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Al caer la oración el fuego disminuyó y las columnas de asalto, aturdidas por la agresividad de la resistencia y la visión fantasmal de los seiscientos muertos que apenas unas horas atrás estaban vivos, comenzaron a retirarse en desorden hacia sus campamentos, dejando detrás una inquietante estela de desamparo.

Sólo se escuchaba el bombardeo cada vez más esporádico de la escuadra del río, cuando sentado frente a la mesa de su camarote con una servilleta de seda alrededor del cuello y alumbrado por un candelabro de cuatro cirios, el Barón de Tamandaré ordenó que detuviesen los cañones de todos sus barcos, porque le gustaría disfrutar del tiempo de la cena en medio de un silencio perfecto.

A la misma hora, extenuados por la fatiga, los hombres de la defensa comenzaron a aflojar sus manos y a soltar uno tras otro las armas a su lado, hasta que terminaron por echarse o dejarse caer sentados en los cráteres de las bombas o entre los recovecos de los escombros, y tras fumar un cigarro tembloroso por la inestabilidad del pulso, se sumían de pronto en un sueño agitado del que solo los centinelas que montaban guardia podían removerlos.

Desde la cima del Baluarte de la Ley, el comandante Juan Braga, con su rostro estropeado por los cascotes del parapeto, le comentó al capitán Masanti que los últimos tiros que se escuchaban, parecían provenir de una pequeña fuerza del Batallón Florida que en las últimas horas de la tarde, se había apoderado de la casa vacía de don Atanasio Ribero y también de la contigua, frente al edificio de la Jefatura bombardeada y calle por medio.

Allí, sobre los techos, aún permanecía parapetado Martín Zamora con los brazos adormecidos de tanto matar.