39244.fb2
1 de diciembre
El primer día de diciembre de mil ochocientos sesenta y cuatro, el patio de la Comandancia Militar, encalado y restallante de luz al solazo de las tres de la tarde, pareció herirse de pronto con la aparición del coronel Leandro Gómez vistiendo su casaca rojo fuego, su pantalón blanco y sus botas negras brillantes. Caminaba lentamente, con el pecho un tanto hundido entre los hombros, la cabeza descubierta y las manos a la espalda apretando el pañuelo que usaba para atenuar las miasmas de su enfermedad, con todo el aspecto de estar sumergido en pensamientos profundos. Sin embargo, por momentos parecía distraerse respirando profundamente y mirando el cielo disponible con detenimiento, tal como si esperase el vuelo de un pájaro conocido o alguna señal secreta que le anunciase una noticia muy importante.
Una veintena de hombres que en las inmediaciones del patio especulaban sobre la guerra callaron respetuosamente y no lo molestaron con saludos ni palabras, pues sabían que el Coronel acababa de designar a los jefes de la defensa y ya todo estaba listo para presentar batalla.
Algunos de los hombres, recostados a las rejas de la ventana abierta de par en par, habían escuchado en silencio la eléctrica conversación de las designaciones entre los oficiales reunidos en la sala de la Comandancia.
Apoyado en un macetón de flores violetas, Martín Zamora se enderezó con rapidez y adoptó una postura de alerta, observando en silencio a aquel hombre casi tan huesudo como él, seguramente pálido en invierno y dueño de una expresión a todas luces franca y serena, que le otorgaba esa imagen de hombre en el que puede confiarse y que constituye la materia prima de las buenas reputaciones.
Era la primera vez que Martín Zamora veía a Leandro Gómez y dedujo que sin aquella curiosa barba casi rubia, que contrastaba con su pelo cuidadosamente recortado y que llovía desde el mentón unos quince centímetros sobre el pecho dejando al descubierto sus mejillas oscurecidas por el sol, el Coronel podría aparentar, a lo sumo, unos cuarenta y cinco años. Pero lo que provocaba una misteriosa atracción a quien lo observara sin ser visto, era su curiosa mezcla de calidez y ausencia de nervio, una especie de inconsciencia resignada y serena a flor de piel, propia de quien sabiendo lo que le espera en la vida, se siente libre de arriesgar su pellejo donde quiera.
“O es un loco de remate o sabe muy bien que tiene los caminos cerrados y las horas contadas”, pensó Martín Zamora.
No obstante, como todos, dudaba de lo uno y dudaba de lo otro, pues le han dicho que el coronel sueña noche a noche con tres sueños: con que el general Sáa llegue con buenos refuerzos desde Montevideo, con que el general Justo José de Urquiza despierte de su letargo y cruce el río con su legendaria caballería y con que el mariscal Francisco Solano López aparezca por el norte con treinta y cinco mil paraguayos detrás, para cumplir su promesa de borrar hasta al último brasileño que se atreva a mancillar el territorio oriental.
Antes de regresar a lo abandonado, el coronel Gómez giró sus ojos pardos hacia el macetón de flores violetas y durante un instante pareció reparar con un dejo de curiosidad en la alta figura de Martín Zamora.
“Soy yo el que tiene los caminos cerrados”, pensó, observando que de pronto el Coronel se volvía bruscamente y retornaba con urgencia al recinto de donde había salido, pues alguien había gritado que el ejército de Venancio Flores comenzaba a movilizarse lentamente en su campamento del arroyo Sacra.
Mientras tanto, frente a la arcada de la Comandancia, la garita de guardia apenas se veía entre la multitud de hombres armados que comenzaba a agolparse alrededor de la pirámide de mármol enclavada en el centro de la plaza. Cada vez era más evidente el progreso del desasosiego y la furia, el griterío de muerte a los invasores o de vivas al comandante Gómez, mientras sobre las cabezas se agitaban las carabinas y los sombreros. En las ventanas y en los techos, sentadas en los pretiles con las piernas colgando en el vacío, las mujeres jóvenes hablaban entre ellas con aprehensión o sollozaban ruidosamente, sin temor de ser observadas.
Desde el ángulo sudeste de la plaza, un soldado con la casaca abierta sobre el pecho desnudo volvió a gritar:
– ¡El enemigo se mueve!
El guardia estaba apostado a ocho metros de altura, sobre un torreón de ladrillos que dominaba los edificios próximos y a cuya cima se trepaba por una explanada dispuesta en caracol.
“Una construcción muy temeraria”, pensó Martín Zamora con disgusto, observando que si bien las paredes tenían un espesor respetable, relumbraban en su blancura de cal y hacían, por alto contraste, que las piezas de hierro fueran demasiado visibles a la distancia. Eran de calibre doce y estaban colocadas sobre el techo sostenido por gruesas vigas de ñandubay. Para colmo, dentro del “Baluarte de La Ley ”, como pomposamente habían bautizado aquella construcción, estaba ubicado el depósito de las municiones.
Alertado por el grito, Martín Zamora se dejó ir entre la gente sin poder creer lo que estaba viendo, pues jamás hubiera imaginado que en tan poco trecho hubiese tanta condensación de guerra. A pocos pasos, en otra esquina de la plaza y entre los eufóricos que le hacían sitio, un grupo de músicos clarinetes, trombones y tambores se acomodaba la retreta. Sin que nadie lo importunase, Martín Zamora comenzó a caminar despacio con el fusil en la mano, con la secreta intención de saber exactamente dónde estaba parado o qué demonios era lo que iba a defender y qué sería lo que haría peligrar su vida en los alrededores.
Pero no fue muy lejos adonde pudo llegar. En esas horas, centenares de centinelas habían comenzado ya a atrincherarse en las bocacalles y a cerrar todas las entradas al recinto fortificado, comenzando por los portones de hierro ubicados en ambos extremos de la calle 18 de Julio, con sus respectivos puentes levadizos tendidos sobre un foso ancho y accionados por roldanas. Ambos estaban bajo la custodia repartida de los ciento ochenta voluntarios de la Legión Argentina, llegados desde la orilla vecina de Entre Ríos.
En total, si se contaba a los voluntarios extranjeros, los que iban a defender la villa no llegaban a los mil hombres.
De pronto, sin previo aviso, mientras Martín Zamora experimentaba la incómoda sensación de no pertenecer a ningún sitio, a ningún bando, a ningún grupo, todo el mundo detuvo las conversaciones y los movimientos. Se hizo el silencio absoluto en la tarde de la ciudad y él se sorprendió detenido frente a la fachada de un comercio de paredes descascaradas llamado “El ancla dorada”, sin saber qué hacer en medio de la calle.
Desde la plaza, los potentes acordes del himno nacional hicieron ponerse de pie a los soldados de las trincheras. Un fusilero moreno de casaca gris lo observó con reprobación y le hizo un gesto para que se quitara el sombrero.
Entonces, con el fusil en una mano y el sombrero en la otra, desanduvo lenta y cuidadosamente sus pasos, hasta llegar a la plaza justo en el instante en que decrecía la ovación para dar paso a la voz potente y áspera de Leandro Gómez, levantándose por encima de la multitud desde la explanada del Baluarte de la Ley.
Desde su altura y sin necesidad de estirarse, Martín Zamora observó que el Comandante, con el rostro conturbado y brillante de sudor, acodado en la baranda de ladrillo y enarbolando una lanza con la bandera uruguaya, gritaba:
– ¡Para que lo tengan muy claro!… Se acaban de hacer los siguientes nombramientos…
A cada nombre que dejaba caer, sobrevenían las euforias de la aprobación.
– ¡Para jefe de la línea del Sur… al coronel Tristán de Azambuya!
– ¡Vamos, don Tristán!
– ¡Para Jefe de la línea de cantones del Este, al coronel Emilio Raña!
– ¡Vivan los blancos!
– ¡Para Jefe de la línea Oeste… al comandante Pedro Ribero!
– ¡Que muera el traidor Flores!
– ¡Para Jefe de la línea Norte… al comandante Federico Aberasturi!
– ¡Fuera los macacos de Pedro Segundo!
– ¡Al mando de la Batería Baluarte de la Ley… el comandante Juan Braga!
– ¡Que se vengan, capones!
– ¡Y para jefe de la Defensa de la Plaza… al coronel Lucas Píriz!
– ¡Viva el comandante Gómez, carajo!
Martín Zamora observó que todos ponían una fuerza desmedida en los gritos. Sin excepción, todos gritaban hasta enronquecer en un despilfarro de furia, mientras la banda de músicos del maestro Deballi reavivaba el entusiasmo y volvía a arremeter repicando sobre la marcha de Ituzaingó. Y pensó que en algún sitio ya había oído que había algo misterioso y antiguo en aquella salvaje artimaña de gritar. Entonces, en un instante, le vinieron a la mente las chafalonías y los ropajes coloridos de Laurindo José, Berlamido, del llagado Hincuta y del finado Hermes Nieves recién enterrado. También los hombres de la gavilla gritaban como dementes en los momentos difíciles, cuando sospechaban que todo podía irse al demonio en el momento menos pensado.
– ¿Por qué gritan tanto? -preguntó con fastidio Martín Zamora, un amanecer en pleno galope de retirada.
El tuerto Laurindo José cambió el grito por la carcajada y desde su caballo lo miró un instante mínimo con el ojo sano:
– ¡Para no sentirnos pocos, castellano…!