39244.fb2 No robar?s las botas de los muertos - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 50

No robar?s las botas de los muertos - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 50

49

En el preciso instante en que el coronel Leandro Gómez llegó a la plataforma del Baluarte de la Ley con la espada desenvainada en una mano y el estandarte nacional en la otra, a menos de un quilómetro de distancia el general Venancio Flores montado a caballo observaba el horizonte por donde aparecería el sol en los próximos minutos.

Cuando consideró que el momento había llegado, recorrió con su mirada las formaciones de sus tres mil hombres y los seis cañones rayados apostados a unas veinte cuadras de las poblaciones, levantó su mano derecha y la mantuvo en alto durante treinta larguísimos segundos.

Inestables y nerviosos sobre sus cabalgaduras, los oficiales del ejército del Brasil al mando del general Souza Netto, desplegados a unos trescientos metros del general colorado, esperaban a que los nacionales iniciaran el bombardeo, para luego apoyar el ataque a sui modo.

Al fin, el general Venancio Flores bajó abruptamente su brazo.

Acto seguido, el silencio mortal que hasta entonces reinaba en los alrededores se rompió en mil pedazos ante la furibunda descarga de artillería que se desató sobre el centro de Paysandú.

Las dos primeras balas de la andanada silbaron largamente sobre los techos y terminaron por incrustarse estruendosa y diabólicamente juntas en los escalones de la iglesia en construcción, haciendo un formidable boquete justo a la entrada de la casa de Dios.

El griterío y el entusiasmo de la guarnición de la plaza fue de pronto indescriptible, cuando los pequeños cañones establecidos en las esquinas que miraban hacia el sur y el este, levantaron sus miras por encima de los edificios y a la orden de fuego, las bocas escupieron furiosamente lo que tenían que escupir. Curiosamente, la primera pieza en iniciar el contraataque fue la del Sargento Distinguido Juan Irrazábal, pero ante el asombro de doscientos hombres, se desarmó al hacer el primer disparo y quedó completamente inutilizada frente al consternado sargento, mientras los cañones restantes de la plaza comenzaban a funcionar a las mil maravillas.

Uno de los soldados que acompañaban a Irrazábal, mientras observaba la iglesia bombardeada y el cañón destrozado, gritó a las risas que al frente del ejército de los macacos, era seguro que estaba el general Satanás.