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El capitán Masanti cerró la puerta y volvió de mala gana, convencido de que hay situaciones para las que no existe ni una sola reacción adecuada:
– ¡Vamos, pórtese bien, Zamora! No complique las cosas más de lo que están…
Con clara conciencia de que aquella era la única oportunidad de hablar con aquel hombre, sin importarle que existiesen allí otros testigos, Martín Zamora elevó la mirada y el fluido fue a dar directo a los ojos del oficial:
– Capitán, estoy dispuesto a decirle la verdad… Pero antes me dirá usted hacia dónde correrá nuestra suerte.
– No me pregunte por ellos. Lo que se hará con usted, aún no está decidido… Ahora, dígame su verdad, ¿cómo llegó a esto?
Martín Zamora tomó los papeles y emparejando las hojas, las acercó al extremo de la mesa para que Hermógenes Masanti las tomara.
– Dejémonos de joder con este interrogatorio… En estos papeles están todos mis pasos perdidos. Están más claras estas respuestas que sus preguntas cansadas… Y si algo no le satisface, entonces conversamos… De paso, le estoy agradecido por permitirme escribir.
Fue un acto de curiosa decencia. El oficial tomó los papeles y abandonando el acento imperativo de su servicio, tomó la única silla y la acercó a la luz. Luego tomó asiento y sonrió antes de comenzar con la lectura.
– Tiene usted una hermosa caligrafía. A mí también me gusta escribir…
– ¿Qué escribe usted? -preguntó Martín Zamora.
– Los partes de guerra, el diario del soldado… No más que eso.
Martín Zamora se fue a su camastro, se echó boca arriba y explicó, antes de que el oficial iniciara su lectura:
– Es tal como dije: conocí a Hermes Nieves hace unos diez años, allá por mayo del cincuenta y cuatro, él en tránsito por San Leopoldo y no por las inmediaciones de Porto Alegre como afirmó el marica. Empiece en esa página que puse encima, donde digo que estoy herido en el alma y con una guitarra por toda compañía…
Hermógenes Masanti le prestó atención. Luego se echó hacia atrás en la silla y se hundió en los papeles con la expresión sobria de quien está predispuesto a respetar lo escrito.