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A finales del invierno de 1864, empezó a circular en el sur de América la negra noticia de la inminencia de la guerra.
En el Paraguay, la selva de la que hablaba Raymond Harris rodeaba al mariscal Francisco Solano López y a su alrededor nunca faltaban los amigos, los diplomáticos, los alcahuetes y los asesores que le daban un ánimo desmesurado. Es más, en la ruta de los repartidores de rumores y secretos, hubo quien una tarde se le apareció en su campamento de Cerro León y lo puso tan eufórico, que el mariscal optó por prescindir de asistentes para lustrar sus propias botas o para frotar con algodones aceitados la hoja de su espada.
Fue el embajador uruguayo Vázquez Sagastume quien le trasmitió la noticia de que en la provincia argentina de Entre Ríos el pronunciamiento contra Bartolomé Mitre y el Emperador del Brasil era universal, y que hasta el mismo general Urquiza había llegado a advertir públicamente, que si el ejército imperial brasileño se atrevía a invadir el Uruguay, él no dudaría en cruzar el río con todo lo que tuviese a mano para impedirlo. Pues tres semanas después, cuando se enteró de que la invasión al territorio uruguayo había comenzado, el mariscal López decidió que la hora de las apuestas había llegado y envió al santafecino José de Caminos con una propuesta muy clara para el caudillo de Entre Ríos: le tendía la mano y lo invitaba a pronunciarse contra Buenos Aires.
– Vaya, José, y dígale a don Justo que si tiene un huevo bien puesto como dice, que se pronuncie de una vez por todas contra Buenos Aires. Y que si tiene los dos en su sitio, que formalice enseguida una alianza conmigo y con el gobierno blanco de Atanasio Cruz Aguirre en Montevideo.
La idea del Mariscal era oponer otra triple alianza a los devoradores de tierra. Y mientras escuchaba al emisario con las manos a la espalda, Urquiza tomó conciencia de que de la noche a la mañana, se había convertido en el verdadero árbitro de la guerra inminente, pues del lado que él se inclinase, estaría la victoria. Sin embargo, el caudillo jugó más con su cintura que con su brazo de levantar ejércitos, adelantó al político que habitaba en él y retrasó al militar.
– Dígale al Mariscal que no permitiré que Mitre use uno solo de los hombres de Entre Ríos o de Corrientes, para armar expediciones al Paraguay…
Rebosante de alegría, José de Caminos desanduvo el trillo y el ocho de noviembre, bajo un sol todavía amable y con un vaso de brandy en la mano, le comunicó la novedad a Francisco Solano López en su campamento de Cerro León.
Cuatro días después, el Mariscal tenía el destino tan brillante y visible como una esmeralda brasileña.
Para probarlo le alcanzó con el Marquez de Olinda, un vapor que en pleno mediodía pasó resoplando frente a la rambla de Asunción, mientras cumplía su línea habitual entre Río de Janeiro y Corumbá. A bordo, abrillantado por el calor agobiante y fastidiado por los mosquitos, iba el gordazo Carneiro Campos, flamante presidente de Matto Grosso, llevando hombres y materiales de guerra para reforzar las defensas del alto Paraguay. “Los ríos no tienen dueños, rapaz. Queremos aguas libres para el Matto Grosso…”, le había dicho con voz suave y sencilla el Emperador, soñando con una salida al mar para los confines de su gigantesca espalda verde.
Sin dudarlo un instante, el mariscal López ordenó desde su campamento que el buque de guerra Tacuarí detuviese de inmediato el vapor brasileño, que incautase sus pertrechos de guerra y que el mismo Carneiro Campos y los tripulantes del vapor fuesen retenidos como prisioneros de guerra.
La orden se cumplió con pulcritud y elegancia de caballeros. Y apenas incautado, el Marquez de 0linda fue armado de inmediato para reforzar la escuadra paraguaya destinada a invadir primero el gran Matto y a dar una mano después a los amigos independentistas de Río Grande del Sur, los farrapos republicanos.
Escandalizado, el ministro brasileño en Asunción, Vianna de Lima, se pasó la mañana y la tarde del día siguiente recorriendo en carruaje todas las legaciones diplomáticas que pudo, elevando protestas blasonadas ante el insólito atropello y reclamando respeto y civilización para su soberanía. Hasta que al fin, a grito pelado, logró enfrentarse al ministro paraguayo de Asuntos Exteriores.
– Señor Viana, cálmese… -le dijo el ministro con una sonrisa de medianoche-. El gobierno de Paraguay ha obrado con el mismo derecho que ha ejercido su Imperio al ocupar el territorio uruguayo.
Ante la convicción de que aquella temeraria respuesta significaba la guerra desatada, Vianna de Lima se volvió a su residencia, aprontó rápidamente cuatro baúles de pertenencias y aquella misma madrugada abandonó el Paraguay, con su mujer bostezando, cuatro esclavas del Congo y la cabeza cargada de represalias.