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1 Mi viaje hacia las historias de las mujeres chinas

Una mañana temprana de la primavera de 1989, yo atravesaba las calles de Nanjing montada en mi bicicleta Flying Pigeon, soñando despierta con mi hijo PanPan. Los brotes verdes de los árboles, las nubes de aliento escarchado que envolvían a los demás ciclistas, los pañuelos de seda de las mujeres ondeando al viento primaveral, todo ello se fundía con los pensamientos dedicados a mi hijo. Lo estaba criando sola, sin la ayuda de un hombre, y no resultaba nada fácil cuidar de él siendo una madre trabajadora. Sin embargo, no importa el viaje que emprendiera, fuera éste largo o corto, aun durante los rápidos paseos al trabajo, él siempre me acompañaba en el alma y me daba ánimos para seguir adelante.

– ¡Eh, pez gordo de la radio, mira por dónde vas! -me gritó un colega cuando entré dando tumbos al recinto de la emisora de radio y televisión en la que trabajaba.

Había dos agentes de policía apostados en la verja. Les mostré mi pase. Una vez dentro, tendría que enfrentarme a otros guardias de seguridad en las entradas de las oficinas y los estudios. La seguridad de la emisora era extremadamente estricta y los empleados recelábamos de los guardias. Circulaba una historia acerca de uno nuevo que se había quedado dormido estando de guardia por la noche y que se puso tan nervioso que mató al compañero que lo había despertado.

Mi oficina se encontraba en la planta dieciséis del imponente edificio moderno de veintiún pisos. Yo prefería subir por las escaleras en lugar de arriesgarme a tomar el poco fiable ascensor, que solía estropearse con frecuencia. Cuando llegué a mi mesa, descubrí que me había dejado la llave de la bicicleta en la cerradura. Un colega se apiadó de mí y se ofreció a llamar al guardia de la verja. La cosa no era tan fácil como puede parecer, pues ningún empleado subalterno disponía de un teléfono, y mi colega tendría que acercarse a la oficina del jefe de sección para hacer la llamada. Al final, no obstante, alguien me trajo la llave y el correo. Enseguida me llamó la atención una carta: el sobre estaba hecho con la tapa de un libro y llevaba pegada una pluma de pollo. Según la tradición china, una pluma de pollo es una señal urgente de aflicción.

El remitente de la carta era un joven que la había enviado desde una aldea a unos doscientos kilómetros de Nanjing. La carta decía así:

Muy estimada Xinran:

Escucho todos tus programas. De hecho, todos los habitantes de mi aldea disfrutan escuchándolos. Pero el motivo de mi carta no es contarte lo buenos que son tus programas; te escribo para contarte un secreto.

No es realmente un secreto, porque todo el mundo en la aldea lo sabe. En la aldea hay un anciano lisiado de sesenta años que recientemente compró una joven esposa. La muchacha parece muy joven. Creo que la han secuestrado. Ocurre con cierta frecuencia por aquí, pero muchas de las chicas suelen escaparse más tarde. El anciano teme que su esposa se escape y la tiene atada con una gruesa cadena de hierro. Su cintura está en carne viva por el roce con la pesada cadena: la sangre se ha filtrado a través de sus ropas. Creo que eso la matará. Por favor, sálvala.

Hagas lo que hagas, no menciones mi carta en la radio. Si los aldeanos lo descubren, expulsarán a mi familia.

Espero que tu programa sea cada vez mejor.

Tu leal oyente,

Zhang Xiaoshuan

Era la carta más angustiosa que había recibido desde que empecé a presentar mi programa de radio vespertino, «Palabras en la brisa nocturna», cuatro meses atrás. A lo largo del programa solía hablar de diversos aspectos de la vida cotidiana, utilizando mis propias experiencias para ganarme la confianza de los oyentes, y sugería maneras de abordar las dificultades de la vida.

– Mi nombre es Xinran -dije al empezar la primera emisión del programa-. Xinran significa «con mucho gusto».

«Xin xin ran kai le yan», escribió Zhu Zinqing en un poema dedicado a la primavera. «Con mucho gusto y excitación abría los ojos a las cosas nuevas.» Para mí, el programa también era una «cosa nueva». Hacía poco que era presentadora y estaba intentando hacer algo que no se hubiera hecho antes en la radio.

En el período comprendido entre 1949 y 1988, la única información a la que tenía acceso el pueblo chino eran las directrices del Partido, divulgadas a través de la radio, los diarios estatales y, más tarde, la televisión estatal. La comunicación con cualquier ser humano o estamento en el extranjero parecía tan remota y fantástica como un cuento. Los medios de comunicación, ya fuera la radio, la televisión o los diarios, hablaban con una sola voz. Cuando en 1983 Deng Xiaoping inició el lento proceso de apertura de China, los periodistas, al menos los más valientes, pudieron empezar a realizar algunos cambios sutiles en la manera de presentar las noticias en su país. También pudieron, aunque tal vez suponía mayor peligro, hablar de asuntos personales en los medios de comunicación. Con «Palabras en la brisa nocturna» intenté abrir una pequeña ventana, un minúsculo agujero, en el que la gente pudiera permitir que sus almas se desahogaran y respiraran después de la atmósfera cargada de pólvora que habían soportado durante los últimos cuarenta años. El autor y filósofo chino Lu Xun dijo en una ocasión: «La primera persona que probó un cangrejo debió de comerse previamente una araña, aunque pronto se dio cuenta de que no convenía hacerlo.» Mientras esperaba la reacción de mis oyentes al programa, me pregunté qué pensarían ellos que era yo: un cangrejo o una araña. El gran número de cartas entusiastas que se apilaron sobre mi mesa me convencieron de lo primero.

La carta que recibí del joven Zhang Xiaoshuan fue la primera en que alguien solicitaba mi ayuda práctica, y me desconcertó. Se lo notifiqué al jefe de sección y le pregunté qué debía hacer. Él me sugirió con indiferencia que pidiera ayuda a la Oficina de Seguridad Pública local. Les hice una llamada y les conté la historia de Zhang Xiaoshuan.

El oficial al otro lado de la línea me pidió que me calmara.

– Este tipo de cosas pasa muy a menudo. Si todo el mundo reaccionara como usted, acabaríamos muertos de tanto trabajar. De todos modos, es un caso perdido. Tenemos montones de informes similares y nuestros recursos humanos y financieros son limitados. Si yo fuera usted, tendría mucho cuidado con meter la nariz en este asunto. Los aldeanos no tienen miedo de nada ni de nadie, incluso si nos presentáramos allí, serían capaces de incendiar nuestros coches y dar una paliza a nuestros agentes. Son capaces de ir muy lejos para asegurar que su linaje se perpetúe, porque sería un pecado contra sus ancestros no procurarse herederos.

– Olvídese de todo esto, -le dije-. Sólo dígame si piensa responsabilizarse de la muchacha o no.

– No he dicho que no fuera a hacerlo, pero…

– ¿Pero qué?

– Pero no hay por qué darse tanta prisa, lo haremos paso a paso.

– ¡No puede dejar que alguien muera paso a paso!

El agente de policía soltó una risita y dijo:

– No me extraña que digan que los policías combaten el fuego y que los periodistas lo avivan. ¿Cuál era su nombre, por cierto?

– Xin… ran -contesté entre dientes.

– Sí, sí, Xinran, un buen nombre. De acuerdo, Xinran, pásese por aquí. La ayudaré.

Parecía que me estuviera haciendo un favor en lugar de cumplir con su deber.

Me dirigí inmediatamente a su oficina. Era el típico agente de policía chino: robusto y alerta, con una expresión de desconfianza en el rostro.

– En el campo -dijo-, los cielos son altos y el emperador está lejos. Para los campesinos la ley no tiene ninguna fuerza. Ellos sólo temen a las autoridades locales que controlan los suministros de pesticidas, fertilizantes, semillas y herramientas.

El agente tenía razón. Al final fue el jefe local de suministros agrícolas quien consiguió salvar a la muchacha. Amenazó con cortar el suministro de fertilizante si no la liberaban. Tres agentes me llevaron a la aldea en el coche de policía. Cuando llegamos, el jefe de la aldea tuvo que abrirnos camino a través de una muchedumbre de aldeanos que sacudía los puños y nos maldecía. La muchacha sólo tenía doce años. Se la quitamos al anciano, que lloraba y nos insultaba amargamente. No me atreví a preguntar por el estudiante que me había escrito. Me hubiera gustado darle las gracias, pero el agente de policía me advirtió que si los aldeanos descubrían lo que había hecho, tal vez lo matarían, a él y a su familia.

Al presenciar de primera mano el poder de los campesinos, empecé a entender cómo Mao, gracias a ellos, había derrotado a Chiang Kai-shek y a sus armas británicas y americanas.

La muchacha fue devuelta a su familia, en Xining -un viaje en tren de veintidós horas desde Nanjing-, acompañada por un agente de policía y por un empleado de la emisora. Resultó que su familia había acumulado una deuda de aproximadamente 10.000 yuanes intentando encontrarla.

No recibí ningún elogio por el rescate de la muchacha, tan sólo críticas por «pescar en aguas revueltas e incitar a la gente» y por malgastar el tiempo y el dinero de la emisora. Las quejas me trastornaron. Una muchacha había estado en peligro y, a pesar de ello, su rescate se consideraba «una manera de agitar al pueblo y de drenar las arcas del Estado». ¿Qué valor tenía entonces la vida de una mujer en China?

Esta pregunta empezó a perseguirme. La mayoría de la gente que me escribía a la emisora eran mujeres. A menudo, sus cartas eran anónimas o escritas bajo seudónimo. Mucho de lo que en ellas me contaron me causó una profunda impresión. Yo creía entender a las mujeres chinas. Al leer sus cartas comprendí cuán equivocada había estado en mis suposiciones. Mis conciudadanas vivían vidas y se batían con problemas que yo ni siquiera era capaz de imaginar. Muchas de las cuestiones que me planteaban tenían que ver con su sexualidad. Una mujer quería saber por qué su corazón se aceleraba cuando chocaba por accidente con un hombre en el autobús. Otra me preguntó por qué empezaba a sudar cuando un hombre le tocaba la mano. Hacía demasiado tiempo que se había prohibido toda discusión acerca de cuestiones sexuales, y que cualquier contacto físico entre un hombre y una mujer que no estuvieran casados conducía a la condena pública o incluso al encarcelamiento. Aun entre marido y mujer, «la charla de enamorados en la cama» podía llegar a considerarse un comportamiento delictivo; se habían dado casos, con relación con peleas familiares, en que la gente había amenazado con denunciar a su pareja a la policía por haber consentido a ello. Como consecuencia, dos generaciones de chinos se criaron con sus instintos naturales confundidos. En su día, yo misma fui tan ignorante, aun a la edad de veintidós años, que rechacé hacer manitas con un profesor en una fiesta alrededor de una hoguera por miedo a quedarme embarazada. Mi idea de la concepción provenía de una línea de un libro: «Se tomaron de la mano a la luz de la luna… Cuando llegó la primavera tuvieron un hijo.» Me sorprendí queriendo saber mucho más acerca de las vidas íntimas de las mujeres chinas y decidí empezar a investigar sus diferentes trasfondos culturales.

El viejo Chen fue la primera persona a la que le hablé de mi proyecto. Llevaba años trabajando de periodista y era muy respetado. Se decía que incluso el alcalde de Nanjing le pedía consejo. Yo solía consultarle a menudo temas referidos a mi trabajo, no sólo por respeto a su antigüedad, sino también para aprovechar su considerable experiencia. Esta vez, no obstante, su reacción me sorprendió. Sacudió la cabeza, que era tan calva que apenas podías determinar dónde acababa su cráneo y dónde empezaba su rostro, y me dijo:

– ¡Ingenua!

Aquello me desconcertó. Los chinos consideran la calvicie un signo de sabiduría. ¿Estaba equivocada? ¿Por qué era tan ingenuo pretender comprender a las mujeres chinas?

Hablé a un amigo que trabajaba en la universidad de la advertencia del viejo Chen.

– Xinran -me dijo-, ¿alguna vez has estado en una fábrica de bizcochos?

– No -contesté, confundida.

– Pues yo sí. Por eso nunca como bizcocho.

Él me sugirió que hiciera una visita a una fábrica para que descubriera por mí misma lo que intentaba decirme.

Soy impaciente por naturaleza, por lo que a la mañana siguiente, a las cinco, me dirigí a una pastelería pequeña pero que tenía fama de ser muy buena. No había anunciado mi visita, pero no esperaba encontrar problemas para acceder al taller. En China, a los periodistas se los suele llamar «reyes sin corona». Tienen la entrada libre a prácticamente cualquier organización del país.

El gerente de la pastelería no sabía a qué había venido pero estaba impresionado por mi entrega al trabajo: dijo que jamás había conocido a un periodista que se levantara tan temprano para recoger información. Todavía no se había hecho de día. Bajo la débil luz de las farolas de la fábrica, siete u ocho mujeres rompían huevos en una enorme tina. Bostezaban y se aclaraban la voz con un terrible carraspeo. El sonido intermitente de los escupitajos me hizo sentir incómoda. Una de las mujeres tenía yema de huevo por toda la cara, lo más probable era que fuese por haberse sonado la nariz y no por algún extraño tratamiento de belleza. Vi a dos obreros añadiendo condimentos y colorantes a una masa esponjosa que había sido preparada el día anterior. Añadieron los huevos a la mezcla que, posteriormente, vertieron en moldes de papel de estaño que corrían por una cinta transportadora. Cuando los moldes salieron del horno, una docena de mujeres empaquetaron los pastelillos en cajas. Tenían migas en las comisuras de los labios.

Cuando abandoné la fábrica, recordé algo que un compañero periodista me había contado en una ocasión: los lugares más sucios del mundo no son los retretes ni las cloacas, sino las fábricas de alimentos y los comedores. Decidí no volver a comer nunca bizcocho, aunque no conseguí dilucidar la relación que había entre lo que acababa de ver y la cuestión de comprender a las mujeres.

Llamé a mi amigo, que pareció quedar decepcionado por mi falta de percepción.

– Fuiste testigo de lo que esos preciosos pastelillos tuvieron que soportar para convertirse en lo que son. Si sólo los hubieras visto en la tienda, nunca lo habrías sabido. Sin embargo, aunque es posible que consigas describir lo mal dirigida que está la fábrica y la manera en que contraviene la normativa de sanidad, ¿realmente crees que con ello podrás conseguir que la gente deje de comer bizcocho? Lo mismo se da en el caso de las mujeres chinas. Incluso si consigues tener acceso a sus hogares y a sus memorias, ¿realmente crees que serás capaz de juzgar o modificar las leyes según las cuales viven sus vidas? Además, ¿cuántas mujeres se avendrán a renunciar a su amor propio para hablar contigo? Me temo que pienso que tu colega es realmente sabio.