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13 La mujer cuyo padre no la conoce

La primera noche que pasé en la Prisión de Mujeres de Hunan Occidental no me atreví a cerrar los ojos por miedo a mis recurrentes pesadillas. Aun con los ojos abiertos me resultaba imposible dejar fuera imágenes de mi infancia. Al amanecer, me dije que tenía que dejar atrás el pasado y encontrar un modo de conseguir que Hua’er confiara en mí para poder compartir su historia con otras mujeres. Pregunté a la vigilante si podía volver a hablar con Hua’er en el locutorio.

Cuando entró en la sala, la susceptibilidad y la terquedad del día anterior se habían desvanecido y su rostro estaba transido de dolor. Por su cara de sorpresa deduje que yo también parecía otra tras una noche sufriendo el tormento de los recuerdos. Parecía que supo inmediatamente que podía confiar en mí.

Hua’er inició nuestra entrevista contándome cómo su madre había elegido los nombres de ella, de su hermana y de sus hermanos. Su madre había dicho que todas las cosas en el mundo natural luchaban por su lugar, pero que los árboles, las montañas y las rocas eran los más fuertes, por lo que llamó a su primera hija Shu («árbol»), a su hijo mayor Shan («montaña») y a su hijo menor Shi («roca»). Un árbol en flor dará sus frutos, y las flores embellecen las montañas y las rocas, por lo que llamó a Hua’er Hua («flor»).

– Todo el mundo decía que era la más bella… tal vez porque me llamaba Hua.

Me llamó la atención la poesía de estos nombres y pensé para mis adentros que la madre de Hua’er debió de ser una mujer muy culta. Serví a Hua’er un vaso de agua caliente del termo que había sobre la mesa. Ella lo agarró con las dos manos, clavó la mirada en el vapor que subía de él y musitó:

– Mis padres son japoneses.

Sus palabras me desconcertaron. No se hacía mención de esta circunstancia en sus antecedentes penales.

– Ambos daban clases en la universidad y se nos dispensaba un trato especial. Había familias que se veían obligadas a vivir en una sola habitación mientras que nosotros disponíamos de dos. Mis padres dormían en la pequeña y nosotros ocupábamos la grande. A menudo, mi hermana Shu nos llevaba a mí y a mi hermano mayor a casa de sus amigos. Sus padres se mostraban amables con nosotros, nos ofrecían cosas para picar y nos pedían que dijéramos algo en japonés. Yo era muy joven, pero hablaba muy bien el japonés y disfrutaba enseñando a los adultos a decir palabritas y frases. Los demás niños echaban mano a toda la comida mientras yo hablaba, pero mi hermana siempre me guardaba un poco. Me protegía.

El rostro de Hua’er se iluminó.

– Mi padre estaba orgulloso de Shu porque era muy aplicada en el colegio. Decía que ella lo ayudaría a ser más sabio. Mi madre también elogiaba a mi hermana por ser tan buena chica, y porque nos vigilaba a mí y a mi hermano mayor dándole así tiempo a ella para preparar sus clases y cuidar de mi hermano pequeño, Shi, que tenía tres años. Cuando jugábamos con mi padre éramos los niños más felices del mundo. Se disfrazaba de muy variopintos personajes para hacernos reír. A veces era el anciano que transportaba la montaña del cuento japonés y entonces nos llevaba a los cuatro a cuestas. Solíamos estrujarlo todo lo que podíamos hasta que le faltaba el aliento, pero él seguía llevándonos a la espalda mientras gritaba: «¡Llevo… la montaña… a cuestas!»

– A veces se enrollaba la bufanda de mi madre alrededor de la cabeza para convertirse en la abuela loba del cuento chino. Siempre que jugábamos al escondite, yo me zambullía debajo del edredón y gritaba inocentemente: «¡Hua’er no está debajo del edredón!»

»Mi padre se escondía en los lugares más ingeniosos. Una vez incluso se escondió en la gran tinaja donde guardábamos el grano. Cuando finalmente salió, estaba cubierto de maíz, alforfón y arroz.

Hua’er se rió al recordarlo y yo me uní a ella. Tomó un sorbo de agua, saboreándola.

– Éramos muy felices. Pero, de pronto, en 1969, empezó la pesadilla.

Las vivas llamas de la hoguera que habían marcado el final de mi infancia feliz aparecieron ante mis ojos. Las palabras de Hua’er desterraron la imagen.

– Una tarde de verano, mis padres habían ido a trabajar y yo estaba haciendo los deberes bajo la supervisión de mi hermana mientras mi hermano jugaba con sus juguetes. De pronto oímos el rítmico vocerío de las proclamas en la calle. Por entonces, los adultos siempre estaban gritando y vociferando, y no le dimos importancia. El griterío se acercaba cada vez más, hasta que estuvo delante de nuestra puerta. Una banda de jóvenes se había detenido y gritaba: «¡Abajo los esbirros japoneses del imperialismo! ¡Eliminad a los agentes secretos extranjeros!»

»Mi hermana se comportó como una adulta. Abrió la puerta y preguntó a los estudiantes, que parecían tener su edad: «¿Qué estáis haciendo? Mis padres no están en casa.»

»Una muchacha que encabezaba la banda dijo: «Escuchad, mocosos, vuestros padres son agentes secretos de los imperialistas japoneses. Han sido puestos bajo la vigilancia del proletariado. ¡Debéis romper con ellos y dejar al descubierto sus actividades de espionaje!»

»¿Mis padres, agentes secretos? En las películas que yo había visto, los espías siempre eran malvados. Al darse cuenta de lo asustada que estaba, mi hermana se apresuró a cerrar la puerta y posó las manos sobre mis hombros.

»-No tengas miedo. Espera a que vuelvan mamá y papá y les contaremos lo que ha pasado -me dijo.

»Mi hermano mayor llevaba un tiempo diciendo que quería unirse a los Escoltas Rojos. Entonces dijo tranquilamente:

»-Si son agentes secretos, me iré a Beijing para tomar parte en la revolución contra ellos.

»Mi hermana se lo quedó mirando y dijo: «¡No digas tonterías!»

»Había anochecido cuando los estudiantes dejaron de gritar delante de la puerta. Más tarde, alguien me contó que el grupo pretendió registrar la casa pero no había osado hacerlo al ver a mi hermana en el umbral de la puerta protegiéndonos a los tres. Por lo visto, el líder de los Escoltas Rojos les había dado una terrible reprimenda por ello.

»No volvimos a ver a mi padre hasta mucho después.

El rostro de Hua’er se heló.

Durante la Revolución Cultural, cualquiera que proviniera de una familia rica, cualquiera que tuviera estudios superiores, fuera especialista o experto en algo, tuviera contactos en el extranjero o hubiera trabajado para el gobierno anterior a 1949 era catalogado como contrarrevolucionario. Había tantos delincuentes políticos de este tipo que las prisiones no podían acogerlos. En su lugar, estos intelectuales fueron desterrados a remotas zonas rurales para que trabajasen en el campo. Sus noches estaban ocupadas con la «confesión de sus crímenes» a la Guardia Roja, o si no recibiendo clases de los campesinos que jamás habían visto un coche ni oído hablar de la electricidad. Mis padres soportaron muchos períodos de trabajo y reeducación como aquellos.

Los campesinos enseñaron a los intelectuales las canciones que solían cantar cuando trabajaban el campo y les explicaron cómo sacrificar cerdos. Al haberse criado en un ambiente culto y erudito, los intelectuales se estremecían viendo sangre, y a menudo dejaban boquiabiertos a los campesinos por su falta de habilidades y conocimientos prácticos.

Una profesora universitaria que entrevisté en una ocasión me contó cómo el campesino que la supervisaba miró los plantones de trigo que ella había arrancado por equivocación y le preguntó compasivamente:

– Si ni siquiera eres capaz de distinguir entre la mala hierba y un brote de trigo, ¿qué aprendieron de ti los estudiantes que tuviste a tu cargo? ¿Cómo conseguiste que te respetaran?

La profesora me contó que los campesinos de la zona montañosa a la que había sido destinada habían sido extremadamente amables con ella y había aprendido mucho de sus miserables vidas. Se dio cuenta de que el ser humano es esencialmente sencillo y de que sólo aprende a intervenir en la sociedad cuando recibe la educación correspondiente. Había algo de verdad en lo que dijo, pero ella tuvo suerte en su experiencia de la Revolución Cultural.

Hua’er prosiguió con su relato.

– Un día mi madre llegó a casa inusitadamente tarde. Tan sólo mi hermana estaba levantada. Estaba dormitando cuando me desperté al oír a mi madre decir a Shu:

»-Papá ha sido encerrado. No sé adónde se lo han llevado. A partir de ahora tendré que asistir cada día a clases especiales, y es posible que vuelva tarde a casa. Me llevaré a Shi, pero tú tendrás que cuidar de Shan y de Hua. Shu, tú ya eres adulta; créeme cuando te digo que papá y yo no somos mala gente, no hemos hecho nada malo. Debes creer en nosotros, pase lo que pase. Vinimos a China porque queríamos dar a conocer la cultura y la lengua japonesas, no pretendíamos nada malo… Ayúdame a cuidar de tus hermanos. Debes recoger plantas silvestres del camino de vuelta del colegio y añadirlas a la comida cuando cocines. Convence a tus hermanos para que coman más, todos estáis creciendo y necesitáis comer bien. Asegúrate de que le pones la tapa a la estufa antes de irte a dormir para que no os intoxiquéis con el gas de carbón. Cierra bien las puertas y las ventanas cuando salgas y no abras la puerta a nadie. Si los Escoltas Rojos vienen para registrar la casa, saca a tus hermanos para que no se asusten. A partir de ahora deberás acostarte a la misma hora que tus hermanos. No me esperes levantada. Si necesitas algo, déjame una nota y yo te dejaré otra antes de irme por la mañana. No dejes de estudiar lengua y cultura japonesas. Algún día estos conocimientos te serán muy útiles. Estudia a escondidas, pero no tengas miedo: las cosas mejorarán.

»El rostro de mi hermana permanecía inexpresivo, pero las lágrimas se escurrieron en dos hileras mejilla abajo. Me escondí bajo el edredón y lloré sin hacer ruido. No quería que mi madre me descubriera.

Recordando cómo mi hermano había llorado por mi madre, no pude retener las lágrimas al imaginar la escena que Hua’er describía. Hua’er estaba triste pero sus ojos estaban secos.

– A partir de entonces, y durante largo tiempo, apenas vimos a mi madre. Mi hermano y yo sabíamos que ahora nuestra madre dormía en nuestra habitación, pero las únicas señales de su existencia eran las instrucciones y la información que le dejaba a Shu.

»Más tarde descubrí que podía ver a mi madre si me levantaba por la noche para ir al baño. Mi madre parecía no dormir nunca: cada vez que me levantaba, ella tendía la mano para acariciarme. Sus manos estaban cada vez más ásperas. Yo quería restregar mi cara contra sus manos, pero tenía miedo de que mi hermana me dijera que alteraba el sueño de mi madre.

»Cada vez estaba más apática y cansada durante el día porque me levantaba varias veces por la noche para ver a mi madre. En una ocasión incluso llegué a quedarme dormida mientras estudiábamos las «instrucciones máximas» del Partido en el colegio. Afortunadamente, mi maestra era una mujer muy amable. Después de la clase me llevó a un lugar apartado cerca del campo deportivo y me dijo:

»-Dormirse mientras estudiamos las máximas del presidente Mao es considerado un acto reaccionario por los Escoltas Rojos. Debes ser más cuidadosa.

»No entendí realmente lo que pretendía decirme, pero tenía miedo porque sabía que el marido de mi maestra era el jefe de la fracción local de los Escoltas Rojos. Le expliqué a la carrera por qué últimamente no dormía bien. Mi maestra se quedó callada durante largo rato y yo me sentí aún más angustiada. Al final, la maestra me dio una palmadita afectuosa en la cabeza y me dijo:

»No te preocupes, a lo mejor tu madre pronto podrá volver a casa más temprano.

»Poco tiempo después, mi madre empezó a volver antes a casa. Solía llegar justo cuando nos preparábamos para irnos a la cama. Nos dimos cuenta de que había cambiado mucho: rara vez hablaba y se movía con gran sigilo; parecía tener miedo de alterar nuestra fe en ella y en nuestro padre. Mi hermano mayor, que tenía una personalidad muy fuerte, no soportaba discutir con ella sobre su viaje a Beijing para convertirse en uno de los Escoltas Rojos de Mao. Poco a poco, la vida fue normalizándose. Un día oí a mi madre que decía con un suspiro:

»-Ojalá vuestro padre también pudiera volver…

»Ninguno de nosotros podía sentirse feliz con la expectativa de volver a ver a nuestro padre. Le queríamos, pero si era un agente secreto tendríamos que seguir ignorándolo.

»Algún tiempo después, en otoño de 1969, dijeron a mi hermana que tendría que asistir a un grupo de estudio nocturno que le permitiría tomar una postura firme después de la liberación de mi padre y trazar una línea divisoria entre él y nosotros.

»Mi hermana volvió muy tarde a casa después de la primera noche con el grupo de estudio. Mi madre esperaba con inquietud delante de la ventana, incapaz de permanecer sentada. Yo tampoco podía dormir, porque estaba impaciente por saber cómo era el grupo de estudio. La Guardia Roja sólo admitía a gente cuyas ideas fueran revolucionarias. Yo sabía que cuando alguien se unía a ellos, cesaban los interrogatorios, sus hogares ya no eran registrados y sus familiares encarcelados eran liberados poco después. ¿Volvería pronto nuestro padre?

»Mi madre me mandó a la cama y yo me froté los ojos repetidamente y clavé puntas de pluma en mi almohada para mantenerme despierta. Finalmente oí pasos y la voz apagada de un hombre al otro lado de la ventana, pero no pude oír lo que decía. Cuando mi hermana entró en la habitación, mi madre corrió hacia ella y le preguntó: «¿Cómo fue?» Su voz estaba llena de temor.

»Mi hermana se acostó en silencio, totalmente vestida. Cuando mi madre intentó ayudarla a desvestirse, mi hermana la rechazó, se dio la vuelta y se envolvió en el edredón.

»Yo estaba muy decepcionada. Habíamos esperado despiertas tanto tiempo para nada.

«Aquella noche oí llorar a mi madre largo tiempo. Me dormí preguntándome si se sentía herida por el silencio de mi hermana o si temía que no la amáramos. Aquella noche soñé que yo también me había unido al grupo de estudio, pero en cuanto entré por la puerta del aula me desperté.

»Shu pasaba un tiempo extraordinariamente largo en el grupo de estudio y nunca me contó nada. Durante varios meses estuvo volviendo a casa muy tarde, mucho después de quedarme yo dormida. Una noche volvió a casa poco después de haberse ido. El hombre que la trajo de vuelta nos dijo que «Shu sigue estando enferma y hoy se ha desmayado. El guía político me pidió que la acompañara a casa».

»Mi madre se había quedado blanca y se quedó paralizada cuando mi hermana se cayó de rodillas ante sus pies y dijo:

»-Mamá, no había nada que pudiera hacer. Quería que liberaran a papá antes…

»Mi madre se estremeció y pareció estar a punto de perder la conciencia. Mi hermano mayor acudió a toda prisa para darle apoyo y la obligó a sentarse en la cama. Luego nos condujo a mí y a mi hermano pequeño a la otra habitación. Yo no quería irme, pero no me atreví a replicar.

»Al día siguiente, cuando abandonaba el colegio, un hombre de la Guardia Roja me estaba esperando. Me contó que el guía político había ordenado que me uniera al grupo de estudio. Apenas me lo podía creer. Sólo tenía once años. ¿Cómo podía ser? A lo mejor, pensé, mi maestra les había contado que yo era muy obediente. Me sentía muy feliz y quise correr a casa para contárselo a mi madre, pero el hombre me dijo que mi madre ya había sido informada.

»El aula era una estancia pequeña, amueblada como si fuera una casa, con camas, una mesa de comedor y varias sillas parecidas a las del colegio, pero más grandes. También había una estantería enorme llena de obras revolucionarias. Había citas del presidente Mao y consignas políticas escritas en rojo pegadas en las cuatro paredes de la estancia. Acababa de empezar el cuarto curso de primaria y no entendía el significado de la mayoría de ellas.

»El Escolta Rojo que me había llevado allí me dio un Pequeño Libro Rojo de citas del presidente Mao -yo siempre le había envidiado el suyo a mi hermana- y me preguntó:

»-¿Sabes que tus padres son agentes secretos?

»Asentí con los ojos como platos. Temí que al final no me dejarían unirme al grupo de estudio. Entonces el hombre me dijo:

»-¿Sabes que todos los miembros del grupo de estudio son Escoltas Rojos?

»Volví a asentir. Deseaba con todas mis fuerzas convertirme en un Escolta Rojo para que la gente dejara de maldecirme y poder subirme a un camión y salir a la calle a gritar consignas. ¡Ansiaba todo aquel poder y prestigio!

»-Por tanto, no debes permitir que los agentes secretos sepan nada de los asuntos de la Guardia Roja, ¿lo has entendido? -me dijo.

»Pensando en las historias sobre el partido clandestino y los agentes secretos que conocía a través de las películas, balbucí:

»-No… no se lo contaré a mi familia.

»-Ahora ponte en pie y jura ante el presidente Mao que mantendrás los secretos de la Guardia Roja.

»-¡Lo juro!

»-Bien. Ahora lo primero que harás será leer las citas del presidente Mao tú sola. Luego, cuando hayamos comido, te enseñaremos cómo estudiarlas.

»Me quedé pasmada al oír que me daría comida. No es de extrañar, pensé, que mi hermana no dijera nunca nada del grupo de estudio. Le habían hecho jurar que no revelaría nada, pero también debió de temer que mi hermano pequeño y yo tuviéramos envidia con la sola mención de comida. Mientras estos pensamientos pasaban por mi cabeza, miraba fijamente las páginas de mi pequeño Libro Rojo sin entender nada.

»Después de comer aparecieron otros dos Escoltas Rojos. Ambos eran muy jóvenes, apenas un poco mayores que mi hermana. Me preguntaron: «¿Has hecho tu juramento al presidente Mao?» Yo asentí, preguntándome por qué me lo preguntaban.

»-De acuerdo -dijeron-, hoy estudiaremos hasta muy tarde y antes deberías descansar un poco.

»Me tomaron en sus brazos y me llevaron a la cama, me sonrieron y me ayudaron a retirar el edredón y a desnudarme, hasta la última pieza de ropa interior. Apagaron las luces con un ruidoso clic del interruptor.

»Nadie me había hablado de lo que pasa entre hombres y mujeres, ni siquiera mi madre. La única diferencia que conocía entre hombres y mujeres era que los pantalones de los hombres se abrochan por delante y los de las mujeres por el costado. Por tanto, cuando tres hombres empezaron a manosear mi cuerpo en la oscuridad, no sabía lo que significaba ni lo que iba a pasar después.

»Me sentía muy cansada. Por alguna razón no conseguía mantener los ojos abiertos. En medio de la confusión oí a un hombre decir:

»-Ésta es tu primera lección. Tenemos que saber si hay influencias contrarrevolucionarias en tu cuerpo.

»Una mano pellizcó mi pezón poco desarrollado y una voz dijo: «Es pequeño pero tiene que haber un brote allí dentro.»

»Otra mano me separó las piernas y otra voz interrumpió diciendo: «Las cosas contrarrevolucionarias siempre están ocultas en los lugares más secretos del cuerpo de una persona, deja que le echemos un vistazo.»

»Una oleada de terror, en nada parecida a lo que hubiera podido sentir anteriormente, me invadió. Empecé a temblar de miedo, pero entonces un pensamiento atravesó mi mente como un rayo: sólo había gente buena en el grupo de estudio, ellos nunca harían nada malo.

»Entonces oí que un hombre decía: «Jun’er, ésta es para ti. Nosotros, tus hermanos, cumplimos nuestra palabra.»

»No entendía de qué estaban hablando. Por entonces había perdido todo control sobre mi propio cuerpo. Más tarde, ya mayor, comprendí que debieron de añadir pastillas para dormir a mi comida. Algo grueso y grande atravesó mi cuerpo como una daga y pareció que fuera a perforarme. Un número incontable de manos restregó mi pecho y trasero y una asquerosa lengua se introdujo en mi boca. Los jadeos se prolongaron insistentemente a mi alrededor y mi cuerpo ardía de dolor, como si estuviera siendo azotado.

»No sé cuánto duró esta «lección» infernal. Me quedé totalmente entumecida e insensible.

El rostro de Hua’er estaba mortalmente pálido. Tuve que morderme el labio para evitar que me castañetearan los dientes. Cuando le ofrecí una mano, ella la ignoró.

»Por fin no hubo más ruidos ni movimientos. Lloré y lloré desconsoladamente.

»En medio de la oscuridad oí que varias voces me decían:

»-Hua’er, más tarde empezará a gustarte.

»-Hua’er, eres una buena niña, no hay nada malo en ti. Tu padre será liberado muy pronto.

»Yo me mantuve tan pasiva como una muñeca de trapo mientras levantaron mi cuerpo y me vistieron.

»Uno de ellos me dijo quedamente: «Hua’er, lo siento.» Siempre quise saber quién lo dijo.

»Varios Escoltas Rojos se turnaron para llevarme a sus espaldas en el penetrante viento otoñal. Me dejaron lejos de mi casa diciéndome:

»-No olvides que has hecho un juramento al presidente Mao.

»Intenté dar un paso, pero no podía moverme. Sentía como si me hubieran desgarrado la parte inferior de mi cuerpo. Uno de ellos me tomó en sus brazos y me llevó hasta la puerta de mi casa. Luego él y sus compañeros se escabulleron rápidamente y desaparecieron en la oscuridad. Mi madre abrió la puerta al oír sus voces y me tomó en sus brazos.

»-¿Qué pasa, Hua’er? ¿Por qué has vuelto tan tarde? -me preguntó.

»Mi cerebro estaba vacío, no pensé en mi juramento al presidente Mao. No pude hacer más que llorar. Mi madre me llevó a la cama mientras yo sollozaba. Al verme a la luz de las lámparas lo entendió todo.

»-¡Dios mío! -exclamó.

»Mi hermana Shu me sacudió y preguntó:

»-¿Acudiste al grupo de estudio?

»Pero yo no podía más que seguir llorando y llorando. Sí, había asistido a la reunión del «grupo de estudio», un grupo de estudio femenino, un…

Por fin Hua’er lloró. Sus hombros temblaban entre débiles y cansinos sollozos. La rodeé con mis brazos y sentí cómo su cuerpo tiritaba.

– Hua’er, no digas nada más, no podrás soportarlo -le dije. Mi rostro estaba bañado de lágrimas, y el llanto de las niñas del grupo de estudio de la escuela de mi hermano resonó en mis oídos.

Era por la tarde y una vigilante nos trajo algo de comer. Los dos platos eran totalmente diferentes. Intercambié mi bandeja con la de Hua’er, pero ella apenas la miró. Todavía sollozando, Hua’er prosiguió su relato:

– Era tan joven. A pesar del dolor, conseguí dormirme con el llanto de mi madre y de mi hermana.

»Me desperté con un sobresalto. Mi hermano mayor Shan estaba delante de la puerta de casa gritando:

»-¡Que alguien nos ayude! ¡Mi madre se ha ahorcado!

»Mi hermana Shu gemía:

»-Mamá, ¿por qué nos has abandonado?

»Mi hermano pequeño Shi se aferraba a alguna cosa y lloraba. Salté de la cama para ver a qué se estaba aferrando. Era mi madre, que colgaba del dintel de la puerta.

Hua’er luchaba por respirar. La mecí entre mis brazos mientras repetía su nombre una y otra vez.

Unos minutos más tarde apareció un trozo de papel en la ventanilla de observación. Había un mensaje escrito en él: «Le rogamos mantenga una distancia apropiada con la prisionera.»

Maldije en silencio y llamé a la puerta para que la vigilante la abriera. Dejé a Hua’er en la sala de entrevistas, me dirigí al despacho del director de la prisión -con la carta del jefe de policía Mei en mano- y exigí que se le permitiera a Hua’er pasar las próximas dos noches en mi habitación. Tras muchas vacilaciones, el director consintió a condición de que me comprometiera por escrito a absolverlo de toda responsabilidad si surgía cualquier imprevisto mientras Hua’er permaneciera conmigo.

De vuelta a la sala de entrevistas descubrí que Hua’er había estado llorando sobre toda la comida que tenía delante. Me la llevé de vuelta a mi habitación, pero apenas dijo nada durante las siguientes veinticuatro horas. Pensé que probablemente estaría abriéndose paso a través de las profundidades de su dolor, y no osaba siquiera imaginarme que tuviera más experiencias trágicas a las que enfrentarse.

Cuando Hua’er recuperó las fuerzas para volver a hablar, me contó que su padre había sido liberado cuatro días después del suicidio de su madre, pero que no reconoció a sus hijos. Años más tarde, alguien les había contado que el padre de Hua’er había perdido la razón al saber que su amada esposa se había quitado la vida. Había permanecido inmóvil en la misma postura durante dos noches seguidas, preguntando una y otra vez: «¿Dónde está Youmei?»

Ni Hua’er ni su hermana se atrevieron jamás a preguntar si su padre había tenido conocimiento del «grupo de estudio» o si saberlo había contribuido a su crisis nerviosa. Tras su liberación, el padre vivió con ellos como si fueran perfectos extraños. A lo largo de más de veinte años, lo único que sus hijos consiguieron enseñarle fue que «papá» era la palabra que utilizaban para designarlo a él. Cualquiera que fuera quien pronunciara la palabra, cualquiera que fuera el lugar, él respondía a ella.

La hermana de Hua’er, Shu, nunca se casó. Aquel día fatídico, los del grupo de estudio la habían traído de vuelta a casa temprano porque estaba embarazada y habían decretado que no podía seguir «estudiando». Por entonces tenía quince años y su madre no osaba llevarla al hospital porque los Escoltas Rojos la condenarían como «capitalista» y «zapatilla usada», obligándola a desfilar por las calles para su escarnio. En su lugar, su madre tenía pensado ir a buscar unas hierbas medicinales que pudieran provocar un aborto. Antes de que le diera tiempo a hacerlo, la violación de Hua’er al día siguiente la empujó al abismo.

Shu no sabía qué hacer ni a quién acudir. Se vendó ingenuamente la barriga y los pechos incipientes, pero fue en vano. No sabía dónde encontrar las hierbas de las que había hablado su madre, pero un día recordó que en una ocasión le había dicho que toda medicina contiene tres cuartas partes de veneno. Se tragó todos los medicamentos que había en la casa de golpe. Sufrió un desvanecimiento y una fuerte hemorragia en el colegio. Aunque en el hospital lograron salvarle la vida, el feto murió y tuvieron que extirparle la matriz. A partir de entonces, Shu tuvo que soportar que la tacharan de «mala mujer» y de «zapatilla usada». A medida que fueron pasando los años y la maternidad empezó a ser una realidad para las mujeres de su generación, Shu fue transformándose en una mujer fría y taciturna, muy distinta a la muchacha alegre que había sido.

El día antes de abandonar la Prisión de Mujeres de Hunan Occidental entrevisté a Hua’er por última vez.

Un par de años después de la experiencia de Hua’er en el grupo de estudio, encontró un libro en el almacén del colegio con el título ¿Quién eres?, un libro que trataba de la biología femenina y de las ideas chinas acerca de la castidad. Sólo entonces, después de haber leído aquel libro, descubrió todas las consecuencias de lo que le había pasado.

Hua’er alcanzó la madurez con un sentido algo inseguro de su identidad y de su amor propio. No había experimentado los sueños de una joven muchacha que recién ha empezado a comprender el amor; no esperaba con ilusión la noche de bodas. Las voces y los manoseos en la negrura de aquella habitación del grupo de estudio la perseguían continuamente. A pesar de ello, con el tiempo se casó con un hombre bueno y amable al que amaba. Cuando se casaron, la virginidad en la noche de bodas era el patrón de oro por el que se juzgaba a las mujeres, y la falta de ella a menudo conducía a la separación. A diferencia de otros hombres chinos, el marido de Hua’er jamás había desconfiado de su virginidad. La había creído cuando ella le contó que su himen se había roto haciendo deporte.

Hasta el año 1990, más o menos, era frecuente que varias generaciones de una misma familia convivieran en una sola estancia, con las zonas de reposo separadas del resto por cortinas finas o literas. Había que practicar el sexo en la oscuridad, en silencio y con cautela; la atmósfera de control y represión inhibía las relaciones entre las parejas de casados, y a menudo provocaba conflictos conyugales.

Hua’er y su marido compartían una estancia con la familia de él, por lo que tenían que hacer el amor con la luz apagada para que sus sombras no se proyectaran en las cortinas que separaban su dormitorio. A ella le aterraba que su marido la tocara en la oscuridad: le parecía que sus manos pertenecían a los monstruos de su infancia y no podía evitar aullar de miedo. Cuando su marido intentaba consolarla y le preguntaba qué le pasaba, Hua’er era incapaz de contarle la verdad. Él la quería mucho, pero le resultaba difícil hacer frente a la angustia de ella cuando hacían el amor, así que optó por reprimir su deseo sexual.

Más tarde, Hua’er descubrió que su marido se había quedado impotente. Se culpó de la situación de su marido y sufrió terriblemente porque lo quería. Hizo lo que pudo para ayudarlo a recuperarse pero fue incapaz de reprimir los temores que se apoderaban de ella en la oscuridad. Al final, Hua’er sintió que debía dejarlo libre para que tuviera oportunidad de mantener una relación sexual normal con otra mujer, y pidió el divorcio. Cuando su marido se negó y le preguntó las razones de su decisión, Hua’er no le dio más que excusas. Ella le dijo que no era romántico, a pesar de que siempre se acordaba de cumpleaños y aniversarios y cada semana la obsequiaba con un ramo de flores. Todo el mundo a su alrededor veía que él la animaba, pero ella le dijo que era mezquino y de miras estrechas, y que era incapaz de hacerla feliz. También le dijo que no ganaba suficiente dinero, aunque todas sus amigas la envidiaban por las joyas que él le regalaba.

Incapaz de encontrar una buena razón para querer el divorcio, Hua’er recurrió finalmente a decirle que él no podía satisfacerla físicamente, a sabiendas de que él era el único hombre que podía hacerlo. Confrontado a esto, al marido de Hua’er no le restaba nada que decir. Con el corazón partido, el hombre partió hacia la remota Zhuhai, que por aquel entonces todavía era una zona subdesarrollada.

La voz de Hua’er todavía resonaba en mis oídos mientras contemplaba el paisaje cambiante desde el jeep que me devolvía a casa tras unos días en la Prisión de Mujeres de Hunan Occidental.

– Mi amado esposo se fue -dijo-, y yo me sentí como si me hubieran arrancado el corazón… Solía pensar: a los once era capaz de satisfacer a los hombres, a los veinte era capaz de volverlos locos, a los treinta era capaz de hacerles perder el alma, ¿y a los cuarenta…? A veces quería utilizar mi cuerpo para que aquellos hombres que todavía eran capaces de decir «lo siento» tuvieran la oportunidad de comprender lo que puede llegar a ser una relación sexual con una mujer; otras quería buscar a los Escoltas Rojos que me habían torturado y contemplar cómo sus hogares se hacían mil pedazos y sus familias se trastornaban. Quería vengarme de todos los hombres y hacerlos sufrir.

»Mi reputación de mujer nunca había significado gran cosa para mí. Había convivido con varios hombres y había permitido que se lo pasaran bien. Por esta razón he estado en dos campos de reeducación y me han condenado a prisión dos veces. El guía político del campo decía de mí que era una delincuente incorregible, pero eso no me preocupó. Cuando la gente me reprocha que no tengo vergüenza, no me enfado. Lo único que preocupa a los chinos es la fachada, sus «caras», pero no entienden cómo sus caras están unidas al resto de su cuerpo.

»Mi hermana Shu es quien mejor me comprende. Ella sabe que iré hasta donde tenga que ir para corregir mis recuerdos del terror sexual; sabe que deseo tener una relación sexual madura que cure mis órganos sexuales heridos. A veces soy precisamente como dice Shu que soy, otras no.

»Mi padre no sabe quién soy, y yo tampoco.

El día después de mi vuelta a la emisora de radio hice dos llamadas de teléfono. La primera fue a una ginecóloga. Le hablé del comportamiento sexual de Hua’er y le pregunté si existía algún tratamiento para los traumas psíquicos y físicos que había sufrido. La doctora parecía no haberse planteado nunca la cuestión. Por aquel entonces, en China no se contemplaban las enfermedades psíquicas, tan sólo las físicas.

Luego llamé al jefe de policía Mei. Le conté que Hau’er era japonesa y le pregunté si no podría ser transferida a una prisión para extranjeros, donde las condiciones eran mejores.

Él reflexionó un rato y luego contestó:

– Mira, Xinran, en lo que respecta a la condición de japonesa de Hua’er, el silencio es oro. En este momento, sus crímenes se reducen a delincuencia sexual y cohabitación ilegal. No debe de quedarle mucho tiempo en prisión. Si se llega a saber que es extranjera, es posible que la acusen de que sus actos estén políticamente motivados y podría llegar a ser mucho peor para ella.

Cualquiera que haya vivido la experiencia de la Revolución Cultural recordará que las mujeres que habían cometido el «crimen» de tener ropa o costumbres extranjeras eran humilladas públicamente. Les esquilaban el pelo de cualquier manera para diversión de los Escoltas Rojos; les emborronaban la cara con pintalabios; ataban zapatos de tacón alto a una cuerda y la pasaban alrededor de su cuerpo; colgaban de su ropa pedazos de todo tipo de «artículos extranjeros», desde los ángulos más impensables. Obligaban a las mujeres a contar una y otra vez cómo habían adquirido los productos extranjeros. Yo tenía siete años cuando vi por primera vez lo que tenían que soportar aquellas mujeres, obligadas a desfilar por las calles para que la gente las abucheara. Recuerdo que pensé que si había otra vida después de la muerte, yo no quería renacer como mujer.

Muchas de aquellas mujeres habían vuelto a la patria junto con sus maridos, para dedicar sus vidas a la revolución y a la construcción de una nueva China. De vuelta en el país tuvieron que hacerse cargo de las tareas domésticas con la ayuda de los utensilios y electrodomésticos más elementales, pero esto no fue nada comparado con tener que reprimir las cómodas costumbres y posturas que habían adquirido en el extranjero. Cada palabra y cada acción era juzgada en un contexto político; tuvieron que compartir la persecución que sus maridos sufrieron al ser acusados de ser «agentes secretos» y debieron soportar una «revolución» tras otra por poseer artículos femeninos adquiridos en el extranjero.

Entrevisté a muchas mujeres que tuvieron este tipo de experiencias. En 1989, una campesina de las montañas me contó que hubo un tiempo en que había asistido a una academia de música. Su rostro estaba surcado por arrugas y sus manos eran ásperas y callosas, así que no detecté ninguna habilidad musical en ella. Fue cuando habló con aquella especial resonancia, tan propia de los que han recibido clases de canto, que empecé a pensar que tal vez decía la verdad.

Me mostró fotografías que probaban que mis dudas estaban totalmente infundadas. Ella y su familia habían pasado algún tiempo en América; cuando volvieron a China, ella tenía apenas diez años. Tuvo ocasión de desarrollar sus dotes musicales en un conservatorio de Beijing hasta que se instauró la Revolución Cultural. El vínculo que sus padres tenían con América les costó la vida y arruinó la vida de su hija.

A los diecinueve años fue enviada a una zona montañosa muy pobre y los delegados de la aldea la entregaron en matrimonio a un campesino. Había vivido allí desde entonces, en una zona con tanta indigencia que los aldeanos no podían permitirse comprar aceite para cocinar.

Antes de que la dejara me preguntó:

– ¿Siguen en Vietnam los soldados americanos?

Mi padre conocía a una mujer que volvió a China tras muchos años de estancia en la India, cuando ya tenía más de cincuenta años. Era profesora y era muy buena con sus alumnos: a menudo había utilizado dinero de sus ahorros para ayudar a estudiantes con problemas económicos. Al principio de la Revolución Cultural nadie creyó que fuera a verse afectada y, sin embargo, fue perseguida y «rehabilitada» durante dos años por la ropa que vestía.

Esta profesora había sostenido que las mujeres debían vestir colores alegres y vivos y que el traje Mao era demasiado masculino, por lo que solía llevar un sari por debajo de la chaqueta reglamentaria. La Guardia Roja consideró que su actitud era desleal hacia la patria y la condenaron por «rendir culto y mostrar una fe ciega en cosas extranjeras». Entre los Escoltas Rojos que la persiguieron también hubo estudiantes a los que ella había ayudado económicamente. Se disculparon por su comportamiento, pero le dijeron que «si no luchamos contra ti nos meteríamos en líos y nuestras familias con nosotros».

La profesora nunca volvió a ponerse sus queridos saris, pero en su lecho de muerte había mascullado «Los saris son tan bonitos» una y otra vez.

Hubo otra profesora que me habló de su experiencia durante la Revolución Cultural. Una familiar lejana de Indonesia le había enviado un pintalabios y un par de zapatos de tacón alto de una marca inglesa a través de un miembro de una delegación gubernamental. Puesto que comprendía que los regalos del extranjero podrían dar lugar a sospechas de espionaje, se había apresurado a desprenderse de ellos sin siquiera desenvolverlos. No se había percatado de la presencia de una niña de once o doce años que jugaba cerca del cubo de basura y que fue quien finalmente denunció el «crimen» a las autoridades. Durante varios meses, la profesora fue conducida a través de la ciudad en la parte de atrás de un camión para que la multitud pudiera perseguirla.

Entre 1966 y 1976, poco había en China que distinguiera la ropa de mujer de la de hombre. Se veían muy pocos artículos específicamente femeninos. El maquillaje, la ropa bonita y las joyas sólo existían en las obras literarias prohibidas. Sin embargo, por revolucionario que fuera entonces el pueblo chino, no todos fueron capaces de resistirse a su naturaleza. Una persona podía ser «revolucionaria» en todos los aspectos, pero si alguien sucumbía a los deseos sexuales «capitalistas», era vilipendiado en público o llevado al banquillo de los acusados. Algunos se quitaron la vida en la desesperación. Otros se erigieron en modelo de moralidad y de virtud, pero se aprovecharon de los hombres y de las mujeres que eran reformados, haciendo de su sumisión sexual «una prueba de lealtad». La mayoría de la gente que vivió aquellos tiempos tuvo que soportar un ambiente sexual estéril, sobre todo las mujeres. Estando en la flor de sus vidas, hubo padres de familia que fueron encarcelados o enviados a escuelas de reeducación durante períodos de hasta veinte años, mientras sus esposas se veían obligadas a soportar una viudez en vida.

Ahora que ha sido puesto en tela de juicio el daño que la Revolución Cultural infringió a la sociedad china, también habría que considerar el perjuicio causado a los instintos sexuales naturales. Los chinos dicen: «Hay un libro en cada familia que es preferible no leer en voz alta.» Hay muchas familias chinas que no se han enfrentado a lo que les ocurrió durante la Revolución Cultural. Las páginas de ese libro se han pegado con las lágrimas vertidas y ya no se pueden abrir. Las generaciones futuras o los extraños no verán más que un título borroso. Cuando la gente es testigo de la alegría de familiares y amigos al reencontrarse después de muchos años de separación, pocos son lo que se atreven a preguntarse cómo estas víctimas fueron capaces de hacer frente a sus deseos y al dolor de aquellos años.

A menudo fueron los niños, y sobre todo las niñas, quienes soportaron las consecuencias del deseo sexual frustrado. Criarse durante la Revolución Cultural siendo niña significaba estar rodeada de ignorancia, locura y perversión. Las familias y las escuelas eran incapaces de procurarles incluso las más mínimas nociones de educación social y, además, lo tenían prohibido. Muchos profesores y madres eran igualmente ignorantes en estos temas. Cuando sus cuerpos maduraban, las muchachas eran víctimas de agresiones indecentes y violaciones; muchachas como Hongxue, cuya única experiencia sensorial provenía de una mosca; Hua’er, que fue violada por la «revolución»; la mujer del contestador automático que fue descasada por el Partido; o Shilin, que nunca sabría que ya era una mujer adulta. Los perpetradores de estos crímenes fueron sus profesores, amigos, incluso padres y hermanos, que perdieron el control sobre sus instintos animales y se comportaron de la manera más vil y egoísta de la que es capaz un hombre. Las esperanzas de las muchachas se truncaron y su capacidad de experimentar placer sexual fue destruida para siempre. Si pudiéramos escuchar sus pesadillas, podríamos pasarnos diez o veinte años escuchando el mismo tipo de historias.

Es demasiado tarde para devolver la juventud y la felicidad a Hua’er y a tantas otras mujeres que padecieron la Revolución Cultural.

Recuerdo que un día, en la oficina, Mengxing leyó en voz alta la petición musical de una oyente y dijo:

– Simplemente no lo entiendo. ¿Por qué gustan tanto esas canciones apolilladas a las ancianas de este país? ¿Por qué no miran a su alrededor y se dan cuenta de cómo es el mundo actual? Se mueven con demasiada lentitud para nuestros tiempos.

El gran Li golpeó distinguidamente su mesa con un bolígrafo y la reprendió diciendo:

– ¿Demasiado lentas? ¡No debes olvidar que estas mujeres nunca tuvieron tiempo para disfrutar de su juventud!