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El silencio del calabozo apenas se horadaba con el ronquido tortuoso de Hermes Nieves, pero Martín Zamora no estaba muy seguro de que al otro lado de la penumbra, el inglés Harris no estuviera atento a los intercambios de comentarios con el capitán a lo largo de la lectura.
– ¿Qué quiso decir João Vieira?… ¿Qué significa eso de la paciencia terminada? -preguntó Hermógenes Masanti, como si no lo supiese.
– Exactamente… no lo sé… Por lo que allí se comentó, el almirante Tamandaré quiere la bandera imperial sobre la iglesia de Paysandú para el día del Año Nuevo…
– En dos horas tendremos a ese macaco de lujo frente a la ciudad… -comentó con desprecio el capitán, mientras cabeceaba en dirección al río.
– Luego caerá Montevideo. Caerá el presidente Atanasio Aguirre… y Venancio Flores se hará cargo de esta tierra… -agregó Martín Zamora.
– ¿Qué ocurrió con el resto de la gavilla?
– El cónsul Guillenea exigió la entrega de Laurindo José y los suyos para ser juzgados en este país. Pero era mucho pedir. Consideraron que era una concesión excesiva. Y además un peligro, puesto que el bandolero sabía demasiado de movimientos de tropa y secretos de guerra. Al final João Vieira terminó por invitarlo a que se conformara con dos integrantes elegidos al azar, mientras que los demás quedarían en Río Grande para ser investigados por los jueces del Imperio… cosa que nadie cree; de modo que nos entregó a Hermes Nieves y a mí, para que el cónsul Guillenea nos sometiera a juicio en territorio uruguayo. El resto lo sabe usted, señor: considerando el riesgo de encontrarse durante el trayecto con las partidas armadas del general Flores, el cónsul fue cauto y prefirió abreviar el trámite: nos dejó en Paysandú y él siguió aliviado de peso hacia Montevideo.
– ¿Qué quiere que haga con estos papeles? ¿Para qué escribe?
– Escribo por las razones que dije al principio: para que los que deseen emigrar, sean informados. Es la verdad, palabra por palabra.