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La noche comenzó a transcurrir pesada y angustiosa y no era la primera vez que Martín Zamora conocía la extraña sensación de estar en guardia y comprobar cómo la conciencia, imprudente y desmesurada, se iba extraviando lentamente.
En realidad, no aguardaba como cualquier soldado vigilante. Estaba con la espalda apoyada en la pared del patio y próximo a la puerta abierta de una de las habitaciones de la Comandancia de donde, en cualquier momento, saldría el capitán Masanti con las instrucciones del pequeño plan que había ideado para él. De vez en cuando sentía que un capitán llamado Hermenegildo Alarcón y ayudante del coronel Gómez, mientras fumaba bajo el marco de la puerta, lo observaba con recelo. Era evidente que el hombre desconfiaba al verlo así, en su apariencia de individuo absorto y ausente a lo que se gestaba en derredor, dueño de una vibrante e impropia calma, similar a la esos borrachos que parecen cobijar un fantástico pensamiento que no desean compartir con nadie. De pronto, Martín Zamora se inquietó, pues sospechó que al capitán Alarcón le estaba pasando por la mente que él pudiera ser un advenedizo descarado y ¿por qué no? un espía de Venancio Flores apostado con total insolencia y desparpajo frente a la mismísima pared de la Comandancia.
– Usted debería estar en alguna trinchera, amigo… -dijo de pronto el oficial.
– Estoy esperando una orden del capitán Masanti,
señor…
– Me cuesta creerlo, amigo. Usted tiene aspecto de no haber hecho nada en todo el día…
– No es así, capitán… -explicó Martín Zamora, envarado, sin mirarlo en ningún momento, mintiendo descaradamente, convencido de que era menester esfumarle el encono-. He pasado las últimas horas trabajando en el montaje de la defensa…
En realidad, durante toda la jornada había ido trabando conocimiento con los hombres responsables de los últimos arreglos de la plaza. Reparó en las armas, se aprendió los nombres de los oficiales, deambuló por las trincheras, conoció a Mercedes, la menor de las hijas de Leticia Orozco, la acompañó hasta 8 de Octubre y Monte Caseros donde estaba la botica de Abel Legar, la vaciaron de vendajes, cloroformo y emplastos, y cruzaron luego la calle cargando con todo lo que pudieron para ponerlo a disposición del doctor Mongrell, en la escuela pública que oficiaba de hospital de sangre.
Pero de trabajar en el montaje de la defensa, nada.
El capitán Alarcón se apartó del umbral, tiró el cigarro al suelo y lo pisó. Luego se acercó lentamente hasta quedar a medio metro de sus ojos.
– ¿De veras? Cuénteme, mi amigo, en qué colaboró, pero antes… ¡póngase firme cuando le habla un oficial, carajo!
Martín Zamora tomó el fusil por el cañón y se estiró cuan largo era para cuadrarse frente a él.
– Sí, señor. Con el capitán Lindolfo García construimos una explanada de madera en la esquina este de la plaza para colocar una de las carronadas desembarcadas del Villa del Salto, señor…
– ¿Y qué hicieron con la otra? Eran dos…
– La otra quedó a cargo del capitán Clavero y se colocó en la línea de defensa oeste-norte, en el cantón del teniente Silvestre Hernández…
– ¿Y la pieza de a ocho, la de bronce?
– La ubicamos en la esquina de la plaza frente a la casa del señor Argentó y quedó a cargo del alférez Joaquín Espilma, señor.
– ¿Y la pieza de a seis?
– ¿ La pieza de a seis? Pues… por ser la más liviana se dejó como reserva para usarla donde sea necesario. Quedó a cargo del teniente Rafael Pons, señor. Podéis ir a verla si lo deseáis, señor, aunque la vi un poco maltrecha…
– Con que tenemos un gallego, ¿no?
– No, señor. Soy andaluz…
– Es la misma cosa… Ustedes traen mala suerte.
En ese instante apareció el capitán Masanti y le pidió a Hermenegildo Alarcón que terminara con el fastidioso examen y lo dejara en paz, pues para aquel hombre tenía una tarea inmediata. Antes de retirarse, e1 capitán observó desafiante a Martín Zamora, como si tuviese una cuestión secreta con él o uno de esos misteriosos motivos de rivalidad animal que hay entre algunos hombres que nunca se han visto antes ni se volverán a ver después, porque la guerra suele matar a uno de ellos mucho antes de que sus cosas pasen a mayores…