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Por los alrededores nada se movía ni daba señales de vida bajo el cielo sin estrellas ni luna. El aire bochornoso de diciembre tenía gusto a la sal de los sudores y desde la altura de la azotea se olía confusamente a ropa pringosa, a bosta de caballos, a meadas de hombres y a tierra reseca.
No se percibía más que alguna lumbre de tabaco y todo lo que podía escucharse era alguna tos de trinchera, algún carraspeo o un mínimo ajetreo de vituallas metálicas, tal vez la última cucharada de fideos sobre un plato de lata o la fijación definitiva de una bayoneta al cañón de un fusil.
A Martín Zamora le costaba aceptar que la noche era como era. Desde niño y con mayor gravedad a medida que la vida avanzaba, estuviese donde estuviese, en un barrio de tres farolillos en Algeciras o sobre la cubierta del barco a merced del océano o en las llanuras interminables de Río Grande del Sur o sobre un techo de Paysandú, en cualquier parte del mundo la noche le daba igual. Le resultaba tenebrosa, oscuramente hostil, para nada romántica o ilusoria o provocadora de canciones, nada; penosa de temible se le hacía. Hasta recordaba sensaciones de refinada y ominosa endiablez, cuando medroso de las tormentas oprimía su guitarra contra el pecho y tocaba un fandango inseguro, ríspido, para los hombres del tuerto Laurindo José, aquellos compañeros de malandanzas. Lo recordaba todo traicioneramente cerca y se veía a sí mismo y a Hermes Nieves y al llagado Hincuta y al mismo tuerto de parche en el ojo, a todos, ocultando el miedo profundo y jamás dicho provocado por las noches sin estrellas ni luna, sobre todo cuando se hacía el trueno prolongado, latente y desparejo de poder, arrastrado por alguien o por algo sobre un cielo que se adivinaba pedregoso, emplomándose sobre hombres y caballos apretados, cobijados unos en otros, cada vez más conscientes de esa frágil soledad animal que sobreviene cuando se está lejos, ya no de casa, sino de toda vivienda humana. Y era entonces cuando de pronto a él se le formaban dos tormentas, una en las cuerdas de la guitarra y la otra a sus espaldas, por el inmenso espacio inexistente, la intangible pradera oscura en derredor, arriba y abajo; más arriba que abajo. La tormenta que venía en las cuerdas sonaba recio y la otra sonaba encapotada, a punto de derrumbarse sobre el todo oscuro, como un toro, plenamente negro. El viejo panadero Crispín Zamora le recriminaba a él, muchacho endeble tras las viejas murallas de Castellar Andalucía, su temor a la oscuridad y le decía, casi a gritos le decía: “Basta, hijo, cambia esa mirada de maricón, que todos los que tienen mala conciencia le temen a la noche y a las tormentas, pues se les antojan llenas de asechanzas”. Y el miedo menguaba y luego se le iba. Sentía la mano del viejo en la suya y se le iba. Pero eso era cuando el viejo Crispín Zamora andaba en las inmediaciones. Ahora no se lo veía por ningún lado, tampoco lo sentía.
Era evidente que el plazo había llegado a su fin y que dentro de un perímetro de dos mil metros a la redonda de la plaza de la Constitución se extendía, como una peste del espíritu, esa intuición colectiva insoportable de que detrás de cualquier punto de la inmovilidad absoluta, está escondido un ser humano con la feroz idea fija de sobrevivir a los demás.
Por fin, a las cinco de la madrugada los alrededores comenzaron a siluetearse con la claridad de un dibujo y a refrescarse con una de esas brisas muy suaves que suelen moverse desde el río, instantes antes de que el sol comience a cocinarlo todo.
Martín Zamora pensó que en cualquier instante sobrevendría el primer cañonazo proveniente de la escuadra, aunque a su juicio era más probable que la descarga inicial fuese disparada desde la vivienda del legendario general Servando Gómez, muerto hacía años y sin parentesco alguno con Leandro. Aquella vieja casona estaba ubicada a unas doce cuadras de la plaza en dirección al este de la ciudad, y en las últimas horas de la tarde se habían visto llegar hasta allí y tomar posiciones con movimiento de ratones rápidos, a muchos hombres de la vanguardia de Venancio Flores.
Y no se equivocaba. Hacia el este, se olía 1a muerte.