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3 de diciembre
Ya sobre el mediodía, casi dos horas después de que el pelirrojo emisario del ejército florista retornara al campamento con la terrible respuesta de Leandro Gómez, Martín Zamora se estaba frotando la nuca con agua jabonosa, cuando escuchó la noticia de que por el camino del puerto, se aproximaba una comitiva integrada por los principales oficiales de las cañoneras extranjeras ancladas en el río.
Guiados por dos oficiales de la guarnición de Paysandú, los capitanes Durrell, Martínez de Arce, Bertoni y Olivier, sin soberbia ni afectación, caminaban la par por el centro de la calle 18 de Julio en dirección a la plaza. Impecables en sus coloridos uniformes, se turnaban cada tanto para hacer la venia a los hombres armados que se alternaban entre las mujeres y los niños que no los perdían de vista desde las veredas.
Martín Zamora se apresuró a secarse la cara y antes de terminar de abotonarse su camisa de algodón descolorido, la comitiva apareció de repente en esquina de la plaza, apenas a un par de metros de donde él estaba.
Identificar al capitán Martínez de Arce sin haberlo visto nunca antes, sólo por su uniforme azul de marino español, lo tomó desprevenido, pues le provocó una imprevista y confusa inquietud emocional que lo impulsó a caminar hacia él y seguirlo mientras cruzaba la plaza hacia la Comandancia. Pero a poco comprendió que su actitud era absurda y pobre, que no habría forma posible de hacerse entender por el capitán compatriota ni de ser tomado en cuenta para nada, a menos que en aquel mismo instante, hiciese exactamente lo contrario de lo que estaba haciendo la comitiva, es decir, recorrer rápidamente el camino del puerto, sortear el puesto de avanzada y treparse al bote que había traído a los oficiales extranjeros.
Sin embargo, la posibilidad real de que fuese rechazado por los marinos españoles era demasiado fuerte como para decidirse a una acción de esa naturaleza. Además, por alguna extraña razón emparentada con Raymond Harris y con la palabra de honor empeñada con el capitán Masanti, sentía que si lo hacía, habría en su actitud algo de depravación que no alcanzaba a tolerar muy bien; y eso le trajo a Sancho Panza a su memoria, con aquello de “[…] conserva lo que el cielo te ha dado, compadre. Prefiere la corteza de pan que seca en tu alforja, a las aves que asan en la cocina del señor”.
Y en aquel momento, mientras permanecía estático entre la multitud de la plaza y observaba las espaldas multicolores de los cuatro oficiales detenidos a la espera de que el Estado Mayor terminase de descender por la explanada del Baluarte de la Ley, fue que Martín Zamora decidió, enteramente por sí mismo, que se alistaría del lado de la defensa.