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27 de noviembre

La apariencia del capitán Masanti era la de un hombre melancólico, pero lleno de decisión. Dejando entrever que un delgado hilo había quedado establecido entre él y Martín Zamora, se acercó al ventanuco del calabozo y miró hacia el río. A juzgar por los apuntes recién leídos, el descaminado prisionero andaluz no tenía ninguna posibilidad real de provocar trastorno alguno. A su entender, apenas alcanzaba la estatura de un desgraciado buscavidas, un vagabundo con la existencia desquiciada por las circunstancias hostiles de un mundo que no le depararía jamás un sitio de preferencia.

Y así se lo haría saber al coronel Leandro Gómez.

De todos modos, a ojos de Martín Zamora, era evidente que el capitán prefería remolonearse sus minutos antes de abandonar la seguridad del calabozo y atravesar la plaza. Al fin se dio vuelta y observó al brasileño enfermo.

– Él morirá en pocas horas, ni siquiera habrá tiempo para ajusticiarlo… Pero usted podrá esperar. Si Paysandú resiste, puede que tengan alguna suerte; de lo contrario…

Desde el fondo penumbroso del recinto, emergió ronca y cauta la voz del inglés:

– ¿Y qué pasará conmigo, capitán?

Hermógenes Masanti le dedicó una ojeada intrigante, pero luego optó por rebuscar en el bolsillo de su chaqueta y extrajo un Orden del Día doblado en cuatro, en el que el coronel Gómez daba cuenta al Ministro de Guerra y Marina, de ocho desertores de Venancio Flores llegados a Paysandú tres semanas atrás e interrogados por el Estado Mayor. Uno de ellos era Raymond Harris.

El oficial omitió la información que no venía al caso y leyó el tramo final de la carta, alto, para que fuese escuchado con claridad:

– “… Y con respecto al capitán Raymond Harris, de nacionalidad inglesa, luego de su interrogatorio se sospecha que finge su condición de desertor. Y de confirmarse que es un espía del gobierno de Mitre, será pasado por las armas a la brevedad…”.

Sin mirarlo siquiera, sin importarle el efecto que había provocado, el capitán Masanti suspiró hondo, guardó el papel en el mismo bolsillo y dejó caer dos veces un puño cerrado sobre la madera de la puerta. Alguien, el guardia o el abogado de mariposas en el habla, abrió para que abandonase el calabozo. Antes de irse, Hermógenes Masanti se volvió y le dio la última instrucción:

– Apenas muera el brasileño, avise al guardia para que retiren el cuerpo…

Luego, todo volvió a quedar en la penumbra del principio.

– Quisiera mi guitarra, ahora… -murmuró Martín Zamora en voz muy baja, para nadie.

– Y a mí me agradaría escucharle una canción… -dijo de pronto el inglés, girándose en el catre y asintiendo con una sombría comprensión, como si considerase que en situaciones como aquella, una guitarra tiene el mismo valor que un medicamento capaz de retardar la muerte.

– La historia que le ha contado al oficial es muy convincente y es seguro que le ha removido las entrañas. Es usted un buen hombre, Zamora…

– Es la verdad, palabra por palabra… -volvió a repetir-. Mi consuelo es que no viviré para ver los estragos que se vienen.

Raymond Harris se irguió de repente, sacudió el revoltijo de su melena rubia y se afirmó sobre un codo para verlo mejor.

– Se equivoca, camarada… Sobreviviremos este infierno los dos.

Con una sorpresa manada de la amargura, Martín Zamora lo observó con detenimiento y por primera vez, desde que convivían por la fuerza, le preguntó quién era él en realidad, de dónde sacaba su enfermizo optimismo.

Entonces, el inglés Raymond Harris se levantó, se lavó vigorosamente la cara y terminó por sentarse en el mismo sitio donde antes había estado leyendo Hermógenes Masanti. Luego, a sabiendas de que tenía todo el tiempo del mundo para hacerlo, comenzó a explicarle a Martín Zamora lo noble y lo perverso que tienen todos los sitios de los que él había tenido noticia.