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En la tarde del día en que se fueron de clase para ir a Somo, Jacobo fue a ver a Fidel al chamizo de la Plaza del Muergo. Se había despedido de Christine a la hora de comer. Ella le había contado entonces que su madre tenía la costumbre de encerrarla en casa en cuanto se saltaba la mínima de sus reglas, reglas que para Christine tenían un propósito: el de que su madre pudiera demostrar su odio a través de ellas. No odio hacia ella, en especial, odio también a su padre y al mundo, por lo que todos ellos le habían hecho, aunque nadie supiese muy bien qué era. Por lo menos, Christine no lo sabía. Lo único que sabía es que sus padres se conocieron en París, mientras su madre pasaba un pequeño exilio familiar a cuenta de unos amores de juventud con un oficial de marina (esto se lo había contado su padre), y el padre en cuestión trabajaba como director de cuentas en una agencia de publicidad. Siendo ella todavía muy pequeña, las cosas empezaron a invertirse. El padre decidió cambiar de vida y dedicarse a pintar cuadros, y para ello le pareció que sería conveniente cambiar también de hábitos, de residencia y de país. Se fueron a vivir a Mallorca, cuna, se supone, de cierta inspiración tradicionalmente excéntrica. Allí, su madre comenzó a echar de menos, presumiblemente, al director de cuentas que había sido su marido, la vida social anterior y los orígenes santanderinos convencionales. Christine no sabía qué era lo primero que su madre había dejado de querer, si a su marido o al tipo de vida que llevaban. El caso es que la señorita romántica y sentimentalmente aventurera acabó convirtiéndose en un ama de llaves británica, y el ejecutivo parisino en un señor que iba por la vida con espardeñas y las manos manchadas de colores acrílicos. Hacía dos años y pico que su madre decidió regresar sola a Santander, vivir de algunas rentas familiares y defender a su hija de los percances congénitos. «Tú no serás nunca como tu padre», solía decirle cuando le imponía un castigo. Y «tú eres igual que tu padre», solía decirle en los momentos en que no había ni culpa ni castigo, sólo conversación.
La hora de comer formaba parte de aquellas reglas y Jacobo tuvo que hacerse a la idea de perder a Christine en mitad el día.
Por otro lado, Jacobo se había sentido inquieto mientras Christine le contaba esa historia. Quizá olfateó una especie de peligro, una amenaza desconocida y proveniente del mundo también desconocido de Christine. O quizá era todo más confuso, quizá le había obligado a él a pensar, tenebrosamente, sin intención, en sus propios padres, en aquella madre desconocida que huyó y en aquel padre, igual de desconocido, que se quedó para huir. ¿Los padres pertenecen a esa clase de gente que siempre acaba huyendo y que tiene hijos para que les vean irse?
Eulalia le abrió la puerta del chamizo. Era una mujer oscura, pequeña y arrugada, algo así como un guisante pasado con toquilla. Sólo abría la boca para hablar de Cóbreces, el pueblo en que nació, y para decir que la comida estaba hecha. La comida era su única y total ocupación. Cualquiera que quisiese comer a muy módico precio podía pasarse por la olla de doña Eulalia a cualquier hora del día. Las prostitutas, los marineros en paro y transeúntes, los muchachos de la calle, siempre encontraban un sitio en el chamizo. Eulalia decía que Fidel era su nieto y seguramente eso tenía que ver con que el accidente que le quemó la cara pasó en casa de la vieja, cuando Fidel era un crío de nueve años. Un cazo de agua hirviendo, no se supo cómo, ni el muchacho se acordaba, ni la vieja hablaba de ello. Era su nieto y de ahí no pasaba.
La casa de la Plaza del Muergo, en la dársena de Maliaño, al final del barrio, no era en realidad una casa. Eran cuatro paredes de yeso y un tejado de zinc, igual que cualquiera de los cobertizos donde los rederos guardaban los materiales. Tenía una puerta con dos paños, un ventanuco y un tubo de vinilo que hacía de chimenea. Dentro, en un solo espacio, había una cocina de butano, un par de camastros y una mesa larga, para ocho o diez personas, con hule de cuadros.
Fidel estaba en uno de los camastros, cerca de la puerta. La Eulalia se fue como siempre a su fogón y se quedó de espaldas, junto al ventanuco.
– Hola, Jaco -dijo el de la cara quemada, echado sobre el camastro que estaba más cerca de la puerta, mientras intentaba meterse una aguja de hacer punto por la escayola que llegaba hasta el muslo-. Esto pica. Pero me da igual, porque yo sé dónde va a acabar metida esta aguja. Lo hizo adrede, tiró a tope de la palanca adrede, para hacer gracia. Pronto nos veremos y él se llevará esta aguja metida en un sitio que también pica. Te lo juro.
– ¿Todavía no puedes apoyarla? -preguntó Jacobo sentándose en el borde.
– Hasta la semana que viene no me ponen el tacón. ¿Cómo te has enterado?
– Por Nano. Pero todo el mundo lo sabe -contestó Jacobo procurando evitar que saliera a relucir su encuentro con Nano y, en consecuencia, Christine.
Fidel había conseguido meter la mitad de la aguja dentro de la escayola.
– Hostia -dijo, de pronto-. Me la he clavado.
Pero no la sacó. Tiró un poco de la aguja y Jacobo se fijó en cómo, con el gesto de dolor, en la parte quemada de la cara aparecían arrugas en forma de tela de araña. Luego, Fidel empezó a rascarse y la satisfacción hizo que la piel se estirase hasta deshacer la tela de araña y dejar sólo el grumo oscuro de la carne achicharrada.
– ¿Queréis sopa? -dijo Eulalia por detrás de Jacobo.
Contestaron que no.
– ¿Por qué no te has quedado en tu casa? -dijo Jacobo, mirando la aguja que subía y bajaba.
– Bastante tiene la vieja con los tres críos. Ayer me hizo una visita y con eso está bien. Qué más da.
La aguja se paró.
– ¿Sabes una cosa? -dijo Fidel clavando la vista en Jacobo-. Me da vergüenza. Es raro, ¿verdad? Tengo vergüenza de ir a mi casa. Tengo vergüenza de que me vean por la calle.
– Vergüenza… -dijo Jacobo como si repitiera una palabra absurda o como si la palabra fuera absurda por salir de la boca de Fidel.
– No es por la escayola. No es por tener rota la pierna. Tampoco es por lo del toro, que es bastante ridículo. No es nada de eso.
– Entonces, ¿por qué es?
– No lo sé -contestó Fidel sacando la aguja y dejándola quieta encima de la escayola, quieta como un pensamiento-. Sé que nunca lo había sentido.
La cara quemada también se quedó quieta. Los ojos fueron siguiendo la aguja hasta la punta del extremo.
– Creo que es porque no tenemos nada. Porque no podemos tenerlo.
– Tenemos cosas -dijo Jacobo en voz baja como si se lo estuviera diciendo a sí mismo.
– Y una mierda, Jaco. ¿Qué? ¿Qué tenemos?
– Somos marineros.
Fidel se le quedó mirando con una mueca torcida, que era como una sonrisa al revés.
– Tú tienes algo en el coco. Siempre has tenido algo en el coco. Ya no hay marineros. No hay sitio para marineros. No hay barcos, ni pescado. Hace diez años había sesenta arrastreros en Santander. Ahora quedan catorce. Tienen suerte en volver con siete cajas de pescado. La mar se ha acabado. Quítatelo de la cabeza, quítatelo de una vez, Jaco.
– En Cóbreces no hay barcos. Así que en Cóbreces no tenemos esos problemas. ¿Queréis una sopa? -el guisante con toquilla había vuelto a aparecer por detrás.
– Después, Eulalia -contestó Fidel.
Y cuando Eulalia se dio la vuelta:
– ¿Te ha dado un aire? -le preguntó a Jacobo.
– No -dijo Jacobo como si respondiese a una pregunta normal.
– Algún día me tienes que contar por qué tú quieres ser marinero.
Jacobo estaba mirando en dirección a la puerta. La luz brillaba en las ranuras de los paños mal ajustados.
– No tenemos nada, pero me da más miedo no saber dónde estoy. Que un toro mecánico me pueda partir una pierna o que me pueda pasar cualquier otra cosa estúpida, sin que yo sepa por qué. A lo mejor un día acabo paralítico porque trabajo en un lavacoches y me pilla el rodillo.
Se quedó callado un momento.
– Ya sé por qué siento vergüenza -dijo casi enseguida-. Siento vergüenza porque pienso que todo el mundo va a saber que estoy perdido cuando me vea con la pierna escayolada, que no tengo nada que hacer o que tendré que hacer cualquier cosa.
– Déjalo ya -dijo Jacobo, que seguía mirando a la puerta.
– Si por lo menos quisiera algo… Pero es que no puedo pensar ni en lo que quiero.
Fidel volvió al trajín de la aguja y la escayola.
– Tengo que marcharme -dijo Jacobo.
– Me he enterado de lo de tu padre. Tú no has dicho nada. Bueno, tampoco se te puede ver.
– Tengo que marcharme.
Cuando Jacobo entró en la buhardilla, casi de noche, y después de haber vagabundeado bastante tiempo por la dársena, mirando los barcos y las faenas de los maestros rederos, oyó los ronquidos de su padre. Se acercó a la cueva. Olía a alcohol de quemar. Sin saber del todo lo que hacía, acercó una silla y se quedó contemplando aquel esqueleto bajo la manta, pensando que velaba a un muerto. Pero también se acordaba de Fidel y de que le había dicho que ni siquiera podía pensar lo que quería.