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Juan Manuel de Rosas vivió rodeado de mujeres fuertes, madre, esposa, hija, hermanas y cuñadas; pero entre 1840 y 1852, época de su máximo poderío, su compañera íntima fue una oscura muchacha, María Eugenia Castro, huérfana que le había sido encomendada y que lo sirvió silenciosamente dándole numerosos hijos a los que el dictador no reconoció jamás.
Es difícil fijar los datos biográficos de esta mujer que representa otro modo de ser femenino de la sociedad criolla; nacida aproximadamente en 1823/25, falleció en 1876, un año antes que don Juan Manuel, su encumbrado amante. Era hija del coronel Juan Gregorio Castro, que conocía a Rosas por lo menos desde que había sido tasador de la estancia del Rey, adquirida por la sociedad de Rosas y Terrero en 1820. Al morir, Castro dejó a Rosas como albacea y tutor de sus hijos, Eugenia y Vicente. Su herencia era magra, reducíase a una modesta casa en el barrio de la Concepción, hacia las afueras de la ciudad, de modo que a los huérfanos sólo les quedaba someterse al destino que les propusiera su tutor: no es sabido si Vicente entró o no en el servicio de las armas, como su padre; pero Eugenia, colocada al principio en lo de la familia Olavarrieta, donde no se halló a gusto, porque hasta la servidumbre se entretenía zurrándola con ferocidad, pidió a don Juan Manuel que la cambiase de casa y éste se la llevó a la suya para que atendiera a doña Encarnación.
Así, como entenada y persona de servicio de la dueña de casa, Eugenia ocupó un lugar ambiguo en esa gran mansión; tenía 13 años, y se encontraba un escalón arriba de las chinitas y esclavillas domésticas, pero muy por debajo de las niñas de la familia Rosas y Ezcurra. Ella tendría un buen recuerdo de doña Encarnación, de la que fue enfermera durante su larga dolencia -contaba a sus hijos el gran consumo de bolsas de lino que exigía la atención de la enferma- y seguramente demostró dedicación y responsabilidad en la tarea. [267]
Es precisamente en la calidad de antigua enfermera de su esposa como justifica Rosas la donación que hace a su ex amante en el testamento que redactó en Southampton en 1862: “A Eugenia Castro, en correspondencia al cuidado con que asistió a mi esposa Encarnación, a habérmela ésta encomendado poco antes de su muerte, y a la lealtad con que me sirvió asistiéndome en mis enfermedades, se le entregarán por mi albacea, cuando mis bienes me sean devueltos, ochocientos pesos fuertes metálicos”. Era este legado simbólico, puesto que Rosas no recuperaría nunca los bienes que le fueran confiscados; pero la importancia del texto es el reconocimiento de los servicios de Eugenia que ocupa, junto con Vicente, su hermano, varias cláusulas de la última voluntad del ex gobernador.
Dice también don Juan Manuel que él ha mejorado la ruinosa casita heredada por su pupila, comprando y regalándole el terreno contiguo y que se ocupó de entregarle el dinero correspondiente del condominio a Vicente, a fin de que la vivienda quedara para Eugenia. Esta recibió además 41.970 pesos que en vísperas de abandonar definitivamente el país, el 8 de febrero de 1852, Rosas depositó en manos de Juan Nepomuceno Terrero. Se entregaron en esa oportunidad a Vicente 20.000 pesos de su herencia y réditos, producto posiblemente de alquileres devengados por la casa.
Mencionaba Rosas en otro punto a la imagen de Nuestra Señora de las Mercedes que Eugenia le había enviado de regalo cuando estaba en Southampton, y que dejaba a Manuelita. Tantas menciones a la Castro, y sobre todo el cuidado que puso en arreglar sus problemas de herencia, cinco días después de la derrota de Caseros, indican que se trataba de alguien muy entrañable cuyo destino implicaba una seria responsabilidad que el ex dictador no podía delegar. [268]
Pero buena parte de sus biógrafos han pasado por alto esos detalles y optado por guardar discreto silencio sobre los amores de don Juan Manuel con su pupila. Fue Rafael Calzada, el abogado español que en 1886 patrocinó a los hijos naturales de Rosas en el juicio que éstos entablaron contra la sucesión de su padre, quien ha llamado la atención sobre el silencio de historiadores de la talla de Saldías, Pelliza y Ramos Mejía a ese respecto; no se preguntaron, dice, si Rosas mantuvo perfecta castidad siendo viudo a los 45 años de edad, aunque, según relató en sus notas autobiográficas tituladas Cincuenta años de América, la presencia de Eugenia y de sus hijos fuera en su época un hecho notorio para quienes frecuentaban la quinta de Palermo. Llevada a los 13 años de edad por su tutor a su casa, éste la hizo su concubina y tuvo con ella cinco hijos: Nicanora, Ángela, Justina, Joaquín y Adrián, nacido este último cuando Rosas ya se encontraba en Inglaterra. [269]
La siguiente generación de historiadores incluyó el tema en sus libros. Manuel Gálvez le asignó un pequeño espacio y casi podría decirse que la relación de Rosas con la discreta Eugenia cuadraba perfectamente a la semblanza que hace este autor de don Juan Manuel, el hombre fuerte, patrón de estancia, con sus pecados y ligerezas varoniles, que hacía uso del personal femenino disponible sin preocuparse por las consecuencias de sus actos. Ibarguren le dio poca importancia; estimó que el vacío dejado por la muerte de Encarnación fue ocupado por Manuelita que “constituyó todo el hogar y llenó la vida íntima de Rosas. Fuera de ella -dice- los únicos halagos del dictador eran el trabajo y la dominación”. Admite la existencia de la muchacha, y de sus hijos, y alude incluso a su físico, “agraciada, morena, vivaz y sensual; una odalisca criolla”, y poco más. En cuanto a Mario César Gras, da crédito a la categórica afirmación de Rosas en su testamento: “jamás he tenido o reconocido más hijos en persona alguna, que los de Encarnación, mi esposa, y míos, Juan y Manuelita” y niega por lo tanto una descendencia natural de la figura histórica a la que tanto admira. [270]
Por su parte Mansilla explica que su tío, “por lo mismo que no era sensual debía casarse joven, y se casó, muchas mujeres, variedad, no necesitaba (…) Una mujer era para él, ya maduro, asunto de higiene, ni más ni menos”. [271] Pero con estas palabras nos invita, aunque él mismo no mencione el asunto, a la cuestión de Eugenia y de su continuidad en el lecho del gobernador, pudiendo éste obtener mujeres más codiciables en tiempos de su inmenso poderío, podría llamar la atención esta preferencia por una jovencita humilde si no fueran reiteradas las alusiones de esos mismos biógrafos a la dificultad que tenía Rosas para relacionarse con mujeres de su clase aunque supiera utilizar a algunas de ellas como sus valiosas auxiliares políticas. Esta actitud que hizo que Eugenia reinara sin rivales en las habitaciones del dictador era fruto del gusto de don Juan Manuel por los medios rurales, en los que el patrón o su representante podía cohabitar con las hijas y hasta con las mujeres de los paisanos pues éstos no tenían a quién acudir para reclamar contra los abusos de poder. Mansilla explica dicha situación y agrega precisamente que el estanciero Rosas no se aprovechaba de tales derechos fácticos. Pero eso no impediría al joven hacendado, que pasaba buena parte del año en sus campos, lejos de su familia, sostener relaciones al estilo de la que más tarde mantuvo con Eugenia, historias éstas frecuentes en la campaña argentina. [272]
No es posible establecer la fecha precisa en que comenzó la larga relación amorosa entre el gobernador y su pupila, treinta años menor que él. La adolescente, una vez que entró en la casa de los Rosas, se mostró esquiva al principio, temía quizás que se reiteraran las agresiones que sufrió en lo de Olavarrieta; pero luego empezó a circular con más confianza: Encarnación la trataba bien y Rosas le tomó afecto; era su favorita para cebarle mate y hasta se divertía con el temor reverencial que su personalidad provocaba en la huérfana. Ella revivía esas escenas muchos años después, ante sus hijos, a los que relató cómo cayó por primera vez en brazos del gobernador, sin poder impedirlo, ni intentar defenderse, sugiriendo que había sido forzada en sus sentimientos.
Este relato fue incluido en el libro La manceba de Rosas (1932), del periodista Rafael Pineda Yáñez, fruto de las charlas del autor con doña Nicanora Rosas Castro, la que conoció cuando ella era octogenaria y vivía humildemente con su hija y un nieto en Lomas de Zamora, ganándose la vida como lavandera, pero con el aire de persona bien nacida que también se reflejaba en su conversación. [273] Es muy probable que Eugenia estuviera satisfecha de esta relación y hasta se enamorara del dueño de casa, algo codiciable para las numerosas mujeres que estaban abocadas al servicio del caserón de la calle de la Biblioteca y luego de la quinta de Palermo. Por otra parte, una versión atribuida a Manuelita Rosas, dice que Mercedes, apodada Antuca, la mayor de las hijas de Eugenia, llevaba el apellido Costa porque era hija de Sotero Costa Arguibel, sobrino muy querido de Encarnación y de su marido. Sotero la había reconocido. Fue quizá mientras vivía la mujer de Rosas, cuando Eugenia quedó embarazada por primera vez y la graciosa huérfana ya había seducido a otro de los varones de la familia antes de caer en brazos del dueño de casa. [274]
Luego vendrían los hijos cuya paternidad sí se atribuye justificadamente a Rosas, parte de los cuales entabló en 1886 un juicio contra su sucesión: Ángela “el Soldadito” (1840/1882); Ermilio, que murió en la guerra del Paraguay; Joaquín, apodado “el Chileno”, que era muy parecido a su padre; Nicanora “ la Gallega ”, nacida en 1844 y que aún vivía en 1928; Justina, la más pequeña al marcharse su padre del país, y Adrián, nacido en 1852 y que nunca conoció a Rosas. [275]
Eugenia, una madre prolífica, similar en esto a misia Agustina López más que a Encarnación, cuando su embarazo estaba avanzado, se recluía en la quinta de Palermo mientras el grueso de la familia Rosas permanecía en la casa del barrio de Santo Domingo. Pero eso habrá sido en los primeros años de la relación; a medida que trascurría el tiempo y nacían nuevos hijos, el círculo íntimo del Restaurador tomó muy probablemente conocimiento de estos amores y los aceptó como se admitía todo lo que provenía del Ilustre Americano, según lo denominaban las crónicas de la época. Por otra parte, los hijos naturales, los ilegítimos y hasta los sacrílegos -hijos de sacerdotes- eran muy numerosos; si se los reconocía y educaba de acuerdo con la condición de sus padres, formaban algo así como una segunda clase de la sociedad sin que nadie se escandalizara por ello. [276]
Pero la alta jerarquía del gobernador de Buenos Aires, y la necesidad de evitar murmuraciones y riesgos adicionales a los muchos que soportaba, impusieron silencio a su vida amorosa. A tal punto llegaba el secreto en que se mantenía a Eugenia, que Rosas la apodaba “ la Cautiva ”, en alusión al semienclaustramiento de la muchacha en sus habitaciones privadas y a sus contadas apariciones en público. Calzada menciona los paseos en coche que cada tanto hacía la pareja acompañada por su prole; dice también que Rosas sentaba a Eugenia a su mesa en la intimidad y que trataba a los pequeños como lo que eran, como hijos suyos. [277]
Eugenia cumplía una serie de funciones domésticas además de las sexuales; debía atender al dictador en sus enfermedades, que eran bastante frecuentes, pues en la década del 40, debido a su vida sedentaria y al trabajo incesante, la salud de Rosas había desmejorado. Ella probaba los alimentos que comía, le cebaba mates y preparaba los cigarros que don Juan Manuel fumaba antes de dormir. Creaba alrededor del dueño de casa una atmósfera distendida en la que la política no se entremezclaba para nada; su ignorancia y su desinterés resultaban un atractivo más de la joven amante y un elemento no desdeñable que justifica su larga hegemonía. Pineda afirma que en el dormitorio de Rosas había una mampara que separaba su cama de la de Eugenia: de noche se quitaba esa mampara cuando Rosas se retiraba a descansar. Entonces empezaba el reinado de la muchacha. Las horas muertas de la jornada trascurrían para ella en una ociosidad forzosa; sus hijos la recuerdan quitándose una hebra tras otra de su cabellera, imagen ésta digna de un serrallo oriental. [278]
La oposición a Rosas, que vigilaba estrechamente todo lo que ocurría en el gobierno de Buenos Aires y disponía de una buena información, estaba al tanto de la existencia de la amante del dictador. Incluso le hacían cargos por obligar a su hija legítima a compartir el mismo techo con su concubina y con sus hijos bastardos: “Él (Rosas) hace de su barragana la primera amiga y compañera de su hija; él la hace testigo de sus orgías escandalosas”, escribe José Mármol en 1850. Xavier Marmier, que ha escuchado esas habladurías en Buenos Aires, dice que Rosas quiso y logró que Manuelita recibiera en la intimidad de la casa a las queridas de su padre, una tras otra, en tanto durase su valimiento, algo que ni siquiera Luis XV se hubiera atrevido a hacer: “noche a noche puede verse a Manuelita sentada con suave sonrisa entre las Cleopatras del voluptuoso Antonio, entre el capricho de la víspera y el capricho del día siguiente”. [279]
Estos párrafos y sus comparaciones históricas resultan exagerados para referirse a los moradores de Palermo de San Benito. Más proporcionados a la realidad que allí se vivía, incluso a los hábitos y horarios del dictador, son los datos que aporta el autor anónimo que desde Valparaíso se ocupó de Rosas y de su hija en 1851. Tras describir la diaria jornada dice:
“A las ocho de la mañana, después de haberse tomado unos centenares de mates, don Juan Manuel de Rosas entrega el cetro y la corona a doña Manuelita y se retira a su aposento; si duerme o no, eso es todavía un misterio que nos lo podría explicar la bella Eugenia, su sirviente, la única que después de su hija tiene la facultad de penetrar hasta él sin ser llamada. Algunas lenguas habladoras aseguran que Eugenia es la sultana de Palermo, lo que hay de cierto es que ella da a luz cada año un Palermito a quien doña Manuelita acaricia y obsequia como a un hermano.” [280]
Sin duda en un principio debió costarle a Manuela aceptar el rol que cumplía Eugenia junto a su padre. Pero con el tiempo, según testimonian las cartas que escribió desde el exilio a sus medio hermanos, se adaptó a esta relación y hasta se encariñó con los pequeños que en alguna medida suplían la falla de hijos que era consecuencia de su soltería, forzada por el capricho paterno. En una simpática carta que ella misma dirigió a Angelita en 1864, y que fue incluida en el juicio de 1886, luego de desear que Eugenia se recupere de una enfermedad le dice:
“Salúdala con mucho cariño por nosotros y lo mismo a Mercedes, a Nicanora, a Emilio, a Joaquina y a la graciosa Justina, que últimamente se había puesto tan regalona conmigo que me tenía engañada con sus monadas tanto que por la mañana en cuanto me despertaba lo primero ordenaba era que me la trajeran a mi cuarto y allí estaba charlando conmigo sin cesar hasta que me acababa de vestir. ¡Qué mona era! Entonces tú estabas con tu madre al lado de tatita y yo era la madre de Justina. Pero no creas que la quiero más que a ti, no, a las dos las quiero iguales”. [281]
De acuerdo con la versión de Pineda, la hija y la amante de Rosas no se estorbaban. El dictador había dividido lo mejor posible entre ellas las funciones que antaño competían a doña Encarnación: Manuela estaba a cargo de la tarea política, diplomática y social que se detalló en el capítulo anterior, cumplía además un rol afectivo indelegable como hija legítima y de la misma clase que su padre; Eugenia aceptaba su situación ambigua sin invadir la jurisdicción de Manuelita pues no era enredadora ni ambiciosa. [282] De modo que cuando Rosas bromeaba con sus huéspedes diciéndoles que con Manuela tenía las obligaciones pero no las satisfacciones del matrimonio, dejaba en suspenso un hecho real: que disponía también de una amante joven y sumisa. Por otra parte existía una cierta complicidad entre las dos mujeres: no convenía a ninguna que don Juan Manuel se casara por segunda vez. Esa decisión implicaría tal vez el eclipse de ambas.
Bajo el título de “Un amor imposible”, Pineda se ocupa de otra posible historia amorosa del Restaurador de la que no aporta pruebas contundentes sino meras suposiciones: Rosas ya tenía una tanda de hijos con María Eugenia cuando se enamoró violentamente de una inquieta y vivaracha integrante del séquito de su hija, Juanita Sosa -bella y de esbelta figura, si nos atenemos a su daguerrotipo- la “edecanita” que siempre la acompañaba a todas sus diversiones y era la preferida de los diplomáticos y marinos extranjeros que visitaban Palermo. Fue entonces cuando Manuela se puso firme y dijo: “Tatita, si querés casarte, lo harás con María Eugenia que es la madre de tus hijos, pero no lo intentarás con ninguna otra”. Rosas no se decidió, pero siempre recordaría en sus cartas del exilio a la alegre Juanita Sosa, preguntándose si se había casado, y soñando con disponer su partida a Inglaterra si aún estaba libre. [283]
La Sosa era una de las “damas de honor” de la tertulia de Manuelita que tantos y justificados temores provocaban en la oposición; de ellas se decía “que en el mejor estrado de América no se hallarán quizá personas más instruidas en el formulario y maneras de salón, ni más al caso para desempeñar el papel de coquetería y seducción de que están encargadas. ¿Qué extraño será pues que tantos diplomáticos viejos como Mackau, Mandeville, Hood, Le Prédour y Southern, se hayan dejado adormecer por aquellas emponzoñadoras Sirenas?”. [284]
Pero una cosa eran los salones donde brillaban las gracias de estas mujeres, y otra la parte más doméstica de Palermo en la que retozaban los pequeños bastardos. Rosas era mucho más tolerante con estos hijos que con los legítimos, tal vez porque su educación no le preocupaba: no valía la pena aplicar las normas de formación de las primeras familias del país a esos niños que no tendrían oportunidad de ser reconocidos y de ocupar un espacio más digno en la sociedad. Es así como Rosas aceptaba que los hijos de Eugenia lo llamaran alternativamente “señor” o “viejo de porquería” pues lo importante era que no le dijeran tatita, como Juan o Manuela. A los niños no les gustaba atender las lecciones que les impartía el capellán, y en su pereza recibían el respaldo de Rosas que les decía: “Bueno, vuélvanse, hoy es el día de San Vacanuto, algo así como el santo de las rabonas”. [285]
Si Nicanora, la más parecida al padre por su fuerte carácter, se retobaba, Rosas llamaba a dos soldados y les ordenaba: “Lleven a esa gallega salvaje unitaria a que le den 500 azotes”. La paliza, un simulacro realizado sobre dos cartones que protegían el trasero de la niña, era suficiente para ablandarla, y casi parecía más un rasgo de afecto, dada la tradición de castigos corporales a la que se aludió en el primer capítulo, que un rasgo de crueldad. Otras veces, las faltas se castigaban con lecturas.
La misma Nicanora relató a Pineda que “el viejo” enviaba a sus hijos menores a vigilar los amores de Máximo y de Manuelita que se veían en una salita no muy alejada del dormitorio paterno. Los traviesos chiquillos, bien aleccionados, informaban sobre los acercamientos de su media hermana con su novio, y Rosas cada tanto amagaba una penitencia para Manuelita, que roja de vergüenza protestaba su inocencia. [286]
La vida amable que llevaban Rosas, Manuela, Eugenia y sus hijos en la quinta de Palermo concluyó abruptamente el 3 de febrero de 1852. Los Castro no estuvieron entre los que embarcaron en el navío inglés, pero la relación del ex gobernador con su amante no se interrumpió de inmediato. Ella preparó el equipaje del “Patrón”, y días después de la batalla, con permiso de Urquiza, retiró algunos objetos personales de Rosas de su casa de Palermo. Este se ocupaba entre tanto de arreglar la cuestión de la herencia de Eugenia antes de dejar definitivamente el país.
¿Por qué ella no acompañó a Juan Manuel a Inglaterra? “Este es uno de los puntos más oscuros en la vida de Eugenia”, escribe Pineda. “Nos consta que cuando Rosas la invitó a partir con las dos criaturas aludidas -Angelita y Armindo- sus favoritos, sufrió en lo más vivo de su amor propio el repudio que aquella proposición excluyente significaba para los otros hijos de esa unión ilegítima. Y la respuesta que ella dio denota elocuentemente el efecto que ha podido producirle.” ¿Era ésta una manera de dudar de la paternidad de los demás hijos?, se pregunta Pineda. Parece cosa improbable, agrega, pues, “¿quién osaría ponerle cuernos al dictador en su propia casa?”. [287]
Eugenia demostraba mayor apego a los hijos que al amante y en esto se diferenciaba de doña Encarnación, siempre más identificada con su pareja que con sus hijos. Temperamento maternal, algo en el tipo de relación que ella había establecido con Rosas la muestra ocupándose de él y de sus enfermedades con ternura, pese a la diferencia de edad y a la distancia abismal que los separaba en lo social. En 1855, Rosas le reprochó no haberlo acompañado: “Si cuando quise traerte conmigo, según te lo propuse en dos muy expresivas y tiernas cartas, hubieras venido, no habrías sido tan desgraciada” [288]. De este modo la hace responsable de sus desdichas y de paso, indica que fue en 1852 cuando la extrañó y la hizo llamar, y que a partir de diciembre de ese año no contestó a las numerosas cartas que ella enviaba.
Es posible también que Eugenia, que ya tenía cerca de 30 años, no se atreviera a emprender una travesía de esa envergadura sin mayores seguridades acerca del rol que cumpliría en Southampton. Sin confianza en sus propias fuerzas, siempre dependiente de su poderoso señor, no estaba en condiciones de marchar a tierra extraña, arrastrando consigo tantos hijos. Prefirió quedarse en el país, donde gozó de cierta protección de familias amigas: los meses posteriores a la batalla de Caseros los pasó en Cañuelas en la estancia de don Mariano Cárdenas, cuya esposa era su madrina. Allí tuvo a Adrián, el menor de los hijos de Rosas -un hijo póstumo, por decir así…-. Más tarde, cuando desde Inglaterra su antiguo tutor le envió el testimonio gracias al cual pudo ocupar la casa que le había tocado en herencia, se trasladó al barrio de la Concepción. Probablemente vivió allí hasta su muerte, pues sus hijos se casaron en dicha parroquia. [289]
Entre tanto Rosas había cambiado sus hábitos. Solo y en tierra inglesa, padeciendo las “crueles amarguras” que le provocó la boda de Manuelita, sin Eugenia y por encima de todo, sin el poder y el prestigio que lo rodearan desde su infancia, se dejó arrastrar por la vida galante a la que no había sido afecto en su país. A fines del 53, a consecuencia de esas aventuras, estaba enfermo y gastando dinero en médicos y en remedios. Su hijo informó a un amigo acerca de las características del mal que padecía:
“Las potras lo han jodido pues lo han coceado y está en la cama como 15 días, pero no es cosa de cuidado aunque tiene morrocotudas llagas. Se ha juntado o ha hecho amistad mi padre con un médico, y un fondero, dos pillos de plaza y desacreditados hasta el extremo en ésa, le comen medio lado, le chupan las libras a montones y concluirán por dejarlo en la calle, me consumo de lástima al ver lo que es la vida y lo que es un hombre sin mundo y sin freno”. Alberdi diría algo más tarde que en Europa se veía mal el juicio llevado por la Legislatura de Buenos Aires contra Rosas, pues éste no imitaba a otros caudillos caídos que intrigaban para recuperar su autoridad: “Se ocupa en Southampton de putas y de lo que él llama sus memorias”. [290]
Pero en medio de esa nueva existencia y de la difícil adaptación a su nueva condición de proscripto, Rosas no olvidaría a Eugenia. No contestó las cartas que ella le envió en 1852, 53 y 54, pero en junio del 55 le manda una larga misiva -ya citada- y dos más breves a Angelita, la hija preferida. El tono es de reproche pues debe negar auxilios económicos a su ex amante la cual los reclama reiteradamente. De ahí que empiece la carta, como se ha visto, responsabilizándola de lo que les ocurre por no haberlo acompañado: “Así cuando lo sois (desgraciada) debes culpar solamente a tu maldita ingratitud”. “Si como debo esperarlo de la justicia del gobierno, me son devueltos mis bienes, entonces podía disponer tu venida con todos tus hijos y la de Juanita Sosa, si no se ha casado, ni piensa en eso.”
Todos los hijos, no algunos, como le propuso en un principio. Rosas le agradece luego el envío del escapulario de Nuestra Señora de las Mercedes y protesta porque nada le ha dicho del apero que sacó de su casa poco después del 3 de febrero y que le hace muchísima falta: “el mío que vos tienes es de una cuarta más largo que los comunes, de una cabezada a la otra. Es ése un recado muy bueno, difícil de encontrarse, ni de que se haga uno igual”.
La carta concluye con saludos para Eugenia del peón Martínez, que había sido enviado a su antiguo patrón en 1853, y con nuevos saludos para la Sosa “si es que aún sigue soltera”; agrega unas bendiciones para ella y sus queridos hijos, también para Antuca, pero separadamente, como si no integrara el mismo grupo; firma “tu afectísimo paisano”, una forma elegante de poner distancia con su antigua concubina.
La carta a Angelita, además de agradecerle el obsequio de un pañuelo que sigue usando en su nombre, contiene una explicación en respuesta a una pregunta de la niña que ponía de relieve la mucha confianza que ésta debía tenerle: “No me he casado porque no tengo con qué mantener una mujer, y yo con mujer con plata no quiero casarme. Por eso verás que en lo que te dicen te han engañado. Abraza en mi nombre a tu mamá y a tus hermanos (…) Memorias a Camilo y a la ingrata y desleal Juanita Sosa. Adiós mi querida ‘Soldadito’. Recibe el constante cariño de tu afectísimo paisano”. [291]
El apodo “Soldadito” derivaba de que Ángela se disfrazaba a menudo de miliciana, con chiripá, botas, calzoncillos y el rojo birrete de los Colorados del Monte. Ella y sus hermanitos hacían maniobras bélicas, para deleite de su padre. Pero de todo esto sólo quedaba ahora el recuerdo. Eugenia tenía otro hombre que le había dado dos hijos, pero seguía pobre y para colmo de males su salud se había quebrantado. Sin embargo, mantenía el vínculo con su otrora poderoso amante y él también le correspondía:
“Una carta mía para Eugenia, la puse hace algunos meses entre un sobre para nuestra querida amiga, la señora Ignacia Gómez de Cáneva. Así procedí porque Manuelita me ha dicho muchas veces cuánto es considerada y estimada por usted aquella pobre.” [292]
Es posible que Eugenia fuera por esa fecha enfermera de la madre de las Gómez. En 1870, Rosas escribía a su antigua pupila una carta breve, acompañada por tres pañuelos, uno para ella, otro para el “Soldadito” y otro para “Canora” -como siempre, mostraba predilección por sus hijas mujeres e indiferencia por los varones-. “No le mando algo bueno porque sigo pobre”, agregaba. Firmaba “su afectísimo patrón”. [293] El tiempo y la distancia devolvían a don Juan Manuel a la realidad de su relación con Eugenia: la de la niña pobre con el patrón.
Rosas había envejecido, pero conservaba su espléndido porte de siempre. Su afición por las mujeres, que antaño postergara en aras de otros intereses, se mantenía incólume. Tenía amistades femeninas en Southampton y en su correspondencia con Manuela aparecían temas nuevos, impensables en los tiempos en que la política y el poder absorbían todas sus horas:
“Una señora inglesa me preguntó qué hacías cuando se te caía el pelo. No sé, le contesté, pero como cuida tanto su hermoso pelo, entiendo debe ser con algún remedio bueno, se lo preguntaré. Por esto, y porque ni es la primera señora decente que me hace esta pregunta, y porque en orden a las clases comunes son muchas las que me han presentado ocasión en que poder decirles de algún remedio que yo supiera”, escribe en 1858. Señoras decentes y mujeres de la clase común, el mismo lenguaje del Buenos Aires colonial se aplicaba ahora a las amistades femeninas del ex dictador argentino en el destierro. De paso, y tal vez con el propósito de darle celos, sugería a Manuela que ella no era la única presencia femenina en su vida. [294]
Cuando en 1867 Carlos H. Ohlsen, por encargo de Urquiza, visitó a Rosas, encontró cerrados los portones del farm, pero averiguó muchos datos curiosos sobre aquel vecino al que llamaban el “General Ross”: “parece que tiene una ama de llaves que lo cuida muy atentamente y tiene reputación por allí este señor de ser muy aficionado al bello sexo, además de estar entregado a la vida de labrador, mejor dicho, a la crianza de animales”. ¿Era entonces la criada inglesa Mary Ann Mills, a la que en reiteradas oportunidades menciona Rosas en su testamento, la sucesora de Eugenia? En 1869 Ohlsen repite la visita a la quinta de Rosas y deja sus impresiones, no sólo de la casita, “linda para pasar allí dos meses después de recién casado”, sino también de las ninfas cuarentonas que se ocupan de don Juan Manuel. [295]
En 1876 falleció Eugenia Castro. La noticia fue comunicada por Angelita a Manuela, quien escribió a su media hermana: “A tatita le remito tu carta y estoy cierta que le habrá causado gran pesar. Siempre se acuerda del ‘Soldadito’ y lo mismo Máximo te recuerda como si te estuviera viendo. Concluyendo tu siempre afectísima patrona, Manuela Rosas de Terrero”. Firmando así, la hija legítima se diferenciaba de la descendencia bastarda de su padre.
Eugenia desaparecía silenciosamente como había vivido, cargada de hijos, pobreza y frustraciones. Pero Ángela mantuvo su relación con Manuela, según lo prueban las pocas cartas que su viudo pudo arrimar al expediente:
“Mi querido Tatita se acuerda mucho de ti, no le he querido mostrarle tu retrato, porque estoy muy cierta le causaría tristeza verte, pues le traería recuerdos de lo mucho que lo divertías con tus gracias cuando eras chiquita y su regalona (…) Por la carta que Eugenia escribió a Máximo, supimos lo enferma que había estado, y que siempre tenía mala salud. Mucho lo sentimos, y con todo corazón le deseamos que todos sus males hayan desaparecido”, dice Manuela en enero de 1864, doce años antes de la muerte de Eugenia, en la misma carta en que se hace la referencia a Justina citada más arriba.
A fines del 64, Manuelita le comenta el retrato que le ha enviado “aunque estás tan cambiada siempre se descubre en tu fisonomía la gracia inolvidable de nuestra querida negrita. Mi querido tatita no te olvida jamás, y cuando le hablo de ti se conmueve siempre. Máximo te manda un abrazo y te aseguro que no te olvida”.
Efectivamente mucho debió haber cambiado el “Soldadito” desde los días despreocupados de Palermo. Tenía 38 años y trabajaba como doméstica cuando en 1879 -dos años después de la muerte de su padre- se casó con Adrián Gaetán, de 50 años, natural del país y analfabeto. La boda tuvo lugar en la parroquia de la Concepción, donde Eugenia había tenido su modesta casita. La pareja se trasladó a Lomas de Zamora, uno de los pueblos suburbanos que estaba en pleno crecimiento. Allí murió Ángela en 1882, a los 42 años, de tisis. [296] Cuatro años más tarde, al regresar Manuelita por primera vez a Buenos Aires con motivo de la devolución de los bienes que le correspondían por la herencia materna que le hizo el gobierno de la provincia, los hijos naturales de Rosas emprendieron el juicio contra ella y contra Juan Ortiz de Rozas y Fuentes, hijo de Juan, ya fallecido.
Rafael Calzada explica cómo tuvo lugar este reclamo: “Fui solicitado por doña Nicanora, doña Justina y don Adrián para que los patrocinase en la gestión de sus derechos y me presté gustoso a ellos, pues la reclamación me parecía justísima. Recuerdo que la primera, que vivía en Lomas de Zamora ganándose la vida de lavandera, tenía todo el aire de una persona bien nacida. Su conversación y sus maneras denunciaban enseguida a una persona resignada a su humilde oficio, pero que no era el que le cuadraba. En cuanto a Adrián, un pobre analfabeto que vivía también en Lomas, trabajando como pocero, era un hombre alto, de ojos azules, rubio, buen mozo, de un parecido a Rosas sorprendente, pero de modales más bien toscos. Había sido criado en el trabajo y en la pobreza. No llegué a conocer a Joaquín, que andaba por Tres Arroyos, trabajando como peón, pero sé que desde niño se le conocía por el apodo de ‘El chileno Rosas’”. Calzada presentó la demanda de petición de herencia fundada en el artículo 3569 del Código Civil ante el juez Benjamín Basualdo, por la secretaría de Carlos Silveyra, en agosto de 1886, siendo representante de los herederos el procurador de su estudio, Alfredo Fernández.
Ofreció probar todos los hechos con testigos, pues había conversado con personas de aquel tiempo -entre ellas parientes muy allegados a doña Encarnación- que le dieron pleno convencimiento de que era justo el reclamo de los hijos de Eugenia. Casi todos se mostraron dispuestos a declararlo bajo juramento ante la justicia.
Calzada enumera a cinco hijos naturales: Nicanora, Ángela, Justina, Joaquín y Adrián; no menciona a Mercedes ni a Ermilio, que ya había muerto. Aporta cuatro cartas como prueba de que Rosas, sin decirse padre por naturales escrúpulos si se atiende a lo delicado de la situación y a su carácter taimado y receloso, trataba paternalmente a sus hijos, les enviaba algún dinero y regalos y se dirigía a Eugenia con ternura. Si bien no reconocía categóricamente su paternidad, ésta resultaba presumible con toda evidencia. En cuanto a llamarse patrón de Eugenia, “bien sabemos que el dictador se consideró siempre el patrón de todos los nacidos en este suelo y que fue patrón verdadero de Eugenia desde el día que entró en su casa para servir a su finada esposa”. [297]
Un segundo juicio contra esta misma sucesión se iniciaba en setiembre de 1886 con la presentación de Adrián Gaetán, el viudo de Angelita, que confería poder especial a Eugenio Márquez en la petición de derechos que le correspondían por su finada esposa. Llevaba como testigos a don Francisco Plot -que era amigo de los Rosas- y a Ladislao Bamville. Sostenía en la demanda que Ángela Rosas había sido habida por Rosas en sus relaciones ilícitas con Eugenia Castro, con la que vivía públicamente y como si fuera su legítima esposa, hecho que era notorio; agregaba que una vez fijada la residencia de Rosas en Southampton, mantuvo correspondencia constante con Angelita, lo mismo que Manuela Rosas de Terrero, su cariñosa hermana. “Existen todavía muchas personas a quienes consta la vida íntima que el ex dictador hacía con doña Eugenia Castro y con los hijos que en ésta había tenido, dándoles el mismo lugar que a su hija legítima doña Manuela.”
Seis cartas autógrafas se incorporaron a este expediente. A las que cita Calzada, se agregaron las tres piezas enviadas por la señora de Terrero desde Londres y que Ángela conservaba en su poder “aunque no con el cuidado que se requería por creer que nunca tendría necesidad de hacer uso de ellas porque no llegaría el caso de que le fueran desconocidos sus derechos de hija natural por los demás herederos”. [298]
La causa despertó el interés de la prensa, siempre curiosa en lo que hacía a la intimidad del Tirano, como se lo llamaba generalmente. Pero un año más tarde el juzgado se declaraba incompetente, sin especial consideración en costas por no existir temeridad ni mala fe por parte del actor. Hacía lugar a lo alegado por la familia Terrero: el juzgado era incompetente, pues la jurisdicción sobre la sucesión correspondía al último domicilio del difunto; Rosas no tenía siquiera bienes en la República Argentina porque los suyos habían sido declarados propiedad del Estado en la década de 1850. Aunque el representante de Gaetán argumentó que Máximo Terrero tenía domicilio legal en el país y una cuantiosa fortuna, el reclamo no fue atendido. El caso de la prueba no llegó nunca, explica Calzada; ni él se sentía con ánimos para ir a litigar a Inglaterra, ni los interesados, pobres de solemnidad, dieron un paso más para hacer efectivos sus derechos. [299]
Ante el fallo se produjo nuevamente el silencio y los hijos de Eugenia volvieron al anonimato y a la pobreza. Mientras tanto, ¿qué había ocurrido con Juanita Sosa? Ella era otra de las personas del círculo de Palermo que mantenía relación con los exiliados. Rosas la mencionó muchas veces en sus cartas y le escribía con cierta regularidad. Manuela y Máximo no la habían olvidado: cuando nació Manuel, el mayor de sus hijos, le hicieron conocer la novedad recordando que Juana “se reía como loca” ante la idea de ver a Manuela con un Terrerito a cuestas.
Pues bien, en 1878, cuando Rosas ya había muerto y el matrimonio Terrero envejecía pacíficamente en Londres, Juanita Sosa se hallaba internada en el Hospital Nacional de Alienadas. Dolores Lavalle de Lavalle, que había sido designada inspectora de esa institución dependiente de la Sociedad de Beneficencia, relató en carta a Capdevila que entre las mil enfermas que allí se encontraban había una que le resultaba muy simpática por la cultura de sus maneras; conservaba rastros de la belleza que se conocía había tenido en su juventud:
“Era de estatura pequeña, facciones finas y unos grandes ojos negros de mirada muy triste, que llamaban la atención. Pregunté su nombre y me dijeron ‘Se llama Juana Sosa, y ha sido muy amiga de Manuela Rosas con quien pasaba largas temporadas en Palermo’. Es una loca muy tranquila, nunca tiene accesos de locura y su única manía es transformarse en estatua, lo que hace perfectamente. Desde que supe esto me interesé más por aquella desgraciada pensando: ¡Pobre infeliz! ¡Qué habrá visto en Palermo y qué habrá pasado por ella hasta perder la razón!
”En los días de visita al Hospital siempre la buscaba para hablarla, lo que era inútil si la encontraba transformada en estatua, porque no hablaba una palabra, ni se movía durante horas enteras hasta que el cansancio la rendía. Estas estatuas probablemente las copiaba de láminas que antes había visto, y si quería imitar un militar (Rosas tal vez) se ponía unas grandes charreteras de papel que cortaba de los diarios.
”Mi inspección en el Hospital duró tres años, y cuando un año después pregunté por ella, se me contestó que había fallecido repentinamente al hacer su última estatua”. [300]
Con su muerte se cerraba un capítulo de la historia de la corte de Palermo, la de una mujer educada y bella, cuya extraña vivacidad, sin duda su principal atractivo, que más tarde derivó en locura, sedujo y atrapó al gobernador. Él no la olvidaría. [301] Pero prefirió compartir la intimidad de sus días gloriosos con la dulce, discreta y sencilla Eugenia, la compañera confiable por excelencia.
<a l:href="#_ftnref267">[267]</a> Dellepiane, El testamento de Rosas, p. 22, hace la referencia al coronel Juan Gregorio Castro, antiguo protegido de don Juan Manuel; sobre la enfermedad de Encarnación, véase Rafael Pineda Yáñez, Cómo fue la vida amorosa de Rosas, Buenos Aires, Plus Ultra, 1972, pp. 73 y ss. La obra, llamada originariamente La manceba de Rosas, contiene datos que fueron contados al autor por Nicanora Castro, la hija de Eugenia, pero entremezclados con otros relatos menos creíbles y de difícil comprobación.
<a l:href="#_ftnref268">[268]</a> Dellepiane, El testamento de Rosas, p. 97.
<a l:href="#_ftnref269">[269]</a> Rafael Calzada, Cincuenta años de América; notas autobiográficas, Buenos Aires, 1926, Obras Completas, tomo IV, vol. 1, p. 327.
<a l:href="#_ftnref270">[270]</a> Manuel Gálvez, Vida de don Juan Manuel de Rosas, Buenos Aires, El Ateneo, 1940, p. 506; Ibarguren, Juan Manuel de Rosas, pp. 228 y 293; Mario César Gras, Rosas y Urquiza, p. 396.
<a l:href="#_ftnref271">[271]</a> Mansilla, Rozas, p. 56.
<a l:href="#_ftnref271">[272]</a> Ibídem, p. 66.
<a l:href="#_ftnref273">[273]</a> Pineda Yáñez, op. cit., p. 82.
<a l:href="#_ftnref273">[274]</a> Agradezco a don José María Massini Ezcurra la síntesis de una carta de Manuela Rosas de Terrero que él tuvo oportunidad de consultar y que formaba parte del archivo de la familia Terrero Stegmann, en la que hay referencias a la reclamación de Eugenia Castro. Dice que hacía trabajos de sirvienta y manda una planilla en la que figuran pagos de 50 pesos. Enumera a sus hijos: Mercedes Costa, que fue reconocida por Sotero Costa, Ángela, fallecida, casada con Adrián Gaetán, Ermilio, fallecido soltero, Joaquín, el chileno, Nicanora, casada con Palacios (con Galíndez, dice Pineda), Justina y Adrián. Manuelita dice que no sabe quiénes son los padres de los tres últimos.
<a l:href="#_ftnref275">[275]</a> Calzada, op. cit., p. 327
<a l:href="#_ftnref276">[276]</a> "Diario de Ignacio Núñez", por Juan Isidro Quesada. (En: Todo es Historia, noviembre de 1990.)
<a l:href="#_ftnref277">[277]</a> Calzada, op. cit., pp. 326 y ss.
<a l:href="#_ftnref278">[278]</a> Pineda Yáñez, op. cit., pp. 130/133.
<a l:href="#_ftnref279">[279]</a> José Mármol, Rasgos biográficos de Manuela Rosas; Xavier Marmier, Buenos Aires y Montevideo en 1850, p. 86.
<a l:href="#_ftnref280">[280]</a> Rosas y su hija en la quinta de Palermo, Valparaíso, 1851, p. 15.
<a l:href="#_ftnref281">[281]</a> Carta de Manuela Rosas de Terrero a Angelita. Londres, 23 de enero de 1864. Citada en el expediente de Don Adrián Gaetán contra la sucesión de don Juan Manuel de Rosas sobre petición de herencia, AGN. Tribunales, legajo 8105, año 1886.
<a l:href="#_ftnref282">[282]</a> Pineda Yáñez, op. cit., p. 120.
<a l:href="#_ftnref283">[283]</a> Ibídem, p. 137.
<a l:href="#_ftnref284">[284]</a> Rosas y su hija en la quinta de Palermo.
<a l:href="#_ftnref285">[285]</a> Pineda Yáñez, op. cit., pp. 116 y ss. y p. 127.
<a l:href="#_ftnref286">[286]</a> Ibídem., p. 133.
<a l:href="#_ftnref287">[287]</a> Ibídem., p. 153.
<a l:href="#_ftnref288">[288]</a> Ibídem., p. 174.
<a l:href="#_ftnref289">[289]</a> Ibídem., p. 151.
<a l:href="#_ftnref290">[290]</a> Cartas citadas por Celesia, Rosas, tomo 2, p. 370.
<a l:href="#_ftnref291">[291]</a> Pineda Yáñez, p. 174, reproduce esta carta que también puede leerse en la obra de Calzada, pp. 330/334.
<a l:href="#_ftnref292">[292]</a> Rosas, Cartas del exilio, p. 109; carta de Rosas a Josefa Gómez del 6 de diciembre de 1868.
<a l:href="#_ftnref293">[293]</a> Pineda Yáñez, op. cit., p. 178.
<a l:href="#_ftnref294">[294]</a> Carta de Rosas a Manuelita, Southampton, 22 de noviembre de 1858. AGN Sala 7-3-3-13.
<a l:href="#_ftnref295">[295]</a> Carta de Ohlsen a Urquiza, del 15 de octubre de 1867, reproducida por Mario César Gras, op. cit., p. 325; más datos en pp. 329 y 341.
<a l:href="#_ftnref296">[296]</a> Véase el expediente ya citado de Adrián Gaetán contra la sucesión de Rosas. Las cartas de la señora de Terrero a Angelita están citadas en la demanda, pero no figuran los originales.
<a l:href="#_ftnref297">[297]</a> Calzada, op. cit., p, 334. No he podido localizar en el Archivo General de la Nación el legajo correspondiente al juicio que patrocinó Calzada en el que posiblemente se encuentren los originales de las cartas citadas.
<a l:href="#_ftnref298">[298]</a> Adrián Gaetán contra la sucesión de Rosas, op. cit. Se solicitaba librar oficio judicial al párroco de la Merced para verificar si Ángela había sido bautizada en la Parroquia de la Catedral entre 1838 y 1842. No había pues demasiada precisión acerca de la fecha del bautismo que incluso se remontaba a los tiempos en que estaba viva la esposa de Rosas.
<a l:href="#_ftnref299">[299]</a> Calzada, op. cit., pp. 334 y ss.
<a l:href="#_ftnref300">[300]</a> Capdevila, Las vísperas de Caseros, p. 41
<a l:href="#_ftnref301">[301]</a> Juana Sosa, bautizada en Buenos Aires en diciembre de 1826, era hija natural de don Hilario Sosa y de Juana Olmos. Pasaba largas temporadas en Palermo. Juan Méndez Avellaneda publicó en Todo es Historia (abril de 1991, p. 50), una noticia sobre el mal trato sufrido por María Sosa, sirvienta que acompañaba a Juanita en la casa del Restaurador y que fue azotada, engrillada y puesta en el cepo durante meses por haberse atrevido a recibir de noche en su habitación a un sirviente del gobernador. Una prueba más de la doble moral que allí imperaba.