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– Yo debo haber vivido muy cerca de usted, Zamora, pues vengo de Gibraltar en donde encontré la vida fácil como soldado, mal pintor y traficante de cuadros falsos. Pero esa es otra historia. Lo cierto es que este es mi segundo sitio en la vida y ya estoy empezando a creer que la fascinación de los ingleses por la guerra es nuestro defecto fatal, pues nos va llevando de la mano a la decadencia… Vea usted, el Imperio Británico, como le llaman ahora, ha recibido verdaderas bofetadas en estos años, pero ninguna más humillante que el gran motín de la India.

Ocurrió hace ocho años apenas, yo estaba en la colonia y me parece que fue ayer. No fui como un soldado más, sino para vender una pequeña colección de óleos a una familia de nobles insoportables por su soberbia. En realidad, no solo ellos, sino todos los ingleses eran soberbios allí. “Soberbios, confiados y estúpidos”, como solía llamarlos mi amigo, el teniente escocés Rupert Coates. Y en verdad, que lo eran en exceso puede deducirlo claramente de la imprudencia de disponer sólo de treinta mil soldados británicos en la India, sumándose apenas a la exageración de un cuarto de millón de cipayos, esos soldados nativos que nunca fueron demasiado confiables ni demasiado fieles a sus jefes ingleses.

Preste atención y dígame usted si conoce alguna guerra en que alguna religión no esté detrás, con sus dioses bárbaros, sus éticas estúpidas y sus rituales acatados por las mayorías. Aquí mismo, el general Flores le llama “cruzada” a sus carnicerías y trae en sus estandartes el Sagrado Corazón de Jesús, sólo para obtener el respaldo de los primitivos. En todo el orbe es igual, Zamora. Mis compatriotas demostraron durante diez años una prepotencia difícil de aceptar en todos los rincones del Imperio; en la India en particular. En nombre de nuestra reina virtuosa, se pasaron de la raya jugando a las reformas religiosas y los indios no se sintieron muy complacidos de verlos ocupados en esas tareas. Había que ver a mis compatriotas cazando a los thugs o a los suttis, solo porque se resistían al evangelio.

Y a veces, como aquí en Paysandú, el conquistador opera con la misma delicadeza de un elefante en un bazar. Ya lo verá usted: tarde o temprano, cometerán una soberana estupidez que a ellos les aguará la victoria y a usted le recordará mis palabras… “¿Quién Iba a sospechar, por ejemplo, que un moderno rifle iba a ser derrotado por una simple creencia de la chusma y desatar una horrenda carnicería?”, me preguntó una noche de brandy mi amigo, el heroico Rupert Coates. Nadie, ninguno de los que allí estábamos. Pues así fue, amigo mío. Cuando el ejército inglés adoptó el nuevo rifle Enfield, los cartuchos venían de la fábrica revestidos de mucha grasa. Y es necesario morderlos para liberar la pólvora. Por esa razón corrió el rumor entre los regimientos indios de que la grasa era de cerdos y de vacas, que aquellos cartuchos eran una artimaña para deshonrar a los cipayos y llevarlos a violar sus propias normas religiosas.

Eso fue en enero. En enero del cincuenta y siete. Cuando cayeron en la cuenta de la estupidez cometida, las autoridades se pusieron muy nerviosas y actuaron con toda la rapidez que les permitió su miedo de patanes. Ordenaron que los cartuchos engrasados en la fábrica se suministraran únicamente a los europeos y autorizaron a los cipayos a untar los suyos con aceite vegetal. Pero aquella medida, que hubiera sido muy razonable en otro tiempo, llegó demasiado tarde. La irritación de la gente era tan grande, que para marzo los cipayos ya habían rebanado los primeros pescuezos de oficiales británicos. Y en mayo estalló el alzamiento general.

El episodio más sangriento del motín ocurrió precisamente donde yo estaba, en Cawnpore, una ciudad de ciento cincuenta mil habitantes a orillas del Ganges, un sitio donde pude comprobar todo lo noble y lo absurdo que existe en la sociedad de hoy. Un millar de británicos, incluso trescientas mujeres y niños, estuvieron bajo el fuego enemigo durante dieciocho días. Y a pesar de que las condiciones de vida terminaron por violar todos los elementos de la decencia, durante los primeros días del sitio la vida se desarrolló con sorprendente normalidad: los soldados bebían champaña, comían arenque ahumado y hasta se celebró una boda, a pesar del fuego constante de los rifles y de la artillería que se mantenía día y noche. Eso lo vi con mis propios ojos, Zamora.

Después, todos sin excepción debieron plegarse a una sola comida diaria y pronto nos tocó comer carne de caballo, cosa que a las damas les provocaba más arcadas de asco que buen gusto. ¡Ah, las mujeres…! precisamente las damas de Cawnpore, para mejorar el abastecimiento, renunciaron al componente más preciado de su atuendo: se despojaron de los calzones y de sus corpiños para hacer los tacos de las balas. Hasta que la situación se hizo desesperada. No había agua, excepto la que podía lograrse en un pozo ubicado fuera del campamento.

Pero los soldados que intentaban conseguirla, morían en la empresa. O morían de insolación, porque allí la temperatura llegaba a los cincuenta y ocho grados. Un pozo seco que teníamos dentro del recinto fue utilizado como sepultura de los cadáveres. Todo se incendiaba: los edificios, los abastecimientos médicos, el alma, todo.

Un mes más tarde, los cipayos pidieron una tregua y nos ofrecieron paso libre por agua hacia Allahabad, una ciudad que estaba a ciento sesenta quilómetros río abajo. Aceptamos.

La evacuación se inició dos días después, al amanecer del veintisiete de junio, en cuarenta navíos vigilados atentamente por los cipayos armados. Pero apenas subió el último inglés a bordo, los tripulantes nativos saltaron al agua y a continuación los cipayos abrieron fuego sobre las embarcaciones, todavía amarradas a la costa. A la media hora, los barcos estaban incendiados y el río cubierto de cadáveres y mujeres y niños que se ahogaban. Y lo que no lograba el agua, lo hacían ellos, pues los jinetes indios se metían en el río y sableaban sin piedad a los sobrevivientes.

Salvo unos veinte hombres que lograron escapar, todos fueron muertos.

Como es obvio, yo fui uno de los fugitivos; y el fantástico teniente Rupert Coates, de quien nos despedimos para siempre en el buque que se lo llevó a las costas de Dover.

Más tarde supe que un grupo de mujeres y niños fueron llevados a una casa de adobe cercana a la costa y mantenidos allí varios días en un calor sofocante, hasta que varios hombres, entre ellos algunos carniceros de profesión, entraron en la casa con sables y cuchillos y exterminaron a todos los prisioneros. Los cuerpos desmembrados fueron arrojados a un pozo próximo que, según se afirma, se llenó.

Mientras tanto, yo fui arrojado por la fortuna al sitio de donde nunca debí moverme.

Para las Navidades del cincuenta y siete, ya estaba nuevamente en Gibraltar brindando por las grandezas del Imperio y pronto para las experiencias que hoy estoy viviendo junto a usted… Prepárese para el horror, mi amigo. Que yo sepa, desde Tiro a Masada, pasando por la aventura de Taras Bulba en Kiev, hasta Cawnpore, ningún sitio llegó a su fin sin que hubiera atroces humillaciones para el vencido… Y los aborígenes de Paysandú no tienen aspecto de triunfadores… concluyó Raymond Harris con la sorna que jamás lo abandonaba.

A continuación flexionó los brazos, se puso de pie y miró hacia afuera por el ventanuco. Pero ya todo estaba oscuro y silencioso, extrañamente cargado de medianoche.

Sin moverse de su asiento, muy próximo al camastro donde Hermes Nieves agonizaba, Martín Zamora permaneció largo rato anonadado por la historia del inglés, sin perder de vista su silueta dibujada a la luz del pequeño farol de aceite.

– Usted es un hombre sin fortuna, don Harris… Quiera Dios que salga bien del interrogatorio… -dijo Martín Zamora.