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Durante la misa de despedida oficiada al atardecer entre los escombros de la iglesia, el teniente cura Juan Bautista Bellando se mostró sombrío y apocalíptico.
Apenas apagada la densa música del armonio maltrecho que acompañaba el pequeño coro de señoritas, el sacerdote espolvoreado de cal se adelantó un paso hacia los fieles y por unos instantes quedó sumido en un profundo y pasivo silencio. Luego levantó la cabeza con brusquedad y dijo que sabía, que tenía la convicción de que todos estaban dispuestos a morir con placer acompañando a los seres que amaban, pero que afortunadamente las leyes de la guerra no contemplaban la lucha de ancianos, mujeres y niños y que por ello las autoridades habían acordado que debían comenzar a abandonar Paysandú entre el anochecer y el alba. Que por tanto, los invitaba a orar por los que se quedaban, que el Señor vigilaría por los padres, los hijos y los hermanos en armas. Y que si Paysandú era vencida, en algún instante de la historia venidera, también sabría castigar con su furia divina el crimen cometido y se abriría para las almas de los defensores el camino hacia la sacrosanta paz, la promesa de la salvación y el premio de la vida eterna.
“Es todo. Que el Señor os acompañe…”, dijo el cura con la voz alterada no solo por la emoción, sino también por el miedo que lo llevaba a sudar profusamente bajo sus ropas sagradas y le adhería mechones de un color gris sucio a la frente, dándole un triste aspecto de romano en decadencia. Y tras bendecirlos a todos por última vez, dijo “amén”, y en medio de una indecisión de gestos mínimos desapareció entre los restos de la sacristía, sin que se tuviese noticias de é1 por algún tiempo.