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7 La mujer que amaba a las mujeres

Mis colegas solían decir: «Los periodistas se vuelven cada vez más tímidos.» A medida que fui adquiriendo experiencia en la radio e intenté ampliar los límites de mi programa, empecé a entender el significado de estas palabras. En cualquier momento, un periodista puede cometer un error que ponga en peligro su carrera e incluso su libertad. Viven cautelosamente circunscritos a un conjunto de normas, cuyo quebranto acarrea serias consecuencias. La primera vez que presenté un programa de radio, mi supervisor parecía tan angustiado que creí que se desmayaría. Más tarde, cuando me nombraron jefa de departamento, descubrí que, de acuerdo con las regulaciones de la televisión y la radio chinas, si una emisión se interrumpía durante más de treinta segundos, se hacía circular el nombre de la persona responsable del turno por todo el país: una medida disciplinaria que podía afectar gravemente futuras promociones. Aun los más insignificantes errores podían significar una reducción de la prima de aquel mes (que superaba con creces el sueldo), y a menudo los errores graves conducían a la degradación, si no al despido.

Los periodistas de la emisora de radio debían asistir dos o tres veces a la semana a clases de estudio político. Las sesiones de estudio comprendían las opiniones de Deng Xiaoping acerca de la política de reformas y apertura y la teoría económica de Jiang Zemin. Nos bombardeaban una y otra vez con los principios y la trascendencia política de las noticias, y no había sesión en la que no se condenara a varios colegas por alguna falta: por no anunciar los nombres de los líderes de acuerdo con el orden jerárquico establecido en un programa, por no transmitir lo esencial de la propaganda del Partido en un comentario, por falta de respeto hacia los mayores, por no revelar una relación amorosa al Partido, por comportamiento «impropio»… Todas estas infracciones y más eran criticadas. Durante estas sesiones sentía que China seguía en las garras de la Revolución Cultural: la política seguía dirigiendo todos los aspectos de la vida diaria, sometiendo a ciertos grupos de personas a la censura y a juicio para que los demás sintieran que conseguían algo.

Me resultaba muy difícil retener toda aquella información política en la cabeza, pero al menos tenía asegurado que me recordaran asiduamente el precepto más importante: «El Partido va a la cabeza en todo.» Y un día llegó el momento en que mi comprensión de este principio fue puesta a prueba.

El éxito de mi programa dio lugar a grandes alabanzas. La gente se refería a mí como a la primera locutora que osaba «levantar el velo» de las mujeres chinas, la primera periodista de temas femeninos que se atrevía a hurgar en la verdadera realidad de sus vidas. La emisora de radio me había promocionado y yo había conseguido un considerable número de patrocinadores financieros. También logré, por fin, crear un programa de «línea caliente» y recibir llamadas de los oyentes en directo.

Todos los estudios de emisión en directo constaban de dos salas, una ocupada por la mesa del locutor, su música y sus notas, y la otra por una sala de control. Las llamadas a mi línea caliente me llegaban a través de la controladora de emisión, que manejaba el mecanismo temporizador. Éste le ofrecía diez segundos para decidir si una llamada era inapropiada para ser emitida y suprimirla sin que se dieran cuenta los oyentes.

Una noche, cuando me disponía a serenar mi programa con un poco de música suave -que era lo que solía hacer durante diez minutos al final de la emisión- recogí una última llamada:

– Xinran, hola, llamo desde Ma’anshan. Gracias por tu programa. Da mucho que pensar y me ayuda a mí y a muchas otras mujeres. Hoy me gustaría preguntarte qué piensas de la homosexualidad. ¿Por qué hay tanta gente que dispensa un trato discriminatorio a los homosexuales? ¿Por qué es ilegal la homosexualidad en China? ¿Por qué la gente no entiende que los homosexuales tienen los mismos derechos y opciones en la vida que los demás?…

La oyente seguía dando rienda suelta a sus preguntas y el sudor frío empezó a brotar en mi frente. La homosexualidad era un tema prohibido según el reglamento que rige los medios de comunicación, y yo me pregunté desesperadamente por qué la controladora no había suprimido la llamada inmediatamente.

No había forma de evitar la cuestión: miles de personas esperaban mi respuesta y yo no podía permitir que supieran que se consideraba un tema prohibido. Tampoco podía decirle que el tiempo se había agotado, pues todavía quedaban quince minutos para el final del programa. Subí la música mientras repasaba desesperadamente todo lo que había leído alguna vez acerca de la homosexualidad e intenté idear una manera de tratar el tema diplomáticamente. La mujer acababa de hacer una pregunta perspicaz que debió de perdurar en la mente de los oyentes:

– La homosexualidad tiene su propia historia, desde la Roma antigua en Occidente y las dinastías Tang y Song en China, hasta hoy. Existen argumentos filosóficos que establecen que cualquier cosa existe por una razón concreta. Entonces ¿por qué en China se considera la homosexualidad exenta de razón?

En aquel momento vi a través del tabique de cristal que la controladora hablaba por el teléfono interno. Palideció e inmediatamente cortó la comunicación en medio de una frase de la oyente, sin reparar en la regla estricta que prohibía hacerlo. Segundos más tarde, el director en funciones irrumpió en la sala de control y me dijo a través del intercomunicador:

– ¡Ten cuidado, Xinran!

Dejé que la música sonara durante más de un minuto antes de conectar el micrófono.

– Buenas noches, amigos de la radio, están escuchando «Palabras en la brisa nocturna». Me llamo Xinran y quiero debatir en directo el mundo de las mujeres con ustedes. Entre las diez y las doce cada noche pueden sintonizar historias de mujeres, escuchar sus corazones y aprender de sus vidas. -Hice todo lo que pude por rellenar el tiempo en antena mientras ordenaba mis ideas.

»Acabamos de recibir una llamada de una oyente que sabe mucho de la sociedad y la historia, y que comprende las experiencias de un grupo de mujeres que tienen un estilo de vida poco convencional.

»Por lo que sé, la homosexualidad no es sólo, como bien dijo la oyente, fruto de una sociedad moderna: hay constancia de su existencia en la historia de Oriente y Occidente. Dicen que durante las guerras de conquista en la Roma antigua los gobernantes incluso animaban a sus soldados a practicar la homosexualidad. Sin embargo, por aquellas épocas tal vez fuera más una cuestión de utilidad de la homosexualidad que de una aprobación de ella. Las relaciones homosexuales ayudaban a los soldados a soportar la guerra y la añoranza de los familiares. En una contienda cruel, los lazos emocionales establecidos entre los soldados les daban ímpetu para vengar a amantes muertos o heridos.

»En China, la homosexualidad no se limitó a las dinastías Tang y Song; ya hay constancia de ella en la antigua dinastía Wei. Los testimonios provienen todos de la corte imperial. Sin embargo, la homosexualidad nunca ha dominado la sociedad, tal vez porque el género humano tiene una necesidad innata de que haya amor entre hombres y mujeres, y una necesidad de procreación. Como dijeron los hombres sabios de la China clásica: «Todo compite por encontrar su lugar y el cielo elige.»

»Estamos de acuerdo en que todo el mundo tiene derecho a elegir el estilo de vida que quiere seguir y a satisfacer sus necesidades sexuales. Sin embargo, la humanidad se encuentra en un estado constante de transición. Todos los países, regiones y grupos étnicos se mueven hacia el futuro de la humanidad lo mejor que pueden en busca del sistema perfecto. Ninguno de nosotros puede todavía llegar a una conclusión acerca de lo acertado y lo equivocado de este viaje, y hasta que alcancemos la perfección necesitamos gobiernos que puedan guiarnos. También necesitamos tolerancia y comprensión.

»No creo que la herencia sea el único factor que determina la homosexualidad, como tampoco creo que el entorno familiar pueda ser el único responsable. La curiosidad es aún menos creíble como única explicación de la homosexualidad. Creo que sus fuentes son muchas y variadas. Todos tenemos experiencias diferentes en la vida y tomamos decisiones similares, aunque diferentes. Reconocer las diferencias significa que no debemos esperar que los demás estén de acuerdo con nuestras opiniones relativas a la homosexualidad: tales suposiciones podrían llevarnos a prejuicios de otra índole.

»A nuestros amigos homosexuales que han experimentado los prejuicios de la sociedad quiero pedirles perdón en nombre de la gente inmisericorde con la que habéis tropezado. Todos tenemos necesidad de comprensión en este mundo.

Subí el volumen de la música, desconecté el micrófono y respiré hondo. De pronto descubrí que la sala de control al otro lado del tabique de cristal estaba atestada por los principales empleados de la emisora. El director y el director de programación entraron precipitadamente en el estudio, tomaron mis manos y las estrecharon vigorosamente.

– ¡Gracias, gracias, Xinran! ¡Contestaste muy pero muy bien! -dijo el director de la emisora, que tenía las palmas de las manos húmedas de sudor.

– ¡Nos has salvado el pellejo! -tartamudeó el director de programación con las manos temblorosas.

– ¡Ya basta de tanta charla, salgamos a tomar algo! Lo cargaremos a la cuenta de la oficina -dijo el viejo Wu, encargado de la administración.

Me sentía arrollada por la atención que me prestaban.

Más tarde descubrí lo que había pasado. La controladora de emisión me contó que había estado preocupada por los exámenes de ingreso en la universidad y que no había prestado atención a la llamada hasta que el director en funciones la había telefoneado presa del pánico. El viejo Wu había estado escuchando el programa en casa, como solía hacer cada día, y, al darse cuenta de que el programa había entrado en terreno minado, llamó inmediatamente al director de programación, que se apresuró a llamar al director de la emisora: estar al corriente de la situación y dejar de dar cuenta de ello hubiera supuesto un fallo aún más grave. Todos se dirigieron a toda prisa a la emisora, escuchando mi programa de camino. Cuando finalmente llegaron a la sala de control, la crisis se había solucionado por sí sola.

La primera vez que oí hablar de la homosexualidad fue en la universidad. Debido a que tenía un buen cutis, las estudiantes me pusieron el mote de Clara de Huevo o Bola de Nieve, y a menudo acariciaban mis mejillas y mis brazos con muestras de admiración. Al observar este comportamiento, un instructor me dijo en broma:

– ¡Cuidado con los ataques homosexuales!

Conocía la palabra «ataque» por lo que se refiere a agresión física, pero no tenía ni idea de lo que estaba hablando el instructor. Me explicó lo siguiente:

– La homosexualidad es una mujer que ama a otra mujer o un hombre que ama a otro hombre. Va en contra de la ley.

– ¿Pero qué dices? ¿Va en contra de la ley que una madre ame a su hija o que un padre ame a su hijo? -contesté.

El instructor sacudió la cabeza.

– Estas relaciones son de sangre, no de amor sexual. Oh, no vale la pena hablar contigo. Es como tirar perlas a un cerdo. Olvídalo, olvídalo.

Más tarde oí hablar de la homosexualidad durante una reunión entre antiguas colegas de mi madre. Por lo visto, mi madre había trabajado en una ocasión con dos mujeres que compartían habitación. Cuando mejoraron las condiciones y la unidad de trabajo les asignó habitaciones separadas rechazaron la oferta. Se comportaban como hermanas, por lo que entonces nadie le prestó demasiada atención. Sus contemporáneos estuvieron ocupados con sus cortejos, matrimonios y niños, y luego con sus nietos. Llegados a un estado de agotamiento físico y mental por las exigencias de sus familias y alcanzada una edad avanzada, recordaron a las dos mujeres y envidiaron la vida de desahogo y relajación que habían compartido. Todo el chismorreo y las especulaciones que a nadie habían preocupado en la juventud emergieron en la madurez, y el grupo de antiguas compañeras de trabajo concluyó que las dos mujeres eran homosexuales.

Mientras escuchaba las conversaciones de aquellas señoras y las conclusiones a las que llegaban, pensé en cuán libres de preocupaciones estaban las dos mujeres: probablemente no abrigarían sentimientos amargos hacia los hombres, y desde luego no sentirían el profundo desasosiego de las madres por sus hijos. Tal vez la homosexualidad no fuera tan mala, al fin y al cabo -pensé-, tal vez no era más que otro camino que tomar en la vida. No comprendía cómo podía ir en contra de la ley, pero parecía que no había nadie a quien preguntarle sobre el asunto.

En una ocasión fui lo suficientemente valiente para plantearle la cuestión a la jefa de ginecología de un hospital.

Ella me miró sorprendida y me preguntó:

– ¿Cómo se te ha ocurrido preguntar acerca de este tema?

– ¿Por qué? ¿Acaso está mal preguntar? Sólo quiero saber qué es lo que hace que estas mujeres sean distintas a las demás.

– Aparte de algunas diferencias en la manera de pensar y el comportamiento sexual, no son diferentes a las demás mujeres normales y corrientes -dijo la ginecóloga, pasando de puntillas por encima del tema.

Yo seguí presionándola:

– Si la manera de pensar y el comportamiento sexual de una mujer son distintos a los de las demás mujeres, ¿sigue contando como una mujer normal?

La ginecóloga no supo explicármelo o no estaba preparada para hacerlo.

La tercera vez que me encontré con el tema de la homosexualidad fue cuando la emisora me encargó que cubriera una campaña de orden público puesta en marcha en la ciudad.

Cuando el organizador de la campaña me vio, exclamó:

– ¿Cómo ha podido la emisora de radio enviar a una mujer? ¡Tiene que ser una equivocación! Bueno, ya que estás aquí puedes quedarte. Pero me temo que tendrás que hacer un reportaje de seguimiento y no uno en directo.

Sus colegas se rieron a carcajadas, pero yo me quedé igual, sin comprender a qué se debía su arrebato. En cuanto empezó la operación, el motivo de sus risas se hizo evidente: estaban realizando inspecciones sorpresa a lavabos públicos masculinos -que apestaban a mil demonios- y arrestando a los hombres que sorprendían en actitudes homosexuales.

Yo tenía mis dudas en cuanto a la campaña: ¿acaso no había suficientes ladrones y otros criminales a los que detener? Y sin duda no habría tantos hombres practicando sexo en los lavabos públicos a la vez, ¿no? Increíblemente, aquella noche fueron arrestados más de cien hombres. Cuando la operación estaba a punto de finalizar, pregunté aturdida a uno de los miembros del departamento de orden público:

– ¿También hay gente encargada de mantener el orden en los lavabos de mujeres?

– ¿Cómo se supone que vamos a realizar controles entre las mujeres? Supongo que estarás de guasa, ¿no? -me contestó sacudiendo la cabeza, asombrado por mi ingenuidad.

La oyente que habló de la homosexualidad en mi programa en directo fue la primera persona que me ofreció una disquisición veraz del tema.

Aproximadamente una semana después de su llamada, regresé a casa con la adrenalina bombeando por mis venas después de haber presentado mi programa. De pronto, alrededor de las dos de la mañana, cuando finalmente parecía que iba a quedarme dormida, sonó el teléfono.

– Xinran, ¿te acuerdas de mí? -dijo una voz de mujer-. Tienes que acordarte. El otro día te planteé una pregunta muy espinosa en la radio.

Enfadada e irritada, me pregunté cómo aquella mujer habría conseguido mi teléfono privado. El sentido común debería haber hecho desistir a quien quiera que fuera la persona de la emisora que le dio mi número de teléfono. De todos modos, ya era demasiado tarde para hacer nada al respecto.

Yo echaba humo en silencio, cuando la mujer me dijo:

– Eh, sé lo que estás pensando. No le reproches a tu editor que me haya dado tu teléfono. Le dije que era una pariente de Beijing y que me habían robado el bolso al bajar del tren, con mi agenda dentro. Necesitaba que fueras tú a recogerme. No está mal, ¿verdad?

– No está mal, nada mal -dije fríamente-. ¿Puedo hacer algo por ti? Te recuerdo, tú eres de Ma’anshan, ¿verdad?

– Sí, sabía que no te olvidarías de mí. ¿Estás cansada?

Estaba agotada.

– Mmm, un poco. ¿Qué quieres?

Parecía haber entendido la indirecta.

– De acuerdo, estás cansada. No diré nada ahora. Volveré a llamarte mañana después de tu programa -dijo, y colgó.

A la noche siguiente casi me había olvidado por completo de la llamada, pero cuando ya llevaba una hora en casa sonó el teléfono.

– Xinran, hoy te llamo un poco más temprano, ¿verdad? Por favor, no te preocupes. No me extenderé mucho. Sólo quería decirte que te estoy muy agradecida por haber pedido disculpas a los homosexuales por los prejuicios que han tenido que soportar. Bueno, esto es todo por ahora, ¡buenas noches!

Había vuelto a colgar sin darme ocasión de decir nada. Me consolé diciéndome que tenía buenas intenciones y que parecía una persona considerada.

La mujer estuvo llamándome a la misma hora durante tres semanas seguidas. Me contaba lo que pensaba de mi programa de aquella noche, me sugería libros y música que a lo mejor me resultarían útiles, o simplemente me daba consejos de sentido común acerca de la vida en general. Sólo hablaba durante un par de minutos cada vez y nunca me brindó la ocasión de intervenir. Nunca me dijo su nombre.

Un día, cuando abandonaba la emisora de radio alrededor de la una de la mañana, me encontré con un vecino esperándome en la verja. Aquello era muy extraño. Me contó que mi niñera le había pedido que fuera a buscarme porque había sufrido un susto de muerte. ¡Una mujer desconocida había estado llamando a casa e instándola a abandonar a Xinran!

Sentí una gran inquietud.

Aquella noche, exactamente a la misma hora que durante las últimas tres semanas, sonó el teléfono. Antes de que a la mujer le diera tiempo a decir nada, le solté:

– ¿Fuiste tú quien llamó antes?

– Sí, hablé con tu niñera y le pedí que se fuera -dijo, totalmente calmada y dueña de sí misma.

– ¿Por qué hiciste eso? -le pregunté enojada.

– ¿Por qué no? No debería tenerte sólo para ella. Deberías pertenecer a más mujeres.

– Escucha -le dije-, me alegra poder intercambiar ideas o hablar de la vida en general contigo. Pero si interfieres en mi vida ya no podré tener nada más que ver contigo. Yo no interfiero en la vida de los demás; por lo tanto, los demás tampoco pueden interferir en la mía.

Se quedó un rato en silencio y luego dijo, en un tono suplicante:

– Haré lo que me pides, pero no puedes abandonar nuestro amor.

La sola idea de que aquella mujer pudiera estar enamorada de mí me hacía sentir muy angustiada. Dejé de contestar el teléfono durante varios días y pensé para mis adentros que probablemente, al igual que los fans obsesionados con una estrella de pop, su interés acabaría por extinguirse. Me dije que no había por qué preocuparse.

Una tarde, el director de la emisora me citó en su despacho y me dijo:

– Una presentadora de Radio Ma’anshan llamada Taohong ha intentado suicidarse. Su padre me ha enviado su nota de suicidio. En ella dice que te ama profundamente pero que tú la has rechazado.

Me quedé sin habla. Esta mujer llamada Taohong debía de ser la mujer misteriosa que solía llamarme. No tenía ni idea de que ella también fuera locutora de radio y, desde luego, nunca había imaginado que ignorar sus llamadas fuera a conducir a esto.

El director de la emisora me sugirió que me mantuviera escondida un tiempo. Por lo visto, lo primero que Taohong había dicho al recuperar el conocimiento era: «¡Tengo que ver a Xinran!»

Unos días más tarde, cuando me encontraba reunida con el departamento de planificación, entró un presentador para decirme que tenía una visita. Cuando llegué a la recepción acompañada por el presentador, me encontré con una mujer joven vestida con elegantes ropas masculinas. Llevaba el pelo al rape, por lo que, vista desde atrás, hubiera sido imposible adivinar que se trataba de una mujer. Antes de que le hubiera dado tiempo a mi acompañante a presentarnos, ella se acercó y me asió de los brazos con ambas manos y dijo emocionada:

– ¡No digas nada, deja que lo adivine! ¡Supe inmediatamente que tú eras mi Xinran!

– ¿Tu Xinran? -preguntó el presentador.

– ¡Sí, mi Xinran! ¡Soy Taohong, tu Taohong!

Mi colega se marchó disimuladamente. Conocía la historia de Taohong, por lo que supuse que había ido en busca de ayuda.

Los ojos de Taohong estaban fijos en mí cuando retomó su discurso:

– Eres aún más hermosa de lo que había imaginado, tan femenina, tan suave… ¡Por fin te conozco! Ven, ven, siéntate. Deja que te vea bien. Ha pasado más de medio año… No he venido ni una sola vez en todo este tiempo. Quería conocerte y comprenderte a través de tu programa, y a través de la imagen que tengo de ti en mi corazón.

»Es cierto lo que dices, las mujeres son la fuerza creadora del universo. Confieren belleza, sentimiento y delicadeza al mundo. Son puras y transparentes. Las mujeres son las mejores criaturas del mundo…

Mi colega había vuelto acompañado de tres o cuatro presentadores más, y todos tomaron asiento cerca de nosotras, charlando mientras me vigilaban.

– Mira lo que te he traído. Estos libros están llenos de dibujos de mujeres. Mira lo hermosos que son sus cuerpos. Mira este dibujo, la expresión, fíjate en el encanto de esta boca. Los he traído especialmente para ti. Puedes quedártelos y echarles un vistazo cuando quieras. También te he traído esto… para que alcances el placer sexual. Y esto también. ¡Cuando frotes tu cuerpo con ello, te sentirás como si estuvieras en el paraíso!

Mis colegas miraban de soslayo los objetos que Taohong estaba exponiendo ante mí. La vergüenza me hizo sentir náuseas. Yo siempre había sostenido que el sexo sin amor era bestial; ni siquiera sabía que existieran artilugios para despertar sensaciones sexuales de esta manera mecánica.

Taohong seguía hablando sin parar:

– Con la ayuda de herramientas modernas podemos alcanzar cosas que nuestros ancestros deseaban pero no podían tener. A diferencia de ellos, nosotros podemos llevar nuestras sensaciones hasta donde queramos…

Intenté distraerla señalando hacia un montón de papeles que sostenía en la mano y que parecía ser material publicitario de algún tipo.

– Taohong, ¿qué es esto? No has dicho nada de ello.

– Oh, sabía que me lo preguntarías. Son los principios directores de la Asociación China de Homosexuales. ¿Has oído hablar de ella? Teníamos planeado celebrar una conferencia hace un año y medio. Los hoteles, el orden del día, todo estaba listo, pero el gobierno la reprimió. En realidad no importa, no te creas. Ya habíamos alcanzado casi todo lo que queríamos: durante varias cenas previas a la conferencia definimos nuestros principios, aprobamos resoluciones, debatimos nuestras necesidades físicas y estudiamos cómo sacarle más provecho al sexo…

Recordaba la conferencia de la que hacía mención Taohong. Estuve a punto de ir a Beijing para cubrirla. El día antes de mi supuesta partida, alguno de la Agencia de Seguridad Pública de Nanjing me llamó para contarme que pensaban enviar personal para ayudar a la policía de Beijing a poner fin a la conferencia. Iban a registrar y cerrar un gran hotel, y a arrestar a varios miembros claves de la Asociación de Homosexuales. Yo llamé inmediatamente a varios psicólogos y doctores que sabía que habían sido invitados a la conferencia para advertirles que no asistieran; temía que todo acabase en un baño de sangre.

Afortunadamente, tal como me contó Taohong, la disolución de la conferencia no provocó violencia. A fin de impedir que la situación se pusiera fea, la policía había filtrado información deliberadamente acerca de la operación para que la Asociación de Homosexuales abortara la conferencia. Ambos bandos habían alcanzado la mayoría de sus objetivos: el gobierno tenía la situación bajo control y, a pesar de todo, la asociación había conseguido reunirse durante la organización de la conferencia. Los chinos se estaban volviendo más sofisticados en sus maniobras políticas.

Me sobrevino una oleada de náuseas al leer el título llamativo de uno de los folletos que Taohong asía: «Técnicas de sexo oral, cuarta parte: Uso de la mandíbula superior.» Me resultaba muy difícil aceptar este tipo liberal de intercambio de opiniones sobre sexo. Taohong se dio cuenta de la expresión de asco de mi rostro y dijo en tono paciente:

– No te sientas obligada a echarle un vistazo ahora mismo. Inténtalo más tarde y descubrirás los placeres del sexo.

Mis colegas se rieron disimuladamente.

– Demos un paseo -dije, ávida de escapar de las risitas de mis colegas.

– ¿De verdad? Claro, teníamos que haber salido a dar una vuelta por las calles antes. Haremos una buena pareja.

Abandonamos la emisora y Taohong me preguntó adonde íbamos. Le pedí que no lo preguntara. Lo sabría en cuanto llegáramos. Se animó aún más y dijo que era precisamente este tipo de aventuras, llenas de misterio, lo que le gustaba. Dijo que me adoraba más aún, si cabe, por ello.

La llevé al templo del Amanecer, un antiguo templo de Nanjing cuyas campanas se podían oír desde una gran distancia. Cuando estaba preocupada o baja de ánimos solía sentarme en la pagoda del Buda Sanador del templo. Escuchar las campanas mientras contemplaba el cielo azul y las nubes blancas me levantaba el ánimo y me devolvía el valor, la confianza y la alegría. Pensé que tal vez el sonido de las campanas también podrían conmover a Taohong. Cuando llegamos a la verja del templo, Taohong se detuvo y preguntó con inquietud:

– Si atravieso la puerta, ¿me purificaré? ¿Eliminará ciertas cualidades en mí?

– Todo lo que se elimina desaparece porque no tiene sentido. Las emociones y las intenciones no pueden ser barridas por la purificación. Eso es lo que pienso -dije.

En el instante en que Taohong traspasó la puerta, las campanas del templo empezaron a sonar. La muchacha reflexionó y luego dijo:

– Mi corazón se ha conmovido por un instante. ¿Por qué?

No supe cómo contestar a su pregunta.

Una vez nos hallamos en la pagoda, ninguna de las dos abrió la boca durante un buen rato. Cuando volvieron a sonar las campanas, planteé dos preguntas a Taohong: ¿Cuándo había empezado a amar a otras mujeres? y ¿quién había sido su primera amante? La historia de Taohong fluyó como un torrente: El padre de Taohong estaba muy apenado por no tener un hijo. Después de dar a luz, su madre había desarrollado cáncer de útero y ya no pudo tener más hijos; más tarde moriría por esa enfermedad. Su padre estaba afligido porque su estirpe había sido «amputada», pero no podía hacer nada al respecto. A partir de aquel momento había considerado a Taohong como su hijo y la había educado como si fuera un niño en todos los sentidos, desde la ropa que llevaba y el corte de pelo hasta los juegos que practicaba. Taohong nunca había utilizado los lavabos públicos, porque no sabía por cuál decidirse: si por el de señoras o por el de caballeros. Estaba orgullosa de su conducta masculina y entonces no sentía ningún cariño hacia las mujeres.

Sin embargo, cuando Taohong cumplió catorce años, los sucesos de una noche de verano la cambiaron por completo, a ella y la opinión que tenía de los hombres y de las mujeres. Era el verano antes de su ingreso en el instituto de enseñanza superior. Le habían contado que el instituto sería el período más atroz de su vida: allí se resolvería el curso de su vida, allí los logros conducirían a los futuros éxitos… Estaba decidida a disfrutar del verano plenamente antes de dedicarse en serio a los estudios durante los próximos tres años, y por eso pasó muchas noches con sus amigos.

Aquella noche en particular eran alrededor de las once cuando se disponía a volver a casa. No estaba lejos de allí y el camino que debía recorrer no estaba especialmente apartado ni desierto. Cuando se encontraba a apenas cuatro pasos de casa, cuatro hombres salieron de entre las sombras y se abalanzaron sobre ella.

Con los ojos vendados y amordazada, se la llevaron a un lugar que parecía ser el cobertizo para herramientas de una obra. Había otros tres hombres en la pieza, con lo que la banda estaba compuesta por un total de siete miembros. Dijeron a Taohong que querían ver qué era en realidad, un hombre o una mujer, y empezaron a quitarle la ropa. Los hombres se quedaron momentáneamente mudos al ver el cuerpo de una mujer joven pero, acto seguido, sus rostros se encendieron y los siete se abalanzaron sobre ella. Taohong perdió el conocimiento.

Cuando volvió en sí estaba echada sobre un banco de trabajo, desnuda y ensangrentada. Los hombres estaban dispersos por el suelo, roncando; algunos de ellos todavía llevaban los pantalones bajados por los tobillos. Taohong permaneció presa del pánico un tiempo hasta que finalmente consiguió bajar del banco con dificultad. Temblando y tambaleándose fue recogiendo lentamente su ropa del suelo. Al desplazarse de un lado a otro pisó la mano de uno de los hombres; su grito de dolor despertó a los demás. Paralizados por el sentimiento de culpa, se quedaron mirando cómo Taohong recogía la ropa y se la ponía, pieza por pieza.

Taohong no dijo nada durante los treinta minutos que tardó en vestirse penosamente.

A partir de entonces empezó a odiar a los hombres, incluso a su propio padre. Para ella, todos eran sucios, inmundos, lujuriosos, bestiales y brutos. Por aquel entonces, tan sólo había tenido el período dos veces.

Taohong siguió vistiéndose como un chico, por motivos que no sabía explicar, y nunca contó a nadie lo que había ocurrido. La violación colectiva le había dejado muy claro que era una mujer. Empezó a preguntarse cómo eran las mujeres. No creía poseer belleza femenina, pero deseaba verla.

Su primer intento fue con la chica más guapa de la clase, durante el primer año en el instituto. Dijo a su compañera de clase que tenía miedo de estar sola cuando su padre estaba de viaje de negocios, y le pidió que pasara la noche con ella.

Antes de irse a dormir, Taohong contó a la compañera que ella solía dormir desnuda. La muchacha se mostró algo incómoda por hacer lo mismo, pero Taohong ofreció hacerle un masaje y ella accedió a desnudarse. A Taohong le dejó pasmada la suavidad y flexibilidad del cuerpo de la muchacha, sobre todo la de sus pechos y caderas. El más ligero contacto con él precipitaba la sangre a su cabeza y le provocaba temblores. Justo cuando Taohong estaba fregando el cuerpo de la muchacha hasta faltarle el aire apareció el padre de Taohong.

Con una calma inesperada, Taohong cubrió sus cuerpos desnudos con un edredón y preguntó:

– ¿Por qué has vuelto, no dijiste que estabas de viaje de negocios?

El padre, estupefacto, reculó sin decir nada.

Más tarde, al entrevistar al padre de Taohong por teléfono, él me contó que, a partir de aquel día, supo que Taohong ya era una mujer y que, además, había entrado a formar parte de un grupo especial. No se atrevió nunca a preguntar a Taohong el motivo de su homosexualidad, pero cada año le planteaba la pregunta a la madre muerta cuando limpiaba su tumba durante el Festival del Resplandor Puro.

A partir de entonces, Taohong trajo a menudo chicas a casa «para hacerles un masaje». Pensaba que las mujeres eran seres exquisitos, pero no había amor en sus sentimientos hacia ellas.

Se enamoró por primera vez durante los preparativos de la conferencia sobre la homosexualidad de la que me había hablado. Le fue asignada una habitación de hotel junto a una mujer catorce años mayor que ella. La mujer era elegante, reservada y muy amable. Preguntó a Taohong por qué asistía a la conferencia y pudo saber que a Taohong le gustaban las mujeres. Entonces le contó que el amor sexual era el estado mental más elevado, y que el de las mujeres era el más sublime de todos. Cuando la conferencia fue abortada, se llevó a Taohong a otro hotel para darle un curso de «instrucción sexual». Taohong experimentó el placer y la estimulación sexuales como nunca antes. La mujer también la aconsejó en temas de salud sexual y la orientó en el uso de aparatos para la estimulación. Le habló larga y tendidamente de la historia de la homosexualidad, en China y fuera de ella.

Taohong me dijo que se había enamorado de aquella mujer porque era la primera persona con la que compartió ideas y conocimientos, la primera que la protegió y le dio placer físico. Sin embargo, la mujer dijo a Taohong que no la amaba ni podía amarla; no podía olvidar, y aún menos reemplazar, a su antigua amante, una profesora universitaria que había muerto muchos años atrás en un accidente de tráfico. Taohong se conmovió profundamente; dijo que, desde que era niña, siempre había sabido que el amor era más puro y sagrado que el sexo.

Una vez Taohong hubo contestado mis preguntas abandonamos el templo del Amanecer. Mientras paseábamos, Taohong me contó que había estado buscando a una mujer con la que poder compartir el mismo tipo de relación que había tenido con su primera amante. Leyó mucho, y ocho meses atrás superó el examen de presentadora para Radio Ma’anshan. Ella también presentaba un programa en directo sobre cine y televisión. Me contó que uno de sus oyentes le había escrito sugiriéndole que escuchara «Palabras en la brisa nocturna». Había sintonizado el programa durante seis meses, depositando todas sus esperanzas en mí, creyendo que yo podría ser su nueva amante.

Yo le recité un proverbio que repetía a menudo estando en directo: «Si no puedes hacer feliz a alguien, no le des esperanzas», y añadí con toda franqueza:

– Taohong, gracias. Estoy muy contenta de haberte conocido, pero yo no te pertenezco y no puedo ser tu amante. Créeme, hay alguien esperándote ahí fuera. Sigue leyendo y ampliando tu horizonte, y la encontrarás. No la hagas esperar.

Taohong se quedó pensativa, algo desanimada.

– Bueno, ¿puedo entonces considerarte mi segunda ex amante? -me preguntó arrastrando las palabras.

– No, no puedes -le dije-, porque no hubo amor entre nosotras. El amor debe ser mutuo. No basta con amar o ser amada por separado.

– Entonces ¿cómo debería pensar en ti? -dijo Taohong, aproximándose así a mi punto de vista.

– Piensa en mí como en una hermana mayor -le dije-. Los lazos de parentesco son los más fuertes.

Taohong me dijo que lo pensaría y nos separamos.

Cuando, unos días más tarde, recibí una llamada de una oyente que prefería mantener el anonimato, supe inmediatamente que era Taohong.

– Hermana Xinran -me dijo-. Ojalá todos tuvieran tu sinceridad, tu bondad y tu sabiduría. ¿Me aceptas como hermana pequeña?