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Sentado en una pequeña mesa rinconera de la oficina de la Jefatura, el menguado abogadillo Luca del Piero, el hombre de los interrogatorios y los vapuleos a Raymond Harris, observó con afectado desprecio al recién llegado.
Enigmático, Martín Zamora le sostuvo la mirada y luego, desde su altura, escupió distraídamente en el suelo. El hombrecillo de mariposas en el habla se sorprendió en medio de la penumbra y desvió la vista con rapidez hacia un periódico en el que difícilmente pudiera leer algo, pues la única lámpara de aceite que existía en todo el recinto estaba lejos de él, sobre la mesa donde el mismo comandante Pedro Ribero, un corpulento hombre rubio de treinta y cinco años, con una camisa impecablemente blanca y botas de media caña, había dispuesto una gran olla de café caliente muy cargado. Según él, era para mantener despierta a su guarnición, que entre los empleados de la misma Jefatura, cuatro voluntarios y parte de una compañía de Tacuarembó, llegaba a un total de cuarenta y seis hombres.
Al reparar en la figura fantasmal de Martín Zamora iluminada de abajo hacia arriba por la luz anaranjada de la lámpara, el comandante Ribero sonrió y lo miró con franqueza.
– Caramba, mi amigo, con esa estampa usted podría matar a unos cuantos brasileños de un susto -dijo mientras le extendía un pocillo de loza y le guiñaba un ojo.
– Gracias, comandante. Vengo a…
– Sé a lo que viene… -lo interrumpió-. Tómese un café y suba a la azotea inmediatamente. Nos veremos en un rato…
Martín Zamora vació la taza en sorbos rápidos y sonoros y se sintió mejor. Luego salió al patio, subió por la pequeña escalera de ladrillos y una vez en la azotea, caminó agachado a lo largo de la baranda de hierro, hasta detenerse detrás de un pilar esquinero que daba al frontispicio de la Jefatura.
Desde su sitio y siguiendo la misma línea oscura de la baranda, vio las siluetas de cuatro hombres armados. Estaban apostados detrás de los cuatro pilares restantes y a pesar de que nadie lo saludó ni le dedicó gesto alguno, Martín Zamora experimentó la tranquilidad de saber que estaban en la misma cosa. De pronto, el hombre más próximo salió de su mutismo y le dijo en voz baja:
– En una noche así, con que haya un poco de aire nomás, el perro trabaja bien…
Martín Zamora miró con sorpresa hacia el tipo oscuro. Ni por asomo entendió a qué diablos se refería; un chiflado tal vez, que buceando en su memoria había desembocado en un pensamiento en voz alta.
– Hombre, eso es muy cierto… -le respondió por responder, mientras se desentendía de él y se dedicaba a observar largamente la techumbre parda de la ciudad, envuelta en una oscuridad apenas lechada por la luna que en minutos se iría del cielo.
Entonces pensó que justo bajo sus pies y lejos de sospechar que alguien pudiese estar allí, encima, velando por su suerte, el inglés Harris debía estar echado boca arriba sobre el catre sin poder sumergirse en aquel sueño pesado del que hacía alarde cuando estaban juntos esperando el fusilamiento. Lo imaginaba con los ojos como platos, fijos en el techo del calabozo, con el cerebro abrasado por la idea de que nadie rejuntaría sus pedazos cuando los cañonazos brasileños comenzaran a despojar la Jefatura de aquellas paredes que se le vendrían encima como murallas desbaratadas.
“Tendrá mal fin”, pensó. “No será la voluntad del Gran Poder que el inglés muera en su cama de Gibraltar.”