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“A causa de mi vieja costumbre de hablar solo, de preguntarme en voz alta las razones de la extraña guerra que se avecina, de intentar comprender la agresión a esta población desconocida que será asediada como un mal remedo de Masada, el inglés Harris se compadeció de mi ignorancia y trató de explicarlo como si lo estuviera haciendo para un auditorio de indostanos al otro lado del mundo. Es decir, para que lo entendiese de una vez por todas. Y lo que ha quedado en mí tras sus palabras ha sido el sabor de lo perverso, pues será este el preámbulo de un despojo que cargará de oprobio a los endemoniados protagonistas, a saber, son el emperador Pedro II del Brasil y Bartolomé Mitre, presidente de los argentinos, general y cronista de una historia antojadiza. Ambos desean escarmentar y mutilar el Paraguay de Francisco Solano López, el 'penúltimo eslabón de una estirpe de tiranos, y digo penúltimo pues siempre habrá que dejar un sitio para uno más en la historia venidera', ha dicho Raymond Harris. Y solo porque el mariscal de los guaraníes cree que en este mundo el progreso es posible si se logra una distancia prudente con los imperios y si, como dicen, para muestra alcanza un botón, a don Francisco Solano le faltan ojales pues de ese modo ha logrado el telégrafo, el primer ferrocarril americano, la iluminación de la ciudad de Asunción, la paz y el orden. Sin embargo, este par de rapiñeros ha sabido embozar estos planes de despojo a cuatro manos, bajo la máscara de una cruzada por la libertad y otras patrañas. Y para ello han usado al general Venancio Flores, un hombre entretenido en golpear a los hombres a uno y otro lado de la frontera, mientras huye de las locuras de sus hijos y de la prepotencia de Agripina, como llaman a su mujer. Mitre y el Emperador le han prometido ayuda: derrocar al presidente Atanasio Cruz Aguirre y hasta sentarlo en el sillón presidencial, con la condición de que, a cambio, agregue su parte de sangre en la marcha de tambores sobre el Paraguay. Sin embargo, no será tarea fácil, pues en el camino a Montevideo se atraviesa un obstáculo: el coronel Leandro Gómez y su reducto, la plaza militar de Paysandú. Y aquí estoy yo, en el peor lugar y en el momento menos indicado para caer preso y ser fusilado por gente de seguro poco inclinada a un juicio justo.'*