39263.fb2 Nunca Sere Como Te Quiero - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 10

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8

Pasó el primero por la gran puerta claveteada, subió a pares los escalones iluminados por la vidriera y al final sólo le faltó tirarse en plancha sobre el pupitre. El asiento ya era suyo y allí se quedó, un poco jadeante, y viendo pasar las primeras cabezas por la puerta de cristales del aula. Espió cuidadosamente los movimientos personales de colocación y le pareció que en el Santa Clara se observaba una estricta fidelidad al sitio que se adjudicaba el primer día. Christine no sería distinta. Aunque no las tenía todas consigo, trató de alabar interiormente esa fundamental cualidad humana que es la insistencia. Desgraciadamente, cuando entró Christine rodeada de su grupo, tuvo la impresión de que se encontraba ante un alma mucho más dubitativa.

La muchacha de ojos aguamarina, con una coleta de su pelo rubio y una trenka granate, se demoró en los primeros pupitres charlando con éste y con aquél, y más adelante, lo mismo. Luego, giró sobre sí misma y pareció que iba a sentarse en la segunda fila. Demasiados ojos la miraban, según Jacobo, y esos ojos eran como cebos prendidos de una red en la que acabaría mucho antes de llegar a su sitio del fondo, al sitio obligatorio y que exigía la costumbre del lugar. ¿Con qué derecho se saltaba las leyes? A Jacobo se le paró el corazón cuando la vio apoyar los libros en uno de los pupitres, mientras escuchaba algo que le decía un tipo sonriente que había pasado la noche peinándose con betún. Pero aquello no fue una auténtica parada cardiaca, porque Jacobo tuvo ocasión de comprobar lo que era una sacudida en el pecho, una falta real de aire y una pérdida de conciencia, cuando la vio quitarse la trenka con toda tranquilidad y echarla sobre los libros.

Adiós, Christine. Después de todo, la había tenido a su alcance durante tres semanas y se había conformado con seguirla hasta la Plaza de Pombo. La vida era absurda. No, la vida era miserable y asquerosa. No, la vida era como la Gran Cagada, un barco que cuesta mucho, pero que no flota. ¿A él qué le hubiera costado más: decir buenos días, me prestas un lapicero, o estar callado como un muerto durante tres semanas y convertirse en el perseguidor loco? Aunque, pensándolo bien, gracias a tener el pico cerrado, ahora no tenía que arrepentirse de nada, ahora ella no podía frotarle los morros ni con su indiferencia ni con su superioridad. Ella no podía saber lo que sentía él, por lo tanto, él era un ser libre. Libre, Christine, a ver si te enteras, libre contra ti, si hace falta.

Lo que hizo Christine, en realidad, fue coger la trenka con los libros debajo y dirigirse a su sitio del fondo, junto a Jacobo. Jacobo la vio venir sometido a tal confusión de sentimientos que dudó entre darle una patada o besarla brutalmente allí mismo. Como los dos extremos eran igual de violentos y de impracticables, a no ser que el sujeto estuviera un poco descentrado, el del pelo cortado a tazón se quedó más quieto y más mudo que nunca.

La única diferencia en las horas que siguieron, la única diferencia con los otros días, fue que el muchacho sintió que le habían encendido un fuego por dentro y que ese fuego le estaba quemando. Que de la llama se había pasado a la hoguera, en resumidas cuentas. Durante los días de hospital había echado de menos a Christine, esa falta se fue convirtiendo en ausencia y la ausencia en una evidencia de pérdida. Christine ya no estaba. Ya no estaría nunca. Quizá llegó a esa conclusión inesperada mezclando el amor que nacía con el que se extinguía, es decir, con la enfermedad de su padre, con sentir que había un camino que llegaba hasta las puertas de la muerte y que esas puertas se abrían con más facilidad que las del Instituto. O que era igual de fácil llegar ante ellas. Todo podía perderse y, cuando las cosas se perdían, parecía que nunca se había tenido nada. Jacobo se estaba quemando y lo sabía.

Durante el recreo siguió a Christine y a su grupo para ver dónde se metían. Era un sencillo sistema de seguridad empleado desde el día en que ardió la sartén y cuyo principal propósito era evitar sorpresas, al menos las de cierta clase. Entraron en la cafetería del callejón, en un chaflán de la calle del Coliseum, que se había convertido en los últimos tiempos en el lugar de reunión de un grupo más numeroso y del mismo estilo. Jacobo salió disparado hacia el Mercado Central y hacia el hornillo de Matilde.

Pero apaciguar el hambre, no le sirvió para apaciguar lo demás. Cuando volvió a clase estaba peor que antes y se dedicó a esperar la hora de salida en medio de una nueva inquietud: estaba seguro de que no le bastaba con seguirla. Ya, no. ¿Qué haría? Mientras trataba impotentemente de imaginarse algo que él fuera capaz de hacer, fue espiando por el rabillo el jersey de lana azul, el vello de lana suave que lo cubría como una piel, los cuellos redondos de una camisa de flores pálidas que rodeaban el otro cuello, blanco, limpio y de carne, las orejas pequeñas y descubiertas con la perla sobre la hoja dorada en el lóbulo, la boca fresa entre la palidez, y los ojos, los ojos, los ojos, que no le miraban, no le miraban, no le miraban.

Contó todos los minutos de la última clase. Un tipo inexistente hablaba de ética. Hasta que los minutos se acabaron. Pero cuando los minutos se acabaron, él no pudo salir corriendo, porque él tenía que dar tiempo a que ella llegara a la esquina del Coliseum. Sin darse cuenta, saltó sobre el asiento y volvió a caer. ¿Ella le había mirado? Esperó a que salieran todos, cogió los libros y caminó todo lo despacio que pudo. Trató de no ir demasiado deprisa, en cualquier caso. Estaba convencido de que haría algo, él, que se había jurado a sí mismo que nunca haría nada. Fue este pensamiento lo que le permitió controlar la prisa, gracias a que producía suficiente pánico como para tomarse el asunto con calma. Veía y se representaba con claridad las atrocidades producidas por un fracaso. Más bien las veía que se las representaba.

Cuando llegó a la verja, Christine ya había desaparecido. Nada en los alrededores. Voló.

Voló y se asomó a la esquina. Alargó la vista hasta la bajada de la Plaza Porticada. Había demasiada gente en las aceras, pero él siempre conseguía distinguirla entre mucha gente. Empezó a caminar con precaución por el lado contrario al de la Plaza, mirando a todas partes y temiendo el recoveco de una tienda o un autobús que la hubiese ocultado. No la encontró. ¿Habría perdido demasiado tiempo? ¿O ella habría ido demasiado deprisa?

Voló. Se saltó la escalinata a tramos y sintió la quemadura del suelo en los pies. Nadie estaba atravesando la Plaza Porticada y Christine siempre la cruzaba en la diagonal hacia el Paseo Pereda, para desviarse unos metros antes por la calle General Mola, la más estrecha. No podía haber corrido tanto. ¿De veras él había perdido esa cantidad de tiempo?

Voló. Y al llegar al arco de General Mola, se paró en seco. Al fondo, se veía la Plaza de Pombo, con la boca del aparcamiento en primer término y el templete en el centro de la tarima del parque. Pero en la calle no estaba Christine. Se le ocurrió que habría ido por otro camino. Se le ocurrió que se había quedado detrás. Todo coincidía en lo mismo, en que la había perdido. El día en que había decidido hacer algo, aunque no supiera el qué, precisamente ese día. Se sintió como en esos sueños en que todo está a punto de ocurrir, un beso, un trago para la sed, y de pronto te despiertas extrañado no porque no haya nada, sino porque has estado queriendo una cosa hasta hace un momento y ahora no sabes qué hacer con eso que querías, excepto llevarlo contigo todo el día como si fuera de otro.

Con la pesadez de un despertar en vacío, Jacobo dejó que sus pies le empujaran hasta la Plaza. No se atrevía a volver a ninguna parte, ni siquiera al barrio. Su estado de ánimo, pensó, era un poco estúpido, porque de todas formas habría tenido que volver en cuanto Christine se metiera en casa. Y se habría metido en casa aunque él hubiera hecho algo.

Miró al portal de Christine desde la boca del aparcamiento. Y luego vio cómo se levantaba media docena de veces el listón rojo y blanco para que pasaran los coches.

Volvió sobre sus pasos intentando concentrarse en su padre y decidiendo que no debía dejarle mucho tiempo solo. Al fin y al cabo, no confiaba en lo que pudiera pasar si el viejo tenía que enfrentarse solo a sí mismo. La noche anterior se quedó modorro delante del televisor, convencido de que Jacobo le había chafado la celebración o lo que pudiera significar esa palabra en su cabeza.

Seguramente, había ido mirándose los pies o no viendo nada, ya que cuando sus ojos enfocaron algo de la calle, se encontraron a Christine caminando por la misma acera y aproximándose. Durante esa ráfaga, pensó que Christine le había visto, pero, pensándolo mejor, eso era tan probable como lo contrario. Las impresiones de su corazón no debían confundirle.

Dio vuelta nuevamente y enfiló hacia la Plaza, calculando que su meta estaría en el portal de Christine. Allí acabaría la escena del perseguidor al que estaban persiguiendo. Ni siquiera eso. Quizá ella no le había visto o le había visto estando ya de espaldas. ¿Qué distancia les separaba? No fue capaz de hacer ese cálculo. Recordaba sólo su cara, no el tamaño proporcional de su cuerpo y en absoluto lo que mediaba entre ellos. Para colmo, aquella cara, aquel momento de cara, la veía cerca y lejos a la vez, la veía acercándose y alejándose en su pensamiento, pero no en un espacio real, no en ninguna parte, ni ahora, sino cómo era en la imagen de su cabeza, una imagen tan hecha y tan dura como un deseo.

Anduvo deprisa sin volver la cabeza. Chocó un par de veces con hombros en los que no se había fijado. Al final, cruzó desde el aparcamiento subterráneo a la acera del portal y, al pasar por delante, tuvo mucho cuidado en no hacer ningún gesto delator. Un portal como otro cualquiera, él pasaba por allí por casualidad, era evidente. Inevitablemente, y una vez cruzada la frontera del desasosiego, aminoró el paso y empezó a hacer cálculos mentales de lo que tardaría Christine en llegar a su portal, sacar las llaves, meterlas en la cerradura, empujar la puerta y desaparecer. Siguió caminando sin atreverse a volver la cabeza y, a la altura del cruce de Lope de Vega, con Puerto Chico a la vista, varios cientos de metros después del angustioso portal, decidió que podía mirar y mover los músculos de un cuello que se iba quedando rígido como un palo.

Pero Christine estaba allí, a unos cuantos pasos, mirándole y acercándose, y cuanto más se acercaba, más trabajo tenía que hacer Jacobo para reconocer que aquellos ojos como los de Christine, aquel cuerpo como el de Christine, aquel movimiento como el de Christine, aquella trenka como la de Christine, aquella coleta como la de Christine, eran Christine misma, sin ninguna duda y a pesar de todo su esfuerzo en descomponerla en pedazos y juntarlos de mil maneras posibles y negadoras. Era Christine y no había nada que hacer. Precisamente el día en que él había decidido hacer algo.

– Hoy me tocaba seguirte a mí. Creo que es divertido. ¿Pensabas que no me había dado cuenta? -dijo, llegando a su altura.

Jacobo estaba pegado al suelo. Los nervios escapaban por la planta de los pies, atravesaban las losetas, el cemento, y allí abajo se convertían en raíces que, buscando alguna escapatoria, sólo conseguían clavar más el cuerpo de arriba.

– Sigue andando. Me gusta seguirte. De verdad, me gusta mucho.

Pero no podía moverse. Estudiaba la cara de Christine y trataba de averiguar si estaba enfadada. Le resultaba muy difícil saberlo, le resultaba muy difícil saber por qué estaba allí.

Ella inició el gesto de empujarle y Jacobo entonces se movió, asustado de pronto por aquel contacto que no llegó a producirse, pero que podía significar cualquier cosa, desde un puro y simple castigo, ¿por qué le parecía en aquel momento que Christine podía castigarle?, hasta un buen motivo de rechifla al día siguiente, cuando se lo contara a sus amigos. No entendía a Christine. La veía delante de él, cuando era más inesperada, y pensó si su propia locura no había escondido a una mujer dañina, estúpida y peligrosa. A alguien como cualquier otro ser temible.

– Tranquilo. No iba a arañarte. Ya no intentaré tocarte más, te lo prometo.

Cuando llegaron a Puerto Chico, ella dijo:

– A veces se huelen los tamarindos del Sardinero desde esta esquina. Me gusta todo lo que está cerca del mar. Es distinto. Es distinto de lo que está tierra adentro y es igual.

Torcieron por el café austriaco, la expedición ya estaba en manos de Christine, y caminaron despacio por el Paseo Pereda. Jacobo había visto muy pocas veces el mar a esa distancia, a la distancia de las cafeterías caras y clubes de esa acera ancha, con miradores y terrazas cubiertas. El sol aparecía de vez en cuando entre nubes algodonosas, ribeteadas de fucsia, lanzando rayos oblicuos a las aguas planas de la bahía, mucho más oscuras que el cielo.

– Tú debes ser una especie de marinero. Siempre vas vestido de azul, con ese chaquetón. Del corte de pelo, no sé qué decir.

Lo único que Jacobo tenía claro en su cabeza es que no estaba en condiciones de determinar si se estaban riendo de él o estaban sencillamente paseando con él. De todas maneras, las palabras de Christine le fueron tranquilizando y se metieron dentro de él como una inyección de gas narcótico, atontándole y obturando los sentidos básicos: no veía nada, no olía nada, no tocaba el suelo, ni sentía las manos escondidas en el chaquetón. Sólo era consciente de la presencia de Christine, de que estaba cerca, de que se alejaba un paso, de que le miraba, de que se distraía, atado como un preso a aquella figura un poco más baja que la suya y que tenía el poder de hacer que los mundos desaparecieran.

– Tú no me lo vas a decir. Menos mal que sé que no eres mudo ni tonto. Pero un día de éstos voy a ser yo la que te siga a tu casa. ¿Qué te parece?

Jacobo miró de una manera que hizo que ella perdiese completamente la media sonrisa con la que venía hablando desde hacía un rato. Christine se había quedado muy seria.

– No sé lo que te pasa. Pero me gustaría llevármelo con esos ojos adonde yo quisiera.

Había abrazado los libros sobre el pecho y los ojos se habían abierto por toda la cara, dejando una mancha fresa en algún sitio. Jacobo abrió los labios para hablar, pero no pudo. Por un instante, temió haber perdido la voz de verdad. Ahora estaba más asustado que nunca y no podía pensar en por qué.

Llegaron a la Plaza Porticada por el lado del Paseo. Doblaron la esquina y empezaron por General Mola, otra vez. Jacobo calculaba lo que tardaría en acabarse la sensación de estar preso, mudo y narcotizado. Lo que tardaría en sentirse libre, hablante y fuerte, y sin ella. Lo que tardaría en ser como siempre y en si podría serlo cuando ella hubiera cruzado el portal.

Entonces intentó ralentizar el paso. Era lo único que había intentado. No tenía fuerzas para llegar al portal y para irse, después, sin haber dicho una sola palabra. Pero ella no hizo caso de su intención y siguió caminando al mismo ritmo, lento y firme.

Llegaron al portal y Jacobo se detuvo, con la seguridad de que muchas más cosas acababan de pararse en él. Pero fue Jacobo el único que se detuvo. Christine continuó hacia Puerto Chico, esperándole un poco hasta que él supo que le estaba esperando.

Repitieron el mismo recorrido en silencio. Esta vez, Christine no dijo nada. Y Jacobo tuvo todo el tiempo del mundo para seguir la dirección de su mirada, para ver su nuca cuando no le miraba a él, para aprender a marchar a su lado y para agarrarse a todo aquello que nunca había tenido ni tocado.

Christine se paró después en el portal. Le miró como si se estuviera llevando trozos de imagen a un lugar solamente suyo, mientras Jacobo leía en sus ojos que le gustaría llevarse los suyos adonde ella quisiera.

Christine metió las llaves en la cerradura y empujó la puerta suavemente. Se quedó al otro lado, sin cerrarla, con el gesto serio y tranquilo.

Cuando Jacobo estaba esperando otras palabras, la oyó decir:

– Hola, tía.

La de Química, el Alcatraz, estaba detrás de Jacobo.

– ¿Qué hacéis aquí? He venido a tomar café con tu madre.

La mirada de Jacobo se cruzó con la del Alcatraz y el muchacho sintió un picotazo extraño, como si esos ojos no quisieran verle.

La puerta se cerró antes de que le diera tiempo a encontrar una vez más su cara.