39263.fb2 Nunca Sere Como Te Quiero - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 16

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14

Cuando Jacobo llegaba a casa por el día, su padre no estaba. Y cuando llegaba por la noche, el maestro ya se había dormido en la cueva apestada por el tufo ardiente del alcohol. El muchacho, después del suceso con los caralavadas en el restaurante de Fermín, había dejado de buscarle cuando no le veía. También había desistido de obligarle a comer y de encontrarle. Aun así, todas las noches preparaba la comida del día siguiente y compraba lo necesario para que se pudiera seguir viviendo en aquella casa. Las veinticinco mil pesetas que prestó Roncal se fueron evaporando con una cierta rapidez. Jacobo, también después del asunto de los caralavadas, dejó de administrar el dinero y simplemente se limitó a ponerlo a disposición de su padre y de sí mismo en un cajón de la mesa de la cocina. Si de todas formas iba a beber, que lo hiciera con su propio dinero. Osea, con el que Roncal les había prestado.

Se sentía mal pensando en su padre y pensando en que él no hacía todo lo posible. Pero no podía hacerlo, y ni siquiera sabía cuándo había dejado de poder hacerlo. Eso no evitaba, ni mucho menos, que se sintiera mal.

El domingo por la tarde, Jacobo se había citado con Christine en las taquillas del puerto. Christine no apareció. Por la cabeza de Jacobo pasaron fantasmas conocidos y desconocidos. Los conocidos tenían que ver con lo que él había hecho, con las palabras furiosas que le dijo a Christine el último día, con las lágrimas sin explicación que dejó escapar en el acantilado, con los libros no comprados, con la imposibilidad de hablarle sinceramente de su vida, con la negativa a pensar que no podía ser marinero. Tal vez ella había visto la especie de su debilidad y le abandonaba. Le abandonaba con razón, con justicia y, lo peor de todo, completamente de acuerdo con el criterio del propio Jacobo. Los fantasmas desconocidos, con menos perfiles que los otros aun siendo también fantasmas, surgían de la amenazadora vigilancia de aquella madre y de lo que hubiera podido pasar tras la última escapada. Jacobo trató de recordar si el día de la Boca del Diablo habían tenido Química y, por tanto, si habían sido descubiertos por el Alcatraz. Pero no recordaba exactamente, aunque, para ser exactos, todo le parecía posible. Que hubieran tenido Química y que no. Que hubieran tenido Química y el Alcatraz los hubiera descubierto. Que no la hubieran tenido y, de todas formas, les hubiera descubierto. Que les hubiera descubierto con Química o sin Química. Que estuviesen descubiertos desde mucho tiempo antes.

Eso no era todo. Estaba también la simple presencia de la amenaza. Christine la había pronunciado y Jacobo supo, desde ese momento, que su propio miedo había empezado a hacer el viaje con ellos. Del mismo modo en que la historia de los padres de Christine le decía algo a él mismo, a él solo, la amenaza y el peligro que salieron de los labios de Christine también le habían hablado a él solo.

Se quedó paseando casi dos horas por el muelle, mirando siempre atrás, no yéndose nunca demasiado lejos del lugar en el que habían quedado. Cuando empezó a oscurecer, entró en los jardines del Paseo y estuvo mirando desde la puentecilla los cisnes que gravitaban sobre el agua oscura, silenciosa y condensada, del estanque con adelfas. Nunca le habían gustado los cisnes. Pero, ahora, al verlos tan majestuosamente posados sobre una superficie de agua, indiferentes a la noche y a las miradas de los curiosos, en el tiempo cerrado del estanque, le pareció que esos animales sabían dónde estaban y que el sitio donde estaban era suyo.

Ya con la noche cerrada, regresó al muelle y se encontró con la niebla que encerraba la luz de los faroles y con la bahía negra marcada por los litorales luminosos. Cruzó por su mente la imagen de un teléfono y de una llamada a Christine. El problema es que no tenía su número y nunca se le ocurrió pedírselo. Pero quizá, y de todas formas, no la hubiera llamado. Si quería, podía encontrar ese número. Pero no se trataba del número, sino de los fantasmas. Y pensó en los números, uno detrás de otro, huyendo del muelle, en la oscuridad, lo mismo que harían los fantasmas. ¿Por qué ella no estaba allí? Jacobo no sabía lo suficiente como para imaginarse haciendo algo. O quizá sabía demasiado como para hacerlo.

Después, empezó a regresar costosamente hacia el barrio, abandonando el sitio de la cita a la que Christine no había acudido. Tuvo la impresión de que se dejaba algo en aquel sitio, porque tal vez parece que se pierden cosas cuando las cosas no suceden.

No quería ir a la buhardilla, pero al final acabó subiendo las escaleras de la casa con la sensación de que el resto de los caminos, hacia la Plaza del Muergo, hacia las dársenas, hacia el Ciaboga, fueran caminos con una puerta cerrada con llave.

Cuando llegó al rellano de la buhardilla miró al cielo que se veía por la claraboya. La luz de la escalera se apagó y apareció un firmamento negro en el que, a fuerza de ser mirado, surgían estrellas pálidas como si estuvieran hundidas en el océano del universo. Los ojos de Jacobo se quedaron un rato navegando por allí, a oscuras y retrasando el momento de abrir la puerta.

Aquel mismo cielo estaba sobre Christine. Surcándolo, se llegaba hasta la Plaza del Pombo, hasta la casa y hasta los ojos aguamarina, y el marinero podía recogerla para llevarla en su travesía a un país sin puertos y sin mapas que los señalaran. Todo sería travesía.

Jacobo se había sentado en el último peldaño de la escalera, y mientras iba camino de la Plaza del Pombo a capturar los ojos aguamarina y llevárselos, escuchó el primer runrún de una conversación en la buhardilla.

Enseguida notó que había una voz fuerte, cortante, que decía frases que restallaban y cuyas palabras podían distinguirse sin demasiado esfuerzo. También había otra voz, otra voz que seguía a la primera y que, en comparación con ella, era como el sonido del agua revuelta después de que hubiera pasado la hélice retumbadora de un buque.

– No voy a dártelo a ti -dijo la voz fuerte.

Jacobo aguzó los sentidos y dejó de mirar el cielo de la claraboya. Escuchó el runrún del que contestaba, pero ahí no pudo distinguir las palabras.

– Lo que no se puede hacer por uno, no se puede hacer por otro. Si no, te diría que lo hicieras por él.

El runrún contestó de forma entrecortada. A pesar de no entenderlas, Jacobo tuvo la impresión de que las frases quedaban sin terminar. Era como si el sonido de agua revuelta se fuera apaciguando y un segundo más tarde volviera a surgir. Aquella articulación mortecina le resultaba muy familiar. Y el hecho de que le resultara incomprensible la hacía aún más familiar.

– No, no haces todo lo que puedes. Te conformas con lo que te pasa, que no es lo mismo. Si, por lo menos, pudieras decir qué te pasa…

Entonces llegó un runrún muy largo, casi homogéneo, en el que Jacobo tuvo tiempo de mirar los listones arqueados del rellano teñidos de la blancura azulada del cielo de la claraboya, mirar sus grietas, sus clavos oxidados, las juntas deshechas donde crecían los hongos de la humedad como grumos pastosos, y en el que Jacobo también tuvo tiempo de oler, de oler como si no fuera suyo y pudiese olerlo desde fuera, como una primera vez, el aire de aquella casa y darse cuenta de que no podía decidir qué clase de olor era, de dónde venía o de qué estaba hecho, porque quizá no era del todo un olor, quizá fuera la forma en que habían vivido, la forma que tenía su mundo, esas formas disueltas en el aire como si hubieran explotado y no hubiesen podido salir de entre aquellas paredes.

– Entonces, haz que se vaya -la voz fuerte no resonaba tanto, ahora parecía aplomada, concluyendo algo-. Haz que se vaya. Yo estaré con él. No permitas que te siga mirando, porque mientras te mire estará atrapado. Tienes que entenderlo. Mientras te mira, él no puede ver nada.

Durante minutos no volvió a escucharse nada dentro de la buhardilla. Parecía que algo se había terminado para siempre, pero también parecía que los dueños de las voces se habían esfumado por el tragaluz o atravesando los tabiques y que, cuando se abriera la puerta, no se encontraría el menor rastro de que allí sucedió poco antes algo que no podía olvidarse.

Jacobo escuchó la puerta de la buhardilla, pero no se volvió. En ese momento, observaba fijamente el lugar donde las últimas partículas de luz se adentraban en la oscuridad de la escalera y trataba de adivinar si la última partícula de verdad, la última partícula sola, seguiría bajando hasta el primer piso, abriría la puerta de la calle y saldría al exterior para volver de nuevo al cielo del que se había desprendido.

– Siento que lo hayas escuchado -dijo la voz de Roncal-. Bueno, para ser sinceros, no lo siento tanto. Qué diablos, no tengo que sentir ni que dejar de sentir. Tú sabes tanto como yo de este asunto.

Roncal no había hablado enseguida. Se encontró con Jacobo sentado en la escalera y al lado de la puerta, a oscuras, sin mirarle cuando salía, y seguramente tuvo que hacer algunas deducciones, por pocas y rápidas que fueran.

Después de pronunciar las palabras anteriores, bajó tres peldaños y se quedó enfrente de Jacobo, que seguía mirando el vuelo imaginario de la partícula. Sacó una cartera del bolsillo del pantalón y dijo:

– Quédate con esto -Roncal había alargado la mano y tenía en ella unos cuantos billetes doblados por la mitad.

Jacobo miró la mano y después los billetes.

– ¿Es eso lo que no le ibas a dar a mi padre? -dijo con un tono que parecía venir de otro sitio.

– Esto es lo que no voy a darle a tu padre.

Jacobo levantó la vista y observó cómo la luz escasa redondeaba el cráneo pelado de Roncal y cómo, en algún sitio de allí dentro, los ojos oscuros y redondos le miraban sin pestañear.

En ese momento, Jacobo pensó que se levantaría y se iría con Roncal. Pero las palabras que salieron de su boca fueron muy diferentes de eso.

– Entonces yo no puedo cogerlo -dijo.

– Tú puedes cogerlo, porque tú no eres él.

Jacobo seguía pensando en irse con Roncal. Se imaginaba llegando a la casa del Barrio Pesquero y viendo cómo Roncal se encendía el puro de donde aquí empieza y acaba todo. Se imaginaba más cosas y todas esas cosas le decían que se fuera con él.

– No puedo cogerlo -dijo.

– No estás cogiendo dinero, muchacho. Ni siquiera estás cogiendo dinero de mí. Esto no es dinero. No lo mires, porque no es dinero. Lo que coges es tu vida…, o no la coges.

– No puedo, Roncal.

Roncal seguía con el brazo extendido. Un brazo corto, fuerte, que asomaba la muñeca llena de nervios y sangre bajo la manga del chaquetón.

– No voy a cogerlo.

Jacobo sintió cómo esas palabras eran como hachas que caían sobre las imágenes de vidrio de su imaginación, de la imaginación que acompañaba a su casa a Roncal, que vivía con él y que decía todo lo que le estaba pasando, porque Jacobo había estado esperando a Roncal desde hacía días, sin saber por qué, pero esperándole y guardando esa espera en el desván de un deseo que no se atrevía a pronunciarse a sí mismo. No es que fuese a contarle algo en concreto, es que quizá podía estar con Roncal como si se lo contara.

– Entonces ya sabes lo que no coges.

Roncal, entonces, replegó su brazo y guardó la mano con el dinero en el bolsillo del chaquetón. Se dio media vuelta deprisa y empezó a bajar los peldaños de la escalera.

Jacobo sintió esa ausencia mucho antes de que Roncal desapareciese de su vista.

– ¡Es mi padre! -gritó al fondo oscuro.

– Pero tú no eres el suyo -le contestó la voz que se iba.

Jacobo, sin moverse del peldaño, fue escuchando cada pisada que iba descendiendo como un latido del corazón que se apagaba por segunda vez en ese día.

– ¿Cuándo has desembarcado? -preguntó, tratando sólo de que la voz no desapareciese del todo.

– Ahora.

Cuando, al cabo de un tiempo, Jacobo entró en la buhardilla, su padre estaba ya metido en la cueva y durmiendo. Olía a alcohol de quemar.