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26 de noviembre de 1864
Martín Zamora, alias El Moro, quien a los treinta y dos años se consideró a sí mismo un hombre vigoroso y entonado por el fuego, escribió también para dejar constancia de que estaba, se supone, en las reflexiones finales del veintiséis de noviembre de mil ochocientos sesenta y cuatro, demacrado y sin afeitar, en un resignado desaseo del cuerpo y a poco de ser pasado por las armas junto a un par de ciudadanos de diferentes imperios.
A juzgar por sus apuntes, es fácil suponer que la historia le ocurrió con tal apremio que pasó abruptamente y contra su voluntad de los campos andaluces al océano, de las cantinas de Río Grande del Sur al calabozo de una población desconocida, sin tener oportunidad de conocer en aquel lugar del mundo, mucho más allá de lo que le enseñaron sus propios ojos a través del ventanillo de la mazmorra.
De día, a la luz intensa del sol y a lo lejos, podía ver el río Uruguay, sus florestas lejanas y su corriente aterrada. Sabía que más acá, a su izquierda, estaba el enigmático teatro cerrado y a unas tres manzanas, el hospital resignado a esperar a los mutilados de una guerra inevitable; a cincuenta pasos del ventanuco, los fondos de un almacén de ramos generales llamado “E1 ancla dorada”. Solo eso podía ver de aquella villa de calles anchas y rectas centrada en la plaza de la Constitución y en la iglesia parroquial aún inconclusa en su construcción sin pretensiones, todo a punto de ser humillado por un trío de invasores prepotentes.
De noche era otro mundo: apenas tinieblas heridas aquí y allá por la luz amarillenta de los faroles de aceite; pero a la madrugada desaparecían los fantasmas y los buques de altas arboladuras formaban una reja intrincada de palos y obenques ante la isla Caridad, estirada frente al caserío encalado.
A esas horas primeras, las calles echaban al aire un ruido vago y febril de voces, de ruedas de carretones, de perros quejumbrosos y adivinos de la batalla, de leña quemada, de agua de toneleros, de mosquitos, de miseria recién llegada.