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Pero lo que acababa de escribir Martín Zamora era un sueño imposible: antes de todo delirio debía padecer el dolor que produce la verdad y contestar las preguntas de los dos notables que se acercaban por el pasillo. A poco, al igual que el día anterior, les oyó trepar los tres peldaños de la escalera. Abrieron la puerta del calabozo y luego la volvieron a cerrar con un estruendo irrespetuoso del sueño de los presos, pero sin lograr que ni a Raymond Harris ni a Hermes Nieves se les alterase el ronquido.

El más joven de los dos, un abogado cargado de mariposas en el habla llamado Luca del Piero, director del periódico Il propagatore italiano y obsesionado por el afán de salvar del filo de la muerte a los condenados, no dudó en molestarlo con una ojeada que a todas luces parecía decir: “Si salvo tu vida te hago mío, varón de mala suerte”. Pero, afortunadamente, aquel putillo no sería el encargado de interrogarlo.

Era el otro, el capitán Hermógenes Masanti, un hombre sobrio, extraño, que cada poco trecho de palabras, a veces con desafortunados dejos de ternura cristiana, le reiteraba la invitación a hablar de sus andanzas, de sus compinches o de su conocimiento del general Venancio Flores y de su ejército de negros obsequiados por el general João Netto, gente capturada una y otra vez en territorio del Uruguay por la gavilla que integraba Martín Zamora, alias El Moro.

Era evidente que además de tratarlos como a vulgares cazadores de africanos, el abogado Luca del Piero les atribuía una trascendencia que ni él ni Hermes Nieves hubiesen imaginado en una ronda de tragos y buenas bromas. Pero al capitán Hermógenes Masanti le importaba solo Martín Zamora, pues parecía ver en él un vidrio ahumado a través del cual, si lo interrogaba con habilitad, podría entrever el bestial avance hacia Paysandú de aquellos ejércitos innumerables, comandados por insaciables devoradores de cielos. Podía adivinar al Emperador del Brasil y a Bartolomé Mitre en tortuosas maniobras con el general Venancio Flores para hacerse de estas tierras y luego entre los tres, como corresponde en los acuerdos sagrados, borrar del mapa al soberbio Paraguay de Solano López, bastión de los veinte apellidos como se ha dicho por ahí.