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“Pero el escándalo se armó en el pueblo de San Leopoldo.
Como es costumbre con los negros que fugan al Uruguay procurando libertades que en el Brasil no tienen, las crías capturadas serían sometidas primero a los trámites del párroco Januario. El cura les daría, como siempre, documento legal como nacidas de vientre esclavo; la madre y las hijas por igual, de lo contrario el traficante Germano Kray no pagaría por ellas ni aceptaría negocio de clase alguna.
Pero alguien, algún alcahuete de los uruguayos, les había hecho el favor de denunciar los pasos de Laurindo José y nos estaban esperando. Hermes Nieves y yo, tanto va el cántaro a la fuente, debimos darnos cuenta de la trampa, pero no lo hicimos.
Por orden del jefe, en vanguardia de vigilancia para no entrar al azar, nos anticipamos al grupo en una hora y llegamos en medio de la noche a San Leopoldo.
Debo confesar que no cumplimos en nada con las precauciones y nos metimos con toda la sed de los caminos en la barahúnda de la Casa de la Pastora, la taberna del viejo Veríssimo. Nadie impidió que nos acomodásemos en la barra ni que eligiésemos entre mujeres disponibles ni que tuviésemos fragmentarias conversaciones con gente conocida. Recién media hora después, bajo los truenos retumbantes de una tormenta sin agua, comenzamos a entrever lo que ocurría en aquella taberna poblada por una cantidad inusual de parroquianos y que debió inducirnos a sospechas desde un principio.
Pero ya era demasiado tarde. Mientras yo templaba la guitarra con unos tragos de más a cambio de canciones para nadie y Hermes combatía su fiebre en la barra atiborrada buscando calores de putas, fuimos de pronto paralizados en un rincón a punta de dagas camufladas en ponchos finos. Con notable disimulo, nos detuvieron con solvencia en cuestión de segundos, puesto que nadie allí dentro se apercibió de que éramos los primeros prisioneros de la gavilla más temida de Río Grande del Sur.”