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9 Mi madre

El viejo Chen fue uno de los que se amontonaron alrededor de la grabadora para escuchar a la esposa del líder de provincias contar su historia. Más tarde me dijo que no se había sorprendido con ella. Muchos de los hombres que se unieron a la revolución dejaron atrás mujer e hijos para seguir al Partido. Una vez alcanzados los rangos superiores, el Partido los volvía a casar con nuevas mujeres, ya que las primeras habían quedado atrapadas en zonas de ocupación enemiga.

La mayoría de esas nuevas esposas eran estudiantes que creían fervientemente en el Partido Comunista y profesaban adoración a los héroes armados que allí había. Muchas de ellas provenían de familias ricas; todas eran jóvenes y cultivadas. No podían ser más diferentes de las anteriores, que, en su mayoría, eran campesinas. Su refinamiento excitaba el deseo de novedad de los oficiales, y su educación las convirtió en buenas profesoras y en parte del personal oficial.

En 1949, cuando el Partido Comunista se hizo con el control de toda China, el nuevo gobierno se encontró con el problema de qué hacer con las antiguas esposas de sus líderes. Muchas llegaban hasta Beijing con sus hijos y con la esperanza de encontrar a sus maridos. El gobierno promovía la liberación de la mujer, la igualdad entre sexos y la monogamia, y esta situación planteaba un dilema: ahora que los oficiales habían comenzado nuevas vidas con otras mujeres, ¿cuáles debían quedarse y cuáles deberían marcharse? Tampoco había legislación en la que basarse para tomar una decisión al respecto.

A la hora de decidir cuál de las familias beneficiaba más la carrera de los oficiales y su posición dentro de la sociedad, la cosa estaba clara. Aun así, los hombres se quedaban sin palabras ante sus primeras esposas, quienes habían pasado años enteros de privaciones por ellos. Estas mujeres iletradas, que ni siquiera eran capaces de leer los más básicos caracteres chinos, tenían algo claro: pertenecían a los hombres que habían levantado sus velos y las habían transformado de niñas a mujeres.

Finalmente, el gobierno emitió un documento en el que se reconocía la situación política de estas mujeres. Se les garantizaban algunos derechos políticos especiales y una pensión de por vida. Obedeciendo órdenes que apenas entendían, las mujeres volvían a sus pueblos con unos niños llenos de resentimiento hacia sus padres.

Los campesinos de los pueblos no se atrevían a condenar o burlarse de las mujeres abandonadas porque estaban bajo la protección del gobierno. Pero alguna de estas simples y honestas mujeres hizo uso de su posición especial para alcanzar una vida menos dura. Simplemente aceptaron la asignación del gobierno -una mínima suma que se incrementó muy poco con la inflación- y criaron a sus hijos solas. Muy pocas volvieron a casarse.

El viejo Chen contó que, en una ocasión, una de estas mujeres le había dicho: «¿Por qué poner el dedo en la llaga usando mis privilegios? La gente sólo hablaría de mi marido y esto me haría echarlo aún más de menos.»

Luego comprendí que, al igual que la mujer que me había telefoneado al programa, muchas de las nuevas esposas eran infelices en su matrimonio: ¿Haría esto sentir mejor a las primeras? Al igual que a la oyente anónima, a muchas de las nuevas esposas se les había asignado un marido que no conocían de nada. Su educación, cultura y refinamiento, así como el romanticismo de estilo occidental que habían aprendido a sentir en sus escuelas progresistas, eran, al principio, un atractivo para ellos, pero se volvieron inaceptables hacia el final. Sus maridos habían crecido en los campos y sumidos en la brutalidad de la guerra. Las generaciones anteriores les habían enseñado que una mujer debía ser controlada y luego apartada. La brecha abierta entre las esperanzas de los maridos y de sus nuevas esposas se había reducido por la sumisión de éstas, pero los hombres pronto perdieron el interés y comenzaron a verlas como simples objetos.

Cuando visité a mis padres un fin de semana, comenté a mi madre que me resultaba difícil distinguir entre la vida dentro de un matrimonio emocionalmente estéril y estar en prisión. Como toda respuesta, ella dijo: «¿Cuánta gente en China tiene un matrimonio basado en el amor?» Cuando le pregunté por qué decía esto, dejó la habitación con alguna excusa pasajera. Yo sabía que ella escuchaba mi programa de radio cada día, pero rara vez hablaba de sentimientos. Toda mi vida he deseado que me abrazara. Nunca lo hizo, ni me besó durante mi niñez; ni una sola vez. Cuando crecí, la más mínima muestra de afecto era neutralizada por la tradicional reserva china. Entre 1945 y 1985 (cuando volvió a ser posible trasladarse a través del país), muchas familias chinas quedaron separadas. Nosotros no fuimos la excepción, y yo pasé muy poco tiempo con mis padres. Quería saber más de mi madre, la mujer que me había dado la vida y que me había dejado incontables preguntas sin contestar acerca de las mujeres. Mi creciente confianza como periodista me ayudó a unir las piezas que ya conocía de su historia.

Mi madre proviene de una gran familia capitalista de Nanjing, una ciudad llena de vida pero pacífica y armoniosa, bastante diferente de la política Beijing, la comercial Shanghai y las estridencias de Guangzhou. Sun Yat-sen, el fundador de la China moderna, escogió ser enterrado en Nanjing y el Guomindang [*] tuvo una vez su capital allí.

Situada a la orilla del río Yangzi y a los pies de las imponentes montañas de Zijinshan, en el sureste de China, la ciudad posee lagos y grandes espacios verdes. Bulevares llenos de sombras y árboles perfectamente alineados se extienden en todas las direcciones, y los palacios históricos, las murallas de la ciudad y sus edificios modernos sobre el río resaltan la riqueza de la herencia cultural de Nanjing. Los chinos suelen decir que la gente es moldeada por el agua y la tierra que los rodea; y por lo que sé de la familia de mi madre, es cierto.

La familia de mi madre fue una vez propietaria de un vasto territorio en Nanjing. En su día les perteneció toda la tierra que quedaba al sur de la línea que se extendía desde la entrada oeste de la ciudad hasta el centro y tres kilómetros al este de ésta. Mi abuelo materno era presidente de la industria del cáñamo en tres provincias -Jiangsu, Zhejiang y Anhui-, así como propietario de otras industrias. En la próspera China del sur, la navegación era el medio de transporte más importante. Él fabricaba todo tipo de productos para el transporte marítimo, desde telas embreadas para barcos de guerra, hasta anclas para pequeños barcos de pesca. Mi abuelo era un capacitado organizador y gerente, con muy poca educación escolar. A pesar de ello, se daba cuenta de la importancia que tenían la cultura y la educación, y por esta razón mandó a sus siete hijos a las mejores escuelas, y fundó él mismo una en Nanjing. Y a pesar de ser aquélla una época en la que se creía que la «falta de talento» era una virtud en las mujeres, sus hijas recibieron una buena educación.

Por boca de mis tíos y tías he podido saber que en casa de mi abuelo había que cumplir unas reglas muy estrictas. Durante las comidas, si alguien emitía sonidos al comer o dejaba que su mano izquierda se desviase del bol de arroz, o quebraba alguna otra regla, mi abuelo dejaba los palillos a un lado y se retiraba. A nadie se le permitía seguir comiendo después de eso; todos debían permanecer en ayunas hasta la siguiente comida.

A partir del establecimiento del nuevo gobierno, en 1949, mi abuelo tuvo que ceder propiedades para proteger a su familia. Quizá por rebelión a la estricta educación recibida, todos sus hijos se convirtieron en activos miembros de los movimientos revolucionarios del Partido Comunista y lucharon contra capitalistas como su padre.

Mi abuelo cedió grandes extensiones de su inmensa propiedad al gobierno en tres ocasiones -en 1950, 1959 y 1963- pero estos sacrificios no lo protegieron. Al comienzo de la Revolución Cultural fue víctima de persecuciones por haber sido elogiado por dos de los más acérrimos enemigos de Mao Zedong. El primero fue Chiang Kai-shek, quien había hablado de mi abuelo con verdadero fervor por haber contribuido a desarrollar la industria nacional ante las agresiones japonesas. El segundo fue un antiguo camarada de Mao, Liu Shaoqi, que había alabado a mi abuelo por donar grandes extensiones de su propiedad al país. Chiang fue expulsado de China a Taiwan y Liu fue encarcelado después de perder su posición.

Mi abuelo tenía más de setenta años cuando fue encarcelado. Sobrevivió a esta penosa prueba con una sorprendente fuerza de voluntad. Los Guardias Rojos escupían o echaban mocos dentro de la comida o en el aguado té que servían a los prisioneros. Un anciano que compartía la celda con mi abuelo murió de pena, furia y vergüenza ante este trato vejatorio, pero mi abuelo mantuvo una sonrisa en los labios. Simplemente retiraba los mocos y comía todo lo que podía comerse. Los Guardias Rojos comenzaron por admirarlo y acabaron sirviéndole una comida un poco mejor que la de los demás.

Cuando mi abuelo fue liberado, después de la Revolución Cultural, un amigo que también había estado preso lo invitó a comer la especialidad de Nanjing, pato prensado en sal, para celebrarlo. Cuando esta delicia fue traída a la mesa, el amigo de mi abuelo sufrió un colapso y murió al instante de una hemorragia cerebral provocada por la excitación.

Mi abuelo no mostró felicidad tras su liberación, como tampoco se mostró apenado ante la muerte de sus amigos y colegas, o ante la desintegración de su familia y de su riqueza. Sus sentimientos parecían estar adormecidos. Sólo cuando me permitió leer en sus diarios, durante una visita que hice a China en marzo de 2000, me di cuenta de que él nunca había dejado de sentir las vicisitudes de los tiempos. Sus experiencias y su modo de entender la vida lo habían dejado sin palabras para expresarse. Pero, a pesar de que la emoción de sus diarios no es abiertamente manifiesta, sus más íntimos sentimientos permanecen allí.

Mi madre se unió a la Liga Juvenil Comunista a los catorce años. Más tarde, a los dieciséis, al ejército y al Partido. Antes había alcanzado cierta reputación en Nanjing por sus logros académicos y su talento para cantar y bailar. En el ejército continuó brillando. Alcanzó la excelencia en entrenamientos y pruebas, y estuvo entre los mejores en las competiciones militares de toda la nación. Brillante y hermosa, era cortejada por varios altos cargos del Partido, figuras del ejército que competían por su mano en los bailes. Años más tarde contó que se había sentido como la Cenicienta, que había encajado a la perfección en el zapatito de cristal de la revolución y había logrado alcanzar sus sueños. Arrulla a ella y la perseguiría.

A principios de los años cincuenta, el ejército llevó adelante su primera purga interna de corte estalinista. Mi madre fue relegada a la clase «negra» de descendientes de capitalistas y expulsada del círculo de revolucionarios sobresalientes. Se dedicó entonces a trabajar en una fábrica militar, en colaboración con expertos de Alemania del Este, donde lograron producir con éxito nueva maquinaria destinada a fabricar equipamiento bélico. Cuando se tomó la foto de grupo para registrar este acontecimiento, a mi madre se le dijo que no podría posar al frente del grupo a causa de su pasado familiar y tuvo que permanecer en un segundo plano.

Durante el cisma chino-soviético, mi madre se convirtió en objeto especial de investigación. Su pasado capitalista era la justificación para poner a prueba su lealtad al Partido. Hacia el final de la Revolución Cultural, ella lideró un pequeño equipo técnico, que diseñó una herramienta para incrementar la eficacia de la producción industrial. Sin embargo, no se le concedió crédito alguno por el trabajo realizado. Se le negó el ascenso a jefe del área de diseño, porque resultaba absolutamente improbable que una persona con su pasado pudiera ser completamente leal al Partido.

Durante más de treinta años, mi madre luchó por ganarse el mismo trato y reconocimiento que otros colegas con sus mismas habilidades, pero falló en todos sus intentos. Nada hubo que pudiera cambiar el hecho de ser la hija de un capitalista.

Un amigo de la familia me dijo una vez que la mejor muestra del coraje y la fuerza de mi madre fue su decisión de casarse con mi padre. Cuando ellos se casaron, mi padre era un reconocido instructor de la academia militar. Él entrenó a mi madre y era admirado por muchas de las estudiantes. Aunque mi madre tenía muchos pretendientes entre los instructores, eligió a mi padre, que no era apuesto pero sí intelectualmente brillante. Los colegas de mi madre creían que no se había casado por amor, sino para demostrar su valor.

El intelecto de mi padre parecía ser la justificación personal de mi madre para casarse con él. Siempre que hablaba de él hacía alusión a lo increíblemente inteligente que era: experto nacional en mecánica y cálculos, hablaba varios idiomas extranjeros. Pero ella nunca lo describió como un buen marido o un buen padre. A mi hermano y a mí nos era difícil asimilar la visión que mi madre tenía de él con la del hombre disperso y despistado que rara vez vimos durante nuestra infancia y al que nos dirigíamos llamándolo «tío».

Hay incontables incidentes que ilustran las confusiones de mi padre. Muchas son las anécdotas. Un día, en el comedor de oficiales, se puso un plato sucio bajo el brazo y llevó un diccionario entre las manos hasta el grifo, donde lo enjuagó ante las atónitas miradas de sus colegas. En otra ocasión, mientras leía un libro, entró por la puerta abierta de la casa de otra familia, se sentó en el sofá y se quedó dormido. La familia, desconcertada, no se atrevió a despertarlo.

Para demostrar que era tan competente como mi madre en las tareas prácticas, un día mi padre intentó hacer la cena. Compró una balanza con todas las medidas para poder seguir las recetas con exactitud, y, mientras estaba pesando cuidadosamente la sal, se incendió el aceite del wok.

Mi madre me contó que un día se encontraron entre la multitud, en la plaza de Tiananmen, junto al «Monumento a los Revolucionarios». Mi padre le dijo que su unidad de trabajo le había encargado dos botellas de aceite de sésamo. Y no fue hasta que levantó las manos para mostrárselas, que se dio cuenta de que las botellas se habían roto en el camino y sólo cargaba con dos cuellos de botella.

La simpatía muchas veces se confunde con amor, atrapando a las personas en matrimonios infelices. Muchas parejas de chinos, que contrajeron matrimonio entre 1950 y 1980, cayeron en esa trampa. Azotados por los movimientos políticos y el trabajo duro, sintiendo la presión de la tradición, muchos hombres y mujeres se casaron sintiendo simpatía, quizá deseo, pero no amor. Sólo después de casarse descubrieron que eso que los había atraído, luego se transformaría en motivo de separación, dejando sus vidas familiares emocionalmente desiertas.

Mis padres compartían un «negro» pasado capitalista. Mi abuelo paterno trabajó para la empresa británica GEC en Shanghai durante treinta y cinco años. Por ello, tal vez, una mutua simpatía debe de haber jugado un papel fundamental en su matrimonio. Yo creo que llegaron a sentir afecto el uno por el otro a lo largo de los años que compartieron.

¿Se amaban? ¿Eran felices? Nunca me atreví a preguntar; no quise remover años de feos recuerdos para ellos, recuerdos de separaciones forzadas, encarcelamientos y familias separadas.

Yo fui enviada a vivir con mi abuela al mes de haber nacido. En total, he vivido con mi madre menos de tres años. No recuerdo un solo cumpleaños en el que estuviera toda la familia junta.

Cada vez que oigo el soplido de un tren de vapor, pienso en mi madre. El largo silbido me deja, a la vez, indefensa y esperanzada, transportándome al día en que cumplí cinco años. Ese día mi abuela me llevó a la estación de trenes de Beijing. Me recuerdo aferrada a su mano mientras esperábamos en el andén. En aquella época, la estación no estaba nunca tan concurrida como hoy en día, y tampoco había tantas distracciones visuales, entre señales y anuncios, como las que hoy pueden verse. Yo no sabía qué hacíamos allí, sólo recuerdo que esperábamos tranquilamente mientras yo jugueteaba con los dedos de mi abuela.

De pronto pareció que un lento y triste silbido empujaba un largo tren que llegó hasta nuestro lado. Cuando se detuvo, resoplando, pareció fatigado tras haber transportado a tanta gente desde tan lejos.

Una mujer hermosa caminó hacia nosotras; la maleta en su mano oscilaba siguiendo el ritmo de sus pasos. Todo fluía como en un sueño. Mi abuela tomó mi mano, y, señalando a la mujer, me dijo:

– Ahí está tu madre. ¡Dile «mamá», venga!

– Tía -dije yo dirigiéndome a la mujer, como hubiera hecho con cualquier otra.

– Ésta es tu madre, dile «mamá», no «tía» -dijo mi abuela, avergonzada.

Con los ojos como platos, me quedé mirando a la mujer en silencio. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero intentó esbozar una sonrisa forzada y triste. Mi abuela no dijo nada más, las dos mujeres se quedaron paralizadas.

Este recuerdo me ha perseguido una y otra vez. He sentido un dolor más agudo después de ser madre; y he experimentado el ancestral e inevitable vínculo que tiene una madre con sus hijos. ¿Qué podría haber dicho mi madre, confrontada a su propia hija que la había llamado «tía»?

A lo largo de los años, mi madre había tenido que suprimir su naturaleza femenina. Compitiendo con hombres y luchando contra la mancha de su pasado familiar para tener éxito en su carrera y en el Partido, ella sintió que sus niños eran una carga, y que su familia le había arruinado la vida. Cuando entró en el ejército y empezó a ascender posiciones en él, dejó de prestar atención a su apariencia y a su vestimenta.

Una vez llamé a mi madre desde Inglaterra, en la época en que yo intentaba salir adelante como extranjera en una cultura particularmente difícil. «No te preocupes -me dijo-, lo más importante es que te estás tomando tu tiempo para descubrir lo que significa ser mujer.»

Me quedé de piedra. A sus sesenta años, mi madre estaba aprendiendo que había perdido una importante parte de sí misma, y estaba diciéndome que no cometiera su mismo error.

La segunda vez que volví a China, tras mi viaje a Inglaterra, me sorprendió ver a mi madre usando lápiz de labios para conocer a mi novio inglés. Mi padre casi no pudo contener su emoción ante este resurgir de su elegancia. Ella no había usado maquillaje en cuarenta años.


  1. <a l:href="#_ftnref1">[*]</a> El Guomindang: Partido Nacionalista Chino. (N. del t.)