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Estaba seguro de no haber dormido en toda la noche. Por eso le sorprendió que en el tragaluz apareciesen nubes con los ribetes blancos que casi siempre se convertían en largos flecos de lluvia. El cristal había estado oscuro todo el tiempo, pero ahora empezaban a distinguirse, todavía dentro de la oscuridad, las maniobras del cielo. Ese cielo arrojaba en el cuarto retales de luz que iluminaban unas partes y dejaban otras a oscuras.
Se había acostado vestido, chaquetón incluido, con la caja de las zapatillas doradas al lado. El tragaluz estaba casi encima de su cabeza. Se acordó de la noche anterior y de la claraboya del rellano. Y, naturalmente, de Christine. Tenía las zapatillas y esas zapatillas también podían hacerle navegar hasta ella, mejor que con el cielo que unía las casas.
No recordaba mucho de la víspera. Después del episodio de la mujer con el peinado en forma de torre y abrigo de tortuga, había intentado ir a muchas partes y al final no había ido a ninguna. Por ejemplo, había intentado ir a casa de Christine y quedarse cerca con la caja de las zapatillas. También se le ocurrió quedarse paseando por donde lo hicieron el primer día, buscando a cada vuelta que ella saliera de casa y encontrarla. También pensó en acercarse hasta donde Fidel. Y en llamar a Roncal. Pero sólo recordaba haber estado, otra vez, como cuando salió disparado en busca de Christine, mirando el Gran Sol en la dársena de Maliaño con la caja de las zapatillas. Quizá había estado en todos esos sitios, pero se le había olvidado, o quizá no llegó a estar, pero se le quedó la memoria del intento. Cuando entró en casa por la noche olió al alcohol de quemar. Ni siquiera apartó las cortinas para echar un vistazo a su padre. Si el olor estaba, su padre estaba, y eso era todo.
Había decidido, sin saber cuándo, sin saber en qué parte de la noche en vela o del día anterior que no recordaba, ir al Instituto y darle a Christine las zapatillas doradas. A Jacobo le parecía que eso ya diría mucho de lo que él no se había atrevido a decir. ¿Lo solucionaba todo?
Debía de ser muy temprano. Cogió la caja, se levantó y fue hasta la cocina. Encendió el fuego y puso leche a calentar. Después, apagó el fuego, pero no hizo nada con la leche. Se quedó sentado en una banqueta con la extraña sensación de que lo que había sucedido era una puerta que se abría a lo que verdaderamente tenía que pasar. Seguía oliendo a alcohol de quemar y se acordó del tufo a gasoil como de un recuerdo sepulto.
No estaba buscando el dinero, quizá sólo había mirado hacia la caja que había dejado encima de la mesa, pero, a pesar de todo, abrió el cajón del dinero. Allí sólo encontró la servilleta de papel como la de los bares, transparente y rota por el bolígrafo, donde ponía:
«Ahora he tenido que irme. Como cuando siempre te he querido. Y no puedes buscarme. Tu padre.»
Jacobo la leyó muchas veces. Como si la entendiera y no la entendiera al mismo tiempo, pero siempre con una sensación extraña en el cuerpo, parecida a como si no llevara nada puesto, a como si no pudiera hacer nada con el frío o el calor. Entonces dijo en voz alta:
– Como no lo entiendo, tengo que buscar a alguien que me lo lea.
Tampoco entendió muy bien sus propias palabras. Ni por qué las había dicho en voz alta. Fue a la cueva donde dormía su padre, retiró las cortinas y se quedó mirando la cama deshecha.
– No ha hecho la cama. A lo mejor, vuelve para hacerla -dijo también en voz alta y sin entender mucho lo que decía.
Luego, miró en el armario y en la mesilla. El armario estaba vacío, pero en el cajón de la mesilla había quedado un lápiz rojo y plano, como el de los carpinteros. Estuvo observando ese lápiz en el cajón vacío y pensando que sin ese lápiz el cajón estaría menos vacío. Lo cogió y se lo guardó. Después, cerró las cortinas de golpe, agarró la caja y salió de la buhardilla con la servilleta escrita en el bolsillo. En su cabeza sólo se había quedado una idea: que alguien le leyese la carta y la entendiera.
Cuando salió a Marqués de la Hermida, aún no había clareado. Las luces de los semáforos estaban en ámbar intermitente y Jacobo pensó que avisaban de que todavía era de noche. Vio luz en el bar de Fitu y se acercó. Por el cristal observó las paredes amarillas y a media docena de hombres tomando café en la barra. Fitu estaba detrás, con el trapo al hombro y la boca escondida en los grandes bigotes. Jacobo se imaginó aquellos bigotes moviéndose como labios y leyéndole la carta que no entendía. Fitu era inteligente y siempre le había protegido en silencio, sin decirle nada, sólo mirándole o mirándole a él y a su padre. Quizá ahora hablase. Jacobo entró y se quedó en la barra, cerca de la puerta.
Fitu le echó una ojeada de arriba abajo. Esa ojeada duró segundos y pareció que Fitu se iba a quedar en ella, sin hacer nada más.
– ¿Te pongo un café? -preguntó, cogiendo una taza del fregadero-. ¿Qué llevas en esa caja?
Jacobo no contestó. El hombre voluminoso puso la taza en la cafetera y empujó la palanca.
– ¿No es un poco temprano? ¿O será que no te has acostado? -preguntó Fitu al volver a su sitio del fregadero.
– No -contestó Jacobo.
– ¿No? ¿No, qué?
– No -repitió Jacobo.
Fitu había empezado a secar vasos. Los secaba a la altura de la panza, pero no dejaba de mirar a Jacobo.
– ¿Dónde está tu padre? -dijo Fitu, de pronto, como si comenzase a saber algo, como si la presencia de Jacobo a aquella hora, con aquella caja, con aquel «no», estuviera ya diciéndole algo al hombre de los bigotes.
El muchacho del pelo cortado a tazón y los ojos un poco achinados estuvo a punto de sacar la servilleta y decirle, señalándola: «Aquí». Pero no fue capaz de hacerlo.
Fitu le llevó la taza de café, se la puso delante y repitió la pregunta:
– ¿Dónde está tu padre?
Entonces Jacobo ya no pensó en la servilleta, se quedó pensando en la pregunta, y en si eso podía saberse.
Miró en la taza de café. Luego, al levantar la vista, se encontró a Fitu con las dos manos apoyadas en la barra, esperando la contestación. Jacobo no dijo nada. El hombre de los bigotes tampoco volvió a hablar. Quizá había hablado ya demasiado para lo que correspondía a su carácter. Aunque no se movió y siguió esperando hasta que Jacobo se dio la vuelta y salió otra vez a Marqués de la Hermida sin haber probado el café.
Atravesó la calle, la vía, y pasó por delante de la oficina de estibadores. Había un grupo en la puerta, bajo la luz de un farol. Después, cruzó la Raya, con el campo de desguace a la derecha, y se metió en la Ensenada con el día clareando. Pensó en Roncal. Había estado pensando en Roncal desde que encontró la servilleta de su padre. Pero Roncal se había marchado sin que él le cogiese el dinero.
Continuó hasta la Plaza del Muergo, empujó los paños de la puerta y vio a Nano y a Fidel durmiendo en la misma cama. La vieja estaba en la cocina, iluminada por una bombilla desnuda, con un puchero del que salía humo y olor a café. Había una mujer durmiendo en una silla, con la pintura de la cara corrida y un vestido rojo, enroscada como una serpiente.
– ¿Quieres café? -le preguntó la vieja, volviendo un poco la cabeza.
– No.
Fidel y Nano se removieron en la cama. El de la cara quemada abrió los ojos y preguntó:
– ¿Qué haces tú aquí?
Jacobo se sentó en el borde de la cama y se quedó mirando el cuerpo pequeño de Nano.
– ¿Qué llevas en esa caja?
Jacobo dejó la caja en el suelo y el otro pareció olvidar la pregunta mientras se frotaba los ojos.
– A éste le sacudieron ayer en los bajíos por trescientas pesetas de berberechos -dijo Fidel siguiendo la mirada de Jacobo.
Nano abrió también los ojos.
– ¿Te pegaron ayer? -le preguntó Jacobo.
– Sólo me estuvieron empujando tres gordas. Pero las manos como hachas. No sé, nunca les había importado. Me jode porque el saquito de berberechos me costó medio día.
– No queda nada. No queda nada en ninguna parte. Hay que irse -dijo Fidel, incorporándose en la cama y retorciendo como un sarmiento la carne quemada del rostro.
Jacobo estaba siguiendo los retorcimientos del cuello y de la cara, que eran como sogas, como sogas que ataban a Fidel a la cama.
– ¿Irse? ¿Irse adonde? -a Nano, en cambio, el asunto le había despertado del todo.
– A otro mar. A otro sitio. A Alaska, a Noruega.
– Una vez leí en un libro un sitio que se llamaba Nantucket, o algo parecido, que seguramente es igual que ésos -dijo Nano, entre la confusión y un principio de entusiasmo.
Jacobo desvió la vista hacia la mujer del vestido rojo que dormía enroscada en la silla, que ni se movía ni respiraba. Si estuviera muerta, ya se habría caído.
– ¿Qué dices, Jaco? Podríamos irnos. Venga, di por lo menos que te gustaría -dijo Fidel.
– Yo no me he ido -contestó Jacobo sin dejar de mirar a la mujer enroscada.
Los otros se quedaron mirándole, él los sintió, pero sintió más el papel de la servilleta que había agarrado mientras miraba a la mujer y mientras respondía.
– Ya sabemos que no te has ido -dijo Nano, sin entender y volviéndose a Fidel después de hablar.
– Claro que no te has ido -intervino el de la cara quemada, escudriñando con sus ojos saltones-. ¿Es por la promesa? ¿Es eso lo que has querido decir?
– ¿La promesa? -ahora Jacobo sí miró al que le había hablado, como si hubiera sentido algo tan real como un pellizco o un pisotón.
– Un día dijiste que estabas en el Instituto por una promesa. ¿No te acuerdas?
– No. Una promesa es a alguien… -murmuró tratando de ser lógico.
– Claro. Una promesa es a alguien. Pero eso no lo dijiste -contestó Fidel, que seguía escudriñando.
– No recuerdo a alguien -dijo Jacobo, volviendo la vista a la mujer enroscada, dormida y muerta.
Nano y Fidel se quedaron en silencio y movieron los ojos en la dirección de los de Jacobo.
– Aquí pasa algo -dijo Fidel a Nano-. A éste me parece que tendremos que llevárnoslo. No está rigiendo muy bien. ¿Qué hay en Nantucket?
– No lo sé -dijo el pequeñito-. Suena a ballenas. Me suena a que hay ballenas.
– Eso que has leído es de otro siglo, por lo menos.
Jacobo se levantó y dijo:
– Tengo que irme.
Los otros hablaron a la vez, pero él ya estaba en la puerta y no les escuchaba.
Volvió a la Ensenada y se acercó al Ciaboga. Estaba cerrado. Se le había ocurrido de repente que Fermín podía leer la servilleta y entenderla. Había unos cuantos chavales jugando en el contenedor de basura. Un redero había extendido una red en el campo de cemento. Pensó en Roncal. Pero no había cogido el dinero de Roncal. Roncal era el único que podía leer y entender. Aunque quizá ahora no pudiera, porque él no había cogido su dinero. Fermín, quizá, sólo se hubiera echado a reír imitando a un vikingo o le habría puesto un plato de sardinas. Aunque era de los pocos, con Roncal, con los del Gran Sol, que conocía su secreto. ¿Era ya un secreto?
Empezó a caminar hacia la Raya. Por esa parte, el cielo estaba ya brillante, y el borde blanco de las nubes de agua iba aterrizando sobre los tejados. El cielo podía ser brillante y espeso. Habría podido verlo mejor en la amplitud de la bahía. Pero no caminó hacia la bahía. Llegó de nuevo a Marqués de la Hermida, y luego a la Plaza de las Estaciones, y luego al Pasaje de Peña. No pensaba en el Instituto. Tampoco iba hacia el Instituto.
Se detuvo en un escaparate. Estaba en el rincón que hacía la entrada del Pasaje de Peña con la manzana de casas. Detrás del cristal había maletas, bolsas de viaje, baúles, mochilas, apilados como si los estuvieran trasportando en una carreta de la Estación, o ya en el vagón de un tren o en la panza de un barco. Entonces, si es que no habían estado antes allí, cruzaron por su cabeza varias ideas. Cruzaron cada una con su dirección, como vehículos a una velocidad que hacía difícil distinguirlos. Ideas que eran una mezcla de preguntas, de imágenes, con palabras y sin ellas. ¿Qué maleta se había llevado su padre? No recordaba ninguna maleta en la buhardilla. Puede que se hubiera llevado el saco del barco. Vio a su padre cargando con el saco por un andén largo. Pero Jacobo pensó que debería haberse llevado una maleta, porque son más duras y menos sucias que el saco verde de los barcos. También vio a Nano y a Fidel yéndose, y hablando entre ellos con bolsas en las manos. Pero no los vio en un andén, sino en Marqués de la Hermida, llegando al fondo de la calle y cogiendo la carretera de Parayas, donde estaba el toro que había tirado a Fidel. Llevaban bolsas, porque era imposible que aquellos dos, que nunca habían salido de Santander, tuviesen maletas, porque las maletas son caras y se tienen cuando se usan.
Entró en la tienda. Había dos mujeres hablando fuera del mostrador y mirando a una tercera que estaba dentro subida en un escalera muy alta. La puerta estaba abierta y no escucharon por tanto su ruido al abrirse, ni tampoco los pasos del que entraba. Se quedó en el extremo más cercano del mostrador. Creyó que había entrado a preguntar los precios o a preguntar clases de maleta. La mujer de lo alto de la escalera decía cosas y señalaba con una mano. Las otras la miraban, contestaban y hablaban entre ellas. Seguían sin darse cuenta de que había una persona más. Fuera del mostrador, apoyado contra la pared, había un juego de maletas de cuadros marrones y esquinas reforzadas con metal negro. A Jacobo le parecieron las maletas más duras que había visto. Se acercó a la pila que formaban, con la más grande en el suelo, y tocó la de arriba. El cartón le pareció muy duro, y además le pareció que el cartón guardaba la forma mejor que ningún otro material. Tenía el asa negra, de metal como las esquinas. La agarró, tiró de la maleta y la vio caer a su costado. Entonces salió de la tienda, viéndose a sí mismo con la maleta atravesando la oscuridad del Pasaje de Peña.
Cuando salió por el otro lado del túnel, una lluvia delgada había empezado a mojar las calles del centro de la ciudad vieja.
Sólo entonces, con el Ayuntamiento a la vista, con los edificios con miradores a la vista, pudo pensar en que había cogido el camino del Instituto, el Instituto en el que estaba Christine. Y sólo entonces se dio cuenta de que hacía bastante tiempo que no llevaba encima la caja de las zapatillas doradas, la caja que tenía que darle a Christine por no haberle contado todas las cosas que tenía que haberle contado, por no habérselas contado el día anterior, por no habérselas contado a tiempo.
De todos modos, siguió caminando con la maleta vacía por la misma acera, sin cruzar todavía al otro lado, por donde se iba al Instituto. No podía ir al Instituto sin saber, por lo menos, dónde había olvidado la caja. Aunque no era difícil, le costó mucho averiguar que el último recuerdo estaba a los pies de la cama de Fidel y Nano. La había dejado allí para no hablarles de ella. Luego, había tenido que marcharse. No, en ningún otro momento volvió a tenerla en las manos. A pesar de que aún no se había librado de aquella sensación que tuvo con la servilleta de su padre en las manos, aquella sensación de que ya no había nada que pudiera proteger su cuerpo del frío o del calor, fue capaz de pensar durante una ráfaga de instante, durante el tiempo de una chispa saltando de su inteligencia embotada, que gracias a robar las zapatillas doradas no tuvo que contarle a Christine lo que quería contarle y que gracias a olvidarlas en casa de Eulalia ahora ya no tenía motivos para buscar a Christine.
Sólo estaba la maleta vacía, agarrada del asa metálica y negra, viajando por el centro de una ciudad vieja en la que no había ningún sitio adonde ir.
En esa acera de la Plaza había más escaparates. Se preguntó para qué servía un escaparate. Para que la gente entrara en esos sitios. Sí, pero para que la gente entrase en esos sitios, los que vivían dentro sacaban sus cosas afuera, enseñándolas. Después, las vendían y se quedaban sin ellas. Hacían entrar a la gente enseñándole lo que tenían en su casa y luego hacían todo lo posible para que se llevaran el motivo por el que habían entrado. Así que eso es lo que hacían, quedarse sin casa. Y eso era robar: dejar sin casa.
En el escaparate de una ferretería, quizá no fuese una ferretería, le llamó la atención un ventilador blanco diminuto. Tenía un cartel que decía: «ventilador para coches». Nunca había visto un ventilador en un coche y nunca había visto un ventilador tan pequeño. Los ventiladores se caerían con el movimiento. Todos los coches tenían su sistema de ventilación. Aquel pequeño artefacto no servía para nada. Los dueños de la casa enseñaban en el escaparate una cosa inútil para que la gente entrara. Miró adentro y vio que la tienda estaba llena, con hileras de gente y varios dependientes con chaquetas azules que se trasladaban aceleradamente al otro lado del mostrador. Jacobo entró, retiró unas pequeñas cortinas que ocultaban el escaparate desde dentro, cogió el ventilador inútil y, allí mismo, lo guardó en la maleta.
Cuando salió a la calle pensó que la maleta ya no estaba vacía. Que quizá ahora pudiese dar la maleta a alguien, a su padre, a Christine. Ahora podían irse de verdad con una maleta que él les había dado. Ya podían irse con algo suyo y no irse sin que él supiera nada.
No. Todavía no podían irse. Ahora estaba seguro de que la maleta debía estar llena para que él pudiera dejarles ir del todo. El único problema estribaba en la clase de cosas que tendría que meter en ella. No sabía qué clase de cosas, pero las descubriría en cuanto las viese.
Miró el reloj del Ayuntamiento. Las diez y cuarto. Luego, empezó a caminar hacia el Paseo Pereda. La lluvia se había convertido en una cortina colgada del cielo, quieta y constante. Al pasar por delante de las tiendas de ropa, pensó en que todas aquellas prendas también eran inútiles, porque no podían hacer nada para quitarle a su cuerpo aquella sensación de impotencia para defenderse del frío o del calor.
Al llegar a Correos cruzó hacia la Plaza Porticada y siguió el Paseo en dirección inversa al recorrido que había hecho con Christine aquella primera vez. Pero enseguida volvió a cruzar hacia los jardines y el muelle. Vio a los cisnes gravitando sobre el agua, majestuosos y encerrados. En el muelle había dos o tres pescadores con las piernas colgando y con el sedal tirado cerca del atraque de las lanchas. Siguió caminando hasta el Club Marítimo, y en Puerto Chico se quedó observando la Gran Cagada. Allí estaba el delfín plateado, clavado en el hocico de aquel barco inmóvil.
Jacobo, mientras miraba el delfín, empezó a sentirse muy cansado. Si no hubiera estado lloviendo, se habría acostado encima del muro del espigón, con los barcos a un lado y la mar de la bahía al otro. Se le ocurrió bajar la escalerilla del fondeadero y quedarse debajo, protegido del agua por la plataforma y los escalones. En el hueco que encontró, la humedad que subía con el verdín por la pared era casi peor que mojarse con la lluvia. Se sentó en la maleta, apoyó la espalda y tuvo la impresión de que se quedaba dormido.
Seguía allí, bajo la escalerilla del fondeadero, pero también iba en un barco desde el que se veía un mar blanco, sin olas, y delfines revestidos de una piel endurecida de plata que saltaban y se zambullían por el costado. Él le preguntaba a su padre, como cuando era pequeño: «¿Has visto los delfines?». Y su padre, a pesar de que los estaba viendo igual que él, saltando en el mar blanco, le respondía: «No hemos visto ningún delfín». Después, el mar dejaba de moverse y quizá se convertía en una pasta blanca de arena. Los delfines se quedaban en el aire, completamente de metal, como figuras, y el barco estaba detenido. Jacobo miraba por la borda y veía a Christine agachada en aquel mar de pasta blanca, muy lejos, y la llamaba. Christine le veía cuando él ya había perdido la voz de tanto llamarla, le hacía una seña con la mano y le decía: «Estoy buscando morgueras para besarte». Entonces, Jacobo le contestaba: «No te muevas. Ahora te recogemos». Pero el barco seguía sin moverse. Entonces buscaba a su padre, y su padre ya no estaba allí. Pero desde la otra borda volvía a verle, muy lejos, tan lejos como Christine, escribiendo en el mar de pasta blanca palabras enormes, pero que Jacobo no podía leer a aquella distancia.
Cuando Jacobo salió de ese sueño y quizá de otros que vinieron a continuación, se levantó como si tuviera mucha prisa o como si hubiera perdido mucho tiempo. Fue por la pasarela hasta la Gran Cagada, se colgó de la borda y se encaramó al hocico. El delfín de plata estaba clavado con una base de metal. Jacobo tuvo que darle patadas hasta que la base saltó arrancada, dejando el agujero del destrozo. Bajó con la figura y la guardó en la maleta. Luego, regresó por el muelle en la dirección del centro.
Al principio, no iba a ninguna parte en especial. Pero a medida que caminaba, empezó a pensar que la maleta estaba bastante llena y que, si le añadía la caja de las zapatillas doradas, estaría llena del todo. Sólo tenía que recogerla en casa de doña Eulalia.
A la altura de la Estación del Ferry cruzó y se metió en la calle Castilla. Al pasar por delante del bar Dominó, donde iba con Fidel y Nano a que los del ferrocarril les dieran vermut y percebes, entró a coger servilletas. Le pareció que sería más rápido desencajar uno de los servilleteros que ir sacándolas de una en una. El camarero empezó a decirle cosas, hasta le agarró de un brazo y le empujó, pero Jacobo acabó quedándose con el mazo de servilletas. Abrió la maleta sobre la barra y las guardó allí, al mismo tiempo que sacaba el lápiz de carpintero que encontró en la mesilla de su padre y lo dejaba con el ventilador, el delfín y las servilletas. Después cerró la maleta y volvió a la calle.
AI cruzar la Plaza de las Estaciones tuvo la sensación de que ya estaba muy cerca de llenar la maleta, de tenerlo todo para poder hacer algo con todo, después. Acaso por esa sensación de estar a punto de cumplir sus propósitos y por estar tan cerca de la casa de doña Eulalia, que era donde se cumplían, y mientras estaba pasando la Raya, no le gustó la pareja de policías uniformados que venía en dirección contraria, saliendo de la Ensenada.
Que eso sucediese en la Raya, hizo que sus precauciones le parecieran más justificadas. Porque, ahora que lo pensaba, el mundo estaba hecho de rayas, había rayas por todas partes. El Alcatraz y la madre de Christine eran rayas, el Instituto era una raya, Roncal le había dicho a su padre que su padre era una raya para él, los armadores eran rayas para los marineros, la mar era una raya para los que se quedaban. Quizá su padre había conocido todas las rayas y por eso las llevaba en la cara, la cara de un viejo en la que ya no caben más rayas. Y ahora él se encontraba con los policías en la Raya, que separaba el Barrio Pesquero de la ciudad, cuando no le quedaban más que unos metros hasta la Plaza del Muergo y las zapatillas de baile de Christine.
La pareja venía pegada al campo de desguace. Jacobo se fue hacia el otro lado, el de las naves de los garajes. Eran un hombre y una mujer. La mujer le miró desde lejos. Jacobo trató de imaginarse qué estaría viendo. Un muchacho de diecisiete años con una maleta de cuadros, vestido como un marinero y con el pelo cortado a tazón. La mujer dijo algo y el hombre también le miró. Ya no iban tan pegados al campo de desguace.
Jacobo no pensaba en esos momentos que lo que llevaba agarrado de su mano pudiera tener interés para un policía. Lo pensaba, pero no era lo más importante. Sólo, de forma muy vaga, presentía que los policías podían quitársela, porque tenían ese poder y porque él puede que no tuviera ninguno para llegar hasta la Plaza del Muergo. También porque él no podía decir nada, ni siquiera responder a la pregunta más simple, adonde vas o qué llevas ahí.
Los policías ya caminaban por el medio de la calle. Jacobo notaba que su chaquetón iba rozando la pared. Ya no quedaban muchos metros para que se cruzaran. Si la pareja seguía acercándose, en el momento del cruce Jacobo quedaría encerrado. Y entonces ellos preguntarían o podrían preguntar, y él no podría decir nada mientras sujetaba la maleta en su mano.
Empezó a caminar más deprisa mientras pensaba más deprisa. Y luego, sin calcular cuánto quedaba, sin saber si era el momento adecuado, sin mirar siquiera a la pareja de policías, echó a correr con la maleta.
Escuchó sus voces. Primero voces cercanas, como al oído, y enseguida voces que se alejaban. Después, las voces fueron más fuertes y, más tarde, se quedaron a una distancia constante.
No miró hacia atrás. Entró en la Ensenada. Había gente. No debía tropezar ni chocar. La maleta le golpeaba con sus esquinas metálicas en la pierna. Las esquinas metálicas protegían a la maleta, no al que la llevaba. ¿A qué jugaban en el campo de cemento? Las voces seguían, más fuertes que antes o más roncas. Las voces se rompían, en la maleta sonaban pedazos. Fermín estaba en la plancha. Salió a la acera. ¿Salía a cogerle? Jaco, eh, Jaco. Qué pasa, Jaco. Le esquivó, y Fermín se quedó grande y fuerte, como un poste. Estaba seguro de que ahora corría más deprisa. No era por las voces. Las voces seguían. Era porque la maleta ya no le dolía en la pierna. Y si el cuerpo no dolía, el cuerpo no era de carne, el cuerpo volaba. Salió al centro de la calle, después de lo de Fermín. Demasiada gente en la puerta de los restaurantes. ¿Por qué Fermín había querido cogerle? ¿También le hubiera cogido Fitu? Aunque lo peor habría sido Roncal. ¿Le hubiera cogido Roncal? ¿Y Nano y Fidel? Ya no iría a la Plaza del Muergo, entonces. ¿Christine le habría cogido? Ya no iría a la Plaza del Muergo. Ya sabía. Siempre lo había sabido. Siempre lo había dicho. Aunque nadie lo hubiera creído. Pensarlo ahora, era fácil. Y casi le daban ganas de reírse, con la maleta en la mano, con el cuerpo sin carne. Ahora saltaba redes. Ya estaba en el Varadero. La gente de las redes se ponía de pie. A su paso. Muchas redes. Algunos gritos nuevos. Gritos iguales en el aire. Y por detrás las voces. Aquella voz mezclada de hombre y mujer, saliendo del uniforme. Y nada más rodear el primer noray, el Gran Sol. El costado azul y blanco. El casco contra los golpes de mar. El hocico levantado. Gran Sol Su barco contra las mares blancas y contra los viajes inmóviles. Él solo y el Gran Sol solo. ¿Había querido ser marinero? ¿Marinero de todos los barcos? ¿De otros barcos? ¿O sólo había querido ser marinero del Gran Sol? Se le ocurría ahora que estaba corriendo y escapando. Porque no hubiera corrido y escapado hacia otro barco. Si el Gran Sol no hubiera estado allí, él no habría cogido otro barco para correr y escapar. Pero estaba allí. Y a él no le costó nada lanzar la maleta, colgarse de la borda, abrir la puerta de las sentinas, empezar a subir la escalerilla del puente, hasta que la puerta donde estaba el timón, la puerta donde estaba también el botón que encendía el motor, no quiso abrirse, no quiso abrirse a pesar de sus patadas, de sus golpes y de que lanzara la maleta contra ella como si la maleta fuera el último recurso para abrirla, y también para borrar aquella otra raya. Él ya estaba sentado en la escalera, contra la puerta que sólo le servía para apoyarse y con la maleta rebotada hasta el suelo, cuando vio a los policías jadeantes mirándole desde el principio de los peldaños con la cara de Fermín detrás. Y la cara de Fermín, con la boca abierta por la respiración, parecía que nunca más iba a poder reírse como la de un vikingo atronador, que sólo podía preguntar: ¿Eres tú, Jaco? ¿Eres tú?