39244.fb2 No robar?s las botas de los muertos - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 60

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La ciudad presentaba el aspecto lúgubre e irreal de un mundo calcinado en donde solo tenían cabida algunos vivos entre centenares de muertos provocados por una lluvia continua de dos mil bombas diarias.

Las miradas de los hombres, secas y sin brillo, se daban a cada paso con el cuadro de las ruinas humeantes, las casas cribadas por los balazos, las puertas hechas pedazos, los zaguanes azulejados violados por la metralla, las rejas de las ventanas retorcidas o colgantes y las calles hoyadas por los rebotes de las balas de cañón o las explosiones de las bombas.

Frente a la iglesia, dentro del cráter abierto por un solo proyectil, cinco muertos yacían con las cabezas hacia el centro, mientras a su alrededor cuatro muchachos heridos observaban la escena sin repugnancia ni inquietud, fascinados quietamente y por primera vez con los despojos irreconocibles de la especie humillada.

Mientras el coronel Leandro Gómez cruzaba la plaza en dirección a la Comandancia sorteando escombros y jirones de caballos mutilados, los oficiales que pasaban lista entre su gente se aproximaban cada poco para enterarlo de que el coronel Raña tenía el vientre destrozado, que eran veintidós los muertos identificados, que ciento trece de sus hombres habían quedado fuera de combate, que dos carronadas se habían desmontado, que la hacienda para el consumo de las tropas había sido arrasada por las balas y que los animales sobrevivientes a la matanza habían huido despavoridos buscando la paz de los campos, por lo que ya no habría más carne fresca para la guarnición.

– No se asuste, coronel… Ellos tienen un desastre peor para contar -quiso alentar Juan Braga, mientras señalaba a los defensores ocupados en recoger el armamento abandonado por los invasores, los correajes de infantería barnizados de blanco y marcados con el escudo de las armas imperiales, los instrumentos de música de los negros marinos y un importante número de cajones de municiones rotulados en portugués.

– No me asusto, la vida sigue. Así que ordene el entierro de todos los muertos que puedan antes del amanecer -dijo el Coronel, distraído, observando que entre los hombres ocupados en recoger pertrechos perdidos, deambulaba un músico llamado Pascual Bailón aferrado a una guitarra quemada, un hombre de andar errático y aún con fuerzas para unas coplas tortuosas que hacía sonreír a los más entristecidos:

En Paysandú a un brasileño

ahorcaban por delincuente

y decía su mujer

y decía su mujer:

Nao tenha pena Vicente,

semos a seis de diciembre

e ainda podría ser

e ainda podría ser

que la soga se reviente…