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5 Las madres que soportaron un terremoto

Cuando mi colega Xiao Yao tuvo a su hijo organicé una visita al hospital junto con otras mujeres de la oficina. Mengxing estaba muy ilusionada, pues nunca había estado en una sala de maternidad. El director Zhang, de la Oficina de Asuntos Externos, le advirtió que no fuera: en China se cree que las mujeres que no han dado a luz dan mala suerte a los recién nacidos. Mengxing rechazó el consejo aduciendo que no era más que un cuento de viejas, y se dirigió al hospital adelantándose a las demás.

Acudimos al hospital cargadas de comida para Xiao Yao: azúcar moreno y ginseng para la sangre, pies de cerdo y pescado para ayudarla a dar el pecho, y pollo y fruta para fortalecerla. Cuando entramos en la habitación vimos a Mengxing charlando con Xiao Yao. Estaba comiéndose uno de los huevos duros que se habían teñido de rojo para simbolizar la felicidad por el nacimiento del nuevo bebé.

Los padres y los suegros de Xiao Yao también estaban allí, y la habitación estaba llena de regalos. Xiao Yao parecía feliz y sorprendentemente fresca tras la hazaña. Supuse que haber dado a luz a un bebé era una de las razones de su gran bienestar.

Durante incontables generaciones, en China se ha tenido por cierto el siguiente proverbio: «Existen treinta y seis virtudes, pero no tener herederos es una maldición que las niega todas.» Una mujer que ha tenido un hijo es intachable.

Cuando Xiao estaba de parto había compartido sala con otras siete mujeres. Xiao Yao había pedido varias veces a su marido que la trasladara a una habitación individual, pero él se había negado. Al recibir la noticia de que había tenido un hijo, su marido organizó inmediatamente su traslado a una habitación individual.

La estancia era pequeña pero estaba bien iluminada. Cada una de nosotras encontró un sitio donde sentarse y mis colegas empezaron a hablar animadamente. No se me da bien este tipo de conversaciones, pues no disfruto hablando de mi vida, que es una historia de familias incompletas. Siendo una niña me separaron de mi madre y de mi padre, y, ya de adulta, ni siquiera tengo mi propia familia. Tan sólo un hijo. Mientras escuchaba en silencio, doblé un pedazo de papel de regalo con el dibujo de un conejo.

Por encima de la conversación de mis colegas oí unas voces que provenían del pasillo.

Un hombre hablaba en voz baja pero decidida:

– Por favor, cambia de opinión. Sería demasiado peligroso.

– No tengo miedo. Quiero vivir la experiencia de un parto -replicó una mujer.

– Tal vez tú no tengas miedo, pero yo sí. No quiero que mi hijo sea huérfano de madre.

– Si el parto no es natural, ¿cómo voy a poder llamarme madre?

La voz de la mujer sonaba impaciente.

– Pero sabes que en tu estado no puedes…

– ¡Los médicos no han dicho que fuera cien por cien imposible! -lo interrumpió la mujer-. Lo único que quiero es tener a mi hijo…

Sus voces se extinguieron a medida que se alejaban.

Cuando ya me iba, la suegra de Xiao Yao me deslizó furtivamente un retal de tela roja en la mano y me pidió que lo quemara para «espantar las malas influencias traídas por Mengxing». No osé desobedecerla. Cuando abandoné el hospital arrojé el retal en el horno de un puesto de comida rápida de la calle, pero no se lo conté a Mengxing porque ella odiaba admitir las derrotas.

Tres meses más tarde recibí una invitación a un funeral de una familia que no conocía. A menudo, los oyentes me invitaban a celebraciones familiares, pero solía tratarse de bodas. No suele invitarse a extraños a los funerales, y estaba desconcertada. La cena del funeral se celebraría en un restaurante, y no en el salón de una funeraria o de un crematorio, y en la invitación se solicitaba a los invitados que llevaran consigo el nombre de un niño. Jamás había tropezado con prácticas como aquéllas.

Decidí acudir y pensé en el nombre «Tianchi» (la llave del cielo). El anfitrión recibió a los invitados con un bebé de un mes en los brazos. Su esposa había muerto durante el parto. Cuando descubrió quién era yo, me preguntó deshecho en lágrimas por qué su esposa había rechazado que le hicieran una cesárea, sabiendo que su vida corría peligro. ¿Acaso la experiencia de un parto natural era más importante que la vida?

Me pregunté si podía tratarse de la pareja que había oído por casualidad en el hospital. Estaba conmocionada por la decisión de la mujer desconocida, pero en algún lugar profundo de mi ser comprendía su deseo de tener aquella experiencia única. Al contrario que el afligido marido, que ni lo podía ni lo sabía comprender. Me preguntó si yo podía ayudarlo a entender a las mujeres.

No sé si a su hijo le pusieron el nombre de Tianchi, pero cuando abandoné el funeral deseé que aquel hijo fuera realmente una llave llovida del cielo para él, capaz de abrirle las puertas de la mente femenina.

Sin embargo, no llegué a comprender lo que verdaderamente significa ser madre hasta que en 1992 visité la ciudad industrial de Tangshan, que había sido reconstruida tras su total destrucción durante el colosal terremoto del 28 de julio de 1976, en el que perdieron la vida trescientas mil personas.

Puesto que la emisora de radio de Nanjing era una de las más importantes de China, a menudo tenía que asistir a conferencias regionales sobre el desarrollo de la programación de radio y televisión. El único propósito de estas conferencias era más bien repetir las consignas del Partido que comprometerse en algún debate genuino. A fin de compensar por la falta de estímulo intelectual, a menudo los organizadores preparaban visitas a los alrededores para los participantes de las conferencias, lo que me brindó múltiples oportunidades de entrevistar a mujeres de diferentes zonas de China.

Durante una de estas conferencias en Tianjin tuve ocasión de visitar de cerca Tangshan. El terremoto que afectó a la ciudad en 1976 fue especialmente conocido porque provocó el derrumbe total de las comunicaciones en la China de aquella época. En 1976 el gobierno chino estaba intentado hacer frente a la muerte de tres figuras cruciales: Mao Zedong, el primer ministro Zhouenglai, y el líder militar Zhu De. Su preocupación por esta crisis, sumada a las deficiencias de la tecnología china provocaron que el terremoto pasara en un principio completamente inadvertido. La noticia no se supo hasta que un ciudadano de Tangshan recorrió todo el camino hacia Beijing; pero incluso entonces muchos creyeron que se trataba de un lunático. La agencia de noticias locales de Xinhua, encargada de cubrir el territorio de Tangshan, no se enteró del terremoto por la oficina central del gobierno, sino por la prensa extranjera, que había recibido información sobre el terremoto gracias a los más sofisticados centros de control de movimientos terrestres de otros países.

Mientras estuve en Tangshan oí hablar de un orfanato cercano fundado y dirigido por madres que habían perdido a sus hijos durante el terremoto. Me contaron que lo financiaban con el dinero de la indemnización que habían recibido. Llamé para concertar una visita. El orfanato había sido construido con la ayuda de la guarnición militar de la zona, y estaba situado en un suburbio, cerca de un sanatorio militar. Al acercarme a su baja valla de madera y a los arbustos que lo rodeaban oí voces de niños. Era un orfanato sin funcionarios, algunos lo llamaban «una familia sin hombres». Allí vivían unas cuantas madres y varias docenas de niños.

Me encontré a los niños haciendo ejercicio en el patio, y a las madres haciendo la masa de los raviolis. Las mujeres me saludaron con las manos harinosas y me dijeron que les encantaba mi programa. Todavía con los delantales puestos, me llevaron a dar una vuelta por el orfanato.

Cada madre vivía con cinco o seis niños en una gran estancia, sencillamente amueblada pero acogedora. Las viviendas de este tipo son muy comunes en el norte de China: la mitad de la estancia está ocupada por un kang, una especie de cama-estufa de ladrillos, o de tierra. En invierno, se puede encender un fuego debajo del kang para mantenerlo caliente, y por la noche todos los miembros de la familia duermen en él. Unos edredones individuales delimitan las áreas de descanso. Durante el día, los edredones permanecen enrollados a un lado y se coloca una pequeña mesa sobre el kang, que hace las veces de sala de estar y comedor de la familia. La otra mitad de la estancia está ocupada por armarios, un sofá y sillas para recibir a las visitas.

A diferencia de otras casas, las estancias del orfanato estaban decoradas con un derroche de colores, acordes a los gustos de los niños. Cada estancia tenía su propio estilo de decoración, aunque había tres cosas que estaban presentes en todas las habitaciones. La primera era un marco con fotos de todos los niños que habían pasado por el orfanato. La segunda era el tosco dibujo de un ojo rebosante de lágrimas, con dos palabras escritas en la pupila: «el futuro». La tercera era un libro en el que se recogía la historia de cada uno de los niños.

Las mujeres estaban muy orgullosas de los niños y me obsequiaron con historias de sus proezas, aunque eran las historias de las mujeres las que prefería escuchar.

Durante mi primera visita sólo conseguí entrevistar a una madre, la señora Chen. Había trabajado en el ejército y había tenido tres hijos. Hablé con ella mientras la ayudaba a hacer los raviolis para los niños, tratándola de «tía», como si perteneciera a la generación de mis padres.

– Tía Chen, ¿puedo preguntarle lo que pasó el día del terremoto? Lo siento, sé que los recuerdos deben de ser muy dolorosos…

– Está bien. No pasa un solo día sin que piense en aquello. No creo que nadie que haya sobrevivido al terremoto pueda olvidarlo alguna vez. Fue todo tan irreal… Aquella mañana, antes de que se hiciera de día, me despertó un extraño ruido, una especie de trueno que retumbaba y ululaba, como si un tren estuviera entrando en casa. Creí que estaba soñando (los sueños son tan extraños…) pero cuando estaba a punto de gritar se desplomó la mitad del dormitorio, junto con mi marido, que estaba en la cama. De pronto, como si fuera un escenario, apareció ante mis ojos la habitación de los niños, que se hallaba en el otro extremo de la casa. Mi hijo mayor se había quedado boquiabierto; mi hija lloraba y gritaba extendiendo los brazos hacia mí, y mi hijo pequeño todavía dormía dulcemente.

»Fue todo tan rápido… El decorado que tenía ante mí desapareció de pronto como si hubiera caído el telón. Estaba aterrorizada, pero creí que estaba teniendo una pesadilla. Me pellizqué con fuerza, pero no desperté. En la desesperación me clavé unas tijeras en la pierna. Al sentir el dolor y ver la sangre me di cuenta de que no era un sueño. Mi marido y mis hijos habían caído en un abismo.

»Grité como una loca, pero nadie me oyó. El sonido de paredes derrumbándose y de muebles quebrándose inundaba el aire. Me quedé ahí de pie, con la pierna sangrando, y contemplando el agujero abierto que, instantes antes, había sido la otra mitad de mi casa. Mi marido y mis preciosos hijos habían desaparecido ante mis ojos. Quise llorar, pero no tenía lágrimas. Simplemente no quería seguir viviendo.

Sus ojos se habían llenado de lágrimas.

– Lo siento, tía Chen… -tartamudeé, completamente sobrecogida.

Ella sacudió la cabeza.

– De eso hace ya casi veinte años, pero casi cada mañana, al amanecer, oigo un tren retumbante y ululante, y los gritos de mis hijos. A veces esos sonidos me dan tanto miedo que me acuesto muy temprano con los niños y pongo el despertador debajo de la almohada para que me despierte antes de las tres. Cuando suena me incorporo y me quedo sentada allí hasta que se hace de día; a veces vuelvo a dormirme después de las cuatro. Pero, pasados unos días, echo de menos esos sonidos de pesadilla porque entre ellos también están las voces de mis niños.

– ¿Te hace sentir mejor tener a tantos niños a tu alrededor?

– Mucho mejor, sobre todo de noche. Los contemplo mientras duermen y me siento reconfortada, de una manera que no logro explicar. Me siento a su lado y me llevo sus manos al rostro. Los beso y les doy las gracias por mantenerme con vida.

– Los niños te lo agradecerán cuando sean mayores; es un ciclo de amor.

– Es cierto, de viejo a joven y de vuelta. Bueno, ya están hechos los raviolis; debo llamar a los niños. ¿Quieres un poco?

Me excusé diciendo que volvería al día siguiente. Mi corazón estaba demasiado afligido para permitirme hablar con alguien más. Abandoné el lugar sintiéndome emocional y físicamente agotada.

A la mañana siguiente, muy temprano, escuché en mis sueños el retumbo del tren y los gritos de los niños que tía Chen había descrito, y me desperté bañada en un charco de sudor. Los rayos de sol atravesaban las cortinas y el sonido de los niños de camino al colegio se filtraba por ellas hasta mí. Me sentí aliviada.

La reunión de aquel día terminó temprano. Rechacé educadamente una invitación para comer de unos amigos de Tianjin y tomé a toda prisa el tren a Tangshan. Una vez en el orfanato, hablé con una mujer que se llamaba señora Yang y que se encargaba de las comidas de los niños. Cuando llegué estaba supervisando la cena de los pequeños.

– Mire cómo los niños disfrutan de la comida -me dijo.

– Debe de ser porque es una buena cocinera.

– No necesariamente. Los niños disfrutan de ciertas cosas, como de la comida con formas especiales. Aunque no se trate más que de pan cocido, si tiene forma de conejito o de cachorro, comerán más. También les gustan las cosas dulces, y por tanto disfrutan con los platos agridulces y con el cerdo asado cantonés. Les gusta la comida que resulta fácil de masticar, como las albóndigas o las bolitas de verduras. Los niños siempre creen que lo que tienen sus amigos es mejor, y por eso debes dejar que elijan su comida y se la intercambien como quieran. Estimula su interés por ella. Mi hija era exactamente igual. Si le ofrecías una porción de la misma cosa sobre distintos platos se emocionaba.

La señora Yang sacudió la cabeza.

Yo le dije, indecisa:

– Tengo entendido que su hija…

– Te contaré la historia de mi hija si quieres, pero no lo haré aquí. No quiero que los niños me vean llorar. Resulta tan reconfortante verlos comer y reír así de felices, realmente me hacen…

Interrumpió su discurso, de pronto su voz se había roto por el llanto.

Intenté consolarla amablemente.

– ¿Tía Yang?

– Aquí no, vayamos a mi habitación.

– ¿A su habitación?

– Sí, soy la única que tiene habitación propia porque mi otra tarea es cuidar de los informes médicos y las pertenencias personales de los niños. No podemos permitir que los niños se acerquen a ellos.

La habitación de la señora Yang era muy pequeña. Una de las paredes estaba casi cubierta por completo por una fotografía que había sido ampliada hasta tal punto que parecía un cuadro de puntos de color. Mostraba una joven de ojos vivaces, con los labios separados como si fuera a hablar.

Clavando la mirada en la foto, la señora Yang dijo:

– Ésta es mi hija. Sacaron la foto cuando acabó la escuela primaria. Es la única foto que tengo de ella.

– Es muy guapa.

– Sí. Incluso en la guardería, siempre estaba actuando y haciendo discursos.

– Debió de ser muy inteligente.

– Eso creo. Nunca fue la mejor de la clase, pero nunca me dio motivos para preocuparme -dijo la señora Yang mientras acariciaba la fotografía-. Hace ya casi veinte años que me dejó. Sé que no quería irse. Tenía catorce años. Sabía de la vida y de la muerte, no quería morir.

– Me han dicho que sobrevivió al terremoto, ¿no?

– Sí, así es. Pero hubiera sido preferible que hubiera muerto aplastada al instante. Estuvo agonizando durante dos semanas, dos semanas y dos horas, sabiendo que iba a morir. Y sólo tenía catorce años -dijo la señora Yang, derrumbándose.

Incapaz de retener las lágrimas, le dije:

– Tía Yang, lo siento -y la rodeé con mis brazos.

Ella sollozó durante unos minutos y añadió:

– Estoy… estoy bien. Xinran, no puedes imaginarte lo terrible que fue. Nunca olvidaré la expresión de su rostro -dijo volviendo a mirar la fotografía con una mirada llena de amor-. Su boca estaba entreabierta, igual que aquí…

Afligida por sus lágrimas le dije:

– Tía Yang, ha estado trabajando todo el día, está cansada. Ya hablaremos la próxima vez, ¿le parece?

La señora Yang se serenó y dijo:

– No, me han dicho que tienes poco tiempo. Has venido hasta aquí sólo para escuchar nuestras historias. No puedo permitir que te vayas sin nada.

– No importa, tengo tiempo -le aseguré.

Ella se mostró decidida.

– No, ni hablar. Te lo contaré todo ahora -dijo respirando profundamente-. Mi marido había muerto un año antes y mi hija y yo vivíamos en el quinto piso de un edificio de varias plantas que nos asignó la unidad de trabajo. Sólo disponíamos de una habitación y compartíamos cocina y baño con otros vecinos. No era una habitación grande pero a nosotras nos era suficiente. Puesto que no soporto las temperaturas extremas, ni mucho frío ni mucho calor, yo ocupaba la parte de la habitación cercana a la pared interior, mientras que mi hija ocupaba la de la pared exterior. Aquella mañana me despertó un repentino estruendo, un estallido y un violento temblor. Mi hija gritó e intentó salir de la cama para acercarse a mí. Yo intenté incorporarme, pero no conseguí mantenerme en pie. Todo se inclinaba, la pared venía hacia mí. De pronto, la pared exterior desapareció y nos encontramos al filo del abismo del quinto piso. Hacía mucho calor y sólo llevábamos puesta la ropa interior. Mi hija gritó y se echó los brazos alrededor del pecho, pero, antes de que pudiera volver a reaccionar, fue arrojada al vacío por otra pared derrumbada.

»Chillé su nombre mientras me agarraba a unos colgaderos en la pared. Cuando finalmente cesó el temblor y pude incorporarme sobre el suelo inclinado, me di cuenta de que habíamos sufrido un terremoto. Busqué desesperadamente alguna manera de bajar y salí tambaleándome mientras gritaba el nombre de mi hija.

»No me había dado cuenta de que no estaba vestida. También los demás supervivientes iban ligeros de ropa. Hubo incluso quienes estaban desnudos, pero nadie prestó atención a estas cosas. Todos corríamos desesperados en medio de la penumbra, llorando y gritando los nombres de nuestros familiares.

»En mitad de la cacofonía chillé hasta quedarme afónica, preguntando por mi hija a todo aquel que se cruzaba en mi camino. Algunos de ellos me preguntaban a su vez por sus parientes. Todo el mundo tenía los ojos desorbitados y gritaba, nadie parecía asimilar nada. A medida que la gente fue dándose cuenta del horror de la situación, fue sumiéndose en un doloroso silencio. Se habría podido oír el sonido de una aguja al caer. Tenía miedo de moverme, no fuera que volviera a temblar la tierra. Nos habíamos quedado paralizados, contemplando el escenario: edificios desplomados, tuberías de agua reventadas, boquetes abiertos en el suelo, cadáveres por doquier, echados en el suelo de cualquier manera, colgando de los travesaños. Se estaba levantando una cortina de humo. No había ni sol ni luna, nadie sabía qué hora era. Nos preguntábamos si todavía seguíamos en el reino de los vivos.

Animé a la señora Yang a que tomara un poco de agua.

– ¿Agua? Ah, sí… No sé cuánto tiempo pasó, pero empecé a sentir sed después de haber gritado hasta la extenuación. Alguien se hizo eco de mis pensamientos con una voz queda, «Agua…», recordando a todo el mundo que había que ocuparse de la cuestión inmediata de la supervivencia. Un hombre de mediana edad dio un paso adelante y dijo: «Si queremos seguir vivos tendremos que ayudarnos mutuamente y organizarnos». Los demás agradecimos su iniciativa entre murmullos.

»Empezaba a clarear y todo a nuestro alrededor cambió haciéndose más terrible. De pronto alguien gritó: «¡Mirad allá! ¡Hay alguien que sigue vivo!». En la pálida luz vimos a una muchacha atrapada entre los muros derrumbados de dos edificios. A pesar de que su cabellera le tapaba el rostro y que la parte inferior de su cuerpo estaba atrapada y escondida, supe por el color y el diseño de su sujetador, y por el movimiento esforzado de su torso, que se trataba de mi hija. «¡Xiao Ping!», exclamé. Repetí su nombre una y otra vez, loca de alegría y de dolor. Ella seguía retorciéndose desesperadamente y me di cuenta de que no me veía ni me oía. Me abrí paso a través de la multitud, señalando hacia ella y sollozando con voz ronca que era mi hija. Los escombros me bloqueaban el camino. La gente empezó a ayudarme intentando escalar el muro que había encajonado a mi hija, pero tenía una altura de al menos dos pisos y no disponían de herramientas. Grité el nombre de Xiao Ping una y otra vez. Seguía sin oírme.

»Unas cuantas mujeres y luego algunos hombres se unieron a mis llamadas para ayudarme. Pronto todos empezaron a gritar: ¡Xiao Ping! ¡Xiao Ping!

»Por fin nos oyó. Levantó la cabeza y utilizó la mano que tenía libre, la izquierda, para retirarse el pelo del rostro. Sabía que me estaba buscando. Parecía confusa, no lograba encontrarme en medio de la multitud de gente desnuda o medio desnuda. Un hombre que tenía al lado empezó a empujar a un lado a la gente que me rodeaba. Nadie entendió al principio lo que pretendía, pero pronto se hizo evidente que intentaba crear un gran espacio a mi alrededor para que Xiao Ping pudiera verme. Funcionó. Xiao Ping gritó «¡Mamá!» y agitó la mano que había quedado libre.

»Le devolví el saludo, pero mi voz estaba ronca y débil. Alcé los brazos y los agité. No sé cuánto tiempo pasamos llamándonos y saludándonos. Finalmente alguien me obligó a sentarme. Todavía había un gran espacio libre a mi alrededor para que Xiao Ping me pudiera ver. Ella también estaba cansada, cabeceaba y le faltaba el aliento. Visto en retrospectiva, me pregunto por qué nunca me pidió que la salvara. Jamás dijo nada parecido a «Mamá, sálvame». Jamás.

– ¿Cuándo empezaste a contar las dos semanas y dos horas de las que me hablaste?

– Alguien gritó a Xiao Ping: «Son las 5.30 de la mañana, ¡pronto vendrá alguien a rescatarte!» Pretendía consolarla, animarla para que aguantase. Pero pasaron los segundos, los minutos y las horas y nadie venía a rescatarla.

– Fue porque la gente tardó en darse cuenta de lo que había pasado -dije yo, recordando el tiempo que tardó en llegarnos la noticia.

La señora Yang asintió con la cabeza.

– ¿Qué clase de país era éste en 1976? Una ciudad había quedado en ruinas y habían muerto trescientas mil personas, pero nadie lo sabía. ¡Qué país tan atrasado era China entonces! Creo que si hubiéramos sido un país más avanzado se hubiera podido evitar la muerte de muchas personas. Tal vez Xiao Ping hubiera sobrevivido.

– ¿Cuándo llegó el equipo de rescate?

– No puedo decirlo con seguridad. Sólo recuerdo que el ejército llegó primero. Los soldados estaban sudorosos de tanto correr, pero nadie se detuvo a recuperar el aliento antes de dispersarse y emprender el rescate. Dos soldados, equipados con cuerdas y mosquetones, empezaron a escalar la pared bajo la cual estaba atrapada Xiao Ping. Parecía que fuera a derrumbarse en cualquier momento aplastándolos a todos. Apenas era capaz de respirar, pues los veía acercarse cada vez más a ella…

La señora Yang se tomó un respiro de unos minutos y prosiguió:

– Cuando Xiao Ping vio que alguien se disponía a rescatarla, echó a llorar. El primer soldado que la alcanzó se quitó la cazadora del uniforme y la cubrió. Ella tan sólo tenía un brazo libre, por lo que el soldado tuvo que envolverla a medias con la cazadora como si fuera una túnica tibetana. El otro soldado le acercó una botella de agua a la boca. Los dos empezaron a retirar los ladrillos y las piedras alrededor de Xiao Ping y pronto descubrieron su brazo derecho, que estaba cubierto de morados y sangre. Por alguna extraña razón, de pronto dejaron de cavar. Me dirigí a ellos a gritos, preguntándoles qué pasaba, pero no me oyeron. Un rato más tarde bajaron y se vinieron hacia mí. Gesticulando con sus brazos ensangrentados me contaron que la parte inferior del cuerpo de Xiao Ping estaba atrapada entre las planchas de hormigón reforzado del muro, y que no podían retirarlas a mano. Les pregunté por qué sus manos estaban cubiertas de sangre. Se llevaron las manos a la espalda y dijeron que no se les permitía utilizar herramientas para sacar a la gente por miedo a hacerles daño.

»Después de que todo aquello hubiera acabado descubrí que las uñas y las puntas de los dedos de muchos soldados estaban destrozadas de tanto cavar, pero que se habían envuelto las manos con trapos y habían proseguido el trabajo. Algunos soldados gritaban como locos mientras cavaban, porque oían gemidos y gritos de ayuda entre los escombros. ¿Cuánto podían hacer sólo con sus manos? Los equipos de rescate pesados no podían llegar a la ciudad porque las carreteras estaban destrozadas. ¿Cuánta gente murió esperando que la rescatasen?

La señora Yang suspiró y se secó las lágrimas.

– Xiao Ping debió de ser una chica muy fuerte.

– Sí. Solía aullar por un arañazo en el brazo y palidecer al ver sangre. Pero durante aquellas últimas dos semanas se mostró tan fuerte… Incluso llegó a consolarme diciendo: «¡Mamá, no siento nada, o sea que no me duele!» Cuando finalmente liberaron su cuerpo vi que sus piernas estaban aplastadas. La persona que la amortajó para el funeral dijo que su pelvis se había roto bajo la presión. Espero que realmente hubiera perdido la sensibilidad de la parte inferior de su cuerpo durante aquellas dos últimas semanas, cuando estuvo expuesta a los elementos. Conté cada minuto. Durante todo aquel tiempo, la gente probó todo tipo de métodos para rescatarla, a todas horas, sin descansar un instante, pero ninguno funcionó.

»Finalmente, los soldados me ayudaron a escalar el muro para llegar a Xiao Ping, y construyeron un asiento improvisado para que pudiera sentarme allí y tenerla entre mis brazos durante largos períodos de tiempo. Su pequeño y débil cuerpo estaba frío como el hielo a pesar de que era verano.

»Durante los primeros días, Xiao Ping todavía pudo hablarme, moviendo las manos mientras me contaba historias. Pasado el cuarto día fue debilitándose lentamente, hasta que apenas pudo levantar la cabeza. Aunque le traían comida y medicina cada día, y a pesar de que alguien iba a cuidarla, la parte inferior de su cuerpo debió de sangrar todo el tiempo y la gangrena debió de empezar a actuar. Cada vez había más gente preocupada por ella, pero nadie pudo hacer nada por salvarla. La ciudad entera de Tangshan estaba en ruinas: simplemente no había suficientes operarios ni equipamiento para dar abasto, y las carreteras que conducían a la ciudad estaban intransitables. Mi pobre hija…

– Tía Yang -murmuré. Ambas llorábamos.

– Estoy convencida de que durante los últimos días Xiao Ping ya sabía que no había esperanza, aunque la gente se inventaba todo tipo de excusas para animarla. Yacía indefensa entre mis brazos, incapaz de moverse. En la mañana del decimocuarto día logró incorporarse a medias y me dijo: «Mamá, siento que la medicina que me has dado está surtiendo efecto. Todavía me quedan fuerzas, ¿lo ves?»

»Cuando la vieron incorporarse, la gente que la había estado observando atentamente durante los últimos catorce días empezó a aplaudir y a ovacionarla. Yo también creí que había tenido lugar un milagro. Al ver lo excitada que estaba la gente a su alrededor, Xiao Ping pareció recuperar las fuerzas. Su rostro, hasta entonces cadavéricamente pálido, recuperó el rubor y la muchacha habló a sus admiradores en voz alta y clara, dándoles las gracias y respondiendo a preguntas. Alguien sugirió que cantara una canción y la gente allí congregada aplaudió con aprobación. Al principio, Xiao Ping se mostró tímida, pero la gente la animó: «¡Canta una canción, Xiao Ping! ¡Xiao Ping, cántanos!» Al final asintió débilmente con la cabeza y empezó a cantar: «La estrella roja brilla con una luz maravillosa, la estrella roja brilla en mi corazón…»

»Entonces todo el mundo conocía aquella canción y hubo muchos que la acompañaron en su canto. Entre tanta desolación fue como el florecimiento de la esperanza. Por primera vez en muchos días, la gente sonrió. Tras unos pocos versos, la voz de Xiao Ping se quebró y se hundió lentamente entre mis brazos.

La señora Yang se quedó en silencio un largo rato. Finalmente se sobrepuso y continuó:

– Xiao Ping no volvió a despertar. Creí que estaba dormida, pero cuando descubrí mi error ya era demasiado tarde. No tuvo unas últimas palabras para mí. Su última experiencia en este mundo fue ver a la gente cantando y sonriendo a su alrededor. Cuando el doctor me dijo que había muerto me mostré calmada. Aquellas dos semanas y dos horas me habían exprimido hasta la última gota. Tuvieron que pasar otros cuatro días hasta que por fin lograron sacar el cuerpo de Xiao Ping, que ya había empezado a heder, y entonces fue cuando estallé en lágrimas. Su cuerpo estaba en un estado… mi propia sangre y mi propia carne… ¡Me dolía tanto, tanto!

Yo sollocé con ella:

– Lo siento, tía Yang, lo siento.

– Pobre niña, a sus catorce años sólo había visto tres películas, Guerra en las galerías, Guerra de minas y La batalla entre el norte y el sur, y ocho operetas. Jamás pudo posar los ojos en un vestido bonito o en un par de zapatos de tacón alto…

– Ésta es una gran pena en la historia de China. Yo también provengo de aquellos tiempos y prácticamente no experimenté ni la juventud ni la belleza.

La señora Yang suspiró.

– Algunos dicen que el terremoto fue un justo castigo divino por los acontecimientos de la Revolución Cultural. Pero ¿de quiénes se vengaron los dioses? Yo jamás hice nada que pudiera ofenderlos, ni nada inmoral. ¿Por qué acabaron con mi hija?

– ¡Oh, tía Yang, no digas eso! La muerte de Xiao Ping no fue un castigo. No pienses eso. Si Xiao Ping, esté donde esté ahora, supiera que estás tan afligida, se preocuparía mucho. Tienes que vivir tan bien y tan feliz como puedas, ésta es la mejor recompensa por el sacrificio de Xiao Ping, ¿no estás de acuerdo conmigo?

– Sí, es cierto… pero yo… oh, bueno, no hablemos de ello. Tienes prisa, vete y ocúpate de tus cosas, no me hagas caso.

– Gracias, tía Yang -le dije apretando su mano-. Creo que ves mucha felicidad y muchas risas entre los niños de este orfanato. Estoy convencida de que, a medida que crezcan, los niños serán la continuación del espíritu de Xiao Ping y de las bellas cosas que legó al mundo.

Alcé la mirada para contemplar el rostro de Xiao Ping y sentí que me imploraba que no abandonara a su madre. Fue como si me hablara con la voz de PanPan.

Varios días más tarde volví a Tangshan para entrevistar a la directora del orfanato, la rectora Ding.

Ding había sido funcionaria civil en el ejército durante más de diez años. Su marido había abandonado el ejército por razones de salud y ella había vuelto a Tangshan desde el suroeste de China, junto con su familia, apenas un año antes del terremoto. En él había perdido a su hija y su hijo había perdido las piernas. Más tarde, su marido había muerto de un ataque al corazón. Había criado a su hijo mutilado con la ayuda del gobierno. Él había aprendido contabilidad por sí mismo y se había ofrecido voluntario para ayudar con las cuentas cuando varias madres discutieron la viabilidad de crear el orfanato. Poco después de mi visita, el chico murió a causa de una infección de las heridas.

Para librar a la rectora Ding de aquellos recuerdos tan dolorosos, intenté entrevistar a su hijo directamente. Sin embargo él me dijo que por entonces era muy joven y que no recordaba nada del terremoto. Me dijo que su madre nunca le había contado la verdad de la muerte de su hermana. Sólo había oído ciertos rumores vagos, según los cuales no había muerto en el terremoto, sino que se había suicidado posteriormente. Le hubiera encantado hablar con su madre de ello, pero, cada vez que abordaba el tema, ella lo hacía callar.

Por tanto, no quedaba más remedio que preguntar a la rectora Ding si estaba dispuesta a concederme una entrevista. Ella aceptó pero me sugirió que esperara a las vacaciones del Día Nacional para entrevistarla. Cuando le pregunté por qué, me dijo: «No tardaré mucho en contarte mi historia, pero me desequilibrará durante varios días. Necesitaré tiempo para recuperarme.» Aquel año, el Día Nacional caía justo antes de un fin de semana, por lo que teníamos tres días libres seguidos. En China, donde las vacaciones no son habituales, significaban muchos días de asueto.

El día antes de las vacaciones, cuando acababa de llegar a Tangshan, la rectora Ding me llamó para invitarme a encontrarme con ella.

Me acerqué al orfanato e intenté tranquilizarla diciéndole que podíamos detener la entrevista en cualquier momento, si se le hacía demasiado cuesta arriba.

Ella sonrió débilmente.

– Xinran, te agradezco el detalle, pero no olvides que soy soldado y que estuve en Corea.

Asentí con la cabeza y dije:

– He oído que no perdiste a ningún miembro de tu familia durante el terremoto.

– Así es, pero la supervivencia resultó ser un desastre para todos nosotros.

– ¿Tengo razón al pensar que tu marido murió de pena por la desgracia de tu hija?

– Sí, tienes razón, y yo misma estuve a punto de morir. Fue la visión de mi hijo mutilado la que me impidió hacerlo. Me veía como una parte necesaria de él; sólo así pude seguir viviendo.

Con voz quebrada apunté:

– Tu hija se suicidó porque…

– Hasta hoy, tan sólo tres personas hemos sabido por qué: mi marido, mi hija y yo.

– Vaya.

– Sí. Debes de haber oído muchas veces la gran destrucción que causó el terremoto. No hace falta que te lo repita. De hecho, las palabras no pueden describir completamente la escena. Sólo sabes lo que supone encontrarte al borde del abismo cuando has estado allí. En una situación como ésta, lo primero que haces es pensar en tu familia.

»Las sacudidas finales apenas se habían desvanecido cuando mi marido y yo logramos abandonar el edificio en el que habíamos vivido, y que estaba a punto de derrumbarse. Descubrimos que la habitación en la que dormían nuestros hijos había sido arrancada de cuajo y que no se los veía por ninguna parte. Mi corazón se encogió de miedo. Gracias a que había un aeropuerto militar cerca de allí, fuimos rescatados rápidamente por la guarnición. Pronto consiguieron sacar a mi hijo de entre los escombros, pero por entonces sus piernas ya estaban aplastadas y tuvieron que amputárselas por encima de las rodillas, como habrás podido apreciar. Fue una suerte que lo rescataran a tiempo, porque, de no ser así, en un día tan caluroso como aquél sus heridas se habrían gangrenado y puesto su vida en peligro. Cuando, al cabo de dos días, mi hija seguía sin aparecer, sentí que estaba cerca de volverme loca. Cada día veía aparecer entre los escombros a gente herida, mutilada y muerta que era retirada por los equipos de rescate. Casi nunca se trataba de una persona entera a la que no le faltara algún miembro o que no estuviera herida.

»Cuando ya estaba a punto de perder toda esperanza, alguien me contó que muchos de los heridos habían sido trasladados a las pistas de aterrizaje del aeropuerto. Tenía que ir a verlos, aunque sólo hubiera un pequeño atisbo de esperanza.

»Pero cuando por fin llegué al aeropuerto me quedé sin habla por la impresión: las largas pistas de aterrizaje estaban cubiertas de cuerpos que gemían, dispuestos en cuatro o cinco hileras. Sólo entonces fui consciente de que el terremoto no sólo había hecho temblar nuestro edificio, sino que había destruido toda una ciudad de cientos de miles de habitantes. Totalmente aterrorizada, empecé a buscar a mi hija entre las hileras de gente muerta y herida. Sin duda, todos estaban vivos cuando llegaron, pero algunos habían muerto antes de que hubiera habido tiempo para administrarles los primeros auxilios. Resultaba difícil identificar a la gente: apenas llevaban ropa; los rostros de algunas de las mujeres estaban ocultos tras sus cabelleras; otros estaban cubiertos de barro. Al cabo de medio día no había llegado a repasar siquiera media pista de aterrizaje. Cuando cayó la noche me dirigí a las tiendas que la guarnición nos había proporcionado. Pensaba seguir buscando a la mañana siguiente.

»Había mucha gente durmiendo en la tienda en la que yo dormía. No se hacía distinción de sexos, ni tampoco entre pobres y ricos. La gente se dejaba caer allí donde hubiera un hueco, exhaustos tras la búsqueda desesperada que habían realizado, sin comer ni beber, movidos por la esperanza de encontrar a sus seres queridos.

»Cuando estaba a punto de dormirme, las voces de dos hombres me llegaron desde muy cerca:

»-¿Qué haces? ¿Todavía no duermes?

»-Estoy pensando en la chica…

»-¿Todavía?

»-No estoy pensando en eso. Tan sólo me preguntaba si habrá muerto después de que la arrojáramos a aquel lugar.

»-¡Maldita sea! ¡No lo había pensado!

»-Lo que hicimos ya estuvo mal, ¿qué pasa si se muere?

»-¿Qué quieres decir con eso? ¿Quieres ir a averiguarlo? Si es así, mejor que lo hagamos cuanto antes. Porque así todavía habrá sitio para nosotros cuando volvamos, si no, durmiendo a la intemperie, la lluvia nos calará hasta los huesos.

»Miré a mi alrededor para ver quién hablaba y me sobresalté al ver un pedazo de cuerda multicolor que pendía de los shorts de uno de los hombres. Parecía la cuerda con la que mi hija solía recogerse el pelo. No quería creer que estuvieran hablando de mi hija pero ¿y si así era? Me precipité hacia los dos hombres y les pregunté de donde habían sacado la cuerda multicolor. No supieron darme una respuesta convincente, y aquello me hizo sospechar aún más. Les grité ferozmente, preguntándoles dónde estaba la muchacha de la que los había oído hablar. Asustados, murmuraron algo acerca de una zanja en una lejana pista de aterrizaje, y huyeron. Ya no pude preguntarles más detalles, y aún menos alcanzarlos. Todo lo que quería saber era si la muchacha era mi hija.

»Salí corriendo en la dirección que los hombres me habían indicado. Cuando hube alcanzado el borde de una zanja oí unos gemidos desmayados, pero no pude ver quién era en medio de la oscuridad. En ese preciso momento se acercaron a mí dos soldados que estaban de patrulla. Llevaban linternas y vigilaban a los heridos que yacían en las pistas de aterrizaje. Les pedí que iluminaran la zanja. A la débil luz de las linternas vimos a una muchacha desnuda. En aquel momento, mis sentimientos estaban totalmente confundidos: una parte de mí deseaba que fuera mi hija; la otra que no. Cuando los dos soldados me ayudaron a trasladarla a la pista de aterrizaje descubrí que realmente era mi hija.

»¡Xiao Ying, Xiao Ying!» grité, pero ella me miró completamente aturdida, sin mostrar la más mínima reacción. «¡Xiao Ying, soy mamá!» De pronto descubrí que la parte inferior de su cuerpo estaba pegajosa y mojada, pero no hubo tiempo para darle más vueltas y la vestí rápidamente con la ropa que nos prestaron los dos soldados. Por extraño que parezca, Xiao Ying volvió a bajarse los pantalones.

»Cuando le pregunté por qué lo había hecho, ella se limitó a cerrar los ojos y empezó a canturrear. Estaba muy cansada y pronto se quedó dormida. Yo estuve cabeceando largo tiempo hasta que finalmente me dormí también.

»Al amanecer me despertó el rugido de un avión. Al ver a Xiao Ying echada a mi lado me quedé muda de asombro: estaba quitándose los pantalones con una extraña sonrisa en los labios, y sus piernas e ingles estaban llenas de sangre. Sólo entonces recordé las palabras de los dos hombres. ¿Se habían aprovechado del desastre para violarla? No osaba creerlo. Y mi hija, una muchacha radiante y vivaz, había perdido la cabeza.

»El doctor dijo que Xiao Ying había sufrido un shock demasiado grande y nos contó a mi marido y a mí que sin duda había sido víctima de una violación múltiple. Eso fue todo lo que oí antes de desmayarme. Cuando volví en mí mi marido tenía tomada mi mano y las lágrimas corrían por su rostro. Nos miramos sin decir nada y lloramos: nuestra hija había sido agredida de la peor manera y había enloquecido, las piernas de nuestro hijo habían sido amputadas… La rectora Ding se quedó callada.

– ¿Puedo preguntarte si pusisteis a tu hija en tratamiento? -pregunté en voz queda.

– Sí, lo hicimos, pero no comprendimos que siguiera sintiendo terror aun después de recuperarse. Dos años y medio más tarde, precisamente cuando su memoria empezaba a volver a la normalidad, el día antes de su vuelta a casa, donde emprendería una nueva vida, se ahorcó en la habitación del hospital. En la carta que nos dejó decía:

Queridos mamá y papá:

Lo siento, no puedo seguir viviendo. No deberíais haberme salvado. No hay nada en mis recuerdos aparte del mundo hundiéndose y la crueldad y violencia de aquellos hombres. Es todo lo que me queda en este mundo, y no puedo vivir con esos recuerdos cada día. Recordar resulta demasiado doloroso. Me voy.

Vuestra hija,

Xiao Ying

– ¿Cuántos años tenía Xiao Ying entonces? -pregunté.

– Dieciséis, y su hermano once -dijo la rectora Ding, e hizo una pausa-. Mi marido se tiraba de los pelos a la vez que decía que él era quien había hecho daño a la niña, pero naturalmente la culpa no era suya. Aquella noche no vino a la cama hasta muy tarde. Yo estaba agotada y me fui a dormir, pero cuando desperté su cuerpo estaba frío y su rostro congelado en una mueca de tristeza. El certificado de defunción expedido por el doctor establece que murió de un ataque al corazón causado por agotamiento extremo.

De pronto me costó respirar y dije entre gemidos:

– Rectora Ding, resulta muy duro imaginarse cómo pudiste soportarlo.

Ella asintió resignada con la cabeza.

– ¿Y no quiso que su hijo lo supiera?

– Él ya había tenido que soportar el dolor físico. ¿Cómo iba a soportar el mismo daño en su mente y en sus sentimientos?

– Sin embargo, usted siguió adelante valientemente.

– Seguí adelante, pero no fui realmente valiente. Yo soy de las que se muestran fuertes delante de la gente, lo que se dice un pilar para las demás mujeres, pero cuando me quedo a solas me paso la noche llorando: por mi hija, por mi marido, por mi hijo y por mí. A veces los echo tanto de menos que apenas soy capaz de seguir respirando. Hay quien dice que el tiempo cura todas las heridas, pero a mí no me las ha curado.

En el tren de vuelta a casa no paré de llorar. Volví a llorar cuando saqué la pluma para poner por escrito las experiencias de aquellas madres. Me resulta muy difícil comprender su coraje. Todavía están vivas. El tiempo las ha llevado al presente, pero cada minuto, cada segundo que han vivido, han luchado con imágenes que les ha dejado la muerte; y cada día y cada noche han soportado el doloroso recuerdo de haber perdido a sus hijos. No es un dolor que pueda borrar la voluntad de un ser humano: cualquier objeto doméstico, por insignificante que sea, una aguja y un hilo, un palillo y un bol, puede retrotraerlas a los rostros sonrientes y a las voces de las almas muertas. Sin embargo, deben permanecer vivas; tienen que abandonar sus recuerdos y volver a la realidad. Sólo ahora comprendo por qué había una fotografía de un ojo en cada habitación del orfanato -aquel ojo enorme, desbordado de lágrimas, el ojo con «el futuro» escrito en la pupila. No guardaron bajo llave la bondad maternal junto con el recuerdo de sus hijos; no se sumieron en un mar de lágrimas esperando compasión. Con la grandeza propia de las madres crearon nuevas familias para niños que habían perdido a sus padres. Para mí, estas mujeres son la prueba de la fuerza inimaginable de las mujeres chinas. Como madre puedo imaginarme la pérdida que debieron sufrir, pero no sé si yo hubiera sido capaz de mostrarme tan generosa en medio de su dolor.

Cuando presenté un programa de radio basado en estas entrevistas recibí más de setecientas cartas en tan sólo cinco días. Algunos oyentes me pidieron que presentara sus respetos a las madres del orfanato y les diera las gracias. Otros enviaron dinero rogándome que comprara regalos para los niños. Compartieron los sentimientos que el programa había despertado en ellos: una mujer me dijo que se sentía agradecida por sus hijos; una chica me dijo que quería abrazar a su madre por primera vez en la vida; un chico que había abandonado su casa meses atrás me contó que había decidido volver con sus padres y pedirles perdón. Todos y cada uno de los escritorios de la oficina estaban cubiertos de estas cartas, y una enorme caja de cartón que había al lado de la puerta rebosaba de regalos para los niños y las madres. En la caja había cosas del viejo Chen, del Gran Li, de Mengxing, de Xiao Pao, del viejo Zhang… y de muchos otros colegas.