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A mediados del siglo diecinueve, un hombre muy alto, flaco y de notoria mala suerte, escribió sobre sus pasos por una aventura que no le era necesaria, a fin de que todos aquellos que tuviesen el deseo de emigrar al Río de la Plata fueran informados.
No les ocultó ni lo bueno ni lo malo, ni los alentó ni los desalentó, aunque nada lleva a suponer que estuviese feliz de estar allí donde estaba, en una tierra indecisa, confinado en un calabozo del pueblo de Paysandú, a punto de ser sitiado por tres ejércitos y lejos de su gente.
Al parecer, aquel hombre muy alto y flaco, con los pies destrozados por las caminatas interminables, escribió para que en el futuro supiesen que alguna vez existió, que era oriundo de Castellar de Andalucía, que su nombre fue Martín Zamora y que la vida es capaz de sorprender al más avispado, con violentas bifurcaciones relacionadas tramposamente con la gloria o la desgracia.
Escribió porque la palabra es signo y seguramente habrá considerado que sólo el signo trasciende la vida, porque ha sido siempre de ese modo y el que no lo comprenda así es apenas una bestia sin pasado.