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Desde luego, el viejo Chen y mi amigo de la universidad tenían razón en una cosa. Sería muy difícil encontrar a mujeres dispuestas a hablar libremente conmigo. Para las mujeres chinas, el cuerpo desnudo es motivo de vergüenza, no de orgullo, no se considera bello. Lo mantienen tapado. Pedir a las mujeres que me permitieran entrevistarlas sería lo mismo que pedirles que se quitaran la ropa. Me di cuenta de que tendría que buscar formas más sutiles para investigar sus vidas.
Las cartas que recibía de mis oyentes, llenas de anhelos y de esperanza, se convirtieron en mi punto de partida. Pregunté a mi jefe si podía añadir una sección especial al final de mi programa, una especie de consultorio en el que poder discutir, o tal vez leer, algunas de las cartas recibidas. No se opuso a la idea; él también deseaba saber lo que pensaban las mujeres chinas y así buscar una solución a la tensa relación que mantenía con su esposa. Sin embargo, él no podía autorizar personalmente la sección: tendría que dirigir una solicitud a la oficina central. Yo ya estaba más que familiarizada con el procedimiento: las diferentes categorías de burócratas de la emisora no eran más que simples recaderos glorificados, sin poder ejecutivo. Los altos escalafones de la jerarquía eran los que tenían la última palabra.
Seis semanas más tarde me devolvieron la solicitud de la oficina central, engalanada con cuatro sellos de lacre rojo que confirmaban la aprobación. La duración de la sección propuesta había sido recortada a diez minutos. Aun así, sentí que me había llovido maná del cielo.
El impacto que tuvo mi consultorio femenino de diez minutos fue mucho mayor de lo que cabía esperar: el número de cartas de los oyentes se incrementó hasta tal punto que empecé a recibir más de cien al día. Tuve que solicitar la ayuda de seis estudiantes universitarios para poder leer todo el correo que me llegaba. También los asuntos tratados en las cartas empezaron a ser más variados. Los testimonios que leí provenían de todo el país, se habían desarrollado en muchos momentos distintos a lo largo de los últimos setenta años, y correspondían a mujeres de realidades sociales, culturales y profesionales muy diversas. Revelaban mundos que habían estado ocultos para la gran mayoría de la población, incluida yo misma. Las cartas me conmovieron profundamente. Muchas de ellas llegaban acompañadas de detalles personales, como por ejemplo flores, hojas y cortezas prensadas y labores de ganchillo.
Una tarde, al volver al despacho, encontré un paquete y una nota del portero sobre mi mesa. Por lo visto, una mujer de unos cuarenta años había traído el paquete a la emisora y le había pedido al portero que me lo entregara a mí. No había dejado ni nombre ni dirección. Varios compañeros me recomendaron que entregara el paquete al departamento de seguridad para que lo examinaran antes de abrirlo, pero me resistí a hacerlo. Sentía que el destino no podía someterse a segundas consideraciones y un fuerte impulso me empujó a abrir el paquete de inmediato. Dentro encontré una vieja caja de zapatos, con un hermoso dibujo de una mosca humana en la tapa. Los colores casi se habían borrado. Alguien había escrito una frase junto a la boca de la mosca: «Sin primavera, las flores no pueden florecer; sin propietario, esta caja no podrá abrirse». La tapa estaba cerrada con un candado perfectamente colocado.
Vacilé. ¿Debía o no debía abrirla? Entonces descubrí una notita que sin duda había sido pegada hacía muy poco rato: «¡Xinran, por favor, abre esta caja!»
La caja estaba llena de hojas de papel amarillentas y descoloridas. Escritas de arriba abajo, las hojas no eran del mismo tamaño, forma ni color. La mayor parte eran pedazos de papel sueltos, del tipo que se utiliza para los historiales médicos. Parecía un diario. También había una gruesa nota de entrega certificada. Estaba dirigida a Yan Yulong, de un cierto equipo de producción de la provincia de Shandong, y el remitente era una tal Hongxue, que daba como dirección un hospital de la provincia de Henan. El sello de correos estaba fechado el 24 de agosto de 1975. Estaba abierta, y en la parte superior aparecían estas palabras: «Xinran, te ruego respetuosamente que leas cada palabra. Una fiel oyente.»
Puesto que no tenía tiempo para hojear las notas antes de iniciar la emisión, decidí leer primero la carta:
Querida Yulong:
¿Estás bien? Siento no haberte escrito antes, realmente no hay razón alguna para no haberlo hecho, pero es que tengo demasiadas cosas que contarte y no sé por dónde empezar. Espero que puedas perdonarme.
Ya es demasiado tarde para pedirte que perdones mi terrible e irrevocable error, pero sigo queriendo pedirte, querida Yulong, que me perdones.
En tu carta me planteaste dos preguntas: ¿por qué te muestras esquiva a ver a tu padre? y ¿qué te llevó a dibujar una mosca y por qué la hiciste tan bella?
Querida Yulong, ambas preguntas me resultan muy, pero muy dolorosas, pero intentaré contestarlas.
¿Qué muchacha no quiere a su padre? Un padre es un gran árbol que ofrece cobijo a la familia, la viga que soporta la estructura de una casa, el guardián de su esposa e hijos. Pero yo no quiero a mi padre. Lo odio.
En el día de Año Nuevo del año en que cumplí once me levanté de la cama muy temprano y descubrí que sangraba inexplicablemente. Me asusté tanto que empecé a llorar. Mi madre, que acudió a mi lado al oírme llorar, me dijo:
– Hongxue, ya eres una mujer.
Nadie -ni siquiera mi madre- me había hablado nunca de la condición femenina. En el colegio nadie había hecho preguntas tan vergonzosas. Aquel día, mamá me dio algunos consejos básicos para hacer frente a la hemorragia, pero, por lo demás, no me explicó nada. Yo estaba emocionada, ¡me había convertido en mujer! Estuve corriendo por el patio, dando brincos y bailando, durante tres horas. Incluso me olvidé por completo del almuerzo.
Un día del mes de febrero en el que nevaba con insistencia, mi madre había salido para hacerle una visita a una vecina. Mi padre había vuelto a casa de la base militar en una de sus escasas visitas. Me dijo:
– Tu madre me ha contado que te has hecho mayor. Ven, quítate la ropa y deja que papá vea si es verdad.
– Yo no sabía qué era lo que pretendía ver y hacía tanto frío que no quería desnudarme.
– ¡Rápido! ¡Papá te ayudará! -me dijo, a la vez que me quitaba la ropa con gran destreza.
Su comportamiento era diametralmente opuesto a su habitual lentitud. Frotó todo mi cuerpo con sus manos mientras me preguntaba una y otra vez:
– ¿Se han puesto duros esos pezoncillos? ¿De aquí te salió la sangre? ¿Esos labios van a besar a papá? ¿Te gusta que papá te toque así?
Me moría de vergüenza. Desde que tenía uso de razón no recordaba haber estado desnuda delante de nadie, salvo en los baños públicos para mujeres. Mi padre se dio cuenta de mis escalofríos. Me dijo que no tuviera miedo y me advirtió que no le contara nada a mamá.
– Nunca has gustado a tu madre -me dijo-. Si descubre que te quiero tanto, no querrá saber nada de ti.
Ésta fue mi primera «experiencia femenina». Luego sentí náuseas.
A partir de entonces, en cuanto mi madre salía de la habitación, mi padre me acorralaba detrás de la puerta y me toqueteaba todo el cuerpo. Cada día que pasaba tenía más miedo de su «amor».
Más tarde trasladaron a mi padre a otra base militar. Mi madre no pudo acompañarlo debido a su trabajo. Dijo que estaba agotada tras haber tenido que criarnos a mí y a mi hermano, y que quería que mi padre se hiciera cargo de sus responsabilidades por un tiempo. Y así fue como mi hermano y yo fuimos a vivir con mi padre.
Había ido a parar a la guarida del lobo.
Cada mediodía, desde el día en que dejamos a mi madre, mi padre se metía en mi cama cuando estaba haciendo la siesta. Cada uno tenía su habitación en un dormitorio colectivo, y mi padre solía utilizar la excusa de que mi hermano pequeño no quería hacer la siesta y así dejarlo en la calle.
Durante los primeros días se limitó a toquetearme. Más tarde empezó a forzar su lengua dentro de mi boca. Luego empezó a aguijonearme con la parte dura de la parte inferior de su cuerpo. Solía meterse en mi cama como una serpiente, sin importarle que fuera de día o de noche. Usaba las manos para separar mis muslos y pasar el rato conmigo. Incluso me introducía los dedos.
Por entonces ya había dejado de pretender que se trataba de «amor paterno». Me amenazó diciéndome que si se lo decía a alguien, tendría que soportar el escarnio público y desfilar por las calles con paja sobre la cabeza, pues yo ya era lo que la gente solía llamar un «zapato usado».
Mi cuerpo, que maduraba a pasos forzados, lo excitaba aún más si cabe de día, mientras mi temor crecía. Instalé una cerradura en la puerta de mi dormitorio, pero a él poco le importaba despertar a todos los vecinos aporreando la puerta hasta que yo la abría. A veces engañaba a los demás ocupantes del dormitorio para que lo ayudaran a forzar la puerta, o les contaba que tenía que entrar por la ventana para recoger alguna cosa porque mi sueño era muy profundo. A veces era mi hermano quien lo ayudaba, sin darse cuenta de lo que estaba haciendo. Por tanto, sin reparar en si había cerrado la puerta con llave o no, se introducía en mi habitación a la vista de todo el mundo.
Cuando oía los golpes en la puerta, a menudo el miedo me paralizaba y no podía más que acurrucarme envuelta en mi edredón, temblando. Los vecinos me decían entonces:
– Dormías tan profundamente que tu padre ha tenido que meterse por la ventana para recoger sus cosas. ¡Pobre hombre!
Tenía miedo de dormir en mi habitación, ni siquiera me atrevía a estar sola en ella. Mi padre se dio cuenta de que cada vez buscaba más excusas para salir, por lo que se inventó una norma: debía estar de vuelta en casa antes del almuerzo. Sin embargo, a menudo caía desplomada incluso antes de haber terminado de comer, porque mi padre metía pastillas de dormir en mi comida. No había manera de protegerme.
Muchas veces pensé en quitarme la vida, pero no podía soportar la idea de abandonar a mi hermanito, que no tenía a nadie a quien recurrir. Empecé a estar cada vez más delgada, y de pronto caí gravemente enferma.
La primera vez que ingresé en el hospital militar, la enfermera que estaba de servicio contó al especialista, el doctor Zhong, que mi sueño estaba muy alterado, que empezaba a temblar en cuanto escuchaba el más mínimo ruido. El doctor Zhong, que desconocía los hechos, dijo que se debía a la fiebre tan alta que tenía.
Sin embargo, aun estando peligrosamente enferma, mi padre acudió al hospital y se aprovechó de mí mientras llevaba el gota a gota puesto y no podía moverme. En una ocasión, al verlo entrar en la habitación, empecé a chillar descontroladamente, pero, cuando la enfermera acudió corriendo, mi padre se limitó a decirle que yo tenía un temperamento muy fiero. La primera vez sólo pasé dos semanas en el hospital. Cuando volví a casa, descubrí un morado en la cabeza de mi hermano y manchas de sangre en su abriguito. Me contó que mientras yo estuve ingresada en el hospital, papá estuvo de un humor de perros y le había pegado con cualquier excusa. ¡Aquel mismo día, la enfermiza bestia de mi padre apretó mi cuerpo -todavía desesperadamente endeble y débil- contra el suyo y me susurró que me había echado mucho de menos!
No podía parar de llorar. ¿Éste era mi padre? ¿Sólo había tenido hijos para satisfacer sus deseos animales? ¿Por qué me había dado la vida?
Mi experiencia en el hospital me había mostrado un camino para seguir viviendo. Por lo que a mí se refería, las inyecciones, las pastillas y los análisis de sangre eran preferibles a la vida al lado de mi padre. Así fue como empecé a autolesionarme, una y otra vez. En invierno solía remojarme en agua fría y luego salía a la nieve y al frío. En otoño tomaba comida caducada. Una vez, llevada por la desesperación, alargué el brazo para intentar que un pedazo de hierro que caía me seccionara la mano izquierda por la muñeca. (De no haber sido por un trozo de madera blanda que llevaba por debajo, sin duda hubiera perdido la mano.) En aquella ocasión me gané sesenta noches de seguridad. Entre las lesiones que me provocaba y las drogas que me hacían tomar crecí extremadamente delgada.
Más de dos años después mi madre consiguió un traslado y se vino a vivir con nosotros. Su llegada no afectó en lo más mínimo el deseo obsceno que mi padre sentía por mí. Decía que el cuerpo de mi madre estaba viejo y marchito y que yo era su concubina. Mi madre parecía desconocer la situación hasta que un día, a finales del mes de febrero, cuando mi padre me estaba azotando por no haberle comprado algo que quería, le grité por primera vez en mi vida, atrapada entre la tristeza y la ira:
– ¿Quién te has creído que eres? ¡Pegas a quien te da la gana, maltratas a todo el mundo como quieres!
Mi madre, que nos observaba desde un lado, me preguntó a qué me refería. En cuanto abrí la boca, mi padre dijo, mirándome fieramente:
– ¡No digas tonterías!
Había llegado al límite y conté la verdad a mi madre. Vi que estaba terriblemente trastornada. Sin embargo, apenas unas horas más tarde, mi «razonable» madre me dijo:
– Tendrás que aguantarlo por la seguridad de toda la familia. Si no, ¿qué será de nosotros?
Mis esperanzas se vieron frustradas por completo. Mi propia madre me quería persuadir de que soportara los abusos de mi padre, su marido. ¿Dónde estaba la justicia en todo aquello?
Aquella noche me subió la fiebre hasta los 40º. Me volvieron a llevar al hospital, donde he permanecido hasta ahora. Esta vez no tuve que hacer nada por provocar la enfermedad. Sencillamente sufrí un colapso. Mi corazón se había colapsado. No tengo la menor intención de volver a lo que los demás llaman hogar.
Querida Yulong, ésta es la razón por la que no deseo ver a mi padre. ¿Qué clase de padre es? Mantengo la boca cerrada por mi hermano pequeño y mi madre (aunque ella no me quiere); sin mí siguen siendo la familia de antes.
¿Por qué dibujé una mosca, y por qué la hice tan bella?
Porque echo de menos a una madre y a un padre de verdad; a una familia en la que poder ser niña y llorar en los brazos de mis progenitores; en la que poder dormir sana y salva en mi propia cama; en la que unas manos amorosas acaricien mi cabeza para consolarme después de una pesadilla. Desde mi más tierna infancia, jamás he sentido este amor. Lo esperaba y anhelaba con todas mis fuerzas, pero nunca lo tuve, y ya nunca lo tendré, pues tan sólo tenemos una madre y un padre.
Una vez, una pequeña y adorable mosca me enseñó el roce de unas manos cariñosas.
Querida Yulong, no sé qué haré después de esto. Tal vez iré a cuidarte, y a ayudarte como pueda. Sé hacer muchas cosas, y no tengo miedo a las privaciones, siempre y cuando pueda dormir tranquila. ¿Te importa que vaya a verte? Por favor, escríbeme y hazme saber tu decisión.
Me gustaría saber cómo estás. ¿Todavía practicas el ruso? ¿Tienes medicinas? Vuelve el invierno y tienes que cuidarte.
Espero que me des una oportunidad de hacer las paces contigo y de hacer algo por ti. No tengo familia, pero espero poder ser una hermana pequeña para ti.
¡Te deseo felicidad y salud de todo corazón!
Te echo de menos.
Hongxue, 23 de agosto de 1975
Esta carta me conmovió profundamente y me resultó muy difícil mantener la compostura durante la emisión de la noche. Más tarde, muchos oyentes me escribieron preguntándome si había estado enferma.
Después de que hubiera finalizado mi programa, llamé a unos amigos para pedirles que pasaran por mi casa y vieron si mi hijo y su niñera estaban bien. Luego me acomodé en la oficina vacía y ordené los recortes. Y fue entonces cuando leí el diario de Hongxue.
27 de febrero. Nieve abundante
¡Qué feliz soy hoy! Mi deseo ha vuelto a cumplirse: He vuelto al hospital.
Esta vez no ha resultado tan duro, ¡pero ya sufro mucho, tal como están las cosas!
Quiero dejar de pensar. «¿Quién soy? ¿Qué soy?» Estas preguntas no sirven de nada, como todo lo demás en mí: mi cerebro, mi juventud, mi ingenio y mis ágiles dedos. Ahora lo único que deseo es dormir larga y profundamente.
Espero que los médicos y las enfermeras se muestren un poco flexibles y no inspeccionen las salas con demasiada diligencia en sus rondas de esta noche.
La habitación del hospital es cálida y confortable para escribir en ella.
2 de marzo. Soleado
La nieve se ha fundido muy rápidamente. Ayer por la mañana todavía estaba de un blanco impoluto; hoy, cuando salí del edificio, la poca nieve que quedaba se había tornado amarilla y sucia, manchada como los dedos de mi compañera de habitación, la vieja madre Wang, que fuma como una chimenea.
Me encanta cuando nieva densamente. Todo está blanco y limpio; el viento esboza dibujos en la superficie de la nieve, los pájaros saltarines dejan sus huellas y la gente también deja, involuntariamente, hermosas huellas en la nieve. Ayer salí varias veces a hurtadillas. El doctor Liu y la supervisora de las enfermeras me regañaron: «¡Debes de estar loca, salir así con la fiebre que tienes! ¿Acaso pretendes quitarte la vida?» No me importa lo que me digan. Puede que sus lenguas sean duras, pero yo sé que en el fondo son personas muy dulces.
Es una pena que no tenga una cámara. Sería bueno poder hacer una foto del paisaje cubierto de nieve.
17 de abril. Brilla el sol (¿se levantará el viento más tarde?)
Hay una paciente aquí que se llama Yulong: su reuma crónico la lleva al hospital varias veces al año. La enfermera Gao siempre chasquea la lengua con simpatía, preguntándose cómo una chica tan guapa y lista puede haber atrapado una enfermedad tan molesta.
Yulong me trata como a una querida hermana pequeña. Cuando ella está ingresada suele hacerme compañía en el patio siempre que me permiten abandonar la habitación. (Los pacientes tenemos prohibido visitar otras secciones. Temen que podamos infectarnos mutuamente o que pueda afectar al tratamiento.) Jugamos al voleibol, al bádminton o al ajedrez; o charlamos. No quiere que me quede sola. Cuando tiene algo bueno que comer o algo a lo que jugar, siempre lo comparte conmigo.
Otra razón por la que me gusta Yulong es que es muy guapa. Hace mucho tiempo oí a alguien decir que, después de un tiempo, los amigos empiezan a parecerse. Si yo pudiera tener la mitad de la belleza de Yulong, estaría más que satisfecha. No soy la única que aprecia a Yulong: todo el mundo la quiere. Si ella necesita que le hagan algo, todos se muestran dispuestos a ayudarla. También le hacen favores especiales que no hacen a los demás. Por ejemplo, a ella le cambian las sábanas dos veces por semana en lugar de una sola vez, se le permite recibir visitas en la habitación y nunca tiene que esperar a que la atiendan las enfermeras. Los enfermeros siempre encuentran alguna excusa para visitar su habitación. También estoy convencida de que a Yulong le ofrecen mejor comida que a los demás.
Realmente la envidio. Como dice la vieja madre Wang, su rostro es su fortuna. Sin embargo, a la vieja madre Wang no le gusta Yulong. Dice que es como el zorro de las leyendas, que se sirve de tretas para conducir a los hombres a la muerte.
Me levanté secretamente para escribir, pero la doctora Yu me descubrió en su ronda. Me preguntó si tenía hambre y me invitó a un tentempié nocturno. Me dijo que el estómago lleno me ayudaría a conciliar el sueño.
En la sala de guardia, la enfermera Gao encendió la cocina y se puso a preparar fideos con cebollas tiernas fritas. De pronto se fue la luz. La única luz provenía de la cocina. La doctora Yu se apresuró a visitar a los pacientes con una linterna. La enfermera Gao siguió cocinando. Parecía estar acostumbrada a trabajar en la oscuridad y pronto el aroma a cebollas fritas inundó la estancia. La simpática enfermera Gao sabía que me encantan las cebollas fritas, por lo que retiró dos cucharadas especialmente para mí. Pronto volvió la luz y la doctora Yu volvió a la sala y las tres nos sentamos a comer. Mientras disfrutaba de la segunda cucharada conté a la doctora Yu cómo la enfermera Gao me había mimado seleccionando las mejores cebollas para mí.
De repente, la doctora Yu apartó mi cuchara y me preguntó:
– ¿Te has tragado alguna?
Asentí con la cabeza, perpleja:
– Ésta es mi segunda cucharada.
La enfermera Gao también estaba confusa:
– ¿Qué pasa? ¿Por qué nos asustas de esta manera?
La doctora Yu señaló preocupada hacia las cebollas derramadas en el suelo. Entre las cebollas tiernas aparecieron innumerables moscas muertas, crujientes después de la fritura. El calor y la luz de la cocina habían atraído a las moscas. Debilitadas por el frío del invierno, se habían caído en la sartén. Nadie se había dado cuenta en medio de la oscuridad.
La doctora Yu y la enfermera Gao eran buenas profesionales sanitarias; rápidamente encontraron una medicina que solucionaría el problema. Ellas se tomaron dos pastillas cada una y a mí me dieron cuatro, tragadas con un poco de solución de glucosa. Los fideos que instantes antes habían despedido un aroma tan maravilloso fueron arrojados al váter. Intentaron convencerme de que no enfermaría.
Mi cabeza está llena de las moscas que tragué ayer. ¿Había roto sus huesos y aplastado sus cuerpos con mis dientes? ¿O me las había tragado enteras?
¡Dios mío! ¡Al menos he escrito una historieta divertida!
21 de abril. Sirimiri
He decidido tener una mosca bebé como mascota.
El domingo pasado no tenía ningún gota a gota puesto, por lo que dormí hasta que me despertó un leve estremecimiento sobre la piel. Medio despierta, la pereza me impidió moverme y me quedé tendida pensando a qué se debería aquella sensación. Fuera lo que fuese lo que la había causado, seguía allí, moviéndose afanosamente arriba y abajo por mi pierna, pero no me asustó ni molestó lo más mínimo. Sentí como si un par de manitas me estuvieran acariciando dulcemente. Me sentí muy agradecida por aquel par de manitas y quise saber a quién pertenecían. Abrí los ojos y miré.
¡Era una mosca! ¡Qué horror! ¡Las moscas están cubiertas de suciedad y de gérmenes!
Pero nunca pensé que las patas de una mosca pudieran ser tan suaves y dulces al tacto, aunque estuvieran sucias.
Durante varios días estuve esperando aquellas «manitas», pero nunca volvieron.
Mientras me hacían una radiografía tras un preparado de sulfato de bario tomado por la mañana, me acordé súbitamente de la vez que visité el laboratorio del hospital y de los animalitos que los doctores criaban para sus experimentos médicos. ¡Podía criar una mosca limpia! Encontraría una mosca bebé y la mantendría en mi mosquitero.
25 de abril. Nublado
Resulta muy difícil encontrar una mosca bebé. El mundo está lleno de moscas grandes zumbando por todos lados, que aterrizan sobre las cosas más sucias y malolientes, pero no me atrevo a tocarlas. Me gustaría pedirle consejo al doctor Zhong. Es experto en biología y sin duda sabrá dónde encontrar una cría de mosca. Pero si se lo pregunto, creerá que estoy loca.
8 de mayo. Soleado
Estoy tan cansada, tan terriblemente cansada…
Hace dos días, finalmente, cacé una cría de mosca. Es muy pequeña. Estaba luchando por desprenderse de una telaraña en un pequeño manzano entre los matorrales que hay detrás de la cantina. Cubrí la mosca y la telaraña con una bolsa de gasa hecha de una mascarilla y me la llevé a la habitación. Cuando pasaba junto a la sala de tratamientos, el enfermero Zhang me preguntó qué había cazado. Solté lo primero que me vino a la mente: que era una mariposa. Luego corrí a mi habitación y me sumergí en la mosquitera. En cuanto estuve dentro, abrí la bolsa de gasa. Para mi sorpresa, las fibras de la gasa habían despegado la telaraña y la cría de mosca pudo moverse libremente. Pensé que estaría muy cansada y hambrienta después de haber estado atrapada durante Dios sabe cuánto tiempo, por lo que salí corriendo hacia la sala de guardia, robé un pedacito de gasa y lo empapé de glucosa. Luego corrí a la cocina y saqué un pedazo de carne de la cazuela donde guardaban los restos. Cuando volví a mi mosquitera, la cría de mosca no parecía haberse movido. Sus minúsculas alas se agitaban débilmente; parecía hambrienta y cansada. Envolví el pedacito de carne en la gasa azucarada y la acerqué suavemente a la cría de mosca. Sólo entonces oí el traqueteo del carro de la medicina. Era la hora del tratamiento de la tarde. Tenía que encontrar algo con lo que cubrir a la mosca; no podía permitir que la descubrieran. Me gusta coleccionar pequeños recipientes, por lo que me resultó fácil encontrar una caja con una tapa transparente donde meter la mosca y su «nido» de gasa. Acababa de conseguirlo cuando el enfermero Zhang entró con su carro.
El enfermero Zhang dijo:
– ¿Qué ha sido de tu mariposa? Veamos si es o no bonita.
– P… p… p… pensé que no era tan bonita y dejé que se escapara -mentí entre tartamudeos.
– No importa. La próxima vez te cazaré una que sea bonita -dijo él para consolarme.
Le di las gracias, aunque apenas podía esperar a que acabase y se fuese. Estaba preocupada por mi cría de mosca.
Resulta mucho más difícil cuidar a una cría de mosca que a un gatito. A todo el mundo le gustan los gatitos, por lo que, si tienes uno, hay mucha gente que se ofrece para ayudarte. Pero a nadie le gustan las moscas. Temo que alguien la mate o que se escape. No me he atrevido a salir a hacer ejercicio en los últimos días, porque tengo miedo de que la cría pueda tener un accidente. Me preocupa que los médicos y las enfermeras puedan ahuyentarla. Escucho sus pasos y saco el brazo del mosquitero antes de que les haya dado tiempo a entrar, para que puedan tomarme el pulso y la temperatura sin levantar la red. Así ha sido cada día durante los últimos días. Estoy realmente cansada.
De todos modos, es mucho mejor que dormir en casa. Además, mi cría de mosca tiene mucho mejor aspecto ahora. Crece muy lentamente, apenas parece crecer. Pero eso está bien, no me gustan nada esas enormes moscas de cabeza verde. La cría de mosca siempre aterriza sobre mí; me encanta notar esa agradable, a veces cosquilleante sensación sobre la piel. También me gusta cuando juega en mis mejillas, pero no le permito que me bese.
11 de mayo. Soleado
No me han tenido que poner el gota a gota durante los últimos días. El doctor Zhong dice que me tendrán unos cuantos días más en observación y que me someterán a un nuevo tratamiento. No me importa lo que hagan, siempre y cuando pueda quedarme aquí y no tenga que irme a casa.
Mi cría de mosca es maravillosa.
Le he hecho una casa donde pueda estar segura y a la vez moverse: se trata de una cubierta de gasa, del tipo que utilizan en la cantina para cubrir la comida. El jefe de cocina me la dio porque le dije que llevaría puesto un gota a gota cada día y que no podría comer a las horas convenidas y que necesitaba algo para evitar que las moscas y los bichos se pasearan por mi comida. El jefe de cocina es una buena persona. Estuvo de acuerdo conmigo enseguida, e incluso me cosió una bolsita de gasa para que guardara en ella los boles y los cubiertos limpios. Y, de esta manera, la mosquita tiene su propia casa especial, pero lo más importante es que está muy segura allí dentro. Nadie puede siquiera imaginar que haya una mosca dentro de una cubierta antimoscas. Además, no me veo obligada a recurrir a la cantina en busca de comida para ella: puede disfrutar del arroz y las verduras conmigo.
Vuelvo a poder dormir en paz.
Hoy el día ha amanecido maravillosamente soleado. He metido la mosca en su casa, a los pies de mi cama, y le he pedido prestada la lupa a la vieja madre Wang para poder ver cómo come azúcar.
La mosca parece un anciano tras la lupa. ¡Es muy peluda! Me he asustado tanto al verla que he tenido que retirar la lente de aumento. No quiero verla tan fea. A simple vista es tan mona… Su cuerpo es minúsculo, es imposible dilucidar si es gris, parda o negra (a lo mejor es estampada); sus alas brillan bajo el sol como dos pequeños diamantes; sus patas son tan delgadas que me recuerdan a las de un bailarín; sus ojos son como pequeñas bolas de cristal. Nunca he logrado encontrar sus pupilas; nunca parece mirar nada.
Mi cría de mosca tiene realmente un aspecto divertido sobre la gasa azucarada: sus patas delanteras están constantemente ocupadas, moviéndose hacia adelante y hacia atrás, y ella no para de frotárselas, como si estuviera lavándose las manos constantemente.
9 de junio. Nublado, más tarde despejado
El último par de días me he sentido muy débil, pero cuando llega la hora del reconocimiento diario no tengo fiebre ni mi tensión arterial es especialmente baja. Hoy apenas podía ver la pluma jugando al bádminton con Yulong; de hecho, en una ocasión estuve a punto de desmayarme al intentar devolver su saque. Mi visión se ha nublado, todo parece estar envuelto por un párpado. Afortunadamente, el doctor Zhong estaba de servicio. Cuando le expliqué mi situación, me dijo que tendría que volver al hospital central para que me hicieran otro análisis de sangre.
Bueno, no escribiré más. Veo doble.
Tampoco soy capaz de ver a mi mosquita adecuadamente. Es demasiado pequeña. Hoy parece que haya dos en lugar de una.
El enfermero Zhang me dijo que hoy me traería algo bonito, pero estoy a punto de acostarme y todavía no ha venido. Debe de haber querido tomarme el pelo. No voy a escribir nada más, tengo demasiado sueño. Buenas noches, querido diario.
11 de junio. ?
Hace apenas un instante que he dejado de llorar. Nadie sabía por qué lloraba. Los médicos, las enfermeras y los demás pacientes, todos creyeron que tenía miedo a morir. Lo cierto es que no tengo miedo a morir, la vieja madre Wang dice que «la vida y la muerte están separadas por un hilo». Creo que debe de ser cierto. La muerte debe de ser como un sueño; y a mí me gusta dormir y estar lejos de este mundo. Además, en caso de que muriera, ya no tendría que preocuparme por que me envíen a casa. Tan sólo tengo diecisiete años, pero creo que es una buena edad para morir. Seré joven para toda la eternidad y nunca me convertiré en una anciana como la vieja madre Wang, con un rostro atravesado por las arrugas.
Lloraba porque mi cría de mosca ha muerto.
La tarde de anteayer apenas había escrito unas líneas en mi diario, cuando de pronto me sentí tan mareada que fui incapaz de seguir. Me levanté para ir al baño, y, cuando estaba a punto de volver a meterme en la cama, vi un par de ojos demoníacos mirándome fijamente desde la cabecera de mi cama. Sentí tanto miedo que empecé a gritar y me desmayé.
El doctor Liu me contó que estuve delirando durante más de seis horas, gritando algo sobre moscas, demonios y ojos. La vieja madre Wang dijo a los demás pacientes que estaba poseída, pero la supervisora de las enfermeras le pidió que dejara de decir bobadas.
El doctor Zhong conocía la razón de mi desfallecimiento y dio una terrible reprimenda al enfermero Zhang. El enfermero Zhang se había pasado horas intentando cazar una enorme y abigarrada mariposa que quería regalarme. Había clavado la mariposa a la cabecera de mi cama, esperando darme una bonita sorpresa, sin imaginar siquiera que podía provocarme un gran susto.
Mientras estuve delirando no pude cuidar de mi cría de mosca. En ese tiempo, alguien había dejado algunas cosas sobre mi mesa camilla, y había aplastado a mi mosquita en el interior de su bolsa de gasa. Me costó mucho encontrarla, pero, cuando finalmente lo hice, su cuerpecito ya se había secado.
Pobre mosquita, murió incluso antes de haber alcanzado la edad adulta.
Deposité suavemente a la mosquita en una caja de cerillas que hacía bastante tiempo que guardaba. Saqué un poco de relleno de algodón de mi bata y rellené la cajita con él. Quería que mi mosquita durmiera más cómodamente.
Mañana enterraré a la mosquita en el bosque que hay en la colina, detrás del hospital. No lo visita demasiada gente, es un lugar muy tranquilo.
12 de junio. Encapotado, luego nublado
Esta mañana el cielo estaba oscuro y encapotado. También las salas estaban pesadamente grises: todo a mi alrededor reflejaba mis sentimientos. Estuve constantemente al borde del llanto, pensando en la mosquita que ya nunca volvería a jugar conmigo.
El doctor Zhong dice que el número de glóbulos blancos en mi sangre es demasiado bajo, y que por eso me siento débil. A partir de hoy me administrarán tres botellas de una nueva medicina a través del gota a gota. Cada botella es de 500 ml y tarda dos horas en ser administrada; por tanto, tres botellas tardarán alrededor de seis horas en vaciarse. Será muy duro estar aquí sola, contando cada gota de medicina. Echaré de menos a mi mosquita.
Por la tarde salió el sol con indecisión, pero siguió escondiéndose detrás de las nubes. No sé si jugaba al escondite maliciosamente o si estaba demasiado enfermo o le daba pereza arrojar sus rayos sobre nosotros. ¿A lo mejor también su corazón estaba dolido por el destino de la mosquita y lloraba en secreto?
No acabé las botellas hasta después de la cena, pero no tenía demasiado apetito. Quería enterrar a mi mosquita mientras todavía hubiera luz.
Envolví la caja de cerillas en mi pañuelo favorito y, tomando el camino más largo para evitar la sala de guardia, me escabullí por la puerta del hospital y me dirigí al bosquecillo. Escogí un lugar cerca de una roca que podría contemplarse desde el pie de la colina y decidí enterrar la mosca allí. Quería utilizar la roca como lápida, de manera que pudiera verla fácilmente desde la entrada trasera del hospital. El suelo estaba muy duro, así que no sirvió de nada cavar con las manos. Intenté utilizar una ramita, pero era difícil y por tanto decidí buscar una rama más gruesa. Dejé la caja de cerillas sobre la roca y trepé colina arriba en busca de una.
De pronto oí a alguien respirar profundamente, y luego un extraño grito lastimero. Poco después vi a una mujer y a un hombre rodando entrelazados por una parcela de hierba en medio del bosque. No pude verlos con claridad, pero parecían estar luchando. Su respiración sonaba como el último suspiro de una persona agonizante.
Empecé a temblar de miedo. No sabía qué hacer: había visto escenas como aquélla en las películas, pero jamás en la vida real. Sabía que estaba muy débil y que no tenía la fuerza suficiente para ayudar a la mujer que tenía que vérselas a solas con el hombre. Pensé que lo mejor sería buscar ayuda. Tomé rápidamente la caja de cerillas -no podía dejar sola a mi cría de mosca- y volví corriendo al hospital.
La primera persona que vi al alcanzar el pie de la colina fue la supervisora de las enfermeras, que había estado buscándome cerca de la entrada del hospital. Yo estaba tan cansada y resoplaba con tanta fuerza que me resultó imposible decir nada, aunque sí logré señalar en dirección a la colina. El doctor Zhong, que acababa de finalizar su guardia y estaba a punto de abandonar el hospital, salió y me preguntó qué había pasado.
No sabía qué decir para hacerles comprender:
– ¡Creo que alguien va a morir!
El doctor Zhong salió corriendo en dirección a la colina y la supervisora me administró oxígeno. Estaba tan exhausta que me dormí mientras lo inhalaba.
Cuando desperté, me dirigí a la sala de guardia. Quería saber si la mujer del bosque se había salvado y cómo se encontraba.
Extrañamente, la enfermera Gao, que estaba de guardia, no me contó nada. Se limitó a darme unas palmaditas en la cabeza y dijo:
– ¡Oh, tú…!
– ¿Qué pasa conmigo?
Me sentí muy enojada. Todavía no sé qué ocurrió.
13 de junio. Soleado
He encontrado un lugar seguro para la cría de mosca: una de las enfermeras me regaló una caja de bombones de licor esta tarde. Me encantan los bombones de licor: me gusta hacerles dos agujeros con una aguja y luego sorberles el licor (no puedes sorberlo si sólo les haces un agujero). Hoy, mientras lo hacía, tuve una idea repentina. Podía introducir la cría de mosca en un bombón de licor vacío y meterlo en la nevera de la sala de guardia (la supervisora me ha dicho que puedo usarla para conservar comida). Así pues, puse la cría de mosca en un bombón de licor, que sin duda habría disfrutado comiéndose. De este modo podré visitarla a menudo.
¿A que soy ingeniosa? Al menos eso creo.
23 de junio. Calor y mucho viento
Mañana darán de alta a Yulong. No quiero que se vaya. Claro que es bueno para ella abandonar el hospital.
¿Qué puedo darle como regalo de despedida?
24 de junio. Calor y humedad
Yulong se ha ido. No he podido despedirme de ella porque llevaba un gota a gota. Justo antes de marcharse le dieron permiso para entrar en mi habitación y decirme adiós. Acarició mi mano, que estaba cubierta de pinchazos de aguja, y me habló afectuosamente. Me aconsejó que no me lavara las manos en agua fría, sino que las remojara en agua caliente para que los vasos sanguíneos se curaran con mayor rapidez.
También me regaló un par de guantes que había tejido especialmente para mí. En realidad, había pensado regalármelos más tarde, cuando llegara el invierno. Echó un vistazo a mi habitación, llena de instrumental médico, y me elogió por lo ordenada y limpia que la mantenía.
Le pregunté si sabía lo que había pasado con la mujer de la colina. No sabía de qué le hablaba, por lo que le conté lo que había visto. Yulong se quedó muy callada y sus ojos se llenaron de lágrimas.
Le regalé un dibujo que había hecho de una bella cría de mosca y que luego había enmarcado con caucho viejo, pedazos de celofán y cartulina. Yulong me dijo que nunca había visto una mosca tan bien dibujada, y también elogió la originalidad del marco.
Me despedí de ella deseándole lo mejor, aunque secretamente deseaba que volviera pronto al hospital para hacerme compañía.
16 de julio. Lluvia
Nunca jamás habría podido imaginar que podría ser la responsable de arruinar la vida de Yulong.
Hoy he recibido una carta de Yulong desde su aldea:
Querida Hongxue:
¿Estás bien? ¿Todavía te administran medicina a través del gota a gota? Tu familia no puede cuidarte y tendrás que aprender a cuidar de ti misma. Afortunadamente, los médicos y las enfermeras del hospital te quieren todos, al igual que los pacientes. Todos esperamos que puedas volver pronto al lugar en el que deberías estar, entre tus familiares y amigos.
Me han expulsado de la academia militar y me han devuelto a mi aldea bajo escolta: todos los aldeanos dicen que he frustrado sus esperanzas.
Nunca te había contado que soy huérfana. Mis padres murieron con muy poco tiempo de diferencia -uno por culpa de una enfermedad y el otro probablemente de hambre- poco después de nacer yo. Los aldeanos se apiadaron de mí y me criaron por turnos. Vivía de la comida de cien familias y crecí vistiéndome con la ropa de cien familias. La aldea era extremadamente pobre. Los aldeanos permitieron que sus propios hijos prescindieran de ir a la escuela para enviarme a mí: fui la primera niña de mi aldea que acudió a la escuela. Hace cuatro años, la academia militar viajó a la región para reclutar a estudiantes entre los campesinos y los trabajadores. El secretario local del Partido me acompañó durante el viaje nocturno al campamento del ejército para pedir a los dirigentes que me admitieran. Les dijo que era el deseo más anhelado por todos los habitantes de nuestra aldea. Los dirigentes narraron mi historia a sus compañeros y al final me concedieron un permiso especial para participar en el adiestramiento práctico y, más tarde, ingresar en la academia militar.
Estudié ruso y comunicaciones militares en la academia, donde prácticamente todos mis compañeros de clase provenían del campo. Puesto que el requerimiento principal para ser admitido en la academia era tener los antecedentes políticos adecuados, había enormes diferencias en cuanto a nuestro nivel educacional. Yo era la mejor estudiante de la clase, porque había asistido un año al instituto de enseñanza media. Además, parece que tengo don de lenguas, pues mis notas de ruso siempre fueron muy buenas. Todos los instructores del departamento decían que yo tenía madera de diplomática y que no tendría ningún problema para convertirme al menos en intérprete. Trabajé duramente y nunca dejé de estudiar, a pesar del reuma que había sufrido desde la infancia. Quería corresponder a la amabilidad de los aldeanos que me habían criado.
Hongxue, hace un año ya no fui capaz de eludir la evidencia de que me había hecho mayor, y fui dolorosamente consciente de ser una mujer madura. Tú todavía no lo entiendes, pero lo entenderás dentro de muy pocos años.
Hermanita, yo era la mujer que tú pretendiste «salvar» en la colina detrás del hospital.
No me estaban haciendo daño, estaba con mi novio…
El doctor Zhong y los demás nos enviaron ante el Departamento de Disciplina Militar. Mi novio fue encarcelado e interrogado, y a mí me enviaron de vuelta al hospital, bajo arresto domiciliario, porque necesitaba tratamiento médico. Aquella noche, mi novio, que tiene un pronunciado sentido del honor, se quitó la vida. Al día siguiente llegaron unos oficiales del Departamento de Disciplina Militar, de la Oficina de Seguridad Pública -así como de otros departamentos, o eso creo- al hospital para investigar. Dijeron que yo había suministrado a mi novio los «medios para cometer el crimen de robarle su vida al Partido y al pueblo para siempre» (dijeron que el suicidio es un crimen). Me negué a declarar que había sido violada y, en cambio, juré amor eterno a mi novio.
El precio que he tenido que pagar por mi amor es ser devuelta a esta pobre aldea y trabajar en el campo. Ahora los aldeanos me rechazan. No sé si hay sitio para mí aquí.
Mi novio era un buen hombre, lo amaba profundamente.
No te escribo esta carta para reprocharte lo que hiciste, nada más lejos de mi intención. Sé que todavía eres joven, intentabas salvar a alguien con todo tu corazón. Prométeme que no te sentirás mal por ello. De ser así, el precio que estoy pagando sería aún más alto.
Finalmente, hermanita, te ruego que me respondas a estas preguntas:
¿Por qué no quieres ver a tu padre?
¿Qué te llevó a dibujar una mosca, y por qué la hiciste tan bella?
Espero que pronto seas feliz y te recuperes.
Te echo de menos.
Yulong
A la luz de una vela, atardecer, 30 de junio de 1975.
Ahora sé por qué mucha gente me ha estado ignorando últimamente. Todos conocen el trágico final de Yulong y saben que soy la culpable, la criminal que le ha traído tanta infelicidad.
Yulong, te he hecho algo imperdonable.
¿Quién podrá perdonarme?
30 de julio. Calor sofocante antes de la tormenta
Apenas he salido durante los últimos días. No quiero ver a nadie. Cada una de las palabras de la carta de Yulong ha quedado grabada en mi cerebro. Sus preguntas no quieren desaparecer.
«¿Por qué no quieres ver a tu padre?»
«¿Qué te llevó a dibujar una mosca, y por qué la hiciste tan bella?»
Para responder a Yulong tendré que recordar y volver al infierno. Pero Yulong ha sido desterrada al infierno por mi culpa. Por lo que debo hacer el viaje. No puedo negarme.
La mosquita sigue durmiendo en el corazón del bombón de licor; ya nada podrá hacerle daño.
Al contemplarla hoy sentí una terrible envidia.
8 de agosto. Calor
Durante los últimos quince días no ha dejado de hacer un calor tremendamente húmedo. No sé lo que está cocinándose en los cielos para hacer sudar de esta manera a la gente que está aquí abajo.
Necesito valor, valor para recordar. Necesito fuerza y necesito fuerza de voluntad.
Al vadear a través de mis recuerdos, el dolor se pega a mí como el lodo; de pronto, el odio que se había ido apagando en este mundo blanco de enfermedad vuelve a mí con toda su fuerza.
Quiero contestar a Yulong, pero no sé por dónde empezar. No sé cómo contestar a sus preguntas de una manera clara. Sólo sé que será una carta muy larga.
Durante los últimos tres días no me he atrevido a mirar a mi cría de mosca. Me habla en sueños… ¡Oh, hace demasiado calor!
18 de agosto. Fresco
Por fin los cielos han dado rienda suelta a sus sentimientos. Los cielos otoñales son altos y el aire es límpido y fresco. Todo el mundo parece haber suspirado aliviado y ha expulsado la melancolía de tantos días sofocantes. Ahora, los pacientes que antes se asfixiaban en el hospital, temerosos del calor, encuentran razones para salir.
No tengo ganas de ir a ninguna parte. Tengo que escribir a Yulong. Sin embargo, esta mañana he sacado la mosquita de la nevera para hacerle dar un paseo de media hora en una caja de cerillas. Pero me dio miedo que el chocolate se fuera a derretir y pudiera hacerle daño, por lo que devolví la mosquita a la nevera en cuanto pude.
Ayer, el doctor Zhong me hizo una advertencia durante su visita. Me dijo que aunque el análisis de sangre había mostrado que no sufría ninguna enfermedad sanguínea grave, mi sangre era anormal debido a la fiebre repetida y a los efectos de las medicinas. Si no descansaba lo suficiente, corría el riesgo de sufrir de septicemia. La enfermera Gao me asustó diciendo que la gente se muere de septicemia. También señaló que después de diez horas enganchada al gota a gota no debería sentarme a la mesa a escribir sin haber descansado ni hecho ejercicio antes. El enfermero Zhang creyó que estaba escribiendo otro artículo para la revista del Ejército de Liberación del Pueblo, o para la de las Juventudes Chinas, y me preguntó muy interesado sobre qué estaba escribiendo. He conseguido que me publicaran varios artículos y el enfermero Zhang debe de ser uno de mis lectores más entusiastas.
24 de agosto. Soleado
Hoy he enviado una carta con acuse de recibo a Yulong. La carta era muy gruesa y su envío se llevó todo el dinero que había cobrado por uno de mis artículos.
Solía soñar con que mi dolor podía desaparecer de alguna manera, pero ¿puedo hacer desaparecer mi vida? ¿Puedo hacer desaparecer mi pasado y mi futuro?
A menudo examino mi rostro detenidamente en el espejo. Parece suave y joven, pero sé que está marcado por las cicatrices de la experiencia: descuidado por la vanidad, a menudo aparecen dos líneas en el entrecejo, señales del terror que siento día y noche. Mis ojos están desposeídos del lustre o la belleza de una muchacha, y en sus profundidades se esconde un corazón que se bate en desesperación. Mis labios amoratados han perdido toda esperanza de poder sentir algo alguna vez; mis oídos, débiles por culpa de la vigilancia constante, ni siquiera son capaces de soportar el peso de unas gafas; mi pelo ha perdido la vida por las preocupaciones, cuando en realidad debería brillar de salud.
¿Es éste el rostro de una muchacha de diecisiete años?
¿Qué son las mujeres exactamente? ¿Deberían los hombres clasificarse en la misma especie que las mujeres? ¿Por qué son tan distintos?
Los libros y las películas dicen que es preferible ser mujer, pero no puedo creerlo. Nunca me ha parecido que fuera cierto y nunca me lo parecerá.
¿Por qué la enorme mosca que entró en la habitación zumbando esta tarde siempre aterriza sobre el dibujo que acabo de terminar? ¿Acaso reconoce a la cría de mosca en el dibujo? La ahuyenté, pero no tiene miedo. En cambio me temo que… ¿y si es la madre de la mosquita?
Esto es muy serio. Voy a tener que…
25 de agosto. Soleado
Ayer no había terminado cuando llegó la hora de apagar las luces.
Hoy, al despertarme, la mosca grande seguía en la habitación. Es muy lista. En cuanto entra alguien se esconde, no sé dónde. Y, en cuanto no hay moros en la costa, o bien aterriza sobre el dibujo, o bien zumba a mi alrededor. No sé qué está haciendo. Tengo la sensación de que no quiere abandonarme.
Esta tarde, el doctor Zhong me dijo que si mi situación se estabiliza, será prueba de que el tratamiento ha surtido efecto y me darán de alta para que me fortalezca en casa con un tratamiento médico. La supervisora de enfermeras me ha dicho que en otoño andarán escasos de camas y que los pacientes con enfermedades persistentes tendrán que abandonar el hospital.
¿Volver a casa? ¡Sería terrible!
Tengo que pensar en una manera de quedarme.
26 de agosto. Encapotado
Anoche apenas dormí. Pensé en varias soluciones, pero todas me parecen imposibles. ¿Qué puedo hacer?
Probablemente, lo más rápido sea infectarme con alguna enfermedad, pero el acceso a las salas de enfermedades contagiosas está restringido.
Hoy mi cabeza se abotargó tanto intentando buscar una manera para quedarme, que me salté un peldaño de la escalera que da a la cantina. Mi pie se quedó suspendido en el aire y me caí. Tengo un enorme morado en el muslo y un corte en el brazo. Cuando hubo cambio de turno, la doctora Yu ordenó a la enfermera que me untara un poco más de ungüento en el brazo. Dijo que yo tenía una constitución débil y que fácilmente podía contraer septicemia, y urgió al enfermero para que estuviera al acecho de las moscas cuando me cambiara el vendaje, porque las moscas son grandes portadoras de enfermedades.
Por la noche, el enfermero que estaba de guardia dijo que había moscas en mi habitación y quiso fumigarlas con un spray.
Yo no quería que se muriera la mosca grande y le conté que era alérgica a los insecticidas. Él contestó que entonces aplastaría las moscas al día siguiente. No sé dónde se ha escondido la mosca grande. Pienso dejar la ventana abierta esta noche para que pueda escapar. No sé si eso la salvará.
27 de agosto. Llovizna
No pude salvar a la mosca grande. A las 6.40 de la mañana la doctora Yu entró para inspeccionar la habitación y la aplastó sobre mi dibujo. Arguyendo que quería guardar el dibujo, conseguí que la doctora Yu no se deshiciera de la mosca grande, y la introduje en la nevera junto con la cría. No sé por qué, pero siempre he sentido que entre ellas había una relación especial.
Creo que la herida que tengo en el brazo está ligeramente infectada. Se ha hinchado y está roja y me resulta muy incómodo escribir. Pero le conté a la estudiante de enfermería que me habían cambiado el vendaje, que estaba bien y que no hacía falta que me aplicara más ungüento. ¡Para mi sorpresa me creyó! El pijama de mangas largas cubre mi brazo por completo.
Espero que funcione.
«Las moscas son grandes portadoras de enfermedades.» Las palabras de la doctora Yu me han dado una idea que he decidido llevar a cabo. No me importan las consecuencias, incluso la muerte es preferible a volver a casa.
Pienso frotarme el corte del brazo con la mosca grande.
30 de agosto. Soleado
¡Victoria! No ha dejado de subirme la fiebre durante los últimos dos días. Me siento muy mal, pero soy feliz. El doctor Zhong está sorprendido por el empeoramiento de mi estado de salud, piensa hacerme otro análisis de sangre completo.
Los últimos días no he visitado a mi querida mosquita. Tengo calambres en todo el cuerpo.
Querida mosquita, lo siento.
7 de septiembre
Ayer por la noche me trasladaron al hospital central. Estoy muy cansada y soñolienta. Echo de menos a mi mosquita, de verdad que la echo de menos.
Y no sé si Yulong ha respondido a mi carta…
Terminé de leer este diario cuando empezaron a entrar los primeros rayos de sol y el ruido de la gente llegando al trabajo empezó a filtrarse desde las oficinas vecinas. Hongxue murió de septicemia. Dentro de la caja, alguien había incluido un certificado de defunción con fecha del 11 de septiembre de 1975.
¿Dónde estaba Yulong? ¿Supo de la muerte de Hongxue? ¿Quién era la mujer de mediana edad que me había dejado la caja? ¿Serían los artículos que había escrito Hongxue tan bellos como las anotaciones de la caja? ¿Al conocer el suicidio de su hija, sintió el padre de Hongxue remordimientos? ¿Despertaron los instintos maternales de la madre de Hongxue, que la había tratado como objeto de sacrificio?
No conocía las respuestas a estas preguntas. No sabía cuántas muchachas que habían sufrido abusos sexuales estarían llorando aquella mañana entre las miles de almas soñadoras de la ciudad.