39244.fb2 No robar?s las botas de los muertos - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 20

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No podía contener su mirada. Se le iba como el humo, lejos, por la pequeña ventana enrejada. Sus ojos volaban sobre los techos de la ciudad hasta descender sobre la isla Caridad, cada vez más remota y menos vulnerable, cada vez más poblada de niños y mujeres, los desalojados de Paysandú, a los que nadie se atrevería a bombardear. Fue entonces cuando percibió a su lado el perfume dulzón de Luca del Piero. El abogadillo se había acercado con desdén e intentaba pescuecear como una garza, hurgar a través del ventanuco las razones que, afuera, atraían la atención del condenado. Pero su escasa estatura no se lo permitió.

– No creo ser del todo Martín Zamora, capitán… -dijo con misteriosa ironía el prisionero-. He vivido como El Moro la mitad de otra existencia igual: la buena antes y la mala después, con un mar de por medio. No soy del todo un Zamora de los que quedaron en Castellar de Andalucía y soy tal vez El Moro que acorralaron en San Leopoldo de Río Grande… Pero de todos modos, alguien debe aceptar que uno es un poco todo eso… Incluyendo a este que duerme ahí, mi pobre camarada Hermes Nieves, quien no soporta la sífilis…

Con afectación, del Piero levantó los brazos al techo del calabozo y los detuvo en seco, horrorizado por entender que la suya era un tipo de piedad exótica, a la que el brasileño dormido no merecía ni por asomo hacerse acreedor.

– ¡Basta! ¡Basta!… -gritó-. De una maldita vez: ¿de dónde conoce a esta escoria que usted hace su hermano, que al despertar llora y busca cómplice, que lo mira a usted y habla con dulzura del forajido Laurindo José? ¡Ah! Lo pienso y me indigno… En eso discrepo con el capitán Masanti: no me interesan sus respuestas. Es más, ya mismo debería marchar con los ojos vendados al banco de la plaza…

– No contestaré ninguna pregunta ante usted, señor… -dijo Martín Zamora con suavidad, sin alterarse para nada. Luego volvió a hundirse en los signos trazados en la pared por otros presos, hasta que lo sobresaltó el ruido de la puerta abriéndose y dando paso a la figura del guardia, urgido por comunicarle al oficial un mensaje en voz baja.

Cuando el guardia se retiró, el capitán Masanti enderezó su espalda y decidió por fin abreviar el trámite, a sabiendas de que habían comenzado las horas del tormento para la pequeña ciudad. Entonces miró al abogado con firmeza y le dijo lo que le acababan de comunicar: que veinte leguas más arriba, el pueblo de Salto había caído en manos del general Venancio Flores sin ofrecer resistencia alguna. Luego hizo un silencio y continuó:

– Doctor del Piero, le ruego que abandone el calabozo y nos deje hablar a solas. Tenemos muy poco tiempo…

Mientras hablaba, el oficial tomó de un codo al amanerado, lo acompañó hasta la puerta y lo echó afuera.