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Jacobo estaba esperando a Christine apoyado en la balaustrada que daba al patio, cuando don Máximo apareció moviendo violentamente su sotana, como un guerrero con capa, grande y con la cabeza afeitada. Era su forma de andar y a la vez su forma de presentarse ante el mundo.
Habían pasado dos días desde la excursión con Christine y, desde entonces, sólo pudieron verse en la media hora del recreo y en el trayecto de la vuelta a casa. Jacobo estaba pensando en una nueva fuga para esa mañana.
– Muchacho, ¿se puede saber a qué te dedicas? -dijo la voz rotunda del cura.
– Estoy esperando.
– ¿Y qué espera un individuo como tú?
– A que empiece la clase.
Don Máximo se había parado en seco delante de él, pero sin quedarse completamente de frente. Parecía que iba a seguir su camino de un momento a otro.
– No es suficiente -dijo el sacerdote-. No es suficiente en absoluto. Se te pide más.
– No le entiendo -contestó Jacobo.
– Te he puesto sobresaliente en el ejercicio del otro día. Pero sé que no has estudiado nada.
– Entonces, ¿por qué me ha puesto sobresaliente?
– Le he puesto sobresaliente a lo que es capaz de hacer tu cabeza con nada.
– Sabía lo que usted estaba preguntando.
– Pero sólo sabías lo que ya sabías. Creo que va siendo hora de que te preguntes lo que puedes hacer con lo que no sabes.
Los ojos sin pestañas de don Máximo le miraron de arriba abajo, como si le estuvieran pasando revista.
– ¿Dónde están tus libros?
Jacobo no contestó.
– ¿Dónde están tus libros? Quiero una contestación y no voy a pasarme toda la mañana esperándola.
Jacobo sintió al hombre grande delante de él, a aquella especie de tártaro que iba arrasando a su paso.
– No los he traído.
– No los has comprado, quieres decir.
Jacobo no contestó.
– Ni siquiera los has comprado -los labios gruesos del cura se abrieron como si estuvieran dejando escapar el aire, y Jacobo no pudo evitar el quedarse fijo en ellos.
Don Máximo echó a andar, pero al cabo de dos pasos se giró con su estilo marcial.
– Apostaría algo a que eres una de las mejores cabezas que han pasado por aquí. Pero todas las cabezas están hechas de un cristal muy fino. En esta vida he tenido que barrer los pedazos de muchas. Ten cuidado. Tu cabeza es tuya, pero no tienes más que una.
Don Máximo le miró en silencio durante un segundo largo.
– Se rompen, maldita sea. No te imaginas con qué facilidad se hacen cachos -dijo, dándose definitivamente la vuelta y desapareciendo por el corredor.
Cuando llegó Christine, no le dijo nada sobre sus planes de desaparecer esa mañana del Instituto. La conversación de don Máximo se había acumulado sobre las impresiones de los últimos días y Jacobo empezó a tener la sensación de que algo le aplastaba. Lo peor de todo era que ni siquiera pensar en Christine, estar con Christine, le aliviaba del todo. Esa mañana, por ejemplo, se dio cuenta de que las otras cosas habían pesado más que la muchacha de la que estaba enamorado. Y eso suponía un conocimiento nuevo.
Su padre se estaba matando. Él había decidido cuando era niño que su vida estaría en la mar. Pero también todo el mundo había decidido que él era inteligente y que navegaría por las ondas de los libros abiertos. Pero no se sentía capaz de poder desear más que lo que deseaba y, si le quitaban eso, entonces le pasaría como a Fidel, que no podría pensar en lo que quería. No se acordaba de cuándo decidió que iba a ser marinero. Aquello estaba en el fondo de su memoria y de su conciencia, y arrancarlo sería como arrancar las raíces de un alma. Mientras, su padre se estaba matando y se le escapaba, y él también sentía que escapaba de su padre, aunque ignoraba hacia dónde. Y, después, no podía dejar de saber que se había mareado en el barco, que se puso enfermo, que de los quince días de viaje, más de ocho los pasó tumbado en la litera y vomitando de un cuerpo ya vacío. Pero no debía pensar en eso. Por suerte, sólo lo sabía la tripulación del Gran Sol, Fermín incluido, a la que Roncal había hecho callar, y Christine. Nadie más.