39256.fb2 Noticia de un Secuestro - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 13

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EPILOGO

A las nueve de la mañana del día siguiente, como estaba acordado, Villamizar desembarcó en Medellín sin haber dormido una hora completa. Había sido una parranda de resurrección. A las cuatro de la madrugada, cuando lograron quedarse solos en el apartamento, Maruja y él estaban tan excitados por la jornada que permanecieron en la sala intercambiando recuerdos atrasados hasta el amanecer. En la hacienda de La Loma lo recibieron con el banquete de siempre, pero ahora bautizado con la champaña de la liberación. Fue un recreo breve, sin embargo, porque entonces era Pablo Escobar quien tenía más prisa, escondido en algún lugar del mundo sin el escudo de los rehenes. Su nuevo emisario era un hombre muy alto, locuaz, rubio puro y de largos bigotes dorados, al que llamaban el Mono, y contaba con plenos poderes para las negociaciones de la entrega. Por disposición del presidente César Gaviria, todo el proceso de debate jurídico con los abogados de Escobar se había llevado a cabo a través del doctor Carlos Eduardo Mejía, y con conocimiento del ministro de Justicia. Para fe entrega física, Mejía actuaría de acuerdo con Rafael Pardo, por el lado del gobierno, y por el otro lado actuarían Jorge Luis Ochoa, el Mono y el mismo Escobar desde las sombras. Villamizar seguía siendo un intermediario activo con el gobierno, y el padre García Herreros, que era un garante moral para Escobar, se mantendría disponible para los tropiezos de mayor urgencia.

La prisa de Escobar para que Villamizar estuviera en Medellín al día siguiente de la liberación de Maruja había hecho pensar que la entrega sería inmediata, pero pronto se vio que no, pues para él faltaban todavía algunos trámites de distracción. La mayor preocupación de todos, y de Villamizar más que de nadie, era que a Escobar no le pasara nada antes de la entrega. No era para menos: Villamizar sabía que Escobar, o sus sobrevivientes, le habrían hecho pagar con el pellejo la mínima sospecha de que hubiera faltado a su palabra. El hielo lo rompió el mismo Escobar cuando lo llamó por teléfono a La Loma y lo saludó sin preludios:

– Doctor Villa, ¿está contento?

Villamizar no lo había visto ni oído nunca, y lo impresionó la absoluta tranquilidad de la voz sin el mínimo rastro de su aureola mítica. «Le agradezco que haya venido -prosiguió Escobar sin esperar la respuesta, con su condición terrestre bien sustentada por su áspera dicción de los tugurios-. Usted es un hombre de palabra y no me podía fallar». Y enseguida entró en materia:

– Empecemos a arreglar cómo es que voy a entregarme.

En realidad, Escobar sabía ya cómo iba a entregarse pero tal vez quería hacer un repaso completo con un hombre en el cual tenía depositada entonces toda su confianza. Sus abogados y el director de Instrucción Criminal, a veces de manera directa y a veces por intermedio de la directora regional, pero siempre en coordinación con el ministro de Justicia, habían discutido todos y cada uno de los detalles de la entrega. Aclarados los temas jurídicos derivados de las distintas interpretaciones que cada quien hacía de los decretos presidenciales, los temas se habían reducido a tres: la cárcel, el personal de la cárcel y el papel de la policía y el ejército.

La cárcel -en el antiguo Centro de Rehabilitación de Drogadictos de Envigado- estaba a punto de terminarse. Villamizar y el Mono la visitaron a petición de Escobar al día siguiente de la liberación de Maruja y Pacho Santos. El aspecto era más bien deprimente, por los escombros arrinconados y los estragos de las lluvias intensas de aquel año. Las instalaciones técnicas de seguridad estaban resueltas. Había una doble cerca de dos metros con ochenta de altura, con quince hileras de alambre electrificado a cinco mil voltios y siete garitas de vigilancia, además de otras dos en la guardia de ingreso. Estos dos dispositivos serían reforzados aún más tanto para impedir que Escobar se fugara como para impedir que lo mataran.

El único punto crítico que encontró Villamizar fue un baño enchapado en baldosines italianos en la habitación prevista para Escobar, y recomendó cambiarlo -y fue cambiado- por una decoración más sobria. La conclusión de su informe fue más sobria aún: «Me pareció una cárcel muy cárcel». En efecto, el esplendor folclórico que terminaría por escandalizar al país y a medio mundo, y por comprometer el prestigio del gobierno, fue impuesto después desde dentro con una operación inconcebible de soborno e intimidación. Escobar le pidió a Villamizar el número de un teléfono limpio en Bogotá para acordar entre ellos los detalles de la entrega física, y él le dio el de su vecina de arriba, Azeneth Velázquez. Le pareció que ninguno podía ser más seguro que ése, al cual llamaban a cualquier hora escritores y artistas lo bastante lunáticos como para sacar de quicio al más bragado. La fórmula era sencilla e inocua: alguna voz anónima llamaba a la casa de Villamizar y le decía: «Dentro de quince minutos, doctor». Villainizar subía sin prisa al apartamento de Azeneth, y a los quince minutos llamaba Pablo Escobar en persona. En una ocasión Villamizar se atrasó en el ascensor, y Azeneth contestó al teléfono. La voz de un paisa crudo le preguntó por el doctor Villamizar.

– No vive aquí -dijo Azeneth.

– No se preocupe -le dijo el paisa con la voz sonriente-. Ya va subiendo.

El que hablaba era Pablo Escobar en vivo y en directo, pero Azeneth sólo lo sabrá si se le ocurre leer este libro. Pues Villamizar quiso decírselo aquel día por una lealtad elemental, y ella -que no traga entero- se tapó los oídos.

– Yo no quiero saber nada de nada -le dijo-. Haga lo que le dé la gana en mi casa, pero a mí no me cuente.

Para entonces Villamizar había hecho más de un viaje semanal a Medellín. Desde el Hotel Intercontinental llamaba a María Lía, y ella le mandaba un automóvil para llevarlo a La Loma. En uno de los primeros viajes había ido con Maruja para dar las gracias a los Ochoa por su ayuda. Al almuerzo salió el tema del anillo de esmeraldas y diamantes mínimos que no le habían devuelto la noche de la liberación. Villamizar les había hablado de eso también a los Ochoa, y éstos le mandaron un mensaje a Escobar, pero no había contestado. El Mono, que estaba presente, sugirió la posibilidad de regalarle uno nuevo, pero Villamizar le aclaró que Maruja no añoraba el anillo por su precio sino por su valor afectivo. El Mono prometió llevarle el problema a Escobar.

La primera llamada de éste a la casa de Azeneth fue a propósito de un El Minuto de Dios en el cual el padre García Herreros lo acusó de pornógrafo impenitente, y lo conminó a volver al camino de Dios. Nadie entendió tamaña voltereta. Escobar pensaba que si el padre se había vuelto contra él debió haber sido por un motivo de mucha monta, y condicionó la entrega a una explicación inmediata y pública. Lo peor para él era que su tropa había aceptado entregarse por la fe que tenían en la palabra del padre. Villamizar lo llevó a La Loma, y desde allí le dio el padre a Escobar toda clase de aclaraciones por teléfono. De acuerdo con ellas, en la grabación del programa se había cometido un error de edición que le hizo decir lo que no había dicho. Escobar grabó la conversación, se la hizo oír a su tropa y conjuró la crisis.

Pero aún faltaba más. El gobierno insistió en las patrullas mixtas entre el Ejército y la guardia nacional en el exterior de la cárcel, en talar el bosque aledaño para que sirviera como campo de tiro, y en su prerrogativa para nombrar ¿s guardias dentro de un comité tripartito del gobierno central, el municipio de Envigado y la Procuraduría, por tratarse de una cárcel municipal y nacional. Escobar se opuso a la cercanía de los guardias porque sus enemigos podían asesinarlo en la cárcel. Se opuso al patrullaje mixto, porque -según sus abogados- en el interior de las cárceles no podía haber fuerza pública, de acuerdo con el Derecho de Prisiones. Se opuso a la tala del bosque aledaño, primero porque hacía posible el descenso de helicópteros, y segundo porque suponía que un campo de tiro era un polígono que utilizaría como blanco a los presos, hasta que lo convencieron de que, en términos militares, un campo de tiro no es más que un terreno con una buena visión de contorno. Y ésa era por cierto la ventaja del Centro de Drogadictos -tanto para el gobierno como para los presos-, pues desde cualquier punto de la casa se tenía una visión completa del valle y la montaña para otear con tiempo el peligro. Por último el director nacional de Instrucción Criminal quiso levantar a última hora un muro blindado alrededor de la cárcel, además de la cerca de alambre de púas. Escobar se enfureció.

El jueves 30 de mayo El Espectador publicó una noticia -atribuida a fuentes oficiales que le merecían entero crédito- sobre las supuestas condiciones que Escobar había puesto para su entrega en una reunión celebrada por sus abogados con voceros del gobierno. Entre esas condiciones -según la noticia- la más espectacular era el exilio del general Maza Márquez y la destitución de los generales Miguel Gómez Padilla, comandante de la Policía Nacional, y Octavio Vargas Silva, comandante de la Dirección de Investigación Judicial de la Policía (Dijín).

El presidente Gaviria citó en su despacho al general Maza Márquez para aclarar el origen de la noticia, que personas allegadas al gobierno le atribuían a él. La entrevista duró media hora, y conociéndolos a ambos es imposible imaginar cuál de los dos fue el más imperturbable. El general, con su suave y lenta voz baritonal, hizo una relación detallada de sus indagaciones sobre el caso. El presidente lo escuchó en silencio absoluto. Veinte minutos después se despidieron. Al día siguiente, el general le envió al presidente una carta oficial de seis pliegos con la repetición minuciosa de lo que le había dicho para que quedara como constancia histórica.

De acuerdo con las investigaciones -decía la carta-, el origen de la noticia era Martha Nieves Ochoa, quien la había contado días antes y con carácter exclusivo a redactores judiciales de El Tiempo -sus depositarios exclusivos-, que no entendían cómo había sido publicada primero por El Espectador. Expresó que era un ferviente partidario de la entrega de Pablo Escobar. Reiteró su lealtad a sus principios, obligaciones y deberes, y concluyó: «Por razones que usted conoce, señor presidente, muchas personas y entidades insisten en buscar mi desestabilización profesional, tal vez con ánimo de colocarme en una situación de riesgo que les permita con facilidad consumar sus objetivos en mi contra». Martha Nieves Ochoa negó ser la fuente de la noticia, v no volvió a hablarse del asunto. Sin embargo, tres meses después -cuando ya Escobar estaba en la cárcel-, el secretario general de la presidencia, Fabio Villegas, llamó al general Maza a su despacho por encargo del presidente, lo invitó al Salón Azul, y caminando de un extremo al otro como en un paseo dominical le comunicó la decisión presidencial de su retiro. Maza salió convencido de que aquélla había sido la prueba del compromiso con Escobar que el gobierno había desmentido, y así lo dijo: «Fui negociado».

Desde antes de eso, en todo caso, Escobar le había hecho saber al general Maza que la guerra entre ellos había terminado, que se olvidaba de todo y se entregaba en serio: paraba los atentados, desmantelaba la banda y entregaba la dinamita. Como prueba le mandó una lista de escondrijos donde encontraron setecientos kilos. Más tarde, desde la cárcel, seguiría revelando a la brigada de Medellín una serie de caletas con un total de dos toneladas. Pero Maza no le creyó nunca.

Impaciente por la demora de la entrega, el gobierno nombró como director de la cárcel a un boyacense -Luis Jorge Pataquiva Silva- y no a un antioqueño, así como a veinte guardias nacionales de distintos departamentos, Y no antioqueños. «De todos modos -dijo Villamizar- si lo que quieren es sobornar lo mismo da antioqueño que de cualquier parte». Escobar, fatigado él mismo de tantas vueltas, apenas lo discutió. Al fin se acordó que fuera el ejército y no la policía el que cubriera el ingreso, y que se tomaran medidas de excepción para quitarle a Escobar el temor de que lo envenenaran con la comida de la cárcel. La Dirección Nacional de Prisiones, por otra parte, adoptó el mismo régimen de visitas de los hermanos Ochoa Vázquez en el pabellón de máxima seguridad de Itagüí. La hora límite para levantarse era las siete de la mañana y la hora límite para ser recluido y puesto bajo llave y candado en la celda eran las ocho de la noche. Escobar y sus compañeros podían recibir visitas de mujeres cada domingo, de ocho de la mañana a dos de la tarde; de hombres, los sábados, y de menores, en el primer y el tercer domingo de cada mes. En la madrugada del 9 de junio, efectivos del batallón de policía militar de Medellín relevaron al grupo de caballería que vigilaba el contorno, iniciaron el montaje de un impresionante dispositivo de seguridad, desalojaron de las montañas aledañas a personas ajenas al sector, y asumieron el control total de la tierra y el cielo. No había más pretextos. Villamizar le hizo saber a Escobar -con toda sinceridad- que le agradecía la liberación de Maruja, pero no estaba dispuesto a correr más riesgos sólo porque él no acababa de entregarse. Y se lo mandó a decir en serio: «De aquí en adelante yo no respondo». Escobar decidió en dos días, con la última condición de que también el procurador general lo acompañara en la entrega.

Un tropiezo insólito de última hora pudo haber provocado un nuevo aplazamiento: Escobar no tenía un instrumento oficial de identidad para probar que era él y no otro el que se entregaba. Uno de sus abogados planteó el problema al gobierno y solicitó en consecuencia una cédula de ciudadanía para Escobar, sin tomar en cuenta que éste, buscado por toda la fuerza pública, debería ir en persona a la correspondiente oficina del Registro Civil. La solución de emergencia fue que se identificara con la huella digital y el número de una cédula que había usado en un viejo oficio notarial, y declarara al mismo tiempo que no podía mostrarla porque se le había extraviado.

El Mono despertó a Villamizar a las doce de la noche del 18 de junio para que subiera a atender una llamada de emergencia. Era muy tarde, pero el apartamento de Azeneth parecía un infierno feliz, con el acordeón de Higidio Cuadrado y su combo de vallenatos. Villamizar tuvo que abrirse camino a codazos por entre la fronda frenética de la más alta chismografía cultural. Azeneth, en su estilo típico, le cerró el paso.

– Ya sé quién es la que lo llama -le dijo-. Y cuídese, porque si se descuida lo van a capar.

Lo dejó en el dormitorio en el momento en que sonó el teléfono. En medio del estruendo que estremecía la casa Villamizar alcanzó a oír apenas lo esencial:

– Listo, véngase para Medellín mañana temprano.

A las siete de la mañana, Rafael Pardo puso un avión de la Aeronáutica Civil a disposición de la comitiva oficial que asistiría a la entrega. Villamizar, temeroso de una filtración prematura, se presentó en la casa del padre García Herreros a las cinco de la mañana. Lo encontró en el oratorio, con la ruana inconsútil sobre la sotana, cuando acababa de decir la misa.

– Bueno, padre, camine -le dijo-. Nos vamos para Medellín porque Escobar se va a entregar.

En el avión -además de ellos- viajaron Fernando García Herreros, un sobrino del padre que actuaba como su asistente ocasional; Jaime Vázquez, de la Consejería de Información; el doctor Carlos Gustavo Arrieta, procurador general de la república y el doctor Jaime Córdoba Triviño, procurador delegado para los Derechos Humanos. En el aeropuerto Olaya Herrera, en pleno centro de Medellín, los esperaban María Lía y Martha Nieves Ochoa. La comitiva oficial fue llevada a la gobernación. Villamizar y el padre se fueron al apartamento de María Lía para desayunar mientras se cumplían los últimos trámites de la entrega. Allí supo que Escobar ya iba en camino, a veces en carro y a veces haciendo rodeos a pie, para eludir los frecuentes retenes de la policía. Era experto en esos azares. El padre tenía otra vez los nervios de punta. Se le cayó un lente de contacto, lo pisó, y se exasperó a tal grado que Martha Nieves tuvo que llevarlo a la óptica San Ignacio, donde le resolvieron el problema con unas gafas normales. La ciudad estaba plagada de retenes rigurosos, y los detuvieron en casi todos, pero no para requisarlos, sino para agradecerle al padre lo que hacía por la felicidad de Medellín. Pues en aquella ciudad donde todo era posible, la noticia más secreta del mundo era ya de dominio público.

El Mono llegó al apartamento de María Lía a las dos y media de la tarde, vestido como para un paseo campestre, con una chaquetita de tierra caliente y zapatos blandos.

– Listo -le dijo a Villamizar-. Nos vamos para la gobernación. Váyase usted por su lado y yo llego por otro.

Se fue solo en su carro. Villamizar, el padre García Fierreros y Martha Nieves se fueron en el de María Lía. Frente a la gobernación se bajaron los dos hombres. Las mujeres permanecieron esperando fuera. El Mono no era ya el técnico frío y eficaz, sino que trataba de esconderse dentro de sí mismo. Se puso unas gafas oscuras y una gorra de golfista, y se mantuvo siempre en segundo plano detrás de Villamizar. Alguien que lo vio entrar con el padre se apresuró a llamar por teléfono a Rafael Pardo para decirle que Escobar -muy rubio, muy alto y elegante- acababa de entregarse en la gobernación.

Cuando se preparaban para salir, le avisaron al Mono por radioteléfono que un avión se dirigía al espacio aéreo de la ciudad. Era una ambulancia militar con varios soldados heridos en un encuentro con las guerrillas ce Urabá. El temor de que se hiciera demasiado tarde inquietaba a las autoridades, porque los helicópteros no podrían volar al filo del atardecer, y aplazar la entrega para el día siguiente podía ser funesto. Villamizar llamó entonces a Rafael Pardo, y éste hizo desviar el vuelo de los heridos y reiteró la orden terminante de mantener el cielo despejado. Mientras esperaba el desenlace, escribió en su diario personal: «Ni un pájaro vuela hoy sobre Medellín».

El primer helicóptero -un Bell 206 para seis pasajeros- despegó de la azotea de la gobernación poco desPués de las tres con el Procurador General y Jaime Vázquez; Fernando García Herreros y el periodista de radio Luis Alirio Calle, cuya enorme popularidad era una garantía más para la tranquilidad de Pablo Escobar. Un oficial de seguridad le indicaría al piloto el rumbo directo de la cárcel.

El segundo helicóptero -un Bell 412 para doce pasajeros despegó – diez minutos después cuando el Mono recibió la orden por radioteléfono. Villamizar se embarcó con él y con el padre. No bien despegaban cuando oyeron por radio la noticia de que la posición del gobierno había sido derrotada en la Asamblea Nacional Constituyente, donde acababa de aprobarse la no extradición de nacionales por cincuenta y un votos a favor, trece en contra y cinco abstenciones, en una primera instancia que sería ratificada más tarde. Aunque no había indicios de que fuera un acto concertado, era casi infantil no pensar que Escobar lo conocía de antemano y había esperado hasta aquel último minuto para entregarse. Los pilotos siguieron las indicaciones del Mono para recoger a Pablo Escobar y llevarlo a la cárcel. Fue un vuelo muy breve, y a tan baja altura, que las instrucciones parecían para un automóvil: tomen la Octava, sigan por ahí, ahora a la derecha, más, más, hasta el parque, eso es. Detrás de una arboleda surgió de pronto una mansión espléndida entre flores tropicales de colores intensos, con un campo de fútbol perfecto como una enorme mesa de billar en medio del tráfico fluido de El Poblado.

– Aterrice ahí -indicó el Mono-. No apague los motores.

Sólo cuando estuvieron a la altura de la casa descubrió Villamizar que alrededor del campo esperaban no menos de treinta hombres con las armas en ristre. Cuando el helicóptero se posó en el prado intacto, se desprendieron del grupo unos quince escoltas que caminaron ansiosos hacia el helicóptero alrededor de un hombre qué no podía pasar inadvertido. Tenía el cabello largo hasta los hombros, una barba muy negra, espesa y áspera, que le llegaba hasta el pecho, y la piel parda y curtida por un sol de páramo. Era rechoncho, con zapatos de tenis y una chaquetilla azul claro de algodón ordinario, y se movía con una andadura fácil y una tranquilidad escalofriante. Villamizar lo reconoció a primera vista sólo porque era distinto de todos los hombres que había visto en su vida.

Después de despedirse de sus escoltas más próximos con abrazos fuertes y rápidos, Escobar indicó a dos de ellos que embarcaran por el otro lado del helicóptero. Eran el Mugre y Otto, dos de los más cercanos. Luego subió él sin cuidarse de las aspas a media marcha. El primero a quien saludó antes de sentarse fue a Villamizar. Le tendió la mano tibia y bien cuidada y le preguntó sin una alteración mínima en la voz:

– ¿Cómo está, doctor Villamizar? -Cómo le va, Pablo -le contestó él.

Escobar se volvió luego hacia el padre García Herreros con una sonrisa amable y le dio las gracias por todo. Se sentó junto a sus dos escoltas, y sólo entonces pareció caer en la cuenta de que el Mono estaba allí. Tal vez había previsto que se limitaría a darle las instrucciones a Villamizar sin subir en el helicóptero.

– Usted sí -le dijo Escobar-, metido hasta el final en esta vaina.

Nadie supo si fue un reconocimiento O un regaño, pero el tono fue más bien cordial. El Mono, tan perdido como todos, movió la cabeza y sonrió.

– ¡Ay, patrón!

Villamizar pensó entonces, como en una revelación, que Escobar era un hombre mucho más peligroso de lo que se creía, porque su tranquilidad y su dominio tenían algo de sobrenatural. El Mono trató de cerrar la puerta de su lado, pero no supo cómo, y tuvo que cerrarla el copiloto. En la emoción del instante nadie se había acordado de dar órdenes. El piloto, tenso en los comandos, preguntó:

– ¿Arrancamos?

A Escobar se le soltó entonces el único indicio de la ansiedad reprimida.

– Claro -se apresuró a ordenar-. ¡Apúrele! ¡Apúrele!

Cuando el helicóptero se desprendió del pasto le preguntó a Villamizar: «Todo bien, ¿no, doctor?». Villamizar, sin volverse a mirarlo, le contestó con su verdad: «Todo perfecto». Nada más, porque el vuelo había terminado. El helicóptero voló un tramo final a ras de los árboles y se posó en el campo de fútbol de la cárcel -pedregoso y con las porterías rotas- junto al primer helicóptero que había llegado un cuarto de hora antes. Todo el viaje desde la gobernación no duró quince minutos.

Los dos siguientes, sin embargo, fueron los más intensos. Escobar trató de bajar primero desde que la puerta se abrió, y se encontró rodeado por la guardia del penal: un medio centenar de hombres con uniformes azules, tensos y un poco atolondrados, que lo encañonaron con armas largas. Escobar se sorprendió, perdió el control por un instante, y lanzó un grito cargado de una autoridad temible:

– ¡Bajen las armas, carajo!

Cuando el jefe de la guardia dio la misma orden, ya la de Escobar estaba cumplida. Escobar y sus acompañantes caminaron los doscientos metros hasta la casa, donde los esperaban las autoridades de la cárcel, los miembros de la delegación oficial y el primer grupo de secuaces de Escobar que habían llegado por tierra para entregarse con él. Allí estaban también la esposa de Escobar, y su madre, muy pálida y a punto de llorar. Él le dio al pasar un toquecito cariñoso en el hombro, y le dijo: «Tranquila, vieja». El director de la cárcel salió a su encuentro con la mano extendida.

– Señor Escobar -se presentó-. Soy Luis Jorge Pataquiva.

Escobar le estrechó la mano. Luego se levantó el pantalón de la pierna izquierda y desenfundó la pistola que llevaba en un arnés amarrado en el tobillo. Una joya magnífica: Sig Sauer 9, con el monograma de oro incrustado en la cacha de nácar. Escobar no le quitó el cargador, sino que sacó las balas una por una y las tiró en el suelo.

Fue un gesto algo teatral que parecía ensayado, y surtió su efecto como una muestra de confianza al carcelero mayor cuyo nombramiento le había quitado el sueño. Al día siguiente se publicó que al entregar la pistola Escobar le había dicho a Pataquiva: «Por la paz de Colombia». Ningún testigo lo recuerda, y Villamizar mucho menos, deslumbrado como estaba por la belleza del arma.

Escobar saludó a todos. El procurador delegado le retuvo la mano mientras le decía: «Estoy aquí, señor Escobar, para mirar que sus derechos sean respetados». Escobar le dio las gracias con una deferencia especial. Por último tomó del brazo a Villamizar.

– Camine, doctor -le dijo-. Usted y yo tenemos mucho que conversar.

Lo llevó hasta el extremo de la galería exterior, y allí charlaron por unos diez minutos recostados en la baranda y de espaldas a todos. Escobar empezó por dar las gracias formales. Luego, con su calma pasmosa, lamentó los sufrimientos que le había causado a Villamizar y a su familia, pero le pidió entender que aquélla había sido una guerra muy dura para ambas partes. Villamizar no desperdició la ocasión de resolver tres grandes incógnitas de su vida: por qué habían matado a Luis Carlos Galán, por qué Escobar había tratado de matarlo a él, y por qué había secuestrado a Maruja y a Beatriz. Escobar rechazó toda culpa sobre el primer crimen. «Lo que pasa es que al doctor Galán lo quería matar todo el mundo», dijo. Admitió que había estado presente en las discusiones en que se decidió el atentado, pero negó que hubiera intervenido o tuviera algo que ver con los hechos. «En eso intervino muchísima gente -dijo-. Yo inclusive me opuse porque sabía lo que se venía si lo mataban, pero si ésa era la decisión yo no podía oponerme. Le ruego que se lo diga así a doña Gloria».

En cuanto a la segunda inquietud, fue explícito en que un grupo de congresistas amigos lo habían convencido de que Villamizar era un colega incontrolable y empecinado que había que frenar de cualquier modo antes de que hiciera aprobar la extradición. «Además -dijo- en esa guerra en que estábamos a uno lo mataban hasta por chismes. Pero ahora que lo conozco, doctor Villamizar, bendita la hora en que no le pasó nada».

Sobre el secuestro de Maruja dio una explicación simplista. «Yo estaba secuestrando gente para conseguir algo y no lo conseguía, nadie conversaba, nadie hacía caso, así que me fui por doña Maruja a ver si lograba cualquier cosa». No tuvo más argumentos, sino que derivó a un largo comentario sobre la forma en que fue conociendo a Villamizar en el curso de las negociaciones, hasta convencerse de que era un hombre serio y valiente, cuya palabra de oro comprometía su gratitud eterna. «Yo sé que usted y yo no podemos ser amigos», le dijo. Pero Villamizar podía estar seguro de que ni a él ni a nadie de su familia volvería a pasarle nada de allí en adelante.

– Yo estaré aquí quién sabe hasta cuándo -dijo-, pero todavía tengo muchos amigos, de modo que si alguno de los suyos se siente inseguro, si alguien se va a meter con ustedes, mándemelo a decir y nada más. Usted me cumplió y yo le cumplo, muchas gracias. Es palabra de honor.

Antes de despedirse, Escobar le pidió a Villamizar el último favor de tranquilizar a su madre y a su esposa, que estaban al borde de la conmoción. Villamizar lo hizo sin muchas ilusiones, pues ambas estaban convencidas de que aquel ceremonial era una trampa siniestra del gobierno para asesinar a Escobar dentro de la cárcel. Por último entró en el despacho del director y marcó de memoria el número 284 33 00 del palacio presidencial, para que localizaran a Rafael Pardo donde se encontrara.

Estaba en la oficina del consejero de Prensa, Mauricio Vargas, quien contestó al teléfono y le pasó la bocina sin comentarios. Pardo reconoció la voz grave y calmada, pero esta vez con un halo radiante.

– Doctor Pardo -dijo Villamizar-, aquí le tengo a Escobar en la cárcel.

Pardo -quizás por primera vez en su vida- recibió la noticia sin pasarla por el filtro de la duda.

– ¡Qué maravilla! -dijo.

Hizo un comentario rápido que Mauricio Vargas no trató siquiera de interpretar, colgó el teléfono, y entró sin tocar en la oficina del presidente. Vargas, que es un periodista de nacimiento las veinticuatro horas del día, sospechó por la prisa y la demora de Pardo que debía tratarse de algo grande. No tuvo nervios para esperar más de cinco minutos. Entró en la oficina del presidente sin anunciarse, y lo encontró riéndose a carcajadas de algo que Pardo acababa de decirle. Entonces lo supo. Mauricio pensó con alegría en el tropel de periodistas que de un momento a otro irrumpirían en su oficina, y miró el reloj. Eran las cuatro y media de la tarde. Dos meses después, Rafael Pardo sería el primer civil nombrado ministro de la Defensa, después de cincuenta años de ministros militares.

Pablo Emilio Escobar Gaviria había cumplido cuarenta y un años en diciembre. De acuerdo con el examen médico de rigor al ingresar en la cárcel, su estado de salud era el de «un hombre joven en condiciones normales físicas y mentales». La única observación extraña fue una congestión en la mucosa nasal y algo como la cicatriz de una cirugía plástica en la nariz, pero él la explicó como una lesión juvenil durante un partido de fútbol. El acta de entrega voluntaria la firmaron el director nacional y la directora regional de Instrucción Criminal, y el procurador delegado para los Derechos Humanos. Escobar respaldó su firma con la huella digital del pulgar y el número de su cédula extraviada: 8.345.766 de Envigado. El secretario, Carlos Alberto Bravo, dejó una constancia al final del documento: «Una vez firmó el acta, el señor Pablo Emilio Escobar solicitó que firmara la presente el doctor Alberto Villamizar Cárdenas, quien firma». Villamizar firmó aunque nunca le dijeron a título de qué.

Terminada la diligencia, Pablo Escobar se despidió de todos y entró en la celda donde iba a vivir tan ocupado como siempre en sus asuntos y negocios, y además con el poder del Estado al servicio de su sosiego doméstico y su seguridad. Desde el día siguiente, sin embargo, la cárcel muy cárcel de que había hablado Villamizar empezó a transformarse en una hacienda d? cinco estrellas con toda clase de lujos, instalaciones de recreo y facilidades para la parranda y el delito, construidos con materiales de primera clase que eran llevados poco a poco en un doble fondo adaptado en el baúl de una camioneta de abastecimiento. Doscientos noventa y nueve días después, enterado el gobierno del escándalo, decidió cambiar de cárcel a Escobar sin anuncio previo. Tan inverosímil como el hecho de que el gobierno hubiera necesitado un año para enterarse, fue que Escobar sobornó con un plato de comida a un sargento y a dos soldados muertos de susto, y escapó caminando con sus escoltas a través de los bosques vecinos, en las barbas de los funcionarios y de la tropa responsable de la mudanza.

Fue su sentencia de muerte. Según declaró más tarde, la acción del gobierno había sido tan extraña e intempestiva, que no pensó que en verdad fueran a transferirlo sino a matarlo o a entregárselo a los Estados Unidos. Cuando se dio cuenta de las desproporciones de su error emprendió dos campañas paralelas para que el gobierno volviera a hacerle el favor de encarcelarlo: la más grande ofensiva de terrorismo dinamitero de la historia del país y la oferta de rendición sin condiciones de ninguna clase. El gobierno no se dio nunca por enterado de sus propuestas, el país no sucumbió al terror de los carrobombas y la ofensiva de la policía alcanzó proporciones insostenibles.

El mundo había cambiado para Escobar. Quienes hubieran podido ayudarlo de nuevo para salvar la vida no tenían ganas ni argumentos. El padre García Herreros murió el 24 de noviembre de 1992 por una insuficiencia renal complicada, y Paulina -sin empleo y sin ahorros- se refugió en un otoño tranquilo, con sus hijos Y sus buenos recuerdos, hasta el punto de que hoy nadie (la razón de ella en El Minuto de Dios. Alberto Villamizar, nombrado embajador en Holanda, recibió varios recados de Escobar, pero ya era demasiado tarde para todo. La inmensa fortuna, calculada en tres mil millones de dólares, se fue en gran parte por los sumideros de la guerra o se desbarató en la desbandada del cartel. Su familia no encontraba un lugar en el mundo donde dormir sin pesadillas. Convertido en la más grande pieza de caza de nuestra historia, Escobar no podía permanecer más de seis horas en un mismo lugar, e iba dejando en su fuga enloquecida un reguero de muertos inocentes, y a sus propios escoltas asesinados, rendidos a la justicia o pasados a las huestes del enemigo. Sus servicios de seguridad, y aun su propio instinto casi animal de supervivencia perdieron los talentos de otros días.

El 2 de diciembre de 1993 -un día después de cumplir cuarenta y cuatro años- no resistió la tentación de hablar por teléfono con su hijo Juan Pablo, que acababa de regresar a Bogotá rechazado por Alemania, junto con su madre y su hermana menor. Juan Pablo, ya más alerta que él, le advirtió a los dos minutos que no siguiera hablando porque la policía iba a localizar el origen de la llamada. Escobar -cuya devoción familiar era proverbial- no le hizo caso. Ya en ese momento los servicios de rastreo habían logrado establecer el sitio exacto del barrio Los Olivos de Medellín, donde estaba hablando. A las tres y cuarto de la tarde, un grupo especial nada ostensible de veintitrés policías vestidos de civil acordonaron el sector, se tomaron k casa y estaban forzando la puerta del segundo piso. Escobar lo sintió. «Te dejo -le dijo a su hijo en el teléfono- porque aquí está pasando algo raro». Fueron sus últimas palabras.

La noche -de la entrega la pasó Villamizar en los bailaderos más alegres y peligrosos de la ciudad, bebiendo aguardiente de machos con los guardaespaldas de Escobar. El Mono, ahogado hasta el gorro, le contaba a quien lo oyera que el doctor Villamizar era la única persona a la que el patrón le había dado disculpas. A las dos de la madrugada se puso de pie sin preámbulos y se despidió con un saludo de la mano.

– Hasta siempre, doctor Villamizar -dijo-. Ahora tengo que desaparecerme, y posiblemente no volveremos a vernos nunca. Fue un placer conocerlo.

Al amanecer dejaron a Villamizar embebido como una esponja en la casa de La Loma. Por la tarde, en el avión de vuelta, no había otro tema de conversación que la entrega de Pablo Escobar. Villamizar era aquel día uno de los hombres más notables del país, pero nadie lo reconoció entre la muchedumbre de los aeropuertos. Los periódicos habían señalado sin fotografías su presencia en la cárcel, pero el tamaño de su protagonismo real y decisivo en todo el proceso de la entrega parecía destinado a la penumbra de las glorias secretas. De regreso a casa aquella tarde se dio cuenta de que la vida cotidiana retomaba su hilo. Andrés estudiaba en el cuarto. Maruja libraba en silencio la dura guerra con sus fantasmas para volver a ser la misma. El caballo de la dinastía Tang había vuelto a su lugar, entre sus primorosas reliquias de Indonesia y sus antigüedades de medio mundo, encabritado sobre la mesa sagrada en que ella lo quería y en el rincón donde soñaba verlo durante las noches interminables del secuestro. Había vuelto a sus oficinas de Focine en el mismo automóvil en que la habían secuestrado -borradas ya las cicatrices de las balas en los cristales- y otro chofer nuevo y agradecido ocupaba el asiento del muerto. Antes de dos años sería nombrada ministra de Educación.

Villamizar, sin empleo ni ganas de tenerlo, con un regusto ácido de la política, prefirió descansar por un tiempo a su manera, reparando las pequeñas averías domésticas, bebiéndose el ocio sorbo a sorbo con viejos compinches, haciendo el mercado con su propia mano para gozar y hacer gozar a sus amigos de las delicias de la cocina popular. Era un estado de ánimo propicio para leer en las tardes y dejarse crecer la barba. Un domingo durante el almuerzo, cuando ya las brumas de la nostalgia empezaban a enrarecer el pasado, alguien llamó a la puerta. Pensaron que Andrés había vuelto a olvidar las llaves. Como era el día libre del servicio, Villamizar abrió. Un hombre joven de chaqueta deportiva le entregó un paquetito envuelto en papel de regalo y atado con una cinta dorada, y desapareció por la escalera sin decirle una palabra ni darle tiempo de preguntar nada. Villamizar pensó que podía ser una bomba. En un instante lo estremeció la náusea del secuestro, pero deshizo el lazo y desenvolvió el paquetito con la punta de los dedos, lejos del comedor donde Maruja lo esperaba. Era un estuche de piel artificial, y dentro del estuche, en su nido de raso, estaba el anillo que le habían quitado a Maruja la noche del secuestro. Le faltaba una chispa de diamante, pero era el mismo.

Ella no podía creerlo. Se lo puso, y se dio cuenta de que estaba recobrando la salud a toda prisa, pues ya le venía bien al dedo.

– ¡Qué barbaridad! -suspiró ilusionada-. Todo esto ha sido como para escribir un libro.