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Capítulo diez

Vuelvo a estas líneas después de una crisis que me ha tenido durante casi un mes bajo vuestra dependencia. En cuanto me desarmó la enfermedad, el círculo de familia se cerró en torno a mi lecho. Tú estabas presente y me observabas.

El domingo pasado llegó Phili para hacerme compañía. Hacía calor. Le contesté con monosílabos. Perdí las ideas… ¿Durante cuánto tiempo? No sabría decirlo. El rumor de su voz me despertaba. Le veía en la penumbra con las orejas tiesas. Brillaban sus ojos de lobo joven. Llevaba en la muñeca, sobre la correa del reloj, una cadena de oro. Su camisa se entreabría sobre un pecho de niño. De nuevo me adormecí. El crujido de sus zapatos volvió a despertarme, pero yo le observaba mirando a través de las pestañas. Tentaba mi chaqueta, en el lugar del bolsillo interior, donde guardo mi cartera. A pesar de los violentos latidos de mi corazón, me esforcé en permanecer inmóvil. ¿Receló algo? Volvió a su sitio.

Aparenté despertarme y le pregunté si había dormido mucho rato.

– Apenas unos minutos, abuelo.

Experimenté ese terror de los ancianos solitarios a quienes espía un hombre joven. ¿Estoy loco? Me parece que esto sería capaz de matarme. Huberto reconoció un día que Phili era capaz de todo.

¿Ves, Isa, cuan desgraciado he sido? Cuando leas esto, será demasiado tarde para tu piedad. Pero es agradable esperar que acaso sientas por mí un poco de lástima. Yo no creo en tu infierno eterno, pero sé lo que es un ser condenado en la tierra, un reprobo, un hombre que a donde quiera que vaya anda siempre por una ruta equivocada; un hombre cuyo camino ha sido siempre falso; alguien que está falto en absoluto del sentido del mundo. Sufro, Isa. El viento del Sur quema la atmósfera. Tengo sed y sólo dispongo del agua tibia del lavabo. Daría millones, pero por un vaso de agua fresca.

Si soporto la presencia, terrorífica para mí, de Phili, es acaso porque recuerdo a otro jovenzuelo que no habrá cumplido aún los treinta años, el pequeño Lucas, nuestro sobrino. No he negado nunca tu virtud. Ese niño te dio la ocasión de ejercerla. Tú no le querías; el hijo de Marinette, aquel muchacho de ojos de color de azabache, de cabellos peinados hacia abajo y vueltos sobre las sienes, como "tufos", según decía Huberto, no tenía nada de los Fondaudége. Estudiaba poco en el colegio de Bayona donde estaba interno. Pero, según tú decías, esto te tenía sin cuidado. Ya hacías demasiado cuidándote de él durante las vacaciones.

No, no eran los libros lo que le interesaba. En este país sin caza, hallaba siempre el medio de abatir, casi diariamente, la presa elegida. Conseguía siempre enviarnos una liebre, la única liebre de cada año, que dormitaba en los surcos. Veo aún su alegría cuando cruzaba el sendero entre las cepas, sosteniendo de las orejas, con la mano apretada, al animal que sangraba todavía por el hocico. Al alba le oía partir. Abría mi ventana y su fresca voz me gritaba desde la niebla:

– Voy a reconocer mi campo de operaciones.

Y me miraba fijamente, sosteniendo mi mirada. No me tenía miedo; ni siquiera se le había ocurrido tal cosa.

Si, después de algunos días de ausencia, yo regresaba sin previo aviso y notaba en la casa olor a tabaco y veía el salón sin alfombras, y todas las señales de una fiesta interrumpida (en cuanto había vuelto las espaldas, Genoveva y Huberto invitaban a sus amigos, organizaban aquellas "invasiones", a pesar de mi prohibición formal, y tú eras cómplice de su desobediencia, porque, según decías, "había que ser corteses"), en tales casos, siempre era Lucas quien conseguía desarmarme. Le parecía cómico el terror que yo inspiraba.

He entrado en el salón cuando se disponían a bailar y les he gritado: "¡Que viene el tío por el atajo!"… ¡Si hubieras visto cómo se escabullían! Tía Isa y Genoveva se llevaban los bocadillos a la cocina. ¡Qué juerga!

Aquel muchacho era el único ser en el mundo para quien yo no era un espantajo. Algunas veces le acompañaba hasta el río para verle pescar con caña. La criatura, siempre correteadora y saltarina, podía permanecer inmóvil y atenta durante horas enteras, convertida en un sauce, y su brazo tenía movimientos tan lentos y silenciosos como los de una rama. Genoveva tenía razón al decir que no sería ningún "literato". Jamás le había preocupado el claro de luna sobre la terraza. Carecía del sentimiento de la naturaleza porque era la naturaleza misma, estaba confundido con ella y constituía una de sus fuerzas, una fuente viva entre las fuentes.

Reflexioné sobre todos los elementos dramáticos de aquella joven vida: la madre muerta, el padre, de quien no se podía hablar en nuestra casa, el internado, el abandono. Con menos hubiera yo rebosado de odio y amargura. Pero la alegría resplandecía en él. Todos le querían. A mí, a quien odiaba todo el mundo, esto me parecía muy extraño. Todos le amaban, incluso yo. Sonreía a todo el mundo y también a mí; pero no más que a los demás.

Lo que más me asombraba, a medida que crecía aquel ser todo instinto, era su pureza, su ignorancia del mal, su indiferencia. Nuestros hijos fueron buenos, ya lo sé. Huberto tuvo una juventud modelo, como tú dices. Por esta parte, reconozco que tu educación ha producido sus frutos. Si Lucas hubiese tenido tiempo de convertirse en hombre, ¿hubiera sido reposado? La pureza, en él, no parecía adquirida ni consciente: era la limpidez del agua entre las piedras. Brillaba sobre él como el rocío sobre la hierba. Si me detengo en ella es porque repercutió en mí de una manera profunda. La ostentación de tus principios, tus alusiones, tus actitudes de disgusto, tus labios fruncidos, no hubiesen podido darme el sentido del mal que me dio, sin saberlo, aquel niño. Me di cuenta mucho tiempo después. Si la humanidad tiene una herida original en el costado, como tú supones, ninguna pupila humana la hubiese visto en Lucas. Había salido de manos del alfarero puramente intacto, poseído de una perfecta gracia. Y yo, yo sentía a su lado mi deformidad.

¿Puedo confesar que le he querido como a un hijo? No, porque lo que yo en él amaba era no encontrarme en él. Yo sé muy bien lo que Huberto y Genoveva han recibido de mí: su brusquedad, esa primacía de los bienes temporales en sus vidas, esa potencia de menosprecio: Genoveva trata a Alfredo, su marido, con un rigor que lleva mi marca. Estaba seguro de no chocar conmigo mismo en Lucas.

Durante el año, apenas pensaba en él. Pasaba con su padre las fiestas de Año Nuevo y Pascuas; estaba con nosotros durante las vacaciones de verano. Abandonaba el país en octubre, con los otros pájaros.

¿Era piadoso? Decías de él:

– Ni siquiera un pequeño bruto como Lucas deja de sentir la influencia de los sacerdotes. Jamás falta a su comunión dominical… ¡Ah! Por ejemplo, su acción de gracias es muy expedita. En fin, no se puede exigir de nadie más de lo que da.

El no me hablaba nunca de estas cosas. No aludía a ellas lo más mínimo. Sus conversaciones se referían a cosas más concretas. Algunas veces, cuando sacaba de sus bolsillos alguna navaja, un flotador o un silbato para atraer a las alondras, caía sobre la hierba su pequeño rosario negro que él recogía prestamente. Los domingos por la mañana parecía tal vez más tranquilo que los demás días, menos imponderable y como saturado de una substancia desconocida.

Entre todos los lazos que me unían a Lucas había uno que tal vez te asombre. En más de una ocasión, aquellos domingos, creía reconocer en aquel cervatillo que no brincaba al hermano de aquella criatura dormida apenas hacía doce años, nuestra María, tan distinta de él, no obstante, que no podía sufrir que se aplastara a un insecto y cuya diversión consistía en tapizar de musgo el hueco de un árbol y colocar allí una estatua de la Virgen. ¿Recuerdas? Pues bien, en el hijo de Marinette, en ese a quien tú llamabas pequeño bruto, María revivía para mí, o, mejor dicho, la misma fuente que había brotado en ella y que con ella se había hundido bajo tierra surgía de nuevo a mis pies.

Lucas cumplió los quince años durante los primeros días de la guerra. Huberto había sido movilizado para servicios auxiliares. Los tribunales de revisión militar, que él soportaba filosóficamente, te angustiaron. En la estrechez de su pecho, que durante muchos años fue tu pesadilla, se alimentaba entonces tu esperanza. Cuando la monotonía de las dependencias militares, y también algunos desaires, le inspiraron el vivo deseo de alistarse, los pasos en vano dados en este sentido te hicieron hablar abiertamente de lo que tú habías cuidado tanto de disimular.

– Con su atavismo… -repetías.

¡Pobre Isa! No temas que te devuelva la pelota. Jamás te he interesado; jamás te preocupaste de mí; pero durante aquella época menos que en ninguna. Nunca presentiste ese acrecentamiento de angustia que se producía en mí a medida que se sucedían las campañas de invierno. El padre de Lucas había sido movilizado en un ministerio; el niño estaba con nosotros, no solamente las vacaciones de verano, sino el día de Año Nuevo y por Pascua. Le entusiasmaba la guerra. Tenía miedo de que terminase antes de que cumpliera los dieciocho años. El, que nunca había abierto un libro en otras ocasiones, devoraba las obras especializadas y consultaba los mapas. Su cuerpo se desarrollaba metódicamente. A los dieciséis años ya era un hombre, un hombre fuerte, y por eso no le interesaban ni los heridos ni los muertos. De los horribles relatos que yo le obligaba a leer con respecto a la vida en las trincheras, deducía el espectáculo de un deporte terrible y magnífico al cual no siempre se tenía el derecho de jugar: era necesario apresurarse. ¡Oh! Tenía miedo de llegar tarde. Tenía ya en el bolsillo la autorización del imbécil de su padre. Y yo, a medida que se acercaba el fatal aniversario del 18 de enero, seguía estremecido la carrera del viejo Clemenceau, la acechaba, como aquellos padres de los presos que aguardaban la caída de Robespierre antes de que sus hijos fueran llevados a juicio.

Cuando Lucas partió para el campo de Souges, durante su período de instrucción y entrenamiento, le enviaste ropa de abrigo y golosinas, pero pronunciabas palabras que despertaban en mí instintos homicidas, pobre Isa, cuando decías:

– Evidentemente, será muy triste…, pero, al menos, esa criatura no dejará a nadie tras sí…

Reconozco que no había nada escandaloso en aquellas palabras.

Un día comprendí que no había que esperar a que la guerra terminase antes de la partida de Lucas. Cuando fue roto el frente en Chemin-des-Dames, vino a despedirse de nosotros, quince días antes de lo que había previsto. ¡Tanto peor! Tendré el valor de anotar aquí un horrible recuerdo que todavía, por las noches, me despierta y me hace gritar. Aquel día fui a buscar a mi despacho un cinturón de cuero que había encargado al talabartero según un modelo ideado por mí. Me subí a un taburete e intenté atraer hacia mí la cabeza de yeso de Demóstenes que coronaba mi biblioteca. Imposible moverla. Estaba llena de monedas de oro que yo había escondido cuando se decretó la movilización. Hundí mi mano en aquel oro que era lo que más me importaba en el mundo y atiborré de monedas el cinturón de cuero. Cuando bajé del taburete, aquella boa hinchada, cebada de metal, se enroscó en torno a mi cuello, oprimiendo mi nuca.

Con un tímido ademán se la ofrecí a Lucas. No comprendió al principio qué era lo que le entregaba.

– ¿Qué quieres que haga con esto, tío?

Puede servirte en los acantonamientos, y si caes prisionero… y en otras circunstancias. Con esto es posible todo.

– ¡Oh! -dijo, riendo-; llevo ya bastantes chismes encima… ¿Cómo has podido creer que me iba a complicar las cosas con todo ese dinero? Al primer avance me vería obligado a dejarlo colgado de una rama…

– Pero, criatura, al principio, todos los que iban a la guerra llevaban oro.

– Porque no sabían lo que les esperaba, tío.

Estaba de pie en el centro de la habitación y yo había lanzado sobre un diván el cinturón lleno de oro. Aquel muchacho fuerte, ¡qué frágil parecía con su uniforme, demasiado grande para él! Del cuello abierto salía su cuello de niño soldado. Su pelo cortado al rape daba a su figura un carácter particular. Estaba preparado para morir, estaba ya "engalanado". Igual que los demás, indistinto, ya anónimo, ya desaparecido. Su mirada se detuvo un momento en el cinturón; después me miró con una expresión de burla y de desprecio. No obstante, me abrazó. Bajé con él hasta la puerta de la calle. Se volvió para decirme:

– Manda todo eso al Banco de Francia. Yo no veía nada. Oí que tú decías, riendo:

– ¡No lo esperes! ¡Es pedirle mucho! Una vez cerrada la puerta, habiéndome quedado inmóvil en el vestíbulo, me dijiste:

– Confiesa que sabías que no había de aceptar tu oro. Era un rasgo enteramente sin riesgo.

Recordé que el cinturón había quedado sobre el diván. Un criado hubiera podido descubrirlo allí. Subí apresuradamente; de nuevo me lo eché sobre los hombros y lo vacié en la cabeza de Demóstenes.

Apenas me di cuenta de la muerte de mi madre, que ocurrió pocos días después. Desde hacía varios años estaba completamente inconsciente y no vivía con nosotros. Ahora, cada día, cuando pienso en ella recuerdo a la madre de mi infancia y de mi juventud. La imagen de su decadencia se ha borrado de mí. Yo, que detesto los cementerios, voy algunas veces a visitar su tumba. No le llevo flores desde que he sabido que las roban. Los pobres hurtan las flores de los ricos por lo que atañe a sus muertos. Habría que comprar una reja; pero ahora todo está muy caro. Lucas ni siquiera tiene una tumba. Ha desaparecido; es un desaparecido. Guardo en mi cartera la única carta que tuvo tiempo de escribirme:

"Todo va bien. He recibido el paquete. Con mi cariño."

Escribe "con mi cariño". A pesar de todo he obtenido estas palabras de mi pobre niño.