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12 La infancia que no puedo dejar atrás

Cuando empecé a buscar historias de mujeres chinas estaba llena de entusiasmo juvenil pero tenía muy pocos conocimientos. Cuando ya supe más, adquirí una comprensión más madura, pero también empecé a sentir más dolor. A veces me sobrevenía una especie de insensibilidad ante todo el sufrimiento con el que tropezaba, como si se estuviera formando un callo en mi interior. Y, sin embargo, cuando volvía a tener conocimiento de un nuevo caso, volvían a despertarse todos mis sentimientos.

A pesar de que mi vida interior era un caos, mi carrera profesional era cada vez más exitosa. Me habían nombrado directora de desarrollo de programas y planificación, lo que implicaba encargarse del desarrollo de la futura estrategia de toda la emisora de radio. A medida que creció mi reputación e influencia pude entrar en contacto con mujeres que, de otro modo, me hubieran resultado inaccesibles: esposas de dirigentes del Partido, mujeres que se encontraban en el ejército, en instituciones religiosas o en cárceles. Uno de estos encuentros se hizo realidad gracias a una ceremonia de entrega de premios de la Agencia de Seguridad Pública. Esta agencia me había encargado la organización de actividades de educación cívica, y a consecuencia de ello iban a concederme el premio a la «Flor del Cuerpo de Policía». El premio no era muy importante, pero era la única mujer en la provincia que había sido honrada con él, y más tarde iba a resultarme enormemente útil en mis intentos por llegar a más mujeres.

Para los chinos, cualquier excusa es buena para organizar un banquete: vivimos de acuerdo con el principio «la comida es el cielo», y poder beber y comer hasta más allá de la saciedad es señal de una riqueza incalculable. A pesar de que sólo éramos cuatro galardonados había más de cuatrocientos comensales en el banquete. Son muy pocas las mujeres policías que reciben condecoraciones o premios, por no hablar de mujeres que provienen de otros ámbitos, y aquella noche me convertí en tema de multitud de conversaciones. Yo odio las aglomeraciones y las chácharas interminables, así que me escurrí por la puerta para salir al pasillo de servicio y escapar de todo eso. Cuando los atareados camareros me vieron, me gritaron: «¡Fuera de aquí, muévase, no obstruya el paso!»

Me apreté contra la pared. La incomodidad del lugar era preferible al examen al que me sometían los demás invitados. Poco después el comisario Mei apareció por ahí para dar las gracias a los camareros y se sorprendió al verme. Me preguntó qué creía que estaba haciendo.

Hacía ya un tiempo que conocía al comisario Mei y confiaba en él, por lo que le hablé con toda franqueza. Al escuchar mis explicaciones soltó una risita y dijo:

– No tienes por qué esconderte en este horrible agujero. Ven conmigo, te llevaré a un lugar más cómodo.

Me llevó consigo.

La sala de fiestas, que era famosa en toda la ciudad, tenía varios reservados y salas de reunión. El comisario me condujo a una de aquellas estancias mientras me contaba que la sala tenía la misma distribución que la Gran Sala del Pueblo de Beijing, y que había sido diseñada para satisfacer las necesidades de los dirigentes del gobierno central cuando acudían a la ciudad para inspeccionarla. Me sentí muy abrumada por ser admitida en aquel lugar sagrado y también estaba preocupada por las deducciones malintencionadas que pudiera hacer la gente al descubrir que estábamos solos en aquella estancia.

Al percatarse de mis vacilaciones Mei me dijo:

– No tienes por qué preocuparte por las habladurías. Hay un guardia en la puerta. Oh, estoy muy cansado… Mei bostezó y se dejó caer en el sofá.

El agente de policía que montaba guardia delante de la puerta llamó y preguntó en voz baja:

– Comisario, ¿necesita algo?

– Esto es todo -contestó Mei en un tono de voz rígido y frío.

Así es como los oficiales hablan a sus subalternos en China, y eso me hizo pensar en la manera en que debieron de implantarse las habituales actitudes de superioridad e inferioridad entre los chinos.

El comisario Mei se masajeó la cabeza con ambas manos echado en el sofá.

– Xinran, acabo de volver de un viaje a Hunan donde visité algunas prisiones. Durante una de estas visitas me hablaron de una presa que tal vez pueda interesarte. Ha entrado y salido varias veces de la prisión acusada de desviación sexual y cohabitación ilegal. Por lo visto, tiene una historia familiar muy trágica. Si quieres entrevistarla, podría organizarlo de manera que te recogiera un coche.

Asentí y le di las gracias. Él sacudió la cabeza cansinamente y dijo:

– Realmente las mujeres chinas lo pasan mal. He escuchado tu programa varias veces. Es triste, muy conmovedor. ¿Cuánta felicidad puede haber en la vida de una mujer que ha vivido aquí en las últimas décadas? Mi esposa dice que las mujeres ofrecen su sonrisa a los demás y guardan las penas para sí. A ella también le gusta mucho tu programa, pero no quiero que lo escuche demasiado. Es una mujer muy emocional y sensible, y una sola historia puede llegar a torturarla durante varios días seguidos.

Hizo una pausa y prosiguió:

– No querría que se muriera antes que yo. No podría soportarlo.

El comisario Mei era un hombre duro y fuerte de Shandong. Hacía muchos años que lo conocía, pero jamás sospeché que pudiera ser tan sensible. Los hombres chinos son educados para creer que deben imponer respeto, y muchos están poco dispuestos a mostrar su lado más débil. Por primera vez en nuestra relación, la conversación no versaba sobre el trabajo sino sobre hombres, mujeres y relaciones.

Dos semanas más tarde, un jeep de la agencia de Seguridad me llevó a la prisión de mujeres en las montañas al oeste de Hunan. El conjunto de edificios se parecía al de cualquier otra prisión: la valla eléctrica, los guardias y los proyectores montados en los muros grises creaban instantáneamente una atmósfera de miedo y de tensión. La verja principal, por la que sólo podían pasar los coches de los poderosos, estaba cerrada. Entramos por la verja lateral.

Al echar la vista hacia arriba, adiviné por el tamaño y la forma de las ventanas qué era lo que se escondía detrás de ellas. Tras las amplias y altas ventanas rotas unas siluetas grises se movían de un lado a otro entre las máquinas atronadoras. Los prisioneros acostumbran a trabajar mientras cumplen su sentencia: arreglando coches, camiones o máquinas herramientas, o cosiendo y manufacturando textiles. Algunos son obligados a hacer trabajos duros, a extraer piedra o a trabajar en minas. A través de las ventanas de tamaño medio se vislumbraban uniformes, equipamientos y notas de color; aquí debían de estar las oficinas y las salas de estudio político. Las ventanas más pequeñas en las plantas superiores de los edificios correspondían a los dormitorios y las cantinas de las convictas.

El edificio principal conformaba una herradura alrededor de un edificio menor que alojaba los dormitorios del personal penitenciario y las salas de control. En la prisión para mujeres de Hunan Occidental hubo dos cosas que me llamaron la atención por diferenciarse de otras instituciones penitenciarias: la primera fueron los muros cubiertos de musgo y de líquenes de color verde oscuro por culpa del clima húmedo de Hunan Occidental; la segunda fue la extrañeza que sentí al ver a las mujeres vigilantes gritando a las prisioneras. Las vidas, los amores, las penas y los gozos de las mujeres con uniforme de policía no podían ser tan diferentes de los de las mujeres en ropas de prisión.

La carta de introducción del comisario Mei surgió el efecto de un edicto imperial; tras haberla leído, el director de la prisión me asignó una sala de entrevistas privada para que celebrara la reunión con Hua’er, la prisionera que había mencionado Mei.

Hua’er era una pequeña mujer que debía de tener mi edad. No dejaba de moverse agitadamente en su uniforme carcelario, como si luchara contra su propia impaciencia. A pesar de que su pelo había sido cortado por unas manos inexpertas y estaba mellado y desigual, me recordó a uno de esos estilos estrafalarios que se realizan en algunas peluquerías. Era guapísima, pero la expresión dura y cerrada de su rostro era como una tara en una exquisita pieza de porcelana.

No le pregunté los detalles de su sentencia, ni tampoco por qué había quebrantado la ley contra la cohabitación una y otra vez. En cambio le pregunté si podía hablarme de su familia.

– ¿Quién eres tú? -replicó-. ¿Qué tienes tú de especial para que tenga que hablarte de ella?

– Pues que soy como tú. Ambas somos mujeres y hemos vivido los mismos tiempos -dije tranquila y resueltamente, mirándola a los ojos.

Tras estas palabras, Hua’er se quedó momentáneamente en silencio.

Luego preguntó en un tono burlón:

– Si realmente es así, ¿crees que si te cuento mi historia serás capaz de soportarlo?

Ahora me tocaba a mí quedarme sin palabras. Su pregunta había dado en el blanco: ¿realmente sería capaz de soportarlo? ¿Acaso no seguía luchando por olvidar mis propios y dolorosos recuerdos?

Hua’er se dio cuenta de que había dado en el blanco. Convencida de su victoria y con talante engreído pidió al guardia que abriera la puerta y la dejara volver a la celda. El guardia me envió una mirada inquisitiva y yo asentí con la cabeza sin darle más vueltas. Cuando volví tambaleándome a los dormitorios del personal penitenciario donde dormiría aquella noche, ya estaba inmersa en mis recuerdos. Aunque lo había intentado, nunca había sido capaz de darle la espalda a la pesadilla que fue mi infancia.

Nací en Beijing en 1958, cuando China estaba en su momento más pobre y la ración de comida diaria consistía en unas cuantas semillas de soja. Mientras otros niños de mi edad pasaban frío y hambre, yo comía chocolate importado en la casa de mi abuela, rodeada por flores y acompañada del canto de los pájaros en el patio. Sin embargo, China estaba a punto de eliminar las diferencias entre ricos y pobres a su particular modo político. Los niños que habían luchado por sobrevivir a la pobreza y las privaciones empezaron a rechazarme e insultarme. Pronto, la riqueza material que antaño había poseído se vio más que nivelada por las privaciones espirituales. A partir de entonces, comprendí que hay muchas cosas en la vida que son más importantes que el chocolate.

Cuando era niña, mi abuela solía peinarme y hacerme trenzas en el pelo cada día, asegurándose de que fueran iguales y regulares antes de ligarme unos lazos en las puntas. Yo estaba encantada con mis trenzas y solía sacudir la cabeza con orgullo para mostrarlas al andar o al jugar. Cuando llegaba la hora de acostarme no permitía que mi abuela deshiciera mis trenzas y las disponía cuidadosamente a cada lado de la almohada antes de dormirme. A veces, si al levantarme por la mañana encontraba que mis trenzas estaban deshechas, preguntaba malhumorada quién me las había estropeado.

Mis padres estaban estacionados en una base militar cercana a la Gran Muralla. A los diez años fui a vivir con ellos por primera vez desde que nací. Menos de quince días después de mi llegada, nuestra casa fue registrada por la Guardia Roja. Sospechaban que mi padre era una «autoridad técnica reaccionaria» porque era miembro de la Asociación China de Ingenieros Mecánicos Superiores y una eminencia en mecánica eléctrica. También creían que era un «lacayo del imperialismo británico» porque su padre había trabajado para la compañía británica GEC durante treinta y cinco años. Encima, y puesto que había muchos objetos de cierto valor artístico en nuestra casa, lo acusaron de ser un «representante del feudalismo, el capitalismo y el revisionismo».

Recuerdo a los Escoltas Rojos pululando por toda la casa y una gran hoguera en el patio a la que arrojaban todos los libros de mi padre, los preciosos muebles tradicionales de mis abuelos y mis juguetes. Habían arrestado a mi padre y se lo habían llevado. Asustada y triste, me sumí en un terrible estupor mientras miraba las llamas y creía escuchar gritos de ayuda saliendo de su interior. El fuego lo consumió todo: el hogar que apenas acababa de hacer mío, mi hasta entonces infancia feliz, mis esperanzas y el orgullo de mi familia por su saber y su riqueza. El fuego grabó en mi interior penas que llevaré conmigo hasta la muerte.

A la luz de la hoguera, una muchacha que llevaba un brazalete se acercó a mí con unas tijeras en la mano. Me agarró por las trenzas y dijo: «Éste es un peinado pequeñoburgués».

Antes de que me hubiera dado tiempo a comprender lo que me había dicho, la muchacha me había cortado las trenzas y las había arrojado a la hoguera. Me quedé con los ojos como platos, mirando cómo mis trenzas y sus hermosos lazos eran reducidos a cenizas. Cuando los Escoltas Rojos abandonaron nuestra casa, la muchacha que me había cortado las trenzas me dijo: «A partir de ahora tendrás prohibido recogerte el pelo con lazos. ¡Es un peinado imperialista!»

Después de que mi padre fuera encarcelado, mi madre dispuso de poco tiempo para cuidar de nosotros. Siempre volvía tarde a casa y, cuando estaba en casa, siempre estaba escribiendo; aunque no sé lo que escribía. Mi hermano y yo sólo podíamos comprar comida en la cantina de la unidad de trabajo de mi padre, donde servían una exigua dieta de col y nabo hervidos.

En una ocasión, mi madre trajo a casa un poco de estómago de cerdo y lo guisó para nosotros durante toda la noche. A la mañana siguiente, cuando estaba a punto de irse a trabajar, me dijo: «Cuando vuelvas a casa, atiza los carbones para que ardan y calienta el cerdo en la cazuela para el almuerzo. No me dejes nada a mí. Los dos necesitáis alimentaros».

Cuando salí del colegio a mediodía fui a recoger a mi hermano a casa de la vecina que cuidaba de él. Cuando le conté que iba a comer algo muy rico, mi hermano se puso muy contento y se sentó obedientemente a la mesa observándome mientras ponía a calentar la comida.

Nuestra cocina era una pila alta de ladrillos del tipo que usan los chinos del norte, y me superaba en altura con creces. Para poder avivar el fuego con el atizador tuve que subirme a un taburete. Era la primera vez que hacía esto sola. No caí en la cuenta de que el atizador se calentaría en el interior de la cocina y cuando tuve problemas para sacarlo con la mano derecha, lo agarré firmemente con la izquierda. La piel de mi mano se ampolló y se desprendió, y solté un aullido de dolor.

Nuestra vecina acudió en cuanto me oyó aullar. Llamó a un médico pero, a pesar de que vivía muy cerca de casa, comunicó a la vecina que no se atrevía a acudir porque se requería un permiso especial para realizar una visita de emergencia a un miembro de una familia que estaba siendo investigada.

Un viejo profesor, también vecino nuestro, llegó a nuestra casa a toda prisa. Había oído decir en algún lugar que había que untar la quemadura con salsa de soja, y sin vacilar ni un instante vertió una botella entera en mi mano. El contacto con la salsa de soja me escoció tan atrozmente que caí al suelo fulminada y me desmayé.

Cuando volví en mí estaba echada en la cama y mi madre estaba sentada a mi lado, sosteniendo mi mano izquierda vendada entre las suyas, reprochándose que me hubiera pedido que manejara la cocina sola.

Todavía hoy me resulta difícil comprender que la situación política de mi familia hubiera podido impedir al doctor acudir en mi ayuda.

En calidad de «hija de una familia capitalista», pronto mi madre fue detenida para ser investigada y se le prohibió volver a casa. Mi hermano y yo fuimos trasladados a un orfanato para niños cuyos padres estaban en prisión.

En el colegio me prohibieron tomar parte en las actividades lúdicas porque había que evitar que «contaminara» el espíritu revolucionario. A pesar de que era miope, no me permitieron sentarme en la primera fila de la clase porque los mejores puestos estaban reservados a los hijos de campesinos, obreros y soldados; se les suponían «raíces rectas y brotes rojos». Del mismo modo, me prohibieron colocarme en la primera fila durante las clases de educación física, a pesar de que era la más baja de la clase, porque los puestos cercanos al profesor estaban reservados a «la próxima generación de la revolución».

Junto con otros doce niños «contaminados», de edades comprendidas entre los dos y los catorce años, mi hermano y yo teníamos que asistir a clases de estudio político después de la escuela y no podíamos participar en actividades extraescolares con niños de nuestra edad. No nos permitían ver películas, ni siquiera las más revolucionarias, porque debíamos «conocer a fondo» la naturaleza reaccionaria de nuestras familias. En la cantina nos daban de comer después de que hubieran comido todos los demás porque antaño mi abuelo paterno «había ayudado a los imperialistas británicos y americanos, quitando la comida a bocas chinas y la ropa a espaldas chinas».

Nuestros días estaban organizados por dos Escoltas Rojos que nos ladraban las órdenes:

– ¡Fuera de la cama!

– ¡A clase!

– ¡A la cantina!

– ¡A estudiar las citas del Gran Timonel, nuestro presidente Mao!

– ¡A la cama!

Sin una familia que pudiera protegernos, seguimos la misma rutina día tras día, y fuimos privados de las sonrisas, los juegos y las risas propias de la infancia. Hacíamos los deberes solos y los niños mayores ayudaban a los pequeños a lavar la ropa y lavarse la cara y los pies cada día; tan sólo nos permitían ducharnos una vez por semana. Por la noche, todos -niños y niñas indistintamente- dormíamos apiñados sobre un lecho de paja.

Nuestro único consuelo eran las visitas a la cantina. Allí nadie charlaba ni reía, pero a veces había algún alma caritativa que se compadecía de nosotros y nos daba paquetes de comida subrepticiamente.

Un día llevé a mi hermano, que todavía no había cumplido tres años, al final de la cola de la cantina, que era inusitadamente larga. Debió de ser un día de celebración nacional, pues por primera vez desde nuestra llegada vendían pollo asado y su delicioso aroma flotaba en el aire. Se nos hizo la boca agua. Llevábamos mucho tiempo comiendo restos, pero sabíamos que no habría pollo para nosotros.

De pronto mi hermano rompió a llorar y empezó a gritar que quería pollo asado. Temiendo que el ruido pudiera molestar a los Escoltas Rojos y que nos echaran de allí, hice todo lo que pude por convencer a mi hermano de que parara de llorar. Sin embargo, él siguió llorando, cada vez con más rabia. Estaba tan horrorizada que a punto estuve de romper en lágrimas también.

En aquel preciso instante pasó una mujer de aspecto maternal. Arrancó una parte de su pollo asado, se lo ofreció a mi hermano y se alejó sin decir palabra. Mi hermano dejó de llorar y estaba a punto de empezar a comer cuando un Escolta Rojo se acercó a toda prisa, le quitó la pata de pollo de la boca, la arrojó al suelo y la pisoteó hasta que quedó hecha papilla.

– Vosotros, cachorros de lacayos imperialistas, os creéis con derecho para comer pollo, ¿eh? -gritó el Escolta Rojo.

Mi hermano estaba demasiado asustado para moverse; aquel día no comió nada, y tampoco lloró ni armó ningún escándalo por ningún pollo asado o cualquier otro lujo durante mucho tiempo después de aquel incidente. Muchos años después pregunté a mi hermano si todavía recordaba aquello. Estoy contenta de poder decir que no lo recordaba, pero yo no podré olvidarlo jamás.

Mi hermano y yo vivimos en el orfanato durante casi cinco años. Tuvimos suerte, en comparación con otros niños que vivieron allí durante casi diez.

Los niños del hospicio confiaban los unos en los otros y se ayudaban mutuamente. Allí todos éramos iguales. Sin embargo, no había sitio para nosotros en el mundo exterior. Fuéramos adonde fuéramos, la gente retrocedía en cuanto nos veía, como si tuviéramos la peste. Los adultos maduros nos expresaban su simpatía en silencio, pero los niños nos humillaban e insultaban. Nuestra ropa se llenaba de escupitajos, pero no sabíamos cómo defendernos y aún menos cómo devolver los golpes. En cambio, el odio y el desprecio que sentían hacia nosotros quedó grabado con fuego en nuestros corazones.

La primera persona que me escupió fue mi mejor amiga. Me dijo:

– Mi madre dice que tu abuelo ayudó a esos horribles ingleses a comer carne y a beber sangre chinas. Fue el peor, pero el peor de entre toda la mala gente. Tú eres su nieta y por tanto tampoco puedes ser una buena persona.

Me escupió, se alejó de mí y ya no volvió a hablarme nunca más.

Un día estaba acurrucada en el fondo de la clase, llorando después de haber recibido una paliza de los niños «rojos». Creía que estaba sola y me sobresalté cuando uno de mis maestros se acercó a mí por detrás y me dio una suave palmadita en el hombro. Resultaba difícil interpretar la expresión de su rostro a través de las lágrimas y a la débil luz de las lámparas, pero sí pude distinguir que hacía gestos para que lo siguiera. Confiaba en él porque sabía que ayudaba a gente pobre fuera del colegio.

Me llevó a un cobertizo al lado del patio de recreo donde el colegio guardaba los trastos. Abrió el candado rápidamente y me hizo pasar. La ventana estaba cubierta con papel de periódico, por lo que el interior estaba a oscuras. El cobertizo estaba atestado de montones de trastos viejos y cuerdas, y olía a moho y a podrido. El asco me obligó a detenerme, pero mi maestro se abrió camino serpenteando entre los trastos con la facilidad que da la práctica. Yo lo seguí como pude.

Me quedé pasmada al encontrar una biblioteca pulcra y ordenada en el interior de la estancia. Había varios cientos de libros distribuidos sobre tablas de madera rotas. De pronto comprendí por primera vez el sentido del verso de un poema: «En la sombra más oscura de los arces topé de pronto con las alegres flores de una aldea.»

El maestro me contó que aquella biblioteca era un secreto que estaba preparando para ofrecérselo a las generaciones venideras. Por revolucionario que fuera el pueblo, dijo, no podría sobrevivir sin libros. Sin libros no seríamos capaces de entender el mundo; sin libros no podríamos desarrollarnos; sin libros la naturaleza no podría servir a la humanidad. Cuanto más hablaba, más se excitaba, pero a mí sus palabras me aterrorizaron. Sabía que eran precisamente aquellos libros los que la Revolución Cultural luchaba por destruir. El maestro me dio una llave del cobertizo y me dijo que podía refugiarme allí para leer cuando quisiera.

El cobertizo se hallaba justo detrás del único servicio de la escuela, por lo que me resultaba fácil acceder a él sin levantar sospechas cuando los demás niños asistían a las actividades que yo tenía vedadas.

Durante mis primeras visitas al cobertizo, el olor y la oscuridad me resultaron sofocantes, por lo que hice un agujerito del tamaño de un guisante en los periódicos que tapaban la ventana. Me asomaba para observar a los niños mientras jugaban, y soñaba con que algún día me permitirían unirme a ellos.

Cuando el bullicio en el patio de recreo me hubo entristecido tanto que ya no pude seguir mirando por la ventana, empecé a leer. En la biblioteca no había muchos libros para niños de enseñanza primaria, por lo que me encontré con grandes dificultades a la hora de descifrar aquel complejo vocabulario. Al principio, mi maestro respondía a mis preguntas y me explicaba cosas cuando venía a controlarme, pero más tarde me trajo un diccionario que utilicé profusamente aunque seguía sin entender ni la mitad de lo que leía.

Los libros de historia china y extranjera me fascinaban. Me enseñaron que había diferentes formas de vivir: no sólo las que recogían las dramáticas historias que todo el mundo conocía, sino también la de gente corriente que tejía su propia historia a través de sus vidas cotidianas. Gracias a estos libros también aprendí que quedan muchas preguntas por responder.

Aprendí muchísimo de la enciclopedia, y hoy en día soy capaz de realizar tareas manuales y reparaciones de todo tipo, desde bicicletas a pequeños aparatos eléctricos. Solía soñar con convertirme en diplomática, abogada, periodista o escritora. Cuando estuve en condiciones de elegir profesión, abandoné el trabajo administrativo en el ejército, después de doce años, para hacerme periodista. Los conocimientos pasivos que había acumulado durante mi infancia volvieron a ayudarme.

Mi sueño de unirme a los demás niños en el patio de recreo nunca se hizo realidad, pero me consoló poder leer sobre batallas y derramamiento de sangre en aquella biblioteca secreta. Los documentos sobre la guerra me hicieron sentir feliz por vivir en una era de paz, y me ayudaron a olvidar las pullas que me esperaban al otro lado de la puerta del cobertizo.

La primera persona que me enseñó a apreciar la felicidad y la belleza a través de la observación de la gente y las cosas que me rodeaban fue Yin Da.

Yin Da era huérfano. Parecía no saber cuándo había perdido a sus padres; lo único que sabía era que se había criado bajo el cuidado de los vecinos de la aldea, en una barraca de un metro y medio de largo por uno coma dos metros de ancho cuyo único mobiliario consistía en una cama que ocupaba todo el espacio. Había comido el arroz y llevado la ropa de cien familias y llamaba a todos los habitantes de la aldea padre y madre.

Recuerdo que Yin Da sólo tenía una muda. En invierno simplemente se ponía una gruesa chaqueta de algodón acolchada sobre la ropa de verano. Todo el mundo a su alrededor era pobre, por lo que una chaqueta acolchada para el invierno era suficientemente confortable.

A pesar de que Yin Da tenía cinco o seis años más que yo, estábamos en la misma clase en la escuela del ejército. Durante la Revolución Cultural todas las instituciones de educación estuvieron virtualmente fuera de servicio, y tan sólo los colegios y las escuelas militares estaban autorizados para instruir y formar a los jóvenes en cuestiones de defensa nacional. A fin de ofrecer ayuda a los campesinos y los obreros de la ciudad ocupada por la base militar, mi escuela organizó la enseñanza de los niños de la localidad junto con los niños del ejército. Muchos de ellos ya habían cumplido los catorce o quince años cuando empezaron en la escuela primaria.

Si Yin Da se encontraba cerca cuando los niños de familias «rojas» me propinaban una paliza, me escupían o me insultaban, él siempre me defendía. A veces, cuando me veía llorar en un rincón, decía a los Escoltas Rojos que me llevaba a conocer a los campesinos y luego me ofrecía una visita guiada por la ciudad. Me mostraba las casas de la gente más pobre y me contaba lo que la hacía feliz, aunque ganaban bastante menos de cien yuanes al año.

Durante los recreos solía llevarme a la colina que se alzaba detrás de la escuela para que pudiera contemplar los árboles y las plantas florecientes que allí crecían. Había muchos árboles de la misma especie en el mundo, me dijo, y, sin embargo, no existían dos hojas que fueran idénticas entre sí. Me contó que la vida era bella y que el agua daba vida ofreciéndose a sí misma.

Me preguntó qué me gustaba de la ciudad en la que se hallaba la base militar. Yo le dije que no sabía que hubiera algo que pudiera gustar, y que me parecía un lugarejo insignificante, pobre y sin color, lleno del humo asfixiante de las cocinas y gente vagando por las calles vestida con chaquetas desgarradas y camisas andrajosas. Yin Da me enseñó a examinar detenidamente y a recordar cada una de las casas de la ciudad, incluso aquellas que habían sido construidas a toda prisa con chatarra. ¿Quién vivía en aquellas casas? ¿Qué hacían en su interior? ¿Qué hacían en el exterior? ¿Por qué estaba la puerta entreabierta? ¿Estaría la familia esperando una visita o simplemente había olvidado cerrar la puerta? ¿Qué consecuencias acarrearía aquel descuido?

Seguí el consejo de Yin Da de interesarme por mi entorno y dejaron de preocuparme tanto los escupitajos y las burlas que sufría diariamente. Solía quedarme absorta en mis propios pensamientos, imaginando la vida de la gente que habitaba aquellas casas. El contraste entre mi mundo imaginario y el real acabó en una fuente tanto de consuelo como de dolor para mí.

A finales de la década de los sesenta, las relaciones entre China y la Unión Soviética se rompieron definitivamente, y se desarrolló un conflicto armado por la frontera norte de China en la isla de Zhenbao. Todos los pueblos y ciudades debían construir túneles a modo de refugios antiaéreos. En algunas grandes ciudades, los refugios tenían capacidad para acomodar a toda la población. Unas cuantas herramientas básicas y reservas de alimentos les permitirían sobrevivir en los túneles durante varios días. Todo el mundo, fuera viejo o joven, fue obligado a cavar aquellos túneles; ni siquiera los niños de siete u ocho años se libraron.

Los niños de nuestra escuela tuvieron que cavar túneles en la ladera de la colina detrás de la escuela. Nos dividieron en dos grupos: uno que debía trabajar en el interior del túnel y otro en el exterior. A pesar de que me habían asignado al grupo del interior, al final me pusieron a trabajar en la boca del túnel porque era niña y relativamente débil.

Un día, aproximadamente media hora después de haber iniciado la jornada de trabajo, se oyó un terrible rugido: el túnel se había desplomado. Quedaron enterrados cuatro niños, entre ellos Yin Da, que había estado trabajando en lo más profundo del túnel. Cuando finalmente consiguieron sacarlos, cuatro días después del accidente, sus cuerpos sólo pudieron ser identificados por la ropa.

A los hijos y los niños tutelados por familias «negras» no se nos permitió despedirnos de los cuatro niños que, póstumamente, fueron reconocidos como héroes. Desde lejos, lo último que pude ver de Yin Da fue su brazo sin vida colgando de una camilla. Tenía diecisiete años.

En una ocasión Yin Da me había enseñado el tema principal de la película Un visitante de la Montaña de Hielo. Tenía una melodía preciosa y la letra rememoraba a un amigo perdido. Años más tarde, cuando China ya había iniciado el proceso de apertura y reformas, repusieron la película. Los recuerdos de Yin Da volvieron a desbordarme.

Mi hermosa patria se extiende al pie de la Montaña de Hielo.

Cuando abandoné mi hogar, era como un melón

desprendido de la enredadera.

La muchacha que amaba vivía bajo los blancos álamos.

Cuando me fui ella era como un laúd que colgaba

abandonado en la pared.

La enredadera se ha quebrado, pero los melones todavía

son dulces.

Cuando vuelva el músico, el laúd volverá a sonar.

Cuando me despedí de mi amigo,

él era como una montaña de nieve: en una sola

avalancha,

desapareció para siempre.

Oh, mi querido amigo,

jamás volveré a ver tu poderosa silueta ni tu rostro

bondadoso. Oh, mi querido amigo,

jamás volverás a oírme tocar el laúd,

jamás volverás a oírme cantar.

No sé si Yin Da advirtió el destino que le aguardaba en esta canción melancólica cuando la cantó para mí, pero me dejó una melodía a través de la cual recordarlo.