39244.fb2 No robar?s las botas de los muertos - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 35

No robar?s las botas de los muertos - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 35

34

Acostumbrado a entrever lo que quedaba de vida en los enfermos de la guerra, Hermógenes Masanti no se equivocó: Hermes Nieves murió pocas horas después acogotado por la fiebre y cribado por las ulceraciones, sin abrir la boca siquiera para un insulto último o para despedirse de su camarada de andanzas. Murió sudando a mares, con la mandíbula trabada, echando olores pestíferos por cuanta cavidad tenía y con las falanges crispadas sobre el poncho fino que lo cubría.

– Fue un mal hombre, pero lo quise igual… -dijo Martín Zamora, mientras estiraba con delicadeza la prenda mugrienta, a plena conciencia de que una vez que lo cubriera hasta la cabeza, no lo vería nunca más.

El inglés Harris quedó sorprendido ante la escena. Al comprobar que nada había allí de forzado, interpretó aquel gesto como una forma en extremo sencilla de separarse definitivamente de un pasado reciente y turbio; o por el contrario, de ingresar a una época seguramente infinitamente más breve que la anterior, pero de mayor incertidumbre y de creciente soledad. Incluso imaginó que si las autoridades hubiesen tenido la oportunidad que él tenía de observar en Martín Zamora aquel gesto de incuestionable pureza, fue supremo cansancio, de consternado alivio, de capitulación absoluta, entonces no hubiesen dudado en perdonarle al andaluz todos los pecados acarreados en las andanzas con los ladrones de negros, sus secuaces brasileños. A las claras se veía que al instante de abandonar Hermes Nieves este mundo, el suyo se reduciría en un soplo a la compañía impropia de un inglés. Tampoco se equivocaba si profundizaba un poco más y se figuraba a Martín Zamora rodeado de una agobiante nada humana de la cual sería difícil emerger, a menos que se propusiera el penoso objetivo de reparar el decrépito puente con el pasado originario y desandar el cada vez más lejano camino del océano. Eso, por supuesto, en el hipotético caso de que le permitiesen esquivar el fusilamiento prometido.

Durante un buen rato ambos permanecieron sin decir nada, como si hubieran coincidido en que la presencia de un incómodo cadáver fuese una suerte de excusa para dejar a un lado los resabios de la muerte y comenzar de una vez por todas a pensar con sentido práctico en lo poco que restaba por vivir.

Y para eso, el primer paso era sacar aquel muerto de allí.

– Usted es realmente un buen hombre… -dijo Raymond Harris con sincera admiración.

Por primera vez en los días de calabozo, Martín Zamora tuvo una reacción instintiva de viejos tiempos, que lo llevó a girarse con fastidio y decirle al inglés:

– ¡Déjese de mariconadas y dígale al guardia que aquí hay un muerto!