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No había olvidado las tres preguntas de la estudiante universitaria Jin Shuai: ¿Qué filosofía tienen las mujeres?, ¿qué significa la felicidad para una mujer? y ¿qué es lo que hace una buena mujer? En el transcurso de mis investigaciones para el programa intenté contestarlas.
Pensé que sería interesante pedir la opinión de mis colegas mayores y más experimentados, el Gran Li y el viejo Chen, acerca de la filosofía que guiaba la vida de las mujeres. Obviamente, en unos tiempos en que la fe en el Partido estaba por encima de todo lo demás, debía mostrarme cautelosa a la hora de plantearles la pregunta: «Naturalmente, las mujeres creen en el Partido por encima de todo -comencé diciendo-, pero ¿tienen otras creencias?»
Al viejo Chen le entusiasmó el tema.
– Las mujeres chinas tienen fe religiosa -dijo-, pero parecen capaces de creer en diferentes religiones a la vez. Las mujeres que confían en los ejercicios espirituales y físicos de qigong siempre están cambiando la clase de qigong que practican y el maestro al que siguen, y también sus dioses van y vienen. No puede reprochárseles: las miserias de la vida las hacen anhelar una salida. Como dijo el presidente Mao Zedong: «la pobreza da origen al deseo de cambio». Ahora creemos en Mao Zedong y en el comunismo, pero antes creíamos en el cielo, en el Emperador Celestial, en Buda, en Jesucristo y en Mahoma. A pesar de nuestra larga historia, no tenemos una fe nativa. Los emperadores y los gobernantes eran considerados deidades, pero cambiaban constantemente y la gente se acostumbró a rendir culto a diferentes dioses. Como dice el proverbio: «Para cien hombres existen cien creencias.» De hecho podría decirse que no existe una verdadera fe. Las mujeres son mucho más pragmáticas que los hombres, por lo que tienden a cubrirse las espaldas. No acaban de decidir qué dios tiene poder o qué espíritu es útil, y por tanto creen en todos ellos, para estar del lado seguro.
Yo sabía que lo que decía era verdad, pero me preguntaba cómo la gente conseguía reconciliar las doctrinas -entre sí antagónicas- de las diferentes religiones. El viejo Chen parecía haber adivinado mis pensamientos:
– Creo que prácticamente ninguna mujer entiende lo que es la religión. La mayoría sólo intenta no ser menos que los demás, por miedo a estar en desventaja.
El Gran Li estuvo de acuerdo con el viejo Chen. Señaló que, sobre todo después de que se proclamara la libertad de religión en 1983, había familias que tenían varios altares dedicados a diferentes dioses. La mayoría de la gente que rezaba sólo lo hacía para pedir riqueza u otros beneficios. Nos habló de sus vecinos: en la familia, un abuelo era budista y el otro taoísta, por lo que siempre estaban discutiendo. Alejada de los palillos de incienso, la nieta cristiana había colgado una cruz; los abuelos la regañaban constantemente por ello, aduciendo que los había condenado a una muerte temprana. La madre de la muchacha creía en una especie de qigong y el padre creía en el Dios de la Riqueza. Ellos también discutían sin parar: la mujer reprochaba al marido que su codicia había dañado su estatus espiritual, y el marido la acusaba a ella de que su mala influencia atentaba contra su riqueza. El poco dinero que tenía esta familia se iba en rituales religiosos o imágenes sagradas, pero no por ello eran más ricos o más felices.
El Gran Li también nos habló de una empresaria de la que se decía que era muy religiosa. En los discursos públicos solía aclamar al Partido Comunista como la única esperanza de China, y en cuanto se bajaba del podio predicaba el budismo, advirtiendo a la gente que en su próxima vida se les recompensaría en función de sus acciones en ésta. Cuando cambiaba la dirección del viento, la mujer propagaba la noticia de alguna forma de qigong milagroso. Un miembro de su unidad de trabajo dijo en una ocasión que ella era capaz de llevar a la vez la insignia del Partido Comunista en la solapa del abrigo, una imagen de Buda en las braguitas y un retrato del gran maestro Zhang de la secta Zangmigong en el sujetador. Al ver mi incredulidad, el Gran Li me aseguró que esta mujer salía a menudo en los periódicos. Cada año era escogida la Trabajadora Modélica y en muchas ocasiones había sido elegida Miembro Destacado del Partido.
– En el Partido no deben de ver con buenos ojos su devoción religiosa -dije de forma algo irreverente.
El viejo Chen golpeó la mesa y dijo con severidad:
– Xinran, ándate con cuidado. Palabras como éstas podrían hacerte perder la cabeza.
– ¿Seguimos teniendo que tener miedo?
– ¡No seas ingenua! En los años cincuenta, el Partido hizo una llamada para que «dejéis que florezcan cientos de flores, dejéis que compitan cientos de escuelas de pensamiento». ¿Qué ocurrió entonces? Aquellos que contestaron a la llamada fueron encarcelados o enviados a aldeas pobres de las montañas. Algunos no hicieron más que expresar sus ideas en los diarios, pero también tuvieron que soportar la crítica pública y el encarcelamiento.
El viejo Chen era genuinamente un hombre bueno.
– No deberías hablar demasiado de religión y fe -me advirtió-. Lo único que conseguirás será llamar a la mala suerte.
A lo largo de los siguientes años entrevisté a un buen número de mujeres acerca de sus creencias, y confirmé que realmente eran capaces de creer en una amplia variedad de religiones a la vez. En Zhengzhou conocí a una dirigente del Partido retirada que había conseguido reconciliar la devoción que sentía hacia el Partido Comunista con una fuerte fe en el fangxiang gong, una derivación del qigong que consiste en hacer que el maestro emita una fragancia a través de la cual inhalas su bondad y desarrollas la fuerza de tu cuerpo. Anteriormente había creído en los ejercicios para mantenerse en forma y en las infusiones de hierbas. Cuando le pregunté si creía en el budismo me pidió que bajara la voz pero reconoció que sí, que creía. En su familia, los ancianos siempre habían dicho que era preferible creer en todo que en nada. También me contó que a finales de año solía creer en Jesucristo, que era el Padre Navidad y acudía a tu casa para ayudarte. Cuando expresé mi sorpresa al oír que Jesucristo era la misma persona que el Padre Navidad, me respondió que yo era demasiado joven para comprenderlo, y me pidió que no hablara a nadie de nuestra conversación:
– Nosotros decimos: «En casa, cree en tus propios dioses y haz lo que te plazca; fuera, cree en el Partido y ándate con cuidado con lo que haces.» Pero no me gustaría que nadie se enterara de lo que acabo de decir. No quiero que vuelvan a crearme problemas a mi edad.
– No te preocupes, no se lo contaré a nadie -le aseguré. La mujer parecía no estar convencida:
– Eso es lo que dices ahora, pero en estos tiempos ¿en quién puedes confiar?
Por entonces, la práctica del qigong estaba ganando terreno en China. La gente creía enteramente en los maestros que lo practicaban, pero yo recelaba de su poder. En 1995 conocí a una profesora de la Universidad de Beijing que era una ferviente seguidora de un nuevo tipo de qigong (llamado falun gong) o mejor dicho de su fundador, Li Hongzhi. Li Hongzhi enseñaba que el mundo estaba dividido en tres niveles: el nivel del guardián (es decir, él mismo); el nivel perteneciente a los espíritus de virtudes inusuales (es decir, el Dios cristiano, Buda, etc.), y el tercer nivel, donde habitaba la gente de a pie.
– El maestro Li es el dios que salvará a la humanidad del montón de basura en que se ha convertido este mundo -me dijo-. Él no se apoya en la magia para salvar a la gente, sino que le ofrece ejercicios espirituales para aumentar las virtudes de la verdad, la bondad y la tolerancia, y así prepararla para la ascensión a los cielos.
También me dijo que creía en el Dios cristiano, y pareció preocupada cuando le pregunté cómo era eso posible, si Li Hongzhi había dicho que para practicar el falun gong no había que llevar otros dioses ni otros espíritus en el corazón.
¿Y qué decir de la gente joven? En una ocasión conocí a dos jóvenes de unos veinte años delante de la iglesia protestante de la calle Taiping del Sur de Beijing. Una de ellas iba vestida a la moda y llevaba su larga y brillante cabellera suelta. La otra no iba tan bien vestida y llevaba el pelo recogido en una cola. Supuse que la muchacha elegante acudía a la iglesia porque estaba de moda y que su amiga lo había hecho por curiosidad, pero me equivoqué.
Les pregunté si acudían a la iglesia a menudo.
Mirando a la amiga, la muchacha bien vestida contestó:
– Es mi primera vez, ella me arrastró.
La muchacha de la cola de caballo dijo rápidamente:
– Ésta es mi segunda vez.
– ¿La primera vez acudiste por iniciativa propia, o te trajo alguien? -pregunté.
– Vine con mi abuela, ella es cristiana -me contestó.
– Y tu madre también ¿no? -le preguntó la amiga.
– Bueno, mi madre dice que lo es, pero nunca ha ido a la iglesia.
Pregunté a las dos:
– ¿Creéis en el cristianismo?
La muchacha bien vestida replicó:
– Jamás he creído, simplemente he oído que es bastante interesante.
– ¿Qué quieres decir con «interesante»? -tanteé.
– Hay tanta gente en el mundo que cree en Jesucristo y en el cristianismo… Creo que algo tiene que tener.
– De acuerdo, pero también hay mucha gente que cree en el islam y el budismo, ¿qué me dices de ellos? -le pregunté.
Ella se encogió de hombros y dijo:
– No lo sé.
Su amiga dijo entonces:
– De todos modos, las mujeres tienen que creer en algo cuando llegan a los cuarenta.
Su razonamiento me dejó pasmada:
– ¿Ah, sí? ¿Por qué?
– Fíjate en la gente que acude a las iglesias para rezar y encender incienso en los templos. Son todas mujeres de mediana edad.
– ¿Por qué crees que es así?
La muchacha bien vestida interrumpió y respondió crípticamente:
– Los hombres trabajan duro por dinero, las mujeres trabajan duro porque ésa es su fe.
Su amiga dijo:
– Mi abuela dice que no creía en Dios cuando era joven, pero desde que empezó a creer, hubo muchas cosas que dejaron de preocuparla como solían hacerlo. Y mi madre dice que desde que empezó a creer en Dios dejó de pelearse con mi padre. Es cierto, solían discutir ferozmente, pero ahora, si mi padre pierde los papeles, mi madre se acerca a la cruz para rezar y mi padre se queda callado.
– De todos modos, las mujeres son incapaces de llevar a cabo algo grande. Rezar a un dios siempre será mejor que jugar al mah-jong -dijo la muchacha bien vestida.
Su frívolo comentario me dejó pasmada y le pregunté:
– ¿Qué tiene que ver el mah-jong con la religión? ¿Cómo puede equipararse el mah-jong con la religión?
La muchacha de la cola de caballo dijo:
– No se trata de eso. Mi madre dice que la gente que no cree en nada vive la vida día a día. Si tuvieran dinero podrían pasárselo bien, pero no tienen suficiente para irse de viaje, ni siquiera para salir a tomar una copa. Por tanto, se quedan en casa jugando al mah-jong. Al menos así podrán ganar un poco de dinero.
– ¿Y qué me dices de las mujeres religiosas? -pregunté.
– La gente que cree en algo es diferente -dijo la muchacha bien vestida sacudiendo la cabeza.
Su amiga confirmó sus palabras:
– Muy diferente. Las mujeres religiosas leen las escrituras, asisten a la iglesia y ayudan a los demás.
– ¿Es decir que en cuanto cumpláis los cuarenta os haréis creyentes? -les pregunté.
La muchacha bien vestida se encogió de hombros evasivamente, pero su amiga contestó con firmeza:
– Si por entonces soy rica, no creeré. Pero si sigo tan pobre como ahora, creeré.
– ¿Y a qué religión te encomendarás? -le pregunté.
– Eso dependerá de la religión que entonces esté de moda -contestó ella.
Las muchachas se marcharon y yo me quedé boquiabierta delante de la iglesia.