39263.fb2 Nunca Sere Como Te Quiero - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 8

Nunca Sere Como Te Quiero - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 8

6

El Gran Sol había hecho una de sus travesías largas. Atracó en Santander el 14 de octubre, a la una y media de la madrugada, con las cámaras más llenas que de costumbre y un marinero enfermo, el padre de Jacobo. El maestro desembarcó apoyado en el brazo de Roncal, pero nada más tocar tierra, las piernas se le doblaron y cayó al suelo como un fardo. Entre Jacobo y el cocinero le ayudaron a levantarse.

– Vamos a llevarle a la Residencia. No le muevas de aquí. Yo voy a por el coche -dijo Roncal.

Jacobo permaneció en el muelle sin atreverse a dar un paso, con su padre colgado del cuello, mientras la tripulación, el patrón y los demás le decían cosas o le hacían preguntas a las que no respondía. Fidel y Nano no estaban.

El maestro había apoyado completamente la cabeza en el recodo del cuello de su hijo. Parecía estar dormido, sin ningún ruido de vida, y no contestaba a los murmullos de Jacobo. Tenía la sensación de que su padre no pesaba, pero que la escasa gravedad que todavía le quedaba a aquel cuerpo se había concentrado en el punto de apoyo del cuello. En esa posición, no podía verle, sólo podía sentir su carga inmóvil y silenciosa. Jacobo trató de no pensar en nada y sobre todo de no pensar en que ése podía ser el abrazo de un moribundo, de su propio padre muriéndose sobre su cuello.

Cuando llegaron a la Residencia, en el alto de Cazoña, ya estaban seguros de que su padre no dormía, sino que había perdido el conocimiento. Fue ingresado por urgencia.

Jacobo y Roncal se quedaron esperando en la sala, junto a una mujer gitana con un niño de dos años desnudo sobre el regazo y una anciana muy pálida con una respiración jadeante. Fuera de la sala, había un vestíbulo en penumbra y un mostrador largo y vacío. Las batas blancas y verdes, flotaban fugazmente por la penumbra con un ruido de zuecos que sonaban como las palmadas distantes de una llamada. Desde el ventanal se veían las orillas luminosas de la bahía extendiéndose en una oscuridad espesa, cercando algo que no era mar, sino un desierto opaco, mucho más profundo que cualquier océano.

Jacobo se había levantado y estaba tan pegado al cristal que su respiración rellenaba continuamente la mancha de vaho que tenía delante de la cara. Roncal acabó por hacerle compañía.

– No tengo miedo, no siento nada -murmuró Jacobo.

– No sentir nada en este momento, es ya sentir algo.

– He dicho que nada, Roncal.

El cocinero esperó un rato. Jacobo estaba muy quieto delante del cristal, mirando al mismo punto fijo y los grandes ojos marrones empequeñeciéndose. Era como si ese punto fijo se fuera encogiendo también y los ojos del muchacho lo siguieran hasta que no quedara más que una mota invisible, que unos ojos cerrados.

– Si él muere esta noche, me acordaré siempre de que yo no le he matado -dijo Jacobo, de pronto.

– Para no sentir nada, dices muchas tonterías.

– Tú no puedes entender eso.

– Ahora sí que no hay nada que entender.

El cocinero observó durante un instante el perfil blanco recortado por la oscuridad.

– Él era mi padre. Él se estaba matando. Todo lo que hacía era decirle a todo el mundo que se estaba matando. Un hijo tiene la obligación de no permitir que otros maten a su padre por él.

– No está muerto y nadie le ha matado.

– Le ha matado el coñac. Yo mismo llevaba el saco de botellas al barco. Para no tener que hacerlo con mis propias manos.

Entonces Jacobo se dio la vuelta y agarró a Roncal por la manga del chaquetón.

– ¡Para no tener que hacerlo con mis propias manos!

– Cálmate.

Pero Jacobo seguía tirando de la prenda como si quisiera arrancar un pedazo y repitiendo la frase. Roncal aguantaba sin ser arrastrado gracias a su fortaleza.

– Cálmate. Te digo que te calmes.

– ¡Para no tener que hacerlo con mis propias manos!

Era una desesperación seca, expresada en un murmullo cada vez más ronco, una desesperación vieja e imparable, retorcida como un sarmiento alrededor de un corazón cansado. Roncal se asustó al no encontrar a su lado al muchacho de diecisiete años, al niño que había ido creciendo sin que él le perdiera de vista y que tenía que estar en alguna parte de aquel cuerpo grande que ahora le arrastraba. Casi como defensa de su propio miedo, como si quisiera apartar la visión monstruosa que tenía delante, soltó un manotazo que se estrelló en la cara de Jacobo y que le hizo girar. El muchacho se quedó dándole la espalda un buen rato, en silencio y guardando el golpe en una carne completamente quieta.

– Ven a sentarte -ordenó Roncal.

Le agarró del brazo y le llevó sin ningún esfuerzo hacia el asiento.

– Ni tú, ni nadie, puede ser el padre de su propio padre.

Jacobo fue encogiéndose y abrazándose a sí mismo hasta que Roncal le atrajo y colocó la cabeza entre la almohada de sus piernas. Luego, el muchacho levantó las suyas y se acurrucó entre dos asientos, y de golpe volvió a ser el niño que recordaba el marinero. Sus ojos se cruzaron con los de la gitana que mecía al niño desnudo y luego vieron pasar la oscuridad lentamente, como otras muchas veces había visto cambiar las aguas después de una noche en cubierta, hasta que la primera mancha clara se depositó en la pared de la sala de espera y se extendió deprisa a caras y a ruidos distintos.

Ya era casi media mañana cuando les subieron a ver al maestro. Tenía un gota a gota pinchado en el brazo y no abrió los ojos. Su cara parecía tranquila, con un relumbre gris debajo de la piel. La respiración seguía tan silenciosa como cuando le trajeron. A su padre le habían puesto un ancho camisón azul que hacía desaparecer el cuerpo que envolvía. Jacobo se dio cuenta de que le costaba mirarle. En la habitación había dos camas más con enfermos y dos mujeres silenciosas a su lado. Una de ellas hacía punto. Les dijeron que esperasen la visita del médico y el médico no llegó hasta después de comer. El padre de Jacobo seguía igual.

El médico llegó con el uniforme verde de las operaciones manchado de sudor. Era un hombre alto, con barba cerrada, que les habló muy deprisa.

– De momento, no va a pasarle nada -dijo, mirando los papeles que llevaba en la mano-. Los análisis importantes no estarán listos hasta mañana o pasado mañana. Pero, como ya supondrán, el problema es que el hígado no está en buenas condiciones, con lo que eso significa, aparte, para el resto del organismo. Parece un hombre de setenta años, no de cincuenta.

Jacobo no pudo evitar oír todo aquello como un reproche cargado de desprecio. «Como ya supondrán», «parece un hombre de setenta años»… Sólo le hubiera faltado decir: «Mírenlo, ¿es que no se han dado cuenta? ¿Se puede saber qué han hecho ustedes hasta ahora?»

Pero el médico se dio la vuelta antes de que Jacobo pudiera decirle lo que estaba pensando. El hospital no era distinto del Instituto. También allí era mirado como si viniese de un lugar sucio y remoto, de un lugar donde los críos van con zapatillas de lona y cogen los libros con las manos oliendo a pescado, y donde los hombres se hacen viejos antes de tiempo porque nadie se ha dado cuenta.

Una enfermera, también muy deprisa, les informó de que el maestro estaría en observación durante setenta y dos horas, a la espera de lo que sucediera con los análisis, que allí no se podían quedar por las noches y que el paciente no abriría los ojos en un día por lo menos. Después les habló de papeles y de cosas a las que Roncal respondió que las haría enseguida.

– Tú no te preocupes por nada -le dijo el cocinero-. Voy a tramitar la baja. Ahora hay que buscar la cartilla, llevarse el petate y traer ropa.

Jacobo miró la cabeza rapada, los ojos redondos y el gesto fuerte de Roncal y, por primera vez, pudo decirse a sí mismo que aquel hombre siempre había estado allí. Estuvo en el Instituto y ahora estaba en el hospital. Roncal no era un vecino, ni un compañero, ni un buen amigo. Roncal no llegaba de fuera. Roncal siempre estaba dentro.