Liga del Interior, derrotado por Quiroga en la Ciudadela (1831), a pesar de tales antecedentes se había atrevido a radicarse en Buenos Aires. Suponía que el dictador, que era compadre suyo, no lo hostilizaría, pero debía realizar la antesala correspondiente: visitar al gobernador que de este modo quedaba en cierta manera comprometido a protegerlo. Corría el mes de setiembre de 1838 en que doña Encarnación estaba ya muy enferma.

Relata que tomó la costumbre de visitar todas las noches a las señoras doña Manuelita y su señora tía que estaba siempre con ella, pero que no pudo encontrarse con Rosas hasta que pasados los carnavales del 39 el Restaurador y su familia se instalaron en Palermo de San Benito, su nueva residencia suburbana. “Lo encontré a la sombra de los ombúes de su quinta, recostado en las faldas de su hija, sobre un banco de madera en que ella estaba sentada; y con unos locos que siempre lo acompañaban a su lado (uno de ellos lo llamaba pomposamente “el señor gobernador”). Don Juan Manuel lo invita amablemente a comer un asado bajo los sauces con Manuela, Juan y su esposa, Mercedes Fuentes, los bufones y Ramón Maza, el novio de Rosita Fuentes, la hermana de Mercedes, que se agrega a la reunión. El día pasa apaciblemente y hay oportunidad de pasear en un bote pintado de riguroso punzó, y que es traído a hombros por indios pampas, sirvientes de confianza y única escolta que hay en el lugar. Por la noche, cuando Lamadrid regresa a su casa, su esposa lo aguarda ansiosamente, preocupada por la tardanza. [168]

Cuadro idílico el que traza el jefe unitario de los primeros tiempos de Palermo, cuando aún la familia del gobernador no había sido conmovida por la muerte del joven Maza que alejó a Juan y a Mercedes de la intimidad con don Juan Manuel. A otro prestigioso general unitario, don José María Paz, que en 1839 había llegado prisionero a Buenos Aires y Rosas le dio la ciudad por cárcel, se debe una historia similar de cortesías y cumplidos en un clima amable muy distante de los odios entre federales y unitarios que alimentaban la lucha armada.

En su primera visita a la residencia urbana de Rosas en la calle de la Biblioteca, a la que el Restaurador volvía todas las tardes después de trabajar en el Fuerte, Paz debe soportar la grosería del edecán Corvalán. Manuelita, enterada del hecho, se disculpa, pues si bien su tatita estaba demasiado ocupado para poder saludar al general, a ella le hubiera encantado conocerlo. En la segunda oportunidad en que visita la casa, Manuela recibe al general, acompañada por una tía y por su abuela (seguramente la señora de Ezcurra porque doña Agustina no salía de su cuarto debido a la enfermedad). “La conversación rodó sobre objetos indiferentes y nada hubo que pudiese resentirse la más refinada delicadeza”, diría el vencedor de La Tablada en sus Memorias, en las que cuenta, no sin cierto asombro, que no había guardias ni aparato militar alguno en la casa donde vivía el gobernador, y sólo se veía un zaguán alumbrado con un farol y un patio sombrío, desierto y silencioso. Pero, cortesías aparte, la presencia de Paz en la casa de Rosas constituía de por sí una humillación, y los malos modos de Corvalán, y la ausencia del dueño, marcaban a las claras la diferencia que mediaba entre el vencedor y el vencido. [169]

Además de este rol meramente social, aunque con matices políticos, Manuelita tenía otros francamente insólitos en una muchacha: pronunciar breves arengas en las que ponía de relieve sus condiciones de oradora. Cuando el general Manuel Oribe marchó a campaña para derrotar a Lavalle (1839), Manuelita lo acompañó un trecho y luego lo despidió con palabras muy adecuadas “que nada dejarían que desear al más experto político”. Oribe, conmovido, le escribió a Rosas: “con su señorita hija le mando decir que finezas de esta clase sólo se pagan con sangre, como si llega el caso lo haré”. [170] Estaba claro pues que la presencia de la Niña no era ociosa y que servía perfectamente a los intereses paternos.

Ese año de 1839 fue de rudo aprendizaje político para Manuela. En silencio y desde un principio debió aprender los límites de su influencia benefactora sobre el ánimo paterno. Lo comprendió muy dolorosamente cuando se produjo la conspiración que encabezaba Ramón Maza, uno de los íntimos de la familia, que acababa de contraer enlace con Rosita Fuentes Arguibel, hermana de Dolorcitas y de Mercedes, la mujer de Juan Rosas. El coronel Maza fue encontrado culpable, preso y fusilado sin más trámite, mientras su padre, el doctor Manuel Vicente Maza, el íntimo consejero de Rosas que ahora presidía la Legislatura, resultó asesinado en su despacho con la complicidad evidente del dictador. También Salomé Maza de Guerrico corrió peligro: “Hablaba de Encarnación, de mí y de los federales con tanta libertad como el padre, el hermano y la madre, acaso con licencia y gusto del marido, sea como sea el hecho es que era una condenada en contra nuestra y de la Santa Causa Americana que sostenemos”, le informó Rosas al Carancho del Monte relatando los trágicos acontecimientos. Atribuyó el proyecto de casamiento con “ la Rosita Fuentes ” a un recurso para asegurar mejor el fatal golpe y elogió a sus propios hijos que habían salido indemnes de la dura prueba que rompía una entrañable amistad de familias:

“En Manuela mi querida hija tienen ustedes una heroína. ¡Qué valor! Sí, el mismo de la Madre. Ni ¿qué otra cosa podría esperarse de los hijos de una señora, la esencia de la virtud y del saber adornados de un valor sin ejemplo? ¿Y Juan? Está en el mismo caso, son dos dignos hijos de mi amante Encarnación, y si Yo falto por disposición de Dios en ellos ha de encontrar usted quienes puedan sucederme.” Rosas, que sentía su vida amenazada por asesinos pagados por el oro francés, proponía un recurso para asegurar la perduración de su régimen: que sus hijos lo sucedieran, es decir, la monarquía hereditaria. [171]

Pero esto era sólo un primer y tímido esbozo, pergeñado al amparo del clima dramático que se vivía. Años después diría Rosas recordando esos tiempos: “Hubieron muchas lágrimas en casa”. [172] Las de Manuela seguramente y también las de Mercedes, que no había podido salvar a su reciente cuñado y que a partir de entonces se distanciaría del suegro.

Sobre el coronel Maza, de fisonomía melancólica y enérgica, alta apostura y envidiable gallardía, un seductor nato, al punto que se dijo había denunciado la conjura una amante despechada, sugiere Ramos Mejía que con su muerte trágica interesó más aún el entusiasmo y la curiosidad de las mujeres. En el Archivo de la Nación se guarda la nota que escribió su madre, Mercedes Puelma, pidiendo autorización para enterrar al hijo y al esposo, muertos a pocas horas de distancia, a consecuencia de la lucha por el poder entre las grandes familias de Buenos Aires de la que ellos habían sido artífices y víctimas. [173]

Las circunstancias políticas cada vez más entreveradas llevarían a Manuelita a mezclarse en cuestiones casi policiales: “En medio del terror del año 40 -escribe Ibarguren- la Niña guardaba inocentemente las fichas y legajos terribles de las proscripciones de unitarios y las clasificaciones de presos”. Ante cualquier duda, el jefe de policía podía consultar las carpetas que S.E. tenía en su escritorio y que le serían dadas por la señorita hija del gobernador. [174]

Desconfiado como siempre, Rosas sólo depositaba su fe en las mujeres que le eran más allegadas. Encarnación había sido partícipe activa de sus proyectos, Manuela en cambio desempeñaba un rol pasivo y escribía bajo dictado textos completamente ajenos a su temperamento, del más acabado estilo jocoso gauchi-político y con expresiones ardientes de venganza. Buen ejemplo de esta afirmación son las cartas intercambiadas por los Rosas, padre e hija, y el Carancho González en 1841:

Inicia la serie una carta de Juan Manuel al Carancho, el tema, la desaparición de 96 cajones de vino de Burdeos de la estancia del Monte durante la administración de González, que ahora se encuentra en Córdoba, luchando contra los unitarios en los combates del Quebrachito y de San Cala y merece sin duda parte del vino, pero no todo. En su respuesta el Carancho prefiere dirigirse a la Niña para que diga a su padre no sea mezquino y no se acuerde más de esa partida de vino. Le envía un poncho que el general Oribe regala al Restaurador. Manuela contesta que se ha apropiado del obsequio para sus viajes al Cuartel General, “pues como usted sabe, desde que apareció la invasión salvaje, ando de gaucho, vestida de militar, deseando siempre marchar a la vanguardia con mi lanza, lo que aún no se ha verificado no por falta de deseos sino porque aún no me lo han ordenado”. González escribe a su vez pidiendo el sobreseimiento en la cuestión del vino; de paso informa sobre el comportamiento de los religiosos de la ciudad de Córdoba donde al parecer las monjas catalinas (de clausura) serían “ardientes federales” mientras que los jesuitas “andan algo tibios”; quiere se mantenga el secreto sobre su carta, pero esto no será posible: días más tarde Manuela, que ha encontrado a su tatita riéndose de la misiva del Carancho, formula esta inquietante promesa: “cuando usted degüelle y acabe con tantos y salvajes unitarios que hay en ésa con escándalo, y muchos de ellos y de ellas más con osadía intolerable, entonces le perdonará un cajón entero”.

Martiniano Leguizamón, al dar a conocer esta correspondencia, en 1926, cuando se polemizaba en torno a la oportunidad de levantar o no un monumento a la hija de Rosas en Palermo, intenta probar con estos documentos que Manuela se había compenetrado con la frialdad paterna o nada hacía para conmover su corazón, al tiempo que desvaloriza la frase pronunciada por la señora de Terrero poco antes de su muerte: “Yo nací para sufrir con todos y por todos”. [175]

Curiosamente esta mujer, que en apariencia carece de ambición política alcanzará poco después distinciones extraordinarias. A fines del año 40, mientras la sociedad federal festeja las victorias sobre los unitarios y homenajea a Rosas bautizando con su nombre el mes de octubre, doscientos ciudadanos piden a la Sala de Representantes se sirva decretar una demostración honorífica en favor de los ilustres hijos de S.E., el Gran Rosas. Otra nota dirigida a la Legislatura y firmada por 13 jueces de paz de la ciudad y de la campaña solicita se otorgue a Juan O. de Rosas el grado de coronel mayor del Ejército y a su hermana Manuelita “otra distinción que, compatible con su sexo, la coloque en igual rango y altura”. [176]

Meses después de estas demostraciones de entusiasmo y de obsecuencia se produjo el episodio de la “máquina infernal”, una cajita que, en la descripción de un testigo, contenía un círculo de cañoncitos y que fue enviada a Rosas por el edecán del almirante francés Dupotet cuando las relaciones entre los dos países se habían restablecido. Era el 25 de marzo, día en que se recordaba el santo de doña Encarnación, y en la casa había varias personas que visitaban a los deudos de la finada. Manuelita, ayudada por su amiga Telésfora Sánchez y por la mucama Rosa Pintos, abrió la caja en su propio dormitorio, y aunque la máquina no llegó a estallar, el descubrimiento provocó un escándalo considerable: oficiales franceses, muy disgustados por lo ocurrido, la hicieron descargar en el jardín del señor Arana. [177]

Este atentado sin consecuencias materiales graves tendría en cambio implicancias políticas muy serias. Ernesto Celesia, que pone en duda la capacidad de la máquina para poner en riesgo la vida del gobernador, dice que el incidente fue el pretexto para “querer dar forma a una ocurrencia monárquica, o algo parecido, y peor aún querer justificarlo ante la historia asimilándolo al pensamiento que en cierto momento tuvieron algunos patriotas de la Revolución de Mayo: los notables del partido federal, Escalada, Anchorena, Riglos, Soler, Vidal, Mansilla, Ezcurra, Terrero, Dolz, Lahitte y Pereira, alarmados ante la sucesión de amenazas contra Rosas, se reunieron para considerar la cuestión, llegaron a la conclusión de que el remedio que se imponía era que lo sucediera en el cargo su hija Manuela de Rosas y Ezcurra y recomendaron a Rosas que pusiera en consideración la iniciativa ante los federales de las provincias”. [178]

En realidad era el mismo gobernador quien había lanzado la idea de que lo sucedieran sus hijos un par de años atrás, en la ya citada carta a González. La novedad era el desplazamiento definitivo de Juan Rosas, cuya figura quedaba en la sombra, mientras su hermana continuaba en ascenso. Esto no pareció afectar las relaciones entre ambos: “A mi amada hermana Manuelita dígale que he recibido con entusiasmo su cariñoso abrazo, tan puro como ella, que le envío mi corazón, un apretado abrazo y los deseos de mi alma para que sea siempre feliz y dichosa”, escribe Juan en una carta dirigida a su padre. [179] Había sido agraciado por Rosas con una importante fracción de campo en Azul y no parecía disgustado por quedar al margen de la política.

Promediando la década de 1840 cupo a Manuela una amplia actuación en materia diplomática, pues Rosas y su hija demostraron una rara aptitud para mezclar el erotismo con la política al mejor estilo de los grandes de la política de todos los tiempos. El esquema seguido era más o menos el mismo: presentación del recién llegado dignatario al Restaurador y visita semiprotocolar a la Niña, o a la inversa, primero Manuela, después su padre; frecuentación de la tertulia de lo de Rosas, amabilidades e intercambio de cartas y pequeños regalos, seducción del importante extranjero a cargo de Manuelita, invitaciones a veladas familiares, paseos campestres, fiestas ecuestres, etc.; si el personaje en cuestión estaba acompañado por su familia, se la hacía participar de los agasajos, pero si se trataba de un corazón solitario había coqueteos que no sobrepasaban límites bastante precisos; y si el diplomático tenía algún amor más o menos secreto, se lo incorporaba al amable grupo que se había formado en la quinta de Palermo, centro de la actividad social y política de la época.

En estos términos se desarrolló la larga relación amistosa entre la hija del gobernador y John Henry Mandeville, ministro plenipotenciario británico ante la Confederación Argentina entre 1836 y 1845, fecha en que se rompieron los vínculos entre los dos países. Según el historiador inglés John Lynch, Mandeville fue más que amable en su relación con Rosas, casi un partidario suyo. “Viajó a Buenos Aires creyendo que iba a entrar en una república, pero pronto descubrió que estaba acreditado ante el déspota más grande del nuevo mundo… y quizá del viejo”, pero dicha comprobación no será un obstáculo para que el diplomático inglés cultive la amistad del Restaurador, peticione por la vida de muchos unitarios luego de la revolución de los Libres del Sur y hasta se enamore a medias de Manuelita: [180] según decían en los salones porteños, “tenía sorbido el seso por la bella y bondadosa hija del tirano”. [181]

Se habían conocido en 1836, con motivo del cumpleaños de Manuela, que era dentro del calendario festivo del régimen una celebración popular más que una fecha íntima: “Tanto es mi afecto hacia usted desde que nos vimos la primera vez en la Iglesia de Santo Domingo el 24 de mayo de 1836, que sólo puede cesar con mi existencia. A mi edad puedo expresarme así con usted sin temor de ofenderla”, le escribe Mandeville en 1846, un año después de haberse alejado de Buenos Aires y cuando la Confederación estaba empeñada en defenderse de la agresión anglofrancesa, “circunstancias que ni usted ni yo hemos causado ni podemos impedir”, decía cortésmente el ministro. Daba noticias puntuales de todos los amigos de los Rosas que vivían en Europa: en París saludó a Manuel de Sarratea y a Sofía Frank, “siempre su apasionada amiga y admiradora”, entre otros; en Londres se entretuvo recordando a la capital de la Confederación en charlas con Francis Falconnet, agente de la casa Baring Brothers que había estado en 1843 en Buenos Aires para negociar la cuestión de la deuda que la provincia mantenía con esa firma inglesa. Informaba asimismo sobre el exitoso desempeño en los paseos londinenses de dos caballos que Rosas le había regalado: “El Barcino y el Colorado son la admiración de todos los jinetes en Hyde Park, nada puede jamás inducirme a separarme de ellos”, asegura el ministro. [182]

También anoticiaba a Manuela de las andanzas de Fanny Mac Donald y de sus hijos que ahora vivían en Liverpool. En realidad Fanny era la amiga oficial de Mandeville, que la había llevado a Buenos Aires presentándola a todos como su sobrina e instalándola en una casa en la esquina de Perú y Moreno mientras él se ubicaba, con gran tren, en la zona del actual Parque Lezama. “Resultó ser otra cosa más íntima que sobrina, siendo su nombre Mrs. Mac Donald” -escribe Lucio V. Mansilla, al relatar las implacables bromas a que se veía sometido el ministro inglés por parte de Rosas sea por su insignificancia, no obstante su alta representación, o porque le conocía el lado flaco. [183]

Manuelita no había desdeñado a la misteriosa Fanny, la cual le escribía en 1847 en un español defectuoso y dando muestras de singular adhesión a la familia Rosas. Lo mismo que su hija mayor, estaba empeñada en continuar su aprendizaje del español, daba detalles acerca de los célebres Barcino y Colorado, enviaba recuerdos para la “señora vieja” (doña Teodora Arguibel, ya fallecida) y recomendaba a su hijo que estaba ahora en el Río de la Plata a las órdenes del capitán Herbert. Recordaba con especial afecto al general Rosas: supone que pese a los tiempos tan malos, “mostrará siempre un semblante alegre con todos los de su casa y recibirá con agrado a los extraños que vengan de visita”. [184]

La correspondencia entre Mandeville y la hija de Rosas trataba asimismo asuntos diplomáticos; en julio de 1846, el inglés avisaba a Manuela que Mr. Hood, cónsul general de SMB en Montevideo sería encargado de llevar proposiciones al gobierno de Buenos Aires que suponía satisfactorias a los intereses argentinos. “Reciba pues a Mr. Hood casi como lo haría conmigo”, dice, y aprovecha para enviar a la Niña un regalo de manufacturas británicas. La carta concluye con saludos para las alegres tertulianas de Palermo: “Doña Agustina (Rozas de Mansilla), doña Pascuala (Beláustegui de Arana), doña Mariquita Mariño y a todos los amigos, hombres y mujeres que forman su círculo”. [185]

Sin duda la intervención de Manuelita, a medias puramente social, a medias diplomática, servía a los intereses del país, pues suavizaba las rupturas y fortalecía la amistad entre los diplomáticos extranjeros y los personajes de la alta política argentina. Otro ejemplo, en abril de 1846 el comodoro J. Herbert viene a hacerse cargo de los buques británicos que bloquean el Río de la Plata, pero antes de iniciar su misión, le escribe a la Niña, recordando los días felices pasados de Buenos Aires, lamenta las diferencias que se han suscitado entre los dos gobiernos y hace votos porque se encuentren soluciones sobre una base honorable para ambos. [186]

Son estos hechos únicos en la historia de la mujer en la Argentina porque aunque en estos casos fuera Rosas quien dictaba el contenido principal de la correspondencia, Manuela agregaba su ductilidad e inteligencia para desempeñar eficazmente el papel que tenía asignado.

Este curioso estilo de hacer diplomacia al tipo cortesano llegaría a su más alta expresión cuando Lord Howden fue designado nuevo negociador por el Reino Unido ante el gobierno de Buenos Aires. La presentación del diplomático estaría a cargo de Mandeville, quien lo haría de amigo a amigo más que en términos oficiales:

“Él es un caballero de noble estirpe, par del Reino, de altas calidades y grandes riquezas, y su deseo de distinguirse en la ardua tarea de pacificar los países de ambas riberas del Plata lo ha inducido a aceptar ese difícil cargo; deja una existencia muy brillante en su patria y a su anciana madre que lo adora.” Mandeville agrega otros detalles atractivos: “tiene un exterior interesante y maneras muy agradables, y como a mi amigo ruego para él de parte de usted aquella graciosa benevolencia con la que usted siempre me honró”. [187]

Manuela, en su respuesta, cuyo borrador fue cuidadosamente corregido por Rosas, se mostró agradecida por la recomendación de Howden, el cual, desde su llegada a Buenos Aires, no había tenido más que finas atenciones y amabilidades para con ella. Su “tatita” escribiría por separado a Mandeville. La carta concluía con elogios a las altas calidades, noble linaje e interesantes modales del Lord. [188]

Se iniciaba así un romance fulgurante en el que Howden demostraría el temperamento sentimental de los ingleses, más allá de la fama de frialdad que se les atribuye comúnmente, mientras Manuela haría gala de un gran dominio de sí a despecho de la fama volcánica que tienen las almas latinas. Sobre el carácter del Lord, dice Lynch que “a través de una convencional carrera de las armas y de la diplomacia, había preservado una naturaleza romántica que se manifestó en Buenos Aires a pesar de sus 48 años”. Cuenta además que Rosas mantenía una relación curiosa con los barcos bloqueadores, a los que ofreció aprovisionar de carne; Howden rechazó esa propuesta, en extremo absurda, pero se enamoró ardientemente de la hija del gobernador mientras discutía el tema de Montevideo y el de la navegación del río Paraná que era crucial en el conflicto.

Ibarguren, por su parte, ha relatado con lujo de detalles el romance entre la señorita criolla y el noble diplomático que era barón de Irlanda y par de Inglaterra y que había sido ayudante de Lord Wellington en la guerra de España contra Napoleón y acompañado a Lord Byron en la lucha de los griegos contra los turcos; casado y divorciado de una sobrina de Potemkin, ministro de Catalina de Rusia, nada faltaba para hacer de Howden un personaje novelesco. Rosas, que había evaluado su espíritu franco y su interés por el país al que estaba destinado, decidió conquistarlo, utilizando para ello los encantos de Manuelita e invitándolo a fiestas campestres y amables tertulias donde el inglés cantaba y bailaba a su gusto. Entre tanto, el diplomático francés a cargo de las gestiones de paz, conde Waleski, observaba una conducta diametralmente opuesta; él y su bella esposa eludían relacionarse con la sociedad porteña y en apariencia despreciaban las invitaciones que tanto agradaban al Lord.

Desde Montevideo los emigrados argentinos seguían con ansiedad comprensible las andanzas del enamoradizo Lord, pues temían que los flirteos con Manuelita, de los que estaban al tanto, pusieran término anticipado al bloqueo de los ríos que convenía a la política de los enemigos de Rosas. Su alarma creció al leer en El Comercio del Plata la crónica de un paseo organizado por la Niña en homenaje a Howden al campamento de Santos Lugares donde acampaban las fuerzas federales y que era una verdadera población campestre, con los ranchos en hilera, formando calles espaciosas y rodeados de huertas bien cultivadas. El inglés, que estaba ataviado a la usanza local, con poncho pampa, chambergo de alas cortas, rebenque y espuelas de paisano, disfrutó mucho de la jornada, en la que no faltaron tropas que rendían honores, doma de potros y simulacros de combates a cargo de auténticos indígenas pampas, a los que Howden saludó cordialmente y en su idioma. Integraban la comitiva, que bailó y se divirtió hasta la madrugada siguiente, amigos y amigas de la hija del gobernador pues la invitación no tenía carácter oficial, era solamente un agasajo privado.

Pero Manuela y el Lord no participaron de todos los festejos. Volvieron temprano a la ciudad. Iban a caballo, como se estilaba en esos paseos a los que la juventud porteña era tan adicta. “En ese día dorado de otoño, al atravesar los campos que se dilataban verdes y frescos, el huésped ilustre abrió su corazón a la Niña mientras ella, silenciosa y grave, hundía en el horizonte la mirada soñadora que se perdió en la bruma azulada de la tarde”, escribe Ibarguren, imbuido a su vez del romanticismo de la escena.

Cartas intercambiadas por Howden y Manuela, veintitantos días después del episodio, revelan la respuesta de la Niña a su enamorado: ella no lo amaba, pero lo apreciaba y respetaba como a un hermano. El Lord le respondió con su mejor humor británico: “Señorita de mi profundo respeto y hermana de mi tierno cariño (…) Hijo único de mis padres, me ha negado la naturaleza el goce de esos privilegios y consuelos que disfrutan seres más favorecidos en las dulces y sagradas relaciones que existen entre un hermano y una hermana. Lo que usted me dice de un enlace tan puro no es para mí una mera expresión de urbana política, sino una concesión seriamente caritativa y bondadosa hecha para llenar el hueco que había en mi corazón. Admito todo lo generoso de parte de usted en semejante asociación y conozco lo que hay de obligatorio por mi lado en el compromiso que contraigo”. Le agradecía además la estirpe genealógica que le destinaba y se comprometía a colgar el precioso documento en la casa de sus padres, delante de los retratos de sus antecesores, “que bajarán de sus empolvados marcos para recibir a una nieta tan ilustre”. Deslizaba aquí cierta ironía, pues Caradoc, como firmaba la carta, alardeaba mucho de sus ancestros y es más que posible que diera poca importancia a los blasones de una familia criolla por nobles que fueran los Rosas en su tierra. Se despedía con un expresivo “hermano, amigo, admirador y rendido servidor que besa sus pies”.

Casi un mes más tarde, el 18 de julio de 1847, Howden se ausentaba del Río de la Plata, no sin antes informar a su “linda, buena, querida y apreciadísima hermana, amiga y dueña” que acababa de recibir carta suya y no perdía un momento en mandar un vapor a Buenos Aires para levantar el bloqueo en lo que tocaba a los buques ingleses. Agradecía a la Niña y a su tatita las bondades que le habían prodigado y reconocía los rumores que circulaban acerca de sus amores: “Fui ayer al campamento, y la señorita Díaz me dijo que corría muy válida la voz que estaba perdidamente enamorado de usted. Le contesté que lo sería sin la más mínima duda, a no ser que fuera yo su hermano de usted, y unido indisolublemente así por los vínculos de la sangre”. Le pedía le escribiera a Río de Janeiro, su próximo destino, y que le dijera mil cosas a Juanita (Sosa) la amiga inseparable de Manuela. [189]

La misión diplomática concluía exitosamente para los intereses argentinos contrarios al bloqueo, también para los británicos, pues el Reino Unido nunca estuvo convencido de la oportunidad de esta medida que adoptó para no dejar en libertad de acción a Francia en el Río de la Plata. Howden, cuando advirtió que Rosas se empecinaba en no dar garantías para la independencia uruguaya, y en no reconocer la libre navegación del Paraná, decidió levantar el bloqueo que tanto perjudicaba los negocios británicos. Lord Palmerston, el primer ministro inglés, compartió su punto de vista: Rosas era un mal necesario, el hombre que ponía orden en la anárquica sociedad argentina y que al mismo tiempo salvaguardaba la libertad de los extranjeros residentes en el país. [190]

Waleski, el negociador francés, que tenía también una romántica historia familiar, pues era hijo de Napoleón I y de la noble polaca María Waleska, se disgustó con la actitud de Howden, pues los plenipotenciarios no habían procedido de común acuerdo. Mantuvo el bloqueo por parte de la escuadra francesa y tomó medidas para asegurar la defensa de Montevideo, asediada por las tropas de Oribe, el aliado de Rosas. A. de Brosard, su secretario en esta misión diplomática, diría más tarde que el punto de vista de Howden sólo podía explicarse por una completa aberración en el espíritu del Lord o por instrucciones secretas. [191] ¿Era sólo el amor lo que había impulsado a Caradoc a ayudar a la patria de Manuelita, o eran más bien los intereses de sus compatriotas radicados en Buenos Aires y que desde hacía veinte años gozaban de un estatuto privilegiado, envidia de los franceses?

Henry Southern, el ministro plenipotenciario que sucedió a Howden, un intelectual egresado del Trinity College con el grado de Master of Arts, había pasado largos años en las embajadas de Madrid y de Lisboa y escuchó los buenos consejos de Mandeville para manejarse con soltura en Buenos Aires, donde llegó en octubre de 1848. Rosas lo recibió mal y demoró la recepción oficial mientras Southern, despreocupado y pragmático, se adaptaba a las modas locales, vestía a sus criados con librea roja, visitaba a Manuelita y enviaba comunicados a Londres en los que enfatizaba las ventajas de mantener buenas relaciones con el gobierno de Buenos Aires a fin de sostener los verdaderos intereses de los británicos. Rosas, que al poco tiempo modificó su dureza inicial, preparó en abril de 1849 una fiesta magnífica en honor del diplomático. [192]

La correspondencia entre la Niña y Southern muestra que dichas fiestas eran cada vez más sofisticadas. Expresaba el inglés su agradecimiento por haber participado en diversiones tan elegantes, variadas y magníficas, tras las cuales, estaban “las palabras poderosas de un encantador quien (con) su varita mágica, crea bosques y castillos, adonde antes no había más que desierto (…) Usted sabe bien cuánto admiro y respeto la voluntad a la que aludo”, decía el diplomático, que luego pasaba a extasiarse ante los encantos de la naturaleza y de la comida y a prodigar elogios encendidos a Manuela, “su noble cortesía, su elegancia y sus encantadoras maneras le han hecho tan profunda impresión que teme que en sus escritos va a olvidarse del río, de las góndolas, de la música y de ese coro de caballeros, de ese festín compuesto de los manjares más exquisitos, hasta aun de las bellezas, y llenar mi carta de Manuelita solo y siempre Manuelita y de la distinción también y el honor con que ella se dignó favorecer al más apasionado de sus amigos y al más fiel de sus súbditos que besa sus pies”. [193]

La respuesta de la Niña fue tan atenta como medida. En realidad las reglas del juego estaban bien establecidas: no había amor en las expresiones de Southern, como lo hubo y bastante sincero en su predecesor, sí mucho artificio literario. Más franco había sido el ministro en carta a Palmerston, en la que describía a Rosas, “bondadoso y alegre en su vida privada”, y a su hija que “es su verdadera ministra y secretaria”. “A través de ella es fácil concertar cualquier comunicación que se desee efectuar”, decía, “ella es afable, aparentemente de buen corazón y afectuosa. Sus modales y aspecto son agraciados, aunque ya no es bella. Su adoración por su padre llega a ser pasión”, agrega el perspicaz diplomático para quien Manuela desempeña el papel de “ángel redentor de Rosas” y también el de filtro a través del cual se tramitan temas de carácter extrajudicial que incluyen peticiones de clemencia en las sentencias de confiscaciones, destierros y aun muertes. El resto de los asuntos Rosas los manejaba personalmente. [194]

Ese mismo año Manuelita daría prueba de que también ejercía su encanto, ya maduro para los cánones de la época, sobre la marina de guerra francesa. Se trataba en este caso del contralmirante Le Prédour, encargado de la misión de paz de su país ante las Repúblicas del Plata y que en mayo de 1849 estuvo a punto de llegar a un arreglo sobre esta materia. Con tal motivo el contralmirante y la Niña intercambiaron cartas, en las que se hacía alusión a los estudios de francés de Manuelita, a obsequios mutuos, a los flirteos entre las damas de la tertulia de Palermo y los oficiales de la flota bloqueadora y a la negociación diplomática.

Le Prédour demostró gozo por el presunto restablecimiento de la paz entre su país y la Confederación Argentina y satisfacción por el recibimiento benévolo que se le hizo en Buenos Aires, particularmente por “aquella que es su Providencia”: “Difícilmente me acostumbro a la mansión de mi Fragata, y creo que no podría vivir más en ella, si a cada paso no encontrara la ocasión de hablar de usted, de las señoras cuyo agradable conocimiento me ha hecho usted hacer y de la acogida tan cordial que me hizo Su Excelencia. Estos son asuntos inextinguibles de conversación y que volveré a tomar en familia cuando esté de vuelta en París donde haré saber a todos los que me son queridos, lo que hay de admirable, de gracioso y de bueno en la organización tan natural y tan franca de la señorita Manuelita”.

El uso político de la amabilidad proverbial de las criollas había dado frutos concretos. El contralmirante anoticiaba a la Niña del casamiento de uno de sus oficiales, Mazeres, con una señorita de Montevideo que se había mostrado largamente cruel y que se dejó ablandar durante la permanencia de su enamorado en Buenos Aires cuando supo que estaba rodeado de otras agradables mujeres. Le Prédour hacía referencia a otros enamoramientos, el de Laffone, más distraído que de costumbre, y el del Otro señor, de quien “no se podría creer hasta dónde va su pasión por la linda doña Dolores” (Marcet, una de las compañeras preferidas de Manuelita).

La hija del gobernador respondió en términos parecidos, congratulándose porque las señoritas del Plata hubieran contribuido a la felicidad personal del señor Mazeres: “Ellas, con Juanita, Tatita y yo, lo felicitamos por su virtuoso enlace”, decía, englobando en su expresión al séquito que la acompañaba en su tertulia y en el que había seductoras casi profesionales, que alarmaban, no sin razón, a los emigrados del partido liberal que no podían impedir que esta curiosa mezcla de diplomacia y galanteos desbaratara sus planes. [195]

No sólo los enviados ingleses y franceses participaban de dicho estilo de diplomacia. El encargado de negocios de los Estados Unidos, Guillermo Brent, disfrutaba asimismo de la sociabilidad de Palermo, pero en su caso, y en el de su familia, pues estaba acompañado por su esposa y por su hijo, su presencia debió ser bastante más pesada que la de los jóvenes oficiales europeos para la alegre corte de Manuela. En mayo del 49, Brent, ansioso de dialogar a solas con el gobernador, solicita a la Niña que aloje a los tres miembros de la familia en la quinta y que le envíe un coche para el traslado. Quiere tratar personalmente con don Juan Manuel la situación de su hijo que viaja al Paraguay y de paso ofrece seguridades de que su gobierno comparte los sentimientos del heroico pueblo argentino. Manuela accede a este pedido, y en su respuesta dice admirar altamente la determinación del norteamericano en la presente crisis de los asuntos del continente, se lamenta de los disgustos provocados por la detestable intervención inglesa y francesa, tan inmotivada y desastrosa, y asegura estar dispuesta a hacer los mayores sacrificios “por él (mi tatita) y por mi patria, siendo como soy argentina y merecedora del cariñoso afecto de un americano tan virtuoso como usted”. [196]

Hasta aquí la participación de Manuela en la diplomacia rosista, pero la hija del gobernador desempeñaba otros roles en el gobierno de su padre, como advirtió certeramente el ministro Southern. “En este gobierno cruel del Río de la Plata -diría Xavier Marmier en 1850- Manuelita tiene la cartera de un ministerio que no está comprendido en las teorías de los gobiernos europeos: el ministerio de la conmiseración.” [197] Y William Mac Cann, viajero inglés que recorre el país en 1847, comenta que: “Los asuntos personales de importancia, confiscación de bienes, destierros y hasta condenas a muerte, se ponían en sus manos como postrer esperanza de los caídos en desgracia. Por su excelente disposición y su influencia benigna para con su padre, doña Manuelita era para Rosas en cierto sentido lo que la emperatriz Josefina para Napoleón”. [198]

Tales reconocimientos de inteligentes testigos de la sociedad argentina en la época de Rosas aluden al valor de la gestión personal en los asuntos públicos; más que un funcionamiento institucional de la justicia, se prefiere el toque humano, aunque éste demuestre, en la mayoría de los casos, su ineficacia para torcer el rumbo político del gobierno. Existen en el archivo de Rosas múltiples ejemplos de los pedidos que llegaban a Manuelita, de manera directa a veces, otras utilizando a distintos miembros de la familia, por ejemplo a María Josefa Ezcurra, a las hermanas de Rosas, Mariquita, Mercedes, Agustina, o al general Mansilla, los Anchorena, etc. Podía tratarse de asuntos menores, como el pedido formulado por el canónigo Elortondo para hacer reformas en una casa de su propiedad, o la autorización requerida por Adolfo Saldías, padre del historiador, a fin de obtener empleo y título de escribano público. Otras veces los casos eran más patéticos, como la ayuda que pide el padre de ocho hijos aquejado de una grave enfermedad, o el militar cuyos bienes han sido saqueados por ladrones y que solicita una casa para vivir por cuenta del Estado; mujeres casadas con soldados que han salido a campaña, se ponen bajo la protección de la hija del gobernador; viudas de servidores públicos confían en ella para el cobro de algún subsidio. Pero en todos estos casos la Niña no actúa por cuenta propia: ella debe acelerar trámites ya iniciados en las oficinas de gobierno. [199]

Había asuntos que implicaban mayor responsabilidad que los simples pedidos; en sus Memorias, Antonino Reyes, que fue comandante de Santos Lugares y era íntimo amigo de Manuelita, relata la actuación de la hija del gobernador en un caso de corrupción que involucraba a Lorenzo Torres, una de las principales figuras del régimen. Este, asociado con un escribano de apellido Conde, habría usurpado tierras pertenecientes al oficial Matorras que servía a las órdenes del general Pacheco. Reyes descubrió este abuso y Manuelita, que por delegación de Rosas debía informarse del tema, escuchó desde una habitación contigua la conversación en la que Conde confesó ante Reyes su culpabilidad. Ella quedó asombrada del cinismo y la desvergüenza de esos hombres pues comprendió el mal que hacían a su padre, escribe Reyes. Cuando Torres admitió su culpa y Matorras recuperó sus bienes, la Niña dio por concluido el asunto, pero la historia relatada revela que el dictador encargaba misiones difíciles a su hija en las que se entreveraban cuestiones jurídicas con el comportamiento moral de su círculo íntimo. La base ética del régimen rosista se encontraba ya entonces muy deteriorada por el largo ejercicio del poder. [200]

Poco podía hacer Manuela en cuanto a aliviar la suerte de los perseguidos políticos, aunque seguramente muchos le agradecerían que jamás utilizara su influencia para agraviar a alguien. Recibía en su despacho numerosos pedidos de familias unitarias cuyos bienes habían sido confiscados y que pasados ciertos años de purgatorio recuperaban el uso de sus propiedades. Sus intervenciones eran en numerosos casos meramente formales pues no podía torcer decisiones políticas ya tomadas. En ese sentido Celesia ha publicado documentos sobre el caso de un condenado a muerte, preso en Chascomús por haberse mezclado en un motín y por lo cual escribió a Manuela una carta, sin perjuicio de la cual el reo fue fusilado. Tampoco pudo la Niña evitar la muerte de su amiga Camila O'Gorman y del cura Gutiérrez, aunque, según afirma Reyes, estaba dispuesta a impedir “que esos desgraciados fueran fusilados”, y a arrojarse a los pies de su padre para suplicar gracia (tal como había hecho su madre, doña Encarnación, en una oportunidad parecida). La carta en que Antonino urgía a Manuela diciéndole que había recibido la fatídica orden del gobernador con la sentencia de muerte, no llegó a destino. Depositada por el chasque en mano del oficial escribiente de Palermo, éste se la entregó al propio Rosas, el cual la devolvió a Reyes haciéndole fuertes cargos por demorar el cumplimiento de su voluntad. [201]

¿La habilidad de Rosas consistía en aceptar a Manuela como era, esto es, su completa negación, como sostiene Capdevila? [202] ¿O, más bien, en utilizarla como elemento indispensable en su esquema de poder para establecer una suerte de instancia extrajudicial para obtener gracia, pero sometida al arbitrio del gobernante absoluto? Entre los opositores al régimen, los más enconados se burlaron de los pedidos de clemencia que corrían por cuenta de la Niña y no vacilaron en trazar cuadros grotescos y hasta incestuosos de las relaciones entre padre e hija allá en la quinta de Palermo.

“Ella era hasta hace pocos años una joven que no se recomendaba por su belleza, pero sí por su recogimiento y dulzura -diría Rivera Indarte- pero el destino le dio un demonio por padre, y la virgen cándida es hoy un marimacho sanguinario que lleva en la frente la mancha de su asquerosa perdición.” En la imaginación desbordada del planfletista cordobés, las injurias hechas por Rosas a su hija iban desde hacerla perder la timidez de su sexo haciéndola cabalgar potros briosos o desnudarse ante los ojos de un pescador, a forzarla a rogar por la vida de un desgraciado entrando en su habitación jineteando sobre uno de sus locos. Había perseguido a los posibles enamorados de la Niña, como el coronel Pueyrredón, y obligado por último a las damas de la sociedad porteña a arrodillarse ante esa mujer manchada por ser más bella, más perfecta y mejor que todas las demás mujeres. [203]

Estos delirios, llegados a oídos extranjeros, mezclados con relatos de viajeros y de los marinos y comerciantes que habían visitado Buenos Aires, inspirarían a más de un novelista interesado por el exotismo de las antiguas colonias españolas. El mismo Capdevila relata la intriga de un folletín publicado en París en 1849 por un tal Alfred Villenueve, ambientado en la capital de la Confederación en 1845. Varios oficiales franceses han bajado a tierra y uno de ellos, paseando por los jardines de Palermo, abiertos al público los domingos, conoce casualmente a Manuela y se enamora de ella perdidamente. Le advierten acerca de los riesgos que corren los que caen vencidos por los encantos de esta tirana del amor pero es inútil, el marino y la Niña viven un romance apasionado bajo los limoneros de Palermo, hasta que la relación se enfría y el oficial comete el error de jactarse de su conquista. Ella lo hará castigar por un espantoso servidor negro, cortándole una oreja que irá a engrosar los doce trofeos similares que guarda en un collar. [204]

Este argumento singular recibía distintos aportes, entre ellos la tradición de cortar la oreja del vencido. El propio Echeverría aseveró que el general Oribe había enviado de regalo a Manuela las dos orejas del coronel Borda, degollado luego del combate de Famaillá (1841) y que “esta señorita las mostraba como cosa muy curiosa, colocadas en un plato sobre el piano del salón”. [205] Pero todas estas fantasías atroces que tenían por centro a la Niña eran consecuencia del uso político que su padre hacía de ella y de una relación que estimulaba la imaginación de cuanto extranjero pasaba por Buenos Aires.

Débese a Mac Cann una descripción de la mencionada quinta, que conservaba “algunos resabios de usos y costumbres medievales. La hija de Rosas presidía la mesa y dos o tres bufones (uno de ellos norteamericano) divertían a los huéspedes con sus chistes y agudezas”. Don Juan Manuel aparecía rara vez, pues pasaba las noches sentado frente a su mesa de trabajo, algo que preocupaba a Manuela, temerosa de que su padre se acortase la vida por exceso de dedicación a los negocios públicos. La Niña sedujo al visitante, autor de un conocido Viaje a caballo por las provincias argentinas, realizado en 1847, y para el que solicitó la protección de Rosas, pues de otro modo corría el peligro de ser considerado sospechoso.

Mac Cann admiró las dotes de amazona de la hija del gobernador: “Me dejaba atrás con tanta frecuencia que hasta se me hacía imposible espantarle los mosquitos del cuello y los brazos, como me lo ordenaba la cortesía”, dice. Luego describió a Rosas, de rostro hermoso y rosado y aspecto macizo que le daban el aire de un gentil hombre inglés. “Mientras nos paseábamos por los corredores del patio, doña Manuelita vino corriendo hacia su padre y rodeándole el cuello con sus brazos, le reconvino cariñosamente por haberla dejado sola y por quedarse hasta esas horas en el frío de la noche.” El visitante, que observaba la escena, consideró a la Niña como una mujer de grandes atractivos y con muchos recursos para cautivar a sus huéspedes. [206]

Otro testigo, en este caso un joven norteamericano que más tarde llegaría a ser gobernador de Rhode Island, también consignaría en su Diario de viaje las peculiaridades de la vida en Palermo. Estuvo en dos oportunidades en la quinta, lo suficiente para anotar, con mirada perspicaz, muchos detalles íntimos. Samuel Greene Arnold, tal era su nombre, elogió la belleza física de muchas damas de la tertulia de la hija del gobernador y especialmente la de Agustina Rosas, de perfecto estilo español, pero que lamentablemente no hablaba idiomas extranjeros. En cuanto a Manuelita, decía: “Es una mujer bien parecida, de 28 a 30 años, con una figura llena y elegante, pero ligeramente redondeada de hombros. Tiene cara redonda y no bonita pero con mucho carácter; la nariz es demasiado grande y no prominente, pero tampoco respingada. Los dientes son feos, los ojos castaños, las cejas no son espesas, el cabello no del todo negro pero abundante. Tiene 5 pies, 5 ó 6 pulgadas de estatura y es despierta, afable y con mucho tacto. En realidad es el primer ministro de su padre”.

La Niña lo invita a recorrer la mansión; le muestra todos los cuartos; el de ella, amueblado al estilo inglés, con una cama alta de caoba a cuatro columnas, almohadas y toallas de hilo fino adornadas con puntillas del Paraguay, palangana de plata, una lámpara de porcelana blanca y buena alfombra en el piso, toda una rareza en las casas porteñas. El dormitorio de la Niña, lo mismo que el de su padre, dan a la galería trasera. Ya en el jardín, el joven Arnold recorre los paseos y se detiene especialmente en la descripción del barco hundido que Manuela y su corte utilizan para sus diversiones veraniegas. El bergantín quedó varado en seco al ser arrastrado por un fuerte viento. Pintado de rojo, con las cubiertas barnizadas, ofrece una excelente vista sobre el río y los bosquecillos de sauces. La cubierta baja y despejada sirve de salón de baile y tiene el mejor órgano a manivela que ha visto Arnold hasta entonces.

Sentados en la galería, Manuelita y Samuel aguardan la llegada de Rosas, que ha manifestado interés por saludar al visitante. En sus chistes estuvo muy grosero y vulgar, se queja Arnold. No era para menos. Rosas había utilizado sus peores recursos para escandalizar al huésped:

“Esta es mi mujer -me dijo señalando a Manuelita-. Tengo que alimentarla y vestirla y eso es todo; no puedo tener con ella los placeres del matrimonio; dice que es hija mía pero yo no sé por qué; cuando estuve casado, teníamos con nosotros en la casa a un gallego y puede ser que él la engendrara. Se la doy a usted, señor, para que sea su mujer y podrá tener con ella, no solamente los inconvenientes sino también las satisfacciones del matrimonio.

”Pero señor… -le dije- quizás la dama no quiera aceptarme; es conveniente obtener primero su consentimiento.

”Esto nada me importa -dijo él-. Yo se la doy y ella será su mujer.

”Así continuó durante un rato. La pobre Manuelita se ruborizó ante la grosería de su padre y se disculpó diciéndome:

”Mi padre trabaja mucho y cuando ve alguna visita es como una criatura, como en este caso”.

Pero las bromas siguieron un buen rato más, y Rosas llegó a decir que esa joven friolenta no era hija suya pues él nunca sentía ni frío ni calor, mientras mostraba su pecho fuerte, de piel clara y velludo, a los ojos de su desconcertado huésped. Durante la comida, que empezó a las cuatro de la tarde, e incluyó una serie de platos criollos -carbonadas, guisados, estofados-, Manuelita, sentada entre el gobernador y Arnold, bromeaba sobre su posible casamiento, dudando ella de la fidelidad del joven estadounidense cuando llegara a Chile. Samuel se marchó luego de una larga sobremesa; había pedido un autógrafo al gobernador, y otro a su hija, porque, dijo, ella reina en los corazones de la gente.

Este relato, uno de los más ricos y confiables en cuanto a la intimidad de los Rosas, pues fue escrito para la novia de Greene Arnold, sin intención de publicarlo, revela el origen de los rumores que corrían acerca de la relación entre el gobernador y su hija. Todavía no había nacido Sigmund Freud, de modo que esto nos exime de indagar si Rosas expresaba o no en sus chanzas sus más íntimos deseos. Sus alusiones a doña Encarnación, muerta diez años atrás, y al gallego que vivía con ellos -¿el Carancho González?- eran algo más que groserías. Pero Manuela estaba en condiciones de superar con rapidez la vergüenza inicial; imperturbable y coqueta, hacía gala de su gran presencia de ánimo y mantenía el tono de la conversación sin amilanarse y tal vez disfrutando el asombro de su contertulio.

Arnold que en sólo un mes de estadía en Buenos Aires, de febrero a marzo de 1848, había aprendido mucho sobre la sociedad porteña, analiza a continuación la vida sentimental de Manuela: “Ha estado comprometida varios años con un joven que está a las órdenes de su padre como comisario del ejército en la provincia y que vive en su casa, pero, por motivos políticos, el casamiento ha sido postergado, aunque algunos dicen que se ha realizado en privado”. Precisamente, cuando Manuela se despidió de su huésped, llamó a Máximo Terrero, su novio, para que tradujera sus palabras de saludo al francés, lo acompañara al coche y le ofreciera una escolta hasta la ciudad que no fue aceptada. [207]

Este enamorado, que tal vez en silencio había escuchado la conversación y las bromas de la sobremesa, era sin embargo el partido más adecuado para la hija del Restaurador. Hijo de “su primer amigo”, Juan Nepomuceno Terrero, sólo el egoísmo de don Juan Manuel podía pretender que la boda no se concretara. Pero como una rareza más de la vida en Palermo, ese joven moreno, simpático y bien parecido habitaba en la misma casa que su novia. Así lo reconoce Adolfo Saldías, al decir que tenía una habitación próxima a la de Rosas. Capdevila, el único de los historiadores del período rosista que se ocupa de esta curiosa situación dice: “Vivían bajo el mismo techo, allá en la inmensa casa de Palermo. De noche, cuando deberes de orden público la llevaban (a Manuela) a los teatros de la ciudad, se resarcía a la vuelta del sacrificio, soñando amores con su galán. En brioso corcel y a buen galope, al lado mismo de la diligencia, todo el cuerpo inclinado hacia ella, venía don Máximo, camino de casa, diciéndole que la quería”. [208]

Todo esto resultaba bastante extraordinario en una sociedad que en apariencia cuidaba tanto de las formas. Pero sólo pueden hacerse suposiciones en torno al género de relaciones de esta pareja que, después de Caseros, se casó y logró una admirable felicidad doméstica. Sostiene Antonio Dellepiane que fue en 1850, luego de la publicación del folleto de José Mármol sobre Manuela Rosas, cuando tomó estado público la relación entre la Niña y Terrero. El autor de Amalia había hecho de la soltería de la hija de Rosas el tema central de su trabajo. Sometida a una vida estéril e infecunda, escribe, ella debe renunciar a su felicidad personal, “o arrastrarse a las intrigas culpables a que los ejemplos de su padre la incitan, y asesinando toda pasión noble en su alma, dar esparcimiento a sus sentidos entre el misterio y entonces es desgraciada hasta la compasión”.

Mármol no oculta su simpatía hacia la Niña que a los 33 años ha alcanzado la “edad en que una mujer es dos veces mujer”. Se emociona ante esa alma femenina incomprendida a la que tal vez amó viéndola pasar amable, comunicativa, sencilla en los grandes saraos del Buenos Aires federal. “Su fisonomía es agradable -dice- con ese sello indefinible pero elocuente, que estampa sobre el rostro la inteligencia cuando sus facultades están en acción. Su frente no tiene nada de notable pero la raíz de su cabello castaño oscuro borda perfectamente en ella esa curva fina, constante y bien marcada, que comúnmente distingue a las personas de buena raza y espíritu. Sus ojos, más oscuros que su cabello, son pequeños, límpidos y constantemente inquietos. Su mirada es vaga. Se fija apenas en los objetos, pero se fija con fuerza. Y sus ojos, como su cabeza, parece que estuvieran siempre movidos por el movimiento de sus ideas.”

Todo se rinde en apariencia bajo sus pies, explica el novelista, poder, lujo, admiración, obsecuencia; en los paseos públicos, el gentío, apretujado, pugna por recibir el honor de una de sus miradas. En el teatro, las funciones no comienzan hasta que ella no se ha hecho presente en el palco. “¡Pobre mujer! En torno de Manuela Rosas el mundo es una orgía donde se embriagan sus sentidos (…). En medio de esos reptiles, Manuela es un Dios. Más fuerte, más sabia, más independiente que todos ellos, su voluntad domina en todos.”

Rosas ha sentenciado a su hija al celibato eterno, supone Mármol, pues no sólo no autoriza su casamiento eventual, sino que en torno de ella no hay un solo hombre capaz de inspirarle una pasión noble y profunda. En suma, el tirano, fascinador y demoníaco a un tiempo, ha puesto a su hija en el altar donde el pueblo enfermo, débil y fanatizado de Buenos Aires corre a ponerse de rodillas como homenaje servil de su postración. [209]

Esta Manuela que muestra el autor de Amalia como prototipo de la criolla de buena familia, de tez pálida, con ese tinte enfermizo de los temperamentos nerviosos, que no tiene la belleza excepcional de su abuela misia Agustina, ni la de su tía, la esposa del general Mansilla, pero tampoco la dureza de su madre doña Encarnación, es sin lugar a dudas una mujer enigmática. Mármol la imagina desdichada porque no ha conocido el goce del amor y de la maternidad. En términos similares se expresaría otro escritor contemporáneo suyo, Miguel Cané:

“Manuela es hoy el astro fulgente de la corte de Palermo, es hábil en el rol que desempeña, pero su vida íntima, su existencia de mujer ha sido nula, estéril, descolorida. Y los treinta años han llegado ya; las flores de su guirnalda han sido marchitadas por la mano del tiempo”. Con todo, “el anatema de la sociedad argentina no pesa sobre ella”, reconoce Cané en estas breves páginas, que concluyen con la suposición de que, cuando termine Rosas, ella será salvaguardada por las mujeres de las familias unitarias que no le guardan rencor. [210]

Entre tanto, la hija del dictador continuaba imperturbable su triunfal vida pública. Es muy posible que por entonces Máximo ocupara el segundo lugar en su corazón, pues el primero estaba reservado para su padre. Y por otra parte, más allá de las obligaciones políticas que debía cumplir, su salón era entretenido y no había fiesta ni espectáculo que no la tuviera como invitada de honor ni personalidad extranjera que pisara el suelo de Buenos Aires sin acudir a su tertulia.

La memoria de los porteños ha rescatado el encanto de la sociabilidad de Manuelita Rosas, que hacía los honores de la casa los días de recepción, acompañada de sus tías Mercedes Rosas de Rivera, Gregoria Rosas de Ezcurra, Agustina Rosas de Mansilla, y María Josefa Ezcurra, esto, en los primeros tiempos, luego de la muerte de su madre. Según Bilbao, en las reuniones, que se desarrollaban en medio de la mayor cultura y alegría, no se hablaba de política, se recitaban poesías, se hacían juegos de ingenio y se bailaba. Los números de música estaban a cargo de los maestros Esnaola, Massini, Marota y Sívori. También se hacían aplaudir los pardos Marradas, Ambrosio, Espinosa y otros pianistas de nombre de esa época. Se improvisaban pic-nics en el bosque o conciertos en el buque encallado en el río. “Los hermosos montes naturales y los que había plantado Rosas atraían concurrentes de la ciudad que se internaban en ellos con sus provisiones para almorzar y pasar el día, como ocurre hoy, con la diferencia de que entonces el paseo era particular y hoy es público.” [211]

Battolla agrega otros datos: Manuelita vestía generalmente de blanco o rosa, con adornos punzó. Los días miércoles eran los de más concurrencia a su salón. Entre sus amigas íntimas figuraban las de Gómez, Larrazábal, Cáneva, Velázquez, Pinedo, Sosa y Saravia. A la cena de los miércoles seguía el baile. “En estas sencillas tertulias no era costumbre sacar a bailar a Manuelita. Ella elegía compañero de vals, al que era muy aficionada, y cuya pieza sólo perdía cuando veíase obligada a hacer los honores de la casa.” Entre los galanes más asiduos, menciona a los Martínez de Hoz, González Moreno, Elizalde, el ministro Mandeville, Arcos, Hernández, Arredondo, Pérez del Cerro y García Fernández.

Manuelita disponía de cuatro habitaciones en Palermo, sala, dormitorio, toilette, etc., sobre la parte oeste del edificio. Doña Rosa Lastra de Lezica, que la visitó en compañía de su madre para agradecerle el desembargo de los bienes de su familia, recordaba que el cuarto de toilette era sencillísimo: un aparador de espejo cubierto por una gran toalla tejida de hilo festoneado con encaje de las provincias, un pequeño sofá, sillones y sillas tapizadas con fundas de género blanco. En la sala de recibo tenía un piano. [212]

Naturalmente, la hija del gobernador ejercía en la sociedad porteña un verdadero liderazgo acatado respetuosamente por todos; en las fiestas patrias su presencia era infaltable en el balcón de lo de Riglos, el más elegante de la ciudad, ubicado sobre la plaza de la Victoria (Bolívar 11). En ese sitio, tradicionalmente usado para concertar noviazgos, ella lucía sus muchas alhajas; llegaba acompañada por la infaltable Juanita Sosa y por su eterno séquito de admiradores. Era sabido que el dueño de casa, Miguel de Riglos, se había hecho federal neto de puro miedo, afirma Battolla, al evocar al propietario de la afamada balconada que era larga y angosta. [213]

“En el teatro no se alzaba el telón hasta que la hija del Restaurador no estuviese presente”, recuerda el mismo autor. En el paseo del Bajo de la Recoleta, donde de tanto en tanto se corrían carreras de sortijas, los jóvenes de familias conocidas que participaban de los juegos vestían deliberadamente chiripá de paño punzó y gorra del mismo color. El ganador presentaba el trofeo a la dama de su predilección, pero si estaba presente la hija del gobernador, la sortija era para ella, cuya presencia, por otra parte, tenía la virtud de aquietar los ánimos más convulsionados.

Para Manuelita eran también las primicias de las serenatas nocturnas que estaban de moda en el Buenos Aires federal. Así se evitaban las sanciones policiales. De estas serenatas que se daban a caballo, debido al mal estado de las calles, y con acompañamiento de guitarras, hubo una, en vísperas de Navidad, particularmente memorable: se dio con ayuda de un gran piano que anduvo triunfante por las calles a hombros de cuatro gallegos morrudos que se turnaban con otros tantos vigorosos negros (Munilla, dueño del café de Malcos, de donde surgió la iniciativa, era asimismo propietario del instrumento). La comitiva de 200 personas, con atriles y faroles, encaminó sus pasos en primer término hacia lo de Rosas y luego recorrió las casas de las familias amigas hasta el amanecer. [214]

Hacia 1850 la gloria de Manuelita estaba en su cénit: gracias a los extranjeros, y al éxito de la política exterior de Rosas, los periódicos europeos hablaban de la joven porteña. En Madrid la llamaban “la célebre Manolita” y la Revue de Deux Mondes afirmaba: “cuenta ella en Europa, de Turín a Copenhague, con gran número de admiradores y amigos”. [215] Al unicato político del padre correspondía el unicato social de la hija, directora, inspiradora y centro de múltiples actividades en la metrópoli del Plata. Eran tantos los himnos y los poemas compuestos en honor suyo, que hasta ha podido editarse un volumen con todas esas expresiones literarias de dudoso gusto y tono algo burocrático al estilo de: “Hija digna de Rosas potente / tú serás el jazmín peregrino / tú el encanto del suelo argentino / y embeleso del pueblo más fiel”. O esta otra, entonada en 1848 por los negros en sus días de fiesta: “Oh, siglo infelice / de nuestros mayores / pues no les fue dado / tributarte honores / murieron en Congo / sin veros señora / que alegre te muestras / cual fulgida aurora”. [216]

Hasta la esclavitud parecía un beneficio pues permitía a los africanos y sus descendientes disfrutar del encanto de esta señora. Pero más allá de tales expresiones de obsecuencia, Manuelita imponía su reinado sin hacer personalmente abusos de poder y sin marearse ante tanta adulonería, cosa admirable porque desde su adolescencia siempre había estado rodeada de halagos. A tal punto llegó su importancia en el sistema rosista que la oposición se mostró preocupada: la intimidad de los Rosas atraía y rechazaba a la vez a los emigrados, los que, gracias a una buena red de informantes, estaban en condiciones de dar a conocer con detalle los entretelones de la vida en la quinta de Palermo.

Un folleto de autor anónimo, publicado en Valparaíso en 1851, describe la vida cotidiana del gobernador y de su familia, en ese sitio que se ha transformado maravillosamente, con sus caminos bordeados de sauces y naranjos, la alameda tapizada con conchillas de mar y el gran patio donde día a día se reúne una multitud silenciosa: 500 personas de ambos sexos, criados de la casa, empleados de la secretaria del gobernador, edecanes, peonada de la quinta y del saladero adjunto y gente que acude guiada por la curiosidad o por la esperanza de alcanzar algún favor de doña Manuelita.

Más parece externamente un panteón que una casa de campo, dice el anónimo, pero dentro hay lujo en las habitaciones; cada salón, cada dormitorio, tiene estufa particular (5.000 pesos le ha costado al tirano la menos lujosa); proliferan las alfombras y los sofás. A la entrada hay un hermoso estanque y un sofisticado columpio o sistema de calesitas y caballos, diversión en la que sobresale la hija de Rosas, que suele reírse mucho de los que se muestran tímidos o mareados. Sólo en pan se gastan en Palermo 500 pesos diarios.

Rosas ha comprendido que su gobierno no debe llevar una vida común, sino a su modo, tan especial y única como su tiranía. Trató de hacer a su hija cómplice de sus maldades y, una vez convencido de la perfectibilidad de su obra, partió con ella la gloria y los desvelos de la dictadura. Desde entonces se vio a Manuela crear una corte, vestirse de princesa y hacerse el centro de la política interior y exterior de Buenos Aires.

“Pero no se detuvo aquí el poder y la influencia acordados a doña Manuelita por los aduladores de Palermo. Muy pronto se la vio partiendo con el ministro de Relaciones Exteriores el honor de las negociaciones diplomáticas, recibiendo los primeros cumplidos y besamanos de los Lores, los Condes y Almirantes de Francia, Inglaterra, hasta llegar a declararse de un modo casi oficial que ‘las visitas y cumplimientos hechos a la digna hija del Restaurador, eran preliminares necesarios para alcanzar la estimación de Rosas’. Ante cualquier rumor sobre el estado de salud de S. E, es preciso interesarse ante ella y no han faltado los mandones del interior que han llevado su abyección a decir que muerto Rosas nadie con mejores derechos y capacidades para sucederle que su hija.”

Rosas -continúa el anónimo-, retirado en Palermo, tomando al gobierno por un ejército en campaña, ha establecido de hecho una secretaría general, administrada unas veces por él, y otras por su hija. Trabaja toda la noche; a las ocho de la mañana, después de haberse tomado unos centenares de mates, Rosas entrega el cetro y la corona a Manuelita y se retira a su aposento (el autor está enterado de la presencia de la joven amante del gobernador, cuya historia se hará en el capítulo siguiente). Desde aquella hora Manuela es el Sol de Palermo para el culto federal; para ella todas las adoraciones e inciensos. Su bufete no se abre hasta la una del día, pero desde mucho antes un criado está encargado de recoger tarjetas y llevar una lista de todas las personas que solicitan audiencias. Acordada ésta, el sirviente conduce a todos los favorecidos hasta la puerta del despacho, que es un salón pequeño, pero lujoso y elegantemente adornado. Doña Manuelita recibe generalmente con afabilidad y cortesía, no siendo extraño se la clasifique de muy amable y bondadosa, pues hace un particular empeño en parecerlo, cuando en realidad no lo es.

No pasa por alto el anónimo la importancia de las “damas de honor” de esta singular corte republicana y dice que “a las cinco de la tarde Manuela cierra su despacho y tiene lugar entonces la gran mesa de estado a la que raras veces concurre don Juan Manuel. Los amigos de la casa, los palaciegos de mayor confianza, se reúnen por la noche en el salón principal. Doña Manuelita toca el piano y canta y la tertulia toma una animación que sólo es dado comprender a los que conocen el espíritu de libertinaje y franqueza que ha dominado siempre en las acciones y vida de Rosas y su familia”.

“En resumen, Rosas y su hija son los únicos y absolutos administradores de la República Argentina; los ministros de Estado, los camaristas, los representantes, gobernadores de provincia, etc., etc., son miserables cascabeles prendidos a la ropa del gran juglar que los hace sonar o caer a su capricho.” Sobre la apariencia de Manuela, que a los 34 años de edad no es hermosa, pero sí elegante y graciosa, dice que su rostro es agradable, pero ni distinguido, ni hermoso, y que las cejas bien pobladas son señal inequívoca de un carácter duro y apasionado. Es atractiva cuando, separada de su bufete, pasa a desempeñar en su salón su verdadero papel que le corresponde como dama y se entrega con efusión e ingenuidad a los transportes del baile, el canto, o la conversación familiar.

El anónimo tiene en claro dos cosas: por un lado que el adjetivo que conviene a una señorita auténtica es la ingenuidad y asimismo que esta mujer enigmática desempeña un papel político de primer orden sin que pueda saberse si lo hace a disgusto -como supone su leyenda- o si, por el contrario, ella también siente que ha nacido para mandar y pone especial cuidado en cumplir ese rol nada desdeñable. Destaca el folleto -y en esto coincide con otros relatos- que la Niña hablaba en público con gran facilidad y elocuencia, “debiendo este adelanto al continuo hábito de comunicarse con gente de alta clase, y a la seguridad y aplomo que le da su posición elevada. Cuanto ella hace y dice es una sentencia y una gracia que todos se apresuran a festejar”.

“Habla regularmente francés, toca el piano y canta canciones españolas que sólo podían ser toleradas en los estrados de Buenos Aires por salir de unos labios tan infalibles como los suyos, tales son de verdes y licenciosas. Monta a caballo casi tan bien como su padre y como él prefiere hacerlo a imitación de las gentes del campo, y lleva el vestido corto y la cabeza descubierta; fuera de estas ocasiones, viste con mucho lujo y elegancia y tiene tantas alhajas como la más rica princesa.

“En cuanto a su hermano Juan, el primogénito del dictador, ocupa tan triste lugar en la historia asombrosa de su padre, que apenas se habla de él, siendo muy pocos los que en el exterior lo conocen; es de corta estatura, rubio, y bastante parecido a Rosas, un gaucho político dedicado a la vida ganadera. Parece que su padre hubiera tenido especial empeño en embrutecerlo y colocarlo en la imposibilidad de ambicionar un alto empleo con perjuicio de su hija Manuelita a quien decididamente ha distinguido. Tiene fama de consumado calavera y como está ausente casi siempre de Buenos Aires, ha llegado a caer en el olvido de los cortesanos.” [217]

Hasta aquí, la crítica y acerada pintura de época que nos brinda la pluma de este opositor cuya información coincide con la mayoría de lo escrito acerca de Palermo, pero que es el único -que se sepa- en mencionar las canciones picarescas que entonaba la Niña en su tertulia y en reflexionar sobre la posible distancia entre la amabilidad de la hija del gobernador y su yo íntimo que supone más fuerte y menos convencional. Por otra parte le reconoce alta especialización en los asuntos públicos, resultado de una inteligencia que ha sido educada por años de contactos con el poder. Marca además la identificación entre padre e hija, no sólo a través de la picaresca, sino más especialmente en la pasión por los caballos y por vestirse a lo gaucho en lugar de hacerlo, cuando se trata de cosas de campo, a la moda europea, como podía esperarse de su alto rango social. Sugiere, en suma, un goce secreto del poder por parte de Manuela.

Lucio V. Mansilla ha hecho asimismo referencias a la vida en Palermo en las postrimerías del régimen. “No era un foco social inmundo, como los enemigos de Rosas lo han pretendido -escribe- por más que éste y sus bufones se sirvieran de cuando en cuando de frases naturalistas, chocantes, de mal género, pues Rosas no era un temperamento libidinoso sino un neurótico obsceno (…) Manuelita, su hija, era casta y buena, y lo mejor de Buenos Aires la rodeaba, por adhesión, o por miedo, por lo que se quiera, inclusive el doctor Vélez Sarsfield que le hacía de cavalière servente con su gracia característica, provocando, por su cercanía con la Niña, las envidias de su séquito.” [218]

Pero de hecho, a Lucio, que era un adolescente de muchas lecturas, le resultaban pesadas las bromas de los bufones de su tío, el gobernador, las tonterías del “padre Biguá y las insolencias del esperpento Eusebio, que me revienta porque dice (¡mulato atrevido!) que yo soy hijo suyo, de oculto”. La tertulia de Manuela, en cambio, no parecía contar con esta singular compañía y resultaba grato escuchar a los invitados que de noche se entusiasmaban y, ayudados sin duda por unas copas de buen vino, cantaban el Himno federal y vivaban a Rosas. [219] Pero cuando se fue del país, medida preventiva del general Mansilla que advirtió, con temor, que su hijo se complacía leyendo El contrato social, Lucio no llegó a despedirse de Rosas: veinte días seguidos fue a Palermo sin lograr que su tío lo atendiera. Siempre cariñosa, repetía Manuela que mañana, tatita lo recibiría… [220]

El Pronunciamiento de Urquiza en mayo de 1851 resultó un pretexto más para enaltecer la figura de la hija de Rosas. Las muestras de apoyo al dictador se multiplicaron en Buenos Aires a partir del 24 de mayo, día del cumpleaños de la Niña. Hubo visitas y regalos. Diplomáticos y generales, empleados públicos, negros y negras de las naciones africanas, mazorqueros, gente de los suburbios y de la alta clase porteña acudieron a rendirle homenaje. Las adhesiones a los Rosas continuaron. El 9 de julio, la multitud se agolpó bajo una lluvia torrencial para contemplar a su héroe, el Restaurador, que comandaba la parada militar en el Paseo de Julio. Ningún cuerpo se movió de su puesto y así sufrió la tempestad de agua y viento por horas. Otra noche se estrena en la sala del Argentino la obra Juan Sin Pena, cuyo argumento, se anuncia, tiene similitud con “la loca y negra traición de Urquiza”. Manuelita, “brillante como nunca de hermosura y de bondad”, asiste a la función; a la salida, centenares de personas la acompañan hasta su casa, y en el patio, con banda de música y faroles, entonan el himno Loor eterno al magnánimo Rosas. En la siguiente función de la misma pieza tiene lugar un hecho significativo:

A la salida del teatro la muchacha sube a una carroza arrastrada por sus muchos admiradores, ciudadanos respetables, dirán los periódicos, entre los que figuran Lorenzo y Eustaquio Torres, Rufino de Elizalde, Santiago Calzadilla, Adeodato de Gondra y hasta Benito Hortelano, periodista español que había fundado El Agente Comercial. <emphasis><strong>[221]</strong></emphasis>

La hija del gobernador es agasajada también en forma privada: el 9 de setiembre Josefa Gómez ofrece un baile en su honor. En octubre, contagiada tal vez por el vértigo colectivo que no cesa en sus demostraciones de adhesión al Restaurador, la Niña concurre acompañada por varias señoras y señoritas de su séquito al convento de San Francisco, para festejar la fiesta del santo comiendo en el refectorio. Tiene autorización del provisor eclesiástico, pero de todos modos, su actitud resulta sorprendente, una gaffe podría decirse:

“Nunca he oído decir que ninguna mujer, ni aun las mujeres de los virreyes, hayan entrado en los conventos con su comitiva de señoritas, tanto en entrar como en comer, todo lo cual ha causado novedad en el público”, escribe Juan Manuel Beruti, el cuasi imperturbable cronista de medio siglo de vida política y social de Buenos Aires. [222]

Embriagada por el triunfalismo que se ha apoderado de la ciudad, Manuela Rosas ha ido más allá de lo que ninguna mujer había avanzado hasta entonces, ni en la época colonial, ni en la independiente. La prensa porteña que ha respondido con mansedumbre a las necesidades políticas del dictador, se empeña en halagar a la Niña de Palermo. El Diario de Avisos elogia a las mujeres argentinas, perspicaces en la política, en literatura, idiomas, música y pintura, pero que educadas con timidez no han podido desarrollar sus pensamientos: en medio de ellas se levanta como un centro de atracción la bella Manuelita que en cualquier situación de la vida en que encontrase brillaría “por su tino mental” y merece se la compare con las grandes damas del siglo, la emperatriz Josefina, que con sus consejos contribuyó a la elevación de Napoleón, Teresa Cabarrús, Madame Tallien, apodada Nuestra Señora de Termidor; Madame Récamier, a la que Thiers consultó para escribir la historia del Consulado, y, por último, la princesa Adelaida de Orleans, hermana de Luis Felipe de Francia, buena consejera en los más intrincados asuntos. [223]

El mismo periódico publica entre setiembre y octubre la correspondencia entre el encargado de negocios norteamericano, Guillermo Harris, y el ministro de relaciones exteriores de la Confederación, Felipe Arana, con motivo del regreso del diplomático a los Estados Unidos. Harris dice haber comprendido la historia del país, la política del general Rosas, los servicios que ha prestado a la salvación de la patria y los no menos importantes que se deben a su noble hija. [224] Asombra que se incluya a Manuelita en ese texto oficial, casi como si fuera la heredera del trono.

Periódicamente Rosas renunciaba al cargo de gobernador y la Legislatura le rogaba que permaneciera en funciones. Cuando el Restaurador repite ese ritual, en setiembre de 1851, hay demostraciones de júbilo oficial y popular rigurosamente pautadas: en la tarde del 28 de setiembre una comisión visita la quinta de Palermo; los recibe el ciudadano Máximo Terrero, quien los introduce en el salón de Manuelita. Su Excelencia, el gobernador, se presenta vestido con sencillez, como un verdadero republicano, dice la crónica. Mientras un fervoroso Lorenzo Torres da vivas al gobernador, diputados, empleados públicos, militares y venerables sacerdotes saludan a la Niña. [225]

Pero la máxima demostración de homenaje a la hija de Rosas tiene lugar el 28 de octubre. Es la fiesta que le ofrece el comercio porteño y que resultó en cierto modo la culminación de toda una época. Preparada con cuidado hasta en sus mínimos detalles, asunto central era la realización de un retrato de la joven, a fin de que cada invitado pudiera irse a su casa llevando la litografía de Manuelita. Un montaje especial se puso en marcha para asegurar el éxito político y artístico del proyecto. El baile se preparó desde el mes de julio. Formaban parte de la comisión organizadora Rufino de Elizalde (más tarde mitrista fervoroso), Manuel Pérez del Cerro, Carlos Urioste y Pedro del Sar, que eran comerciantes y hacendados de prestigio. El lugar elegido era el Coliseo donde había un teatro en construcción (actualmente se levanta allí el Banco de la Nación). Consultada la Niña sobre la posibilidad de que los invitados se llevaran su imagen litografiada en recuerdo de la fiesta, ella respondió que su padre la había formado en los principios de la modestia y jamás había soñado retratarse. Fue preciso entonces apelar al consejo de tres íntimos, don Juan Nepomuceno Terrero, Luis Dorrego y el tío Gervasio, los cuales dictaminaron que Manuela era una personalidad histórica, “celebrada por la prensa del mundo” y justificaron el objetivo del sarao: agradecer los servicios que tan acertadamente rendía a sus compatriotas bajo las sabias direcciones de su ilustre padre. Su litografía sería un ejemplo más de la fusión de voluntades que ha sabido operar su esclarecido padre en esta tierra, tan lastimosamente despedazada antes. [226]

Salvados los pruritos de la Niña, el artista Prilidiano Pueyrredón, retratista avezado de la sociedad porteña de entonces, puso manos a la obra. En Arte e Historia, Dellepiane ha destacado con cuánta inteligencia procedió Prilidiano para pintar el retrato de alguien cuya personalidad había sido fijada de entrada por la comisión organizadora. Presentó a la joven lujosamente vestida con su miriñaque rojo, recibiendo a un invitado invisible. El rojo terciopelo del traje, la mesa de caoba rosada, el ramo de rosas que armoniza con el apellido de la modelo, más los tonos de la alfombra, del cortinado y de la divisa colocada en el peinado, todo concuerda para presentar y fijar un período de la historia del país a través de su principal figura femenina. Es la sociedad federal urbana lo que se presenta ante el espectador, bien distinta, por cierto, de las imágenes confusas de gauchos y degüellos que forman también parte del imaginario colectivo cuando se evoca al período rosista. [227]

La pintura que puede admirarse hoy en el Museo Nacional de Bellas Artes, perduraría mucho tiempo más que los ecos de la fiesta que tuvo lugar por fin el 28 de octubre de 1851. Fue el sarao más famoso de la temporada y al mismo tiempo el canto del cisne del régimen. Desde la decoración de los salones hasta el exquisito ambigú, todo fue minuciosamente preparado. Manuela, vestida de rojo y oro, adornada con brillantes en su cuello delicado y en su graciosa cabeza, según dirían las crónicas mundanas, deslumbró una vez más a sus admiradores, y escuchó nuevos y entusiastas poemas escritos en su honor. Se bailó hasta las siete de la mañana. Uno de los invitados, Adeodato de Gondra, justificaría su atraso en contestar unas cartas “por haber pasado toda la noche hasta el día, como era mi deber, en el justo y espléndido obsequio dado por el Comercio Nacional al Ángel de la Confederación, la incomparable virtuosa hija de V.E. Doña Manuelita”. [228]

Pero así como al amanecer del 29 de octubre se apagaron las luces del Coliseo, empezaría a apagarse el brillo de la Niña. Su primo, Lucio V. Mansilla, la evocará en una conocida página de Entre-Nos. Corren los últimos días de diciembre del 51, y la opinión está pendiente del avance del Ejército Grande que bajo la jefatura del general Urquiza ha cruzado el Paraná y se dirige a Buenos Aires para librar la gran batalla. Pero en Palermo persiste el mismo cuadro señorial. Lucio ha vuelto de viajar por el mundo; sabe que su tío, el dictador, se ha disgustado porque no lo han consultado sobre ese periplo, y se dispone a saludarlo. Deja su caballo en el palenque y no tarda en hallar a Manuelita, en lo que se llamaba el jardín de las magnolias, rodeada de un gran séquito. A su lado, provocando las envidias federales, el doctor Vélez. Durante largas horas aguardará el joven la autorización para visitar a su legendario tío. “¿Y?”, pregunta cada tanto. “Ten paciencia, ya sabes lo que es tatita”, responde la prima movediza y afable, hasta que por fin “tatita” lo invita a entrar y ella lo conduce, como Adriana, de estancia en estancia, haciendo zigzags hasta la pieza en la que reina un silencio profundo y en la que aparece el tío, alto, rubio, imponente, de mirada fuerte, nariz grande, afilada, correcta, cara afeitada, que no disimula el juego de los músculos. Así le pareció la efigie del “hombre que más poder ha tenido en América y que empezó a hablarle con timbre de voz simpático hasta la seducción”. [229]

El clima se había enrarecido y un silencio pesado sustituía al bullicio de los últimos meses. Todos los ciudadanos, con excepción de los extranjeros, han sido llamados al servicio de las armas. Los negocios están paralizados. El 26 de enero de 1852, Palermo se llena de gente: van a presenciar la salida de las tropas que deben concentrarse en Santos Lugares, doña Manuelita, vestida de rojo, los despide con gesto teatral, según testimonia Jonathan Foltz, un cirujano sueco de paso por Buenos Aires. Su padre y su novio se van al campamento y ella permanece en la quinta unos veinte días más. Oficiales de un barco norteamericano le harán compañía en el último paseo que hace hasta la glorieta favorita, escenario de tantas horas felices. Después partirá a su casa del centro a esperar los acontecimientos. La Niña muestra entonces su energía, su valor y el sentido práctico que nunca la abandona: ante la súplica del ministro inglés para que se traslade cuanto antes, a un barco bajo la protección británica, ella prefiere esperar el desenlace y el regreso de su padre. Cuando se trata de partir, se ocupa personalmente de llevar los títulos de propiedad de los bienes paternos. [230]

Concluía entonces la historia de la Niña de Palermo. El 3 de febrero del 52, poco antes de que terminara la batalla entre las tropas de Urquiza y las de Buenos Aires, Rosas regresó a la ciudad, escribió su renuncia al cargo de gobernador, se dirigió a casa del ministro de SMB, Mr. Gore, y esa misma noche, acompañado por sus dos hijos, su nuera y su nieto, se embarcó en un vapor de guerra británico que estaba fondeado en la rada y que se alejó rápidamente hacia aguas profundas. [231]

La propia Manuelita relató años después al historiador Saldías los pormenores del traslado, vestida ella con ropa de marinero. Ya en el barco, vieron desde cubierta los incendios y adivinaron los saqueos que tenían lugar mientras las autoridades locales se desentendían del mantenimiento del orden y todavía Urquiza no había implantado su gobierno sobre la ciudad acéfala. Su angustia era grande: nada sabía de los amigos y parientes que habían quedado en Buenos Aires. Desconocía la suerte de Máximo Terrero que ahora era el personaje central en sus pensamientos de mujer. ¿Estaba preso?, ¿acaso lo habían fusilado? Un oficial de la corbeta sueca Lagerjelke fue el encargado de disipar sus temores y, de paso, de dejar para la posteridad una pintura vívida de Manuela en la hora de la derrota.

Este oficial, que había sido testigo de los últimos sucesos, se sorprendió gratamente cuando un grupo de amigos de la hija de Rosas, sabiendo que conocía a los marinos del Centaur -la fragata de guerra adonde se habían trasladado los proscriptos- le pidió que fuera a bordo a saludarla. Al sueco, que desde su llegada a Buenos Aires oía hablar mal de Rosas todo el tiempo pero bien de su hija, porque ella nunca denigraba a nadie, le pareció que estaba ante una oportunidad espléndida de conocer a tan destacado personaje. Antes de partir le fue presentado Máximo Terrero a quien Urquiza había liberado de inmediato. Puede imaginarse la alegría con que Manuelita recibió de labios del oficial sueco esta noticia:

“Al oír el nombre de Máximo Terrero, Manuelita hizo un pequeño movimiento con la cabeza y sus grandes ojos llenos de alma lagrimearon, y con bastante fervor dijo: ‘Máximo Terrero está libre. ¿Usted mismo lo ha visto?’ Le dije que sí y que había hablado con él hoy en su propia casa. Me tendió la mano diciéndome: ‘No le puedo decir cuan bienvenido es usted’. Las lágrimas corrieron por sus mejillas y con evidente estupor exclamó: ‘¿Realmente Máximo Terrero está libre?’. Tuvo entonces una suerte de catarsis y empezó a hablar de la inquietud y tristeza en que se había encontrado en esos últimos días:

”Puedo darle un consuelo -le aseguró el marino- con seguridad, todos los extranjeros de Buenos Aires y puedo decir también que todos sus compatriotas -por lo menos aquellos con quienes he hablado- tienen una sola opinión de usted, Manuelita: que es usted una mujer noble, buena y amable y todos la quieren, la aprecian, a todos les hace falta usted y todos la compadecen. Cuando le dije esto último me tomó la mano, se llenaron sus ojos de lágrimas y me miró con una expresión indescriptible de agradecimiento y buena voluntad. No pude decir más porque empecé a sentir big lump en la garganta, que sofocaba las palabras. Al fin se puso el pañuelito con las dos manos sobre los hombros, se sentó más derecha y me dijo: ‘Le voy a confesar que me siento muy infeliz’, y las lágrimas corrieron por sus mejillas. ‘Yo quiero a esta tierra, yo quiero a Buenos Aires más de lo que puedo expresar. No he podido hacer todo lo que he querido hacer, pero siempre he hecho lo que ha estado en mi poder hacer. Y mi voluntad ha sido vivir y morir en este país querido que ahora tengo que dejar para siempre’. Parecía -escribe conmovido el testigo sueco- que no disimulaba su dolor. Y después de un rato siguió: ‘Pero ahora debo resignarme. Es mi deber seguir a mi viejo padre. Por él voy a sacrificar todos los demás sentimientos. Estoy resignada. No sé cómo llegué a ponerme tan agitada. Discúlpeme amigo mío’. Y mientras así hablaba las lágrimas corrían por sus mejillas, pero no hubo sollozos ni ningún movimiento de manos, brazos o nuca tan comunes cuando alguien llora -observa el visitante, que agrega-: Era indescriptiblemente interesante y hermosa.”

En el saloncito del Centaur, mientras Manuela contesta las cartas recibidas, Lagerjelke tiene oportunidad de observarla más detenidamente: está envejecida y pálida, dice, se ve que nunca fue bonita, pero su cabellera negra y sobre todo los ojos de los que irradia una profunda claridad casi mística, casi de inspirada, lo impresionan. Vestida con sus colores predilectos, traje blanco y chal de crêpe finito rojo, sin adornos ni alhajas, y con una cinta enroscada en sus trenzas, es una figura llena de gracia española. Rosas, en cambio, le parece una persona desagradable cuando lo ve pasando por la cubierta: “Nunca he visto más diferencia entre padre e hija”, afirma. Por la conversación de los oficiales de a bordo se entera del alboroto que provocó el arribo de los ilustres huéspedes que rompía la monotonía de la vida marinera:

“Cuando doña Manuelita al alba se hizo presente sobre el puente del barco, su cabello estaba tan descuidado como también su vestido. Estaba cansada por haber pasado la noche en vela y por las penas; no podía casi caminar sino que vacilaba y con un saludo, mezcla de humillación y agradecimiento, pasaba entre los oficiales reunidos. Creían que no habían visto algo más agradable y seductor”.

La hija de Rosas, aun en la derrota, mantenía el embrujo que había ejercido largos años cuando su padre era el gobernador de la provincia, y Lagerjelke, al volver a tierra, estrechaba en su mano un ramito de jazmines que doña Manuelita le había regalado. El río está agitado y el joven sueco se pregunta enternecido si la señorita se habrá mareado… [232]

Efectivamente, ella estaba mareada cuando el 10 de febrero de 1852, poco antes de que la nave levara anclas rumbo a las Islas Británicas, escribió a Josefa Gómez una carta de despedida: “Hasta ahora no contamos con ningún recurso -decía- pero la providencia divina velará sobre nosotros. Estoy enteramente resignada a mi destino y para probar mi gratitud al Todopoderoso por el bien inmenso que me ha hecho concediéndome la vida de tatita, yo cuidaré de él para que con mis asiduos cuidados hacerle llevadero su destino. Él está con toda su grandeza de alma, no se ve en él un contraste sino la satisfacción de su conciencia”. Manuela se despedía de Josefa, de Pepita, hija de ésta, y de amigos comunes entrañables, como el deán Felipe de Elortondo y el doctor Vélez. Concluía declarando su inocencia: “yo no tengo otra falta ante los hombres que ser buena hija. Ante Dios ninguna, y es por esto creo seré escuchada”. [233]

Esta era la primera de una serie de cartas intercambiadas entre la hija de Rosas y doña Josefa Gómez, enviadas puntualmente en cada paquete que hacía el servicio entre Londres y el Río de la Plata hasta 1875, año en que falleció Josefa. Paralelamente Manuela mantenía relación con otras muchas amigas y parientes y el conjunto de esta correspondencia resulta un tesoro histórico invalorable: el relato por mano propia de la intimidad de la señora de Terrero, que fuera de su país y al margen de los halagos del poder que la habían rodeado desde la infancia, organizó con inteligencia y sentido común una nueva vida.

Trasladada por la fuerza de los hechos a un escenario muy diferente y llevada por las circunstancias a desempeñar un papel del todo opuesto al que había tenido hasta entonces, Manuela dio pruebas de su capacidad de adaptación y de un espíritu abnegado, pero con límites. La primera prueba que debió sortear fue la definición de su destino como mujer: ¿seguiría cuidando a su padre, el tan querido pero despótico tatita que ahora fuera del poder se volvería cada vez más caprichoso? ¿Tendría acaso ahora oportunidad de completar esa existencia incompleta que tanto vituperaban sus admiradores del Río de la Plata, al estilo de Mármol y Cané, en escritos que sin duda habían llegado a sus manos? Estos interrogantes que seguramente se planteó la hija de Rosas durante la travesía y cuando desembarcó en el puerto de Plymouth en el mes de abril, tuvieron pronta respuesta. El 6 de mayo Máximo Terrero, su consecuente enamorado, llegaba a su vez a Inglaterra. Venía dispuesto a casarse de inmediato y a soportar el destierro junto a su amada.

Manuela tuvo entonces que decidirse. Rosas, vencido y deprimido, se oponía a la boda como siempre lo había hecho, encontrando natural que su hija se sacrificara en aras del amor filial. Pero su hora había pasado, incluso en el plano de los afectos familiares sobre los cuales durante demasiado tiempo había ejercido también la dictadura. Y Manuelita eligió a Máximo, demostrando así que su temperamento, equilibrado y práctico, había aceptado estar alejada del matrimonio mientras vivía en Palermo, colmada de otros intereses y atenciones, y con la compañía permanente de su novio, pero que en el exilio la situación era muy distinta y nada justificaba continuar con ese statu quo. Hubo entonces una ruptura entre padre e hija, menos melodramática y más tardía que la del propio Rosas con su madre, pero ruptura al fin. Ella necesitaba a Máximo y él estaba dispuesto a apoyarla. Por otra parte se hallaba pronta a seguir acompañando a su padre. Todos podrían vivir bajo el mismo techo como en Palermo. Pero Rosas no opinó igual, sintióse herido y postergado, pues aún no admitía ser el segundo para nadie. Puso así condiciones a la nueva pareja. ¿Cuáles eran éstas? Un testigo chileno, don Salustio Cobo, de visita en Southampton (1860), tuvo oportunidad de conocerlas:

“-¿Y qué es de la vida de la señorita Manuelita? -preguntó al ex dictador.

”-Me ha faltado, me ha dado un pesar, se ha casado.

”-Siento entonces haber traído el hecho a su memoria de V.E. Se servirá excusarme.

”-No, nada de eso; estamos en la mejor armonía. Máximo -le dije yo- dos condiciones pongo: la primera, que yo no asistiré a los desposorios; la segunda, que Manuelita no seguirá viviendo en mi casa. Y es así que está en Londres, de donde me escriben todas las semanas. No sé qué le dio a Manuelita con irse a casar a los 36 años, después que me había prometido no hacerlo, y hasta ahora lo había estado cumpliendo tan bien, por encima de mil dificultades. Me ha dejado abandonado, sola mi alma”. [234]

Y a Josefa Gómez, de fe que también era amigo, escribió: “Hoy ya es muy poco lo que me ha quedado y la amiga de usted (Manuelita), me ha dejado con inaudita crueldad ya solo en el mundo”. [235]

Muy distintos eran estos acontecimientos vistos desde la óptica de la hija, que a fines del 52 escribe exultante a su amiga de infancia, Petrona Villegas de Cordero: “¡Petronita! ¡Ya estoy unida a mi Máximo!; el día 23 del pasado octubre recibimos en la Santa Iglesia Católica de este pueblo (Southampton), la santa bendición nupcial a que nuestros amantes corazones han aspirado tantos años. Tú que conoces a mi excelente Máximo puedes tener la certitud que me hará completamente feliz. Sus bondades y la ventura de pertenecerle, me han hecho ya olvidar los malos momentos y contrariedades que he sufrido en mi vida. Abrázame muy fuerte, amiga mía, gózate en la felicidad de tu amiga”. [236]

La pareja de recién casados, cuya armonía perduró por 46 años más, visitó Londres. Manuela se maravilló ante la grandiosidad de la capital inglesa y asistió a una ceremonia histórica: las exequias del duque de Wellington, vencedor de Bonaparte en Waterloo. Para adaptarse a su nueva residencia, debió modificar su atuendo, usar gorra, como las europeas, en lugar del pelo suelto como se estilaba en el Río de la Plata. En cuanto a los vestidos, eran similares a los de su país y en sus cartas no dejaría de ejercitar su don de observación en materia de modas, bien entrenado en las tiendas porteñas que había frecuentado desde la infancia. [237]

Pero no sólo ocupaban sus horas las preocupaciones de una recién casada. Desde el día de la derrota había aprendido con rapidez a diferenciar a los amigos leales de los que, como Lorenzo Torres, o Felipe Arana, se acomodaron lo más pronto posible a la nueva situación política y establecieron alianzas pragmáticas con los vencedores fueran estos urquicistas o porteñistas. En carta a Petronita (Pituquita) Villegas, la señora de Terrero se precia de haber valorado las buenas cualidades de su amiga “aún estando en medio de una situación en que era tan fácil alucinarme”. A ella encomendará una legión de entenadas, protegidas y sirvientitas, algunas de ellas indígenas, verdadero botín de guerra que solía entregarse a las familias de la alta clase urbana para que tuvieran un servicio doméstico gratuito. Manuela demuestra afecto y preocupación por estas criaditas; Francisca, a la que ha tenido desde pequeña, es su preferida: “Te suplico la quieras tanto como yo; que no la separes nunca de tu lado”. Delega en Petronita sus “derechos” sobre otras dos muchachas, Lisarda y Anita, que le ha dado el gobierno porque eran cautivas. “Todos mis derechos respecto de ‘Dolores’ te los pasé desde el momento en que te la entregué, así, te prevengo que nadie tiene poder sobre ella si no tú”, etcétera, etcétera. [238]

Pronto empezarían para Rosas y su hija una serie de graves trastornos económicos pues, tal como había hecho don Juan Manuel con sus enemigos políticos, las autoridades del Estado de Buenos Aires confiscaron sus bienes. Y como en su momento no se había realizado la partición de la herencia que correspondía a Manuela por la parte materna, ésta quedó completamente desprovista. Su hermano Juan, en cambio, que acompañó a su padre en los primeros años del exilio, había recibido luego del fallecimiento de Encarnación dos estancias, veinte leguas cuadradas de tierra, 5.800 cabezas de ganado vacuno y un terreno sobre el Riachuelo en la ciudad de Buenos Aires. [239] En cuanto a Rosas, sólo pudo aprovechar para sí el producto de la venta de uno de sus mejores establecimientos rurales, San Martín, comprado por su consuegro, Terrero, en el breve lapso en que Urquiza gobernó dictatorialmente a Buenos Aires y levantó la confiscación que padecía su adversario político. Fue gracias a esa venta y a la de otros bienes muebles como Rosas arrendaría la granja Burgess Farm, a unos diez kilómetros de Southampton.

A menudo, y casi con tanto énfasis como su padre, Manuela hará referencia en sus cartas a esta circunstancia que los obliga a vivir con estrechez, más que a ella, cuyo marido tiene buenos trabajos, a don Juan Manuel, que había pasado de ser un riquísimo hacendado bonaerense a no tener la seguridad de poder pagar a tiempo el alquiler de la chacra.

Pero los Terrero tenían otras preocupaciones prioritarias. Eran un matrimonio maduro, y Manuela tendría dificultades para alcanzar la maternidad: a los pocos meses de casada, en marzo de 1853, tuvo un aborto del que se restableció rápidamente. A fines de ese año visitó Irlanda con motivo de una exposición de objetos de arte, y pudo admirar las fábricas donde las máquinas a vapor tejían las telas con las que ella y sus amigas se habían vestido toda la vida. Estuvo también unos 25 días en París, donde reinaban el emperador Napoleón y su esposa, la española Eugenia de Montijo; recorrió alguna fábrica, se deslumbró ante los monumentos y demás expresiones artísticas y aprovechó para sacarse unos buenos retratos que empezaron a delatar que el casamiento y las novedades de la mesa europea la habían hecho engordar. “Los dos chinos”, como decía refiriéndose a ella y a su marido, enviaron los retratos a los amigos y parientes que tanto los extrañaban en Buenos Aires. [240]

Manuela estaba embarazada por segunda vez. El 6 de mayo de 1854 tuvo un hijo que murió al nacer. Sufrió mucho, tanto que durante varios meses no escribió a Petronita, su amiga del alma, para no mortificarla con sus lamentos, y dejó a cargo de Máximo su correspondencia con los más íntimos. Vivía ahora en el campo, cerca de Londres, y trataba de recuperar el ánimo y la salud. Sólo dos años más tarde, a mediados de 1856, nacía Manuel Máximo Juan Nepomuceno Terrero al que llamaría solamente Manuel (su abuelo materno prefirió denominarlo “Nepomuceno José”, en recuerdo, decía, de su “primer amigo”). Lleno de satisfacción, Máximo comunicó su buena suerte a los amigos de la Argentina; les pedía que avisaran el nacimiento del “tamaño muchacho” a sus parientes y muy en especial a Juanita Sosa “abrazándola por nosotros que siempre la recordamos”. “¿Se habrá ella olvidado cuando se reía como una loca a la idea de verme con un Terrerito a cuestas? ¡Así es la vida, cuánto ha cambiado todo!”, reflexionaba el flamante padre. [241]

Sí, todo era diferente ahora, menos el afecto con que se recordaba a los amigos de antaño, entre los que descollaba Juana, la alegre “edecanita” de Palermo. Tampoco se había modificado la admiración sin límites de Terrero por su despótico suegro, al que procuraba asistir a pesar de que sus responsabilidades como padre de familia siguieron aumentando: a fines de 1858 Manuela, con cuarenta años cumplidos, dio a luz a su segundo hijo, Rodrigo, al que el abuelo apodaría “Clímaco Baldomero”. Fue entonces cuando la señora de Terrero confió a una amiga que estaba satisfecha de no tener hijas mujeres por lo mucho que ellas tienen que sufrir. Contenta con sus dos tesoros, sus hijos ingleses, siguió embelesada sus progresos, sus primeros dientes, sus balbuceos, sus monerías, en fin, todo lo que debía apreciar debidamente quien había acometido tardíamente, y no sin riesgos, la maternidad.

Por entonces vivía retirada de toda actividad social. Ya no realizaba, como en los primeros tiempos de su residencia en Europa, viajes por las Islas y el Continente. No concurría a las tiendas ni a espectáculos; ni siquiera visitaba el centro de la ciudad de Londres y prefería no aceptar encargos de la familia residente en Buenos Aires para evitar que la abrumaran con pedidos. En 1864 escribe a Francisco Plot:

“Parecerá increíble, pues es un hecho que fuera de los primeros momentos cuando llegué a Europa y eso cuando viajé algo recién casada, después jamás he vuelto a un teatro lírico o dramático, ni asistido a lugar de entretenimiento público, ni aceptado una sola invitación, aun de personas muy elevadas, tanto aquí como en Francia, pues hemos tenido la resolución y sosteniéndonos en ella, de no salir de nuestro retiro, y así mostrar más y más a nuestros detractores lo injustificable de sus ataques en todo sentido”. [242]

Era éste un retiro digno, ajeno a intereses políticos o intelectuales, y dedicado a la felicidad doméstica. Manuela se complacía en el comentario de las fotografías de sus “ingleses”: “En ésta Manuelito ha salido serio y con un aspecto enojado que él no tiene pues la mirada y expresión de esta criatura es lo más dulce e inteligente que puedes pensar y su carácter corresponde porque es angelical. El otro no es bonito pero tiene tanta picardía en la mirada y expresión que al mirarlo cualquiera puede conocer a primera vista lo Judas que es y el carácter firme y valiente que tiene”. Está orgullosa porque en el gélido clima de las Islas el mayor desafía el frío con las piernas al aire y Rodrigo con su escote y manga corta. En cuanto a parecido, ambos son una mezcla feliz de la apostura gallarda de tatita y la amable expresión de Máximo.

Naturalmente, Manuela no se separa jamás de sus hijos y por nada del mundo los deja en manos de sirvientes. Sólo lamenta que sus muchachos estén privados de la presencia de los abuelos, tíos y primos porteños, y de los largos veraneos en la estancia que ella asocia con las horas felices de su niñez. A través de retratos y de historias, los “Terreritos” aprenden a conocer a sus amigos de la Argentina: “Mi ‘inglés’ que esta monísimo -escribe a Pepita Gómez- ya la conoce por el retrato y la llama ‘Mama's dear friend’’”.

Porque los nietos de Rosas se expresaban en la lengua del país donde habían nacido, y en esto Manuela daba otra prueba más de su espíritu práctico, el mismo que le había permitido sobrevivir con éxito a tantas alternativas. Su principal preocupación era entonces la relación con su padre. “Parece estar muy quejoso. No he podido comprender el motivo. Sin duda celos. Ahora es muy reservado”, le dice a una amiga. [243]

En la correspondencia con Pepita Gómez, se consignan con puntualidad los períodos que padre e hija pasan sin verse; dependen más que de las obligaciones de la señora de Terrero, de los cambios en el estado de ánimo de Rosas: “Tatita ha salido de Southampton por poco tiempo con el objeto de cambiar de aire antes de entrar el invierno, lo cual es extremadamente necesario hacer aquí todos los años para conservar la salud. En este momento está en Plymouth al sur de Inglaterra. Frecuentemente tengo sus noticias, como que en estos países la comunicación es tan fácil”, escribe en el verano de 1854. [244] Se inquieta porque su padre pasa la mayor parte del tiempo “en los lugares más solos de estos campos” y no tiene recursos suficientes para corresponder a la alta nobleza y a otros caballeros que lo visitan. [245]

Cada tanto se produce un distanciamiento entre Rosas y Manuela: en abril de 1859, el exiliado se dirige a la Niña en estos términos: “Mi querida hija. Me apresuro a decirte que ya no puedes venir a esta casa, seguiré en ella solamente los trabajos que ya no puedo dejar porque están contratados. Concluido eso, y así que pueda encontrar alguna criada voy a otra parte, iré a Londres. Y así seguiré de caminante, o de lo que Dios disponga. Tengo mis razones, y si antes era loco y maniático, ahora soy cada día más insufrible”.

En mayo de ese mismo año, después de una visita de Manuela y de sus hijos, escribe Rosas que los días pasados luego de esa estadía han empeorado su malestar. “No debes pues alimentar esperanza alguna de venir a esta casa. Pienso también como ustedes que tanto a vos como a los niños, les será muy conveniente el cambio de aire, pero esto puede remediarse muy fácilmente. Las inmediaciones de Londres son muy sanas. Debes tomar un coche por dos o tres meses, como tenía yo el de Mr. Prat. Así puedes salir diariamente al lado que mejor te acomodase. Diez millas de ida y diez de regreso a tu casa, serán 20. Puedes ir con tus dos hijos y dos o tres criadas y comer un asado en el camino, que te lo puede hacer una de las criadas (…) En el gasto no repares, pues que el dinero está pronto, yo te lo mandaré, o haré entregar regalado con verdadero placer.” [246]

Rosas, solitario, melancólico y deprimido, se castigaba a sí mismo privándose de la compañía de Manuela, la única persona incondicional junto con su esposo que tenía el ex dictador. En estas cartas se relatan las peripecias de unos encargos que Rosas había hecho a su peón, Martínez, venido de Buenos Aires para servirlo, y que debía soportar, como antaño los locos de Palermo, las bromas, las exigencias y el difícil humor de su patrón. Pensamientos confusos abruman al otrora poderoso gobernante, que sólo puede descargar su formidable energía en unas hectáreas de tierra inglesa.

Pero la relación estrecha y afectuosa se mantendrá entre padre e hija y así lo corroboran las numerosas cartas y los pequeños obsequios que van y vienen entre Southampton y los suburbios londinenses donde se ha instalado el matrimonio Terrero. Un ejemplo, entre tantos, la carta de Rosas a Manuela del 16 de diciembre de 1863, acusa recibo de las que le ha enviado ella los días 23 y 27 de noviembre, 1, 3 y 8 de diciembre, y de una más sin fecha, además de otras noticias e impresos que ha mandado el siempre atento Máximo.

“El farm sigue bien -escribe-. Yo soy el que sigo mal. El inventario está muy adelantado o quizá cerca de su conclusión”, agrega, refiriéndose a un trabajo que ha emprendido con el propósito de dejar sus cosas en orden (el año anterior había redactado su testamento). “He seguido verdaderamente triste. Se me ha puesto en la cabeza, fija y dominante, la idea de que esta vida sedentaria me ha de llevar pronto al cementerio y que no debo perder tiempo en arreglar mis papeles. Así lo estoy haciendo. No sé porque en muchos casos estará procediendo en contra de mis opiniones y conciencia, cuando he quemado y sigo quemando tanto bueno, y acaso no poco de mayor importancia, en orden a mis trabajos, ya sean obras, máximas y apuntes. Pero no quiero dejar a ustedes el trabajo de leer tanto que si para mis opiniones es bueno (…) pudiera no serlo para ustedes o para otros. Me pongo en el caso de ustedes.” [247]

Este es el Rosas de sus últimos años, quejoso, triste, preocupado por su vida sedentaria que le hace echar “buena larga panza”, porque no se pone de acuerdo con sus sirvientes, porque está pobre, y la gente que tantos favores le debía en Buenos Aires no parece dispuesta a ayudarlo. Pero en definitiva, esa cantinela de la pobreza, que no era tanta según algunos especialistas en el Rosas del exilio, revelan la falta de afecto que padece, y el olvido de sus compatriotas, que atraviesan nuevas guerras, revoluciones, cambios de gobierno, epidemias y hasta terremotos, sin imaginar siquiera un posible regreso del Restaurador.

Toda esta situación conmueve a los Terrero, empeñados en mitigar con dulzura invariable las amarguras del proscripto. “El pobre techo empajado, único albergue que queda hoy al hombre notable que lo habita, y a quien los vaivenes de la vida y la injusticia atroz de sus compatriotas reducen hoy a tener que trabajar sin descanso para obtener su subsistencia”, inspira la pluma de Manuelita cuando escribe a los amigos de Buenos Aires. Confiesa a Pepita Gómez su aflicción porque no puede ayudar más a su padre, hallándose ella misma privada de sus bienes y siéndole duro poner a Máximo en el caso de atender otras necesidades que las de su familia. “Arrojado de su patria, sometido sin murmurar a su destino, fiel a sus principios sin faltar un ápice de respetar la autoridad, sea quien sea, privado de su legítima fortuna, injuriado sin cesar y entre tanto viviendo en la necesidad, es para mí, los suyos, sus fieles amigos, y país, el espectáculo más grande y notable en la historia de los hombres que han figurado a su altura. Sin embargo, como hija cariñosa, cada vez que considero la posición de tatita, lloro sin término.” [248]

Manuela no sueña siquiera con una revisión crítica de la obra política de Juan Manuel de Rosas; los veintitantos años de su hegemonía en Buenos Aires y en la Confederación son aceptados en bloque y sin rechazo alguno. Son los otros los culpables, los desagradecidos, los que ni aprecian ni entienden el valor de la época federal. Y año tras año festeja junto a don Juan Manuel, no sólo el día de su cumpleaños, el 30 de marzo, sino otras fechas gratas a la memoria del Restaurador, como el 5 de octubre, aniversario del triunfo de los Colorados del Monte sobre las tropas de Pagola en 1820. “Los grandes hechos de mi querido tatita hacen el orgullo de mi vida por el honor que ellos nos legaron a sus hijos”, afirma en 1862, cuando han pasado más de cuarenta años de esa histórica jornada y están de paso por Southampton amigas entrañables, como Ignacia Gómez de Cáneva y otras damas argentinas. [249]

Su mayor dicha es poder pasar unos días en el campo junto a su padre. “A pesar de la estrechez de los ranchos todos nos creíamos en un palacio”, escribe a una amiga en 1865. “Sus nietos lo distraían de tal modo, que después que le dejamos -dice la sirvienta- no hablaba sino de ellos, festejando sus travesuras y sobre todo, las ocurrencias de Rodrigo, que es idéntico a él en lo bromista. Por supuesto que los niños no se conforman con la venida de la chacra, como que allí tenían rienda suelta y todo el día cabalgaban sin descanso, en un pobre petizo que tiene tatita quien no dudo se habrá considerado muy feliz en verse libre de tales amos, pues de veras no le daban alivio al pobre animal.” Ella también ha montado a caballo “y te aseguro que Tatita gozaba tanto al verme sobre su caballo, que yo creo me encontraba hasta joven y liviana. Por último tuvimos que separarnos para ir a tomar los baños de agua de mar, y hemos pasado otras tres semanas en Ventnor, de donde recién regresamos ayer”. [250]

Estos paseos eran expresión de un buen pasar económico, pues los Terrero vivían como la alta clase media inglesa y sabían disfrutar de las novedades del confort y de los adelantos de la época. Entre otras cosas, habían adoptado los hábitos higiénicos que recomendaban los médicos británicos, y Manuela, como no podía tener caballo propio, por ser un lujo excesivo, se aficionó a las largas caminatas y a los paseos campestres a pie, algo impensable en las llanuras del Plata donde hasta los mendigos eran buenos jinetes.

Cuando en 1871 Máximo enfermó de viruelas, época que Manuelita recordaba con horror, ella pudo apreciar la eficacia del doctor que diariamente visitaba al enfermo, y de las hermanas del Buen Socorro que lo atendieron. En esos días de peligro, tuvo presente la posibilidad de perder a su marido, “tan buen compañero y protector”. La Niña de Palermo, ahora señora de Terrero, mantenía dentro de su hogar la misma seguridad interior que antaño le diera ese extraño dominio sobre la sociedad porteña. Reinaba sin rivales en el corazón de su esposo, y en eso se asemejaba a su abuela, misia Agustina, tan segura siempre del afecto de don León. [251]

Ponía empeño en mantener los vínculos con su lejana patria, en contestar la correspondencia que recibía y en atender cálidamente a los parientes y amigos que venían a visitarla desde Buenos Aires. “Muy frecuentemente nos visitan jóvenes quienes, cuando dejamos nuestras tierras eran babies, y al verlos me parece imposible se hayan hecho hombres tan pronto”, escribe en 1874 a su cuñada, Mercedes Fuentes. [252]

Precisamente el año anterior había estado en Southampton y en Londres uno de sus primos, Alejandro Baldez Rosas, que dejó en su Diario de viaje una amable descripción de la vida de los exiliados. Estuvo primero con su tío, don Juan Manuel, en el farm, y le pidió la bendición, según le había ensañado su madre, Mariquita, “no porque fuera el gobernador de la República Argentina (sic), sino porque era el hermano mayor de la familia”. Rosas le dio las señas de “ la Duquesa ” como apodaba entonces a su hija, que estaba pasando días en Worting, junto al mar. Allí se dirigió Alejandro.

Luego de 23 años de ausencia esperaba encontrar a su prima más ajada y quedó agradablemente sorprendido por su frescura: “Vamos, me pareció hermosísima”, confiesa y elogia su amabilidad de siempre y su recepción fraternal, lo mismo que la buena educación y la modestia de sus hijos que están sólidamente instruidos, tocan muy bien el piano y hablan -curiosamente- poco español. La casa de veraneo es chica y hay otros huéspedes, un hermano de Máximo, con su hijito y el sirviente, pero todo se arregla para que Baldez pueda dormir allí, atendido con delicadeza hasta en los menores detalles. Entusiasmado por este cuadro hogareño escribe:

“¡Pobre mi prima! ¡Es digna de la felicidad que goza! Tiene esa bondad adorable, nunca desmentida; y en aquella casa no se respiraba más que felicidad, es verdad que ella es muy dócil y es cierto que no mira ni piensa sino con los ojos y pensamiento de Máximo; y de ese modo no puede menos de ser feliz; también la fortuna los ha favorecido, pero aun sin ella serían felices; Manuelita es sumamente modesta, y ha comprendido que la verdadera felicidad en este mundo consiste en saber contentarse con lo que se posee. ¡Oh! ¡Dios ha premiado su virtud! Antes de separarnos, me decía un día conversando, ¡cuánto se engañan los que me compadecen porque suponen que descendí de la posición que tenía en Buenos Aires! Yo sólo lo siento por mi padre, que carece de fortuna y aun de lo necesario; por mí, yo he ganado porque soy completamente feliz.” [253]

Pero, por más que estuviera alejada en el tiempo y en la distancia de su país, Manuela acusaba recibo de hechos tales como el juicio que entabló la Legislatura de Buenos Aires a Rosas en 1857, por el que se lo declaró reo de lesa patria y se confiscaron todos sus bienes, como de las deslealtades de personas que habían formado parte de su séquito en Palermo. Entre estas últimas, la defección de Vélez Sarsfield le resultaba especialmente dolorosa. En cartas a Pepita Gómez, la señora de Terrero se explaya a este respecto:

El juicio le parece “una farsa ridícula que aquí como en otros países le darán el valor que ello tiene”, pero le da lástima pensar “en lo malvados que son los hombres, y cómo se lanzan a la calumnia más atroz sin respeto a Dios ni a la Sociedad en que viven que es un testigo de sus mentiras e iniquidades. Dime Pepita y pregúntale al doctor Vélez de mi parte: ¿Cómo es que muchos de los personajes que figuran en la actualidad se resolvían a frecuentar mi sociedad, bailar y divertirse en ella, sin mirar (causarles) horror las mutilaciones de las víctimas cuya piel desollada, cuyas orejas curtidas, cuyas cabezas sangrientas servían de adorno en los salones del Reo? A fe que tú misma veías a Elizalde y muchos otros visitar esos salones noche a noche y (el) mismo doctor Vélez que tantas veces se llamó mi amigo, ¿no me visitaba y es testigo de esa atroz calumnia? Dios sabe cómo mi corazón, sin embargo de estar tan ofendido, los perdona, pero son tan tenaces en ofendernos aunque estamos tan lejos, desgraciados y sin meternos con nadie que no puedo dejar de lamentar la injusticia atroz con que nos tratan mis paisanos”. [254]

Sin duda las autoridades del Estado de Buenos Aires habían optado por descargar todas las responsabilidades de la dictadura, y de sus excesos, tales como la Mazorca, sobre las espaldas de Rosas, casi exclusivamente. Así liberaban de culpa al resto de los políticos porteños y a la sociedad que había aceptado mansamente un sistema, el que, por otra parte, fomentaba, por su propia esencia autoritaria, la adulonería y las falsas lealtades.

Manuela, según se ha visto, no estaba en condiciones de mirar el pasado con cierta objetividad y prefería la autocompasión antes que una reflexión profunda, siempre más riesgosa. La ayudaban, en ese sentido, los extremos ridículos a los que había llegado la campaña antirrosista en la República Argentina. Su gran obsesión era la pérdida de la fortuna personal de su padre y de la suya propia que hacia 1886 recuperaría parcialmente gracias a una decisión del gobierno de Buenos Aires. Le dolía especialmente que muchos íntimos suyos se negaran, o se hicieran los distraídos, cuando se trató de aportar dinero periódicamente para Rosas que estaba en aprietos económicos:

“Bien podría acordarse de su tío el sobrino millonario que me nombras -escribe a Josefa- no debe extrañar desde que la persona a quien él debe su gran fortuna bajó a la tumba sin haber hecho con tatita, a quien tanto debía, la más pequeña demostración, no diré de gratitud, ni siquiera del más pequeño recuerdo.” Aludía aquí a su tía María Josefa Ezcurra, que se olvidó de Rosas en su testamento y dejó un legado importante a su sobrino, Andrés Costa Arguibel, con lo cual éste pudo adquirir una buena estancia en Navarro. [255] A medida que pasa el tiempo, y están muertas, o son demasiado viejas, las personas allegadas suyas en Buenos Aires, Manuela se siente olvidada:

“Naturalmente, ningún viviente de mi familia materna se ocupa de anoticiarme lo que allá pasa -dice a su cuñada Mercedes en 1874-, vivo ignorante de todo lo que les concierne y algunos de los pasajeros que nos visitan son los que a veces nos hacen saber ciertas ocurrencias en ella. Recién cuando Juan Manuel (Terrero) vino el año pasado, supe la muerte de mi tía Jacobita y que Dolores su hija se había casado. Así como no le di el pésame a Dolores de la muerte de su mamá, sin duda resentida no me dio parte de su casamiento. Antes mis tías, las señoras de Ezcurra, me escribían con frecuencia, pero la pobre Margarita, que era la que escribía, no está ya capaz de hacerlo y así en cuanto a conocer lo que pasa en mi familia soy una extraña. Sin embargo yo no me olvido de nadie y siempre pregunto por todos cuando viene algún amigo de esos mundos.” [256]

La sociabilidad de la Gran Aldea porteña, que en esos años se estaba convirtiendo en una ciudad cosmopolita, se mantenía a través del Océano con aquellas sutilezas que la hija de don Juan Manuel sabía apreciar aunque se hubiera adaptado perfectamente a vivir en Europa e incluso a intercalar palabras inglesas en su correspondencia. Por encima de todo, ella mantiene vivo el culto por su progenitor: cuando Josefa Gómez le envía una estampa de Rosas, que considera muy aceptable, responde Manuela vivamente que le parece una caricatura casi ofensiva: “Dile a quien te la dio que el general Rosas, aunque ya cumplió los 82, sin embargo muestra su arrogante y hermosa figura. Bastante lamento que no quiera permitirnos hacernos tomar su fotografía, pero ya hemos decidido no tocar ese punto porque nadie le hará ceder. Tengo el contento de decirte que está bueno de salud, pero es de creerse su espíritu no lo está en vista de los sucesos políticos que tienen lugar en esa nuestra desgraciada y digna de mejor suerte tierra” (alude aquí la señora de Terrero a la revolución de 1874, encabezada por Mitre cuando la sucesión presidencial). [257]

Manuela estuvo presente junto a su padre en sus últimos momentos. El 12 de marzo de 1877 fue llamada de urgencia por el médico que atendía a Rosas, el cual, a los 83 años, había sido atacado de neumonía. Ella misma relató los acontecimientos, en carta a Máximo, que había viajado a Buenos Aires en esos mismos días:

“Pobre tatita, estuvo tan feliz cuando me vio llegar. Tus predicciones y las mías se cumplieron desgraciadamente, cuando le decíamos a tatita que esas salidas con humedad, en el rigor del frío, le habrían de traer una pulmonía; pero su pasión por el campo ha abreviado sus días”. Moría Rosas en su ley, como un buen estanciero, y a pesar de su gravedad pudo conversar con su hija. En la madrugada del 14 de marzo, Manuela corrió junto a la cama donde agonizaba su padre y alcanzó a preguntarle: “¿Cómo te va, tatita?”, a ver su mirada y ternura y escuchar: “No sé, niña. Así tu ves, Máximo mío, que sus últimas palabras y miradas fueron para mí, para su hija”, concluye. [258]

Manuela podía conformarse con su destino; su adorado padre había expirado en sus brazos, reconocido a su cariño, rodeado por su afecto. La carta en que comunicaba el fallecimiento la recibió Máximo un mes después, junto con los diarios ingleses que daban cuenta de la desaparición de Rosas. El yerno de don Juan Manuel intentó hacer rezar un funeral por su alma en la Iglesia de San Ignacio, pero la ceremonia fue prohibida por el gobierno que como respuesta organizó un funeral público en la Catedral por las víctimas de la Tiranía. Los odios no se habían apagado aún, pero en julio, Terrero, tendría una buena noticia para su amada “Ita”, como apodaba en la intimidad a su esposa: el juez doctor José María Rosa declaraba herederos de doña Encarnación Ezcurra a Manuela, señora de Terrero, y a Juan Manuel Ortiz de Rozas, hijo de Juan, que ya había muerto. [259]

Los Terrero vivirían muchos años más una existencia apacible. Pero ambos se sintieron llamados a rendir un último servicio a la memoria de ese padre tan querido. Fue éste la contribución a la memoria histórica de Rosas, mediante una selección cuidadosa de los papeles del archivo del ex dictador, y el diálogo con quienes, como Adolfo Saldías, estaban interesados en reconstruir la historia del federalismo rosista desde una óptica diferente a la del partido liberal triunfante en la batalla de Caseros. En esta misión contaron con auxiliares valiosos, como Antonino Reyes, que desde Montevideo colaboró en la recreación de esa otra historia de la dictadura.

Sólo en una oportunidad, en 1886, volvió Manuela a Buenos Aires, pero el clima hostil al apellido Rosas que reinaba en el país le desagradó. Se concentró entonces en la reivindicación de la obra política de su padre y en esa tarea tendría tanto éxito como en todo lo que se había propuesto a lo largo de su vida. La lectura de la Historia de la Confederación Argentina, de Adolfo Saldías, publicada entre 1881 y 1887, provocó su entusiasmo sincero:

“Realmente Reyes – escribió a su amigo de la juventud- esta obra de Saldías es colosal, recién estamos leyendo el primer tomo, yo en alta voz, para que mi pobre Máximo no pierda el hilo, la comprenda bien y no fatigue su cabeza. Te aseguro que las verídicas referencias a los antecedentes y hechos gloriosos de mi finado padre bien me han conmovido.” Leía en voz alta, como se estilaba antes de que la radio y la televisión monopolizaran las veladas familiares, y su lectura insumía horas y horas, para no perder idea del conjunto de aquel grandioso libro. Quiso y obtuvo que los diarios y las revistas de Londres se ocuparan de él y se carteó con Saldías, al que ofreció apoyo para su búsqueda documental. [260]

Adolfo Saldías (1850/1914) que se había educado en el Buenos Aires de la Organización Nacional, y era masón y anticlerical como tantos de sus contemporáneos, no dejaba por eso de ser hijo de una familia federal: su padre había sido además muy amigo de Juan Rosas. Visitó a los Terrero en Londres y tuvo acceso a los papeles del Restaurador. De él dice con acierto Ramos Mejía que no logró desprenderse “del medio documental de la familia, es decir, todos aquellos papeles que ésta elige en los archivos públicos y privados, desechando los que puedan perjudicar al personaje.” [261]

Así, entre Buenos Aires, Montevideo y la casa de Belsize Park 50, South Hampstead, donde el matrimonio Terrero pasó sus últimos años, se estableció un contacto fluido: las cartas iban y venían, planteando inquietudes, proponiendo interpretaciones, aportando documentos que invariablemente contribuían a la gloria del rosismo. Manuela pudo también desmentir afirmaciones sobre su propia actuación pública, por ejemplo, la que la recordaba arengando a las tropas de Oribe que partían a luchar contra los unitarios en 1841. “Mi finado padre, el general Rosas, jamás me hizo desempeñar un rol que no debiese o ridiculizase, tanto a mí como a él mismo” dijo; “respecto a si con mi hermano acompañamos a dicho general, no recuerdo si es cierto, ‘pero sí seguro’, que si lo hicimos, sería en carácter de atención y amistad, ‘no en oficial’, pues vuelvo a repetir, con toda verdad, lo que en una carta del 6 de noviembre: que jamás desempeñé carácter tal en caso alguno”. [262]

Parte principal de esa memoria histórica que preservaban los Terrero fue la entrega del sable del general San Martín (donado por el Libertador a Rosas en señal de reconocimiento a su postura en defensa de la Independencia de la Confederación) al Museo de Buenos Aires que dirigía Adolfo Carranza. En ese sentido escribe a Saldías:

“En conocimiento de su patriótica opinión expresada en su citada y en otra, respecto al asunto que las ocupa, quedo cierta que usted aplaudirá la determinación de su amigo Máximo en donar desde ya a la ‘Nación Argentina’ el sable del Ilustre Libertador Don José de San Martín, teniendo para ello la aprobación mía y de nuestros hijos”. [263]

Cartas dirigidas por Manuelita a su entrañable Antonino Reyes muestran cómo transcurrió la ancianidad de esta señora: “Mi vida es tan retirada que mi sociedad se limita tan sólo a la que tengo en mi casa, siempre cuidando de mi compañero querido. Mi día fijo de recepción es el domingo, pero siempre que vienen amigos entre semana y me es posible recibirlos, lo hago con más particular placer si son mis compatriotas, a quienes recibo sin etiqueta y con la urbanidad que tú sabes me es característica. Soy quien maneja esta casa, toda orden doméstica es dada por mí, y lleno los libros de los gastos sin ayuda. Por mi carácter estudio el gusto de todos, y esto, hijito, también da trabajo”.

Sintética, y por mano propia, Manuela revela en estas líneas el secreto de su atractivo, y también su complacencia porque en esta última etapa de su vida, muerto el padre y ya muy anciano su esposo, puede darse el lujo de ser dueña y señora de sus actos y hasta de flirtear epistolarmente con su amigo de siempre, Antonino Reyes, como en los buenos tiempos de Palermo: “las cartas del fiel Antonino son cariñosas y zalameras -dice-, y me trasportan a la época feliz de nuestra amistad temprana en que, empezando por mi querida madre, todos tanto te queríamos y te amábamos”. Expresa cuánto le gustaría verlo y abrazarlo antes de concluir sus días y bromea: “no andes coqueteando con alguna otra prenda que me quite el lugar predilecto que con tanta picardía me haces creer que poseo en tu amistad, y al que me considero con derecho absoluto, no tan sólo por habernos ligado desde nuestros primeros años, sino porque nadie puede quererte más que yo”. [264]

En carta a Mercedes, su cuñada, en 1897, además de enviar cariñosos saludos para una familia multiplicada en hijos, nietos y biznietos, la señora de Terrero lamenta no tener la esperanza de abrazarla “antes que nos llegue el final de la carrera. Dios sabe lo que dispone, pero con nosotros negarnos ese placer antes de presentarnos a su lado, es un poco severo, pero digamos lo que Santa Teresa que su Divina Voluntad sea cumplida”. [265]

Manuela Rosas murió el 17 de setiembre de 1898 a los 81 años, en su casa de Belsize Park Gardens. El periódico de Hampstead, localidad donde ella había sido una vecina distinguida, publicó su nota necrológica en la que se recordaba la importancia que la extinta había tenido en su país y su papel benéfico en la historia de Sudamérica. Contaba quién había sido su padre, que su madre había muerto cuando todavía era una niña, lo que la obligó a desempeñar con mucho tacto y gracia el rol de primera dama y que sus actos caritativos contribuyeron a suavizar la regla de hierro que imponía su padre. La nota contaba un par de anécdotas que mostraban la claridad mental y el coraje de la señora, y mencionaba su amor por los caballos: era una de las mejores amazonas de un país de jinetes, y en cierta oportunidad cabalgó veinte leguas para asistir a una fiesta en la que luego bailó toda la noche.

Ferviente católica, murió después de una larga enfermedad, aunque sus últimos días fueron comparativamente tranquilos. Su cuerpo fue llevado a Priory Havertock, donde oficiaron dos sacerdotes que eran amigos suyos; después el cajón fue trasladado al cementerio de Southampton donde estaba enterrado el padre de Manuela. La acompañaron sus deudos, Máximo, Manuel y Rodrigo Terrero, con su esposa. Muchos vecinos que conocían y apreciaban a esta dama argentina participaron de la ceremonia. [266]


  1. <a l:href="#_ftnref154">[154]</a> José Mármol, Manuela Rosas. Rasgos biográficos, Montevideo, 1851 tercera edición; los Recuerdos políticos de Miguel Cané, redactados sobre un esquema similar, se dieron a conocer en Buenos Aires en 1851 después de la batalla de Caseros y han sido incluidos en el Cancionero de Manuelita Rosas, Buenos Aires, Emecé, 1942, Colección Buen Ayre. Recopilación y notas de Rodolfo Trostiné; cierto tono polémico sobre la hija de Rosas tiene la biografía de E. F. Sánchez Zinny, Manuelita de Rosas y Ezcurra, Buenos Aires, 1842 que dice al presentar al personaje: "Manuelita es ajena a la historia; pero la historia la arranca de la oscuridad. Es una sombra de Rosas, por Rosas existe. Y la historia de Rosas es su historia. Esa joven sin personalidad y sin pasiones, entra a la historia con la artificialidad de una actriz"; una inspiración más francamente polémica es la de Martiniano Leguizamón, "Revelaciones de un manojo de cartas" (en: La Nación, Buenos Aires, 6 de junio de 1926), trabajo escrito con el propósito de obstaculizar el proyecto de erigir un busto de mármol de Manuelita en Palermo pues, dice, ella insensiblemente se había connaturalizado con el frigidismo paterno.

  2. <a l:href="#_ftnref155">[155]</a> Citado por María Sáenz Quesada. "Manuelita, un mito sin polémica". (En: Todo es Historia, mayo de 1971, p. 27.)

  3. <a l:href="#_ftnref156">[156]</a> Ibarguren, Carlos, Manuelita Rosas, Buenos Aires, La Facultad, 1933, p. 11.

  4. <a l:href="#_ftnref157">[157]</a> Archivo y Museo Histórico de Luján, Cartas de Manuela Rosas a Dolores Fuentes; de las cinco cartas que allí se guardan sólo llevan fecha las del 20 y 22 de setiembre de 1834.

  5. <a l:href="#_ftnref158">[158]</a> Un inglés. Cinco años en Buenos Aires, p. 121.

  6. <a l:href="#_ftnref159">[159]</a> Taullard, op. cit., p. 356.

  7. <a l:href="#_ftnref160">[160]</a> Este relato fue incluido por Arturo Capdevila en Las vísperas de Caseros, Buenos Aires, Kapelusz, 1961, p. 37. Es una carta de Dolores Lavalle de Lavalle que evoca al Buenos Aires de su juventud en el que los negros tenían importancia numérica y cierto peso en las costumbres populares.

  8. <a l:href="#_ftnref161">[161]</a> Las referencias de Mármol a los años 1835 y 1837 están en los rasgos biográficos ya citados. En cuanto al posible noviazgo con Antonino Reyes, lo sugiere Raúl Montero Bustamante, Ensayos. Período romántico, Montevideo, Arduino, 1928, en el capítulo dedicado a las cartas de Manuelita a Reyes, p. 94: "Reyes, quien sin duda le inspiró un amor juvenil, compartido y acrisolado por el silencio y el sacrificio" (…).

  9. <a l:href="#_ftnref161">[162]</a> Méndez Avellaneda. "El motín de la Lady Shore ". (En: Todo es Historia, julio de 1989, p. 27.)

  10. <a l:href="#_ftnref161">[163]</a> Carta del cónsul interino Aimé Roger al ministro de Relaciones Exteriores de Francia, del 26 de junio de 1836. AGN Biblioteca Nacional, Legajo 673, p. 324.

  11. <a l:href="#_ftnref164">[164]</a> Carta de Manuela a Josefa Gómez, del 6 de octubre de 1854, Archivo Histórico de Luján.

  12. <a l:href="#_ftnref165">[165]</a> Citada por Carlos Ibarguren, Manuelita, p. 30.

  13. <a l:href="#_ftnref166">[166]</a> A.J.C., "Una carta de Manuela Rosas a Pedro de Angelis". (En: Revista Nacional, Buenos Aires, 1898, tomo XXVI, p. 295.) La carta de Manuela es del 10 de noviembre de 1838. El trabajo en cuestión no llegó a publicarse; Rosas, siempre minucioso, hacía, por intermedio de su hija, indicaciones acerca del retrato de Encarnación que encontraba más apropiado; le gustaba uno que estaba en su poder e hizo litografiar Terrero para colocarlo en las esquelas de convite.

  14. <a l:href="#_ftnref167">[167]</a> Celesia, op. cit., tomo 2, p. 188.

  15. <a l:href="#_ftnref168">[168]</a> Citado por José Luis Busaniche, Rosas visto por sus contemporáneos, Buenos Aires, Kraft, 1955, p. 62.

  16. <a l:href="#_ftnref169">[169]</a> Citado por Busaniche, op. cit, pp. 72 y ss.

  17. <a l:href="#_ftnref170">[170]</a> Citado por Ibarguren, Manuelita, p. 30.

  18. <a l:href="#_ftnref171">[171]</a> Carta de Rosas a Vicente González, Palermo de San Benito, 1º de julio de 1839, reproducida por Celesia, Rosas, tomo 2, p. 466.

  19. <a l:href="#_ftnref172">[172]</a> Citado en Pellegrini, su obra, su vida, su tiempo, p. 348.

  20. <a l:href="#_ftnref173">[173]</a> Ramos Mejía, Rosas y su tiempo, tomo 3, p. 204.

  21. <a l:href="#_ftnref174">[174]</a> Ibarguren, Manuelita, p. 31.

  22. <a l:href="#_ftnref175">[175]</a> Martiniano Leguizamón, "Revelaciones de un manojo de cartas". (En: La Nación, Buenos Aires, 6 de junio de 1926.)

  23. <a l:href="#_ftnref176">[176]</a> Celesia, Rosas, tomo 2, p. 245.

  24. <a l:href="#_ftnref177">[177]</a> El relato de la propia Manuela reproducido por Busaniche, op. cit., pp. 80 y ss.

  25. <a l:href="#_ftnref178">[178]</a> Celesia, Rosas, tomo 2, p. 252.

  26. <a l:href="#_ftnref179">[179]</a> Carta de Juan O. de Rosas a su padre, del 8 de abril de 1842, AGN Sala 10-27-8-3.

  27. <a l:href="#_ftnref180">[180]</a> John Lynch, Juan Manuel de Rosas, Buenos Aires, Emecé, 1984, pp. 250/1.

  28. <a l:href="#_ftnref180">[181]</a> Battolla, op. cit., p. 261.

  29. <a l:href="#_ftnref182">[182]</a> Carta de Mandeville a Manuela Rosas, Londres, 5 de febrero de 1846. Traducción. AGN Sala 10-22-10-6.

  30. <a l:href="#_ftnref183">[183]</a> Mansilla, Rozas, op. cit., p. 132.

  31. <a l:href="#_ftnref184">[184]</a> Carta de Fanny Mac Donnell a Manuela Rosas, Liverpool, 24 de mayo de 1847, AGN Sala 10-22-10-6.

  32. <a l:href="#_ftnref185">[185]</a> Carta de Mandeville a Manuela Rosas, Londres, 7 de julio de 1846, AGN Sala 10-22-10-6.

  33. <a l:href="#_ftnref186">[186]</a> Reproducida en Papeles de Rosas, por Adolfo Saldías, tomo 1, p. 238.

  34. <a l:href="#_ftnref187">[187]</a> Carta de Mandeville a Manuela Rosas, Londres, 6 de marzo de 1847, AGN Sala 10-22-10-6.

  35. <a l:href="#_ftnref188">[188]</a> Carta de Manuela Rosas a Mandeville, borrador de respuesta, corregido por Rosas, AGN, Sala 10-22-10-6.

  36. <a l:href="#_ftnref189">[189]</a> Ibarguren, Manuelita Rosas, pp. 40/44, relata esta historia y reproduce la carta de Howden a Manuela, del 25 de junio de 1847, y la del 18 de julio del mismo año; en p. 49, la crónica del paseo a Santos Lugares publicada por El Comercio del Plata.

  37. <a l:href="#_ftnref190">[190]</a> Lynch, op. cit., p. 272.

  38. <a l:href="#_ftnref191">[191]</a> Ibarguren, Manuelita Rosas, p. 44, cita a Brossard; p. 45, opina que "en ese capítulo de la historia de Inglaterra y Francia en el Río de la Plata, se percibe la intervención oculta de Manuelita".

  39. <a l:href="#_ftnref192">[192]</a> Lynch, op. cit., p. 272; el tratado por el que Gran Bretaña accedió a evacuar la isla Martín García, devolver todos los buques de guerra argentinos y saludar a la bandera argentina en reconocimiento de su soberanía en el río, se firmó en noviembre de 1849 y se celebró con fiestas en las que Southern fue principal figura. Ese año crecieron la inmigración y las exportaciones británicas a la Argentina; ibídem., p. 274.

  40. <a l:href="#_ftnref193">[193]</a> Carta de Southern a Manuela Rosas, del 16 de abril de 1849, reproducida por Saldías en Papeles de Rosas, tomo 1, p. 321.

  41. <a l:href="#_ftnref194">[194]</a> Citado por Lynch, op. cit, p. 280.

  42. <a l:href="#_ftnref195">[195]</a> Cartas intercambiadas por Manuela Rosas y Le Prédour, reproducidas por Saldías en Papeles de Rosas, tomo 1, pp. 331 y ss.

  43. <a l:href="#_ftnref196">[196]</a> Carta de Guillermo Brent a Manuela Rosas, del 29 de mayo de 1849. AGN, Sala 10-22-10-6; la respuesta de Manuela, del 5 de junio de 1846, en el mismo legajo.

  44. <a l:href="#_ftnref197">[197]</a> Xavier Marmier, Buenos Aires y Montevideo en 1850, Buenos Aires, El Ateneo, 1948, p. 86.

  45. <a l:href="#_ftnref197">[198]</a> William Mac Cann, Viaje a caballo por las provincias argentinas, Buenos Aires, Solar/Hachette, 1969, p. 210.

  46. <a l:href="#_ftnref199">[199]</a> Los pedidos a Manuela Rosas de Felipe Elortondo, Adolfo Saldías, los hijos del finado Juan Miguens y otros, en AGN Sala 10-27-8-3-; en El testamento de Rosas, Buenos Aires, Oberón, 1957, pp. 179 y ss. Antonio Dellepiane reprodujo muchos de estos documentos.

  47. <a l:href="#_ftnref200">[200]</a> Antonino Reyes, Memorias del edecán de Rosas. Arregladas y redactadas por Manuel Bilbao, Buenos Aires, Americana, 1943, p. 98.

  48. <a l:href="#_ftnref201">[201]</a> Ibídem, p. 361.

  49. <a l:href="#_ftnref202">[202]</a> Arturo Capdevila, Las vísperas de Caseros, Buenos Aires, Kapelusz, 1961, p. 28.

  50. <a l:href="#_ftnref203">[203]</a> José Rivera Indarte, Rosas y sus opositores, Buenos Aires. Jackson, Grandes escritores argentinos, s/f. tomo 2, p. 179.

  51. <a l:href="#_ftnref204">[204]</a> Capdevila, op. cit, p. 32.

  52. <a l:href="#_ftnref205">[205]</a> Ibídem.

  53. <a l:href="#_ftnref206">[206]</a> Mac Cann, op. cit, p. 214.

  54. <a l:href="#_ftnref207">[207]</a> Samuel Greene Arnold, Viaje por América del Sur. 1847/1848, Buenos Aires, Emecé, 1951, prólogo de José Luis Busaniche, pp. 143/4, el retrato físico de Manuelita y la versión sobre su noviazgo (no menciona a Máximo Terrero por su nombre); las bromas de Rosas durante la comida en Palermo, en p. 164/5; sobre la grosería y procacidad de las bromas, dice Busaniche, p. 13 que, dirigidas a su hija, resultan "en nada inferiores a las que contadas por sus declarados enemigos, nos inspiran sospecha y desconfianza".

  55. <a l:href="#_ftnref208">[208]</a> Capdevila, op. cit, p. 25.

  56. <a l:href="#_ftnref209">[209]</a> José Mármol, Manuela Rosas, op. cit, passim.

  57. <a l:href="#_ftnref210">[210]</a> Miguel Cané. "Recuerdos políticos. Buenos Aires, julio de 1852". (En: Cancionero de Manuelita Rosas, Buenos Aires, Emecé, 1942, Colección de Buen Ayre.)

  58. <a l:href="#_ftnref211">[211]</a> Bilbao, Tradiciones y recuerdos de Buenos Aires, pp. 177 y ss.

  59. <a l:href="#_ftnref212">[212]</a> Battolla, op. cit, p. 280.

  60. <a l:href="#_ftnref213">[213]</a> Ibídem, p. 152.

  61. <a l:href="#_ftnref214">[214]</a> Ibídem, p. 180.

  62. <a l:href="#_ftnref215">[215]</a> Citado por Arturo Capdevila, op. cit., p. 28.

  63. <a l:href="#_ftnref215">[216]</a> Cancionero de Manuelita Rosas, Buenos Aires, Emecé, 1942, Colección del Buen Ayre. Recopilación y notas de Rodolfo Trostiné, passim.

  64. <a l:href="#_ftnref217">[217]</a> Rosas y su hija en la quinta de Palermo, Valparaíso, 1851, firmado por A. del C., este folleto ha sido atribuido a Juan Ramón Muñoz Cabrera, exiliado argentino que vivió en Chile y en Bolivia y fue ministro de Belzú. Agradezco el dato a Juan Isidro Quesada, que lo tomó de la Bibliografía Boliviana de Valentín Abecia.

  65. <a l:href="#_ftnref218">[218]</a> Mansilla, Los siete platos de arroz con leche, Buenos Aires, Siete Días, editorial Abril, s/f. p. 88.

  66. <a l:href="#_ftnref219">[219]</a> Mansilla.

  67. <a l:href="#_ftnref219">[220]</a> Id., Los siete platos de arroz con leche, p. 92.

  68. <a l:href="#_ftnref221">[221]</a> Benito Hortelano, Memorias de… (parte argentina), 1849/1860, Buenos Aires, Eudeba, 1873, p. 83; también en Capdevila, op. cit., pp. 60/68.

  69. <a l:href="#_ftnref222">[222]</a> Beruti, Juan Manuel, Memorias curiosas. (En: Biblioteca de Mayo, Senado de la Nación, Buenos Aires, 1960, tomo IV, p. 4088.)

  70. <a l:href="#_ftnref223">[223]</a> Diario de Avisos, Buenos Aires, 26 de agosto de 1851 (Sala de Reservados de la Biblioteca Nacional).

  71. <a l:href="#_ftnref224">[224]</a> Ibídem, 18 de setiembre de 1851.

  72. <a l:href="#_ftnref225">[225]</a> Ibídem, 2 de octubre de 1852.

  73. <a l:href="#_ftnref226">[226]</a> Antecedentes del baile en honor de Manuelita en el Coliseo; comisión organizadora formada por Rufino de Elizalde, Manuel Pérez del Cerro, Carlos Urioste y Pedro del Sar. AGN, Sala 7-3-3- 12, f. 88 y ss.

  74. <a l:href="#_ftnref227">[227]</a> Sáenz Quesada, "Manuelita, un mito sin polémica", p. 13.

  75. <a l:href="#_ftnref228">[228]</a> Carta de Adeodato de Gondra a Rosas, del 29 de octubre de 1851, AGN Sala 7-3-3-12.

  76. <a l:href="#_ftnref229">[229]</a> Mansilla, Los siete platos de arroz con leche, p. 94. Véase también la edición completa de Entre-Nos. Causeries de los jueves, Buenos Aires, Jackson, s/f, Grandes Escritores Argentinos, colección dirigida por Alberto Palcos.

  77. <a l:href="#_ftnref230">[230]</a> Sáenz Quesada, El estado rebelde, p. 45; la presencia de ánimo de Manuela en esa circunstancia, en relación con los títulos de propiedad, fue destacada en la noticia necrológica que publicó el periódico local de Hampstead (Londres) en setiembre de 1898.

  78. <a l:href="#_ftnref231">[231]</a> Sáenz Quesada, "Manuelita, un mito sin polémica", p. 24.

  79. <a l:href="#_ftnref232">[232]</a> Testimonio reproducido por la Revista Histórica, Montevideo, 1967.

  80. <a l:href="#_ftnref233">[233]</a> Carta de Manuela Rosas a Josefa Gómez, del 10 de febrero de 1852, reproducida por Ibarguren en Manuelita, p. 73; los originales de esa correspondencia sostenida por las dos amigas entre 1852 y 1875, año en que falleció Josefa, se encuentran en el Archivo Zeballos del Museo de Luján; las copias dactilografiadas están en el AGN Sala 7-22-2-3-, Colección Doctor Ernesto H. Celesia.

  81. <a l:href="#_ftnref234">[234]</a> Citado por Sáenz Quesada, "Manuelita…", p. 26.

  82. <a l:href="#_ftnref235">[235]</a> Citado por Sáenz Quesada. "Manuelita…", p. 26.

  83. <a l:href="#_ftnref236">[236]</a> Carta de Manuela Rosas a Petrona Villegas de Cordero, Southampton 8 de junio de 1852. Reproducida por Ibarguren, Manuelita, p. 134.

  84. <a l:href="#_ftnref237">[237]</a> Carta de Manuela Rosas a Petrona Villegas de Cordero, Southampton, 8 de junio de 1852. Reproducida por Ibarguren, Manuelita, p. 135.

  85. <a l:href="#_ftnref238">[238]</a> Ibídem, p. 133.

  86. <a l:href="#_ftnref239">[239]</a> Véase la referencia que hace el propio Rosas en su testamento, reproducido por Dellepiane, El testamento de Rosas, p. 97, cláusula 9.

  87. <a l:href="#_ftnref240">[240]</a> El viaje a Irlanda en carta a Petronita, del 30 de octubre de 1853, escrita desde Southampton y publicada por Ibarguren, Manuelita, p. 141. Sobre el primer aborto que tuvo Manuela, hay un documento sin firma, apuntes de carácter familiar, en el AGN, Museo Histórico Nacional, legajo 62, nº 10.605 y en carta de Máximo a Petronita.

  88. <a l:href="#_ftnref241">[241]</a> Carta de Máximo Terrero a Petronita, del 3 de junio de 1856, en Southampton, publicada por Ibarguren, Manuelita, p. 147.

  89. <a l:href="#_ftnref242">[242]</a> Carta de Manuela Rosas a Francisco Plot, Londres, 4 de agosto de 1864, en la que dice que no ve con frecuencia a su padre, pues permanece en Southampton y entre otros datos afirma que desde que salió de su país no ha vuelto a poner las manos en el piano ni en la guitarra; reproducida por Ibarguren, Manuelita, p. 158.

  90. <a l:href="#_ftnref243">[243]</a> La referencia a los celos de Rosas, en carta de Manuela a Josefa Gómez del 4 de mayo de 1853, en Ibarguren, Manuelita, p. 137; ibídem, p. 96, referencias a las fotografías de los hijos; otros datos, p. 102.

  91. <a l:href="#_ftnref244">[244]</a> Carta de Manuela a Josefa Gómez, del 6 de setiembre de 1854, ooriginal en el Museo de Luján.

  92. <a l:href="#_ftnref244">[245]</a> Ibídem, 6 de octubre de 1854.

  93. <a l:href="#_ftnref246">[246]</a> Carta de Rosas a Manuela, Southampton, 28 de abril de 1859 y del 22 de mayo de 1859; reproducidas por Celesia, Rosas, tomo 2, p. 535.

  94. <a l:href="#_ftnref247">[247]</a> Carta de Rosas a Manuela, del 16 de diciembre de 1853, AGN, Museo Histórico Nacional, Legajo 31.

  95. <a l:href="#_ftnref248">[248]</a> Carta de Manuela a Josefa del 5 de octubre de 1865, Ibarguren, Manuelita, p. 105.

  96. <a l:href="#_ftnref249">[249]</a> Carta de Manuela a Josefa Gómez del 8 de octubre de 1862, fechada en Londres; AGN Sala 7-22-2-3. Copias de los originales existentes en el Museo de Luján, Colección Celesia; la extrema afectividad de Manuelita con su padre se pone otra vez de relieve en la carta que le envía el 28 de marzo de 1866: "Así pues estaremos contigo pasado mañana, sábado, a darte la corcova y quedaremos con vos si tenés gusto y no hay inconveniente hasta el martes. Ya te harás cargo que yo sueño con la realización del viaje para comerte enterito a besos y caricias y charlar largo con vos, y tus hijos ingleses que aún no saben del viaje pues quiero sorprenderlos al último momento, se van a volver locos". La carta concluye: "Con Máximo y tus hijos Joseph y Baldomero te suplicamos nos bendigas mañana desde allí que nosotros te festejaremos desde aquí gritando sin cesar: ¡Viva San Juan Clímaco Rosas! ¡Viva! ¡Viva! ¡Viva!". Ibarguren, Manuelita, p. 152.

  97. <a l:href="#_ftnref250">[250]</a> Carta ya citada del 5 de octubre de 1865 de Manuela a Josefa Gómez, Ibarguren Manuelita, p. 106.

  98. <a l:href="#_ftnref251">[251]</a> Carta de Manuela a Josefa Gómez, Londres, 10 de octubre de 1871. AGN, Sala 7-22-2-3, Colección Celesia. Copias de los originales existentes en Luján.

  99. <a l:href="#_ftnref252">[252]</a> Carta de Manuela a Mercedes Fuentes de Rosas, Londres, 23 de junio de 1874; publicada por Ibarguren, Manuelita, p. 165.

  100. <a l:href="#_ftnref253">[253]</a> Fragmentos del diario de viaje de Alejandro Baldez Rozas, 1873, reproducidos por Dellepiane, El testamento de Rosas, pp. 133 y ss.

  101. <a l:href="#_ftnref254">[254]</a> Carta de Manuela a Josefa Gómez, Hampstead (Londres) 7 de junio de 1861, publicada por Ibarguren, Manuelita, p. 93.

  102. <a l:href="#_ftnref255">[255]</a> Ibídem, p. 118. Carta de Manuela a Josefa del 7 de abril de 1869; asegura que no fue la falta de legado lo que provocó su queja, "sino el olvido absoluto que hizo, y que nadie podrá negarlo, de mi querido Tatita y de los hijos de su hermana Encarnación, todos en el destierro y la desgracia". Sin duda era real el distanciamiento ocurrido entre Juan Manuel y su cuñada, otrora incondicional suya, en la década de 1840 a que se hizo alusión en el segundo capítulo.

  103. <a l:href="#_ftnref256">[256]</a> Carta de Manuela a Mercedes Fuentes de Rosas, junio 23 de 1874, en Ibarguren, Manuelita, p. 164.

  104. <a l:href="#_ftnref257">[257]</a> Carta de Manuela a Josefa Gómez, Londres, 5 de noviembre de 1874, AGN Sala 7-22-2-3: Copia del original.

  105. <a l:href="#_ftnref258">[258]</a> Carta de Manuela a Máximo Terrero, del 16 de marzo de 1877, publicada por Ibarguren, Manuelita, p. 66; original en el AGN Sala 7.

  106. <a l:href="#_ftnref259">[259]</a> Diario de viaje de don Máximo Terrero (1877). Agradezco al Sr. Samuel Grinberg haberme proporcionado una fotocopia del original.

  107. <a l:href="#_ftnref260">[260]</a> Citado por Mario César Gras, Rosas y Urquiza; sus relaciones después de Caseros, Buenos Aires, 1948, p. 428.

  108. <a l:href="#_ftnref261">[261]</a> Ramos Mejía, Rosas y su tiempo, tomo 1, p. 70; la amistad entre Juan Rosas y Adolfo Saldías padre, documentada en la carta de su hijo, Juan Ortiz de Rozas y Fuentes, a Adolfo Saldías, enviándole un homenaje a Manuelita, escrito por su padre cuando era escolar; Saldías lo guardó en su archivo, AGN Sala 7-3-6-4.

  109. <a l:href="#_ftnref262">[262]</a> Gras, op. cit., p. 428; el tema, ya observado por Ramos Mejía, de la contribución de Manuelita y su esposo a la historia oficial de Rosas, merecería un estudio puntual que compare las colecciones de documentos del período que existen en distintos archivos públicos y privados.

  110. <a l:href="#_ftnref263">[263]</a> Carta de Manuela a Adolfo Saldías, del 30 de noviembre de 1896 AGN, Sala 7-3-6-4, folio 387.

  111. <a l:href="#_ftnref264">[264]</a> Citada por Raúl Montero Bustamante, Ensayos. Período romántico, Montevideo, Arduino, 1928, p. 91, "El ocaso de Manuelita Rosas", utiliza las cartas intercambiadas por la señora de Terrero y Antonino Reyes que estaban en poder de su descendiente, el señor Alberto Reyes Thévenet.

  112. <a l:href="#_ftnref265">[265]</a> Carta de Manuela a Mercedes Fuentes de Rosas, del 24 de agosto de 1897, escrita en el Royal Hotel de Worting; curiosamente es la única carta de las que conozco, con una cita literaria; Ibarguren, Manuelita, p. 70. Ese mismo año todavía se escribía la señora de Terrero con Saldías, y una carta de éste llegó a Londres en los mismos días en que falleció Manuela.

  113. <a l:href="#_ftnref266">[266]</a> Hampstead and Highgate Express. The late Madame Terrero, impreso enviado por Manuel Terrero, en nombre de la familia, al doctor Saldías, AGN, Saldías / Farini, legajo 179.