39244.fb2 No robar?s las botas de los muertos - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 27

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“A decir verdad, simpaticé con el cónsul Guillenea.

Parecía un buen hombre: de chaleco negro sobre camisa blanca bordada, frente de bronce y seguramente tres huevos para lucir en medio de los macacos, paralizados todos sin excepción por la acusación de las malandanzas increíbles de Laurindo José.

Su vez sonaba como la de alguien cargado de razón.

– ¡Muéstrame, cobarde, enséñame tus documentos de propiedad sobre estos seres humanos! -gritaba mientras se le iba encima como una fiera, pasándole a un brazo de las barbas-. Apuesto a que tienes papeles tan fraguados y lacrados como los del negro Juan Rosa…

– ¿De quién está hablando el castellano? -reaccionó alelado Laurindo José.

Al caradura se le veía su ojo sano tan sorprendido y sin iniciativa, como a un querubín extraviado en las afueras del cielo. Y hasta hubiera convencido a los presentes de no existir allí, a la vista de todos, la desgraciada Pilar Maisí y sus infantas, echadas en el suelo, humilladas por la desnudez y agobiadas por el cansancio, los emplastos de barro seco, y la desesperanza.

– ¿Te sorprende, sanguinario?… Del infeliz Juan Rosa estoy hablando, lo recibí yo mismo en el consulado de Rio Grande. Dije “yo mismo”. A él casi desnudo, a Juana, su mujer, y a Segundina Marta, su hija de cuatro años, ellas sí, totalmente desnudas. Y… ¿saben que hizo esa sabandija en la noche del ocho de noviembre de mil ochocientos cincuenta y tres?… ¿No lo saben?

El presidente João Lena sí que reaccionó con vehemencia, aunque apestados sus mástiles por la borrachera. Golpeó fuerte sobre un tablón del mostrador y trepidaron los licores servidos.

– ¡Usted no es juez! ¡Se extralimita, señor cónsul!… El señor Da Costa será investigado por competencia del Imperio…

– ¡Un cuerno, su excelencia! -retrucó Guillenea-. No lo será ahora como no lo fue entonces, cuando este malnacido de Cangussú se internó Uruguay adentro y llegó con su partida mucho más allá del río Negro…

– ¡Ni conozco el río Negro! -protestó con descaro el forajido.

– ¿Qué no lo conoces, chafandín?… Para ser exacto, lo cruzaste y te fuiste hasta los campos de don Eduardo Iriarte para secuestrar al moreno Manuel Felipe, su mujer y una cría de seis meses. Los llevaste atados, hijo de perra, de tiro y a golpes por los pajonales. Pero el infeliz Manuel Felipe gritaba con demasiada insistencia que era libre, porfiando que no era su deseo seguir con ustedes de ese modo. Y a poco de llegar a la Picada de la Luz, este señor que ven aquí, Laurindo José da Costa, le cortó las orejas, lo degolló delante de su gente y dejó ir el cuerpo corriente abajo por el río Negro…

– ¿De qué está hablando este hombre? -preguntó Laurindo José, menos querubín que antes, la mano en la cintura y rodeando con el ojo solitario a los presentes.

Pero el cónsul Guillenea lo ignoró a él y al presidente João Lena. Hablaba sin detenerse, destilando una angustia antigua y una furia desmesurada para un auditorio de mujeres petrificadas en las sillas.

– …Y después vendió a la viuda y a la huérfana en Río Grande sin que hasta hoy se conozca el paradero. Pero el destino de Juan Rosa sí pude saberlo. Él, su mujer y su hija fueron vendidos en Pelotas al francés Le Clerc, notorio traficante de africanos. Y de no ser por un descuido del francés y por mi oportuna intervención, Juan Rosa hubiera sido revendido enseguida a João Felipe Netto, funcionario del gobierno… ¿Para qué? ¿Por qué pagaría por Juan Rosa un funcionario del imperio con dineros públicos?… Pues, vayan sabiendo, señores… Para ser devuelto por la fuerza y a palos a la guerra contra el Uruguay, pero esta vez como uno más de los mil negros regalados al general Venancio Flores para engrosar su ejército de invasión.

– ¡Pruebas, señor cónsul, pruebas de lo que está diciendo, pues el general Flores jamás ha tenido esclavos en sus filas…! -exclamó con soberbia uno de los notarios de Negocios Extranjeros y criador de caballos en Candiota.”