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Con los fusiles listos, los cincuenta soldados presididos por un mayor y un capitán avanzaban con paso rápido y resuelto por el camino del puerto. Luego tomaron por la calle Real en dirección a la plaza de la Constitución y al aproximarse al primer cantón, el comandante Silvestre Hernández, apostado en la ventana alta de un altillo, reconoció el uniforme de los Cazadores y se quedó observándolos con curiosidad.
Cuando faltaban apenas unos cien metros para que desfilaran bajo sus ojos, el mayor Larravide apareció al galope por la calle lateral y haciendo sentar el caballo antes de la esquina, echó pie a tierra y no demoró en llegar al lado de Silvestre Hernández, un hombre alto y con aspecto de garza, que vigilaba la calle con el fusil apoyado en el pretil de la ventana.
– ¡Comandante, abra fuego contra la fuerza que está entrando!
– ¿Cómo dice? Son de los nuestros, mayor…
– Es una trampa, son hombres de Goyo Suárez. Ningún cazador del capitán Areta ha salido de la plaza.
– ¡Hijo de perra!
Entre avergonzado y enfurecido, Silvestre Hernández sacó una pierna por la ventana, después la otra y sin dudarlo saltó con el fusil en la mano los tres metros que lo separaban del suelo. De pie sobre la vereda, era realmente una garza.
Con rapidez, pero sin dar muestras de alarma general, entre él y Larravide distribuyeron a los hombres por el cantón, de manera que pudiesen dirigir una balacera frontal sobre el batallón que se aproximaba con las armas preparadas.
Con los fusiles apoyados en las aspilleras, los defensores de la calle Real esperaron a que los falsos cazadores estuvieran casi sobre ellos.
El rostro del hombre garza relumbraba en sus propias aguas y las gotas de sudor caían una tras otra sobre el martillo del fusil. Estaba enfurecido.
– Carajo, los estragos que hubieran hecho esos payasos… -dijo.
Sin mirar a Silvestre Hernández, pero adivinándolo cocinado igual que él a un par de pasos a su izquierda, el mayor Larravide trazó una raya imaginaria treinta metros adelante y apenas la primera línea de soldados colorados la pisaron sin saberlo, dio la orden que todos esperaban:
– ¡Fuego!
La descarga impactó en rojo y de frente sobre pechos, piernas y cabezas. La mitad de los hombres del batallón cayó como un grupo de muñecos de trapo, mientras el resto se desbandaba a la carrera hacia las últimas bocacalles, dejando atrás a su capitán malherido, un hombre moreno y de calva relumbrante como un espejo oval, que se arrastraba penosamente sobre sus brazos con la evidente intención de llegar a la esquina.
Uno de los hombres de Hernández saltó hacia la calle, alcanzó al oficial y en un principio, por el apronte que se le vio hacer, pareció que le iba a disparar en la espalda. Sin embargo, antes de que el infeliz voltease la cabeza para mirarlo, optó por ahorrar la bala, invirtió el fusil y descargó sobre su cráneo brillante un culatazo que le desbarató los días siguientes de su vida.
El hombre garza se irguió, se quitó el sudor de los ojos y dio la orden de despojar a los muertos y heridos de armas y municiones y llevarlas de inmediato a los puestos de las trincheras.
Cuando el mayor Larravide montó a caballo para volver al baluarte de la plaza, aquel asunto lamentable había terminado.